Regreso a México después de un viaje de dos semanas por tierras costarricenses y me encuentro con varias novedades; la más significativa para mí tiene que ver con el generalizado consenso acerca de la calidad del artículo de la semana pasada: "Es una mierda", fue el comentario más liviano. Releo lo que escribí y --efectivamente-- lo encuentro malísimo. ¿Será la edad?
Decía que estuve fuera y no es el caso de que explique a qué salí,asunto que no le interesa a nadie. Lo que realmente tiene valor(creo)es la crónica de mi encuentro con representantes de ocho países con los cuales estuve conviviendo durante esos días. Resulta que ninguna de las naciones representadas era de habla hispana,por lo que el idioma oficial fue el inglés. Esta determinación tuvo efectos perversos en los patrones de comunicación entre los hombres y las mujeres que llegamos a la reunión. Por ejemplo,la primera noche los organizadores armaron un reventón en el que se apareció todo mundo con sus mejores galas (cuando digo mejores galas es conveniente imaginarse a un nigeriano con un sombrerote o a una paquistaní vestida como la novicia voladora). Quiso mi negra suerte que quedara frente a frente con un chino, yo con mi wisqui y él quién sabe con qqué. En ese momento sentí el muy mexicano impulso de establecer una conversación cortés y empecé a preguntar pendejadas: "¿Muy largo el vviaje? ¿Cuántos chinos hay en China?", etcétera. El jovenazo respondió: "Mjuell lili pangon puntingan" que yo interpreté como: "En China tu mamá es un ave de presa". Los siguientes diez minutos se convirtieron en una modesta réplica del infierno, hasta que llegó la hora de cenar y los dos nos fuimos pensando cosas raras de nuestros congéneres.
La siguiente escena indecorosa la vivimos gracias a nuestro afán de aventura; los organizadores decidieron que sería divertido llevarnos a un río que se llama Reventazón (nadie se atrevió a traducir el significado a los visitantes extranjeros), treparnos a unas lanchas inflables y meternos durante dos horas en los rápidos. Se hicieron los arreglos, nos llevaron al río y nos pusieron un inquietante chaleco salvavidas, unos cascos que nos hacían lucir como estoperoles de traje de charro y finalmente nos dieron un remo. Luego nos dividieron en grupos. En el mío venía una nigeriana que no entendía nada, un indonesio que iba muerto de risa, una brasileña que no hablaba inglés, un canadiense que más tarde me hendiría las costillas con su remo, el guía y su servidor. Al entrar al agua sucedió lo que tenía que suceder; el guía dio la primera instrucción y todos nos quedamos como las estatuas de marfil; así permanecimos hasta que nos cayeron encima tres metros cúbicos de agua que nos dejaron como damnificados del Monzón.
Fue una tarde memorable, una lancha se volteó, el guía de una embarcación se fue de nalgas al río, una china vomitó y una hindú dejó la oreja en las selvas costarricenses. A mí me fue bien, sólo recibí un remazo y sufrí quemaduras de tercer grado en la calva debido a los orificios del casco, que me dejaron la cabeza como helado de choco chip.
Luego vinieron las fiestas. Se suponía que el asunto tenía que ser típico y esto determinó que en la de los indonesios no se bebiera alcohol, que en la de los brasileños una ucraniana bailara lambada en completo estado de ebriedad, que los mexicanos contratáramos una marimba para cantar "De la sierra moreeena" y que un hombre que jamás había probado el tequila perdiera la memoria a corto plazo.
La última consecuencia de esta hermandad entre los pueblos se dio a la hora de trabajar y darnos cuenta que el avance iba a estar más difícil que la reforma electoral. Un señor de Zimbawe inició una siestecita que terminó cuatro horas después, el chino se molestó y se fue a parar contra la pared, el nigeriano dijo algo que nadie entendió y la canadiense se puso a cantar una canción de su tierra.
