En mis tiempos los festivales infantiles se diseñaban bajo un criterio ad hoc. De esta manera el 24 de febrero los niños éramos obligados a desfilar con barba y bigote portando unas banderas hechas para la ocasión que representaban la evolución en el diseño del lábaro patrio. Para esto había que comprar unas estampitas y poner a trabajar a los progenitores en tales menesteres con desiguales resultados, ya que había unas señoras que tenían dotes y otras bastante piedras. Recuerdo que en una ocasión nos tocó fabricar la bandera llamada “doliente de Hidalgo” cuyo diseño rojinegro era enmarcado por una calavera de pirata. Nuestro trabajo –hay que decirlo- fue lamentable ya que parecía en realidad el escudo de los piratas del Atlante (si es que tal equipo existió alguna vez).
Se celebraba también la primavera con niños vestidos de insectos y triciclos de carnaval, en ese momento se aprovechaba para festejar al Benemérito y recitar su famoso apotegma. El 20 de noviembre nos ponían bigotes alacranados y sombreros como los que usaba Speedy González. Los hombres portaban cananas y rifles de madera y las mujeres unos vestidos que solo he vuelto a ver en el espectáculo típico del restaurante Arroyo. En diciembre cantábamos villancicos muy extraños en los que bebían los peces en el río.
Debido a esta tendencia onomástica, no entiendo todavía la razón por la que una vez tuve que bailar hawaiano, mucho menos lo que se festejaba ya que si de eso se trataba hubiera preferido bailar algo más autóctono. El hecho es que mis abnegadas maestras me pidieron que me vistiera con calzones y un paliacate amarrado a la cintura. Me colgaron un collar de crisantemos y así descalzo y vestido como un imbécil, interpreté el controvertido baile: “huki lau” moviendo las manitas y mirando al horizonte con una expresión que es digna de aquel que ha sufrido un ataque comando de cisticercos.
Por supuesto semejantes desfiguros han propiciado muchos enconos entre padres e hijos; el día que vi las fotografías hawaianas y también otras en las que estaba enfundado en un traje de conejo, me decidí a entablar una demanda penal contra los seres que me dieron la vida. Dicha demanda no prosperó.
De todo esto me acordé el otro día que fui a presenciar el festival de la niña María cuyo tema eran “Las bellas artes”. Como en todos los eventos de este tipo se presenta una nube de padres cargados de camaritas y camarotas (la de mi vecino hacía unos close ups que permitían verle las espinillas a la miss de inglés. Acto seguido salieron los infantes a explicarnos cosas como que las bellas artes eran la literatura, la música etcétera.
Para cada bella arte se preparó un numerito pertinente. De esta manera en la música un niño tocó el clarinete y una niña el piano. En el caso de la pintura una niña entrevistadora llegó con un Miguel Ángel rubio y le preguntó acerca de los frescos de la capilla sixtina. Cuatro niños se echaron esa de “Margarita está linda la mar...”, luego para ejemplificar la escultura, un niño robusto se sentó en las piernas de una niña diminuta; era La Piedad, también de Miguel Ángel, asunto que me pareció notable, sin embargo, el momento cumbre se alcanzó cuando mi vástaga apareció en escena para bailar ¡tap!.
Lo anterior es un misterio genético; mis capacidades de baile son las mismas que las de un ropero, mi legítima cuando entra a una pista nomás pone los ojos en blanco y mi hija sin que nadie supiera por qué decidió bailar tap. Un día la vi haciendo evoluciones sobre el piso de la sala y no entendí bien a bien el asunto, hasta que apareció ante 100 personas de bombin y con bastón y unos zapatos que hacen ruido al taconear. Sus evoluciones fueron francamente competentes (los padres siempre sufrimos la angustia íntima de que los hijos propios sean un bodrio) y todo salió como tenía que salir.
