A pesar de escribir en un periódico que basa gran parte de su fortaleza en el análisis económico, mi dominio del tema es equivalente al que poseo sobre enfermedades urogenitales o cine hondureño. Sin embargo, querido lector, en un arrebato institucional quisiera compartir con usted un modesto balance de algunas noticias económicas que he revisado el día de ayer. A ver si la lectura entre líneas ayuda de algo.
1. "Sería suicida reducir de 15 a 10% el IVA, según la Contaduría de la SHCP".- Esto lo dijo Gustavo Salinas, miembro de la Contaduría Mayor de la Cámara de Diputados argumentando que lo que hace falta son mayores ingresos. Será que uno es medio güey, pero no alcanzo a entender como se pueden tener mayores ingresos si se pagan más impuestos. En este caso la lectura es simple... ya valió madre.
2. "Prevé Seminis, subsidiaria de La Moderna, ventas por 600 mdd en 96." ¿Qué coños es Seminis? No lo sé, uno intuiría que fabrican palitos para cerillos por su asociación con La Moderna. Sin embargo, el misterio se magnifica cuando se lee que parte de su excedente lo utilizarán para el mejoramiento de semillas. La imagen provocada es la siguiente: el director de Seminis hojea el diario en su mansión, abre los ojos y pega un grito “¡viejaaa salimos en el periódico!”... y ya.
3. "Se perderían 500 mil empleos entre los horticultores de Sinaloa: Bátiz".- Bátiz es Raúl Bátiz Guillén (¿será pariente?). Si nos atenemos al censo, en 1990 el 36.7% de las personas en edad de trabajar en Sinaloa lo hacían en el campo y había poco más de dos millones de sinaloenses, podemos asumir que: a) Bátiz se encontraba en estado de ebriedad; b) la edad para trabajar en Sinaloa se redujo o c) la cerveza Pacífico estimula la fertilidad.
4. "Pronostica Serfin bajas de Cetes en todos sus plazos la próxima semana".- Hasta donde entiendo (y no entiendo mucho) un Cete, es algo así como un papelito que le dan a un viejo gritón y que garantiza un rendimiento en determinado plazo. También sé que si los Cetes suben, se me cae el pelo porque la mensualidad de mi casa aumenta. Economía pura.
5. "Abrirá Bancomer 80 sucursales este año; contratará 500 trabajadores".- Desde luego es una buena noticia para los 500 señores que contraten (me imagino a 250 señoritas vestidas como futbolistas brasileños y a 250 jóvenes de corbatita). Sin embargo, mi experiencia más reciente puede servir de ejemplo para categorizar el funcionamiento de una sucursal Bancomer. A las 8:30 antes meridiano, estimulado por presiones maritales y con lagañas en los ojos, me presenté a la sucursal de Bancomer que está en Insurgentes y Cedros. Como no había nadie formado en los pasillitos pasé directamente a una caja para hacer un depósito. La cajera me indicó que tenía que hacer el recorrido completo, es decir, regresar, entrar dar vueltas en el pasillito como carro de carreras (o como pendejo dada la soledad del lugar) y luego llegar a la caja. Por supuesto me negué y en la discutidera, la caja en la que dan las chequeras ya tenía cinco gentes esperando. El misterio es que en el resto de las cajas no había clientes. Pasado veinte minutos llegué a la meta, le di un papelito a la cajera que se fue y regresó diez minutos después (cuándo yo ya había contado todos los mosaicos del techo) diciéndome que mi chequera la entregaría la señorita Isabel. Tomé el papelito y llegué al escritorio de la funcionaria que estaba chacoteando con una amiga. Mi presencia le causó la misma impresión que la que causa un mendigo a las tres de la mañana y así nos quedamos: ellas dos en le desmadre y yo parado como tótem. Al rato llegó un señor muy amable que me atendió, tomó el papelito y regresó con la chequera después de un rato en el que pudo: a) haber ido por la chequera a la sucursal Lindavista; b) desayunar en el Vips; c) leer la edición dominical de Excélsior... salí del banco a las 9:40.
Calidad total.
lunes, 12 de julio de 2010
viernes, 9 de julio de 2010
La lengua española (El Financiero 1999)
Hablar del congreso de la lengua española en estos días, habla también de mi falta de sentido de la oportunidad periodística, pero dado que el tema me parece fascinante es que lo abordo el día de hoy, ofreciendo anticipadas disculpas para los que no estén de acuerdo y que luego mandan correos electrónicos plagados de peladeces como uno que yo conozco.
