domingo, 7 de marzo de 2010

Ande yo caliente... (El Financiero 1996)

Esta reflexión sobre la moda, se inició de un modo empírico hace unos días cuando me encontré a una amistad que venía vestida como la planta de la guanábana: ¿y ese modelito? pregunté siguiendo la mexicanísima costumbre de joder al prójimo “qué sabes tú, que te vistes como don Teofilito” -respondió la amistad devolviendo el golpe. El comentario fue -desgraciadamente- atinadísimo y me cerró la boca. Más tarde me quedé pensando acerca de la incapacidad congénita que poseo para establecer un vínculo conceptual con la compleja idea de “moda”.
En mi niñez, por ejemplo, bien podría haber sido considerado como un adelantado, ya que me ponía unos overoles de aviador que la gente empezó a utilizar veinte años después. El pelo me lo cortaba al estilo Paricutin, esto es, a rape en los parietales y largo en la coronilla, justo como hacen hoy los adolescentes oligofrénicos. En realidad nunca he podido establecer cuáles son los misteriosos procesos que orientan a un ser en pleno uso de facultades a ponerse un arete en el pezón o que determinan que se usen sombreritos como el que su majestad, la reina Isabel, uso ayer en la final de la eurocopa. Pero, como ya expliqué, quien soy yo para andar criticando.
La moda, desde luego, obedece a criterios cambiantes y entonces hay que adaptarse. Los verdaderos árbitros de la elegancia son aquellos que logran otear los vientos de la estética y estar siempre como don Ferruco en la Alameda, a esa categoría pertenece -según me explican- Carlos Fuentes. Otros nos conformamos con ir por la vida dando de que hablar. Ni modo.
Un breve paseo por la historia nos ofrece información aleccionadora; nuestros antepasados se vestían con plumas y son los pioneros del barroco temprano. Baste imaginar a Moctezuma recibiendo a las visitas con su penacho, que por cierto podrá ser muy bonito pero en la cabeza de un ser humano se ve horroroso, y el ejemplo lo han ofrecido históricamente nuestras representantes en concursos de belleza internacionales que con el penacho parecen artesanía de Olinalá. Los españoles trajeron las medias y unos pantalones bombachos de rayitas. Además impusieron la barba y el bigote. Se pueden reconocer en las litografías, porque usan un casco que parece carabela, pero al revés y por su inevitable tendencia a traer un indio arrastrado de los pelos.
Luego se pusieron de moda las patillas de taquero para los señores y el chongo para las damas. En el caso de los virreyes era muy bien visto utilizar una peluca con cairelitos y medallas en el saco, que podía ser azul rey o amarillo. Lo fascinante del asunto, según yo, no es como se veía la corregidora (por cierto, siempre de perfil), sino el momento en que alguna señora se soltaba el pelo y ensayaba una nueva opción ¿Qué pensaba? ¿Cuál era el primer efecto? No lo sé.
Los mexicanos, aparentemente, hemos mostrado muy poca iniciativa para diseñar nuestros propios modelitos y más bien hemos vivido a la espera de las últimas novedades para imitarlas rápidamente (el nacionalista que crea lo contrario, pregúntese a sí mismo cuando ha visto a una alemana vestida de china poblana en una calle de Munich).
En realidad lo que ha sucedido es que hemos decidido uniformarnos de acuerdo a nuestra condición gremial. Los intelectuales (no me refiero a los orgánicos que se visten en Robert´s) entran en la clasificación de “desarrapado” rápidamente, dado su gusto por prescindir de símbolos de esclavitud como las corbatas y entonces consideran un valor agregado el de vestirse con pana y fumar cigarros franceses. Los jóvenes ejecutivos utilizan trajes pastel y corbatas que parecen el arrecife de Cozumel. Para comer se guardan la corbata en la barriga. Los estudiantes -si son de Derecho- se visten como sus papás y en cambio si estudian artes plásticas, como si fueran a bailar la danza de los venados. Los académicos de la UNAM no pueden ser descritos porque no se quitan la bata... y así por el estilo.
Mi esquizofrenia ha determinado que no posea ninguna identidad gremial ¿que significa esto? que la moda y yo jamás nos entenderemos. Ni modo (again).