Francamente quedé muy orgulloso y admirado de tales capacidades que son muy distintas a las mías (la sola idea de bailar en público me produce escalofríos y sudoraciones en las partes prudentes), así que le pido, querido lector que disculpe esta digresión parental, pero así es esto del amor filial.
lunes, 20 de mayo de 2013
viernes, 17 de mayo de 2013
De comida (EL Financiero 1998)
En mis mocedades pasé algunas semanas en una casa de huéspedes inglesa dirigida por la señora Gerdah, una mujer de chonguito y muy mal carácter. Debo agregar que además de ser mi casera, la señora Gerdah, era ligeramente estúpida, ya que me explicó cuántos jabones había en el baño, la forma correcta de conectar un cable pero olvidó avisarme que entre los distinguidos huéspedes de la pensión había uno que tenía una forma maligna de retardo mental. El primer día que bajé a servirme el desayuno sentí que alguien se movía atrás de mí, voltee y envejecí siete años nomás del sustazo que me puso el jovenazo, que en ese momento hacía una kata con los ojos cerrados y a treinta centímetros de mi nuca.
Pero en realidad no quiero hablar hoy del sujeto (que se llamaba Mauro) sino de la comida inglesa que, dicho sea con todo respeto, era una mierda.
Durante años había yo escuchado acerca de la “flema inglesa” pues bien, lo que quiera que significara tal término, seguramente se debía a lo que esta pobre gente come y que consiste esencialmente en entrañas hervidas, cerveza caliente y un té que sabe a cáscara de naranja. Si usted, querido lector, ha tenido la paciencia de seguir esta columna a lo largo de los años se dará cuenta de que mi alma no se anima por ningún sentimiento de nacionalismo y que andar comparando las virtudes nacionales con las de otros países me parece simplemente una forma de demostrar lo imbécil que se puede llegar a ser, sin embargo en el caso culinario la cosa no tiene remedio ya que, efectivamente comparados con otros no salimos tan mal librados.
La comida japonesa se ha puesto de moda entre las huestes elegantes de la sociedad; se considera de mucha vanguardia llegar a un lugar sentarse en una posición completamente antinatural metiendo las espinillas en las ingles y luego usar un par de palitos que son incomodísimos y que deben ser responsables de la tala amazónica ¿para qué? Para comer una serie de cosas que en el mejor de los casos están crudas y meterlas en una salsa amarilla que parece mostaza pero que en realidad provoca la pérdida de la memoria a corto plazo.
La comida árabe está llena de virtudes, quizá la más conspicua es después de una dosis adecuada uno encuentra la verdad de las cosas inmediatamente antes de sufrir una ausencia. Una vez durante un viaje y en medio de la noche egipcia, mi buen amigo Célis se comió medio carnero y una como especie de leche que estaba semicruda, su siguiente recuerdo lúcido fue al despertar en la habitación del hotel rodeado de gente que empezaba a velarlo (en testimonios posteriores dice que vio la luz al final del túnel).
“Por su aspecto los conoceréis” parafraseo al clásico, en el caso de los gringos esta es una verdad del tamaño de una casa, lo primero que uno nota es que de jóvenes su máxima preocupación es la de lucir cuerpos esbeltos y torneados. Desgraciadamente para todos, esta preocupación les dura tres años y luego se vuelven una forma humana de lo que los reposteros conocen tradicionalmente como volován. Esto desde luego, se debe a lo que comen y que consiste esencialmente en una dieta de ocho mil calorías diarias. A los gringos les parece muy atractivo, por ejemplo, echar un kilo de mantequilla en un recipiente para palomitas que alimentaría a Jungapécuaro o comer “nachos” que no son más que totopos sumergidos en una mengambrea de queso y que seguramente son cancerígenos.
En fin mis profundas neurosis culinarias se vieron sorprendidas con la “guajolota” un ingenio gastronómico consistente en meter en una telera un tamal prensado y llevárselo a la boca (lo mismo que si se llevara medio kilo de mastique). Por todo lo anterior he decidido hacerme macrobiótico, cosa que sé que a ustedes (amados lectores) les importa lo mismo que el precio de la papaya maradol.
Comida.
Pero en realidad no quiero hablar hoy del sujeto (que se llamaba Mauro) sino de la comida inglesa que, dicho sea con todo respeto, era una mierda.
