“Mi interés nunca ha sido hacer reír a la gente, en lo más mínimo. No creo que la risa sea sana ni interesante, ni que llene ninguna función literaria. Lo que a mí me interesa es presentar una visión de la realidad como yo la veo. No me siento comprometido con la risa, ni entregado a ella y no creo ni siquiera que la risa sea buena”. La frase anterior -que podría ser atribuida al villano Reventón o a un ogro come niños- corresponde, paradoja notable, a Jorge Ibargüengoitia y la lanzó en una entrevista que concedió a René Delgado poco antes de morir en 1983. Digo que la frase entraña una paradoja notable porque es muy probable que no exista un escritor mexicano que haya coqueteado más con el humor que el mismo Ibargüengoitia. Sin embargo, no es el propósito de esta colaboración el de ahondar en el asunto. La frase de Ibargüengoitia sólo sirve de pretexto para que yo diga lo que quiero decir, y lo que quiero decir es que a mí -a diferencia de don Jorge- la risa por supuesto me parece sana, aunque ése tampoco es el punto interesante, lo notable viene cuando se trata de entender que es lo que le produce risa a los demás.
Por algún misterio que tiene que ver con los orígenes del sadismo, nos parece, por ejemplo, muy chistoso que alguien sufra una desgracia. La misma puede consistir en hechos tan variables como irse por una coladera, ser cagado por un ave canora o como en el caso de un ex compañero de trabajo que me acabó pareciendo antipático, cuando la esposa que pesaba cien kilos se fue para atrás (como se dice vulgarmente, “de nalgas”) en el momento que se tomaba una cuba sentada en su silla. Francamente y analizando el asunto en frío no alcanzo a entender cuál es la gracia de que alguien quede con fractura expuesta, pero ese el sino de los tiempos. Ya Roura ha apuntado el notable hecho de que los programas de video se alimenten de gente que sufre percances varios y que el video premiado sea aquel en donde peor estuvo el madrazo.
Si vamos en un coche con alguna amistad y al bajar se da un tope en la cabeza, no podemos esperar a que concluya la frase de respuesta (¡hay chingaos!), cuando ya estamos desternillándonos. En estos casos (de los golpes ajenos) ocurre un hecho sociológico notable; si el que se descerebró es una persona que acabamos de conocer, la risa se diluye y rápidamente preguntamos por su estado mental, pero en cambio si es cuate o un perefecto desconocido, el impacto resulta muy cómico ¿Por qué? No tengo idea.
Ahora bien, la gente se ríe de cosas diferentes; hay quien encuentra (que los perdone Dios) muy cómica a la India María y otros consideran el asunto vergonzoso. Hay quien refiriéndose a Raúl Velasco dice: “pero que hombre tan simpático”; otros, en cambio están en media película de Buñuel y pegan la carcajada cuando el resto de los asistentes está dormido o en una actitud equivalente a la de las estatuas de marfil.
Esta característica -que gente diferente se ría de cosas diferentes- permite encontrar otras opciones, además de la de la desgracia ajena, para caracterizar de qué nos reímos los mexicanos y este es el momento de aclarar que no estoy dispuesto a repetir la mamadencia ésa de que nos reímos de la muerte, declaración que siempre me ha parecido una idiotez creada por algún vendedor de calaveritas de azúcar (si la frase es de alguna Gloria Nacional, pido desde ya una disculpa). Una fuente notable -esa sí- de risa es el ridículo ajeno. El momento que mejor ilustra esta conducta desde mi punto de vista, se refiere al día en que el maestro de psicología entró al salón 4022 de la preparatoria con la bragueta abierta. Debo decir que el tipo era brillante. Sin embargo, su exposición ha sido indeleblemente olvidada, de lo único que me acuerdo es que durante una hora entera, libré una batalla contra mi sistema facial para no carcajearme.