sábado, 6 de marzo de 2010

Salitre (El Financiero 2008)

Alguna vez un lector escéptico me mandó un correo en el que me preguntaba si todo lo que escribo que me pasa, realmente ocurre o lo invento nomás con fines narrativos. La pregunta era imbécil en sí misma pero merecía una respuesta así que contesté que para mi desgracia todo era dolorosamente cierto y que es por ello que parecía que mi obra era la de un ser humano “al que le pasan cosas”.
Existe gente que atrae personas del sexo opuesto, otros son unas chuchas cuereras para el dinero, hay a quien le caen rayos consuetudinariamente, yo simplemente atraigo desastres. El más reciente ocurrió en la precisa esquina de Minerva y Universidad cuando me dirigía a mi casa sin percatarme que un taxista jijo de la chingada se dirigía a la suya nomás que pasándose los altos. Lo impacté de costado y en ese momento pensé en cosas tan originales como la tasa de reemplazo demográfico en Chalchicomula. De inmediato y con enorme astucia el taxista procedió a –usemos un término clásico- “darse a la fuga”. Bajé del coche y traté de anotar la placa que resultó algo como “LX#$%%%#”, recogí mi defensa y me fui a mi casa para llamar al seguro. Ese fue el primer momento en que abrí la guantera y me encontré con un folleto que decía: “¿qué hacer en caso de un siniestro?”. Los consejos eran elementales pero lo más importante es que había un número telefónico. Marqué y se apareció un señor ajustador que me hizo llenar diecisiete formatos para luego marcar a su vez e informarme que yo no tenía ningún seguro contratado con ellos. Sufrí un ligero desconcierto ya que el folleto de ING no llegó a mi guantera levitando, sino lo puso ahí el señor que me vendió el carro. El ajustador elevó los ojos al cielo y me explicó que era un error más o menos común por lo que me dio el teléfono de otra compañía en la que resultó que yo estaba asegurado y de cuya existencia no tenía la menor idea.
Llegó un segundo ajustador llené nuevamente diecisiete formatos, le tomó fotos a mi coche, dijo: “esos taxistas son unos animales” y luego se fue dejándome una orden de entrada al taller.
Cuando llegué el lunes de la semana pasada a la Peugeot de Universidad me di cuenta que estaba a punto de reeditar mi relación con los prestadores de servicios que ha sido siempre anómala. En la cola había un joven con baba en las comisuras quejándose del “pésimo servicio” por lo que deduje correctamente que ya había valido madre. La señorita me explicó que les tomaría 72 horas deducir lo que a mí me había bastado medio minuto; que el coche estaba chocado y era necesario repararlo. Por lo que me pidió que llamara el jueves. Así lo hice y amablemente me informó que “no tenía línea” que ella se comunicaba cosa que por supuesto no ocurrió. El viernes tuve el gusto de ser comunicado con una contestadota que me informó que no había nadie y el sábado finalmente pude hablar con la señorita B quien me explicó esta vez que: a) no tenía la menor idea de cuándo estaría mi auto b) que mi coche no se había ido al taller todavía pero que “ya mero” c) que todo dependía de la información acerca de si contaban con las refacciones necesarias y que es por ello que me sugería comunicarme el martes para tratar de discernir una posible fecha de entrega.
Me quedé pensando en la estupidez aditiva del taxista, del señor que me vendió el coche y de la agencia ya que estaba seguro que había llevado mi auto al lugar adecuado y no al mercado de la Viga. ¿Ver si tienen refacciones? Es tan imbécil como que un peluquero niegue el servicio porque no tiene navaja de rasurar. No entiendo y jamás entenderé la razón de esta ineficacia. El hecho, querido lector, es que me he vuelto un peatón muy avezado el otro día hasta al metrobús me subí en medio de una turba. Fui tocado indistintamente por todos los pasajeros por lo que creo que estoy embarazado…cosas de la mala suerte.