Durante años había yo escuchado acerca de la “flema inglesa” pues bien, lo que quiera que significara tal término, seguramente se debía a lo que esta pobre gente come y que consiste esencialmente en entrañas hervidas, cerveza caliente y un té que sabe a cáscara de naranja. Si usted, querido lector, ha tenido la paciencia de seguir esta columna a lo largo de los años se dará cuenta de que mi alma no se anima por ningún sentimiento de nacionalismo y que andar comparando las virtudes nacionales con las de otros países me parece simplemente una forma de demostrar lo imbécil que se puede llegar a ser, sin embargo en el caso culinario la cosa no tiene remedio ya que, efectivamente comparados con otros no salimos tan mal librados.
La comida japonesa se ha puesto de moda entre las huestes elegantes de la sociedad; se considera de mucha vanguardia llegar a un lugar sentarse en una posición completamente antinatural metiendo las espinillas en las ingles y luego usar un par de palitos que son incomodísimos y que deben ser responsables de la tala amazónica ¿para qué? Para comer una serie de cosas que en el mejor de los casos están crudas y meterlas en una salsa amarilla que parece mostaza pero que en realidad provoca la pérdida de la memoria a corto plazo.
La comida árabe está llena de virtudes, quizá la más conspicua es después de una dosis adecuada uno encuentra la verdad de las cosas inmediatamente antes de sufrir una ausencia. Una vez durante un viaje y en medio de la noche egipcia, mi buen amigo Célis se comió medio carnero y una como especie de leche que estaba semicruda, su siguiente recuerdo lúcido fue al despertar en la habitación del hotel rodeado de gente que empezaba a velarlo (en testimonios posteriores dice que vio la luz al final del túnel).
“Por su aspecto los conoceréis” parafraseo al clásico, en el caso de los gringos esta es una verdad del tamaño de una casa, lo primero que uno nota es que de jóvenes su máxima preocupación es la de lucir cuerpos esbeltos y torneados. Desgraciadamente para todos, esta preocupación les dura tres años y luego se vuelven una forma humana de lo que los reposteros conocen tradicionalmente como volován. Esto desde luego, se debe a lo que comen y que consiste esencialmente en una dieta de ocho mil calorías diarias. A los gringos les parece muy atractivo, por ejemplo, echar un kilo de mantequilla en un recipiente para palomitas que alimentaría a Jungapécuaro o comer “nachos” que no son más que totopos sumergidos en una mengambrea de queso y que seguramente son cancerígenos.
En fin mis profundas neurosis culinarias se vieron sorprendidas con la “guajolota” un ingenio gastronómico consistente en meter en una telera un tamal prensado y llevárselo a la boca (lo mismo que si se llevara medio kilo de mastique). Por todo lo anterior he decidido hacerme macrobiótico, cosa que sé que a ustedes (amados lectores) les importa lo mismo que el precio de la papaya maradol.
Comida.
jueves, 16 de mayo de 2013
Cumpleaños (El Financiero 1998)
Durante trescientos sesenta y cuatro días del año, la gente se comporta normalmente. Si se es barrendero se barre la calle, si se es policía hay que robar a los transeúntes y si se es diputado no se hace nada. Sin embargo, llega el día del cumpleaños y todo se altera. Entonces se pone uno sus mejores galas, recibe llamadas de felicitación a partir de las cinco de la mañana de gente que sólo llama ese día y no tiene nada mejor que hacer. Al llegar a la oficina los compañeros cantan el japi berdey tu yu y por la noche se organiza una pachanga con tacos de guisado y cubas libres.
Los ritos asociados al onomástico me parecen una fuente de misterios inescrutables: ¿Quién carajos es el Rey David? ¿Qué demonios hace en "Las mañanitas"? ¿Por qué la gente se pone gorritos? ¿A quién se le ocurrió meter cañas y limas en una piñata?...
La verdad es que no lo sé.
