miércoles, 28 de marzo de 2012

El fraude como una de las bellas artes (Nexos 2008)

Los datos falsos son extremadamente dañinos para el progreso de la ciencia ya que permanecen por mucho tiempo. Charles Darwin

Hace algunos meses recibí un correo electrónico que me pareció notable; se trataba de una comunicación emitida por la señora Christabel Darwin, en la que me informaba que los hados y el destino me habían hecho el inesperado ganador de la lotería inglesa y que mi modesto premio consistía en cinco millones de euros. Tenía dos opciones; la primera ere simple, renunciar a mi vida de pelagatos, mentarle la madre a mi jefe y salir corriendo a buscar mi recompensa, o, en caso alternativo, seguir la ruta del mexicano escéptico al que todo le huele a fraude (me siento tentado a proponer ejemplos). La posdata de la señora Darwin me pedía cortésmente que depositara cien euros en una cuenta de banco para “no perder el premio” ya que mi suerte, si bien extraordinaria, tenía período de caducidad.
Los mexicanos hemos sido improntados en la cultura del fraude, no existe trámite, proceso electoral, pago de servicio o cualquier componente de nuestra vida en sociedad que no se preste para arreglos. “Se puede arreglar”, “¿no habrá manera?” o “póngale buena voluntad”, son algunas de las frases costumbristas con las que día a día evitamos el cumplimiento de ciertas normas en beneficio propio. Esta cesión de derechos antes las tentaciones cotidianas no es privativa de gremio alguno; ya se sabe que grupos presuntamente intachables como el ecleseástico, ceden consuetudinariamente a las trampas de la fe. En este contexto debemos ubicar a quienes se dedican a hacer ciencia y que son concebidos por el imaginario colectivo, como seres distraídos pero lumbreras, portando batas, torturando cobayos y en casos muy específicos queriendo dominar al mundo. Existen varios términos que pueden ser asociados al quehacer científico; escepticismo razonado, curiosidad, diligencia y muy señaladamente honestidad intelectual. En este último caso es documentable la tentación de los hombres de ciencia por pecar de vez en cuando y ello, si bien los humaniza, también los coloca del lado social correcto que es el de los pecadores cuyo número es creciente e infinito.
Quizá el caso más destacable en materia de fraudes científicos es el del coreano Woo Suk Hwang que en el año de 2004 anunció que había logrado la clonación de embriones humanos y en 2005 conmovió a la comunidad científica al publicar en la prestigiada revista Science que había obtenido la clonación de células madre embrionarias humanas. La trascendencia de este hallazgo era indudable ya que estos trabajos abrían la puerta para cambios sustanciales en el tratamiento de enfermedades como el Parkinson o la diabetes. Sin embargo, Woo –que había sido galardonado por el gobierno coreano por su méritos- no sabía que uno de sus colaboradores sufriría un arrebato de honradez y denunciaría al científico argumentando que los clones de células embrionarias generados por pacientes con diversas enfermedades eran simplemente falsos y que los datos reportados existían nomás en la imaginación del señor Hwang, quien fue inmediatamente defenestrado y expulsado de la Universidad Nacional de Seúl.
El rostizón fue global y notablemente público como puede advertirse en el siguiente fragmento aparecido en una nota del periódico mexicano El Universal (que normalmente no cubre estos temas) tomada de la agencia EFE y fechada el 29 de diciembre de 2005: La Universidad Nacional de Seúl asestó hoy el golpe definitivo contra la reputación del pionero de la clonación genética sudcoreana, Hwang Woo-suk, al acusarle de falsear sus experimentos con células madre de embriones humanos. Un comité investigador de ese centro oficial anunció que “ no encontró ninguna evidencia ” sobre la autenticidad de los logros de Hwang Woo-suk sobre las células madre de embriones humanos clonados, tal y como presentó este año la prestigiosa revista Science. Estos presuntos éxitos en el campo de la clonación tuvieron una gran repercusión en la comunidad científica internacional, pues habrían el camino para el tratamiento de enfermedades consideradas incurables actualmente, como la diabetes y el Parkinson. La portavoz del comité universitario que investiga el caso, la decana universitaria Roh Jong-hye, confirmó este jueves que no existe ninguna célula madre de embriones clonados a pacientes. “No se ha encontrado ninguna célula creada que coincida con el ADN de la célula del paciente y tampoco existen evidencias de que se crearan esas células clonadas ” , afirmó la portavoz en una reunión con periodistas. La revista Science publicó en mayo de 2005 que el equipo de Hwang obtuvo once células madre de embriones humanos clonados de diversos pacientes, experimento para el que se emplearon 185 óvulos. Las células madre pueden evolucionar en células de la sangre, el hígado, los músculos y otros sistemas vitales, de ahí el potencial para regenerar órganos que esta vía de investigación ofrece. Según la responsable de la Universidad de Seúl, las conclusiones del comité universitario de investigación (que hunden aún más, si cabe, la reputación del idolatrado profesor) se obtuvieron después de que se examinara en tres laboratorios diferentes el ADN de ocho células creadas por el equipo de Hwang.