Todavía no sé si me fue bien o mal, pero por lo pronto ya estoy inscrito en los cursos de verano de Harmon Hall. A ver si pega.
martes, 27 de julio de 2010
sábado, 24 de julio de 2010
La originalidad (El Financiero 2000)
La persona más original que he conocido en mi vida era un señor que se ponía sombrero, usaba clavel y bastón y a la menor provocación se ponía a recitar poesía propia (que era una mierda sin remedio) o a bailar, poniendo los ojos en blanco, el gustado tema típico “Qué chula es Puebla”. Dentro de su repertorio de originalidades se encontraba el connotado hecho de ser el inventor de un idioma el cual empezaba a hablar cada que estaba beodo y que consistía de una serie de pujidos. Este esfuerzo comunicativo era ligeramente estéril ya que como era el único que entendía tal lengua, no había manera de saber si estaba rezando, trabajando en ecuaciones diferenciales o mentándole a uno la madre. Estaré de acuerdo con usted, querido lector si me dice que el fulano de marras no era original sino pendejo, pero lo anterior me deja pensando en los esfuerzos que hacemos día con día con el fin de abrevar de las fuentes de las que nadie ha tomado agua y como tales empresas suelen terminar invariablemente mal.
Original es un señor que se cuelga una cacerola del pescuezo y sale a la calle o aquel que es capaz de beberse un jarrito de toronja por la nariz. El sendero de la idiotez está empedrado de cientos de personas que en un afán de distinguirse nos regalan cotidianamente con muestras prefabricadas ligeramente escalofriantes de una profunda imbecilidad. El que no me crea puede ir a leer la versión más actualizada del libro Guinnes en donde podemos encontrar al señor que se bañó por última vez el 14 de julio de 1974 o la señora que se recuesta en la recámara y el pelo le llega al garage. Otra opción es ver el programa de Ripley del cual fui testigo recientemente y en el que un señor levantaba con los dientes una mesa con todo y mantel y otro se metía una boa por la garganta en el acto más repugnante que he presenciado jamás (si descuento las expectoraciones que generaba un tío abuelo hace ya muchos años).
Desde chiquitos se nos impronta con la idea de que copiar es malo, al que agarran tomando ideas de sus compañeritos le cae la fuerza de la ley. Es por ello que los imitadores son una especie de leprosos de este mundo moderno y la razón por la cual nuestros progenitores buscan alternativas extraordinarias para nuestro futuro desarrollo profesional y digo extraordinarias por lo idiotas, como estudiar la tuba o aprender alguna lengua muerta que resulta muy útil cuando las reuniones sociales se ponen aburridas.
Y digo yo: ¿cuál es el mérito de ser originales? La Historia es filtro de proporciones implacables; a lo largo de cientos de años la gente inservible (con excepciones que probablemente nunca conoceremos) ha sido cribada y mandada a los fosos del olvido, mientras que las mejores influencias se han dejado sentir por aquí y por allá ¿cuál sería el problema de recibir su aroma? Búsquese una idea cualquiera y se encontrará siempre, de manera invariable algún antecedente cosa que, por cierto, me resulta profundamente normal. Sin embargo, dígasele a fulanito de tal que se percibe en su obra la influencia de sutanito y los siguiente que sucederá es que fulanito nos mandará a buscar la influencia de nuestra señora madre ya que seguramente se sentirá insultado.
Desde luego hay otros más vivos (o más brutos, según se quiera ver) que cuando les pregunta sobre sus grandes influencias contestan cosas como León Tolstoi u Octavio Paz. En ese caso lo que sigue es leer la obra del entrevistado para saber a qué atenerse con respecto al intelecto del declarante..
Es obvio (tan obvio que preocupa que se siga dicutiendo) que ninguna influencia puede ser mala por sí misma. Que si un señor nos hizo el favor de hacer bien las cosas para luego morir, tendríamos que ser muy brutos para no tomar su ejemplo. Es por ello que a partir de este momento me declaro públicamente influenciable y lo invito a que haga lo mismo. Ahora que si usted cede a los encantos de Jorge Ortiz de Pinedo será muy su problema.
