En diciembre de 1863 se reunieron un grupo de señores a los que imagino borrachos en una taberna llamada Freemasons en la ciudad de Cambridge ¿el objetivo? Fijar reglas para el incipiente juego de futbol ya que aparentemente los partidos devenían en carnicerías debido a que estaba permitido dejarle la tibia expuesta al oponente de un patadón. Como se sabe, los ingleses tenían un alma colonial y se dedicaron a expanderse como la verdolaga por el mundo sembrando sus costumbres que en muchos casos eran anómalas (porque anómalo es tomar un brebaje asqueroso a las cinco de la tarde en Birmania, o ser testigo del prodigio de un señor de piel de ébano, vestirse como se vestía el señor Lacoste y pegarle a una pelota con su palo de cricket en Nueva Delhi). De esa manera el futbol se extendió urbi et orbe y es ahora, de lejos, el deporte más popular del planeta.
Vamos a ver, el futbol es un juego que consiste, de manera elemental en poner a once señores por lado, vestidos como se visten los niños y en una cancha de pasto en la que cabría la séptima flota. Pronto se advertirá que existen dos casetas con redes llamadas “porterías” custodiadas por un señor que se viste diferente y da machincuepas para tomar el balón con las manos. Se necesitaría ser idiota perdido para no advertir que el propósito consiste en que un equipo lleve la pelota y la introduzca en la caseta o portería contraria. Se advierte además a un señor que no es de aquí ni de allá, que corre a lo puro buey ya que no se le permite tocar la bola y que cada que lo considera da un silbatazo que detiene el juego. Do señores vestidos como él y portando unas banderitas ridículas también corren a lo güey pero sin meterse al campo.
Por supuesto si yo fuera marciano y alguien me describiera el deporte anterior no me aficionaría ni amarrado porque suena completamente estúpido, sin embargo, paradoja de paradojas, no solo soy aficionado, sino que comparto esa pasión con algunos cientos de millones de personas ¿por qué? Lo ignoro.
Supongo que lo primero es la afición y a ella se llega por un padre noble que compra una pelota e invierte miles de horas útiles en hacer que su retoño la patee para que sepa de qué va la cosa. Evidentemente lo anterior es una hueva porque los niños son normalmente incompetentes en esa materia, por lo que se toma la decisión de inscribirlos en una liga en la que los pobres corren en formación de turba detrás del balón, igual que lo hacen los beodos detrás de una bella en las despedidas de solteros.
Como es sabido hay padres que son sicópatas en potencia que se ponen como el demonio y azuzan a sus hijos como se azuza a un doberman. Gritan, patalean con los ojos inyectados y son directamente responsables de que el niño Juanito les vuele la cabeza de un machetazo cuando arriba a la mayoría de edad.
En este país, ser niño y ser incompetente para el futbol (fue mi triste caso) lo convierte a uno en una especie de leproso sin remedio. Recuerdo la terrible humillación que entrañaba ser elegido al último (en mi caso penúltimo porque había un niño más bruto que yo que se llamaba Beto).
Con la madurez se definen los equipos favoritos y entonces por medio de otro misterio conductual, uno es capaz de apostar al perro a favor del combinado de los amores. He visto a señores adultos que hasta ese momento consideraba inteligentes enfrascarse en una discusión que por poco termina en los golpes bajo el argumento de que las Chivas son o no son el mejor equipo del mundo. Un servidor ha decidió tomarse el asunto sin tanta pasión y seguramente motivado por el desempeño de mi equipo (una mierda irredenta). Es por ello que esta colaboración es para saludar el triunfo de los pumas que son los nuevos campeones. Digo lo anterior aclarando que no eran mis favoritos, que considero a Hugo Sánchez un tipo con la misma lucidez que mi pisapapeles pero que diablos, ha ganado y el triunfo es el néctar de los dioses en este nueva forma de culto en los albores del milenio.
