lunes, 12 de octubre de 2009

Una de Superhéroes

Héroes, lo que se dice héroes, eran los Tigres de Mompracem; ni más ni menos que Sandokan, príncipe de Borneo y el portugués renegado Yáñez de Gomara (el mismo que decía ¡voto a Júpiter!), que dedicaron su vida a ponerle madrizas ejemplares a los navíos ingleses y holandeses a su paso por el Indico. En esos tiempos todo se resolvía con cañones y espadazos ¿qué James Brooke se ponía flamenco? Un bombazo y a enjuagarse la chompeta ¿Qué los Thugs asaltaban la barcaza? Se sacaba la navaja y listo.
Esos eran hombres.
Con el advenimiento de la era tecnológica todo cambió; ya no bastaba con señores que escupieran clavos al hablar, se necesitaba algo más drástico, la sociedad lo exigía. Así por ejemplo, los modestos mercados donde a un tipo igualito al Benemérito lo llamaban güerito para que comprara un kilo de aguacates, se convirtieron en Supermercados de carrito y viejas chotas. Las añejas carreteras nomás aumentaron dos carriles y transmutaron su nombre: Supercarreteras y convirtieron, como por arte de magia, en un menesteroso a todo aquel que no las transitara.
Super-cali-fragi-listi-coes-pira-lido-so, dijo el baboso de Dick van Dyke y todos los niños de la era Super, aprendimos que lo actual, lo que rifaba, era el uso de ese terminajo infame.
Los héroes no resistieron esta oleada modernizadora; sus enemigos ya no eran profesores Moriartys, o ingleses llevados de la mala. Nada de eso, las fuerzas del mal evolucionaron hacia formas francamente alarmantes: marcianos de intenciones inconfesables, sabios fabricantes de pócimas endemoniadas que volvían estúpido a quien las probara o seres parecidos a los chongos zamoranos que se comían todo lo que encontraban a su paso. Ante esta oleada de grandes males se eligieron grandes remedios "que vengan los Superhéroes" dijo alguno.
Y ellos llegaron.
El ejemplo paradigmático de un Superhéroe era Kal-El, vulgarmente conocido como Supermán. La historia cuenta que a punto de estallar el Planeta Kriptón, Jor-El, un sabio muy chinguetas y padre de Kal, decidió salvar a su hijo y construyó una nave espacial en la que trepó al infante. En el recuento de hechos no se consigna la razón por la cuál el señor El (que era tan chinguetas) no le puso dos asientos más al vehículo, pero eso desde luego no importa.
La nave salió de Kriptón diecisiete segundos antes de la explosión y vino a dar a la Tierra, donde la encontraron una pareja de viejitos a los que se les había ponchado una llanta, eran Martha y Clark. El infante rápidamente dio evidencias de su notabilidad y levantó el coche para que Clark cambiara la llanta. Los Kent, en lugar de abrir un taller mecánico adoptaron al niño y le dieron su nombre. Pronto se dieron cuenta que el pequeño Clark, además de su fortaleza, volaba, podía freír huevos con su supervista y nada lo traspasaba... Supermán, señoras y señores.
