Hay días que uno se levanta para revisar los diarios con cierta abulia, ya que se pueden encontrar notas como: “halló a su esposa en video pornográfico” (El Universal); “reclama Cyrus (¿quién carajos es Cyrus?”) dejen de llamarla gorda” (Reforma) o “maldita mediocridad” (Milenio). Es por ello que a mediados del mes pasado puse los ojos como platos ante un par de notas que estallaron como estalla una chinampina en medio de la histeria asociada a la influenza, que me hizo hacer de mi casa un bunker y de mi aspecto el de alguien que está a punto de ser infectado por hordas de virus volantes.
En tal condición me hallaba cuando me encontré con un par de escándalos mediáticos que llamaron poderosamente mi atención, se trata, en primer lugar de la entrevista que Carmen Aristegui le realizó a Miguel de la Madrid en su casona de Coyoacán y de la cual se difundió el audio ad nauseaum. En principio todo parece en orden, una señora que es periodista le pide a un señor que es personaje público la oportunidad de hablar con él, se concerta una entrevista y esta se lleva a cabo. Por supuesto que lo que uno espera es que ocurra algo que genere hueva interplanetaria debido a su enorme predictibilidad (la predictibilidad es enemiga de la noticia). Es decir, que el ex presidente declare que el gobernó a toda madre, que no se arrepiente de nada y que desea que el país vaya de lo mejor. Bien, a veces los astros se juntan y ocurre lo que los clásicos llaman “la nota”. Esta se debe a varios factores, señaladamente que a los entrevistados les vale madre todo porque ya están más allá del bien y del mal por diversas razones. En el caso de la entrevista que yo escuché y digan lo que digan los analistas, percibí a un viejito diciendo cosas muy extrañas que eran atizadas por la entrevistadora. Uno no puede sino sonreír cuando a alguien le dicen cosas “oiga pero es muy grave lo que usted dice” y percibir que el otro entiende poco de lo que está hablando. De cualquier manera la nota generó una respuesta lamentable (y predecible) desmintiendo todo lo dicho debido a que el declarante está gagá. De inmediato iniciaron las especulaciones; que si Salinas dictó la carta, que el hijo de de la Madrid es poco menos que un tlacuache y que los priistas operaron para controlar los daños. ¿Cuáles daños? En este país la sospecha de que los Salinas se clavaron hasta las bacinicas nunca desaparecerá y cierto es también, o por lo menos eso creo, que esto no se podrá probar jamás. Hasta ahí las cosas, lo que realmente inquieta es el papel que pueden jugar los medios en medio de las campañas políticas ya que de una o de otra manera, interesadamente o con la mejor de las voluntades, se ponen al servicio de causas que son muy ajenas a la labor de comunicar.
En este lodazal el segundo caso que llamó mi atención es el del senador Monreal que tuvo que salir a desmentir la veracidad de la información acerca de que su hermano tenga que ver con el narco. Desde luego llama la atención el hecho de que un señor que es dueño de una propiedad no se entere de que en ella hay toneladas de mariguana y eso debe ser investigado. Sin embargo, nuevamente, las respuestas, que los medios atizan día con día, tienen que ver con la putiza literal que se está poniendo Amalia García y Ricardo Monreal, lo que me llevó a enterarme que entre los dos tienen a más parientes en la nómina estatal que arrugas mi venerada Tigresa.
Las lecciones que saco de estos enjuagues son simples: a) viene una ola de porquería que se tirarán los unos contra los otros y la caja de resonancia no puede ser otra que los medios de comunicación b) los medios van a reproducir este lodazal porque ello les genera mayores utilidades c) en algunos casos los medios filtrarán información que no convenga a sus intereses y detonarán la que les beneficia.