La exposición de Hwang presenta varios elementos que son dignos de análisis y que explican la razón por la cual se convirtió en una bomba mediática. Por un lado se trata de un tema público, el de la clonación, que más allá de detalles técnicos, se encuentra en los debates populares, si bien en formas maniqueas como “es bueno” o “es malo”. Por otro lado, los científicos modernos se han visto sometidos a una enorme presión para ser los primeros en demostrar una teoría o probar algún hallazgo. Las políticas de financiamiento científico obligan a estas nobles personas a entrar en una carrera de vértigo para obtener la primacía y con ello la gloria. Una de las hipótesis de un grupo competidor al de Woo publicada en el periódico español El País para entender el fraude, es que el coreano estaba consciente de que sus rivales se acercaban peligrosamente por lo que se vio obligado a publicar sus resultados aunque estos fueran falsos. Finalmente se encuentra la rapidez con la que viajan las noticias científicas debido al uso de la red y que permiten un análisis casi inmediato de la veracidad de la información.
Para consuelo de Hwang, éste no se encuentra solo en su pecaminosa conducta, existen decenas de casos documentados de científicos que son atrapados con los dedos en la puerta y que pueden ser justificados con argumentos de nobleza desigual. Por ejemplo, en 1996 el físico de la Universidad de Nueva York Alan Sokal –harto de la impostura de ciertas revistas- mandó el texto: "Transgrediendo los límites: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica" a revisión en la revista Social Text, que hasta ese momento gozaba de un reconocido prestigio. Se estila que en las revistas especializadas un comité de revisores o “árbitros” dictaminen la pertinencia de publicar un determinado texto. El de Sokal fue aceptado sin reservas u hasta ahí hubiera quedado todo de no ser porque tres semanas después de ver su texto publicado, Sokal publicó un segundo artículo en la revista Lingua Franca, cuyo título lo dice simplemente todo: “El experimento de un físico en estudios culturales”. En ese texto el profesor Sokal confesaba sin rubor alguno que todo lo que había escrito para Social Text era un disparate, que las fórmulas usadas no demostraban nada y que en esencia los editores habían mostrado impostura y cretinismo (el segundo adjetivo es mío). Se trata obviamente de un fraude pero en este caso Sokal cuenta con mi simpatía irremediable ya que desenmascara la pomposidad de algunos grupos científicos que han generado códigos propios dignos de los búfalos mojados y que sin embargo, en algunos casos como este, no entienden lo que revisan pero para no lucir ignorantes y lo aceptan sin reserva por lo que su comportamiento es doblemente pernicioso para el avance científico.
Algunos casos históricos son ilustrativos como el de nuestro padre (lo digo en sentido literal) Mendel, el descubridor de la genética que hizo miles de cruzas de la planta del chícharo para demostrar sus teorías. Don Gregorio, que así se llamaba, aparentemente fue poco escrupuloso con sus datos ya que en 1936, el estadístico británico Ronald Fisher revisó las cuentas del monje agustino y decidió que algo se podría en Dinamarca; Es inconcebible obtener las relaciones de Mendel a menos que se hubiera producido un completo milagro del azar, declaró Fisher imperturbable. Palabras más palabras menos, se acusaba de “cuchareo” a Mendel. Para fortuna del monje y de la exacta ciencia de los milagros, el efecto mostrado era correcto y los datos solo se habían manipulado para hacerlos más contundentes, por lo que el daño científico fue menor y no mermó en nada la efigie de Gregor que, como se sabe, ocupa la página 154 de todos los libros de biología en el país.
Ejemplos abundan; en 1953 el paleontólogo Keneth Oakley demostró que el hombre de Piltdown, un fósil hallado en las canteras inglesas en 1913 era simplemente un fraude producto de la mezcla manipulada de la mandíbula de un simio y un cráneo humano fallecidos en fechas recientes. Nuestro supuesto antepasado Piltdown, que inclusive tenía un nombre científico: (Eoanthropus Dawsoni), tuvo que ser retirado discretamente de toda la literatura científica de la época.
Podría seguir documentando debilidades pero prefiero mejor, querido lector, recomendarle el libro de Horace Freeland: Anatomía del fraude científico de Editorial Crítica Barcelona 2006. Este buen hombre se dio a la tarea de cazar a un número mayor de científicos deshonestos al de mis malos pensamientos. En mi caso, creo que prefiero mostrar un punto: los científicos no son alienígenas, ni seres diferentes al resto de nosotros, tienen amores humores y de cuando en cuando muestran resquicios que nos permiten entender que no existe la perfección humana, lo que dicho sea de paso, me produce un profundo alivio.