El primer cumpleaños del que tengo memoria terminó muy mal; un servidor (que era el festejado) fue colocado exactamente abajo de la piñata con una venda chapucera que permitía ver absolutamente todo. Los que maniobraban al pajarote (no es una indecencia, esa era la forma de la piñata) quisieron tener una deferencia conmigo y colocaron la piñata en mis narices, le aticé con toda mi alma y logré que un pedazo de olla me diera en la cabeza, cuando me repuse, ya mis amistades, que eran como musarañas, habían acaparado todos los dulces. Mas tarde, el padre de uno de mis amiguitos hizo un papelón terrible al ponerse a recitar "Por qué me quite del vicio" en completo estado de ebriedad. La fiesta terminó cuando estimulado por un incomprensible espíritu científico, me dediqué a fabricar "el gas del huevo podrido", es decir ácido sulfhídrico. Utilicé un juego de química que me habían regalado. Ocupé una hora en rociar la mezcla que había producido sobre todos mis invitados hasta que me estrellé contra una puerta que Luis Javier Manrique había cerrado en su huída. Ese día escupí cachos de lengua.
La gente celebra los cumpleaños de sus hijos de muy diversas maneras; hay los que contratan un mago. El pobre infeliz dedica una hora de su existencia a tratar con un puñado de niños oligofrénicos que le quieren patear los nalgas o descubrirle el truco. Luego viene el pastel y las velitas. Como un signo inequívoco de la estupidez que impera en estos tiempos, se ha adoptado la costumbre de que el festejado le de una mordida al pastel mientras algún bromista le hunde la cabeza, el resultado es que los invitados tienen que comer trozos babeados o con pelos... guácala.
Hay quien decide organizar la fiesta en un parque, para cumplir tal propósito se acordona un area específica con globos y la ruta se llena de indicaciones del tipo "al cumpleaños de Jorgito". La fiesta invariablemente adquiere personalidad cuando el niño Coque rueda por una pendiente de veinticinco metros y termina descalabrado.
Otra variante es la de los salones de fiesta, que normalmente tienen nombres como "Cangurín" o "Chispitas". En ellos, los infantes se meten a albercas llenas de pelotas en las que se suenan entre sí, mientras el resto se suena los mocos con las cortinas.
Las fiestas de adultos son iguales a las de los niños nomás que generalmente los asistentes terminan madreados por el alcohol y no por juegos de química o pendientes endemoniadas. Las bromas que se hacen son invariables: "¿cuántos cumples?", "no van a alcanzar las velas", "tienes (aquí un número de años) de no bañarte" o "uyy, ya no soplas".
En fin, la gente sigue y seguirá festejando los cumpleaños de mil maneras, con velas que no se apagan o con regalos de roperazo. Habrá que aceptarlo o parecer un desadaptado. Es por ello que hoy, día de mi nacimiento, me pondré un gorrito, cantaré como un idiota y seguramente fabricaré el gas del huevo podrido para obtener una venganza largamente esperada
Los ritos asociados al onomástico me parecen una fuente de misterios inescrutables: ¿Quién carajos es el Rey David? ¿Qué demonios hace en "Las mañanitas"? ¿Por qué la gente se pone gorritos? ¿A quién se le ocurrió meter cañas y limas en una piñata?...
La verdad es que no lo sé.
El primer cumpleaños del que tengo memoria terminó muy mal; un servidor (que era el festejado) fue colocado exactamente abajo de la piñata con una venda chapucera que permitía ver absolutamente todo. Los que maniobraban al pajarote (no es una indecencia, esa era la forma de la piñata) quisieron tener una deferencia conmigo y colocaron la piñata en mis narices, le aticé con toda mi alma y logré que un pedazo de olla me diera en la cabeza, cuando me repuse, ya mis amistades, que eran como musarañas, habían acaparado todos los dulces. Mas tarde, el padre de uno de mis amiguitos hizo un papelón terrible al ponerse a recitar "Por qué me quite del vicio" en completo estado de ebriedad. La fiesta terminó cuando estimulado por un incomprensible espíritu científico, me dediqué a fabricar "el gas del huevo podrido", es decir ácido sulfhídrico. Utilicé un juego de química que me habían regalado. Ocupé una hora en rociar la mezcla que había producido sobre todos mis invitados hasta que me estrellé contra una puerta que Luis Javier Manrique había cerrado en su huída. Ese día escupí cachos de lengua.