¿Por qué? Tampoco lo sé.
jueves, 18 de febrero de 2010
miércoles, 17 de febrero de 2010
Tiempo de cine (El Financiero 2001)
Hay cosas que han evolucionado que da contento; hace ciento cincuenta años, nuestros antepasados, por ejemplo, se ahumaban con velas y tardaban tres meses en recibir una carta de los compadres, o se curaban un dolor de muelas esencialmente a madrazos. Hoy, cualquiera puede poner en su casa, si es muy pendejo, focos de neón, echar un ladazo a Namibia para saber si hay revolución o sacarse las piedras del riñón sin que le metan un tubito por donde usted se imagina. La mujeres del siglo pasado compraban vestidos con instructivo y los señores se echaban talco en una pelucas que han de haber olido a muerto. Hoy las damas van en pants al súper y los cortes masculinos son de sierrita con piquitos y gelatina de guayaba.
Esta reflexión, que de ninguna manera es nostálgica, y abreva (escribí “abreva” para demostrar que he leído) en la fuente consignataria de que todo tiempo presente es mejor, se ha originado porque hace unos días que fui al cine me quedé pensando que si algo no ha evolucionado desde su origen son las salas cinematográficas y ello no deja de ser un prodigio. Ibargüengoitia escribió: “Ir al cine es, a primera vista, lo mismo hoy que hace treinta años. Consiste en meterse en un cuarto oscuro con otras personas y ver películas proyectadas en una pantalla”. Han pasado por lo menos veinte años desde que esta afirmación se escribió y el asunto sigue igual: a uno le da la gana ir al cine , lee la cartelera en la que invariablemente vienen mal los horarios y fotos de parejas semidesnudas dándose con todo, se sube a su auto o a un democrático pesero y se arranca con la novia, la mamá, los niños o quien le dé la gana.
La llegada al cine puede tener varias derivaciones perversas, la más común es que haya una cola de cuarenta personas esperando para comprar el boleto y dos o tres revendedores (que por algún misterio se sienten gente honesta) vendiendo al doble las entradas. La segunda derivación es que uno se siente en la butaca del extremo de la fila para no estorbar y el imbécil que está a la mitad decida que quiere un gaznate a los diez minutos de iniciada la película. El tercer maleficio tiene que ver con alguien que es tan bruto que no entiende que la película se ve primero y luego se comenta y que el proceso entendido al revés no puede acarrear sino calamidades como la de que alguien se pare y le pegue un puñetazo. Una derivación más son los precios; seguramente los dueños de salas entendieron que los tiempos gloriosos donde entraban quinientos pelados a ver El padrino se han ido y en consecuencia han decidido recuperarse en la dulcería. Ahí llega uno muy normal y se encuentra con un puñado de adolescentes de la generación oligofrénica que traen un aparatito de comunicación que en lugar de recibir llamadas obscenas, emite mensajes del tipo: “están pidiendo dos bolsas de cacahuates”. Estos muchachos anuncian que las palomitas valen doce pesos lo mismo que los refrescos, reciben el dinero y lo declaran: “recibo veinte pesos”, pero lo peor de todo es que tienen cara de hueva.
Para preparar los sagrados alimentos las cosas han cambiado; ahora hay unos surtidores en los que uno le puede poner a las palomitas los ingredientes necesarios para quedarse calvo o babeando de una encefalitis equina. Los hot-dogs, saben a algo horrible que nunca he probado pero que me imagino y así nos seguimos.
Sin embargo todas estas modificaciones y conductas son externalidades, las salas siguen siendo lugares oscuros con butacas en los que la gente se sienta a ver una película. Quizá el único cambio notable es uno que me parece una muestra muy lograda de la imbecilidad humana y que tiene la siguiente cronología. a) Inician los cortos, b) la gente los mira y comenta: “hay que ver esa película”, c) acaban los cortos, d) baja el telón, e) pasan cinco segundos y f) sube el telón que hace cinco segundos estaba bajado con un gasto de energía equivalente al que deben emplear dos daneses para hacer el amor.
¿No es idiota?
Esta reflexión, que de ninguna manera es nostálgica, y abreva (escribí “abreva” para demostrar que he leído) en la fuente consignataria de que todo tiempo presente es mejor, se ha originado porque hace unos días que fui al cine me quedé pensando que si algo no ha evolucionado desde su origen son las salas cinematográficas y ello no deja de ser un prodigio. Ibargüengoitia escribió: “Ir al cine es, a primera vista, lo mismo hoy que hace treinta años. Consiste en meterse en un cuarto oscuro con otras personas y ver películas proyectadas en una pantalla”. Han pasado por lo menos veinte años desde que esta afirmación se escribió y el asunto sigue igual: a uno le da la gana ir al cine , lee la cartelera en la que invariablemente vienen mal los horarios y fotos de parejas semidesnudas dándose con todo, se sube a su auto o a un democrático pesero y se arranca con la novia, la mamá, los niños o quien le dé la gana.