viernes, 16 de marzo de 2012

Memorias de un automovilista (El Financiero 2002)

Aprendí a manejar en una especie de batimovil que poseía el autor de mis días y cuya palanca de velocidades se encontraba pegada al volante. Cuando se avizoraba una vuelta, era necesario empezar a virar a mitad de la cuadra para que la maniobra surtiera efecto. Un día el joven Fabián se trepó en el cofre mientras yo avanzaba lentamente. Este es el momento de advertir que mi amigo pesaba lo mismo que el coche y es por esta razón que su volumen obstruyó mi visión lo que provocó que me diera de frente con un auto que había dado la vuelta. Fabián salió volando como una especie de acróbata gordo con el limpiador en la mano y cayó al piso en una escena que solo he vuelto a observar en Sea World cuando los cachalotes salían de la piscina. Fue mi primer accidente.
Con el paso del tiempo me di cuenta que no bastaba con aprender a manejar competentemente si uno ejercía esta actividad en esta muy noble y leal ciudad de México. No, en realidad se trataba de adquirir las mañas chilangas ya que un automovilista respetuoso de las normas viales es tan común en esta ciudad como el pulque en Reykiavik y en muchos de los casos pasa por idiota o ingenuo. Pongamos un ejemplo, todos los días para llegar a mi trabajo debo detenerme en el semáforo que se encuentra en el inicio de Constituyentes y el circuito interior, enfrente de unos puestos de flores y de la estatua de un señor que contempla impasible la nada. Por algún misterio la gente considera muy normal pasarse este alto si no vienen coches por la otra calle asunto que a mí me pone muy nervioso porque por la zona circulan unos camionsotes así de grandes. En todos los casos decido respetar la luz roja y esperar que me corresponda pasar, lo que sigue es que todos los conductores que tuvieron la mala pata de ponerse detrás de mí decidan mentarme la madre, metan reversa, pasen a mi lado y griten cosas como: “pendejo, estorbo o baboso”. Un servidor, curtido en el insulto nomás se queda pensando en quién nos enseña estas mañas a los chilangos y en general al pueblo mexicano.
Mi segundo ejemplo lo vivo al dejar el trabajo en la misma calle de Constituyentes. Cada tarde salgo por una puerta que da a esta avenida mientras los autos que la atraviesan pasan algo así como hechos la chingada hasta que se pone la luz roja de un semáforo. Los coches empiezan a frenar hasta que no tienen más remedio que bloquear mi acceso, por supuesto a nadie se le ocurre frenar para que yo pueda cruzar la avenida. Ello me ha llevado a la terrible disyuntiva diaria de tener que echar lámina para abrirme paso. No sé si la gente es imbécil y no advierte que ellos ya no pueden seguir adelante o si piensan que dejarme pasar es un acto que los convierte en más imbéciles porque al realizar la maniobra vuelvo a recibir una carretada de insultos.
Otra variante de estas disfunciones ciudadanas tiene que ver con las colas de autos que esperan salir de una gran avenida. Normalmente en este caso lo que ocurre es que queda un hueco en un carril que avanza inexorablemente hacia algún obstáculo por lo que nadie utiliza esa vía hasta que un taxista cabrón la utiliza para ganar tiempo y meterse a huevo en la línea de los que estaban esperando. Todas estas experiencias se aderezan por la nube de idiotas que consideran el claxon como una forma de incrementar la velocidad vial, de los microbuseros que manejan sus unidades por toda la ciudad como Atila manejaba a los hunos, por los guaruras que echan lámina y fusca en el peor de los casos para que uno los deje pasar. En fin, no parece haber ningún remedio para resolver estas psicopatías por lo que hay que entrenar a los infantes para que salgan a la calle preparados como el mariscal Montgomery para la batalla de El Alamein, hay que enseñarlos a gritar peladeces, hacer señas y no dejarse de nadie ya que con este sencillo principio no parecerán mutantes en una ciudad de locos.