viernes, 5 de marzo de 2010

Un país de burros (El Financiero 2008)

En un hecho periodístico de temporal, de cuando en cuando alguna entidad educativa internacional tiene a bien pasarnos por la tabla de manera inmisericorde lo que provoca titulares escandalosos en los que se consigna que somos un país analfabeto, que estamos en último lugar y que ya ni chingamos. Por supuesto y de inmediato se levantan voces que tratan de capear la tormenta diciendo idioteces como “no son exámenes estandarizados” o peor aún: “no hay apoyos para los maestros”. También hay quien argumenta que no tienen por qué andarnos revisarnos ya que ello viola nuestra soberanía educativa. Dios mío.
Veamos cualquiera que viva en este país y no sea pendejo se podrá dar cuenta que la institución educativa es desastrosa por diversas razones, la más conspicua es su sindicato en el que se agremian cientos de miles y que maneja los mismos niveles de honradez de los bandidos de Río Frío; las plazas se venden los líderes se corrompen y los maestros manejan información insólita “No jóvenes, los murciegalos no esisten en la cuidad”, decía mi maestro de biología sindicalizado.
De cuando en cuando uno se entera de perlas periodísticas como que la lana que se sacó de PEMEX se destinó a los aguinaldos de los profesores o que existen decenas de miles de maestros “comisionados” por lo que no se paran jamás enfrente de un grupo. (aunque esto, hay que decirlo, puede ser comprensible considerando la psicopatía de los adolescentes modernos). Ante la evidencia anterior nunca pasa nada, todo mundo se escandaliza se pega el grito en el cielo y la educación nacional sigue haciendo más agua que el Titanic.
El circo anterior está aderezado por la alta burocracia que ha sido elegida para dirigir los caminos educativos siguiendo criterios francamente misteriosos. Porque misterioso es que el yerno de la enemiga de la Secretaria sea el señor Subsecretario y más misteriosa aun es la reciente reforma educativa que ha permitido que las buenas conciencias interpelen los programas de biología ya que se comete el pecado de tratar de enseñarles a los niños que su pene no se llama pajarito y que la cigüeña es un ave zancuda y no un animal que trae a los bebés de París cargando una bolsa en el pico y con muchos trabajos.
Todo el desastre anterior se adereza con la combatividad de los maestros que cada mes de mayo deciden que sus salarios son miserables y toman por asalto la ciudad de México para realizar lo que los clásicos llaman un “plantón”. Se instalan en la calle, ponen unas lonas y se quedan dormidos todo el día hasta que sus líderes, que los arrean como se arrean las vacas, les dicen que ya consiguieron el cinco por ciento y entonces desarman la caravana y se regresan a sus casas a ponerles tarea a los niños que abandonaron por un mes.
Este panorama produce que las escuelas públicas sean tan confiables como Richard M. Nixon y nos obligan a los padres a buscar instituciones privadas en las que se cobran cuotas de tal calibre que podrían generarnos, sin la menor duda, expectativas de un Nobel de química y no de un niño recitando como tarabilla las tablas de multiplicar en la sala de la casa. Existen pagos “a la sociedad de padres” “al fideicomiso” y una madre que se llama “reinscripción” por medio de la cual uno inscribe a su retoño en un lugar al que ya estaba inscrito nomás que pagando once mil pesos. Las escuelas privadas tienen además el defecto de generar ciudadanos suecos y no mexicanos. Por lo menos eso es lo que uno observa cuando ve a un grupo de adolescentes de colegio marista hablando como idiotas, con celular en la mano y la actitud de la reina Cristina frente a sus súbditos.
Como puede verse el problema no tiene la menor solución; entre la OCDE, evaluándonos, la maestra con sus casas en San Diego, los maestros aguerridos, las autoridades pasmadas y las escuelas privadas esquilmando al que se deje, parecería que lo mejor es iniciar la ruta del autodidactismo. Ya Juan José Arreola y Tito Monterroso lo hicieron y no parece haberles ido mal.