Asumo en primer lugar que al congreso asistieron una nube de viejitos pelones que representaban la posición conceptual de mi maestra de español que, a base de madrazos, nos imbuyó la idea de que hay que hablar y escribir correctamente. Para ello los estudiantes éramos obligados a distinguir entre la vaca (un mamífero rumiante que da leche) y el burro (otro mamífero que se destaca por características que no mencionaré por miedo a que mis críticos permanentes insistan en mi vulgaridad). El caso es que había que diferenciar y entonces los escuintles decíamos “vaca” trepando el labio inferior al maxilar superior en un gesto equivalente al de los huachinangos de la Comercial Mexicana, ese gesto, por cierto nadie lo usa hoy y los que lo hacen dan un mal aspecto terrible. Para decir “burro” la recomendación gestual era la de mandarle un beso al éter, so pena de recibir un reglazo. Venían luego los zapatos y las zanahorias, enfrentados a los sopes y los sacos, pasando por las ciruelas y las cerbatanas. Como en todos los casos la primera letra sonaba igual, uno suponía en su ingenuidad infantil que se tendrían que escribir de la misma manera; ¡cuán equivocados estábamos! Pero peor estaba la maestra que creyó, en su ingenuidad adulta, que bastaba que nos explicara para enmendar el asunto. Las sesiones escolares a las doce del día eran tan animadas como un velorio. Ahí estábamos treinta niños con un calor de la chingada y en medio de una nube de moscas, repitiendo que zapato se escribe con “z” para proceder en el examen a escribirlo con “s”, incapacidad conceptual que determinó la caída del cabello de la profesora Baltazar.
Más tarde en mi vida descubrí a otro grupo de gentes clonadas con la misma tijera y que invierten la mitad de su vida en andar jodiendo a sus semejantes con obsesiones tales como que “lapso de tiempo” es redundante o que “evento” no se debe aplicar para una peda entre cuates, etcétera. A mí francamente la imagen que me inspiran estos sacerdotes del culto al idioma es la misma que me producen los sacerdotes de cualquier culto. Los imagino con una vestimenta específica (que puede ser una túnica con un gorrito ridículo) sentados alrededor de una mesa y jalándose los pelos por las tonterías que los mortales dicen o escriben y pensando en estrategias correctivas que tiene su base invariablemente en el regaño. Ay que hueva.
Bien, pues el hecho de que esa nube de viejitos represente una posición del congreso ya me da razones para desconfiar. Sin embargo hay otros elementos desconcertantes, como encontrarme a figurones de la televisión metidos en las discusiones ¿qué habrán dicho? ¿a quién defenderían? Lo ignoro, a lo mejor respaldaron la posición de Capulina en su frase inmortal (“me ache achí”), que por cierto no criticaría por su sintaxis, sino por las terribles implicaciones de que una persona que usa bigote hable como tarado.
En la inaguración Gabriel García Márquez se paró enfrente del rey y del presidente y dijo cosas que sólo se pueden decir enfrente del rey y del presidente cuando se es García Márquez, el punto en realidad es que estoy de acuerdo plenamente con su posición, asunto que ya había manifestado por escrito en esta columna, pero como soy un pelagatos nadie me tiró un lazo, ojalá que ahora que lo dice nada menos que el Premio Nobel sirva de algo.
En fin, supongo que como en todo congreso respetable, los invitados bebieron y chuparon de gorra, algunos se pusieron incróspitos y fueron correteados por los perros de la madrugada zacatecana y otros llegaron a la cama acompañados por gentes que no eran sus parientes.
¿Qué deja el congreso? Seguramente a una empresa organizadora de eventos millonaria, muchas sillas vencidas por el peso de las ideas de sus ocupantes y una que otra estrategia para distinguir a los indistinguibles burros de las vacas. Que así sea.
Asumo en primer lugar que al congreso asistieron una nube de viejitos pelones que representaban la posición conceptual de mi maestra de español que, a base de madrazos, nos imbuyó la idea de que hay que hablar y escribir correctamente. Para ello los estudiantes éramos obligados a distinguir entre la vaca (un mamífero rumiante que da leche) y el burro (otro mamífero que se destaca por características que no mencionaré por miedo a que mis críticos permanentes insistan en mi vulgaridad). El caso es que había que diferenciar y entonces los escuintles decíamos “vaca” trepando el labio inferior al maxilar superior en un gesto equivalente al de los huachinangos de la Comercial Mexicana, ese gesto, por cierto nadie lo usa hoy y los que lo hacen dan un mal aspecto terrible. Para decir “burro” la recomendación gestual era la de mandarle un beso al éter, so pena de recibir un reglazo. Venían luego los zapatos y las zanahorias, enfrentados a los sopes y los sacos, pasando por las ciruelas y las cerbatanas. Como en todos los casos la primera letra sonaba igual, uno suponía en su ingenuidad infantil que se tendrían que escribir de la misma manera; ¡cuán equivocados estábamos! Pero peor estaba la maestra que creyó, en su ingenuidad adulta, que bastaba que nos explicara para enmendar el asunto. Las sesiones escolares a las doce del día eran tan animadas como un velorio. Ahí estábamos treinta niños con un calor de la chingada y en medio de una nube de moscas, repitiendo que zapato se escribe con “z” para proceder en el examen a escribirlo con “s”, incapacidad conceptual que determinó la caída del cabello de la profesora Baltazar.