Por alguna razón inexplicable, Supermán sólo podía ser Supermán en caso de emergencia. Esto determinó que adoptara la personalidad de Clark Kent, un tipo ejemplarmente estúpido que era reportero del diario El Planeta (en el que trabajaban una docena de tipos más estúpidos aún, ya que no se daban cuenta que Clark era igualito a Supermán nomás que sin lentes y calzones rojos). Los principales enemigos de Supermán eran: Lex Luthor un hombre que estaba furioso porque nuestro héroe lo había dejado calvo y el señor Mxwlpryzglm (o algo así), un enano que venía de la cuarta dimensión. Ellos sabían cuál era el lado flaco de Supermán; la kriptonita, una roca que -como los huevos divorciados- podía ser verde o roja. Si verde, debilitaba a Supermán y lo dejaba con la fuerza de un alfeñique. Si roja le ocasionaba severos trastornos de conducta que determinaran que hablara como tonto o que quisiera meterle mano a Luisa Lane.
Mi primer recuerdo de un Supermán televisivo es lamentable; veo a un señor francamente gordo que se faja los calzones hasta las tetillas y brinca por una ventana para luego suspenderse de unos hilos de nylon que se notan, mientras detrás del él pasa la misma nube sesenta y siete veces. A pesar de ello, en mi escala de valores de la Legión de la Justicia, Supermán era el incuestionable número uno, muy por encima de los inocuos Batman y Robin, cuya única gracia consistía en el uso continuo de Batimadres para combatir a los pillos. La tradición televisiva nos ha presentado a Batman y a Robin como un par de pendejos que dicen cosas como "recuerda Robin que los criminales han equivocado el camino" o "Santos gases asfixiantes Batman". Los enemigos del Dúo Dinámico eran de lo más variado; destacaba El Guasón (un tipo notablemente más simpático que Robin) y Gatubela, una señora que usaba antifaz, traje pegadito y que estaba muy buena.
Otra Superheroína era la Mujer Maravilla que se transportaba en un avión cuyo máximo chiste consistía en su invisibilidad. Marvila usaba un lazo mágico para atrapar maleantes y se vestía como prostituta de la Colonia Cuauhtemoc.
Estaban los Cuatro Fantásticos cuyos poderes eran muy diversos. Uno de ellos, el jefe, era elástico. Estaba la señora que se peinaba como Doris Day y tenía poderes mentales que le permitían crear campos de fuerza. Había otro que al grito de "¡llamas a mí!" (frase altamente recomendable en caso de un quemón), se convertía en una bola de fuego. El Guapo Ben cerraba el cuarteto. Sin duda de los cuatro amigos era el más notable; andaba en calzones, tenía cuerpo de piedra, boca de huachinango y era un patanazo.
Ya en el catálogo de los Superhéroes de pacotilla encontramos a Flash, un señor bastante baboso que corría a la velocidad del demonio y en las orejas traía las alas de Mercurio. Estaba también Birdman, el hombre pájaro y su amigo Vengador. Cada vez que Birdman necesitaba su traje de carácter, pegaba un grito escalofriante por lo agudo que le ponía los nervios de punta a los bandidos.
El sorprendente Hombre Araña era un pesado y usaba máscara de luchador. Hulk era tan bruto que no se daba cuenta de que cualquier coraje -digamos, un atorón en el Periférico- lo iba a desgraciar.
Ya en tiempos más recientes, los japoneses se dieron a la tarea de crear legiones de Superhéroes cuya característica distintiva son los ojos como de plato, los de moda se llaman Caballeros del Zodíaco y son tan cursis que lloran porque pasó la mosca.
En fin, cada quién que decida con que Superhéroe se queda. Yo por lo pronto me instalaré en un ejercicio mnemotécnico para tratar de identificar al autor de la famosísima frase: "¡A luchar por la Justicia!" porque francamente lo he olvidado ¿no es una pena?