jueves, 4 de marzo de 2010

Thalía (memorias del desneuramiento) El Financiero 2003

Lo primero que percibe uno de Thalía es que está bien buena y por algún misterio sensorial es también lo último. La ¿cantante? se inscribe en esa corriente arrasadora de jóvenes muy jóvenes que entraron en el mundo artístico con un aspecto físico de la mejor ley y con la aparente condición de establecer vínculos indisolubles con la estupidez. Para muestra basta el botón de la entrevista que Jesús Hernández le hizo ayer en las páginas de este periódico. Veamos algunos indicadores:
A la notable pregunta respecto a la posibilidad de producir lencería para las clases populares, Thalía contestó que el producto se vendía como pan caliente y además destacó el hecho de que no son (ella se incluye desde luego) tantos ricos en México. Que Dios la perdone pero tiene razón, las recientes estadísticas hablan de 40 millones de mexicanos que viven en pobreza y 14 millones por debajo de la línea de pobreza extrema. Por supuesto la preocupación de estos compatriotas no es comprar los calzones que vende Thalía. Posteriormente se le inquirió acerca de su visita a Indonesia donde su popularidad es muy alta, la cantante relató que vino un avión con los cónsules y el “señor de educación” a conocerla y a contarle que un chingamadral (la vulgaridad es mía) de indoneses la ven todas las noches y que sólo se habla de ella y de Mahoma, además que cuándo les habló en español a los notables indoneses, éstos se quedaron muy extrañados y que eso es muy bonito. Bien, si efectivamente vino el ministro a ver a Thalía, podemos entonces explicarnos la tasa de 25% de analfabetismo que tienen los indoneses, la misma variable probablemente explique también porque les gusta tanto la cantante (repito: está buena, no da clases de filosofía). El siguiente paso es imaginarse la calles de Jakarta y a Mahoma y a Thalía siendo recordados por la gente y finalmente tratar de descifrar porque Thalía encuentra bonito que unos señores que la vienen a ver no entiendan un carajo de lo que dice.
La entrevista avanza hacia el peligrosísimo terreno de la política en el que Thalía se desempeña solventemente como lo demuestra la declaración de que tuvo la maravilla de conocer (bíblicamente) al hijo del “gran presidente Díaz Ordáz” (las comillas no pueden ser más que dignas hijas de Thalía) y a través de él conoció mucho de política (no se sabe si el aprendizaje tiene que ver con instrucciones para masacrar o simplemente la mejor manera de ligarse a una folklórica). Luego habla de que su padre era un hombre cultísimo que aparece en la Enciclopedia Británica (cuya probable y única omisión fue no transferir ése tesoro cultural a sus descendientes).
Posteriormente Thalía habla de “su México” (¿por qué les dará por apropiarse del país?) y dice que su público oscila entre niños muy pequeñitos hasta abuelitos y que la ven como si fuera parte de su familia; la hija, la hermana , la novia y que cuando va en la calle lo máximo que le puede decir alguien es “qué Dios te bendiga”. En este caso hay un pequeño error conceptual. Seguramente la ¿actriz? no se ha dado cuenta que sus admiradores se encuentran en el rango que los especialistas definen como de capacidad para el ejercicio sexual y que si un señor la mira atentamente, lo menos que está pensando es que le gustaría tener una hija así. En cuanto a lo que le dicen en la calle, probablemente se deba a que Thalía no ha circulado lo suficiente ya que lo máximo que le puede decir un albañil, por ejemplo, es mucho menos sacro de lo que piensa.
El cierre monumental está dado por las pláticas de Thalía con Dios las cuáles “son maravillosas” (aquí hay que pensar en los temas que elige Dios para hablar con ésta su sierva). En ésas pláticas Thalía le cuenta a Dios que tuvo un mal pensamiento (que en su caso podría ser un pensamiento inteligente) o que le contestó mal a alguien.
Después de la entrevista y ante la popularidad de Talhía uno se queda con la sensación de que algo anda mal en México o en Indonesia (o quizá con Dios).