Guácala.
miércoles, 25 de noviembre de 2009
lunes, 23 de noviembre de 2009
Festejos (El Financiero 2005)
Para Germán Dehesa con agradecimiento
Los mexicanos somos una raza megalómana, si hay que construir una pirámide, se emprende el proyecto a lo bestia ¿un estadio? pues el más grande del mundo donde la gente fodonga puede observar el partido cómodamente sentada y no parados como ocurre en Maracaná. El último proyecto que se me ocurre es el de la biblioteca nacional donde entiendo van a depositar todos los libros habidos y por haber con el fin de que los mexicanos leamos más.
Con los festejos el asunto se repite pero a otra escala y para dar prueba de ello daré un testimonio personal. Todo empezó en una comida con mis amigos Memo y Víctor. Por algún hado misterioso nuestro cumpleaños se festeja con un día de diferencia, es decir Memo cumple el día 16, yo el 17 y Víctor el 18. Como cada año es un desmadre porque los festejos coinciden, decidimos que era una buena idea hacer una fiesta común para lo cual su servidor ofreció su humilde morada. De inicio pensamos en algo modesto; algunos invitados un tocadiscos y el alcohol en cantidad razonable. Pues bien, entre esta idea original y el resultado media un abismo que tiene con ver con nuestras dotes de planeación.
En primer lugar se realizaron las listas de invitados que fueron creciendo como mi agobio ya que el día jueves ya íbamos en 150 cristianos confirmados y dispuestos a agasajarnos. Ello supuso un arreglo logístico equivalente a la del desembarco en Normandía. Por si usted lo ignora, querido lector, armar tal desmadre supone: a) un toldo más grande que mis malos pensamientos, por el temor a la lluvia b) una tarima por el temor de que al pasto se la cargara la chingada c) platos y copas de a de veras por la paranoia de que nos tacharan de nacos y ecocidas d) señores que son meseros dentro de los cuáles se hallaba uno que era sordo y servía ron en lugar de vodka e) una dotación de tacos cuyo eficiente sistema de servicio logró la memorable hazaña de que el tiempo de espera para comerse uno de pastor, fuera el mismo que el de un vuelo México-Tijuana. F) un jovenazo que pusiera música al cuál le expliqué nuestra edad y respondió: “no hay problema, mis papás tienen ésa música” g) la ingenua pregunta de Víctor acerca de cuántos pasteles eran necesarios (ingenua porque pensó que yo tenía la respuesta) h) la compra de 18 bolsas de hielo que en este momento ya formaron un modesto riachuelo que trae espantado al perro.
Muy bien, cuando todo estaba listo citamos a las 2:30 p.m. a nuestros invitados y nos dispusimos a esperar. Exactamente a las 3:00 p. m. había 11 comensales lo que presagiaba un fiasco ya que a cada uno de ellos le hubieran tocado 67 tacos y 37 cervezas. De pronto tocaron la puerta y se presentó un viejito al que no tengo el gusto, accedió a mi hogar, me pidió hacer una “escala técnica” y se sentó muy pachucho a chupar. Asumí que era amigo de Víctor hasta las 3:47 p.m. momento en que se levantó y declaró solemne que a él lo habían invitado a una reunión de amigos de Creel y que no sabía que hacía ahí. Como nosotros tampoco teníamos la respuesta se fue muy apenado.
Al rato empezó a llegar la gente y se armó el desmadre. El mesero sordo logró el prodigio de empedar a uno que no toma. A las damas asistentes, les pareció que era buena idea que un servidor bailara cumbia durante cuatro horas, lo que me dejó dos consecuencias: un espasmo en las corvas y un olor como a rebajador de pintura que salía de todos mis poros. Ya entradones, decidí besar a Memo y a Víctor ante la evidente desaprobación de sus hijas. Terminamos, los hijos de la madrugada generando planes propios de gente que no está en uso de facultades pero muy contentos. Es por ello que a todos mis amigos les agradezco, con lágrimas en los ojos, su visita a estos lares y los convoco a una cooperacha para la adquisición de un aparato de auxilio auditivo para el mesero sordo, no sea que vaya por la vida embriagando más gente.
