lunes, 22 de febrero de 2010

Deportes extremos (El Financiero 2002)

Existe mucha gente que se orienta como marinero fenicio en busca de los que llaman con cierta imbecilidad “el sabor de la adrenalina”, este grupo va por la vida buscando experiencias que mientras más extremas mejor, lo que supone para mí una fuente de misterios notable ya que mi sed de aventura lo más lejos que llega es a ingerir dos de chicharrón en el metro Pino Suárez.
La gente extrema ha inventado divertimentos extraordinarios que tienen la saludable intención de darle sentido a su vida urbana, el más conspicuo es amarrarse los pies a un mecate elástico y dejarse caer de cabeza de grandes alturas como puentes mientras pega de gritos. Supongo que la sensación durante la caída debe ser ligeramente fúnebre y que el agolpamiento de la sangre en la masa cerebral produce que a uno se le olvide de manera indeleble la tabla del dos; normalmente se aprecia a la gente bajando a noventa kilómetros por hora para llegar a rozar con la cabeza las aguas de un río que está cien metros más abajo. Esto a mí se me antoja tanto como pasar un fin de semana con Rodríguez Alcaine y sin embargo, ahí están los extremos haciendo cola para darle vuelo a su sed de aventura.
Otra derivación de los deportes extremos es aventarse en un cochecito de baleros por una pendiente de cuarenta y cinco grados. En este caso uno puede ver que personas adultas se suben a unos cochecitos de miriñaque, se ponen un casco y se arrancan cuesta abajo hechos la chingada. Hace no mucho fue el horrorizado espectador de uno que quedo cadáver porque se le volteó el carrito y lo primero que pensé era en la necesidad que tiene esta pobre gente hacer cosas diferentes para significarse.
Una vez durante una reunión, un adepto a este tipo de madres trataba de indoctrinarnos y convencernos de sortear los rápidos de no sé que río. Cuando le pregunté que bajo que misterio cerebral él consideraba que una experiencia así me parecería atractiva, me contestó que los deportes extremos eran el sustituto moderno de la caza de mamuts, argumento para el que ya no tuve respuesta, pero me quedé pensando que preferiría cazar un animalote a pedradas que andar nadando en la furia del Usumacinta. El problema es que nada basta; si se inventó el paracaídas una artilugio muy razonable que sirve para no hacerse papilla de un madrazo, los extremos inventan rápidamente opciones más peligrosas, como aventarse en grupo, jugar a ver quién es el último en abrir el paracaídas o hacer piruetas en equipo. Pasa lo mismo con la patineta, un aparato en el que la gente pazguata se podía transportar sin mucho riesgo; ahora se hacen competencias en las que el que no da tres vueltas en el aire y cae parado simplemente está condenado al fracaso.
Hijos de la misma madre son aquellos que realizan proezas que luego nos encasquetan en programas de televisión. Ayer vi, por ejemplo a un gordo cuya máxima virtud consiste en dejarse pasar un camión torton por la barriga y otro que es capaz de arrastrar al circo Atayde con la fuerza de su dentadura. Está también un señor que se preparó durante toda la vida para cruzar el cañón del Colorado en una motocicleta y uno que disfruta metiéndose en una caja llena de dinamita para luego explotar y quedar desmayado cinco minutos. Hay otros que por ejemplo juegan a determinar cuál es el primero que le da un beso a una serpiente de cascabel y los gringos (que son unos artesanos de este tipo de imbecilidades) han diseñado un concurso en el que sacan cincuenta serpientes venenosas en un corralito y le toman el tiempo al idiota que las tiene que meter en un saco.
¿Esta gente será imbécil? ¿Seremos imbéciles lo que pagaríamos algún dinero por admirar a estos valientes? No tengo la menor idea pero de cualquier manera desde esta humilde tribuna declaro mi absoluta y total decisión de no participar en ninguna experiencia de este tipo y hacer todo lo que esté a mi alcance por morir de viejito, en mi cama y rodeado de bisnietos malhoras.

viernes, 19 de febrero de 2010

El ocio (El Financiero 1998)