viernes, 9 de marzo de 2012

En tiempos del Chupacabras (El Financiero 1996)

Samuel Langhorne Clemens, conocido por los cuates como Mark Twain, vino a este mundo un 30 de noviembre de 1835, su llegada coincidió con la del cometa Halley, y el evento astronómico fue considerado como un augurio de grandeza que el autor de Tom Sawyer se encargó de cumplir cabalmente. Muy bien, mi hijo Fedro nació el 9 de mayo pasado (simplemente no le dio la gana de nacer el día de las madres y ese es un asunto que jamás dejaré de agradecerle). El asunto más notable que rodea el nacimiento del heredero lo he tratado de rastrear desde el sábado y los resultados han sido decepcionantes: no hay cometas, ni fuego en los cielos, ni nada, y asumo -quizá con cierta ligereza- que la transmisión de poderes en la CTM o el triunfo de los diablos rojos no guardan ninguna relación con el nacimiento de mi hijo.
¿Qué queda? Pues sólo el chupacabras, ese híbrido de guajolote, policía judicial y extraterrestre que se dedica a la saludable tarea de desangrar animales quien sabe para qué. ¿Qué significa que Fedro haya nacido en tiempos del chupacabras? ¿Qué será un chupasangre? ¿Qué será judicial? ¿Qué comerá tortas de pavo de don Polo? La verdad es que no lo sé y estoy desconcertado ante las posibilidades. Sin embargo el atarante del nacimiento ha generado algunas reflexiones sobre los hijos que quisiera compartir con usted, querido lector.
Sobre los hijos uno deposita expectativas en muchos casos excesivas; la imaginación se desborda y entonces hay que ser el primero de la clase o el más guapo, de pérdida el menos tonto o el que no se deja. Pero las expectativas son tan variables como este mundo y le abren al angustiado padre un abanico de opciones que es necesario atender de acuerdo a las ideologías que cada quien malamente construya. Para que, por ejemplo, el niño aprenda que la vida es dura no hay que dejarlo llorar si tiene fractura expuesta. Si lo que se quiere es éxito hay que ponerlo frente a un piano con el fin de que toque “Para Elisa” ante un grupo de adultos con más hueva que él. Otra alternativa es dejarlo en libertad de que haga lo que quiera hasta el día que asesine a sus padres por medio de un hacha, o que se haga artista alternativo y entonces se ponga un arete en el ombligo y huela a escroto de mapache.
Si se desea que tenga valores y se peine los domingos se le llevará a la iglesia, si en contraste se espera que sea un defensor del libre pensamiento se evitará la primera comunión y los tamales de la fiesta. Para politizarlo se le puede llevar a las juventudes revolucionarias del PRI dónde tendrá que vestirse como sólo un imbécil y los alumnos de cualquier facultad de derecho lo hacen. Cuándo la búsqueda se centre en un perfil izquierdoso, hay que ponerle Inti por nombre, meterlo en unas escuela activa y permitirle que hable, fume y tome con los grandes.
Si la expectativa es que nadie abuse de él. habrá que comprar una pera y ponerlo a entrenar hasta que llegue una demanda de la escuela. Si lo queremos ahorrativo le abriremos una cuenta en el banco y tendrá que rendir un informe pormenorizado del peso diario que tiene asignado. ¿Lo queremos calladito? un espadadrapo en la boca durante ocho horas; ¿intelectual? habrá que sentarse con él una hora diaria para explicarle todas y cada unas de las acciones parentales: “papá está verde porque se enojó con mamá”.
Como verá, querido lector, el ramillete de alternativas parece infinito y evidentemente si uno no toma las decisiones correctas el asunto se irá por la borda ¿Cómo educar a un hijo? No lo tengo claro. Sin embargo puedo decir que su nacimiento nos ha hecho felices a su madre y a mí, que espero que no se clave los cambios y que si es calvo lleve el asunto con la dignidad adecuada.

lunes, 27 de febrero de 2012

Se solicita Generación (El Dominical 1994)

