En estas páginas de manera consuetudinaria he externado mis quejas por el trato posmoderno que recibimos los fumadores a manos de la gente moderna y sana que se dedica a la también saludable tarea de estar chingando con que vamos a agarrar un enfisema o con que los infantes son fumadores pasivos que no merecen tal destino. Esta ofensiva ha tenido la tenacidad del cangrejo; primero redujeron los lugares para poder fumar, los aviones, algunos hoteles y muchos restaurantes se volvieron territorios “libres de humo”. El segundo elemento de la blitzkrieg nicotínica es social y se fundamenta en la cara de asco que los que no fuman han aprendido a hacer cada que uno saca un cigarro, por lo que en consecuencia se tiene que fumar mirando al techo y con el alma en vilo para no andar dando molestias.
El día de hoy los fumadores hemos capitulado, lo mismo que Napoleón en Waterloo. No tenemos más remedio que admitir que las armas puritanas se han cubierto de gloria y simplemente nos han pasado por encima como los españoles a los aztecas por lo que me declaro listo para que me quemen los pies con leña de ocote. La reciente aprobación de los diputados locales para impedir que se fume en lugares cerrados ha entrado en vigor y será menester prever efectos que los legisladores (inútiles e impreparados) no tomaron en cuenta. El primero y más obvio es el chiquero que se ha formado afuera de los bares donde la gente sale a fumar ya que, dado que los mexicanos no somos precisamente un monumento a la pulcritud, muy pronto la banqueta se ha convertido en un asco vergonzoso. Un segundo efecto lo documenta el semanario inglés The Economist que analizando una ley similar en ciento veinte condados gringos encontró que la tasa de accidentes mortales se elevó en un 13% debido a que los fumadores compulsivos, que además son borrachos viajaban a condados donde la prohibición no existe y se mataban de regreso. Sin embargo el efecto más dramático desde mi punto de vista tiene que ver con nuestros usos y costumbres; no me puedo imaginar un bar con cuatro amigos jugando dominó y tomando cubas en un ambiente aséptico. Lo mismo pasa cuando recuerdo a una amiga que como arma de seducción tomaba la mano de quien le prendía el cigarro y lo miraba a los ojos. El efecto era simplemente demoledor.
El viernes fue mi primer día de veto, fui invitado por queridos amigos a un lugar en el centro de Coyoacán en el que ya había entrado en vigor la restricción. Nos sentamos con la misma cara que pondría el Güero Palma si lo privaran del producto con el que comercia y pedimos una botella de mezcal. Cuando íbamos por la mitad los estragos ya eran evidentes, un amigo muy querido empezó a masticar cacahuates e ingirió aproximadamente tres mil kilocalorías mientras le sudaban las manos, otro lo que masticó fue una veladora y un servidor en posición zan envió mentadas de madre a los autores de la idea. Cuando llegamos a la media botella todo mundo le mentaba la madre al gobierno local y a los del mundo unido; “son chingaderas” era el comentario recurrente. Ya para el final y hermanados por la causa, cantamos la canción huasteca, decidimos que deberíamos emigrar a un país premoderno, aunque en este caso no fue sencillo dirimir cuál, pagamos la cuenta y salimos a la “terraza del lugar” con el sano fin no de fumarnos los cigarros sino los dedos.
Decidimos en masa que aquello no era vida, que el multicitado lugar se privaría de nuestra futura presencia y que todo aquelarre que se nos diera la gana organizar se planearía en la casa de alguno de nosotros para evitar esos sofocones. También nos dimos cuenta que somos el equivalente moderno del último mohicano ya que no tardan en mandar poner detectores de humo en las casas para evitar que uno atente contra la salud colectiva. Para variar me quedé pensando en el mal tino que tengo para ser el hombre equivocado en el tiempo más incorrecto (debería decir “correcto”) posible. Cosas de la mala suerte.
lunes, 11 de enero de 2010
sábado, 9 de enero de 2010
Maldiciones hidráulicas Milenio (2007)
Leí con mucho azoro que un grupo de jovenazos con una capacidad cerebral equivalente a la de la podadora de pasto que hay en mi casa, se apersonaron en una inauguración de Marcelo Ebrard, le arrebataron el micrófono (imaginar jóvenes arrebatando micrófonos) y protestaron por la visita del señor Gore a nuestras tierras bajo el sorprendente argumento de que “el cambio climático es una falacia”.
