La costumbre de comer cacahuates japoneses la adquirí en la secundaria. Abría el celofán y vaciaba el contenido en la bolsa de mi pantalón para no dar, costumbre que todas mis parejas adolescentes consideraban repugnante. El abuso de este hábito me dejó los dientes como de octogenario, un día se me salió una amalgama y la tragué, "se puede recuperar" dijo mi tía Regina. No quise ni averiguar cómo, de manera que hice una cita con el Dr. Zamarripa, dentista amigo de mi padre para un examen completo.
El Dr. Zamarripa era un personaje extraordinario desde varios puntos de vista; tenía noventa y seis años. Es decir, pudo, sin muchas prisas, haber sido el ortodoncista de Porfirio Díaz. Cuando mi madre (mi padre no se atrevió) me informó acerca de la edad de mi futuro dentista tomé el directorio y busqué rápidamente la letra "D", sin embargo, mi hermana (una de las víctimas previas) me explicó que Zamarripa no practicaba (menos mal pensé), que era su asistente la que hacía todo instruida por él y que el trabajo que realizaba era muy competente.
-- Ellos arreglaron a la tía Engracia -- dijo en un ingenuo intento promocional.
"Pues menuda la hicieron" pensé para mis adentros. Mi tía Engracia tenía una boca como la de Nosferatu.
Pese a todo, Zamarripa daba crédito y eso me convenció. En el Metro, camino al consultorio iba yo con dolores en el pecho.
Las horas de antesala pasaron, cada minuto se convirtió en una modesta agonía.
Al entrar al consultorio me quise morir: era prácticamente imposible reconocer quién era Zamarripa y quién su asistente, ambos parecían dirigentes de la CTM. Me sentaron en el sillón y Etelvina, que así se llamaba la señora y que tenía una voz ligeramente más aguda que la de su colega preguntó:
-- ¿Cómo está nuestro enfermito?
Yo, que tenía 26 años, sonreí con la boca abierta.
Etelvina analizaba con su espejito y transmitía su diagnóstico:
-- Muela derecha fracturada, premolar antero posterior sin amalgama, etcétera.
Zamarripa anotaba flechitas en un diagrama.
-- Le vamos a poner una corona -- dijo el Dr.-- , no se preocupe, no le va a doler.
Maldito si estaba yo preocupado, fue precisamente el comentario lo que me alarmó.
-- Doña Ete, rebájele aquí al amigo el molar antero posterior.
Etelvina tomó la fresadora y la aplicó diligente sobre mi molar con una eficiencia tal que sentí cómo la virgen me hablaba al oído y decía algo acerca de los cacahuates japoneses. En un momento de profunda desesperación moral estiré la mano para detener el brazo de Etelvina. Sin embargo, se retiró con un movimiento agilísimo y lo único que pude apretar fue una chichi. Cuando terminó sudaba yo como un bendito.
-- Ya doctor -- dijo.
-- Bien, ahora haga la aplicación Abrí la boca nuevamente y Etelvina me aplicó algo parecido al chilpachole de jaiba, se sentía masoso cuando lo recorría con la punta de la lengua. Cuando terminaron, bajé tambaleante del sillón y salí por la puerta de vidrio. Fué la última vez que los vi.
Al llegar a casa me fui a ver al espejo del baño: ¡ tenía un diente de plata! No lo podía creer. Dentro de mis cánones pequeño burgueses cualquiera con un diente de plata era peor que perro.
Ahora sonrío con la boca chueca.
Por todo lo anteriormente expuesto es que no voy al dentista y eso, querido lector, es lo que sugiero que haga el resto de su vida.
viernes, 9 de abril de 2010
miércoles, 7 de abril de 2010
Llame ya¡ (Milenio 2007)
En mis tiempos (que se han ido) la publicidad se basaba en el principio de puerta en puerta, que si bien era una chinga, tenía cierta efectividad. Uno se enteraba de cosas que podrían parece sorprendentes pero tenían un aroma seductor: “La señora Alicia vende quesadillas de papaloquelite los miércoles”, “Mirtha te lee lo ojos,” o en su defecto, “El señor del oso y el pandero ya está en la esquina”. El dueño de la tienda, Don Daniel, un hombre al que se la atribuye el digno hecho de morir por echarse un clavado en una alberca vacía, pegaba cartulinas que decían: “jamón del diablo importado, únicamente dos pesos”,
Para variar las cosas evolucionaron y aparecieron lo que llamamos genéricamente: “anuncios”. Los primeros eran precámbricos y anunciaban items impresentables como la glostora acaia o una panadería, cuyo propietario era español. La producción era elemental y basaba sus principios en que el hijo del dueño de la empresa accediera a darse pastelazos en canal cuatro, de seis a siete, percibiendo la módica suma de cuarenta pesos.
Las cosas cambiaron con el tiempo, llegó la generación yuppie., que como se sabe todo lo corrompe, y de plano el asunto se fue el carajo. Descubrí que si uno no tiene un pecho de lavadero y la capacidad de matar a cien personas con la mirada, ya valió madre. También aprendí que la mujer de mis sueños (una buenona) nunca será mía si no utilizo un reloj que me permita tomar la hora a doscientos metros de profundidad o un coche que llegue a trescientos kilómetros en diez segundos. Dado que tomar la hora frente a un tiburón o matarme en Cuemanco jugando arrancones, son cosas que se me antojan tanto como una cita a ciegas con Elba Esther, es que he vivido con ganas de terapia y de que alguien me explique mi proclividad a no entender nada.