Más tarde en mi vida descubrí a otro grupo de gentes clonadas con la misma tijera y que invierten la mitad de su vida en andar jodiendo a sus semejantes con obsesiones tales como que “lapso de tiempo” es redundante o que “evento” no se debe aplicar para una peda entre cuates, etcétera. A mí francamente la imagen que me inspiran estos sacerdotes del culto al idioma es la misma que me producen los sacerdotes de cualquier culto. Los imagino con una vestimenta específica (que puede ser una túnica con un gorrito ridículo) sentados alrededor de una mesa y jalándose los pelos por las tonterías que los mortales dicen o escriben y pensando en estrategias correctivas que tiene su base invariablemente en el regaño. Ay que hueva.
Bien, pues el hecho de que esa nube de viejitos represente una posición del congreso ya me da razones para desconfiar. Sin embargo hay otros elementos desconcertantes, como encontrarme a figurones de la televisión metidos en las discusiones ¿qué habrán dicho? ¿a quién defenderían? Lo ignoro, a lo mejor respaldaron la posición de Capulina en su frase inmortal (“me ache achí”), que por cierto no criticaría por su sintaxis, sino por las terribles implicaciones de que una persona que usa bigote hable como tarado.
En la inaguración Gabriel García Márquez se paró enfrente del rey y del presidente y dijo cosas que sólo se pueden decir enfrente del rey y del presidente cuando se es García Márquez, el punto en realidad es que estoy de acuerdo plenamente con su posición, asunto que ya había manifestado por escrito en esta columna, pero como soy un pelagatos nadie me tiró un lazo, ojalá que ahora que lo dice nada menos que el Premio Nobel sirva de algo.
En fin, supongo que como en todo congreso respetable, los invitados bebieron y chuparon de gorra, algunos se pusieron incróspitos y fueron correteados por los perros de la madrugada zacatecana y otros llegaron a la cama acompañados por gentes que no eran sus parientes.
¿Qué deja el congreso? Seguramente a una empresa organizadora de eventos millonaria, muchas sillas vencidas por el peso de las ideas de sus ocupantes y una que otra estrategia para distinguir a los indistinguibles burros de las vacas. Que así sea.
miércoles, 7 de julio de 2010
El Juego del hombre (La Mosca en la Pared 1996)
Cualquiera que no esa estúpido –y de ellos está empedrado el camino del infierno- podrá percatarse que un partido de futbol tiene reglas muy elementales; cada equipo salta a la cancha con once señores vestidos de pantalones cortos, uno de ellos trae una indumentaria diferente que, en algunos casos, recuerda el carnaval de Veracruz. Ése se coloca debajo de los postes y los demás se reparten en el campo. En el momento que otro señor vestido de negro sopla el pito (“sopla el pito” que maravilla), los que tienen el mismo uniforme patean la pelota en una dirección y los otros intentan lo mismo. Como se puede ver no es necesario ser una lumbrera para entender de qué se trata. Pues bien, algo tan elemental ha resultado ser el juego más popular del planeta y ello no puede sino ser una fuente de misterios. Las explicaciones de los sociólogos (que son gente mamona con título para ejercer) se centran justamente en la simpleza del deporte y en lo fácil que resulta que un grupo de escuintles se compre una pelota y se dediquen a patearla como Dios les dio a entender. Es probable, pero también insuficiente, porque ya puestos a elegir es mucho más elemental el boxeo, donde queda claro que el chiste es que uno tire más chingadazos que el otro, si se puede hasta dejarlo sin sentido o de plano medio muerto. Pese a esto, el box no es más popular que el futbol ¿Por qué será?
Otro problema con el futbol es la enorme diferencia en las condiciones que existen para quiénes lo practican profesionalmente y aquellos que son aficionados. Los primeros juegan en pastito, si les dan una madrazo reciben su masajito, ganan la cantidad equivalente para poner alumbrado público en Moroleón y comen tres veces al día. Los segundos practican su afición en canchas que en el mejor de los casos tienen nomás rocas sedimentarias, si se barren pueden olvidar el fémur en la media luna. Cuando se pegan son olvidados por sus compañeros hasta que acabe el partido y entonces son llevados con fractura expuesta a Xoco, donde los terminan de desgraciar. En lugar de recibir dinero, tienen que poner para el arbitraje y en muchos casos para las chelas que reúnen a todos después del juego. Uno pensaría que ante tales diferencias el asunto no debería contar con tantos aficionados y, sin embargo, ahí siguen los llaneros de panza y bigote rompiéndose la madre cada domingo.
El último misterio es quizá el más relevante: ¿por qué la gente se vuelve loca con un partido? Conozco señores que llevan una vida ordenada, le dan de comer a sus hijos y tienen 2.7 relaciones sexuales con su mujer por semana y apenas iniciadas las hostilidades, se pintan cosas en la cara, utilizan sombreros ridículos, salen a la calle mentando madres y con ganas de violar doncellas y enarbolan la bandera nacional con un patriotismo que su maestra de quinto de primaria nunca logró imbuir.
En fin, el futbol es un asunto metafísico que no se puede explicar racionalmente, por eso te digo mi querido chavo (siempre he asumido que los que leen este espacio son jóvenes medio cabronsones) que la próxima vez que tu equipo favorito llegue a la final, aprovecha para dar de gritos a lo buey, en lugar de intentar explicaciones de hueva como las que emprendí el día de hoy. Abur.