Soñé con Rocío Durcal . . .un best seller

Señores, es un placer compartir con todos ustedes, que son seguidores de este naciente blog, o que sencillamente disfrutan visitarlo de vez en cuando; que la novela de Fedro "Soñé con Rocío Durcal" es oficialmente, todo un Best Seller. A algunas personas el término mismo les incomoda o les produce urticaria galopante, pero a nosotros no nos provoca la más mínima comezón. La novela está agotada ya en varias librerías: El pendulo Condesa, Gandhi Centro, Sanbon´s Altavista entre otras. Pero nada que preocuparse, en la presentación de la novela el próximo miércoles 21, podrán adquirirla. Les dejo reseña del periódico Crónica. Nos vemos en la presentación.
http://www.cronica.com.mx/nota.php?id_nota=444612

No es broma

Dije ya, hace unas semanas, que alguien más lúcido que yo, había recomendado escribir "en vivo" de cuando en cuando. La sugerencia me parece pasmosamente útil ya que he recibido comentarios diversos. El más doloroso se relaciona con la idea de que todo me vale madre. No es correcto, diariamente entro con el Jesús en la boca a este blog para saber si le ha interesado a alguien. No me imagino quiénes son (señaladamente la persona que ha entrado desde Finlandia) pero es como pasar un exámen de oposición en el que uno se truena los dedos para saber si alguien lo sigue. En fin, valga la nota para expresar que aquí estoy muy pendiente.
FCG

viernes, 9 de octubre de 2009

Un disco paranormal (El nacional 1994)