martes, 27 de abril de 2010
lunes, 26 de abril de 2010
Corrupción (El Financiero 2004)
El primer acto de corrupción que cometí en mi vida, consistió en sentarme en una silla enfrente de un examen, mientras que en el regazo mantenía abierto un libro con láminas de artrópodos (unos animales igualitos a Alien, nomás que no comían gente) cuyos nombres científicos ignoraba y que eran materia del cuestionario que yo enfrentaba. Era yo tan pendejo que no solo no copié un solo nombre, sino tampoco me percaté de que el maestro (un hombre igualito a Tsekub Baloyan) estaba parado detrás de mí lo que me generó uno de los papelazos más logrados de mi vida. La segunda (y última) corruptela salió todavía peor, ya que obtuve una cartilla militar más chueca que mis malos pensamientos que me permitió viajar por el mundo hasta que me cacharon a los 30 años y un teniente de bigotito rompió mi hoja de liberación en las oficinas de la Secretaría de la Defensa. Entonces se me abrieron dos opciones; no salir del país durante diez años o marchar un año en el campo militar número uno. En un alarde escandaloso de imbecilidad me incliné por la última opción y quedé troquelado para cumplir actividad física alguna por el resto de mis días ya que corrí entre terregales días enteros de mi vida, armado con un mosquete de don Porfirio. Desde entonces he sido recto como una vara.
La corrupción parecería un mal endémico de los mexicanos. Se asume siempre que la honestidad es una forma atenuada de estupidez y que solo los idiotas se comportan con rectitud. Siempre me he imaginado qué pasaría en este país si un día las leyes se cumplieran al pie de la letra y mi decepcionante conclusión es que se colapsaría.
No conozco ningún ámbito de la vida nacional en el que no se cuelen diversas formas de deshonestidad. Desde la vieja (o el viejo) huevón que se estacionan en triple fila porque les da pereza caminar para dejar a sus niños en la escuela, pasando por abarroteros que venden kilos de 900 gramos o editores que ofertan un premio a señores escritores previamente seleccionados, todos absolutamente todos son víctimas de este síndrome que ha generado el prodigio de que nos parezca muy normal que estas cosas pasen.
El otro día me quedé muy sorprendido viendo un partido de futbol en el que un señor que llevaba la pelota la alargó más allá de su propio alcance y al sentir la proximidad de un rival se tiró al piso sin que mediara contacto alguno. El árbitro no marcó nada (lo cual era correcto), la repetición dio cuenta cabal de que aquello era una farsa y sin embargo el farsante fingió un golpe inexistente, salió en camilla y cuando regresó tuvo la caradura de reclamar por la falta. En ese momento el comentarista dijo algo como que “le estaba poniendo experiencia y malicia” en lugar de mandar mentarle la madre por tramposo y estafador.
Tengo una conocencia al que califico como “cleptómano” su costumbre es robarse libros de grandes tiendas, por lo que usa un gabán temible en el que guarda el producto de sus robos. Es tan hábil que se podría volar una enciclopedia si le diera la gana. Un día en una reunión lo reconvení y me miró con ternura. Me explicó que era un acto de justicia social por “lo caros que eran los libros”. Lo sorpresivo no fue el argumento, sino que la mayoría de los asistentes lo secundó por lo que me quedé con la sensación de que era un huérfano y además un pinche metiche así que me callé la boca.
Así nomás no hay manera; los niños que estamos formando seguramente sufrirán severos brotes de esquizofrenia, porque uno se la vive jodiéndolos con la idea de que hay que ser honestos, mientras que las evidencias que perciben van exactamente en el sentido opuesto. Hace no mucho me percaté de que el niño Frijol después de haber sido conminado a lavarse las manos salió muy molesto. Regresó a los ocho segundos argumentando que ya lo había hecho y detecté entonces la primera mentira en su corta historia. Me quedé muy preocupado y decidí escribir este artículo como una forma de terapia familiar. Cosas de los padres.
La corrupción parecería un mal endémico de los mexicanos. Se asume siempre que la honestidad es una forma atenuada de estupidez y que solo los idiotas se comportan con rectitud. Siempre me he imaginado qué pasaría en este país si un día las leyes se cumplieran al pie de la letra y mi decepcionante conclusión es que se colapsaría.