Otro problema con el futbol es la enorme diferencia en las condiciones que existen para quiénes lo practican profesionalmente y aquellos que son aficionados. Los primeros juegan en pastito, si les dan una madrazo reciben su masajito, ganan la cantidad equivalente para poner alumbrado público en Moroleón y comen tres veces al día. Los segundos practican su afición en canchas que en el mejor de los casos tienen nomás rocas sedimentarias, si se barren pueden olvidar el fémur en la media luna. Cuando se pegan son olvidados por sus compañeros hasta que acabe el partido y entonces son llevados con fractura expuesta a Xoco, donde los terminan de desgraciar. En lugar de recibir dinero, tienen que poner para el arbitraje y en muchos casos para las chelas que reúnen a todos después del juego. Uno pensaría que ante tales diferencias el asunto no debería contar con tantos aficionados y, sin embargo, ahí siguen los llaneros de panza y bigote rompiéndose la madre cada domingo.
El último misterio es quizá el más relevante: ¿por qué la gente se vuelve loca con un partido? Conozco señores que llevan una vida ordenada, le dan de comer a sus hijos y tienen 2.7 relaciones sexuales con su mujer por semana y apenas iniciadas las hostilidades, se pintan cosas en la cara, utilizan sombreros ridículos, salen a la calle mentando madres y con ganas de violar doncellas y enarbolan la bandera nacional con un patriotismo que su maestra de quinto de primaria nunca logró imbuir.
En fin, el futbol es un asunto metafísico que no se puede explicar racionalmente, por eso te digo mi querido chavo (siempre he asumido que los que leen este espacio son jóvenes medio cabronsones) que la próxima vez que tu equipo favorito llegue a la final, aprovecha para dar de gritos a lo buey, en lugar de intentar explicaciones de hueva como las que emprendí el día de hoy. Abur.
lunes, 5 de julio de 2010
La ociosidad convertida en virtud (Nexos, 2008)
Que bonito es no hacer nada y después de no hacer nada descansar…Alex Lora y el Tri de México.
Las crónicas antiguas siempre me dejan una imagen de placidez envidiable. Imagino a nuestros antepasados gozando de il dolce far niente sin sofocos y en paz. Daría un dedo de mi mano izquierda por alojarme e Villa Diodati, como lo hizo Byron todo el verano de 1816 en la noble compañía de John Polidori, Percy y Mary Shelley para jugar a los cuentos de terror. Pero ya no es así…
Milán Kundera en su libro “La lentitud” nos regala una crónica que ilustra los demonios de la prisa moderna y describe como un conductor de ojos inyectados intenta rebasarlo en una carretera para llegar antes que él a algún destino anónimo. La frase maldita “la ociosidad es madre de todos los vicios” se convirtió en la premoderna filosofía de una nube empresarial vanguardista y bien peinada que considera al tiempo, oro, a la rapidez virtud y a todo aquel que pasa una tarde de descanso leyendo un libro una cigarra que merecerá el peor de los inviernos (e infiernos) posibles.
Encontrar alguna actividad -la que sea- en la cual simplemente no hacer nada se convierte en una estrategia de éxito es para mí equivalente al hallazgo del tesoro de Tutankamón y este hallazgo me lo acaba de brindar un ámbito impensable…el del futbol.
Seguramente los dioses del estadio estaban de un humor de los demonios con uno de sus hijos predilectos la noche del 4 de julio de 1999. Se enfrentaban Argentina y Colombia en la primera ronda de la copa América en Paraguay. Exactamente a los cinco minutos de juego se marcó un penal a favor de los albicelestes, Martín Palermo tomó la pelota con gesto torero y lanzó un disparo que se zarandeó el travesaño colombiano. Hasta ahí nada anómalo. Sin embargo, los hados estaban sueltos; el árbitro paraguayo Ubaldo Aquino decretó dos penales consecutivos en favor de Colombia, el primero se convirtió en gol y el segundo fue atajado por el portero Burgos…1-0. Nuevamente los colombianos cometieron un penal en la segunda parte del juego; Palermo, inspirado en el bueno, el malo y el feo y en plan Lee Van Cleff, tomó la pelota. Esta vez su disparo se fue muy por arriba de la portería. Los acontecimientos se precipitaron y Colombia liquidó el partido anotando un par de goles más. Sin embargo hasta los dioses tiene compasión y en el minuto noventa, se marcó el tercer tiro penal de la noche para Argentina. Palermo con un gesto ligeramente exasperado puso la pelota en el manchón de penalti y nadie protestó. Tomó impulso y disparó hacia la meta…por supuesto falló, esta vez debido a la intervención del guardameta, un viejo conocido de nombre Miguel Calero.