La marquesa Calderón de la Barca en sus inigualables memorias acerca de la vida en México, relata un sinfín de asuntos que me parecen interesantísimos, como que los mexicanos éramos (y somos) horribles o que el general Santa Anna era un viejo encantador. Sin embargo una de las ideas que con mayor fuerza quedan reverberando en el gusto del lector (que mamón) es la de que nuestros antepasados se lo pasaban bomba entre bailes y tardes de hueva. Transcribo a continuación uno de los pasajes del texto de doña Fanny en el que se relata parte del viaje de la marquesa a bordo del “Norma” rumbo a América: Y, entretanto fulguran las estrellas, plácidas y argentadas- Todo cuando nos rodea es suave y bello, y no hay duda sino que el Norma mismo se halla en armonía con el espectáculo que nos envuelve, balanceándose graciosamente cual blanco cisne perezoso. La imagen que queda de esta descripción es de placidez (no importa que el viaje haya sido un infierno y que la mitad de los pasajeros, que por cierto no se bañaban, haya vomitado a la otra mitad, que han de haber olido a quesadilla de huitlacoche) y ese es el punto que quisiera destacar en esta colaboración ¿Dónde han quedado la placidez y el ocio?.
Sigamos ahora al maestro Kundera con un párrafo de su libro “La lentitud”: Miro por el retrovisor: siempre el mismo coche que no consigue adelantarme por culpa del tráfico en sentido contrario. Al lado del conductor va una mujer; ¿por qué el hombre no le cuenta algo gracioso?, ¿por qué no descansa una mano en su rodilla? En lugar de eso, maldice al automovilista que, delante de él no avanza lo bastante rápido; tampoco la mujer piensa en tocar al conductor con la mano, conduce mentalmente con él, y ella también me maldice. Las dos escenas, separadas por cerca de 150 años de distancia, reflejan las perversiones del progreso y su ingenuo pero dictatorial esfuerzo por generar hombres ascéticos, modernos, dinámicos, dedicados por completo a vivir intensamente la vida. Desde luego bajo estos parámetros, todo aquel que discurra dedicar una tarde a la lectura o ver la tele, entrará limpiamente dentro de la categoría que describe su conducta: la de un hombre huevón.
En estos tiempos que nos ha tocado vivir parecería que todo aquel que no se levante al alba, se dé un baño con agua fría, trabaje catorce horas y de ahí se dirija al gimnasio para ponerse bien buenote, es un apestado. Ejemplos sobran: la gente que en un avión en lugar de embriagarse con la bebida de gorra va tecleando en su computadora, los que se llevan trabajo a la playa; los idiotas que creen que bocinando y poniendo cara harán avanzar la circulación que los exaspera. Mas ejemplos: antes los turistas se quedaban tres meses en un lugar, aprendían el dialecto local y cohabitaban con los nativos, hoy, el que no conoce 14 países de Europa en tres semanas es porque es muy bruto. Los bomberazos de las oficinas, los jadeos para llegar al banco... todos hijos de la misma perversión.
La publicidad no se libra de este enajenamiento; los anuncios para hombres de verdad nos orientan sobre la necesidad de tener un pecho 32-C; escalar montañas, saber como componer coches de mujeres buenotas o llegar al trabajo con aire de que acabamos de comprar la Coca Cola Inc. ¿Alguien ha visto un anuncio en el que el hombre moderno esté en una hamaca rascándose lo que se quiera rascar? La respuesta es no.
Por supuesto toda esta tendencia tiene que ver con el concepto del valor del tiempo y la importancia de aprovecharlo plenamente. Sin embargo, debería quedar claro que esta plenitud la puede alcanzar igualmente Nelson Rockefeller amasando millones, que el gordazo huevón ése, que murió en su cama después de no levantarse en diez años.
Cerraré este lamento invocando nuevamente a Kundera que dice: ¿Por qué habrá desaparecido el placer de la lentitud? Ay, ¿dónde estarán los paseantes de antaño? ¿Dónde estarán esos héroes holgazanes de las canciones populares? ¡Ay!