Muy bien, no pienso discutir con esta nube de idiotas lo que es evidente día a día. Hoy que prendí la televisión me encontré a una viejita arrastrada en una especie de colchoneta inflable surcando las aguas del Támesis, nomás que en la ciudad de Oxford. Acto seguido me enteré que en China Nuevo León (un nombre misterioso) el agua se les metió a traición en las viviendas y dejó salas y comedores oliendo a albañal. Luego fui el mudo testigo de que en La Paz Bolivia cayó una nevada inédita. En este caso, las imágenes nos mostraban a un señor con alma de niño, es decir un mamonazo, que hacía piruetas con un copo de nieve en la cabeza y a una niña que descerebraba a su probable padre de un bolazo en el parietal. La última nota era de unos señores turcos que estaban tomando helado mientras el locutor anunciaba que las temperaturas oscilaban (¿por qué dicen “oscilaban”?) en los 41 grados.
Sin embargo, estas escenas no se comparan en lo más mínimo con las que uno vive en carne propia en esta noble y leal ciudad de México cada que cae el agua como ha caído en fechas recientes. Mi casa por ejemplo, es un espacio en el que los conceptos H2O y electricidad son profundamente excluyentes. Nomás veo la primera gota y me apresuro a salvar la información de la computadora, sacar las velas y ponerme unas botas ridículas pero eficaces. Acto seguido se va la luz por medio minuto, regresa para luego abandonarme de manera definitiva las siguientes dos horas. En ese momento me trato de imaginar esperanzado a un señor de luz y fuerza luchando contra la furia de los elementos mientras intenta reconectar el cable de mi casa y luego me quedo dormido.
Los capitalinos enfrentamos las lluvias con la misma resignación que lo señores que viven en Kansas los tornados que se llevan sus casas con rumbo a la chingada. Cuando empieza la temporada salen como hormigas unos señores con iniciativa comercial que venden paraguas de a diez pesos y que tiene la particularidad de desfondarse al primer embate. Otros siguen una técnica sorprendente ya que empiezan a correr por lo que supongo que ellos suponen que así se mojarán menos. Otra extravagancia hidráulica es la de poner la palma de la mano extendida hacia el cielo para determinar si está lloviendo lo que muestra que en materia de iniciativa nuestra raza mexica es incomparable.
En el Distrito Federal las aguas acarrean desgracias múltiples, dentro de las más señaladas está la caída de unos eucaliptos así de grandes que normalmente hacen mierda un auto vacío o el tinaco de la casa del vecino en el mejor de los casos. También se puede apreciar el prodigio de una coladera que se convierte –paradoja de paradojas- en fuente que lanza al aire un chorro de agua aderezado con lo que los clásicos llaman “coliformes fecales” que no son otra cosa que caca Finalmente las imágenes televisivas nos presentan ad nauseaum a gente menesterosa que lo ha perdido todo y que se queja de que las autoridades no los apoyan, mientras sacan unos colchones mojados que deben pesar lo mismo que un tsuru sedán.
En fin, aparentemente vivimos en la paradoja milenaria de una ciudad que se inunda porque pasó la mosca mientras en Iztapalapa reciben agua por medio del tandeo cada que Dios quiere, yo, que soy ejemplarmente pendejo para estas cuestiones, no entiendo la razón por la cual a nadie se le ha ocurrido recolectar estos diluvios y utilizarlos de nuevo, pero ello se debe esencialmente a que mi capacidad analítica desfallece cuando no hay luz, evento que ocurrirá en exactamente medio minuto, así que salvaré esta colaboración mientras me despido de usted.
Muy bien, no pienso discutir con esta nube de idiotas lo que es evidente día a día. Hoy que prendí la televisión me encontré a una viejita arrastrada en una especie de colchoneta inflable surcando las aguas del Támesis, nomás que en la ciudad de Oxford. Acto seguido me enteré que en China Nuevo León (un nombre misterioso) el agua se les metió a traición en las viviendas y dejó salas y comedores oliendo a albañal. Luego fui el mudo testigo de que en La Paz Bolivia cayó una nevada inédita. En este caso, las imágenes nos mostraban a un señor con alma de niño, es decir un mamonazo, que hacía piruetas con un copo de nieve en la cabeza y a una niña que descerebraba a su probable padre de un bolazo en el parietal. La última nota era de unos señores turcos que estaban tomando helado mientras el locutor anunciaba que las temperaturas oscilaban (¿por qué dicen “oscilaban”?) en los 41 grados.