Original es un señor que se cuelga una cacerola del pescuezo y sale a la calle o aquel que es capaz de beberse un jarrito de toronja por la nariz. El sendero de la idiotez está empedrado de cientos de personas que en un afán de distinguirse nos regalan cotidianamente con muestras prefabricadas ligeramente escalofriantes de una profunda imbecilidad. El que no me crea puede ir a leer la versión más actualizada del libro Guinnes en donde podemos encontrar al señor que se bañó por última vez el 14 de julio de 1974 o la señora que se recuesta en la recámara y el pelo le llega al garage. Otra opción es ver el programa de Ripley del cual fui testigo recientemente y en el que un señor levantaba con los dientes una mesa con todo y mantel y otro se metía una boa por la garganta en el acto más repugnante que he presenciado jamás (si descuento las expectoraciones que generaba un tío abuelo hace ya muchos años).
Desde chiquitos se nos impronta con la idea de que copiar es malo, al que agarran tomando ideas de sus compañeritos le cae la fuerza de la ley. Es por ello que los imitadores son una especie de leprosos de este mundo moderno y la razón por la cual nuestros progenitores buscan alternativas extraordinarias para nuestro futuro desarrollo profesional y digo extraordinarias por lo idiotas, como estudiar la tuba o aprender alguna lengua muerta que resulta muy útil cuando las reuniones sociales se ponen aburridas.
Y digo yo: ¿cuál es el mérito de ser originales? La Historia es filtro de proporciones implacables; a lo largo de cientos de años la gente inservible (con excepciones que probablemente nunca conoceremos) ha sido cribada y mandada a los fosos del olvido, mientras que las mejores influencias se han dejado sentir por aquí y por allá ¿cuál sería el problema de recibir su aroma? Búsquese una idea cualquiera y se encontrará siempre, de manera invariable algún antecedente cosa que, por cierto, me resulta profundamente normal. Sin embargo, dígasele a fulanito de tal que se percibe en su obra la influencia de sutanito y los siguiente que sucederá es que fulanito nos mandará a buscar la influencia de nuestra señora madre ya que seguramente se sentirá insultado.
Desde luego hay otros más vivos (o más brutos, según se quiera ver) que cuando les pregunta sobre sus grandes influencias contestan cosas como León Tolstoi u Octavio Paz. En ese caso lo que sigue es leer la obra del entrevistado para saber a qué atenerse con respecto al intelecto del declarante..
Es obvio (tan obvio que preocupa que se siga dicutiendo) que ninguna influencia puede ser mala por sí misma. Que si un señor nos hizo el favor de hacer bien las cosas para luego morir, tendríamos que ser muy brutos para no tomar su ejemplo. Es por ello que a partir de este momento me declaro públicamente influenciable y lo invito a que haga lo mismo. Ahora que si usted cede a los encantos de Jorge Ortiz de Pinedo será muy su problema.
miércoles, 21 de julio de 2010
De formas y fondos (El Financiero 1997)
El problema con este país -según yo- es que todo mundo apuesta por el fondo y no por la forma, cuándo es precisamente ésta última la que prevalece en la toma de decisiones de los mexicanos. A la gente -usemos un ejemplo exótico- le gustaría mucho más ver la foto de un candidato disfrazado de mariposita, que analizar su propuesta económica (aunque bien mirado el asunto, debe ser una foto notable). Los publicistas lo saben bien; no importa que el producto que desean vender sea una porquería y saque hongos en la entrepierna después de todo: ¿quién lee las recomendaciones de uso? Lo que realmente rifa es si el producto en cuestión nos deja una apariencia de hombres decididos capaces de sellar un negociazo para luego subir al Concorde y meterse a la cama con una mujer despampanante que se derrite nomás de olerlo a uno... forma señoras y señores.
Es el signo de los tiempos; lo que no le debería importar a nadie es lo que realmente importa. Ahí tenemos fotos de princesas encueradas o llamadas que son interferidas en las que señores que le decían palabrotas al éter son presentadas en cadena nacional. Ahí está el Reforma, presentando una foro de Raúl Salinas sentado en un yate con cara de pasárselo a toda madre, probablemente porque tiene sentada encima en posición de decúbito dorsal a una señora que hoy es su mortal enemiga. Ahí están las Patis Chapoyes y las Shanikes derramando lo que intelectualmente pueden (que es equivalente, usemos términos informáticos, a los bits que caben en un transistor) y en competencia con un programa sobre análisis de la oferta electoral ¿quién tendrá más televidentes?.