Hay quien dice que todo lo que nos rodea es una ciencia exacta, aparentemente el futbol y los penales no son la excepción. Diversos investigadores respetables han hecho mediciones varias para estimar cuáles son los factores que determinan el éxito o el fracaso del fusilamiento futbolístico. Los penaltis se cobran a una distancia de 36 pies (10.97 m) de la portería y en promedio alcanzan una velocidad de 100 kilómetros por hora, lo que le deja al portero dos décimas de segundo para reaccionar. Si a esto agregamos que la portería mide reglamentariamente 7.32m de ancho por 2.44m de alto, parecería entonces que hay que tener muy mala pata (tómese la frase anterior de manera literal) para fallar un disparo de castigo. Sin embargo el 20% de los penales cobrados son actos fallidos (o el 100% si se trata de una mala noche como la de Palermo).
Entre las variables que explican la probabilidad de que un penalti se acierte se encuentran algunas evidentes como la presión. No es lo mismo cobrar la pena máxima para definir un campeonato del mundo y fallar como lo hizo el italiano Roberto Baggio en la final de la copa del mundo de Estados Unidos, a ejecutar un penalti cuando el marcador nos favorece 4-0. Un segundo elemento se relaciona con la proporción en el cuerpo de oxígeno y ácido láctico (la sustancia que se produce por fatiga muscular). Influye también el rendimiento del jugador que dispara durante el partido (tendrá más presión si no ha sido muy acertado) y también la justicia en el cobro de la falta. El inglés Robbie Fowler, por ejemplo, durante un partido entre su equipo el Liverpool y el Arsenal le hizo ver al árbitro que el penalti que se había marcado en su favor era injusto, ante la negativa del nazareno por enmendar la falla, Fowler disparó un caracol deliberado a las manos del portero David Seaman y se ganó un espacio entre los emperadores del fair play.
Ofer Azar es profesor de la escuela de administración en la universidad Ben Gurion en Israel. Su especialidad es la toma de decisiones y recientemente publicó un artículo en la revista Journal of economic psichology cuyas conclusiones se pueden resumir de la siguiente manera. En el caso de un portero que enfrenta a un tirador la mejor estrategia es no hacer absolutamente nada y quedarse quieto ya que ello maximiza sus probabilidades de atajarlo. El profesor Azar –al que le interesan los factores que determinan una decisión determinada más que el futbol- preparó este trabajo para responder a las críticas de los economistas clásicos que frecuentemente cuestionan los experimentos acerca de la influencia de las emociones en la toma de decisiones financieras debido a que no involucran recompensas monetarias significativas. Al respecto de los cancerberos Azar comenta: “los porteros enfrentan cotidianamente tiros de penalti así que no solo son tomadores de decisiones altamente motivados, sino con mucha experiencia”
El trabajo es simple; los investigadores analizaron 311 penales de las principales ligas europeas y clasificaron a los porteros en los que se tiran a la derecha, a la izquierda o se quedan en el centro. Luego estimaron cuál opción maximizaba sus posibilidades de atajar el balón. Quedarse en el centro arrojó un sorprendente 33.3% contra 14.2% a la izquierda y 12.6% a la derecha. Sin embargo –y aquí entra la belleza del estudio- los porteros se quedaron en el centro solo 6.3% de las veces.
¿Por qué –se preguntaría uno con toda justicia- los guardametas se lanzan en contra de las probabilidades? La respuesta tiene que ver nuevamente con el castigo a la inamovilidad. Un portero que no se lanza en alguna dirección y recibe un gol es tachado como inepto o débil. Los mismos investigadores entrevistaron personalmente a 32 arqueros de la liga israelí y todos ellos declararon que se sentían muy mal ante los espectadores si les era anotado un gol sin que hicieran nada, uno de ellos dijo inclusive que “no quería parecer un tonto”. Después de todo nadie los va a culpar si la pelota entra y sí en cambio, si adoptan una actitud aparentemente pazguata, aunque esta sea su mejor probabilidad.
Los alcances del estudio son más amplios, por supuesto. Parece ser que la opción de la acción sobre la inacción juega un papel muy importante en las decisiones económicas; cuando la economía se encuentra a la baja muchos tomadores de decisiones prefieren tomar medidas riesgosas con el fin de generar la percepción de que “hicieron algo” así si las cosas salen mal ese podrá ser un atenuante, en cambio si no se hace nada y las cosas salen igual de mal vendrá una avalancha de críticas
Si revisamos con atención a nuestros políticos será evidente la sanción social asociada a la inacción. Miguel de la Madrid nunca se recuperó ante el pueblo de México de la imagen de hombre gris que sufrió un pasmo durante el terremoto de 1985. Felipe Calderón ha sido frecuentemente criticado por su falta de iniciativas y Miguel Mejía Barón llevará toda la vida la loza a cuestas de no realizar los cambios pertinentes en el mundial de futbol de Estados Unidos cuando la Nación rezaba por un gol ante Bulgaria. El mensaje parece ser claro y determinante: “hagan algo o renuncien”
Es pues un mundo desdichado en el que si uno no muestra determinación, rapidez para tomar decisiones, audacia y capacidad de riesgo estará condenado a las mazmorras de la mediocridad, por lo menos en la percepción del imaginario colectivo. Desde esas mazmorras lanzo este lamento renunciando a recomendarle a Memo Ochoa que en el próximo partido de la selección nacional y en el momento que Torrado (sería el más probable) cometa un penalti, se quede quieto… sé que no me hará caso.