La última vez que tuve una experiencia mística la cosa terminó de manera siniestra, la magnitud del desastre puede representarse cuantitativamente por medio de números naturales...
Cuatro puntadas en la cabeza.
Todo empezó con un sueño: iba yo en el Titanic tocando el trombón para una nube de oligarcas que bailaban en el salón principal. El director de la orquesta era (y este es un profundo misterio psicoanalítico) Fidel Velázquez, que agitaba su batuta con sorprendente energía. De pronto, salía de atrás de una cortina mi maestro de matemáticas, un viejito de apellido Rivera que era un cerdo. Venía gritando (la cita es literal) "¡el círculo de centro O y radio r es el conjunto de todos los puntos P del plano cuya distancia a O es menor o igual que r!". Apenas lo tuve en rango de alcance, le aticé un trombonazo en la cabeza. La siguiente escena fue espantosa; la cabeza de Rivera cayó a mis pies echando baba, (como cuando Sigourney Weaver le arrea un cañazo al androide de Alien) me miró fijamente y dijo: "cuídate del hielo". En ese momento un iceberg le hizo un boquete de noventa metros al costado del barco y nos hundimos todos, incluido don Fidel, entre gritos espantosos. Desperté sudando.
A la mañana siguiente fui a la escuela. Mi primera clase era de redacción, la impartía un hombre ejemplarmente feo que gustaba de leernos fragmentos de las "obras capitales de nuestra literatura" (así decía). Inició su charla con una referencia a García Márquez, que en aquella época era conocido nomás en su casa. "Es un monstruo", decía el feo, "fíjense bien" y empezó a leer: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a ver el hielo". ¡El hielo! Era la segunda señal. Salí de la prepa aterrorizado y me refugié en casa de Nacho Quijano, un amigo de la infancia que vivía cerca. Invertí exactamente media hora en contarle mi sueño y lo que había pasado en clase de redacción. El invirtió exactamente treinta segundos en pitorrearse de mí y cinco más en proponerme que mejor nos fuéramos al futbol, "ni modo que te mate un granizo" agregó muerto de risa.
El partido estaba peor que peor. Jugaban el Atlante y el León en el Estadio Azteca, iban cero a cero. Exactamente en el minuto ochenta, cuando las cuatro cervezas ingeridas me habían permitido relajarme y ya estaba gritando peladeces, recibí la tercera señal en forma de un hielazo proveniente de la porra atlantista. El proyectil me abrió la cabeza, produjo las consiguientes puntadas y determinó que no pudiera pronunciar durante un mes palabras con más de tres vocales.
Cosas del destino.
En éste momento me enfrento a una nueva experiencia mística que inició con un artículo de Antonio Tenorio Muñoz Cota publicado en Etcétera hace dos semanas. Tenorio esbozaba una caracterización generacional de los que nacieron en la década de los sesenta, leí su colaboración en un viaje de metro y me quedé tan campante. Sin embargo, las acechanzas de las fuerzas paranormales se manifestaron nuevamente el 8 de mayo cuando abrí la Jornada Semanal y me encontré con una entrevista de Frederic-Yves Jeannet a Jorge Esquinca. La charla inicia de la siguiente manera: "... Jorge Esquinca una de las escrituras poéticas más arriesgadas y candentes producidas en México por la fértil (mucha atención) generación nacida en los años cincuenta". Luego Jeannet proponía ejemplos paradigmáticos de ésta generación [(Vicente Quirarte (1954), Alberto Blanco (1951), José María Espinaza (1957)] y de la generación anterior [Francisco Hernández (1946), David Huerta (1949) y Efraín Bartolomé (1950)]. Varias dudas me asaltaron de inmediato (la de qué diablos es una escritura candente llegó después). La primera tiene que ver con los límites generacionales; ¿Quién se acerca más a quién? ¿Espinaza a Blanco? ¿Blanco a Bartolomé? ¿Bartolomé a Muchilanga? No lo sé.
Era la segunda llamada.
Finalmente todo explotó el 13 de mayo, leía la columna de Hugo García Michel en El Financiero cuyo título me sobrecogió: "De-generaciones". El texto se refería a las diferencias generacionales en cuanto a la apreciación del rock. Avancé en la lectura y encontré el párrafo maldito que decía lo siguiente: "Alguien escribió recientemente (no estoy seguro si fue Fedro Carlos Guillén) que se dio cuenta de lo viejo que ya estaba, cuando descubrió que no se sabía las canciones de moda". Cosa del demonio.
Entre sudores fríos esperé pacientemente a que me cayera un piano en la cabeza pero nada. Con el recuerdo del hielazo como estímulo, me di a la tarea de investigar cualquier referencia generacional. Sólo dos me vinieron a la cabeza: la generación del 27, con Alberti, Cernuda, Aleixandre, García Lorca y Jorge... Guillén (¡Ahhhg!) y la fotografía de mi generación universitaria. En el primer caso, he apartado de mi vida los números dos y siete, con desiguales resultados. También he decidido salir de cualquier reunión en la que algún badulaque inicie a declamar: "Antonio Torres Heredia/ hijo y nieto de Camborios". En cuanto a la foto, debo confesar que ha sido una fuente de depresiones profundas. Si mi generación universitaria está llamada a guiar los destinos nacionales estamos fritos y refritos.
Las evidencias indican que debo encontrar pronto a mi generación, pero en la búsqueda se desprenden varios problemas: si consideramos que nací en octubre del 59, ¿pertenezco, en consecuencia, al grupo de Quirarte, Villoro y anexas? si es así debo arribar a la inevitable conclusión de que soy un pelagatos. Prefiero pensar que soy un adelantado de la generación de los sesenta y que, por razones que no vienen a cuento, aún no he dado pruebas de mi brillantez. Esta aproximación, si bien falsa, no desgasta mi autoestima, que en estos tiempos de señales misteriosas cuidaré como a la niña de mis ojos.