jueves, 18 de febrero de 2010

La risa (El Financiero 1998)

“Mi interés nunca ha sido hacer reír a la gente, en lo más mínimo. No creo que la risa sea sana ni interesante, ni que llene ninguna función literaria. Lo que a mí me interesa es presentar una visión de la realidad como yo la veo. No me siento comprometido con la risa, ni entregado a ella y no creo ni siquiera que la risa sea buena”. La frase anterior -que podría ser atribuida al villano Reventón o a un ogro come niños- corresponde, paradoja notable, a Jorge Ibargüengoitia y la lanzó en una entrevista que concedió a René Delgado poco antes de morir en 1983. Digo que la frase entraña una paradoja notable porque es muy probable que no exista un escritor mexicano que haya coqueteado más con el humor que el mismo Ibargüengoitia. Sin embargo, no es el propósito de esta colaboración el de ahondar en el asunto. La frase de Ibargüengoitia sólo sirve de pretexto para que yo diga lo que quiero decir, y lo que quiero decir es que a mí -a diferencia de don Jorge- la risa por supuesto me parece sana, aunque ése tampoco es el punto interesante, lo notable viene cuando se trata de entender que es lo que le produce risa a los demás.
Por algún misterio que tiene que ver con los orígenes del sadismo, nos parece, por ejemplo, muy chistoso que alguien sufra una desgracia. La misma puede consistir en hechos tan variables como irse por una coladera, ser cagado por un ave canora o como en el caso de un ex compañero de trabajo que me acabó pareciendo antipático, cuando la esposa que pesaba cien kilos se fue para atrás (como se dice vulgarmente, “de nalgas”) en el momento que se tomaba una cuba sentada en su silla. Francamente y analizando el asunto en frío no alcanzo a entender cuál es la gracia de que alguien quede con fractura expuesta, pero ese el sino de los tiempos. Ya Roura ha apuntado el notable hecho de que los programas de video se alimenten de gente que sufre percances varios y que el video premiado sea aquel en donde peor estuvo el madrazo.
Si vamos en un coche con alguna amistad y al bajar se da un tope en la cabeza, no podemos esperar a que concluya la frase de respuesta (¡hay chingaos!), cuando ya estamos desternillándonos. En estos casos (de los golpes ajenos) ocurre un hecho sociológico notable; si el que se descerebró es una persona que acabamos de conocer, la risa se diluye y rápidamente preguntamos por su estado mental, pero en cambio si es cuate o un perefecto desconocido, el impacto resulta muy cómico ¿Por qué? No tengo idea.
Ahora bien, la gente se ríe de cosas diferentes; hay quien encuentra (que los perdone Dios) muy cómica a la India María y otros consideran el asunto vergonzoso. Hay quien refiriéndose a Raúl Velasco dice: “pero que hombre tan simpático”; otros, en cambio están en media película de Buñuel y pegan la carcajada cuando el resto de los asistentes está dormido o en una actitud equivalente a la de las estatuas de marfil.
Esta característica -que gente diferente se ría de cosas diferentes- permite encontrar otras opciones, además de la de la desgracia ajena, para caracterizar de qué nos reímos los mexicanos y este es el momento de aclarar que no estoy dispuesto a repetir la mamadencia ésa de que nos reímos de la muerte, declaración que siempre me ha parecido una idiotez creada por algún vendedor de calaveritas de azúcar (si la frase es de alguna Gloria Nacional, pido desde ya una disculpa). Una fuente notable -esa sí- de risa es el ridículo ajeno. El momento que mejor ilustra esta conducta desde mi punto de vista, se refiere al día en que el maestro de psicología entró al salón 4022 de la preparatoria con la bragueta abierta. Debo decir que el tipo era brillante. Sin embargo, su exposición ha sido indeleblemente olvidada, de lo único que me acuerdo es que durante una hora entera, libré una batalla contra mi sistema facial para no carcajearme.
¿Por qué? Tampoco lo sé.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Tiempo de cine (El Financiero 2001)