En ésas estaríamos hasta que descubrí la televisión por cable y sus comerciales; estaba un día padeciendo una cruda merecida, cuando prendí mi televisión y me encontré a un señor que es octogenario vendiendo jugos. El anuncio era fascinante, este adulto en plenitud, aparentemente cruzó el Canal de las Mancha quince veces, trepó el Himalaya de rodillas y mató a la mamá del muerto. El problema es que tales hazañas tienen cincuenta años de antigüedad y hasta hoy se le ocurre venderlas. El producto en cuestión es una especie de casco de futbol americano en el que uno, con la debida disposición, mete cosas carcinógenas (como zanahorias y apios) y saca jugo. No entiendo el efecto dramático del viejito dándome consejos y mucho menos las invaluables aportaciones de hierro que tales brebajes me darían, el hecho es que no los tomaría ni en drogas.
Acto seguido, aparece una mujer muy buena (en la obvia acepción de “estar” y no de “ser”), que explica acerca de una faja prodigiosa, por medio a de la cual una señorita que es gorda (lo siento, dada mi incorrección política “gorda” no es adjetivo, sino calificativo) descubre prodigiosamente una madre con tres varillas que la transmutará en la señorita Colonia Crédito Constructor. Los testimoniales son notables y enternecedores; “yo era una gorda despreciable, usé (entra el nombre de la faja) y ahora mi marido está encantado”. Fascinado me mantengo en el mismo canal y me encuentro con un aparato que me recuerda vagamente una trampa para conejos. No entiendo con claridad hasta que el locutor anuncia “un sauna portátil”. La siguiente escena me muestra a una señora que llega, devastada, del trabajo y decide darse un baño. Uno esperaría que, como cualquier persona en pleno uso de facultades, entre a su casa y se meta a la chingada tina. Sin embargo, saca del sofá una madre plana que convierte en cubo, la dama se encuera y acto seguido se da un baño que parecería envidiable a no ser por la nada descartable idea de que para meterse a un espacio de esos hay que aprender contorsiones en el circo chino de Pekín.
. El último anuncio que recuerdo es el de una escalera (¡una escalera!) que se dobla y desdobla ante los ojos de los consumidores. Hay un gordo que explica las bondades del producto mientras yo me pregunto como la vida me ha puesto ante tal necesidad.
En fin… fajas, máquinas de jugos, escaleras o lo que tenga que venir, me dejan claro el simple y llano hecho de que soy un consumidor que no entiende las cosas de la vida. Pero eso sí, de plano, no tiene remedio.
Para variar las cosas evolucionaron y aparecieron lo que llamamos genéricamente: “anuncios”. Los primeros eran precámbricos y anunciaban items impresentables como la glostora acaia o una panadería, cuyo propietario era español. La producción era elemental y basaba sus principios en que el hijo del dueño de la empresa accediera a darse pastelazos en canal cuatro, de seis a siete, percibiendo la módica suma de cuarenta pesos.
Las cosas cambiaron con el tiempo, llegó la generación yuppie., que como se sabe todo lo corrompe, y de plano el asunto se fue el carajo. Descubrí que si uno no tiene un pecho de lavadero y la capacidad de matar a cien personas con la mirada, ya valió madre. También aprendí que la mujer de mis sueños (una buenona) nunca será mía si no utilizo un reloj que me permita tomar la hora a doscientos metros de profundidad o un coche que llegue a trescientos kilómetros en diez segundos. Dado que tomar la hora frente a un tiburón o matarme en Cuemanco jugando arrancones, son cosas que se me antojan tanto como una cita a ciegas con Elba Esther, es que he vivido con ganas de terapia y de que alguien me explique mi proclividad a no entender nada.
En ésas estaríamos hasta que descubrí la televisión por cable y sus comerciales; estaba un día padeciendo una cruda merecida, cuando prendí mi televisión y me encontré a un señor que es octogenario vendiendo jugos. El anuncio era fascinante, este adulto en plenitud, aparentemente cruzó el Canal de las Mancha quince veces, trepó el Himalaya de rodillas y mató a la mamá del muerto. El problema es que tales hazañas tienen cincuenta años de antigüedad y hasta hoy se le ocurre venderlas. El producto en cuestión es una especie de casco de futbol americano en el que uno, con la debida disposición, mete cosas carcinógenas (como zanahorias y apios) y saca jugo. No entiendo el efecto dramático del viejito dándome consejos y mucho menos las invaluables aportaciones de hierro que tales brebajes me darían, el hecho es que no los tomaría ni en drogas.
Acto seguido, aparece una mujer muy buena (en la obvia acepción de “estar” y no de “ser”), que explica acerca de una faja prodigiosa, por medio a de la cual una señorita que es gorda (lo siento, dada mi incorrección política “gorda” no es adjetivo, sino calificativo) descubre prodigiosamente una madre con tres varillas que la transmutará en la señorita Colonia Crédito Constructor. Los testimoniales son notables y enternecedores; “yo era una gorda despreciable, usé (entra el nombre de la faja) y ahora mi marido está encantado”. Fascinado me mantengo en el mismo canal y me encuentro con un aparato que me recuerda vagamente una trampa para conejos. No entiendo con claridad hasta que el locutor anuncia “un sauna portátil”. La siguiente escena me muestra a una señora que llega, devastada, del trabajo y decide darse un baño. Uno esperaría que, como cualquier persona en pleno uso de facultades, entre a su casa y se meta a la chingada tina. Sin embargo, saca del sofá una madre plana que convierte en cubo, la dama se encuera y acto seguido se da un baño que parecería envidiable a no ser por la nada descartable idea de que para meterse a un espacio de esos hay que aprender contorsiones en el circo chino de Pekín.