Y por ahí empieza la opereta, porque a mí me resulta elemental que si uno va a asistir a una cena con la crema y nata de la intelectualidad, tiene que machetearse a Proust y llevar preparado un discurso sobre lo que se piensa gastar en tubas para la sinfónica. Si el destinatario es el público estudiantil, entonces hay que saber cuantos aprueban, cuántos reprueban y quién se sienta en la fila de los burros. Sin embargo, en las próximas elecciones los que cortan el chicharrón y son mayoría se abanican en las tubas de la sinfónica y les vale un pito los índices de deserción ya que forman parte de ellos. Todo aquel que hable de la madurez política del pueblo mexicano simple y llanamente no sabe lo que está diciendo. Esa, mi querido lector, es la cruda realidad y lamento decirlo con esos aires de suficiencia, pero estoy seguro que en esta ciudad y en estos tiempos, la India María tiene más taquilla que un análisis de Lorenzo Meyer ( y esto lo digo con respeto para el maestro Meyer y también para la India María)
En consecuencia me parece que todo aquello que hagan los candidatos para llamar la atención tiene ése sentido; si se trepan a un caballo con riesgo de que les salgan juanetes en las nalgas nomás para que vean que son charros, si cargan niños que huelen a popó, si cantan boleros o declaran que quieren mucho a su mujer, todo ello deberá ser interpretado en el contexto del votante promedio para el que va dirigida la cabalgata (en algunos casos con saldos trágicos como el caso de Del Mazo que no supo meter un boleto en los torniquetes del Metro). Yo pregunto: ¿cuánto se ha discutido en los medios la propuesta específica de cada candidato? la respuesta es paupérrima, pero es también explicable: se trata de ganar no de convencer a la clase ilustrada, que por cierto está haciendo análisis medio mamonsones.
Así las cosas no queda más que esperar que los candidatos bailen la zandunga, revitalicen su relación con el pueblo, coman sopa de cabellitos de elote sin que les ganen los ascos y se sigan dando hasta con la cubeta hurgando entre las tinieblas del pasado de sus adversarios.
No recuerdo quién, pero alguien que seguramente era muy listo dijo una vez: La política es el arte de lograr que la gente no se meta en lo que sí le importa... Desgraciadamente, tenía razón
Es el signo de los tiempos; lo que no le debería importar a nadie es lo que realmente importa. Ahí tenemos fotos de princesas encueradas o llamadas que son interferidas en las que señores que le decían palabrotas al éter son presentadas en cadena nacional. Ahí está el Reforma, presentando una foro de Raúl Salinas sentado en un yate con cara de pasárselo a toda madre, probablemente porque tiene sentada encima en posición de decúbito dorsal a una señora que hoy es su mortal enemiga. Ahí están las Patis Chapoyes y las Shanikes derramando lo que intelectualmente pueden (que es equivalente, usemos términos informáticos, a los bits que caben en un transistor) y en competencia con un programa sobre análisis de la oferta electoral ¿quién tendrá más televidentes?.
Y por ahí empieza la opereta, porque a mí me resulta elemental que si uno va a asistir a una cena con la crema y nata de la intelectualidad, tiene que machetearse a Proust y llevar preparado un discurso sobre lo que se piensa gastar en tubas para la sinfónica. Si el destinatario es el público estudiantil, entonces hay que saber cuantos aprueban, cuántos reprueban y quién se sienta en la fila de los burros. Sin embargo, en las próximas elecciones los que cortan el chicharrón y son mayoría se abanican en las tubas de la sinfónica y les vale un pito los índices de deserción ya que forman parte de ellos. Todo aquel que hable de la madurez política del pueblo mexicano simple y llanamente no sabe lo que está diciendo. Esa, mi querido lector, es la cruda realidad y lamento decirlo con esos aires de suficiencia, pero estoy seguro que en esta ciudad y en estos tiempos, la India María tiene más taquilla que un análisis de Lorenzo Meyer ( y esto lo digo con respeto para el maestro Meyer y también para la India María)
En consecuencia me parece que todo aquello que hagan los candidatos para llamar la atención tiene ése sentido; si se trepan a un caballo con riesgo de que les salgan juanetes en las nalgas nomás para que vean que son charros, si cargan niños que huelen a popó, si cantan boleros o declaran que quieren mucho a su mujer, todo ello deberá ser interpretado en el contexto del votante promedio para el que va dirigida la cabalgata (en algunos casos con saldos trágicos como el caso de Del Mazo que no supo meter un boleto en los torniquetes del Metro). Yo pregunto: ¿cuánto se ha discutido en los medios la propuesta específica de cada candidato? la respuesta es paupérrima, pero es también explicable: se trata de ganar no de convencer a la clase ilustrada, que por cierto está haciendo análisis medio mamonsones.