Hay cosas que han evolucionado que da contento; hace ciento cincuenta años, nuestros antepasados, por ejemplo, se ahumaban con velas y tardaban tres meses en recibir una carta de los compadres, o se curaban un dolor de muelas esencialmente a madrazos. Hoy, cualquiera puede poner en su casa, si es muy pendejo, focos de neón, echar un ladazo a Namibia para saber si hay revolución o sacarse las piedras del riñón sin que le metan un tubito por donde usted se imagina. La mujeres del siglo pasado compraban vestidos con instructivo y los señores se echaban talco en una pelucas que han de haber olido a muerto. Hoy las damas van en pants al súper y los cortes masculinos son de sierrita con piquitos y gelatina de guayaba.
Esta reflexión, que de ninguna manera es nostálgica, y abreva (escribí “abreva” para demostrar que he leído) en la fuente consignataria de que todo tiempo presente es mejor, se ha originado porque hace unos días que fui al cine me quedé pensando que si algo no ha evolucionado desde su origen son las salas cinematográficas y ello no deja de ser un prodigio. Ibargüengoitia escribió: “Ir al cine es, a primera vista, lo mismo hoy que hace treinta años. Consiste en meterse en un cuarto oscuro con otras personas y ver películas proyectadas en una pantalla”. Han pasado por lo menos veinte años desde que esta afirmación se escribió y el asunto sigue igual: a uno le da la gana ir al cine , lee la cartelera en la que invariablemente vienen mal los horarios y fotos de parejas semidesnudas dándose con todo, se sube a su auto o a un democrático pesero y se arranca con la novia, la mamá, los niños o quien le dé la gana.
La llegada al cine puede tener varias derivaciones perversas, la más común es que haya una cola de cuarenta personas esperando para comprar el boleto y dos o tres revendedores (que por algún misterio se sienten gente honesta) vendiendo al doble las entradas. La segunda derivación es que uno se siente en la butaca del extremo de la fila para no estorbar y el imbécil que está a la mitad decida que quiere un gaznate a los diez minutos de iniciada la película. El tercer maleficio tiene que ver con alguien que es tan bruto que no entiende que la película se ve primero y luego se comenta y que el proceso entendido al revés no puede acarrear sino calamidades como la de que alguien se pare y le pegue un puñetazo. Una derivación más son los precios; seguramente los dueños de salas entendieron que los tiempos gloriosos donde entraban quinientos pelados a ver El padrino se han ido y en consecuencia han decidido recuperarse en la dulcería. Ahí llega uno muy normal y se encuentra con un puñado de adolescentes de la generación oligofrénica que traen un aparatito de comunicación que en lugar de recibir llamadas obscenas, emite mensajes del tipo: “están pidiendo dos bolsas de cacahuates”. Estos muchachos anuncian que las palomitas valen doce pesos lo mismo que los refrescos, reciben el dinero y lo declaran: “recibo veinte pesos”, pero lo peor de todo es que tienen cara de hueva.
Para preparar los sagrados alimentos las cosas han cambiado; ahora hay unos surtidores en los que uno le puede poner a las palomitas los ingredientes necesarios para quedarse calvo o babeando de una encefalitis equina. Los hot-dogs, saben a algo horrible que nunca he probado pero que me imagino y así nos seguimos.
Sin embargo todas estas modificaciones y conductas son externalidades, las salas siguen siendo lugares oscuros con butacas en los que la gente se sienta a ver una película. Quizá el único cambio notable es uno que me parece una muestra muy lograda de la imbecilidad humana y que tiene la siguiente cronología. a) Inician los cortos, b) la gente los mira y comenta: “hay que ver esa película”, c) acaban los cortos, d) baja el telón, e) pasan cinco segundos y f) sube el telón que hace cinco segundos estaba bajado con un gasto de energía equivalente al que deben emplear dos daneses para hacer el amor.
¿No es idiota?

martes, 16 de febrero de 2010

Una visita al zoológico (El Financiero 1998)