No conozco ningún ámbito de la vida nacional en el que no se cuelen diversas formas de deshonestidad. Desde la vieja (o el viejo) huevón que se estacionan en triple fila porque les da pereza caminar para dejar a sus niños en la escuela, pasando por abarroteros que venden kilos de 900 gramos o editores que ofertan un premio a señores escritores previamente seleccionados, todos absolutamente todos son víctimas de este síndrome que ha generado el prodigio de que nos parezca muy normal que estas cosas pasen.
El otro día me quedé muy sorprendido viendo un partido de futbol en el que un señor que llevaba la pelota la alargó más allá de su propio alcance y al sentir la proximidad de un rival se tiró al piso sin que mediara contacto alguno. El árbitro no marcó nada (lo cual era correcto), la repetición dio cuenta cabal de que aquello era una farsa y sin embargo el farsante fingió un golpe inexistente, salió en camilla y cuando regresó tuvo la caradura de reclamar por la falta. En ese momento el comentarista dijo algo como que “le estaba poniendo experiencia y malicia” en lugar de mandar mentarle la madre por tramposo y estafador.
Tengo una conocencia al que califico como “cleptómano” su costumbre es robarse libros de grandes tiendas, por lo que usa un gabán temible en el que guarda el producto de sus robos. Es tan hábil que se podría volar una enciclopedia si le diera la gana. Un día en una reunión lo reconvení y me miró con ternura. Me explicó que era un acto de justicia social por “lo caros que eran los libros”. Lo sorpresivo no fue el argumento, sino que la mayoría de los asistentes lo secundó por lo que me quedé con la sensación de que era un huérfano y además un pinche metiche así que me callé la boca.
Así nomás no hay manera; los niños que estamos formando seguramente sufrirán severos brotes de esquizofrenia, porque uno se la vive jodiéndolos con la idea de que hay que ser honestos, mientras que las evidencias que perciben van exactamente en el sentido opuesto. Hace no mucho me percaté de que el niño Frijol después de haber sido conminado a lavarse las manos salió muy molesto. Regresó a los ocho segundos argumentando que ya lo había hecho y detecté entonces la primera mentira en su corta historia. Me quedé muy preocupado y decidí escribir este artículo como una forma de terapia familiar. Cosas de los padres.
viernes, 23 de abril de 2010
Los debates (El Financiero 2006)
El otro día vi el debate y me quedé con una sensación de que algo no andaba bien. Por principio de cuenta es anómalo que una señora que es locutora y tiene reputación, solo sirva para decir entre pestañeos: “tiene la palabra fulanito de tal”. Esta encomienda –con altísimo grado de dificultad- la podría hacer hasta yo con la ventaja de un menor costo. El siguiente problema se debe a lo que los entendidos llaman “la equidad”. Todo mundo sabe que de las cinco propuestas dos no le interesan ni al doctor Simi (por lo que la gente aprovecha para ir al baño en el momento que los dos candidatos patito se desgranan en iniciativas sesudas). Concederle la misma oportunidad a este par, simplemente le resta tiempo a los que le importan a la gente y ello no me parece la más lúcida de las ideas.
El formato ha sido diseñado por alguien que no tuvo el tiempo suficiente para entender que si un señor tiene que explicar en minuto y medio la política económica de un país, lo más probable es que ese país vaya a la bancarrota o que nadie entienda nada. Un verdadero debate supone un moderador lúcido y tres señores que no están de acuerdo y lo deben dirimir ante la Nación. Me imagino a uno de ellos diciendo “ocurre señor candidato que no me gusta el color de su corbata” y el aludido arreando de regreso. Con la modalidad que nos fue ofrecida parecería que nos encontramos con un grupo de escolares recitando aquella de “por qué me quité del vicio”. Otro punto interesante es que todo mundo aparentemente quiere mucho al resto de sus compañeros… que si la civilidad, que una campaña de propuestas. Sin embargo, apenas se despiden viene una madriza ejemplar que es la que presenciamos los mexicanos día con día.