Sin embargo, estas escenas no se comparan en lo más mínimo con las que uno vive en carne propia en esta noble y leal ciudad de México cada que cae el agua como ha caído en fechas recientes. Mi casa por ejemplo, es un espacio en el que los conceptos H2O y electricidad son profundamente excluyentes. Nomás veo la primera gota y me apresuro a salvar la información de la computadora, sacar las velas y ponerme unas botas ridículas pero eficaces. Acto seguido se va la luz por medio minuto, regresa para luego abandonarme de manera definitiva las siguientes dos horas. En ese momento me trato de imaginar esperanzado a un señor de luz y fuerza luchando contra la furia de los elementos mientras intenta reconectar el cable de mi casa y luego me quedo dormido.
Los capitalinos enfrentamos las lluvias con la misma resignación que lo señores que viven en Kansas los tornados que se llevan sus casas con rumbo a la chingada. Cuando empieza la temporada salen como hormigas unos señores con iniciativa comercial que venden paraguas de a diez pesos y que tiene la particularidad de desfondarse al primer embate. Otros siguen una técnica sorprendente ya que empiezan a correr por lo que supongo que ellos suponen que así se mojarán menos. Otra extravagancia hidráulica es la de poner la palma de la mano extendida hacia el cielo para determinar si está lloviendo lo que muestra que en materia de iniciativa nuestra raza mexica es incomparable.
En el Distrito Federal las aguas acarrean desgracias múltiples, dentro de las más señaladas está la caída de unos eucaliptos así de grandes que normalmente hacen mierda un auto vacío o el tinaco de la casa del vecino en el mejor de los casos. También se puede apreciar el prodigio de una coladera que se convierte –paradoja de paradojas- en fuente que lanza al aire un chorro de agua aderezado con lo que los clásicos llaman “coliformes fecales” que no son otra cosa que caca Finalmente las imágenes televisivas nos presentan ad nauseaum a gente menesterosa que lo ha perdido todo y que se queja de que las autoridades no los apoyan, mientras sacan unos colchones mojados que deben pesar lo mismo que un tsuru sedán.
En fin, aparentemente vivimos en la paradoja milenaria de una ciudad que se inunda porque pasó la mosca mientras en Iztapalapa reciben agua por medio del tandeo cada que Dios quiere, yo, que soy ejemplarmente pendejo para estas cuestiones, no entiendo la razón por la cual a nadie se le ha ocurrido recolectar estos diluvios y utilizarlos de nuevo, pero ello se debe esencialmente a que mi capacidad analítica desfallece cuando no hay luz, evento que ocurrirá en exactamente medio minuto, así que salvaré esta colaboración mientras me despido de usted.
miércoles, 6 de enero de 2010
Dios mío (El Financiero 2004)
He dicho ya en muchas ocasiones que soy un televidente con cierto grado de adicción. Normalmente en la noche me despatarro en la cama y empieza la titánica labor de hallar algo interesante y digo titánica porque entre las variadas opciones se cuentan programas en que un grupo de imbéciles corretean a los famosos para exasperarlos, hay otro donde pasan películas de la India María y está también el canal del congreso, que es tan ameno como una charla con mi tía Eustaquia.
De hecho el otro día se me fue el sueño pues sintonicé un programa conducido por Jorge Ortiz de Pinedo en el que se simula una escuela y todos hablan como idiotas mientras se dan reglazos. Mi conclusión es que no tenemos remedio, cosa que confirmé cuando el señor De Pinedo declaró muy orgulloso que es una especie de pionero de la comedia mexicana y tiene muy altos puntos de rating.
Dentro del ramillete de opciones se cuenta big brother, esa madre diseñada por un hombre que considero imbécil y que por pura paradoja parece que es listísimo. Porque hay que ser listo para diseñar el programa y luego forrarse de millones a costa de la avidez voyeurista de la gente bruta. De hecho, me entero que el fenómeno es global y que la réplica de esta porquería pasa en varios países lo que nos muestra que la estupidez es un bien compartido sin distinción de nacionalidades ni credos.