. El último anuncio que recuerdo es el de una escalera (¡una escalera!) que se dobla y desdobla ante los ojos de los consumidores. Hay un gordo que explica las bondades del producto mientras yo me pregunto como la vida me ha puesto ante tal necesidad.
En fin… fajas, máquinas de jugos, escaleras o lo que tenga que venir, me dejan claro el simple y llano hecho de que soy un consumidor que no entiende las cosas de la vida. Pero eso sí, de plano, no tiene remedio.
lunes, 5 de abril de 2010
El fraude como una de las bellas artes (Nexos 2008)
Los datos falsos son extremadamente dañinos para el progreso de la ciencia ya que permanecen por mucho tiempo. Charles Darwin
Hace algunos meses recibí un correo electrónico que me pareció notable; se trataba de una comunicación emitida por la señora Christabel Darwin, en la que me informaba que los hados y el destino me habían hecho el inesperado ganador de la lotería inglesa y que mi modesto premio consistía en cinco millones de euros. Tenía dos opciones; la primera ere simple, renunciar a mi vida de pelagatos, mentarle la madre a mi jefe y salir corriendo a buscar mi recompensa, o, en caso alternativo, seguir la ruta del mexicano escéptico al que todo le huele a fraude (me siento tentado a proponer ejemplos). La posdata de la señora Darwin me pedía cortésmente que depositara cien euros en una cuenta de banco para “no perder el premio” ya que mi suerte, si bien extraordinaria, tenía período de caducidad.
Los mexicanos hemos sido improntados en la cultura del fraude, no existe trámite, proceso electoral, pago de servicio o cualquier componente de nuestra vida en sociedad que no se preste para arreglos. “Se puede arreglar”, “¿no habrá manera?” o “póngale buena voluntad”, son algunas de las frases costumbristas con las que día a día evitamos el cumplimiento de ciertas normas en beneficio propio. Esta cesión de derechos antes las tentaciones cotidianas no es privativa de gremio alguno; ya se sabe que grupos presuntamente intachables como el ecleseástico, ceden consuetudinariamente a las trampas de la fe. En este contexto debemos ubicar a quienes se dedican a hacer ciencia y que son concebidos por el imaginario colectivo, como seres distraídos pero lumbreras, portando batas, torturando cobayos y en casos muy específicos queriendo dominar al mundo. Existen varios términos que pueden ser asociados al quehacer científico; escepticismo razonado, curiosidad, diligencia y muy señaladamente honestidad intelectual. En este último caso es documentable la tentación de los hombres de ciencia por pecar de vez en cuando y ello, si bien los humaniza, también los coloca del lado social correcto que es el de los pecadores cuyo número es creciente e infinito.
Quizá el caso más destacable en materia de fraudes científicos es el del coreano Woo Suk Hwang que en el año de 2004 anunció que había logrado la clonación de embriones humanos y en 2005 conmovió a la comunidad científica al publicar en la prestigiada revista Science que había obtenido la clonación de células madre embrionarias humanas. La trascendencia de este hallazgo era indudable ya que estos trabajos abrían la puerta para cambios sustanciales en el tratamiento de enfermedades como el Parkinson o la diabetes. Sin embargo, Woo –que había sido galardonado por el gobierno coreano por su méritos- no sabía que uno de sus colaboradores sufriría un arrebato de honradez y denunciaría al científico argumentando que los clones de células embrionarias generados por pacientes con diversas enfermedades eran simplemente falsos y que los datos reportados existían nomás en la imaginación del señor Hwang, quien fue inmediatamente defenestrado y expulsado de la Universidad Nacional de Seúl.
El rostizón fue global y notablemente público como puede advertirse en el siguiente fragmento aparecido en una nota del periódico mexicano El Universal (que normalmente no cubre estos temas) tomada de la agencia EFE y fechada el 29 de diciembre de 2005: La Universidad Nacional de Seúl asestó hoy el golpe definitivo contra la reputación del pionero de la clonación genética sudcoreana, Hwang Woo-suk, al acusarle de falsear sus experimentos con células madre de embriones humanos. Un comité investigador de ese centro oficial anunció que “ no encontró ninguna evidencia ” sobre la autenticidad de los logros de Hwang Woo-suk sobre las células madre de embriones humanos clonados, tal y como presentó este año la prestigiosa revista Science. Estos presuntos éxitos en el campo de la clonación tuvieron una gran repercusión en la comunidad científica internacional, pues abrían el camino para el tratamiento de enfermedades consideradas incurables actualmente, como la diabetes y el Parkinson. La portavoz del comité universitario que investiga el caso, la decana universitaria Roh Jong-hye, confirmó este jueves que no existe ninguna célula madre de embriones clonados a pacientes. “No se ha encontrado ninguna célula creada que coincida con el ADN de la célula del paciente y tampoco existen evidencias de que se crearan esas células clonadas ” , afirmó la portavoz en una reunión con periodistas. La revista Science publicó en mayo de 2005 que el equipo de Hwang obtuvo once células madre de embriones humanos clonados de diversos pacientes, experimento para el que se emplearon 185 óvulos. Las células madre pueden evolucionar en células de la sangre, el hígado, los músculos y otros sistemas vitales, de ahí el potencial para regenerar órganos que esta vía de investigación ofrece. Según la responsable de la Universidad de Seúl, las conclusiones del comité universitario de investigación (que hunden aún más, si cabe, la reputación del idolatrado profesor) se obtuvieron después de que se examinara en tres laboratorios diferentes el ADN de ocho células creadas por el equipo de Hwang.