La llegada al cine puede tener varias derivaciones perversas, la más común es que haya una cola de cuarenta personas esperando para comprar el boleto y dos o tres revendedores (que por algún misterio se sienten gente honesta) vendiendo al doble las entradas. La segunda derivación es que uno se siente en la butaca del extremo de la fila para no estorbar y el imbécil que está a la mitad decida que quiere un gaznate a los diez minutos de iniciada la película. El tercer maleficio tiene que ver con alguien que es tan bruto que no entiende que la película se ve primero y luego se comenta y que el proceso entendido al revés no puede acarrear sino calamidades como la de que alguien se pare y le pegue un puñetazo. Una derivación más son los precios; seguramente los dueños de salas entendieron que los tiempos gloriosos donde entraban quinientos pelados a ver El padrino se han ido y en consecuencia han decidido recuperarse en la dulcería. Ahí llega uno muy normal y se encuentra con un puñado de adolescentes de la generación oligofrénica que traen un aparatito de comunicación que en lugar de recibir llamadas obscenas, emite mensajes del tipo: “están pidiendo dos bolsas de cacahuates”. Estos muchachos anuncian que las palomitas valen doce pesos lo mismo que los refrescos, reciben el dinero y lo declaran: “recibo veinte pesos”, pero lo peor de todo es que tienen cara de hueva.
Para preparar los sagrados alimentos las cosas han cambiado; ahora hay unos surtidores en los que uno le puede poner a las palomitas los ingredientes necesarios para quedarse calvo o babeando de una encefalitis equina. Los hot-dogs, saben a algo horrible que nunca he probado pero que me imagino y así nos seguimos.
Sin embargo todas estas modificaciones y conductas son externalidades, las salas siguen siendo lugares oscuros con butacas en los que la gente se sienta a ver una película. Quizá el único cambio notable es uno que me parece una muestra muy lograda de la imbecilidad humana y que tiene la siguiente cronología. a) Inician los cortos, b) la gente los mira y comenta: “hay que ver esa película”, c) acaban los cortos, d) baja el telón, e) pasan cinco segundos y f) sube el telón que hace cinco segundos estaba bajado con un gasto de energía equivalente al que deben emplear dos daneses para hacer el amor.
¿No es idiota?
martes, 16 de febrero de 2010
Una visita al zoológico (El Financiero 1998)
Cuando, en un arrebato de responsabilidad paternal, sugerí a la familia que dedicáramos la mañana del sábado para visitar el zoológico de Chapultepec, la idea fue recibida como si la hubiera emitido un genio y no este humilde servidor. Esta respuesta desgració mis expectativas de dejarlo para el próximo año (que era lo que yo realmente quería). En principio, la idea de meterme en un espacio público bajo una temperatura de cuarenta grados a la sombra, me parece igual de atractiva que la de recibir una patada en las nalgas. Además la directora del zoológico, la licenciada Hoyos, que dedica la mitad de su vida a salir en la televisión acariciando un armadillo no es precisamente la beneficiaria de todas mis simpatías. Sin embargo, ante el beneplácito familiar los planes se realizaron con la precisión de un desfile militar y a las once de la mañana ya estábamos trepados en el coche rumbo a las rejas de Chapultepec.
El primer percance fue resultado de la planificación urbana, porque entre la puerta del zoológico y el estacionamiento más cercano hay aproximadamente la misma distancia que entre la azotea de mi casa y la tropósfera. Este lamentable hecho determinó que María, Fedro, su mamá, una carreola, el biberón con agua de jamaica y un canguro, fueran depositados entre bocinazos en la entrada y que posteriormente dejara el auto en el estacionamiento para regresar entre jadeos a encontrarme con los míos. En la calzada que lleva hasta la puerta del zoológico, hay una serie de puestos en los que se venden desde garnachas hasta figuras del pandita. Los vendedores anuncian a gritos sus productos y uno de ellos, me desgració la audición ofreciendo “ricas gorditas”.