Me explican los que saben que esto es normal; que en todos los países con cultura política, los candidatos se dan hasta con la cubeta y tienen equipos que hurgan en los pasados de sus adversarios con el fin de rostizarlos como se rostiza a un pollo. Los ejemplos pueden ser múltiples y variados; a) el señor candidato se clavó la lana de la cooperativa escolar, b) el señor candidato tiene en su casa un loro huasteco en peligro de extinción c) la tía del señor candidato es teibolera en el Waikiki d) el abuelito del señor candidato se orinó en unos arriates de avenida Reforma y lo que sigue es un largo y penoso etcétera.
Los mexicanos (una raza impresionable), ante estas evidencias, mudamos de opinión como las víboras de piel, lo que seguramente produce un profundo desconcierto en los señores encuestadores que nunca sabe qué hacer ante tanta indecisión. Es por ello que las campañas se han convertido en el arte de tirar más madrazos y tratar de esquivar los que vienen en camino. Mi propuesta para salir de este atolladero es que busquemos gente ejemplar, de esa que está en vías de canonización para las siguientes campañas y santo remedio.
Los saldos de un debate son variados, en primer lugar los cinco candidatos salen diciendo que ganaron lo que como se sabe solo es verdad en un caso. Luego se van a una pachanga donde sus fieles los vitorean y al día siguiente la población empieza a opinar. A mí el asunto de la opinadera ya me tiene ligeramente harto. Invariablemente en cuanta reunión social me aparezco basta que me siente con un wisqui en la mano, para que los comensales piensen que tengo un profundo interés en defender a mi candidato y denostar al de su preferencia. Al respecto he seguido un noble arte en el que me considero una autoridad mundial consistente en hacerme pendejo. Sin embargo, el hecho de que yo siga esa estrategia no es garantía ya que al rato empiezan los debates que me dejan entre fuego cruzado. La gente se enciende y si no hay alguien que haga imperar la prudencia el asunto puede terminar como el rosario de Amozoc.
Por lo anteriormente expuesto es que su servidor se declara en veda social hasta el día 3 de julio, a partir de ese momento acepto la invitación que tenga a bien hacerme, querido lector.
El formato ha sido diseñado por alguien que no tuvo el tiempo suficiente para entender que si un señor tiene que explicar en minuto y medio la política económica de un país, lo más probable es que ese país vaya a la bancarrota o que nadie entienda nada. Un verdadero debate supone un moderador lúcido y tres señores que no están de acuerdo y lo deben dirimir ante la Nación. Me imagino a uno de ellos diciendo “ocurre señor candidato que no me gusta el color de su corbata” y el aludido arreando de regreso. Con la modalidad que nos fue ofrecida parecería que nos encontramos con un grupo de escolares recitando aquella de “por qué me quité del vicio”. Otro punto interesante es que todo mundo aparentemente quiere mucho al resto de sus compañeros… que si la civilidad, que una campaña de propuestas. Sin embargo, apenas se despiden viene una madriza ejemplar que es la que presenciamos los mexicanos día con día.
Me explican los que saben que esto es normal; que en todos los países con cultura política, los candidatos se dan hasta con la cubeta y tienen equipos que hurgan en los pasados de sus adversarios con el fin de rostizarlos como se rostiza a un pollo. Los ejemplos pueden ser múltiples y variados; a) el señor candidato se clavó la lana de la cooperativa escolar, b) el señor candidato tiene en su casa un loro huasteco en peligro de extinción c) la tía del señor candidato es teibolera en el Waikiki d) el abuelito del señor candidato se orinó en unos arriates de avenida Reforma y lo que sigue es un largo y penoso etcétera.