La exposición de Hwang presenta varios elementos que son dignos de análisis y que explican la razón por la cual se convirtió en una bomba mediática. Por un lado se trata de un tema público, el de la clonación, que más allá de detalles técnicos, se encuentra en los debates populares, si bien en formas maniqueas como “es bueno” o “es malo”. Por otro lado, los científicos modernos se han visto sometidos a una enorme presión para ser los primeros en demostrar una teoría o probar algún hallazgo. Las políticas de financiamiento científico obligan a estas nobles personas a entrar en una carrera de vértigo para obtener la primacía y con ello la gloria. Una de las hipótesis de un grupo competidor al de Woo publicada en el periódico español El País para entender el fraude, es que el coreano estaba consciente de que sus rivales se acercaban peligrosamente por lo que se vio obligado a publicar sus resultados aunque estos fueran falsos. Finalmente se encuentra la rapidez con la que viajan las noticias científicas debido al uso de la red y que permiten un análisis casi inmediato de la veracidad de la información.
Para consuelo de Hwang, éste no se encuentra solo en su pecaminosa conducta, existen decenas de casos documentados de científicos que son atrapados con los dedos en la puerta y que pueden ser justificados con argumentos de nobleza desigual. Por ejemplo, en 1996 el físico de la Universidad de Nueva York Alan Sokal –harto de la impostura de ciertas revistas- mandó el texto: "Transgrediendo los límites: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica" a revisión en la revista Social Text, que hasta ese momento gozaba de un reconocido prestigio. Se estila que en las revistas especializadas un comité de revisores o “árbitros” dictaminen la pertinencia de publicar un determinado texto. El de Sokal fue aceptado sin reservas u hasta ahí hubiera quedado todo de no ser porque tres semanas después de ver su texto publicado, Sokal publicó un segundo artículo en la revista Lingua Franca, cuyo título lo dice simplemente todo: “El experimento de un físico en estudios culturales”. En ese texto el profesor Sokal confesaba sin rubor alguno que todo lo que había escrito para Social Text era un disparate, que las fórmulas usadas no demostraban nada y que en esencia los editores habían mostrado impostura y cretinismo (el segundo adjetivo es mío). Se trata obviamente de un fraude pero en este caso Sokal cuenta con mi simpatía irremediable ya que desenmascara la pomposidad de algunos grupos científicos que han generado códigos propios dignos de los búfalos mojados y que sin embargo, en algunos casos como este, no entienden lo que revisan pero para no lucir ignorantes y lo aceptan sin reserva por lo que su comportamiento es doblemente pernicioso para el avance científico.
Algunos casos históricos son ilustrativos como el de nuestro padre (lo digo en sentido literal) Mendel, el descubridor de la genética que hizo miles de cruzas de la planta del chícharo para demostrar sus teorías. Don Gregorio, que así se llamaba, aparentemente fue poco escrupuloso con sus datos ya que en 1936, el estadístico británico Ronald Fisher revisó las cuentas del monje agustino y decidió que algo se podría en Dinamarca; Es inconcebible obtener las relaciones de Mendel a menos que se hubiera producido un completo milagro del azar, declaró Fisher imperturbable. Palabras más palabras menos, se acusaba de “cuchareo” a Mendel. Para fortuna del monje y de la exacta ciencia de los milagros, el efecto mostrado era correcto y los datos solo se habían manipulado para hacerlos más contundentes, por lo que el daño científico fue menor y no mermó en nada la efigie de Gregor que, como se sabe, ocupa la página 154 de todos los libros de biología en el país.
Ejemplos abundan; en 1953 el paleontólogo Keneth Oakley demostró que el hombre de Piltdown, un fósil hallado en las canteras inglesas en 1913 era simplemente un fraude producto de la mezcla manipulada de la mandíbula de un simio y un cráneo humano fallecidos en fechas recientes. Nuestro supuesto antepasado Piltdown, que inclusive tenía un nombre científico: (Eoanthropus Dawsoni), tuvo que ser retirado discretamente de toda la literatura científica de la época.
Podría seguir documentando debilidades pero prefiero mejor, querido lector, recomendarle el libro de Horace Freeland: Anatomía del fraude científico de Editorial Crítica Barcelona 2006. Este buen hombre se dio a la tarea de cazar a un número mayor de científicos deshonestos al de mis malos pensamientos. En mi caso, creo que prefiero mostrar un punto: los científicos no son alienígenas, ni seres diferentes al resto de nosotros, tienen amores humores y de cuando en cuando muestran resquicios que nos permiten entender que no existe la perfección humana, lo que dicho sea de paso, me produce un profundo alivio.
Hace algunos meses recibí un correo electrónico que me pareció notable; se trataba de una comunicación emitida por la señora Christabel Darwin, en la que me informaba que los hados y el destino me habían hecho el inesperado ganador de la lotería inglesa y que mi modesto premio consistía en cinco millones de euros. Tenía dos opciones; la primera ere simple, renunciar a mi vida de pelagatos, mentarle la madre a mi jefe y salir corriendo a buscar mi recompensa, o, en caso alternativo, seguir la ruta del mexicano escéptico al que todo le huele a fraude (me siento tentado a proponer ejemplos). La posdata de la señora Darwin me pedía cortésmente que depositara cien euros en una cuenta de banco para “no perder el premio” ya que mi suerte, si bien extraordinaria, tenía período de caducidad.