miércoles, 3 de marzo de 2010

Las cartas astrales (El Financiero 2003)

Estaba el otro día muy sentado comiendo con un par de amistades cuando una de ellas sacó una tarjeta de presentación -muy similar a la de unos que fueron a una fiesta de mi hija y eran payasos- y se la dio a mi otra conocencia mientras decía: “estos son los datos del astrólogo”. Supuse que había escuchado mal y que se referían a un “astrónomo” pero en diez segundos me di cuenta que la idea era más imbécil aún, porque no conozco a nadie que acuda al laboratorio del monte palomar con un especialista para preguntarle dónde carajo esta Ganímedes o si Alfa Centauro está por explotar.
El profesionista en cuestión se dedica a hacer cartas astrales por lo que muy intrigado le pregunté a mi amiga si usaba sombrero de cucurucho con lunas y estrellas y una bata de maternidad para recibir a sus clientes. Me miró muy ofendida y luego me explicó que absolutamente todo lo que este buen hombre le había dicho encajaba perfecto con su vida por lo que entonces pensé acerca de la necesidad de ir a ver a un profesional para que confirme lo que uno ya sabe, que es una buena forma de gastar el dinero. Por supuesto no sé lo que es la carta astral, ignoro cómo se produce una y lo que es peor me da lo mismo, sin embargo, la imagen que tengo es la de una especie de plano de la isla del tesoro en la que hay flechitas y flechotas y que nos orienta acerca de las decisiones a tomar en la vida que, como se sabe, están cargadas de riesgos. Lo anterior puede ser muy útil en situaciones extremas ya que uno puede justificar todas las metidas de pata culpando a los astros. De esta manera si uno, por ejemplo, se olvidó de cerrar la llave de la presa e inunda a San Juan de las Pitas, podrá establecer que como había conjunción en Marte lo que significa “mucho agua” no pudo resistir la fuerza del destino.
Otra alternativa para conocer lo que está oculto se encuentra en la tabla ouija, un tablero como del turista mundial que trae el alfabeto, los números del 1 al 10 y las palabras sí o no escritas para la ocasión. Se trata de sentarse alrededor de una mesa, apagar la luz para que se aparezca la mamá del muerto y luego buscar a alguien que tenga dotes para estos menesteres. Normalmente se ponen las puntas de los dedos sobre una madre cuyo nombre ignoro y se juega al acertijo; la pregunta más común para iniciar la sesión es ligeramente idiota: ¿estás ahí?, entonces las manos del médium se deslizan hacia el “sí” y la cosa se pone interesante. Se pueden invertir tres horas tratando de averiguar quién es el visitante y los invocadores rara vez se ponen de acuerdo. Una vez durante una sesión nunca supimos si el espíritu que se comunicaba con nosotros era el de un soldado francés del siglo XIX, el de Fanny Cano o el de la tía de uno que rea muy bruto y había propuesto el juego.
La tercera forma que conozco para averiguar el sino tiene que ver con las cartas, en este caso se trata de una barajota en la que hay una serie de personajes horrorosos y que al aparecer en cierto orden nos mandan mensajes. Así uno puede saber cosas como que la muerte anda rondando o que tendremos una experiencia amorosa ligeramente desastrosa. El problema es que cuando ello ocurre (la gente se muere a cada rato y todo mundo se divorcia) uno no culpa a los diecisiete wisquis que provocaron el choque que se llevó al difunto, o al hábito de comer rice krispis en la cama que generó la separación, sino a las pinches cartas que ya nos lo habían advertido.
Siempre he creído que la gente puede hacer de su vida un papalote y es por ello que a los astrales y quirománticos no los juzgo, nomás la describo para entender los complejos caminos que toma la mente humana ante la incertidumbre, que como puede apreciarse son, como los coyotes de Coahuila, complejos y misteriosos.