Así las cosas no queda más que esperar que los candidatos bailen la zandunga, revitalicen su relación con el pueblo, coman sopa de cabellitos de elote sin que les ganen los ascos y se sigan dando hasta con la cubeta hurgando entre las tinieblas del pasado de sus adversarios.
No recuerdo quién, pero alguien que seguramente era muy listo dijo una vez: La política es el arte de lograr que la gente no se meta en lo que sí le importa... Desgraciadamente, tenía razón
viernes, 16 de julio de 2010
Instrucciones para organizar una biblioteca (El Financiero 1996)
Para Georgina Madrid y Jesús Murillo, bibliotecónomos muy queridos
Desde mi muy modesta experiencia existen dos métodos para clasificar los libros que uno a lo largo de su vida y a costa de grandes esfuerzos (si se es un miserable) logra reunir para formar una biblioteca privada. El primero se debe a la inventiva y muy probablemente a la ociosidad de Melvil Dewey que evidentemente no tenía nada mejor que hacer. Según Dewey el conocimiento humano se podía dividir en un sistema decimal en que las primeras diez clases representaban asuntos como la filosofía o ciencia pura (lo que sea que esto signifique). Así, dentro del 000 al 099 se acomodan enciclopedias y del 600 al 699 tecnología. Estas categorías tienen a su vez diez divisiones cada una por lo que, por ejemplo del 830 al 839 es literatura alemana. Luego vienen los puntos decimales; hay que seguir hasta que a uno le de hueva. Dado que ese es el caso de un servidor paso directamente al segundo método que es mucho más elemental que el de Dewey: acomodar los libros como nos dé la gana.
Siguiendo esta premisa de libre albedrío es que una tarde de mudanzas nos encontramos mi concuño y yo en mi nueva casa frente a los siguientes elementos: un librero vacío, un banquito que se caía nomás de verlo, veinte cajas de libros, una botella de anís y un artefacto de limpieza con plumas que alguna vez pertenecieron a un guajolote. La mezcla de los diversos elementos produjo un efecto -digamos- ecléctico en nuestra conducta. La primera consecuencia fue la provocada por el anís y se manifestó por un leve reblandecimiento neuronal que determinó un método de acomodo muy simple: los libros se agruparían de acuerdo a categorías que iniciaron con una gran nobleza (literatura hispanoamericana) y terminaron vergonzosamente (varios). El chiste era organizar el librerío de acuerdo a los apellidos de los autores siguiendo un procedimiento elemental: Sergio se balanceaba en el banquito con su vaso de anís, yo me balanceaba en el suelo buscando el libro, le soplaba y luego le pasaba el plumero encima (al final el plumero se lo pasaba a Sergio) y lo entregaba con voz enérgica diciendo: “Leñero, Hispanoamérica, ele”. Sergio se paraba en el banquito (no sé como no se mato) y acomodaba el libro en la X, asunto que sugería un paso infructuoso por la escuela o una borrachera de órdago.