Los mexicanos hemos sido improntados en la cultura del fraude, no existe trámite, proceso electoral, pago de servicio o cualquier componente de nuestra vida en sociedad que no se preste para arreglos. “Se puede arreglar”, “¿no habrá manera?” o “póngale buena voluntad”, son algunas de las frases costumbristas con las que día a día evitamos el cumplimiento de ciertas normas en beneficio propio. Esta cesión de derechos antes las tentaciones cotidianas no es privativa de gremio alguno; ya se sabe que grupos presuntamente intachables como el ecleseástico, ceden consuetudinariamente a las trampas de la fe. En este contexto debemos ubicar a quienes se dedican a hacer ciencia y que son concebidos por el imaginario colectivo, como seres distraídos pero lumbreras, portando batas, torturando cobayos y en casos muy específicos queriendo dominar al mundo. Existen varios términos que pueden ser asociados al quehacer científico; escepticismo razonado, curiosidad, diligencia y muy señaladamente honestidad intelectual. En este último caso es documentable la tentación de los hombres de ciencia por pecar de vez en cuando y ello, si bien los humaniza, también los coloca del lado social correcto que es el de los pecadores cuyo número es creciente e infinito.
Quizá el caso más destacable en materia de fraudes científicos es el del coreano Woo Suk Hwang que en el año de 2004 anunció que había logrado la clonación de embriones humanos y en 2005 conmovió a la comunidad científica al publicar en la prestigiada revista Science que había obtenido la clonación de células madre embrionarias humanas. La trascendencia de este hallazgo era indudable ya que estos trabajos abrían la puerta para cambios sustanciales en el tratamiento de enfermedades como el Parkinson o la diabetes. Sin embargo, Woo –que había sido galardonado por el gobierno coreano por su méritos- no sabía que uno de sus colaboradores sufriría un arrebato de honradez y denunciaría al científico argumentando que los clones de células embrionarias generados por pacientes con diversas enfermedades eran simplemente falsos y que los datos reportados existían nomás en la imaginación del señor Hwang, quien fue inmediatamente defenestrado y expulsado de la Universidad Nacional de Seúl.
El rostizón fue global y notablemente público como puede advertirse en el siguiente fragmento aparecido en una nota del periódico mexicano El Universal (que normalmente no cubre estos temas) tomada de la agencia EFE y fechada el 29 de diciembre de 2005: La Universidad Nacional de Seúl asestó hoy el golpe definitivo contra la reputación del pionero de la clonación genética sudcoreana, Hwang Woo-suk, al acusarle de falsear sus experimentos con células madre de embriones humanos. Un comité investigador de ese centro oficial anunció que “ no encontró ninguna evidencia ” sobre la autenticidad de los logros de Hwang Woo-suk sobre las células madre de embriones humanos clonados, tal y como presentó este año la prestigiosa revista Science. Estos presuntos éxitos en el campo de la clonación tuvieron una gran repercusión en la comunidad científica internacional, pues abrían el camino para el tratamiento de enfermedades consideradas incurables actualmente, como la diabetes y el Parkinson. La portavoz del comité universitario que investiga el caso, la decana universitaria Roh Jong-hye, confirmó este jueves que no existe ninguna célula madre de embriones clonados a pacientes. “No se ha encontrado ninguna célula creada que coincida con el ADN de la célula del paciente y tampoco existen evidencias de que se crearan esas células clonadas ” , afirmó la portavoz en una reunión con periodistas. La revista Science publicó en mayo de 2005 que el equipo de Hwang obtuvo once células madre de embriones humanos clonados de diversos pacientes, experimento para el que se emplearon 185 óvulos. Las células madre pueden evolucionar en células de la sangre, el hígado, los músculos y otros sistemas vitales, de ahí el potencial para regenerar órganos que esta vía de investigación ofrece. Según la responsable de la Universidad de Seúl, las conclusiones del comité universitario de investigación (que hunden aún más, si cabe, la reputación del idolatrado profesor) se obtuvieron después de que se examinara en tres laboratorios diferentes el ADN de ocho células creadas por el equipo de Hwang.
La exposición de Hwang presenta varios elementos que son dignos de análisis y que explican la razón por la cual se convirtió en una bomba mediática. Por un lado se trata de un tema público, el de la clonación, que más allá de detalles técnicos, se encuentra en los debates populares, si bien en formas maniqueas como “es bueno” o “es malo”. Por otro lado, los científicos modernos se han visto sometidos a una enorme presión para ser los primeros en demostrar una teoría o probar algún hallazgo. Las políticas de financiamiento científico obligan a estas nobles personas a entrar en una carrera de vértigo para obtener la primacía y con ello la gloria. Una de las hipótesis de un grupo competidor al de Woo publicada en el periódico español El País para entender el fraude, es que el coreano estaba consciente de que sus rivales se acercaban peligrosamente por lo que se vio obligado a publicar sus resultados aunque estos fueran falsos. Finalmente se encuentra la rapidez con la que viajan las noticias científicas debido al uso de la red y que permiten un análisis casi inmediato de la veracidad de la información.
Para consuelo de Hwang, éste no se encuentra solo en su pecaminosa conducta, existen decenas de casos documentados de científicos que son atrapados con los dedos en la puerta y que pueden ser justificados con argumentos de nobleza desigual. Por ejemplo, en 1996 el físico de la Universidad de Nueva York Alan Sokal –harto de la impostura de ciertas revistas- mandó el texto: "Transgrediendo los límites: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica" a revisión en la revista Social Text, que hasta ese momento gozaba de un reconocido prestigio. Se estila que en las revistas especializadas un comité de revisores o “árbitros” dictaminen la pertinencia de publicar un determinado texto. El de Sokal fue aceptado sin reservas u hasta ahí hubiera quedado todo de no ser porque tres semanas después de ver su texto publicado, Sokal publicó un segundo artículo en la revista Lingua Franca, cuyo título lo dice simplemente todo: “El experimento de un físico en estudios culturales”. En ese texto el profesor Sokal confesaba sin rubor alguno que todo lo que había escrito para Social Text era un disparate, que las fórmulas usadas no demostraban nada y que en esencia los editores habían mostrado impostura y cretinismo (el segundo adjetivo es mío). Se trata obviamente de un fraude pero en este caso Sokal cuenta con mi simpatía irremediable ya que desenmascara la pomposidad de algunos grupos científicos que han generado códigos propios dignos de los búfalos mojados y que sin embargo, en algunos casos como este, no entienden lo que revisan pero para no lucir ignorantes y lo aceptan sin reserva por lo que su comportamiento es doblemente pernicioso para el avance científico.