La gente celebra los cumpleaños de sus hijos de muy diversas maneras; hay los que contratan un mago. El pobre infeliz dedica una hora de su existencia a tratar con un puñado de niños oligofrénicos que le quieren patear los nalgas o descubrirle el truco. Luego viene el pastel y las velitas. Como un signo inequívoco de la estupidez que impera en estos tiempos, se ha adoptado la costumbre de que el festejado le de una mordida al pastel mientras algún bromista le hunde la cabeza, el resultado es que los invitados tienen que comer trozos babeados o con pelos... guácala.
Hay quien decide organizar la fiesta en un parque, para cumplir tal propósito se acordona un area específica con globos y la ruta se llena de indicaciones del tipo "al cumpleaños de Jorgito". La fiesta invariablemente adquiere personalidad cuando el niño Coque rueda por una pendiente de veinticinco metros y termina descalabrado.
Otra variante es la de los salones de fiesta, que normalmente tienen nombres como "Cangurín" o "Chispitas". En ellos, los infantes se meten a albercas llenas de pelotas en las que se suenan entre sí, mientras el resto se suena los mocos con las cortinas.
Las fiestas de adultos son iguales a las de los niños nomás que generalmente los asistentes terminan madreados por el alcohol y no por juegos de química o pendientes endemoniadas. Las bromas que se hacen son invariables: "¿cuántos cumples?", "no van a alcanzar las velas", "tienes (aquí un número de años) de no bañarte" o "uyy, ya no soplas".
En fin, la gente sigue y seguirá festejando los cumpleaños de mil maneras, con velas que no se apagan o con regalos de roperazo. Habrá que aceptarlo o parecer un desadaptado. Es por ello que hoy, día de mi nacimiento, me pondré un gorrito, cantaré como un idiota y seguramente fabricaré el gas del huevo podrido para obtener una venganza largamente esperada
lunes, 13 de mayo de 2013
De intelectuales (El Financiero 2000)
Me imagino que los servicios diplomáticos de todos los países del mundo tienen un librito o un manual en el que se explican las costumbres planetarias y que recomiendan cosas como ver a los ojos de una princesa de Bora Bora que trae los pectorales de fuera, o usar el cuchillo correcto en el baile de los reyes de Bélgica. Me imagino también que en el caso de México hay un apartado así de grande en el que se advierte a reyes, presidentes o primeros ministros que todo aquel que llegue a estas nuestras nacionales tierras, se enfrentará a una serie de ritos ignotos que pueden poner su vida en peligro.
El primero y más conspicuo consiste en calarle al ilustre visitante un sombrero de mariachi ¿para qué? Lo ignoro, como ignoro el destino que tendrá tal atuendo al regreso. El manual debe ilustrar también sobre los niños que van en bola con la banderita visitante, así como de las visitas que se hacen a los sitios menos visitables del mundo, como una fábrica de latas o de mofles de motocicleta. Me imagino, también que el librito de marras advierte sobre la necesidad de usar tapones en los oídos ya que un matracazo a traición es estímulo suficiente para desgraciarle la trompa de Eustaquio al más pintado. Cuando el visitante regresa a su avión se tiene previsto el suero y un destino turístico para reponerse de la faena.
Sin embargo, y aunque usted no lo crea querido lector, el tema de esta semana no es el de las visitas presidenciales, sino de una parte del rito que siempre ha llamado mi atención por bizarro; el de la cita del visitante con los intelectuales. Alguna vez mi padre viajó a Argentina, lo mismo que un centenar de gorrones invitados por el presidente Echeverría, todos ellos tenían un común denominador: eran “intelectuales” (lo pongo así, entre comillas, porque ignoro el significado del término). La mayoría de estos señores, entre los que se contaban varias glorias nacionales hicieron lo que la lógica obligaba y vivieron en completo estado de ebriedad varios días y de regreso se pararon a fayuquear todo lo que pudieron. Digo que era lógico porque yo hubiera hecho lo mismo. Después de todo, ¿qué se esperaba de estos señores? ¿Qué escribieran sonetos o esculpieran estatuas de jueves a domingo? ¿Qué entendieran las relaciones culturales entre ambos pueblos? Lo dicho: pura gorra. El único saldo palpable de tal visita no es una escuela en Buenos Aires que se llame Benito Juárez o un programa establecido de intercambio cultural, sino una televisión portátil que se descompuso quince años después y que le vendimos al ropavejero.