No sé si el zoológico está muy cambiado porque no me acuerdo como era antes. El de ahora es espacioso y no existe un sólo lugar para que el sol no lo deje a uno idiota. Efectivamente -como me lo habían anticipado- la posibilidad de ver animales se reduce a que estos quieran, porque en la jaulas que imitan su hábitat hay árboles hierbas y pedruzcos. Por supuesto, que si yo fuera animal haría los mismo y evitaría así que una nube de idiotas me aventaran objetos o gritaran para provocar mi respuesta.
La gente camina a lo baboso y se deja ir. Los papás, en los tonos más didácticos, tratan de explicarle a sus retoños las complejidades del mundo animal. A las 12:17 fui testigo de la siguiente conversación: MAMÁ: “mira mijito ése es uno oso”. HIJITO: “mjjj”. MAMÁ: “Gordo, ¿Cómo se llamaba el oso de Mowgli?”. PAPÁ: “Panguira”. MAMÁ: “Grítale mijo ¡Panguiiira!”.
Tratando de buscar refugio nos fuimos a sentar en una especie de fuente de sodas en la que venden hamburguesas, pizzas y memelas. Es el único lugar donde está permitido comer, lo cual por cierto me parece estupendo. Sin embargo, hubiera sido estupendo también que los arquitectos entendieran que si entran cinco mil gentes al día y hay treinta sillas para sentarse la probabilidad de que uno encuentre mesa es (digámoslo elegantemente y sin vulgaridad) pequeña. La última etapa de la visita se concentró en la jaula de los pandas. Cuando llegamos había un policía que se enfrentaba a la turba tratando de que no se treparan a una piedra que parece diseñada para que la gente se suba. Cuando María intentó observar a los pandas lo que vio fue a un gordo de cachucha, que era yo. Este curioso fenómeno se debe a que los vidrios están diseñados de tal manera que reflejan todo lo que hay afuera e impiden la visión de lo que pasa adentro. Al lado de la jaula están disecados dos pandas que me imagino fueron los primeros que llegaron y que me recordaron vagamente la mano de Obregón.
Para cruzar la calle a la salida están indicadas las líneas de cruce pero no hay semáforo, por lo que se debe confiar en que los automovilistas frenen. Así lo hicimos, un señor de un cochesote efectivamente frenó, pero el pendejo de atrás no y le desgració las calaveras ante nuestra enorme vergüenza. Es por ello que este artículo está dedicado al señor que hizo alto el sábado frente al zoológico para dejar pasar a su prójimo.
El primer percance fue resultado de la planificación urbana, porque entre la puerta del zoológico y el estacionamiento más cercano hay aproximadamente la misma distancia que entre la azotea de mi casa y la tropósfera. Este lamentable hecho determinó que María, Fedro, su mamá, una carreola, el biberón con agua de jamaica y un canguro, fueran depositados entre bocinazos en la entrada y que posteriormente dejara el auto en el estacionamiento para regresar entre jadeos a encontrarme con los míos. En la calzada que lleva hasta la puerta del zoológico, hay una serie de puestos en los que se venden desde garnachas hasta figuras del pandita. Los vendedores anuncian a gritos sus productos y uno de ellos, me desgració la audición ofreciendo “ricas gorditas”.
No sé si el zoológico está muy cambiado porque no me acuerdo como era antes. El de ahora es espacioso y no existe un sólo lugar para que el sol no lo deje a uno idiota. Efectivamente -como me lo habían anticipado- la posibilidad de ver animales se reduce a que estos quieran, porque en la jaulas que imitan su hábitat hay árboles hierbas y pedruzcos. Por supuesto, que si yo fuera animal haría los mismo y evitaría así que una nube de idiotas me aventaran objetos o gritaran para provocar mi respuesta.
La gente camina a lo baboso y se deja ir. Los papás, en los tonos más didácticos, tratan de explicarle a sus retoños las complejidades del mundo animal. A las 12:17 fui testigo de la siguiente conversación: MAMÁ: “mira mijito ése es uno oso”. HIJITO: “mjjj”. MAMÁ: “Gordo, ¿Cómo se llamaba el oso de Mowgli?”. PAPÁ: “Panguira”. MAMÁ: “Grítale mijo ¡Panguiiira!”.