Algunos casos históricos son ilustrativos como el de nuestro padre (lo digo en sentido literal) Mendel, el descubridor de la genética que hizo miles de cruzas de la planta del chícharo para demostrar sus teorías. Don Gregorio, que así se llamaba, aparentemente fue poco escrupuloso con sus datos ya que en 1936, el estadístico británico Ronald Fisher revisó las cuentas del monje agustino y decidió que algo se podría en Dinamarca; Es inconcebible obtener las relaciones de Mendel a menos que se hubiera producido un completo milagro del azar, declaró Fisher imperturbable. Palabras más palabras menos, se acusaba de “cuchareo” a Mendel. Para fortuna del monje y de la exacta ciencia de los milagros, el efecto mostrado era correcto y los datos solo se habían manipulado para hacerlos más contundentes, por lo que el daño científico fue menor y no mermó en nada la efigie de Gregor que, como se sabe, ocupa la página 154 de todos los libros de biología en el país.
Ejemplos abundan; en 1953 el paleontólogo Keneth Oakley demostró que el hombre de Piltdown, un fósil hallado en las canteras inglesas en 1913 era simplemente un fraude producto de la mezcla manipulada de la mandíbula de un simio y un cráneo humano fallecidos en fechas recientes. Nuestro supuesto antepasado Piltdown, que inclusive tenía un nombre científico: (Eoanthropus Dawsoni), tuvo que ser retirado discretamente de toda la literatura científica de la época.
Podría seguir documentando debilidades pero prefiero mejor, querido lector, recomendarle el libro de Horace Freeland: Anatomía del fraude científico de Editorial Crítica Barcelona 2006. Este buen hombre se dio a la tarea de cazar a un número mayor de científicos deshonestos al de mis malos pensamientos. En mi caso, creo que prefiero mostrar un punto: los científicos no son alienígenas, ni seres diferentes al resto de nosotros, tienen amores humores y de cuando en cuando muestran resquicios que nos permiten entender que no existe la perfección humana, lo que dicho sea de paso, me produce un profundo alivio.
martes, 30 de marzo de 2010
La Primavera (El Financiero 1996)
Cuando la órbita elíptica de la tierra intersecta el Ecuador se producen los equinoccios, que son dos: el de otoño y el de primavera. Esta información --que no debiera interesarle ni a la madre de Galileo-- adquiere un sentido diferente cuando se evalúan las consecuencias que dicho evento astronómico tiene en la conducta de los seres humanos... Especialmente de los mexicanos.
En primer lugar están los calóricos; ese grupo de compatriotas que, por alguna razón que tiene que ver con la germinación de su alma, se visten como profesores de gimnasia (en el mejor de los casos) o como lo hacía el señor de los Tepanecas (en el peor). Los calóricos son como frijolitos en flor y consideran --probablemente basados en evidencia ancestral-- que el asunto sólo tendrá sentido si se trepan a una pirámide para luego sentarse empleando una contorsión de acróbata. La mirada que aplican es equivalente a lo que los especialistas tipifican como de "ausencia sicótica".
Otra opción es probar la técnica del sahumerio, que consiste básicamente en pararse enfrente de un señor que tiene en la mano una copa en la que arde alguna sustancia sicotrópica y dejarse ahumar. El aspecto final del iniciado es el mismo que el de un pescado a la plancha.
En realidad el único daño que generan estas conductas de equinoccio es el que sufren nuestros monumentos históricos que, año con año, se enfrentan a hordas de gente en turbante que son la principal fuente de cascajo prehispánico en el país. Pensándolo bien hay otro riesgo; que algún calórico pierda la vertical y se desmadre como la Coyolxauhqui al pie de una pirámide mirando al sol de primavera.
La segunda derivación de la entrada de la primavera se da en el campo educativo, concretamente en los jardines de infantes. Supongo que algún día una vieja chota decidió que era una idea espléndida la de festejar el 21 de marzo disfrazando niños. De manera sorpresiva la idea fue aceptada unánimamente --y digo sorpresiva porque es una idiotez--.
A los pobres niños hay que vestirlos con algún disfraz alusivo a las circunstancias y entonces las abnegadas madres se pasan tres noches tronándose los dedos ante la duda de cuál será la mejor opción. Las imagino paseando nerviosas mientras piensan "¿de pajarito? ¿mariposita quizá?" Luego toman una determinación que no puede ser sino dolorosa para el infante, ya que le confeccionan un atuendo digno hijo de su pinche madre y lo mandan a la escuela en su triciclo con globitos a desfilar. El niño no se entera de nada, pero los padres llegan jubilosos, toman fotos y filman las escenas que luego serán usadas como pruebas documentales de algún acto de parricidio. Aún recuerdo entre escalofríos el traje de mariposa de mi hermana Diana; seguramente el asunto la marcó y determinó que fuera socióloga.
Cosas de la primavera.