Las crónicas antiguas siempre me dejan una imagen de placidez envidiable. Imagino a nuestros antepasados gozando de il dolce far niente sin sofocos y en paz. Daría un dedo de mi mano izquierda por alojarme e Villa Diodati, como lo hizo Byron todo el verano de 1816 en la noble compañía de John Polidori, Percy y Mary Shelley para jugar a los cuentos de terror. Pero ya no es así…
Milán Kundera en su libro “La lentitud” nos regala una crónica que ilustra los demonios de la prisa moderna y describe como un conductor de ojos inyectados intenta rebasarlo en una carretera para llegar antes que él a algún destino anónimo. La frase maldita “la ociosidad es madre de todos los vicios” se convirtió en la premoderna filosofía de una nube empresarial vanguardista y bien peinada que considera al tiempo, oro, a la rapidez virtud y a todo aquel que pasa una tarde de descanso leyendo un libro una cigarra que merecerá el peor de los inviernos (e infiernos) posibles.
Encontrar alguna actividad -la que sea- en la cual simplemente no hacer nada se convierte en una estrategia de éxito es para mí equivalente al hallazgo del tesoro de Tutankamón y este hallazgo me lo acaba de brindar un ámbito impensable…el del futbol.
Seguramente los dioses del estadio estaban de un humor de los demonios con uno de sus hijos predilectos la noche del 4 de julio de 1999. Se enfrentaban Argentina y Colombia en la primera ronda de la copa América en Paraguay. Exactamente a los cinco minutos de juego se marcó un penal a favor de los albicelestes, Martín Palermo tomó la pelota con gesto torero y lanzó un disparo que se zarandeó el travesaño colombiano. Hasta ahí nada anómalo. Sin embargo, los hados estaban sueltos; el árbitro paraguayo Ubaldo Aquino decretó dos penales consecutivos en favor de Colombia, el primero se convirtió en gol y el segundo fue atajado por el portero Burgos…1-0. Nuevamente los colombianos cometieron un penal en la segunda parte del juego; Palermo, inspirado en el bueno, el malo y el feo y en plan Lee Van Cleff, tomó la pelota. Esta vez su disparo se fue muy por arriba de la portería. Los acontecimientos se precipitaron y Colombia liquidó el partido anotando un par de goles más. Sin embargo hasta los dioses tiene compasión y en el minuto noventa, se marcó el tercer tiro penal de la noche para Argentina. Palermo con un gesto ligeramente exasperado puso la pelota en el manchón de penalti y nadie protestó. Tomó impulso y disparó hacia la meta…por supuesto falló, esta vez debido a la intervención del guardameta, un viejo conocido de nombre Miguel Calero.
Hay quien dice que todo lo que nos rodea es una ciencia exacta, aparentemente el futbol y los penales no son la excepción. Diversos investigadores respetables han hecho mediciones varias para estimar cuáles son los factores que determinan el éxito o el fracaso del fusilamiento futbolístico. Los penaltis se cobran a una distancia de 36 pies (10.97 m) de la portería y en promedio alcanzan una velocidad de 100 kilómetros por hora, lo que le deja al portero dos décimas de segundo para reaccionar. Si a esto agregamos que la portería mide reglamentariamente 7.32m de ancho por 2.44m de alto, parecería entonces que hay que tener muy mala pata (tómese la frase anterior de manera literal) para fallar un disparo de castigo. Sin embargo el 20% de los penales cobrados son actos fallidos (o el 100% si se trata de una mala noche como la de Palermo).
Entre las variables que explican la probabilidad de que un penalti se acierte se encuentran algunas evidentes como la presión. No es lo mismo cobrar la pena máxima para definir un campeonato del mundo y fallar como lo hizo el italiano Roberto Baggio en la final de la copa del mundo de Estados Unidos, a ejecutar un penalti cuando el marcador nos favorece 4-0. Un segundo elemento se relaciona con la proporción en el cuerpo de oxígeno y ácido láctico (la sustancia que se produce por fatiga muscular). Influye también el rendimiento del jugador que dispara durante el partido (tendrá más presión si no ha sido muy acertado) y también la justicia en el cobro de la falta. El inglés Robbie Fowler, por ejemplo, durante un partido entre su equipo el Liverpool y el Arsenal le hizo ver al árbitro que el penalti que se había marcado en su favor era injusto, ante la negativa del nazareno por enmendar la falla, Fowler disparó un caracol deliberado a las manos del portero David Seaman y se ganó un espacio entre los emperadores del fair play.