Cuando, en un arrebato de responsabilidad paternal, sugerí a la familia que dedicáramos la mañana del sábado para visitar el zoológico de Chapultepec, la idea fue recibida como si la hubiera emitido un genio y no este humilde servidor. Esta respuesta desgració mis expectativas de dejarlo para el próximo año (que era lo que yo realmente quería). En principio, la idea de meterme en un espacio público bajo una temperatura de cuarenta grados a la sombra, me parece igual de atractiva que la de recibir una patada en las nalgas. Además la directora del zoológico, la licenciada Hoyos, que dedica la mitad de su vida a salir en la televisión acariciando un armadillo no es precisamente la beneficiaria de todas mis simpatías. Sin embargo, ante el beneplácito familiar los planes se realizaron con la precisión de un desfile militar y a las once de la mañana ya estábamos trepados en el coche rumbo a las rejas de Chapultepec.
El primer percance fue resultado de la planificación urbana, porque entre la puerta del zoológico y el estacionamiento más cercano hay aproximadamente la misma distancia que entre la azotea de mi casa y la tropósfera. Este lamentable hecho determinó que María, Fedro, su mamá, una carreola, el biberón con agua de jamaica y un canguro, fueran depositados entre bocinazos en la entrada y que posteriormente dejara el auto en el estacionamiento para regresar entre jadeos a encontrarme con los míos. En la calzada que lleva hasta la puerta del zoológico, hay una serie de puestos en los que se venden desde garnachas hasta figuras del pandita. Los vendedores anuncian a gritos sus productos y uno de ellos, me desgració la audición ofreciendo “ricas gorditas”.
No sé si el zoológico está muy cambiado porque no me acuerdo como era antes. El de ahora es espacioso y no existe un sólo lugar para que el sol no lo deje a uno idiota. Efectivamente -como me lo habían anticipado- la posibilidad de ver animales se reduce a que estos quieran, porque en la jaulas que imitan su hábitat hay árboles hierbas y pedruzcos. Por supuesto, que si yo fuera animal haría los mismo y evitaría así que una nube de idiotas me aventaran objetos o gritaran para provocar mi respuesta.
La gente camina a lo baboso y se deja ir. Los papás, en los tonos más didácticos, tratan de explicarle a sus retoños las complejidades del mundo animal. A las 12:17 fui testigo de la siguiente conversación: MAMÁ: “mira mijito ése es uno oso”. HIJITO: “mjjj”. MAMÁ: “Gordo, ¿Cómo se llamaba el oso de Mowgli?”. PAPÁ: “Panguira”. MAMÁ: “Grítale mijo ¡Panguiiira!”.
Tratando de buscar refugio nos fuimos a sentar en una especie de fuente de sodas en la que venden hamburguesas, pizzas y memelas. Es el único lugar donde está permitido comer, lo cual por cierto me parece estupendo. Sin embargo, hubiera sido estupendo también que los arquitectos entendieran que si entran cinco mil gentes al día y hay treinta sillas para sentarse la probabilidad de que uno encuentre mesa es (digámoslo elegantemente y sin vulgaridad) pequeña. La última etapa de la visita se concentró en la jaula de los pandas. Cuando llegamos había un policía que se enfrentaba a la turba tratando de que no se treparan a una piedra que parece diseñada para que la gente se suba. Cuando María intentó observar a los pandas lo que vio fue a un gordo de cachucha, que era yo. Este curioso fenómeno se debe a que los vidrios están diseñados de tal manera que reflejan todo lo que hay afuera e impiden la visión de lo que pasa adentro. Al lado de la jaula están disecados dos pandas que me imagino fueron los primeros que llegaron y que me recordaron vagamente la mano de Obregón.
Para cruzar la calle a la salida están indicadas las líneas de cruce pero no hay semáforo, por lo que se debe confiar en que los automovilistas frenen. Así lo hicimos, un señor de un cochesote efectivamente frenó, pero el pendejo de atrás no y le desgració las calaveras ante nuestra enorme vergüenza. Es por ello que este artículo está dedicado al señor que hizo alto el sábado frente al zoológico para dejar pasar a su prójimo.