Tratando de buscar refugio nos fuimos a sentar en una especie de fuente de sodas en la que venden hamburguesas, pizzas y memelas. Es el único lugar donde está permitido comer, lo cual por cierto me parece estupendo. Sin embargo, hubiera sido estupendo también que los arquitectos entendieran que si entran cinco mil gentes al día y hay treinta sillas para sentarse la probabilidad de que uno encuentre mesa es (digámoslo elegantemente y sin vulgaridad) pequeña. La última etapa de la visita se concentró en la jaula de los pandas. Cuando llegamos había un policía que se enfrentaba a la turba tratando de que no se treparan a una piedra que parece diseñada para que la gente se suba. Cuando María intentó observar a los pandas lo que vio fue a un gordo de cachucha, que era yo. Este curioso fenómeno se debe a que los vidrios están diseñados de tal manera que reflejan todo lo que hay afuera e impiden la visión de lo que pasa adentro. Al lado de la jaula están disecados dos pandas que me imagino fueron los primeros que llegaron y que me recordaron vagamente la mano de Obregón.
Para cruzar la calle a la salida están indicadas las líneas de cruce pero no hay semáforo, por lo que se debe confiar en que los automovilistas frenen. Así lo hicimos, un señor de un cochesote efectivamente frenó, pero el pendejo de atrás no y le desgració las calaveras ante nuestra enorme vergüenza. Es por ello que este artículo está dedicado al señor que hizo alto el sábado frente al zoológico para dejar pasar a su prójimo.
lunes, 15 de febrero de 2010
Tecnosexuales (refrito a falta de PC)
Me queda claro que la dilución de roles es uno de los signos que vivimos; antes era común que una familia se compusiera de una mamá un papá y tres criaturas que eran criadas ortodoxamente con el fin de perpetuar la especie. La señora no trabajaba, se dedicaba “al hogar” lo que suponía cocinar, fregar, planchar y enseñarle la tabla del dos a su prole. Esta señora se ponía un trapo en la cabeza para la brega diaria y se maquillaba para salir al cine. El esposo trabajaba, llegaba muerto en la noche, fumaba y veía el futbol con las patotas sobre la mesa de la sala.
Lo anterior es una reliquia histórica, hoy –como se sabe- las parejas pueden ser del mismo sexo e inclusive de diferente especie (como es el caso de una vieja estúpida que ha pedido la mano de su perro en matrimonio en Estados Unidos). El matrimonio no es necesario y mucho menos la generación de descendencia. Las niñas bien siguen modelos como los establecidos en un programa que se llama Sex and the city donde las cuatro protagonistas se cogen hasta al camarógrafo con plena liberalidad y los hombres jóvenes que se respetan, han encontrado una definición: metrosexual, que es el nuevo Grial por perseguir. Se me explica con toda paciencia (ya se sabe que soy un pendejo) que los metrosexuales no son violadores del subterráneo, sino en cambio, hombres que viven en grandes ciudades, invierten la mitad de su tiempo y su dinero en el cuidado corporal, son innovadores (lo que quiera que lo anterior signifique) y usan cremas y afeites para lucir rozagantes y lozanos.
Yo con todo lo anterior tengo mucha simpatía, siempre he sostenido que cada quién es libre de hacer lo que le dé la gana y si los homosexuales se quieren casar o un grupo de señores tienen interés en untarse el tarro de lancome pues santas pascuas. No creo que hagan falta más argumentos ni justificaciones. Hasta ahí estaríamos de no ser por una entrevista que tuve la oportunidad de leer con un señor que es artista y se llama Valentino Lanus en la que declara abiertamente que es tecnosexual.
Como me da mucha curiosidad saber qué chingados es eso, me devoré el interrogatorio hecho por Katy Díaz a la que imagino joven y exactamente con la lucidez , necesaria para el trabajo que desempeña.