Los mexicanos (una raza impresionable), ante estas evidencias, mudamos de opinión como las víboras de piel, lo que seguramente produce un profundo desconcierto en los señores encuestadores que nunca sabe qué hacer ante tanta indecisión. Es por ello que las campañas se han convertido en el arte de tirar más madrazos y tratar de esquivar los que vienen en camino. Mi propuesta para salir de este atolladero es que busquemos gente ejemplar, de esa que está en vías de canonización para las siguientes campañas y santo remedio.
Los saldos de un debate son variados, en primer lugar los cinco candidatos salen diciendo que ganaron lo que como se sabe solo es verdad en un caso. Luego se van a una pachanga donde sus fieles los vitorean y al día siguiente la población empieza a opinar. A mí el asunto de la opinadera ya me tiene ligeramente harto. Invariablemente en cuanta reunión social me aparezco basta que me siente con un wisqui en la mano, para que los comensales piensen que tengo un profundo interés en defender a mi candidato y denostar al de su preferencia. Al respecto he seguido un noble arte en el que me considero una autoridad mundial consistente en hacerme pendejo. Sin embargo, el hecho de que yo siga esa estrategia no es garantía ya que al rato empiezan los debates que me dejan entre fuego cruzado. La gente se enciende y si no hay alguien que haga imperar la prudencia el asunto puede terminar como el rosario de Amozoc.
Por lo anteriormente expuesto es que su servidor se declara en veda social hasta el día 3 de julio, a partir de ese momento acepto la invitación que tenga a bien hacerme, querido lector.
jueves, 22 de abril de 2010
Impuestos (El Financiero 2008)
Una de las formas defensivas de los mexicanos cuando se sienten acorralados consiste en replicar “yo pago mis impuestos”, declaración que no necesariamente es verdadera pero se esgrime como una suerte de inmunidad ganada a pulso. Lo anterior, por supuesto es una imbecilidad, es obvio que pagar impuestos se convierte en algo necesario para que a este país no se lo cargue el demonio más de lo que ya lo ha hecho. Sin embargo, el tema fiscal tiene derivaciones que me interesa compartir con usted, querido lector.
En primer lugar están los que no pagan por razones diversas. Lo más flagrantes son unos señores que se llaman ambulantes, viven en la vía pública, se clavan la luz, venden pirata y no pagan impuestos. Si usted es atento se dará cuenta de que en dos líneas se han acumulado cuatro delitos que bastarían para que si yo fuera el que los comete, me mandaran a la Isla del Diablo, desnudo y con chirimoyas por único alimento, pero en este caso simplemente no pasa nada. Los segundos delincuentes son los que evaden y para esta sencilla operación hay varias estrategias. Los vendedores de servicios, por ejemplo cuando uno pide una factura declaran bostezando que como no, que con mucho gusto nomás que el producto o servicio es 15% más caro, es decir nos transfieren sus impuestos como se transfiere la gripa y uno tiene que apechugar desconsolado. Otra derivación es la de deducir gastos inauditos bajo argumentos notables “este traje de seis mil pesos me lo compré porque es esencial para que haga mi chamba” se declara”. Y entonces uno que es menesteroso y vive con ropa de refugiado se queda pensando qué carajo deducir, mientras se llega a la conclusión que seis pares de calcetines por treinta pesos no impactarán nuestra salud fiscal.
Otro tema de los impuestos (impuestos) tiene que ver con la gente como usted y como yo que sí pagamos, entregamos facturas y tenemos gastos. Como ya he declarado profusamente mi vida es la misma que la de un campesino asiático pero mis gastos no lo son. La escuela de los niños María y Frijol cuesta lo que una vasectomía mal hecha, además de que las instituciones educativas privadas generan conceptos como “reinscripción”, “aportación voluntaria” o “fideicomiso” que hay que pagar a huevo. Se me argumentará que para eso están las escuelas públicas y en ese caso ya no argumentaré nada porque odio discutir con gente imbécil. Por supuesto ni las escuelas ni los camiones escolares ni nada es deducible de impuestos por lo que uno piensa en que se vive el peor de los mundos, que es el mundo de los aspirantes a algo.