El formato del programa es notable; se meten diez o doce personas en una casa a huevonear y de cuando en cuando pasar pruebas diseñadas por el doctor Mengele, consistentes en meterse en un coche o tirarse al agua en calzones. Entiendo que la primera prueba que tuvieron que pasar fue la de “acampar” mientras eran maltratados por un señor que es militar, supongo que se necesita ser idiota para aceptar una cosa así, pero el hecho es que todos se disfrazaron de soldados y aceptaron gustosos el reto.
La idea se complementa con hacer que personajes “famosos” (en su casa los conocen) sean los protagonistas. Entonces uno puede ver cosas tan interesantes como a un señor lavándose los dientes, otro que se asolea en una hamaca o a un grupo de viejas chotas discutiendo si las inyecciones en los labios son o no peligrosas.
El elenco es escogido supongo que siguiendo un criterio de interés público; siempre hay una o dos buenonas que enseñan el chicharrón, hay galanes de torso inapelable, dos o tres señores que se supone son cómicos y algún personaje misceláneo que nadie conoce y que invariablemente es el primero en salir.
Es cuestión de tiempo para que la cosa se ponga grotesca, las buenonas a los tres días ya parecen las mamás del muerto porque se dejaron de acicalar, los galanes se ponen de un humor de la tiznada y los pleitos arrecian por asuntos profundísimos, en los que los protagonistas nos muestran un montón de cosas, la más conspicua es que no acabaron la primaria.
Vienen las nominaciones y el grupo empieza ser reducido como en la canción de los perritos. La gente idiota habla para evitar que salga su favorito y los expulsados siempre salen con muy buena cara a recibir la derrota como si les diera un gusto enorme. En la ceremonia alusiva son recibidos por los seres queridos y lloran generando un espectáculo muy emotivo y por demás lamentable.
En la última versión se ha armado la polémica porque el señor Kahwagi, diputado federal y líder del partido verde en la cámara decidió entrar. A mí el asunto no me produce ninguna estupefacción y sí por el contrario me parece normal y congruente. Lo que me parecería extraordinario es que el diputado ofreciera una sola idea en el ámbito legislativo, es por ello que considero muy adecuada su decisión de entrar a la casa. Ello tiene la ventaja de que así evito escucharlo o verlo durante unas semanitas con la sola técnica de apagar la televisión y ello nunca dejaré de agradecerlo.
De hecho el otro día se me fue el sueño pues sintonicé un programa conducido por Jorge Ortiz de Pinedo en el que se simula una escuela y todos hablan como idiotas mientras se dan reglazos. Mi conclusión es que no tenemos remedio, cosa que confirmé cuando el señor De Pinedo declaró muy orgulloso que es una especie de pionero de la comedia mexicana y tiene muy altos puntos de rating.
Dentro del ramillete de opciones se cuenta big brother, esa madre diseñada por un hombre que considero imbécil y que por pura paradoja parece que es listísimo. Porque hay que ser listo para diseñar el programa y luego forrarse de millones a costa de la avidez voyeurista de la gente bruta. De hecho, me entero que el fenómeno es global y que la réplica de esta porquería pasa en varios países lo que nos muestra que la estupidez es un bien compartido sin distinción de nacionalidades ni credos.
El formato del programa es notable; se meten diez o doce personas en una casa a huevonear y de cuando en cuando pasar pruebas diseñadas por el doctor Mengele, consistentes en meterse en un coche o tirarse al agua en calzones. Entiendo que la primera prueba que tuvieron que pasar fue la de “acampar” mientras eran maltratados por un señor que es militar, supongo que se necesita ser idiota para aceptar una cosa así, pero el hecho es que todos se disfrazaron de soldados y aceptaron gustosos el reto.
La idea se complementa con hacer que personajes “famosos” (en su casa los conocen) sean los protagonistas. Entonces uno puede ver cosas tan interesantes como a un señor lavándose los dientes, otro que se asolea en una hamaca o a un grupo de viejas chotas discutiendo si las inyecciones en los labios son o no peligrosas.