Los mexicanos somos una raza megalómana, si hay que construir una pirámide, se emprende el proyecto a lo bestia ¿un estadio? pues el más grande del mundo donde la gente fodonga puede observar el partido cómodamente sentada y no parados como ocurre en Maracaná. El último proyecto que se me ocurre es el de la biblioteca nacional donde entiendo van a depositar todos los libros habidos y por haber con el fin de que los mexicanos leamos más.
Con los festejos el asunto se repite pero a otra escala y para dar prueba de ello daré un testimonio personal. Todo empezó en una comida con mis amigos Memo y Víctor. Por algún hado misterioso nuestro cumpleaños se festeja con un día de diferencia, es decir Memo cumple el día 16, yo el 17 y Víctor el 18. Como cada año es un desmadre porque los festejos coinciden, decidimos que era una buena idea hacer una fiesta común para lo cual su servidor ofreció su humilde morada. De inicio pensamos en algo modesto; algunos invitados un tocadiscos y el alcohol en cantidad razonable. Pues bien, entre esta idea original y el resultado media un abismo que tiene con ver con nuestras dotes de planeación.
En primer lugar se realizaron las listas de invitados que fueron creciendo como mi agobio ya que el día jueves ya íbamos en 150 cristianos confirmados y dispuestos a agasajarnos. Ello supuso un arreglo logístico equivalente a la del desembarco en Normandía. Por si usted lo ignora, querido lector, armar tal desmadre supone: a) un toldo más grande que mis malos pensamientos, por el temor a la lluvia b) una tarima por el temor de que al pasto se la cargara la chingada c) platos y copas de a de veras por la paranoia de que nos tacharan de nacos y ecocidas d) señores que son meseros dentro de los cuáles se hallaba uno que era sordo y servía ron en lugar de vodka e) una dotación de tacos cuyo eficiente sistema de servicio logró la memorable hazaña de que el tiempo de espera para comerse uno de pastor, fuera el mismo que el de un vuelo México-Tijuana. F) un jovenazo que pusiera música al cuál le expliqué nuestra edad y respondió: “no hay problema, mis papás tienen ésa música” g) la ingenua pregunta de Víctor acerca de cuántos pasteles eran necesarios (ingenua porque pensó que yo tenía la respuesta) h) la compra de 18 bolsas de hielo que en este momento ya formaron un modesto riachuelo que trae espantado al perro.
Muy bien, cuando todo estaba listo citamos a las 2:30 p.m. a nuestros invitados y nos dispusimos a esperar. Exactamente a las 3:00 p. m. había 11 comensales lo que presagiaba un fiasco ya que a cada uno de ellos le hubieran tocado 67 tacos y 37 cervezas. De pronto tocaron la puerta y se presentó un viejito al que no tengo el gusto, accedió a mi hogar, me pidió hacer una “escala técnica” y se sentó muy pachucho a chupar. Asumí que era amigo de Víctor hasta las 3:47 p.m. momento en que se levantó y declaró solemne que a él lo habían invitado a una reunión de amigos de Creel y que no sabía que hacía ahí. Como nosotros tampoco teníamos la respuesta se fue muy apenado.
Al rato empezó a llegar la gente y se armó el desmadre. El mesero sordo logró el prodigio de empedar a uno que no toma. A las damas asistentes, les pareció que era buena idea que un servidor bailara cumbia durante cuatro horas, lo que me dejó dos consecuencias: un espasmo en las corvas y un olor como a rebajador de pintura que salía de todos mis poros. Ya entradones, decidí besar a Memo y a Víctor ante la evidente desaprobación de sus hijas. Terminamos, los hijos de la madrugada generando planes propios de gente que no está en uso de facultades pero muy contentos. Es por ello que a todos mis amigos les agradezco, con lágrimas en los ojos, su visita a estos lares y los convoco a una cooperacha para la adquisición de un aparato de auxilio auditivo para el mesero sordo, no sea que vaya por la vida embriagando más gente.
domingo, 22 de noviembre de 2009
Dos estampas burocráticas (El Financiero 2008)
Una de las enseñanzas más señaladas que he recibido en mi calidad de mexicano es que en este país la combinación de la burocracia con la ciudadanía genera un efecto perverso que se magnifica en la medida que cada quien hace su parte, es decir las autoridades son ineficientes y los ciudadanos unos quejicas. Veamos.