Habría que discutir, también, lo que se paga y para qué se paga; me es inescrutable un impuesto como el predial ya que con muchos trabajos me hice de una casa por la que resulta ahora que debo pagar una cantidad simplemente estúpida debido a “ajustes fiscales”. El palo de cualquier manera está dado y entonces me entero que la ley de transparencia obligará a la presidencia a reportar el dinero que ha gastado en ajuarear al señor presidente y a su esposa con el dinero que usted y yo pagamos. Es decir que la corbata de la ceremonia de presentación de cartas credenciales del embajador de Fidji se ha adquirido con mi lana. Por supuesto que me opongo frontalmente a tal cosa, como me opongo a que los desayunos, los viajes del titular del INBA o todas las bellezas presupuestales se le carguen a la ciudadanía. Sin embargo, sé perfectamente que esta diatriba no tiene el menor destino, lo más probable es que me escriban los lectores diciendo “estoy de acuerdo” y me llegue un documento oficial en el que el licenciado fulanito de tal “agradece mi interés en el tema y me explica pacientemente que el predial es un impuesto local y no federal”. En fin, este pequeño exabrupto se origina porque mi contador acaba de hacerme el favor de informar que debo $17,000.00 de una cosa que se llama IETTU y que simplemente no entiendo ya que ni soy empresario, ni lo pienso ser jamás.
Así es la vida fiscal.
En primer lugar están los que no pagan por razones diversas. Lo más flagrantes son unos señores que se llaman ambulantes, viven en la vía pública, se clavan la luz, venden pirata y no pagan impuestos. Si usted es atento se dará cuenta de que en dos líneas se han acumulado cuatro delitos que bastarían para que si yo fuera el que los comete, me mandaran a la Isla del Diablo, desnudo y con chirimoyas por único alimento, pero en este caso simplemente no pasa nada. Los segundos delincuentes son los que evaden y para esta sencilla operación hay varias estrategias. Los vendedores de servicios, por ejemplo cuando uno pide una factura declaran bostezando que como no, que con mucho gusto nomás que el producto o servicio es 15% más caro, es decir nos transfieren sus impuestos como se transfiere la gripa y uno tiene que apechugar desconsolado. Otra derivación es la de deducir gastos inauditos bajo argumentos notables “este traje de seis mil pesos me lo compré porque es esencial para que haga mi chamba” se declara”. Y entonces uno que es menesteroso y vive con ropa de refugiado se queda pensando qué carajo deducir, mientras se llega a la conclusión que seis pares de calcetines por treinta pesos no impactarán nuestra salud fiscal.
Otro tema de los impuestos (impuestos) tiene que ver con la gente como usted y como yo que sí pagamos, entregamos facturas y tenemos gastos. Como ya he declarado profusamente mi vida es la misma que la de un campesino asiático pero mis gastos no lo son. La escuela de los niños María y Frijol cuesta lo que una vasectomía mal hecha, además de que las instituciones educativas privadas generan conceptos como “reinscripción”, “aportación voluntaria” o “fideicomiso” que hay que pagar a huevo. Se me argumentará que para eso están las escuelas públicas y en ese caso ya no argumentaré nada porque odio discutir con gente imbécil. Por supuesto ni las escuelas ni los camiones escolares ni nada es deducible de impuestos por lo que uno piensa en que se vive el peor de los mundos, que es el mundo de los aspirantes a algo.
Habría que discutir, también, lo que se paga y para qué se paga; me es inescrutable un impuesto como el predial ya que con muchos trabajos me hice de una casa por la que resulta ahora que debo pagar una cantidad simplemente estúpida debido a “ajustes fiscales”. El palo de cualquier manera está dado y entonces me entero que la ley de transparencia obligará a la presidencia a reportar el dinero que ha gastado en ajuarear al señor presidente y a su esposa con el dinero que usted y yo pagamos. Es decir que la corbata de la ceremonia de presentación de cartas credenciales del embajador de Fidji se ha adquirido con mi lana. Por supuesto que me opongo frontalmente a tal cosa, como me opongo a que los desayunos, los viajes del titular del INBA o todas las bellezas presupuestales se le carguen a la ciudadanía. Sin embargo, sé perfectamente que esta diatriba no tiene el menor destino, lo más probable es que me escriban los lectores diciendo “estoy de acuerdo” y me llegue un documento oficial en el que el licenciado fulanito de tal “agradece mi interés en el tema y me explica pacientemente que el predial es un impuesto local y no federal”. En fin, este pequeño exabrupto se origina porque mi contador acaba de hacerme el favor de informar que debo $17,000.00 de una cosa que se llama IETTU y que simplemente no entiendo ya que ni soy empresario, ni lo pienso ser jamás.