El elenco es escogido supongo que siguiendo un criterio de interés público; siempre hay una o dos buenonas que enseñan el chicharrón, hay galanes de torso inapelable, dos o tres señores que se supone son cómicos y algún personaje misceláneo que nadie conoce y que invariablemente es el primero en salir.
Es cuestión de tiempo para que la cosa se ponga grotesca, las buenonas a los tres días ya parecen las mamás del muerto porque se dejaron de acicalar, los galanes se ponen de un humor de la tiznada y los pleitos arrecian por asuntos profundísimos, en los que los protagonistas nos muestran un montón de cosas, la más conspicua es que no acabaron la primaria.
Vienen las nominaciones y el grupo empieza ser reducido como en la canción de los perritos. La gente idiota habla para evitar que salga su favorito y los expulsados siempre salen con muy buena cara a recibir la derrota como si les diera un gusto enorme. En la ceremonia alusiva son recibidos por los seres queridos y lloran generando un espectáculo muy emotivo y por demás lamentable.
En la última versión se ha armado la polémica porque el señor Kahwagi, diputado federal y líder del partido verde en la cámara decidió entrar. A mí el asunto no me produce ninguna estupefacción y sí por el contrario me parece normal y congruente. Lo que me parecería extraordinario es que el diputado ofreciera una sola idea en el ámbito legislativo, es por ello que considero muy adecuada su decisión de entrar a la casa. Ello tiene la ventaja de que así evito escucharlo o verlo durante unas semanitas con la sola técnica de apagar la televisión y ello nunca dejaré de agradecerlo.
martes, 5 de enero de 2010
Poseídos por el ritmo (El Financiero 2004)
La mayor evidencia de que los mexicanos somos gente adicta al baile se manifiesta en las bodas. Normalmente sucede que la nube de gorrones llega a un salón enorme en el que se habilitan mesas para diez personas que, si tienen suerte, se conocen y en caso contrario, entablan conversaciones ligeramente idiotas por la necesidad de convivir a huevo por lo que se buscan temas genéricos, como las lluvias, el desempeño de la selección o lo guapa que se ve la novia.
Entran los meseros bailando por medio de un rito incomprensible y se sirve una comida que normalmente está fría (imagino al cocinero enfrente de una olla industrial mentando madres) y luego se procede a pedirle a los novios que inauguren la pista para bailar una canción que ellos eligieron previamente y que puede ser el gustado tema “Castillos de hielo” (una mamada) o peor aún “Bailar pegados” una canción en la que el protagonista practica la zoofilia con los delfines. Acto seguido se pide a los padres de los novios (unos viejitos) que se incorporen, si ha habido divorcios la cosa se complica porque ya no queda claro quién debe bailar con quién. El caso es que a los tres minutos, la orquesta se arranca con diversos temas agrupados rítmicamente.
Un primero universo musical está representado por algo que a mí me causa mucho estupor ya que se trata de pasos dobles, señaladamente de los legendarios “Churumbeles de España”, en ese momento y si alcanzó el presupuesto se le reparten a los invitados unos gorritos que yo solo le he visto a Tiro Loco Mc Graw en los que salen unas bolitas del ala del sombrero. La gente inmediatamente se separa y empieza a aplaudir como gitano mientras da taconazos que desgracian el parquet. Es notable ver las evoluciones de el pie veterano que evidentemente ha bailado estas melodías desde el precámbrico y navega por la pista como los delfines del atraco zoofílico.
Luego viene una sección de rock nacional que también resulta notable, porque notable es ver a un señor de edad sudando la gota gorda y manipulando a su pareja como se manipula una pirinola de Apatzingan al ritmo de los Teen tops mientras pone los ojos en blanco. Las parejas más hábiles tienden a expandir su espacio vital lo que provoca pisotones de diversos calibres. Los más osados ensayan evoluciones acrobáticas que pueden acabar de mala manera si la señora no es cachada con oportunidad.
Están los bailes en grupo, donde los miembros de la orquesta se embarcan en un modesto tutorial y logran el prodigio de que 100 imbéciles se contorsionen simultáneamente con el baile del perrito o una mega madre texana que se debe bailar acompasadamente. En ese momento me asaltan varias dudas: ¿la gente no se da cuenta que está haciendo el ridículo tumultuariamente? ¿yo no me doy cuenta que nomás se divierten y soy un amargado? No lo sé, el caso es que todo me parece siniestro.