El asunto se fue llenando de sorpresas ya que encontré libros vergonzosos como el horóscopo erótico o los de Xaviera Hollander que se acomodaron en una nueva sección creada con el obscuro fina de compartimentalizar mis perversidades (estuvimos tentados a reunirlos con los de Henry Miller). También aparecieron libros que yo consideraba me habían robado y por los cuales perdí una amistad, así como libros que yo me había robado; ese es el caso de la Antología Mayor de Nicolas Guillén perteneciente a un tal José Luis Olmedo que probablemente se entere el día de hoy que su libro lo tengo yo. Salió también una colección completa de Horror y Misterio que representaba justamente eso: un misterio ya que no tengo la menor idea de como llegó a mi casa.
El resultado final fue desigual ya que logramos generar alrededor de dieciocho categorías entre las que se encontraba una de libros de texto de primaria, de esos en los que salía una mujer con boca de alcantarilla y una túnica de vestal romana.
Ahora mi criterio de acomodo ha producido prodigios tales como que Cabrera Infante se encuentre espalda con espalda con Carpentier; que Borges esté sobre Fuentes y que Krause con sus “Textos Heréticos” en los que elogia a un presidente (Salinas) tenga como vecino a Leduc que se pitorrea de la esposa de otro presidente (Díaz).
Sin embargo, la desgracia se abatió recientemente sobre el librero ya que Gaby -la muchacha que hace la limpieza- decidió, presa de un impulso renovador limpiar todo y no se percató del magnífico orden establecido. De esto me di cuenta el otro día que encontré a García Márquez al lado de Vargas Llosa, lo que representaba un prodigio que ni siquiera mi biblioteca podría lograr.
Desde mi muy modesta experiencia existen dos métodos para clasificar los libros que uno a lo largo de su vida y a costa de grandes esfuerzos (si se es un miserable) logra reunir para formar una biblioteca privada. El primero se debe a la inventiva y muy probablemente a la ociosidad de Melvil Dewey que evidentemente no tenía nada mejor que hacer. Según Dewey el conocimiento humano se podía dividir en un sistema decimal en que las primeras diez clases representaban asuntos como la filosofía o ciencia pura (lo que sea que esto signifique). Así, dentro del 000 al 099 se acomodan enciclopedias y del 600 al 699 tecnología. Estas categorías tienen a su vez diez divisiones cada una por lo que, por ejemplo del 830 al 839 es literatura alemana. Luego vienen los puntos decimales; hay que seguir hasta que a uno le de hueva. Dado que ese es el caso de un servidor paso directamente al segundo método que es mucho más elemental que el de Dewey: acomodar los libros como nos dé la gana.
Siguiendo esta premisa de libre albedrío es que una tarde de mudanzas nos encontramos mi concuño y yo en mi nueva casa frente a los siguientes elementos: un librero vacío, un banquito que se caía nomás de verlo, veinte cajas de libros, una botella de anís y un artefacto de limpieza con plumas que alguna vez pertenecieron a un guajolote. La mezcla de los diversos elementos produjo un efecto -digamos- ecléctico en nuestra conducta. La primera consecuencia fue la provocada por el anís y se manifestó por un leve reblandecimiento neuronal que determinó un método de acomodo muy simple: los libros se agruparían de acuerdo a categorías que iniciaron con una gran nobleza (literatura hispanoamericana) y terminaron vergonzosamente (varios). El chiste era organizar el librerío de acuerdo a los apellidos de los autores siguiendo un procedimiento elemental: Sergio se balanceaba en el banquito con su vaso de anís, yo me balanceaba en el suelo buscando el libro, le soplaba y luego le pasaba el plumero encima (al final el plumero se lo pasaba a Sergio) y lo entregaba con voz enérgica diciendo: “Leñero, Hispanoamérica, ele”. Sergio se paraba en el banquito (no sé como no se mato) y acomodaba el libro en la X, asunto que sugería un paso infructuoso por la escuela o una borrachera de órdago.
El asunto se fue llenando de sorpresas ya que encontré libros vergonzosos como el horóscopo erótico o los de Xaviera Hollander que se acomodaron en una nueva sección creada con el obscuro fina de compartimentalizar mis perversidades (estuvimos tentados a reunirlos con los de Henry Miller). También aparecieron libros que yo consideraba me habían robado y por los cuales perdí una amistad, así como libros que yo me había robado; ese es el caso de la Antología Mayor de Nicolas Guillén perteneciente a un tal José Luis Olmedo que probablemente se entere el día de hoy que su libro lo tengo yo. Salió también una colección completa de Horror y Misterio que representaba justamente eso: un misterio ya que no tengo la menor idea de como llegó a mi casa.