C:\>
C:\> cd wp51
C:wp51> wo
C:wp51> PENDEJO... ES "WP", NO "WO"
Estaba sentado frente a la computadora oyendo un disco nuevo cuando sucedió todo. En el momento que Joaquín Sabina decía "yo no soy Mickey Rourke" la pantalla me insultó. Quedé como un idiota pensando en los alcances de la tecnología nacional y la forma en que los programadores habían pasado del gazmoño "Comando o nombre de archivo incorrecto" a peladeces más drásticas para ser usadas en el probable caso de que el usuario metiera la pata. Pulsé la tecla correcta y me olvidé del asunto.
Fue el primer error.
Pasó una semana, escribía mi colaboración para "El Financiero", el tema era fútbol. Me proponía cuestionar los criterios de Mejía Barón y describir (con cierta visceralidad) como los hoyos de la nariz le llegan a los pómulos, cuando sucedió otra vez; puse una coma y -sin que mediara intervención humana- en la pantalla fueron apareciendo nítidamente las siguientes palabras: TE HAS DE CREER MUY CHISTOSO ¿VERDAD? Esta vez las sienes me latieron, el asunto salía del alcance tecnológico y entraba en territorio del demonio. Por segunda vez en ocho días reaccioné como un idiota, apliqué la tecla de back space y borré el mensaje, de nada sirvió; la máquina replicó: AY TU ¡QUE MIEDO!... NO ME VAYAS A BORRAR. Desde luego era una señal, pero ¿de qué carajos? Misterio. Para ganar tiempo, apagué la computadora, me tomé un tehuacán y busqué el controvertido libro "Guía del cazador parasicológico" que alguna vez Muriel Chapa había traído a la casa para una sesión de ouija que resultó un fiasco. Allí descubrimos que nuestra capacidad para convocar a lo insondable era limitada ya que en cuatro horas de sesión obtuvimos el siguiente mensaje: "pizarrita ñiño pum". Muriel olvidó el libro (y un sombrero horroroso) y a partir de esa fecha el texto fue usado para cumplir diversas funciones: nivelar mesas, guardar recibos y como lectura de excusado en casos de estreñimiento.
Después de media hora de búsqueda encontré el libro. En la sección de mensajes del más allá leí el siguiente párrafo: "Tal vez el más peligroso tipo de mensajes ocultos son los que describió un científico francés en 1896, en ellos, las manifestaciones se dirigen con crudeza al médium hasta volverlo completamente loco. El escritor Gustavo Flaubert por ejemplo, decía escuchar voces que lo llamaban "perdulario", "ganapán" y "bestia de carga". Estudios realizados por Julian Oates de la Universidad del este de Adelaida, sugieren que las fuerzas que se manifiestan guardaban algún encono en el momento de morir contra la persona que recibe los mensajes". El libro refería mensajes a través de vasos que se movían, televisiones que se encendían en un "programa detestable", pero de computadoras, nada.
Tomé papel y lápiz y me dispuse a ensayar una lista de aquellos (vivos o muertos) que pudieran guardar algún encono contra mí. El asunto resultó muy poco satisfactorio. Dentro de los fiambres me encontré con que el único que podría tener motivos para hacerme alguna trastada desde el más allá era mi tío Julián, un viejo jijo-de-la-tiznada. Cuando se murió dije para mis adentros "que bueno, viejo cáscara" mientras a mi tía le expresaba cuanto sentía todo. En el campo de los vivos encontré, sin embargo, una cantidad preocupante de casos; desde "El Manotas" al que le debo un dinero desde hace veinte años, hasta la China Mendoza que se enojó por algo que escribí en el periódico.
Estimulado por mi proceder científico cometí el segundo error: prendí la computadora y con mano temblorosa pregunté:
C:\> ¿Eres el tío Julián?
C:\> TU MAMA
Desde luego era una respuesta desalentadora. A una pregunta planteada con decencia, la máquina respondía con grosería y sin tino alguno ya que mi madre se encontraba en ese momento en la cocina de su casa cocinando huauzontles. Por otro lado, no salía yo de ninguna duda ya que el tío Julián era perfectamente capaz de ofrecer esa respuesta. Intenté una aproximación diferente, producto de un arranque espiritual:
C:\> ¿Eres Dios?
C:\> ¿NO TE DA VERGÜENZA PREGUNTAR ESTUPIDECES?
Insistí:
C:\> ¿Acaso me observas? ¿Estás cerca? Si me ves, dime como soy.
C:\> GORDO Y PELON
Debo admitir que ésta última respuesta fue muy dolorosa. Como la estrategia interrogatorio no estaba funcionando decidí esperar, al medio minuto la máquina despertó:
C:\> MIRA, YO TE QUIERO AYUDAR, ASI QUE SIMPLEMENTE SIGUE MIS ORDENES Y CALLATE LA BOCA. ESTOY DISPUESTO A CONVERTIRTE EN UN HOMBRE MUY RICO ¿ESTAS LISTO?
Dije que sí con las manos sudadas.
C:\> BIEN, PON ATENCION, VAS A APOSTAR TODO EL DINERO QUE PUEDAS CONSEGUIR A UN CABALLO. SU NOMBRE LO ENCONTRARAS EN LA EDICION DEL 13 DE ENERO DE 1895, DENTRO DEL SEMANARIO "EL MUNDO ILUSTRADO", BUSCA EN LA PAGINA SIETE, QUINTO PARRAFO, TERCERA PALABRA... SUERTE.
Y la máquina se apagó. Pasé muy mala noche esperando la hora en la que abren la Hemeroteca, cuando le pregunté al hombre que atendía si efectivamente había tal publicación, estaba ya seguro de que me iba a contestar que no. Casi me desmayo en el momento que lo vi regresar con un libraco de enormes proporciones y unos guantes especiales que me extendió para que no maltratara el texto. Le di una credencial de la UNAM y el me dio el libro. En una mesa apartada lo abrí, encontré el número correcto, la página correcta y el párrafo correcto que empezaba así: "M. A. Ballu respetando la integridad de la vieja decoración de 1889, procura vivificarla..." ¡Ballu! Era un nombre un poco extraño pero, que demonios. Salí corriendo, compré un periódico y descubrí que en la carrera estelar se presentaba Blue Bayou, una potranca tresañera que pagaba 20 a 1. No tuve dudas, corrí al banco, saqué todo el dinero y me fui al hipódromo.
Blue Bayou llegó en octavo lugar.
Cuando volví a mi casa la computadora tintileaba:
C:\> MUCHACHO, MUCHACHO, TAN BRUTO COMO TU PADRE. NOS VEMOS PRONTO Y DISCULPA EL JOLGORIO... TU TIO DON JULIAN.
Tomé mi bat oficial de los Diablos Rojos y le aticé un cañazo al CPU, luego al monitor... Desde entonces, escribo a mano. y soy infinitamente más pobre, por culpa de los pinches espíritus.