Pero, perdone usted, este tampoco es el tema, lo que quiero discutir es una pregunta simple pero perturbadora: ¿qué carajos es un intelectual? Lo que uno s e imagina de inmediato es que por tal término debe entenderse a un señor que se las sabe de todas todas y que ha destacado en alguna rama artística ¿por qué rama artística? Misterio de nuevo. Dos problemas percibo, el primero es que nadie se describe a sí mismo como “intelectual” ya que no solo suena inmodesto, sino ridículo. La paradoja es que son tan brutos que les encanta que los demás sí los describan de ésa manera. El segundo problema se encuentra en el sistema de acreditación; ¿quién es el que califica al resto dentro de la categoría de “intelectual”? Absolutamente nadie, parecería que tal mérito se obtiene con el paso de los años por lo que nuestra grey del intelecto debe sumar más años que la era Cenozoica, asunto con el que no tengo nada en contra aunque no comparta la idea de que la vejez implica mérito alguno, como no lo implica ser adolescente o de Michoacán.
En fin, propongo que en el siguiente desayuno de intelectuales, nos presentemos, en una acto de sabotaje, todos los que podamos con el fin de obligar a alguien a explicarnos porque los que se están comiendo medio kilo de machaca caben en la definición y nosotros no... Sería buenísimo.
El primero y más conspicuo consiste en calarle al ilustre visitante un sombrero de mariachi ¿para qué? Lo ignoro, como ignoro el destino que tendrá tal atuendo al regreso. El manual debe ilustrar también sobre los niños que van en bola con la banderita visitante, así como de las visitas que se hacen a los sitios menos visitables del mundo, como una fábrica de latas o de mofles de motocicleta. Me imagino, también que el librito de marras advierte sobre la necesidad de usar tapones en los oídos ya que un matracazo a traición es estímulo suficiente para desgraciarle la trompa de Eustaquio al más pintado. Cuando el visitante regresa a su avión se tiene previsto el suero y un destino turístico para reponerse de la faena.
Sin embargo, y aunque usted no lo crea querido lector, el tema de esta semana no es el de las visitas presidenciales, sino de una parte del rito que siempre ha llamado mi atención por bizarro; el de la cita del visitante con los intelectuales. Alguna vez mi padre viajó a Argentina, lo mismo que un centenar de gorrones invitados por el presidente Echeverría, todos ellos tenían un común denominador: eran “intelectuales” (lo pongo así, entre comillas, porque ignoro el significado del término). La mayoría de estos señores, entre los que se contaban varias glorias nacionales hicieron lo que la lógica obligaba y vivieron en completo estado de ebriedad varios días y de regreso se pararon a fayuquear todo lo que pudieron. Digo que era lógico porque yo hubiera hecho lo mismo. Después de todo, ¿qué se esperaba de estos señores? ¿Qué escribieran sonetos o esculpieran estatuas de jueves a domingo? ¿Qué entendieran las relaciones culturales entre ambos pueblos? Lo dicho: pura gorra. El único saldo palpable de tal visita no es una escuela en Buenos Aires que se llame Benito Juárez o un programa establecido de intercambio cultural, sino una televisión portátil que se descompuso quince años después y que le vendimos al ropavejero.
Pero, perdone usted, este tampoco es el tema, lo que quiero discutir es una pregunta simple pero perturbadora: ¿qué carajos es un intelectual? Lo que uno s e imagina de inmediato es que por tal término debe entenderse a un señor que se las sabe de todas todas y que ha destacado en alguna rama artística ¿por qué rama artística? Misterio de nuevo. Dos problemas percibo, el primero es que nadie se describe a sí mismo como “intelectual” ya que no solo suena inmodesto, sino ridículo. La paradoja es que son tan brutos que les encanta que los demás sí los describan de ésa manera. El segundo problema se encuentra en el sistema de acreditación; ¿quién es el que califica al resto dentro de la categoría de “intelectual”? Absolutamente nadie, parecería que tal mérito se obtiene con el paso de los años por lo que nuestra grey del intelecto debe sumar más años que la era Cenozoica, asunto con el que no tengo nada en contra aunque no comparta la idea de que la vejez implica mérito alguno, como no lo implica ser adolescente o de Michoacán.