El resultado final fue desigual ya que logramos generar alrededor de dieciocho categorías entre las que se encontraba una de libros de texto de primaria, de esos en los que salía una mujer con boca de alcantarilla y una túnica de vestal romana.
Ahora mi criterio de acomodo ha producido prodigios tales como que Cabrera Infante se encuentre espalda con espalda con Carpentier; que Borges esté sobre Fuentes y que Krause con sus “Textos Heréticos” en los que elogia a un presidente (Salinas) tenga como vecino a Leduc que se pitorrea de la esposa de otro presidente (Díaz).
Sin embargo, la desgracia se abatió recientemente sobre el librero ya que Gaby -la muchacha que hace la limpieza- decidió, presa de un impulso renovador limpiar todo y no se percató del magnífico orden establecido. De esto me di cuenta el otro día que encontré a García Márquez al lado de Vargas Llosa, lo que representaba un prodigio que ni siquiera mi biblioteca podría lograr.
miércoles, 14 de julio de 2010
No se preocupe (El Financiero 2001)
Dicen que los mexicanos somos un pueblo escéptico y que recelamos porque pasó la mosca. Esta, que me parece una verdad del tamaño de una casa, tiene, según mi humilde opinión, explicaciones históricas directamente relacionadas con nuestra incapacidad congénita para transmitir certezas. Me pongo de humilde ejemplo; hace algunos meses viajé a la ciudad de Ensenada para asistir a un asunto binacional. Como no me daba la gana hacer el ridículo con mi inglés de la secundaria pedí unos audífonos y di a cambio mi credencial de elector. Este trueque no tuvo nada de notable, pero sí el hecho de que al llegar a Tijuana acompañado por un amigo me di cuenta que había olvidado mi maleta en el hotel, que la credencial de elector se encontraba exactamente a cien kilómetros de distancia y que en la bolsa derecha traía los audífonos de marras. La intención no es describir aquí mi estupidez congénita, sino sus consecuencias. Como ciudadano ejemplar que soy me dirigí al módulo del IFE de Churubusco y Universidad a las nueve de la mañana de un lunes. Ahí estaría todavía si un taquero samaritano no me hubiera explicado “que no llegaban a las nueve, sino a la hora que les da la gana”
Lo dicho... certezas.
“No se preocupe” la vida me ha enseñado de forma muy dolorosa que en el preciso momento que uno escucha la frase anterior hay que prepararse para lo peor. “No te preocupes, tomé clases de manejo” me dijo uno que era mi amigo cuando vio que el color abandonaba mi faz ante el inminente madrazo con un materialista, la siguiente escena de este drama se dio frente al ministerio público mientras mi amigo rendía declaración y le echaba la culpa a los frenos, después de haberse llevado por delante el portal de la casa de una familia respetable que recibió el sustazo de su vida.
“No se preocupe, a su edad ya no marcha” Me dijo un sargento del ejército mexicano al descubrir que había falsificado mi cartilla. Me sentí muy tranquilo y siguiendo sus indicaciones me presenté en la alberca olímpica con mi edad y mi optimismo. Lo siguiente que recuerdo es que todos los sábados de 1989 los pasé sirviendo al glorioso 28° regimiento blindado. Mis servicios a la patria consistieron en correr entre terregales, ponerme una boina de colegiala y desarmar un mosquetón que seguramente perteneció a don Francisco L. Urquizo.
“No te preocupes, pide tasa variable, el país está estable” Me dijo un experto financiero en diciembre de 1993, cuando un servidor, dando servicio a sus pretensiones pequeño burguesas, decidió comprar una casa. El servidor, es decir yo, que soy medio imbécil, hizo caso. Lo que siguió fue el infierno en chiquito; los intereses subieron tanto que decidí vender un riñón y convertirme al budismo, a ver si así salía de bruja, me creció la barba y empecé a hablar solo mientras iba por mis boletos del melate con la esperanza de que el Zacatepec hiciera la chica y venciera al Unión de Curtidores.