domingo, 19 de febrero de 2012

Cuatro caudillos (no sé dónde publiqué esto)

Conmemorar es un acto enormemente humano ¿cómo entender si no, nuestra proclividad a poner un perímetro de globos en el parque hundido y darle un pastelazo al niño Juanito? Supongo que la respuesta se basa en nuestro afán por la certeza; saber hace cuanto tiempo nacimos y festejar con exactitud milimétrica es producto de una herencia positivista en la que lo que se puede medir o pesar es superior a cualquier cosa con tufos a vaguedad.
Evidentemente cada año que pasa se podría festejar el paso de mil años porque a nuestro padre el tiempo le importan un verdadero pito las efemérides, sin embargo, aquí estamos: de cara al nuevo milenio preparando fiestecitas y fiestesotas y tratando de entender cuándo carajos termina esta centuria. Como se sabe el problema se originó en el siglo VI cuando un monje llamado Dionisio (un chaparrito de mote “el Exiguo”) preparó una cronología para el papa Juan I sustituyendo el 25 de diciembre del año 753 desde la fundación de Roma, por el año uno que coincidía con el octavo día desde el nacimiento de Cristo, es decir, el 1 de enero de 754. A Dionisio se le olvidó que en nuestros sistemas de medida existe el cero y que, en consecuencia cuando Jesús cumplió un año de edad estábamos a punto de entrar al año 2. El desmadre y el caos asociados no los imaginó Dionisio, pero no importa; las oportunidades para hacer recuentos siempre son bienvenidas y con toda franqueza, a pesar de que el siglo termina el último día del 2000 celebrarlo este año que termina tiene una connotación más cachondona.
¿Cuáles fueron los eventos cimeros en el desarrollo científico de este milenio que agoniza? La pregunta, si se abordara con rigor, daría para un ensayo de dos mil cuartillas que yo no escribiré por la misma razón que usted no lo leería, así que propongo concentrarnos en las cuestiones destacables o destacadas (la gravitación, la evolución, el psicoanálisis, la relatividad), siguiendo un principio Krauziano de acuerdo al cual la historia puede ser comprendida estudiando a sus caudillos y aceptando de inicio que este criterio es dudoso pero es el único que tengo y bajo el cual seguramente habrá omisiones que mientras usted no sea el susceptible tataranieto de alguien famoso no tienen la menor importancia.
En 1855 el historiador francés Jules Michelet empleó por primera vez un término cargado de significados: “renacimiento” con el fin de describir un “descubrimiento del mundo y del hombre”. El término rápidamente fue aceptado y ahora se usa sin ton ni son y de acuerdo a la sabiduría convencional significa el paso de la humanidad de una etapa donde era más bruta a otra donde lo vio todo claro. Esta reducción de la realidad es, por cierto, muy matizable; la Edad Media en realidad fue un precedente fundamental que sentó las bases de las conquistas renacentistas. La tradición monástica del copiado de viejos manuscritos en los scriptoria, permitió preservar los trabajos de Virgilio, Séneca y Cicerón. Aristóteles se convirtió en una especie de padre de la ciencia moderna ya que sus trabajos, plagados de ideas incorrectas, permitieron una fuente de contrastación para los nuevos descubrimientos. En el medioevo se desarrollaron también escuelas de medicina y la primera universidad fue fundada en Bologna en el siglo XIV. Los escritos de la escuela árabe fueron preservados y traducidos. En realidad el cambio sustancial entre estos dos procesos históricos (el medioevo y el renacimiento) está mediado por un cambio paradigmático de visión; la religión como un asunto público y rector de las líneas del desarrollo del conocimiento se vuelve privada y opcional y el vacío ideológico que se produce es ocupado por la racionalidad científica que a partir de ese momento inicia un desarrollo vertiginoso cuyas consecuencias vivimos hoy. En la modernidad renacentista subyace un concepto: el progreso y se asume entonces que la ciencia será la responsable de llevarnos a un mundo de mayor bienestar colectivo.