Ofer Azar es profesor de la escuela de administración en la universidad Ben Gurion en Israel. Su especialidad es la toma de decisiones y recientemente publicó un artículo en la revista Journal of economic psichology cuyas conclusiones se pueden resumir de la siguiente manera. En el caso de un portero que enfrenta a un tirador la mejor estrategia es no hacer absolutamente nada y quedarse quieto ya que ello maximiza sus probabilidades de atajarlo. El profesor Azar –al que le interesan los factores que determinan una decisión determinada más que el futbol- preparó este trabajo para responder a las críticas de los economistas clásicos que frecuentemente cuestionan los experimentos acerca de la influencia de las emociones en la toma de decisiones financieras debido a que no involucran recompensas monetarias significativas. Al respecto de los cancerberos Azar comenta: “los porteros enfrentan cotidianamente tiros de penalti así que no solo son tomadores de decisiones altamente motivados, sino con mucha experiencia”
El trabajo es simple; los investigadores analizaron 311 penales de las principales ligas europeas y clasificaron a los porteros en los que se tiran a la derecha, a la izquierda o se quedan en el centro. Luego estimaron cuál opción maximizaba sus posibilidades de atajar el balón. Quedarse en el centro arrojó un sorprendente 33.3% contra 14.2% a la izquierda y 12.6% a la derecha. Sin embargo –y aquí entra la belleza del estudio- los porteros se quedaron en el centro solo 6.3% de las veces.
¿Por qué –se preguntaría uno con toda justicia- los guardametas se lanzan en contra de las probabilidades? La respuesta tiene que ver nuevamente con el castigo a la inamovilidad. Un portero que no se lanza en alguna dirección y recibe un gol es tachado como inepto o débil. Los mismos investigadores entrevistaron personalmente a 32 arqueros de la liga israelí y todos ellos declararon que se sentían muy mal ante los espectadores si les era anotado un gol sin que hicieran nada, uno de ellos dijo inclusive que “no quería parecer un tonto”. Después de todo nadie los va a culpar si la pelota entra y sí en cambio, si adoptan una actitud aparentemente pazguata, aunque esta sea su mejor probabilidad.
Los alcances del estudio son más amplios, por supuesto. Parece ser que la opción de la acción sobre la inacción juega un papel muy importante en las decisiones económicas; cuando la economía se encuentra a la baja muchos tomadores de decisiones prefieren tomar medidas riesgosas con el fin de generar la percepción de que “hicieron algo” así si las cosas salen mal ese podrá ser un atenuante, en cambio si no se hace nada y las cosas salen igual de mal vendrá una avalancha de críticas
Si revisamos con atención a nuestros políticos será evidente la sanción social asociada a la inacción. Miguel de la Madrid nunca se recuperó ante el pueblo de México de la imagen de hombre gris que sufrió un pasmo durante el terremoto de 1985. Felipe Calderón ha sido frecuentemente criticado por su falta de iniciativas y Miguel Mejía Barón llevará toda la vida la loza a cuestas de no realizar los cambios pertinentes en el mundial de futbol de Estados Unidos cuando la Nación rezaba por un gol ante Bulgaria. El mensaje parece ser claro y determinante: “hagan algo o renuncien”
Es pues un mundo desdichado en el que si uno no muestra determinación, rapidez para tomar decisiones, audacia y capacidad de riesgo estará condenado a las mazmorras de la mediocridad, por lo menos en la percepción del imaginario colectivo. Desde esas mazmorras lanzo este lamento renunciando a recomendarle a Memo Ochoa que en el próximo partido de la selección nacional y en el momento que Torrado (sería el más probable) cometa un penalti, se quede quieto… sé que no me hará caso.
sábado, 3 de julio de 2010
Las disculpas (El Financiero 2005) ¿Se acuerdan de este sainete?
Alguna vez cuando era infante, fui –a rastras- a casa del niño Juanito que era un verdadero hijo de la chingada. Mis padres me obligaban a convivir con él por motivos misteriosos ya que el infante era la reencarnación del conde Drácula. Aquella ocasión en el sorprendente lapso de 60 minutos Juanito logró las siguientes proezas: a) hizo mierda el vidrio delantero del auto de su señor padre por medio de un certero ladrillazo, b) torturó a una lagartija, c) se clavó 10 pesos (un Potosí) de la bolsa de su señora madre, d) le dio un balonazo en los testículos a un señor que era jardinero y e) me clavó un tubo de vidrio proveniente de su juego de química debajo de la lengua. La visión se me nubló y empecé a escupir pedazos de vidrio y tejido epitelial mientras la madre robada (que era muy pendeja) en lugar de llevarme al hospital, que era lo que correspondía, se puso a gritarle al niño “¡discúlpate! ¡discúlpate!”. Por supuesto para mí las pinches disculpas tenían la misma relevancia que el número de Avogadro. Sin embargo, lo notable nada tenía que ver con la estupidez congénita de la señora Juanito, sino con la respuesta que recibió de parte de su hijo: “ni madre” –dijo- con dignidad imperial dio la vuelta y se fue.
Hoy, a la luz de los años y con media lengua menos, descubro con sorpresa que estoy dispuesto a suscribir la negativa a disculparse de Juanito ya que me parece que el asunto de exigirla es completamente imbécil y me dispongo a documentar mi dicho en las siguientes líneas, querido lector.