Según esto los tecnosexuales son “aquellos hombres heterosexuales que tienen estilo, porte, buena condición física y que tienen como vicio estar al tanto de los últimos adelantos tecnológicos”
Valentino tiene una teoría (que leí con lágrimas en los ojos) para explicar su supuesta tecnosexualidad: “...la razón por la que a muchos hombres nos gusta estar pendientes de la tecnología es porque tenemos el complejo de que no podemos crear como lo hace la mujer. Es decir, las mujeres crean vida y nosotros buscamos alguna forma de crear, de inventar, yo creo que por eso nos clavamos tanto con la tecnología”.
Pucha –digo yo- completamente en la lona ante la contundencia del argumento, supongo entonces que nuestra incapacidad de traer criaturas al mundo (asunto que nunca dejaré de agradecerle a la naturaleza) explica la razón para comprar un adaptador trifásico, sin que me quede claro que tiene que ver una cosa con la otra. Nuestra incapacidad de crear vida nos orilla entonces a buscar una pentiun y una palm pilot capaz de darnos el horóscopo chino ¿es así? Francamente lo dudo pero en mi casa me enseñaron a respetar las ideas ajenas lo cual resulta un reto casi imposible cuando continúo leyendo (de la mano de la entrevistadora que nos explica que a Valentino le gusta observar con detenimiento las estrellas y por eso tiene un sofisticado telescopio): “fíjate que soy muy romántico, me encanta la astronomía, me encanta escribir, ver atardeceres y de hecho así empezó mi pasión por la fotografía, porque cuando veía un atardecer decía: ¿por qué se tiene que ir esto, por qué no se puede quedar?
Imaginándome el romanticismo de Galileo Galilei y de Copérnico me quedo reflexionando sobre mi incapacidad congénita para la vida moderna y lo único que me queda claro es que además de la pasión por la tecnología necesitan de una amplia dosis de imbecilidad que en este caso ha sido debidamente acreditada (para todos aquellos que se interesan en los vaivenes de la moda).
Lo anterior es una reliquia histórica, hoy –como se sabe- las parejas pueden ser del mismo sexo e inclusive de diferente especie (como es el caso de una vieja estúpida que ha pedido la mano de su perro en matrimonio en Estados Unidos). El matrimonio no es necesario y mucho menos la generación de descendencia. Las niñas bien siguen modelos como los establecidos en un programa que se llama Sex and the city donde las cuatro protagonistas se cogen hasta al camarógrafo con plena liberalidad y los hombres jóvenes que se respetan, han encontrado una definición: metrosexual, que es el nuevo Grial por perseguir. Se me explica con toda paciencia (ya se sabe que soy un pendejo) que los metrosexuales no son violadores del subterráneo, sino en cambio, hombres que viven en grandes ciudades, invierten la mitad de su tiempo y su dinero en el cuidado corporal, son innovadores (lo que quiera que lo anterior signifique) y usan cremas y afeites para lucir rozagantes y lozanos.
Yo con todo lo anterior tengo mucha simpatía, siempre he sostenido que cada quién es libre de hacer lo que le dé la gana y si los homosexuales se quieren casar o un grupo de señores tienen interés en untarse el tarro de lancome pues santas pascuas. No creo que hagan falta más argumentos ni justificaciones. Hasta ahí estaríamos de no ser por una entrevista que tuve la oportunidad de leer con un señor que es artista y se llama Valentino Lanus en la que declara abiertamente que es tecnosexual.
Como me da mucha curiosidad saber qué chingados es eso, me devoré el interrogatorio hecho por Katy Díaz a la que imagino joven y exactamente con la lucidez , necesaria para el trabajo que desempeña.
Según esto los tecnosexuales son “aquellos hombres heterosexuales que tienen estilo, porte, buena condición física y que tienen como vicio estar al tanto de los últimos adelantos tecnológicos”
Valentino tiene una teoría (que leí con lágrimas en los ojos) para explicar su supuesta tecnosexualidad: “...la razón por la que a muchos hombres nos gusta estar pendientes de la tecnología es porque tenemos el complejo de que no podemos crear como lo hace la mujer. Es decir, las mujeres crean vida y nosotros buscamos alguna forma de crear, de inventar, yo creo que por eso nos clavamos tanto con la tecnología”.