No solo en las bodas nuestros compatriotas se arrancan poseídos por el demonio del baile. Los mexicanos consideran que en el preciso momento que suene el primer trompetazo del mariachi, es menester (en el caso masculino) pasar los brazos por detrás del cuerpo, agarrarse las manos y pegar de brincos mientra se grita jay-ja-jay. Las mujeres deben tomar su falda de los olanes y levantar las piernas en una especie de tarantella, nomás que sin traje típico.
La última manifestación de esta vena dancística que se me ocurre son los quince años, donde para vergüenza de la humanidad. se pone a quince pobres diablos (los chambelanes) a ensayar aires de vals en honor del señor Strauss, sin que seguramente éste jamás tuviera la menor idea de que con su cánticos y ritmos iba a condenar a la picota a generaciones de adolescentes mexicanos que muy tiesos deben luchar con el peso de la quinceañera y evitar sacarse los ojos por las nubes de hielo seco que infestan la atmósfera.
Como seguramente podrá concluir, querido lector, un servidor ya no baila ni los ojos y en esta posición me mantendré hasta que se me demuestre que los hijos del ritmo tienen razón y yo estoy equivocado. Asunto que considero altamente improbable.
Entran los meseros bailando por medio de un rito incomprensible y se sirve una comida que normalmente está fría (imagino al cocinero enfrente de una olla industrial mentando madres) y luego se procede a pedirle a los novios que inauguren la pista para bailar una canción que ellos eligieron previamente y que puede ser el gustado tema “Castillos de hielo” (una mamada) o peor aún “Bailar pegados” una canción en la que el protagonista practica la zoofilia con los delfines. Acto seguido se pide a los padres de los novios (unos viejitos) que se incorporen, si ha habido divorcios la cosa se complica porque ya no queda claro quién debe bailar con quién. El caso es que a los tres minutos, la orquesta se arranca con diversos temas agrupados rítmicamente.
Un primero universo musical está representado por algo que a mí me causa mucho estupor ya que se trata de pasos dobles, señaladamente de los legendarios “Churumbeles de España”, en ese momento y si alcanzó el presupuesto se le reparten a los invitados unos gorritos que yo solo le he visto a Tiro Loco Mc Graw en los que salen unas bolitas del ala del sombrero. La gente inmediatamente se separa y empieza a aplaudir como gitano mientras da taconazos que desgracian el parquet. Es notable ver las evoluciones de el pie veterano que evidentemente ha bailado estas melodías desde el precámbrico y navega por la pista como los delfines del atraco zoofílico.
Luego viene una sección de rock nacional que también resulta notable, porque notable es ver a un señor de edad sudando la gota gorda y manipulando a su pareja como se manipula una pirinola de Apatzingan al ritmo de los Teen tops mientras pone los ojos en blanco. Las parejas más hábiles tienden a expandir su espacio vital lo que provoca pisotones de diversos calibres. Los más osados ensayan evoluciones acrobáticas que pueden acabar de mala manera si la señora no es cachada con oportunidad.
Están los bailes en grupo, donde los miembros de la orquesta se embarcan en un modesto tutorial y logran el prodigio de que 100 imbéciles se contorsionen simultáneamente con el baile del perrito o una mega madre texana que se debe bailar acompasadamente. En ese momento me asaltan varias dudas: ¿la gente no se da cuenta que está haciendo el ridículo tumultuariamente? ¿yo no me doy cuenta que nomás se divierten y soy un amargado? No lo sé, el caso es que todo me parece siniestro.
No solo en las bodas nuestros compatriotas se arrancan poseídos por el demonio del baile. Los mexicanos consideran que en el preciso momento que suene el primer trompetazo del mariachi, es menester (en el caso masculino) pasar los brazos por detrás del cuerpo, agarrarse las manos y pegar de brincos mientra se grita jay-ja-jay. Las mujeres deben tomar su falda de los olanes y levantar las piernas en una especie de tarantella, nomás que sin traje típico.