La última derivación perversa de nuestras fiestas calendáricas se inició en la sierra de Ixtlán el 21 de marzo de 1806. Ese día nació Pablo Benito Juárez García en San Pablo Guelatao. La historia, generosa, no ha contado cómo el pastorcito perdió una oveja y del puro susto se fue a la ciudad de Oaxaca; pero ése es otro asunto. En realidad el notable tino del Benemérito consistió en nacer el día de la primavera, asunto que aún lo agradecen los burócratas que no trabajan y hacen puente para irse a chupar o ver la jornada doble del futbol. Sin embargo, otras opciones igualmente estremecedoras se presentan en los ámbitos escolares donde los niños hacen la representación escolar alusiva y acaban matando franceses en el simulacro de la batalla de Puebla.
La otra opción la representan las huestes liberales. Los grandes maestros de las logias masónicas gastan doscientos pesos en arreglos, y se van muy pachuchos al hemiciclo donde Juárez y la patria los contemplan mientras se dedican a dar discursos incendiarios en los que señalan que deben salvar al país y a las instituciones de los curas y otros demonios... Cosas de la primavera.
En primer lugar están los calóricos; ese grupo de compatriotas que, por alguna razón que tiene que ver con la germinación de su alma, se visten como profesores de gimnasia (en el mejor de los casos) o como lo hacía el señor de los Tepanecas (en el peor). Los calóricos son como frijolitos en flor y consideran --probablemente basados en evidencia ancestral-- que el asunto sólo tendrá sentido si se trepan a una pirámide para luego sentarse empleando una contorsión de acróbata. La mirada que aplican es equivalente a lo que los especialistas tipifican como de "ausencia sicótica".
Otra opción es probar la técnica del sahumerio, que consiste básicamente en pararse enfrente de un señor que tiene en la mano una copa en la que arde alguna sustancia sicotrópica y dejarse ahumar. El aspecto final del iniciado es el mismo que el de un pescado a la plancha.
En realidad el único daño que generan estas conductas de equinoccio es el que sufren nuestros monumentos históricos que, año con año, se enfrentan a hordas de gente en turbante que son la principal fuente de cascajo prehispánico en el país. Pensándolo bien hay otro riesgo; que algún calórico pierda la vertical y se desmadre como la Coyolxauhqui al pie de una pirámide mirando al sol de primavera.
La segunda derivación de la entrada de la primavera se da en el campo educativo, concretamente en los jardines de infantes. Supongo que algún día una vieja chota decidió que era una idea espléndida la de festejar el 21 de marzo disfrazando niños. De manera sorpresiva la idea fue aceptada unánimamente --y digo sorpresiva porque es una idiotez--.
A los pobres niños hay que vestirlos con algún disfraz alusivo a las circunstancias y entonces las abnegadas madres se pasan tres noches tronándose los dedos ante la duda de cuál será la mejor opción. Las imagino paseando nerviosas mientras piensan "¿de pajarito? ¿mariposita quizá?" Luego toman una determinación que no puede ser sino dolorosa para el infante, ya que le confeccionan un atuendo digno hijo de su pinche madre y lo mandan a la escuela en su triciclo con globitos a desfilar. El niño no se entera de nada, pero los padres llegan jubilosos, toman fotos y filman las escenas que luego serán usadas como pruebas documentales de algún acto de parricidio. Aún recuerdo entre escalofríos el traje de mariposa de mi hermana Diana; seguramente el asunto la marcó y determinó que fuera socióloga.
Cosas de la primavera.
La última derivación perversa de nuestras fiestas calendáricas se inició en la sierra de Ixtlán el 21 de marzo de 1806. Ese día nació Pablo Benito Juárez García en San Pablo Guelatao. La historia, generosa, no ha contado cómo el pastorcito perdió una oveja y del puro susto se fue a la ciudad de Oaxaca; pero ése es otro asunto. En realidad el notable tino del Benemérito consistió en nacer el día de la primavera, asunto que aún lo agradecen los burócratas que no trabajan y hacen puente para irse a chupar o ver la jornada doble del futbol. Sin embargo, otras opciones igualmente estremecedoras se presentan en los ámbitos escolares donde los niños hacen la representación escolar alusiva y acaban matando franceses en el simulacro de la batalla de Puebla.
La otra opción la representan las huestes liberales. Los grandes maestros de las logias masónicas gastan doscientos pesos en arreglos, y se van muy pachuchos al hemiciclo donde Juárez y la patria los contemplan mientras se dedican a dar discursos incendiarios en los que señalan que deben salvar al país y a las instituciones de los curas y otros demonios... Cosas de la primavera.
lunes, 29 de marzo de 2010
Los consejitos (El Financiero 1995)
La gente, ante la desgracia, tiene la terrible maña de pedir consejos; platica con los amigos, escucha a los astrólogos, va con un cura o simplemente escribe cartas a la sección "consultorio" de alguna publicación periódica. Los resultados frecuentemente son lamentables: los amigos se embriagan, los astrólogos se visten como tías, los curas nos regañan y las secciones producen respuestas como las que hoy nos ocupan.
Esta es la carta que una persona anónima mandó a la famosísima sección Consultando el corazón a cargo de María Elena Madrid (segunda de Ovaciones, 19 de diciembre de 1994).