Pucha –digo yo- completamente en la lona ante la contundencia del argumento, supongo entonces que nuestra incapacidad de traer criaturas al mundo (asunto que nunca dejaré de agradecerle a la naturaleza) explica la razón para comprar un adaptador trifásico, sin que me quede claro que tiene que ver una cosa con la otra. Nuestra incapacidad de crear vida nos orilla entonces a buscar una pentiun y una palm pilot capaz de darnos el horóscopo chino ¿es así? Francamente lo dudo pero en mi casa me enseñaron a respetar las ideas ajenas lo cual resulta un reto casi imposible cuando continúo leyendo (de la mano de la entrevistadora que nos explica que a Valentino le gusta observar con detenimiento las estrellas y por eso tiene un sofisticado telescopio): “fíjate que soy muy romántico, me encanta la astronomía, me encanta escribir, ver atardeceres y de hecho así empezó mi pasión por la fotografía, porque cuando veía un atardecer decía: ¿por qué se tiene que ir esto, por qué no se puede quedar?
Imaginándome el romanticismo de Galileo Galilei y de Copérnico me quedo reflexionando sobre mi incapacidad congénita para la vida moderna y lo único que me queda claro es que además de la pasión por la tecnología necesitan de una amplia dosis de imbecilidad que en este caso ha sido debidamente acreditada (para todos aquellos que se interesan en los vaivenes de la moda).
sábado, 13 de febrero de 2010
Intelectuales (El Financiero 1989)
Me imagino que los servicios diplomáticos de todos los países del mundo tienen un librito o un manual en el que se explican las costumbres planetarias y que recomiendan cosas como ver a los ojos de una princesa de Bora Bora que trae los pectorales de fuera, o usar el cuchillo correcto en el baile de los reyes de Bélgica. Me imagino también que en el caso de México hay un apartado así de grande en el que se advierte a reyes, presidentes o primeros ministros que todo aquel que llegue a estas nuestras nacionales tierras, se enfrentará a una serie de ritos ignotos que pueden poner su vida en peligro.
El primero y más conspicuo consiste en calarle al ilustre visitante un sombrero de mariachi ¿para qué? Lo ignoro, como ignoro el destino que tendrá tal atuendo al regreso. El manual debe ilustrar también sobre los niños que van en bola con la banderita visitante, así como de las visitas que se hacen a los sitios menos visitables del mundo, como una fábrica de latas o de mofles de motocicleta. Me imagino, también que el librito de marras advierte sobre la necesidad de usar tapones en los oídos ya que un matracazo a traición es estímulo suficiente para desgraciarle la trompa de Eustaquio al más pintado. Cuando el visitante regresa a su avión se tiene previsto el suero y un destino turístico para reponerse de la faena.
Sin embargo, y aunque usted no lo crea querido lector, el tema de esta semana no es el de las visitas presidenciales, sino de una parte del rito que siempre ha llamado mi atención por bizarro; el de la cita del visitante con los intelectuales. Alguna vez mi padre viajó a Argentina, lo mismo que un centenar de gorrones invitados por el presidente Echeverría, todos ellos tenían un común denominador: eran “intelectuales” (lo pongo así, entre comillas, porque ignoro el significado del término). La mayoría de estos señores, entre los que se contaban varias glorias nacionales hicieron lo que la lógica obligaba y vivieron en completo estado de ebriedad varios días y de regreso se pararon a fayuquear todo lo que pudieron. Digo que era lógico porque yo hubiera hecho lo mismo. Después de todo, ¿qué se esperaba de estos señores? ¿Qué escribieran sonetos o esculpieran estatuas de jueves a domingo? ¿Qué entendieran las relaciones culturales entre ambos pueblos? Lo dicho: pura gorra. El único saldo palpable de tal visita no es una escuela en Buenos Aires que se llame Benito Juárez o un programa establecido de intercambio cultural, sino una televisión portátil que se descompuso quince años después y que le vendimos al ropavejero.