Mi último “no se preocupe” es más reciente y tiene que ver con las talachas domésticas. Resulta que el grifo de la regadera se desvencijó e hice lo que hace la gente que se asume inútil y que consiste en llamar al plomero. Después de analizar el caso, el hombre me dijo que no me preocupara, que era cosa de cambiar algo cuyo nombre no recuerdo. No me preocupé y procedí a pagarle, hizo lo que tenía que hacer y se fue después de elogiar una maceta que tengo en el patio. Al día siguiente me metí a la regadera y en el preciso momento de agarrar el grifo, recibí una descarga de cuatrocientos watts que me depiló las axilas y provocó baba en las comisuras... No se preocupe.
Por todo lo anterior es que creo firmemente que todos los muy mexicanos recelos y suspicacias son perfectamente explicables, que preferimos perecer a decirle a alguien que ya valió madre y que la cultura azteca nos ha heredado una muy inservible certeza: no preocuparse, que como se ha demostrado sirve lo mismo que una credencial de la Unión de saxofonistas de la delegación Miguel Hidalgo. Ni hablar.
Lo dicho... certezas.
“No se preocupe” la vida me ha enseñado de forma muy dolorosa que en el preciso momento que uno escucha la frase anterior hay que prepararse para lo peor. “No te preocupes, tomé clases de manejo” me dijo uno que era mi amigo cuando vio que el color abandonaba mi faz ante el inminente madrazo con un materialista, la siguiente escena de este drama se dio frente al ministerio público mientras mi amigo rendía declaración y le echaba la culpa a los frenos, después de haberse llevado por delante el portal de la casa de una familia respetable que recibió el sustazo de su vida.
“No se preocupe, a su edad ya no marcha” Me dijo un sargento del ejército mexicano al descubrir que había falsificado mi cartilla. Me sentí muy tranquilo y siguiendo sus indicaciones me presenté en la alberca olímpica con mi edad y mi optimismo. Lo siguiente que recuerdo es que todos los sábados de 1989 los pasé sirviendo al glorioso 28° regimiento blindado. Mis servicios a la patria consistieron en correr entre terregales, ponerme una boina de colegiala y desarmar un mosquetón que seguramente perteneció a don Francisco L. Urquizo.
“No te preocupes, pide tasa variable, el país está estable” Me dijo un experto financiero en diciembre de 1993, cuando un servidor, dando servicio a sus pretensiones pequeño burguesas, decidió comprar una casa. El servidor, es decir yo, que soy medio imbécil, hizo caso. Lo que siguió fue el infierno en chiquito; los intereses subieron tanto que decidí vender un riñón y convertirme al budismo, a ver si así salía de bruja, me creció la barba y empecé a hablar solo mientras iba por mis boletos del melate con la esperanza de que el Zacatepec hiciera la chica y venciera al Unión de Curtidores.
Mi último “no se preocupe” es más reciente y tiene que ver con las talachas domésticas. Resulta que el grifo de la regadera se desvencijó e hice lo que hace la gente que se asume inútil y que consiste en llamar al plomero. Después de analizar el caso, el hombre me dijo que no me preocupara, que era cosa de cambiar algo cuyo nombre no recuerdo. No me preocupé y procedí a pagarle, hizo lo que tenía que hacer y se fue después de elogiar una maceta que tengo en el patio. Al día siguiente me metí a la regadera y en el preciso momento de agarrar el grifo, recibí una descarga de cuatrocientos watts que me depiló las axilas y provocó baba en las comisuras... No se preocupe.
Por todo lo anterior es que creo firmemente que todos los muy mexicanos recelos y suspicacias son perfectamente explicables, que preferimos perecer a decirle a alguien que ya valió madre y que la cultura azteca nos ha heredado una muy inservible certeza: no preocuparse, que como se ha demostrado sirve lo mismo que una credencial de la Unión de saxofonistas de la delegación Miguel Hidalgo. Ni hablar.
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