El universo es concebido entonces como una máquina mecánica y no es gratuito en consecuencia que las ciencias exactas se desarrollen pioneramente. Los trabajos en astronomía de Copérnico, Brache y Kepler sientan las bases para la comprensión de la dinámica esencial de los procesos estelares. Galileo desarrolla todo un cuerpo teórico sin precedentes e inclusive propone una serie de pasos que, para bien o para mal, consolidan los cimientos de una metodología científica que en su versión más burda se vuelve una especie de recetario metodológico que puede servir para generar nuevos descubrimientos o para cocinar un pescado empapelado. La imprenta –inventada en el siglo XVI- contribuye a globalizar y difundir las nuevas ideas, la geografía se desarrolla gracias a los esfuerzos colonizadores de los europeos occidentales que, además de descuartizar indígenas, hicieron aportaciones cartográficas de importancia innegable.
Sin duda el papá de los pollitos en esa época fue sir Issac Newton (1642-1727) un hombre acomplejado, envidioso y soberbio que a nadie le gustaría para invitado a cenar pero que sobre la base de su genio inventó el cálculo (de manera independiente a los trabajos de Leibniz con quien se dio hasta con la cubeta por la prioridad de la teoría), fundó la óptica moderna y derivó leyes que explicaban la gravitación universal en su texto Philosophiae Naturalis Principia Mathematica publicado en 1687, en el cuál explicaba que todos los cuerpos ejercen y sufren una fuerza de tracción a la que llamó gravedad. La publicación le ganó fama y prestigio además de una acusación de plagio por parte de Robert Hooke quien argumentó que las ideas centrales eran de él, incidente que contribuyó a que Newton reforzara su carácter de autista social hasta su muerte saboreando las mieles de la gloria.
Otro padre fundacional de la ciencia en el milenio fue también inglés y nació en Shrewsbury, su nombre fue Charles Darwin (1809-1882) y creció en el seno de una familia oligarca comandada por un médico con la personalidad de Fernando Soler en Cuando los hijos se van. El abuelo de Darwin –Erasmo- era una especie de viejo loco, por cierto fundador de una sociedad de nombre: Los lunáticos que propuso algunas ideas para entender la evolución de las especies, concepto que en esa época era ligeramente inescrutable. El joven Charles no fue un estudiante destacado y dejó –para la úlcera paterna- la escuela de medicina para hacerse cura. Sin embargo, su afición por la naturaleza lo llevó a treparse en 1821, en calidad de naturalista, al HMS Beagle un barquito que daría la vuelta al mundo. En el Beagle además de marearse Darwin realizó durante los casi cinco años que duró el viaje observaciones que le permitieron echar a andar la maquinaria cerebral y concebir una teoría sólida como una roca acerca de la transformación de las especies en el tiempo. Darwin también era un tipo peculiar y cauteloso, así que decidió postergar la difusión de sus ideas hasta un momento oportuno, que llegó en la forma de una carta enviada por Alfred R. Wallace y que recibió en 1858. La carta –palabras más, palabras menos- decía que Wallace había pensado en una teoría para explicar la evolución de las especies. La flema victoriana de sir Charles se fue al carajo: las ideas eran las suyas propias, así que después de un truculento proceso, se decidió a publicar el 24 de noviembre de 1859 el libro que funda la biología moderna: El origen de las especies que se agotó el mismo día y abrió el camino de la eternidad para Darwin. Sin duda su trabajo permitió el desarrollo de una disciplina que se encontraba en pañales ajena a un cuerpo teórico que le diera sentido conceptual por lo que no cabe duda que los hallazgos de Darwin pueden considerarse sin lugar a dudas revolucionarios.