El día 4 de enero me sentí muy listo y acudí a tramitar mi licencia de manejo dado que la anterior venció en diciembre. No lo hice en los últimos días del mes pasado porque no soy imbécil y me enteré que había tumultos asociados a los dos factores con los que introduzco estas líneas. Por un lado y siguiendo criterios misteriosos nuestras autoridades decidieron hace tiempo que se podía obtener una licencia “permanente” lo cual, si bien es una idiotez sonaba jugoso. Por supuesto en el momento que alguien medianamente lúcido se percató de que la licencia permanente era una especie de patente de corzo se rectificó y entonces el anuncio fue en el sentido de que no más. Esta indecisión constituye el primer algoritmo de la ecuación catastrófica, el segundo lo aportamos los ciudadanos huevones que para variar lo dejamos todo a la última hora y colapsamos el servicio. Lo notable es que además repelamos y se arman motines. Tengo ante mí un “aviso urgente” de la Secretaría de Transportes y Vialidad en el que se hace una convocatoria ciudadana y se dicen cosas como: “Hacemos un llamado a la serenidad y responsabilidad, a efecto de evitar situaciones de riesgo, absolutamente indeseables para todos” o “La tranquilidad y la paz que debe privar en este tipo de trámites debe ser una prioridad fundamental de los propios usuarios y del Gobierno de la Ciudad de México” (en este momento me imagino a una turba con antorchas sitiando una oficina de licencias y a Fernández Noroña semi desnudo buscando un amparo de la justicia ante el atropello. También me imagino a un funcionario tomando clases de redacción para tratar de evitar repetir la palabra “debe”).
El problema es que para variar un servidor salió raspado. Como ya expliqué fui a tramitar mi licencia el viernes pasado suponiendo que esta idiotez había terminado. Pues no, la señorita amablemente me informó que no podía hacer el trámite ya que “estaban saturados”. La respuesta me deja fuera de la ley y sin licencia de conducir durante los próximos días lo que simplemente confirma mi prodigiosa capacidad para atraer desastres.
La segunda estampa inició el 11 de diciembre cuando recibí el recibo de luz por un monto de $2000.00. Es prudente aclarar que para gastar eso tendría que dejar prendidas las luces de toda la casa y el refrigerador abierto durante diescisiete días. Llamé al número que venía en el recibo y nadie respondió por lo que recordé que el licenciado Miguel Tirado Jefe de la Unidad de Relaciones Institucionales y Comunicación Social de Luz se había puesto a mis órdenes y sintiéndome muy listo (nuevamente) lo llame. Nos tuteamos muy cordialmente y me ofreció “investigar”. No volví a saber de él, lo cual a estas alturas no es anómalo sino normal. El día 19 y con el Jesús en la boca ya que era necesario pagar, le mandé un recordatorio que tampoco tuvo respuesta. Entonces le escribí al ingeniero Jorge Gutiérrez director general pero ya era tarde, o pagaba o me quedaba sin luz. El ingeniero Gutiérrez me respondió –amable- que investigaría. El caso es que el día de marras estuve tratando de entablar comunicación con algún ser humano y no lo logré. Cuando pregunté en la ventanilla me indicaron que si había un error se me “bonificaría” y pagué con la misma resignación de un tzeltal ante las injusticias del mundo.
Es la hora en que nadie me ha aclarado nada y pronostico que me dirán que “el cobro fue correcto”, lo que supone que gasté cuatro veces más luz de la que necesito. Pronostico también que nada podré hacer y que esta sensación de orfandad debe ser compartida por el resto de los ciudadanos, aunque ellos no tengan acceso a los teléfonos y correos de los altos funcionarios. En fin, cosas de la burocracia.