"Estimada Sra. María Elena:
Le quiero decir lo que me pasa en estas fechas navideñas. Con tanto trabajo, luego los gastos que no puede uno afrontar, también los hijos que piden los regalos y, para colmo, la tomadera del marido... me pongo con los nervios de punta. Yo me tengo que echar toda la cena, desde la ida al mercado, para conseguir todo más fresco y barato; nadie quiere ayudar y me dicen que me pongo insoportable. Es un cansancio horroroso y ya de final los hijos cenan rápido y poquito porque tienen que ir a cenar a casa de las novias o los novios y a mí me dejan con el pesado de mi marido que ya con sus copas lo único que hace es quejarse... que estamos solos, que qué triste es la vida y dale con lo mismo toda la noche y yo lo que quiero es irme a acostar, a descansar mis pies. ¿ Estaré demasiado neuras?" La respuesta es como sigue:
"Muy estimada amiga:
Tenga la seguridad de que si sus nervios están alterados, tiene buenas razones para justificarlo. El cansancio, en último grado, produce graves trastornos emocionales, entonces si usted se sobrecarga de trabajo en estas fechas, aparte de la hipersensibilidad que se produce en esta época romántica, en todos los que celebramos la Navidad y el fin y el principio de un año, se llora y nuestra parte sensitiva está a flor de piel con los recuerdos, obligaciones, gastos, trabajo y esfuerzo que demanda toda celebración, se convierte en un verdadero agobio un festejo que lo primero que debe existir es paz y una profunda serenidad; la comida y regalos, hasta donde la salud y el bolsillo toleren; medir el trabajo y controlar las emociones para NO amargar a nadie ni a nosotros mismos. Que el esfuerzo NO nos lleve a la neurosis que después reprocharán los que están cerca de nosotros y por los que hemos hecho el esfuerzo. Cuando tenga sueño, vaya a descansar o duérmase frente a su marido. Una bella y sencilla Navidad. Su amiga: María Elena".
De la respuesta anterior se desprenden varias consideraciones: a) La Navidad es una época romántica, b) nuestra parte sensitiva está a flor de piel, c) la sintaxis está en las profundidades del océano, d) se debe dormir cuando a uno le dan ganas.
Sin embargo, podría entender perfectamente que la mujer que demanda ayuda -- llamémosla la neurótica-- se sintiera decepcionada, ya que la única recomendación concreta es la de dominarse frente al borracho de su marido.
Una respuesta respetable y efectiva se sugiere a continuación:
Querida neurótica:
a) En estas fechas navideñas no gaste un centavo en sus hijos que, como se ve, son unos sátrapas.
b) Ponga alcohol adulterado en las botellas con las que su marido inicia la tomadera... Quedará completamente calvo
c) Si no la ayudan a hacer la cena, pida pizzas hawaianas.
d) Invite a las novias y a los novios de sus hijos para que coman despacito y en cantidades abundantes.
e) Corra al pesado de su marido de la casa.
f) Para no estar triste, baile el tema navideño "Qué lindo churumbel".
g) Frótese los pies con té de valeriana.
h) Definitivamente está usted demasiado neuras.
¿ No es mejor?
Esta es la carta que una persona anónima mandó a la famosísima sección Consultando el corazón a cargo de María Elena Madrid (segunda de Ovaciones, 19 de diciembre de 1994).
"Estimada Sra. María Elena:
Le quiero decir lo que me pasa en estas fechas navideñas. Con tanto trabajo, luego los gastos que no puede uno afrontar, también los hijos que piden los regalos y, para colmo, la tomadera del marido... me pongo con los nervios de punta. Yo me tengo que echar toda la cena, desde la ida al mercado, para conseguir todo más fresco y barato; nadie quiere ayudar y me dicen que me pongo insoportable. Es un cansancio horroroso y ya de final los hijos cenan rápido y poquito porque tienen que ir a cenar a casa de las novias o los novios y a mí me dejan con el pesado de mi marido que ya con sus copas lo único que hace es quejarse... que estamos solos, que qué triste es la vida y dale con lo mismo toda la noche y yo lo que quiero es irme a acostar, a descansar mis pies. ¿ Estaré demasiado neuras?" La respuesta es como sigue:
"Muy estimada amiga:
Tenga la seguridad de que si sus nervios están alterados, tiene buenas razones para justificarlo. El cansancio, en último grado, produce graves trastornos emocionales, entonces si usted se sobrecarga de trabajo en estas fechas, aparte de la hipersensibilidad que se produce en esta época romántica, en todos los que celebramos la Navidad y el fin y el principio de un año, se llora y nuestra parte sensitiva está a flor de piel con los recuerdos, obligaciones, gastos, trabajo y esfuerzo que demanda toda celebración, se convierte en un verdadero agobio un festejo que lo primero que debe existir es paz y una profunda serenidad; la comida y regalos, hasta donde la salud y el bolsillo toleren; medir el trabajo y controlar las emociones para NO amargar a nadie ni a nosotros mismos. Que el esfuerzo NO nos lleve a la neurosis que después reprocharán los que están cerca de nosotros y por los que hemos hecho el esfuerzo. Cuando tenga sueño, vaya a descansar o duérmase frente a su marido. Una bella y sencilla Navidad. Su amiga: María Elena".
De la respuesta anterior se desprenden varias consideraciones: a) La Navidad es una época romántica, b) nuestra parte sensitiva está a flor de piel, c) la sintaxis está en las profundidades del océano, d) se debe dormir cuando a uno le dan ganas.
Sin embargo, podría entender perfectamente que la mujer que demanda ayuda -- llamémosla la neurótica-- se sintiera decepcionada, ya que la única recomendación concreta es la de dominarse frente al borracho de su marido.
Una respuesta respetable y efectiva se sugiere a continuación:
Querida neurótica:
a) En estas fechas navideñas no gaste un centavo en sus hijos que, como se ve, son unos sátrapas.
b) Ponga alcohol adulterado en las botellas con las que su marido inicia la tomadera... Quedará completamente calvo
c) Si no la ayudan a hacer la cena, pida pizzas hawaianas.
d) Invite a las novias y a los novios de sus hijos para que coman despacito y en cantidades abundantes.
e) Corra al pesado de su marido de la casa.
f) Para no estar triste, baile el tema navideño "Qué lindo churumbel".
g) Frótese los pies con té de valeriana.
h) Definitivamente está usted demasiado neuras.
¿ No es mejor?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)