Así es la vida fiscal.
miércoles, 21 de abril de 2010
Juegos en la nieve (El Financiero 1998)
Dicen que en 1967 nevó en la ciudad de México; habré estado dormido porque francamente no me acuerdo. Supongo que los chilangos hicieron las misma idioteces que se recomiendan en estos casos, como sacar la tina de lavar ropa y aventarse por una pendiente, hacer muñecos y lanzarse bolas descerebrantes.
La primera vez que vi la nieve fue durante un viaje de juventud. Recuerdo que durante los primeros diez minutos fui igual de idiota: pegué brincos, inicié la construcción de un monigote e intenté descerebrar a mis congéneres por medio de bolas de quinientos gramos. Sin embargo, los siguientes tres meses fueron de mentar madres en medio de un frío de la tiznada que me provocó pérdida de la memoria.
En otras latitudes, existe gente que nace, crece se reproduce y muere viendo nevar. Supongo que en esas condiciones las opciones sociales son limitadas y que debido a ello podemos explicar que se pongan a hacer cosas muy extrañas del tipo de las que uno tiene oportunidad de presenciar en los Juegos Olímpicos de Invierno.
Lo primero que llama la atención es una vocación digamos estoica para salir a la calle (o a las pistas) cuando la temperatura es de diez bajo cero. Yo le pondría una medalla a quien se dejara, nomás por el gusto de verle la cara fruncida por el frío, pero estos superhombres (y supermujeres, que diablos) no tienen bastante y se lanzan por una rampota trepados en esquís y con riesgo de dejar a su señora madre en el camino. Otros se enfrentan a la furia de los elementos durante treinta kilómetros, llegan con los mocos congelados y un rifle de municiones en la espalda que hay que disparar de vez en vez.
Un deporte que llamó mi atención es el del (aquí entra la pausa de mi ignorancia) ¿bobslead? En el que el chiste es subirse a un cochecito que uno empuja en su etapa inicial y que baja, digámoslo castizamente, hecho la chingada. El señor que lo tripula va viendo al cielo, supongo que rezando una Magnífica. La nota en este caso la dio el equipo puertorriqueño (ser puertorriqueño y participar en los juegos de invierno es equivalente a ser la princesa Lea y vivir en un monasterio) porque en la bajada dejaron a un coequipero. Esta participación no nos debería de sorprender si consideramos que hay un equipo que representa a Jamaica y que seguramente entrena en una de las sucursales de La Michoacana, así como un compatriota que se llama (lo juro) Hubertus no-sé-que madres, que siempre nos representó y siempre llegó en último lugar.
Otra notabilidad de los juegos de invierno es la del hockey, en el que el chiste radica en que a uno no lo decapiten seis animales que juegan en el equipo contrario. Los porteros utilizan unas máscaras como las que se venden el 16 de septiembre, nomás que de plástico y las porterías son iguales a las de las coladeritas de la secundaria. En contraste está el patinaje artístico en el que las parejas realizan movimientos que bastarían para acabar en la octava delegación de policía si uno en lugar de estar en una pista de hielo estuviera en un volkswagen. Por algún misterio una vez que terminan su rutina los sientan en unas sillas preparadas ad hoc, les regalan unos crisantemos, los ponen a esperar sus calificaciones al lado de un señor o señora que no se sabe si es pariente o el entrenador, mientras son observados por seiscientos millones de personas. Luego aparecen los resultados que normalmente son incomprensibles y en los que invariablemente hay un juez que se nota que es llevado de la mala vida.