jueves, 8 de octubre de 2009

Se solicita generación (El Nacional 1994)

La última vez que tuve una experiencia mística la cosa terminó de manera siniestra, la magnitud del desastre puede representarse cuantitativamente por medio de números naturales...
Cuatro puntadas en la cabeza.
Todo empezó con un sueño: iba yo en el Titánic tocando el trombón para una nube de oligarcas que bailaban en el salón principal. El director de la orquesta era (y este es un profundo misterio psicoanalítico) Fidel Velázquez, que agitaba su batuta con sorprendente energía. De pronto, salía de atrás de una cortina mi maestro de matemáticas, un viejito de apellido Rivera que era un cerdo. Venía gritando (la cita es literal) "¡el círculo de centro O y radio r es el conjunto de todos los puntos P del plano cuya distancia a O es menor o igual que r!". Apenas lo tuve en rango de alcance, le aticé un trombonazo en la cabeza. La siguiente escena fue espantosa; la cabeza de Rivera cayó a mis pies echando baba, (como cuando Sigourney Weaver le arrea un cañazo al androide de Alien) me miró fijamente y dijo: "cuídate del hielo". En ese momento un iceberg le hizo un boquete de noventa metros al costado del barco y nos hundimos todos, incluido don Fidel, entre gritos espantosos. Desperté sudando.
A la mañana siguiente fui a la escuela. Mi primera clase era de redacción, la impartía un hombre ejemplarmente feo que gustaba de leernos fragmentos de las "obras capitales de nuestra literatura" (así decía). Inició su charla con una referencia a García Márquez, que en aquella época era conocido nomás en su casa. "Es un monstruo", decía el feo, "fíjense bien" y empezó a leer: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a ver el hielo". ¡El hielo! Era la segunda señal. Salí de la prepa aterrorizado y me refugié en casa de Nacho Quijano, un amigo de la infancia que vivía cerca. Invertí exactamente media hora en contarle mi sueño y lo que había pasado en clase de redacción. El invirtió exactamente treinta segundos en pitorrearse de mí y cinco más en proponerme que mejor nos fuéramos al fut-bol, "ni modo que te mate un granizo" agregó muerto de risa.
El partido estaba peor que peor. Jugaban el Atlante y el León en el Estadio Azteca, iban cero a cero. Exactamente en el minuto ochenta, cuando las cuatro cervezas ingeridas me habían permitido relajarme y ya estaba gritando peladeces, recibí la tercera señal en forma de un hielazo proveniente de la porra atlantista. El proyectil me abrió la cabeza, produjo las consiguientes puntadas y determinó que no pudiera pronunciar durante un mes palabras con más de tres vocales.
Cosas del destino.
En éste momento me enfrento a una nueva experiencia mística que inició con un artículo de Antonio Tenorio Muñoz Cota publicado en Etcétera hace dos semanas. Tenorio esbozaba una caracterización generacional de los que nacieron en la década de los sesenta, leí su colaboración en un viaje de metro y me quedé tan campante. Sin embargo, las acechanzas de las fuerzas paranormales se manifestaron nuevamente el 8 de mayo cuando abrí la Jornada Semanal y me encontré con una entrevista de Frederic-Yves Jeannet a Jorge Esquinca. La charla inicia de la siguiente manera: "... Jorge Esquinca una de las escrituras poéticas más arriesgadas y candentes producidas en México por la fértil (mucha atención) generación nacida en los años cincuenta". Luego Jeannet proponía ejemplos paradigmáticos de ésta generación [(Vicente Quirarte (1954), Alberto Blanco (1951), José María Espinaza (1957)] y de la generación anterior [Francisco Hernández (1946), David Huerta (1949) y Efraín Bartolomé (1950)]. Varias dudas me asaltaron de inmediato (la de que diablos es una escritura candente llegó después). La primera tiene que ver con los límites generacionales; ¿Quién se acerca más a quién? ¿Espinaza a Blanco? ¿Blanco a Bartolomé? ¿Bartolomé a Muchilanga? No lo sé.
Era la segunda llamada.
Finalmente todo explotó el 13 de mayo, leía la columna de Hugo García Michel en El Financiero cuyo título me sobrecogió: "De-generaciones". El texto se refería a las diferencias generacionales en cuanto a la apreciación del rock. Avancé en la lectura y encontré el párrafo maldito que decía lo siguiente: "Alguien escribió recientemente (no estoy seguro si fue Fedro Carlos Guillén) que se dio cuenta de lo viejo que ya estaba, cuando descubrió que no se sabía las canciones de moda". ¡Ahhhg! Cosa del demonio.
Entre sudores fríos esperé pacientemente a que me cayera un piano en la cabeza pero nada. Con el recuerdo del hielazo como estímulo, me di a la tarea de investigar cualquier referencia generacional. Sólo dos me vinieron a la cabeza: la generación del 27, con Alberti, Cernuda, Aleixandre, García Lorca y Jorge... Guillén (¡Ahhhg!) y la fotografía de mi generación universitaria. En el primer caso, he apartado de mi vida los números dos y siete, con desiguales resultados. También he decidio salir de cualquier reunión en la que algún badulaque inicie a declamar: "Antonio Torres Heredia/ hijo y nieto de Camborios". En cuanto a la foto, debo confesar que ha sido una fuente de depresiones profundas. Si mi generación universitaria está llamada a guiar los destinos nacionales estamos fritos y refritos.
Las evidencias indican que debo encontrar pronto a mi generación, pero en la búsqueda se desprenden varios problemas: si consideramos que nací en octubre del 59, ¿pertenezco, en consecuencia, al grupo de Quirarte, Villoro y anexas? si es así debo arribar a la inevitable conclusión de que soy un pelagatos. Prefiero pensar que soy un adelantado de la generación de los sesenta y que, por razones que no vienen a cuento, aún no he dado pruebas de mi brillantez. Esta aproximación, si bien falsa, no desgasta mi autoestima, que en estos tiempos de señales misteriosas cuidaré como a la niña de mis ojos.