El día 4 de enero me sentí muy listo y acudí a tramitar mi licencia de manejo dado que la anterior venció en diciembre. No lo hice en los últimos días del mes pasado porque no soy imbécil y me enteré que había tumultos asociados a los dos factores con los que introduzco estas líneas. Por un lado y siguiendo criterios misteriosos nuestras autoridades decidieron hace tiempo que se podía obtener una licencia “permanente” lo cual, si bien es una idiotez sonaba jugoso. Por supuesto en el momento que alguien medianamente lúcido se percató de que la licencia permanente era una especie de patente de corzo se rectificó y entonces el anuncio fue en el sentido de que no más. Esta indecisión constituye el primer algoritmo de la ecuación catastrófica, el segundo lo aportamos los ciudadanos huevones que para variar lo dejamos todo a la última hora y colapsamos el servicio. Lo notable es que además repelamos y se arman motines. Tengo ante mí un “aviso urgente” de la Secretaría de Transportes y Vialidad en el que se hace una convocatoria ciudadana y se dicen cosas como: “Hacemos un llamado a la serenidad y responsabilidad, a efecto de evitar situaciones de riesgo, absolutamente indeseables para todos” o “La tranquilidad y la paz que debe privar en este tipo de trámites debe ser una prioridad fundamental de los propios usuarios y del Gobierno de la Ciudad de México” (en este momento me imagino a una turba con antorchas sitiando una oficina de licencias y a Fernández Noroña semi desnudo buscando un amparo de la justicia ante el atropello. También me imagino a un funcionario tomando clases de redacción para tratar de evitar repetir la palabra “debe”).
El problema es que para variar un servidor salió raspado. Como ya expliqué fui a tramitar mi licencia el viernes pasado suponiendo que esta idiotez había terminado. Pues no, la señorita amablemente me informó que no podía hacer el trámite ya que “estaban saturados”. La respuesta me deja fuera de la ley y sin licencia de conducir durante los próximos días lo que simplemente confirma mi prodigiosa capacidad para atraer desastres.
La segunda estampa inició el 11 de diciembre cuando recibí el recibo de luz por un monto de $2000.00. Es prudente aclarar que para gastar eso tendría que dejar prendidas las luces de toda la casa y el refrigerador abierto durante diescisiete días. Llamé al número que venía en el recibo y nadie respondió por lo que recordé que el licenciado Miguel Tirado Jefe de la Unidad de Relaciones Institucionales y Comunicación Social de Luz se había puesto a mis órdenes y sintiéndome muy listo (nuevamente) lo llame. Nos tuteamos muy cordialmente y me ofreció “investigar”. No volví a saber de él, lo cual a estas alturas no es anómalo sino normal. El día 19 y con el Jesús en la boca ya que era necesario pagar, le mandé un recordatorio que tampoco tuvo respuesta. Entonces le escribí al ingeniero Jorge Gutiérrez director general pero ya era tarde, o pagaba o me quedaba sin luz. El ingeniero Gutiérrez me respondió –amable- que investigaría. El caso es que el día de marras estuve tratando de entablar comunicación con algún ser humano y no lo logré. Cuando pregunté en la ventanilla me indicaron que si había un error se me “bonificaría” y pagué con la misma resignación de un tzeltal ante las injusticias del mundo.