Los Juegos Olímpicos de Invierno han concluido. ¿Por qué despiertan tanto interés entre nosotros? Yo que soy un hijo de los climas tropicales ignoro la respuesta y desde esta humilde tribuna le anuncio a mi amigo Alfonso, que me ha invitado a ir de ascensión al Popocatepetl, que ahí estaré con mucho gusto... El mismo día que los gringos nos devuelvan la alta California.
La primera vez que vi la nieve fue durante un viaje de juventud. Recuerdo que durante los primeros diez minutos fui igual de idiota: pegué brincos, inicié la construcción de un monigote e intenté descerebrar a mis congéneres por medio de bolas de quinientos gramos. Sin embargo, los siguientes tres meses fueron de mentar madres en medio de un frío de la tiznada que me provocó pérdida de la memoria.
En otras latitudes, existe gente que nace, crece se reproduce y muere viendo nevar. Supongo que en esas condiciones las opciones sociales son limitadas y que debido a ello podemos explicar que se pongan a hacer cosas muy extrañas del tipo de las que uno tiene oportunidad de presenciar en los Juegos Olímpicos de Invierno.
Lo primero que llama la atención es una vocación digamos estoica para salir a la calle (o a las pistas) cuando la temperatura es de diez bajo cero. Yo le pondría una medalla a quien se dejara, nomás por el gusto de verle la cara fruncida por el frío, pero estos superhombres (y supermujeres, que diablos) no tienen bastante y se lanzan por una rampota trepados en esquís y con riesgo de dejar a su señora madre en el camino. Otros se enfrentan a la furia de los elementos durante treinta kilómetros, llegan con los mocos congelados y un rifle de municiones en la espalda que hay que disparar de vez en vez.
Un deporte que llamó mi atención es el del (aquí entra la pausa de mi ignorancia) ¿bobslead? En el que el chiste es subirse a un cochecito que uno empuja en su etapa inicial y que baja, digámoslo castizamente, hecho la chingada. El señor que lo tripula va viendo al cielo, supongo que rezando una Magnífica. La nota en este caso la dio el equipo puertorriqueño (ser puertorriqueño y participar en los juegos de invierno es equivalente a ser la princesa Lea y vivir en un monasterio) porque en la bajada dejaron a un coequipero. Esta participación no nos debería de sorprender si consideramos que hay un equipo que representa a Jamaica y que seguramente entrena en una de las sucursales de La Michoacana, así como un compatriota que se llama (lo juro) Hubertus no-sé-que madres, que siempre nos representó y siempre llegó en último lugar.
Otra notabilidad de los juegos de invierno es la del hockey, en el que el chiste radica en que a uno no lo decapiten seis animales que juegan en el equipo contrario. Los porteros utilizan unas máscaras como las que se venden el 16 de septiembre, nomás que de plástico y las porterías son iguales a las de las coladeritas de la secundaria. En contraste está el patinaje artístico en el que las parejas realizan movimientos que bastarían para acabar en la octava delegación de policía si uno en lugar de estar en una pista de hielo estuviera en un volkswagen. Por algún misterio una vez que terminan su rutina los sientan en unas sillas preparadas ad hoc, les regalan unos crisantemos, los ponen a esperar sus calificaciones al lado de un señor o señora que no se sabe si es pariente o el entrenador, mientras son observados por seiscientos millones de personas. Luego aparecen los resultados que normalmente son incomprensibles y en los que invariablemente hay un juez que se nota que es llevado de la mala vida.
Los Juegos Olímpicos de Invierno han concluido. ¿Por qué despiertan tanto interés entre nosotros? Yo que soy un hijo de los climas tropicales ignoro la respuesta y desde esta humilde tribuna le anuncio a mi amigo Alfonso, que me ha invitado a ir de ascensión al Popocatepetl, que ahí estaré con mucho gusto... El mismo día que los gringos nos devuelvan la alta California.
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