La última manifestación de esta vena dancística que se me ocurre son los quince años, donde para vergüenza de la humanidad. se pone a quince pobres diablos (los chambelanes) a ensayar aires de vals en honor del señor Strauss, sin que seguramente éste jamás tuviera la menor idea de que con su cánticos y ritmos iba a condenar a la picota a generaciones de adolescentes mexicanos que muy tiesos deben luchar con el peso de la quinceañera y evitar sacarse los ojos por las nubes de hielo seco que infestan la atmósfera.
Como seguramente podrá concluir, querido lector, un servidor ya no baila ni los ojos y en esta posición me mantendré hasta que se me demuestre que los hijos del ritmo tienen razón y yo estoy equivocado. Asunto que considero altamente improbable.
viernes, 1 de enero de 2010
Apuntes curriculares (El Financiero 2001)
La búsqueda de chamba es un arte en sí mismo y tiene varias maneras de ser resuelta. La más mexicana y común es apoyarse en algún conocido que se haya colocado como Dios manda. Ése es el momento justo de recordar si uno de niño no cometió alguna iniquidad con el señor Subsecretario, le bajó a la novia o lo agarró a madrazos por alguna nimiedad. Si resulta tal cosa lo mejor es abstenerse, en caso contrario hay que organizarle al nuevo funcionario un desayuno de apoyo en el que, de preferencia, se deben mandar a hacer mantas que digan “¡Felicidades!” (y aquí el apodo del Subsecretario que puede ser Toñete o Pepetón), luego vendrán los discursos las anécdotas y ya para el final la repartidera de huesos.
Otra técnica muy propia de los tiempos modernos en confiar en los head hunters, cuya función en la vida es buscar luminarias laborales para ofrecerlas a las empresas como se ofrece la papaya maradol en la central de abastos. La más reciente evidencia de la calidad profesional de esos grupos de ejecutivos la encontramos en el gabinetazo que armó nuestro primer mandatario y en donde se aprecia que la aplicación de categorías científicas para nombrar burócratas puede ser tan certera como la puntería de Guillermo Tell en estado de ebriedad después de ocho botellas de vino suizo. Me imagino una gran sala de juntas en la que hay un grupo de muchachos impetuosos con el pelo engominado y sus palm en la mesa. Llega el entrevistado y le hacen preguntas del tipo siguiente: “usted se encuentra en una isla desierta y encuentra un baúl que contiene una caja de cerillos, una calendario de Gloria Trevi encuerada y un acelerador de partículas, ¿qué opción elegiría ? Acto seguido se le somete a situaciones extremas en las que hay que tomar decisiones: ¿usted canonizaría a Juan Diego? ¿exhumaría los restos de Fidel Velásquez? Las respuestas del sustentante dan pie para que se llenen unas plantillas en las que el veredicto final jamás se anuncia pero puede llegar en forma de una invitación de la corporación de tocinerías Don Fer para hacerse cargo de la presidencia ejecutiva.
Sin embargo, la más ortodoxa forma de conseguir chamba es y seguirá siendo pedir una cita con el responsable de los recursos humanos de cualquier oficina y acto seguido ponerse corbata y llegar con el currículum vitae bajo el brazo, ésta última estrategia siempre me ha parecido fascinante. Lo primero que se debe hacer es filtrar la información, así por ejemplo si uno era huevón y pasó la carrera de panzazo, se debe anotar “egresado de la universidad Fulanita de Tal, en cambio si se tienen menciones honoríficas, lo recomendable es ponerlas todas bajo la consigna de cuanto más mejor. Toda estadía en el extranjero es siempre muy bienvenida, así que si uno algún día de su vida visitó Italia y en el hotel en el que se hospedó había un curso de alfarería puede sin mayor problema escribir: “Diploma en Artes Plásticas por el Instituto Italliano di confezione e latiuca” y no habrá forma de que alguien averigüe la verdad.
Las fechas en la que uno desempeñó trabajos anteriores son siempre un escollo inevitable ya que si se aprecia que las estadías fueron de máximo diez meses, se encontrará uno ante la percepción del contratante en el sentido de que se es un badulaque incapaz de mantenerse en un mismo trabajo. Si por el contrario uno es respaldado por una experiencia de diecisiete años en una empresa quedará la duda de la falta de ambición y deseo de superarse. En ambos casos sugiero suprimir.