Es la hora en que nadie me ha aclarado nada y pronostico que me dirán que “el cobro fue correcto”, lo que supone que gasté cuatro veces más luz de la que necesito. Pronostico también que nada podré hacer y que esta sensación de orfandad debe ser compartida por el resto de los ciudadanos, aunque ellos no tengan acceso a los teléfonos y correos de los altos funcionarios. En fin, cosas de la burocracia.
viernes, 20 de noviembre de 2009
Kokomo beach (Milenio 2008)
Temo a los viajes, no por arraigo parroquiano, mucho menos por el gen nacionalista que no poseo. Mi caso es más simple…atraigo calamidades y me considero una suerte de enorme magneto atractor de desgracias viajeras. Si hay, por ejemplo, una expedición al volcán de Chinameca es a mí al que pica alguna alimaña ponzoñosa o en la visita a las grutas de Huejotenango el único que va al hospital con un cuadro de histoplasmosis es su humilde servidor después de haber inhalado tres kilos de mierda de murciélago. El avión que se demora siempre es el propio y si la persona más gorda del mundo aborda el vuelo (demorado) sé, con la convicción de quien anticipa un eclipse, que se desmoronará en el asiento contiguo y hará plática.
El preámbulo anterior es para que se entienda a cabalidad el estoicismo con el que acepté una invitación a un encuentro en la ciudad de Montego Bay, Jamaica. La primer catástrofe se relaciona con la hora de salida, que ha sido diseñada por el doctor Mengele siguiendo el cristiano principio de que al que madruga dios le ayuda, lo que me deja pensando que es una ayuda de muy mala madre el hecho de que un avión salga un domingo a las 6:30 antes meridiano, que son horas y días de guardar. Por supuesto el aspecto de todos los que arribamos a esas horas del señor es notable, hay quien es el vivo retrato de Lon Chaney, que en paz descanse. Otros llegan en vivo, derechito de la fiesta con espanta suegras y oliendo a huazontles. El resultado final es que la sala de espera es una modesta réplica de la Corte de los Milagro en la que la gente se queda dormida de mala manera babeando en una silla.
Cuando llego a Miami ocurre lo anticipable; la maleta no ha llegado. Me dirijo a la línea aérea correspondiente que con propósitos narrativos llamaremos “1”, soy recibido por un jovenazo que me mira con la misma cara que los maoríes al primer explorador occidental y me hace una sugerencia que es prueba inequívoca de alguna disfunción cerebral: “vaya a la línea 2 y pregunte si no llegó con ellos”. Dado que el tiempo de explicarle que es la idea más pendeja posible es mayor al de hacer lo que me indica, encamino mis pasos a 2, hago la pregunta y el empleado supone a su vez que el imbécil soy yo por lo que me contesta negativamente y regreso a 1. Entonces viene lo bueno ya que el empleado me indica que, dado que viajo con la línea 3 a Jamaica deberé dirigir mi reclamación a ellos. Con la paciencia que no poseo le explico que dado que en mi boleto viene su logo y no el de 3, será muy evidente que cuando llegue a Jamaica, 3 me mandará con rumbo preciso a la chingada. Como el avión se va ya no tengo tiempo de seguir discutiendo y llego a la aduana, en ese momento me apartan de la cola y me indican que debo ser “escaneado”, con la resignación que da la convicción de un destino perdedor me someto y entro a una suerte de cabina telefónica en la que me aplican algún tipo de rayos que –sospecho- me han dejado estéril. Acto seguido paso con un gordito que pasa una especie de servilletas por mi maleta de mano. De pronto suena una alarma y el tipo se me queda viendo como se vería al Mayo Zambada; “tengo que dar aviso a mi supervisora” –anuncia- y me explica que en mi maleta hay residuos de Nitrógeno (lo juro) y que ello es irregular. Después de muchas deliberaciones y un análisis pormenorizado de mis calcetines me dejan partir recomendándome “que lave la maleta”.
Llego a Montego con cara de la señora madre del muerto ya muy vencido para encontrarme con que la maleta no llegó. Al día siguiente en la tienda del hotel realizo un hallazgo antropométrico; los jamaiquinos son gigantes o enanos. Lo único que me queda (a duras penas) es una playera que solo le he visto a Ponchito y unas bermudas que me confieren el mismo aspecto de Kiko Guanabacoa. Me siento al lado de la alberca mientras la gente me mira reflexionando seriamente acerca de que los viajes están idealizados.