Pero, perdone usted, este tampoco es el tema, lo que quiero discutir es una pregunta simple pero perturbadora: ¿qué carajos es un intelectual? Lo que uno se imagina de inmediato es que por tal término debe entenderse a un señor que se las sabe de todas todas y que ha destacado en alguna rama artística ¿por qué rama artística? Misterio de nuevo. Dos problemas percibo, el primero es que nadie se describe a sí mismo como “intelectual” ya que no solo suena inmodesto, sino ridículo. La paradoja es que son tan brutos que les encanta que los demás sí los describan de ésa manera. El segundo problema se encuentra en el sistema de acreditación; ¿quién es el que califica al resto dentro de la categoría de “intelectual”? Absolutamente nadie, parecería que tal mérito se obtiene con el paso de los años por lo que nuestra grey del intelecto debe sumar más años que la era Cenozoica, asunto con el que no tengo nada en contra aunque no comparta la idea de que la vejez implica mérito alguno, como no lo implica ser adolescente o de Michoacán.
En fin, propongo que en el siguiente desayuno de intelectuales, nos presentemos, en una acto de sabotaje, todos los que podamos con el fin de obligar a alguien a explicarnos porque los que se están comiendo medio kilo de machaca caben en la definición y nosotros no... Sería buenísimo.
El primero y más conspicuo consiste en calarle al ilustre visitante un sombrero de mariachi ¿para qué? Lo ignoro, como ignoro el destino que tendrá tal atuendo al regreso. El manual debe ilustrar también sobre los niños que van en bola con la banderita visitante, así como de las visitas que se hacen a los sitios menos visitables del mundo, como una fábrica de latas o de mofles de motocicleta. Me imagino, también que el librito de marras advierte sobre la necesidad de usar tapones en los oídos ya que un matracazo a traición es estímulo suficiente para desgraciarle la trompa de Eustaquio al más pintado. Cuando el visitante regresa a su avión se tiene previsto el suero y un destino turístico para reponerse de la faena.
Sin embargo, y aunque usted no lo crea querido lector, el tema de esta semana no es el de las visitas presidenciales, sino de una parte del rito que siempre ha llamado mi atención por bizarro; el de la cita del visitante con los intelectuales. Alguna vez mi padre viajó a Argentina, lo mismo que un centenar de gorrones invitados por el presidente Echeverría, todos ellos tenían un común denominador: eran “intelectuales” (lo pongo así, entre comillas, porque ignoro el significado del término). La mayoría de estos señores, entre los que se contaban varias glorias nacionales hicieron lo que la lógica obligaba y vivieron en completo estado de ebriedad varios días y de regreso se pararon a fayuquear todo lo que pudieron. Digo que era lógico porque yo hubiera hecho lo mismo. Después de todo, ¿qué se esperaba de estos señores? ¿Qué escribieran sonetos o esculpieran estatuas de jueves a domingo? ¿Qué entendieran las relaciones culturales entre ambos pueblos? Lo dicho: pura gorra. El único saldo palpable de tal visita no es una escuela en Buenos Aires que se llame Benito Juárez o un programa establecido de intercambio cultural, sino una televisión portátil que se descompuso quince años después y que le vendimos al ropavejero.
Pero, perdone usted, este tampoco es el tema, lo que quiero discutir es una pregunta simple pero perturbadora: ¿qué carajos es un intelectual? Lo que uno se imagina de inmediato es que por tal término debe entenderse a un señor que se las sabe de todas todas y que ha destacado en alguna rama artística ¿por qué rama artística? Misterio de nuevo. Dos problemas percibo, el primero es que nadie se describe a sí mismo como “intelectual” ya que no solo suena inmodesto, sino ridículo. La paradoja es que son tan brutos que les encanta que los demás sí los describan de ésa manera. El segundo problema se encuentra en el sistema de acreditación; ¿quién es el que califica al resto dentro de la categoría de “intelectual”? Absolutamente nadie, parecería que tal mérito se obtiene con el paso de los años por lo que nuestra grey del intelecto debe sumar más años que la era Cenozoica, asunto con el que no tengo nada en contra aunque no comparta la idea de que la vejez implica mérito alguno, como no lo implica ser adolescente o de Michoacán.
En fin, propongo que en el siguiente desayuno de intelectuales, nos presentemos, en una acto de sabotaje, todos los que podamos con el fin de obligar a alguien a explicarnos porque los que se están comiendo medio kilo de machaca caben en la definición y nosotros no... Sería buenísimo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)