Otra forma de adornarse cuando se han engrosado las filas del desempleo es poner “consultor privado” cuando se nos pregunta cuál es nuestra posición actual. Como es ampliamente sabido los consultores no son otra cosa que gente sin empleo que se dedica a talachas diversas que pueden ir desde la instrumentación logística de la feria del mole, hasta la redacción de un manual para afinar un motor stearling.
La respuesta que nos den siempre es también inequívoca, cuando el encargado de las contrataciones nos dice “déjeme todos sus datos y nos comunicamos con usted, no es necesario que llame” uno debe salir con la idea concreta de que el asunto ya valió madre y ése es el momento adecuado de darle retoques a los apuntes curriculares para volverlo a intentar. Suerte.
Otra técnica muy propia de los tiempos modernos en confiar en los head hunters, cuya función en la vida es buscar luminarias laborales para ofrecerlas a las empresas como se ofrece la papaya maradol en la central de abastos. La más reciente evidencia de la calidad profesional de esos grupos de ejecutivos la encontramos en el gabinetazo que armó nuestro primer mandatario y en donde se aprecia que la aplicación de categorías científicas para nombrar burócratas puede ser tan certera como la puntería de Guillermo Tell en estado de ebriedad después de ocho botellas de vino suizo. Me imagino una gran sala de juntas en la que hay un grupo de muchachos impetuosos con el pelo engominado y sus palm en la mesa. Llega el entrevistado y le hacen preguntas del tipo siguiente: “usted se encuentra en una isla desierta y encuentra un baúl que contiene una caja de cerillos, una calendario de Gloria Trevi encuerada y un acelerador de partículas, ¿qué opción elegiría ? Acto seguido se le somete a situaciones extremas en las que hay que tomar decisiones: ¿usted canonizaría a Juan Diego? ¿exhumaría los restos de Fidel Velásquez? Las respuestas del sustentante dan pie para que se llenen unas plantillas en las que el veredicto final jamás se anuncia pero puede llegar en forma de una invitación de la corporación de tocinerías Don Fer para hacerse cargo de la presidencia ejecutiva.
Sin embargo, la más ortodoxa forma de conseguir chamba es y seguirá siendo pedir una cita con el responsable de los recursos humanos de cualquier oficina y acto seguido ponerse corbata y llegar con el currículum vitae bajo el brazo, ésta última estrategia siempre me ha parecido fascinante. Lo primero que se debe hacer es filtrar la información, así por ejemplo si uno era huevón y pasó la carrera de panzazo, se debe anotar “egresado de la universidad Fulanita de Tal, en cambio si se tienen menciones honoríficas, lo recomendable es ponerlas todas bajo la consigna de cuanto más mejor. Toda estadía en el extranjero es siempre muy bienvenida, así que si uno algún día de su vida visitó Italia y en el hotel en el que se hospedó había un curso de alfarería puede sin mayor problema escribir: “Diploma en Artes Plásticas por el Instituto Italliano di confezione e latiuca” y no habrá forma de que alguien averigüe la verdad.
Las fechas en la que uno desempeñó trabajos anteriores son siempre un escollo inevitable ya que si se aprecia que las estadías fueron de máximo diez meses, se encontrará uno ante la percepción del contratante en el sentido de que se es un badulaque incapaz de mantenerse en un mismo trabajo. Si por el contrario uno es respaldado por una experiencia de diecisiete años en una empresa quedará la duda de la falta de ambición y deseo de superarse. En ambos casos sugiero suprimir.
Otra forma de adornarse cuando se han engrosado las filas del desempleo es poner “consultor privado” cuando se nos pregunta cuál es nuestra posición actual. Como es ampliamente sabido los consultores no son otra cosa que gente sin empleo que se dedica a talachas diversas que pueden ir desde la instrumentación logística de la feria del mole, hasta la redacción de un manual para afinar un motor stearling.
La respuesta que nos den siempre es también inequívoca, cuando el encargado de las contrataciones nos dice “déjeme todos sus datos y nos comunicamos con usted, no es necesario que llame” uno debe salir con la idea concreta de que el asunto ya valió madre y ése es el momento adecuado de darle retoques a los apuntes curriculares para volverlo a intentar. Suerte.
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