El preámbulo anterior es para que se entienda a cabalidad el estoicismo con el que acepté una invitación a un encuentro en la ciudad de Montego Bay, Jamaica. La primer catástrofe se relaciona con la hora de salida, que ha sido diseñada por el doctor Mengele siguiendo el cristiano principio de que al que madruga dios le ayuda, lo que me deja pensando que es una ayuda de muy mala madre el hecho de que un avión salga un domingo a las 6:30 antes meridiano, que son horas y días de guardar. Por supuesto el aspecto de todos los que arribamos a esas horas del señor es notable, hay quien es el vivo retrato de Lon Chaney, que en paz descanse. Otros llegan en vivo, derechito de la fiesta con espanta suegras y oliendo a huazontles. El resultado final es que la sala de espera es una modesta réplica de la Corte de los Milagro en la que la gente se queda dormida de mala manera babeando en una silla.
Cuando llego a Miami ocurre lo anticipable; la maleta no ha llegado. Me dirijo a la línea aérea correspondiente que con propósitos narrativos llamaremos “1”, soy recibido por un jovenazo que me mira con la misma cara que los maoríes al primer explorador occidental y me hace una sugerencia que es prueba inequívoca de alguna disfunción cerebral: “vaya a la línea 2 y pregunte si no llegó con ellos”. Dado que el tiempo de explicarle que es la idea más pendeja posible es mayor al de hacer lo que me indica, encamino mis pasos a 2, hago la pregunta y el empleado supone a su vez que el imbécil soy yo por lo que me contesta negativamente y regreso a 1. Entonces viene lo bueno ya que el empleado me indica que, dado que viajo con la línea 3 a Jamaica deberé dirigir mi reclamación a ellos. Con la paciencia que no poseo le explico que dado que en mi boleto viene su logo y no el de 3, será muy evidente que cuando llegue a Jamaica, 3 me mandará con rumbo preciso a la chingada. Como el avión se va ya no tengo tiempo de seguir discutiendo y llego a la aduana, en ese momento me apartan de la cola y me indican que debo ser “escaneado”, con la resignación que da la convicción de un destino perdedor me someto y entro a una suerte de cabina telefónica en la que me aplican algún tipo de rayos que –sospecho- me han dejado estéril. Acto seguido paso con un gordito que pasa una especie de servilletas por mi maleta de mano. De pronto suena una alarma y el tipo se me queda viendo como se vería al Mayo Zambada; “tengo que dar aviso a mi supervisora” –anuncia- y me explica que en mi maleta hay residuos de Nitrógeno (lo juro) y que ello es irregular. Después de muchas deliberaciones y un análisis pormenorizado de mis calcetines me dejan partir recomendándome “que lave la maleta”.
Llego a Montego con cara de la señora madre del muerto ya muy vencido para encontrarme con que la maleta no llegó. Al día siguiente en la tienda del hotel realizo un hallazgo antropométrico; los jamaiquinos son gigantes o enanos. Lo único que me queda (a duras penas) es una playera que solo le he visto a Ponchito y unas bermudas que me confieren el mismo aspecto de Kiko Guanabacoa. Me siento al lado de la alberca mientras la gente me mira reflexionando seriamente acerca de que los viajes están idealizados.
jueves, 19 de noviembre de 2009
De relojes (El Financiero 2003)
El reloj es un aparato francamente útil que ha sufrido muchas modificaciones a lo largo de su historia. Los antiguos utilizaban artefactos de arena, agua o de sol con los que veían pasar las horas. Luego se crearon artilugios mecánicos llenos de poleas y engranes que eran activados por el hombre fuerte del circo. Más tarde surgieron los relojes individuales que la gente traía colgados y a los que era menester dar cuerda por medio de una palanquita.
Mi primer reloj fue regalo de un tío y duró en mi muñeca exactamente tres días ya que al cuarto, un servidor tuvo a bien subirse a unos patines de ruedas que me llevaron con rumbo preciso a una coladera en la que dejé el codo derecho y mi recién adquirida máquina del tiempo hecha literalmente mierda.