Nuestro tercer revolucionario es Sigmund Freud (1856-1939) otro genio que parecía predestinado a ser un verdadero inútil ya que a los 25 años no tenía definida aún su vocación y se quedó en la escuela de medicina 3 años más de lo debido. Segismundo pasó tres años de práctica médica, estudió tratamientos hipnóticos en Francia con Charcot y en 1886 se estableció en Viena para iniciar su práctica profesional. Es perfectamente sabido que Freud utilizó esta experiencia para desarrollar su teoría psicoanalítica basada en la exploración del subconsciente y la interpretación de los sueños que adquirió identidad internacional con la fundación en 1910 de la Asociación Psicoanalítica Internacional. Freud, un hombre que no dejaba patinar sola a su novia Martha, emigró en 1938 a Inglaterra donde murió al año siguiente. Sus trabajos permitieron una aproximación diferente y eficaz para entender la personalidad humana y le han dado chamba a señores profesionales que lo miran a uno fijamente a los ojos para preguntarle cosas inconfesables acerca de su señora madre, es decir, la de uno.
El último caudillo también parecía (que novedad) destinado a no dar golpe en la vida. En efecto Albert Einstein (1879-1955) habló hasta los tres años, fue calificado como idiota perdido por sus maestros en la escuela inicial. Para 1902 Einstein consiguió chamba en la oficina de patentes de Berna en donde seguramente revisó inventos como descarapeladores de papa y otras minucias. El tiempo libre que le dejaba su trabajo lo ocupó en algo muy simple: pensar. Para 1905 publicó tres trabajos con olor a piedra fundacional en la física de este siglo acerca del movimiento de las partículas, la naturaleza de la luz, en la que planteaba que ésta bajo ciertas circunstancias se podría considerar como partículas. Su tercer artículo introducía la teoría especial de la relatividad que ha proporcionado una lista de ejemplos notables para popularizarla en los que siempre hay un observador y un señor caminando en un tren y que sin embargo, son incomprensibles. Lo notable es que a pesar de que cualquiera de estos tres trabajos bastaría para ganar fama internacional, Einstein siguió trabajando con descarapeladores de papas hasta 1907, año en que ingresó a la Universidad de Zurich.
En 1921 ganó el premio Nóbel y su imagen –la de un viejito fachoso y encantador- se volvió una especie de ícono que competía con cantantes y actores. Eintsein capitalizó esta fama para difundir sus ideas políticas sobre el sionismo e inclusive rechazó la primera presidencia de Israel.
No tengo duda que estos cuatro caudillos modificaron la visión del ser humano acerca del mundo que lo rodea, nuestra tentación sería hacerles una estatua y pensar que la ciencia no es más que la acumulación de chispazos geniales de hombres que tienen un cerebro así de grande. No es así pero insisto: nos gustan las historias épicas. Nuestros cuatro fantásticos, fueron envidiosos o timoratos, celososos y acomplejados, lo cual no debería extrañar a nadie; al fin y al cabo fueron humanos.
Evidentemente el siglo XX ha estado permeado por descubrimientos que nos dan una sensación de vértigo espiritual. Si insistimos en destacar lo destacable habría que decir que en 1942 Enrico Fermi logró la primera reacción nuclear en cadena, cuyas implicaciones fueron descubiertas tres años más tarde por el mundo entero. En 1953 Watson y Crick (una especie de Batman y Robin científicos) dilucidaron la estructura del Acido Desoxiribonucleico lo que permitió entrar de lleno al territorio de la biología molecular y de la ciencia ficción a través de los recientes avances en el campo de la clonación. La ecología se convirtió en un saber público debido a la crisis ambiental que nos agobia y Stephen Hawking publicó sus trabajos acerca de los hoyos negros
Ha sido también un siglo tecnológico en el que los niños de ocho años no saben lo que es un tocadiscos y se asombran de que alguna vez uno se tuviera que levantar de la fodonguencia para cambiar el canal de la tele o empuñan un celular sin quedarse con la boca abierta.
Es pues este un milenio en el que los que no estamos a las puertas de la muerte podremos disfrutar el raro privilegio de vivir el reventón asociado a nuestros ánimos de jubileo, de hacer recuentos trascendentes e intrascendentes, de meternos en monasterios ante el advenimiento de una catástrofes o de entrar de lleno en un mundo cargado de confusiones milenaristas y de gente ensabanada que se rapa la cabeza... que así sea.