Normalmente quién pide la satisfacción es alguien que está muy molesto por alguna razón definida, es frecuente también que el causante del agravio se niegue a hacerlo y si lo hace será con la boca chueca porque a nadie le gusta que lo anden acosando para echarle en cara sus errores. En consecuencia la disculpa acaba siendo un acto de mediación hipócrita en el que la parte ofendida recibe éter y la parte agresora no siente lo que expresa, pero en fin. En mi boda, por ejemplo, un amigo muy querido se orinó en los rododendros, al percatarme lo menos que se me ocurrió fue exigirle una satisfacción (asunto poco práctico y eficiente) lo que hice fue sacarlo a orinar a la calle y santas pascuas. Por todo lo anterior es que me parece notabilísima la más reciente disputa entre México y Venezuela.
En primer lugar está el tema de la piel sensible; el hecho de que un señor que a las leguas se ve que es muy ignorante, le diga a nuestro presidente “cachorro del imperio”, no solo es cursi, sino que me da poco menos que lo mismo. En cambio, la reacción de nuestro gobierno es ejemplarmente inepta; primero, no se reconoce que el ciudadano Fox lanzó la primera piedra, segundo, se argumenta histéricamente acerca de “un insulto al pueblo de México” (yo honestamente no me di por aludido), tercero, en lugar de mandar traer al embajador venezolano y decirle “haga favor de decirle a su presidente que no se lleve”, se exige una disculpa que cualquier idiota sabe que no llegará y posteriormente se logra el prodigio de que nos envíen doblemente al carajo mandándonos decir que ya podemos esperar sentados. El hecho de dar plazos perentorios de amenazar bravuconamente para luego recular, no son más que un par de botones de muestra de lo inútiles que somos para estas cosas.
¿Quién toma estas decisiones? ¿Quién las suscribe? En cinco años hemos logrado el prodigio de apestar relaciones con tres países y no lograr ni una migaja migratoria. Todo –me parece- por no seguir el precepto histórico de la política exterior mexicana que supone, de manera básica, no meterse en lo que no le importa a uno.
El asunto de la disculpa ya devino en vodevil y día con día las posiciones de los dos gobiernos reflejan la misma madurez con la que cuenta mi hijo, el niño Frijol, nomás que él tiene nueve años y es un poquito más listo que los talentos cazados para nuestra fatalidad por los head hunters a principios del sexenio.
Hoy, a la luz de los años y con media lengua menos, descubro con sorpresa que estoy dispuesto a suscribir la negativa a disculparse de Juanito ya que me parece que el asunto de exigirla es completamente imbécil y me dispongo a documentar mi dicho en las siguientes líneas, querido lector.
Normalmente quién pide la satisfacción es alguien que está muy molesto por alguna razón definida, es frecuente también que el causante del agravio se niegue a hacerlo y si lo hace será con la boca chueca porque a nadie le gusta que lo anden acosando para echarle en cara sus errores. En consecuencia la disculpa acaba siendo un acto de mediación hipócrita en el que la parte ofendida recibe éter y la parte agresora no siente lo que expresa, pero en fin. En mi boda, por ejemplo, un amigo muy querido se orinó en los rododendros, al percatarme lo menos que se me ocurrió fue exigirle una satisfacción (asunto poco práctico y eficiente) lo que hice fue sacarlo a orinar a la calle y santas pascuas. Por todo lo anterior es que me parece notabilísima la más reciente disputa entre México y Venezuela.
En primer lugar está el tema de la piel sensible; el hecho de que un señor que a las leguas se ve que es muy ignorante, le diga a nuestro presidente “cachorro del imperio”, no solo es cursi, sino que me da poco menos que lo mismo. En cambio, la reacción de nuestro gobierno es ejemplarmente inepta; primero, no se reconoce que el ciudadano Fox lanzó la primera piedra, segundo, se argumenta histéricamente acerca de “un insulto al pueblo de México” (yo honestamente no me di por aludido), tercero, en lugar de mandar traer al embajador venezolano y decirle “haga favor de decirle a su presidente que no se lleve”, se exige una disculpa que cualquier idiota sabe que no llegará y posteriormente se logra el prodigio de que nos envíen doblemente al carajo mandándonos decir que ya podemos esperar sentados. El hecho de dar plazos perentorios de amenazar bravuconamente para luego recular, no son más que un par de botones de muestra de lo inútiles que somos para estas cosas.
¿Quién toma estas decisiones? ¿Quién las suscribe? En cinco años hemos logrado el prodigio de apestar relaciones con tres países y no lograr ni una migaja migratoria. Todo –me parece- por no seguir el precepto histórico de la política exterior mexicana que supone, de manera básica, no meterse en lo que no le importa a uno.
El asunto de la disculpa ya devino en vodevil y día con día las posiciones de los dos gobiernos reflejan la misma madurez con la que cuenta mi hijo, el niño Frijol, nomás que él tiene nueve años y es un poquito más listo que los talentos cazados para nuestra fatalidad por los head hunters a principios del sexenio.
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