En fin, propongo que en el siguiente desayuno de intelectuales, nos presentemos, en una acto de sabotaje, todos los que podamos con el fin de obligar a alguien a explicarnos porque los que se están comiendo medio kilo de machaca caben en la definición y nosotros no... Sería buenísimo.
viernes, 10 de mayo de 2013
Madrecitas mexicanas (El Financiero 2003)
Una de las ideas más estremecedoras que se me ocurre es la de quedar embarazado; la sola sensación de que hay algo dentro de mí que va creciendo no me parece romántica ni bella y más bien evoca películas como Alien, en la cual un señor que está cenando cereal se tira en la mesa mientras le da un supiritaco para que, acto seguido, le salga una criatura dientona de en medio de la barriga que pega una carrera para luego merendarse a los tripulantes de la nave uno a uno y como en la canción de los perritos.
Los problemas asociados al embarazo no acaban ahí, a las señoras les sale un mostacho como de Pancho Villa y adquieren un humor equivalente al de Atila el Huno, ya en los momentos finales del embarazo las futuras madres empiezan a levitar con la misma gracia que lo hacía el Hindenburg y luego “se les rompe la fuente” anuncio que preludia la salida por un espacio menor al indicado de una nueva criaturita. Solamente por el proceso anterior considero que después de cada parto habría que levantarle un monumento a la pobre infeliz que pasa por ese trance. Lo escalofriante es que ahí no acaba la cosa porque lo que sigue es que a la señora le salgan estrías y que lo senos le rebosen de leche que hay que darle a cada rato al niño. Luego hay que cambiarlo en un acto que haría vomitar a un buitre y dormir tres horas los siguientes cuatro meses cantando cosas como a la ro ro niño.
Esos momentos son de paranoias múltiples ya que si el niño entrecierra los ojos se sospecha de epilepsia, si se pone morado de llorar los padres tenderán a pensar lo peor y no hay salida que valga, hasta que se asiste con un pediatra con cara de aburrimiento que nos da palmaditas en la espalda.
Se asume, no sé por qué (en realidad si sé) que el papel histórico de la madre es el de cuidar la casa mientras el papá sale a conseguir el sustento, es por ello que la señora durante años además de cocinar chilaquiles, tender camas y lavar los baños, debe hacerse cargo de que los infantes -que para ese momento ya alcanzaron una conducta monstruosa-hagan la tarea o asistan a las actividades que los padres que no saben qué hacer con ellos han diseñado expresamente, como el karate, la natación o la clase de baile típico. Por supuesto cuando la señora llega a los cuarenta años se encuentra en calidad de trapo y muy fregada por el trato recibido. Ese es el momento en que el huevón de su marido se enamora de una jovencita babeante y disuelve el lazo conyugal de la peor manera dejando todo “para buscar una nueva vida”.
A mí me causa un enorme asombro que estas historias sean reales y que sigan ocurriendo en pleno siglo XXI y por supuesto me ruboriza la idea de los festejos del 10 de mayo que son la cosa más cursi que conozco aparte de las colecciones de cucharas. A pesar de todos los agravios históricos e histéricos, padres, hijos y esposos se unen el día de la madre para expresar su reconocimiento con formas variadas y anómalas como una comida que se convierte en tumulto en la que ponen a cocinar a la festejada o llegando a las cuatro de la mañana completamente pedos y con mariáchis para dar fe de que madre solo hay una. Luego están los idiotas que dicen que a las madres hay que festejarlas todo el año y otros más idiotas aún que lo que se les ocurre es hacer reportajes acerca de las madres de gente famosa, normalmente viejitas con muy mala pinta que se expresan con mucha dificultad y dicen cosas como “me siento muy orgullosa, fulanito es muy buen hijo”.
Lo único que me consuela de esta celebración ocurrió el sábado cuando en un arrebato lírico y juguetón les propuse a mis hijos que uniéramos las manos para felicitar a su madre, el ser que les dio la vida y María frunció el ceño mientras me decía “ay papá no seas cursi”. Respuesta que me pareció perfecta y muy acorde con los nuevos tiempos que vivimos, que en algo tenían que ser mejores ¿no?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)