Hoy en día los relojes han cambiado mucho y uno puede perfectamente adivinar la personalidad de cualquier individuo en función del tipo de aparato que posee. En principio el reloj, además de medir el paso de las horas, se ha vuelto un símbolo social que manda mensajes acerca de las capacidades de la gente. Considerando que uno puede encontrar precios que varían entre los cincuenta y los cien mil pesos, es evidente que hay mucho margen para maniobrar. La gente austera, aquella que no cree en los mensajes del consumo, se compra un reloj simple y con el sale a la calle, cuando el reloj se descompone compra otro y santas pascuas. La gente bruta, en cambio, se deja seducir por las marcas y las filigranas relojeras de manera fascinante.
Están, por ejemplo los deportistas, uno puede ver que los anuncios de relojes dirigidos a este gremio presentan invariablemente a una persona que está en el culo del mundo pasándolo francamente mal. Uno puede ver por ejemplo a un señor que se llama Lars Svjentrugen al cual se le aprecia la nariz helada a través de un hoyo que tiene en su anorak mientras maneja un trineo conducido por perros. El anuncio se acompaña por un mensaje del tipo: “cuando las temperaturas llegan a los cuarenta grados bajo cero, solo puedo confiar en mi...” y aquí la marca del reloj. Lo sorprendente es que después de leer el anuncio una nube de hombres urbanos cuyo contacto con las bajas temperaturas se limita al momento de sacar del congelador los hielos del wisqui, salgan en manada a adquirir el item con el fin de lucirlo en la calzada Camarones mientras manejan su auto. Lo mismo ocurre con aquellos relojes que soportan una profundidad de doscientos metros bajo el agua y que algún idiota adquiere pensando en quién sabe qué cosas (probablemente en que su barco se hunda y pueda alcanzar a ver la hora en la que se fue de este mundo).
Por otro lado están los relojes ejecutivos que porta la gente importante y que valen más que mis malos pensamientos. Estos artefactos son de materiales como el oro macizo o el platino y pesan lo mismo que una cría de marmota. Dentro de la interesantísima información que nos aportan se cuenta con la hora en Shangai o el ciclo lunar (imaginarme en una reunión preguntando cuando va a darse la luna nueva.). Por supuesto este es el tipo de reloj que permite a los malvivientes amputarle la mano a un pobre señor que ignoro si con muchos trabajos adquirió un sello de distinción social.
De pronto se han puesto de moda relojes “casuales”, estos son de colores pastel y pueden producir desprendimiento de retina si uno los ve fijamente por más de cinco segundos. Estos son adecuados para gente que quiere lucir joven y atrevida, el problema es que los diseños son tan modernos que es imposible ver la hora porque el 4 es acromegálico y el 12 se movió de su lugar.
En fin, el asunto de los relojes nos permite discernir las taras y manías de la gente, es por ello que si usted quiere conocer la personalidad de alguien no lo vea fijamente, nomás analice su reloj y tome decisiones acerca de su futuro basado en instrumentos confiables y no en vacilones psicoanalíticos que están cargados de riesgos e incertidumbres. Pos sus relojes los conoceréis.
Mi primer reloj fue regalo de un tío y duró en mi muñeca exactamente tres días ya que al cuarto, un servidor tuvo a bien subirse a unos patines de ruedas que me llevaron con rumbo preciso a una coladera en la que dejé el codo derecho y mi recién adquirida máquina del tiempo hecha literalmente mierda.
Hoy en día los relojes han cambiado mucho y uno puede perfectamente adivinar la personalidad de cualquier individuo en función del tipo de aparato que posee. En principio el reloj, además de medir el paso de las horas, se ha vuelto un símbolo social que manda mensajes acerca de las capacidades de la gente. Considerando que uno puede encontrar precios que varían entre los cincuenta y los cien mil pesos, es evidente que hay mucho margen para maniobrar. La gente austera, aquella que no cree en los mensajes del consumo, se compra un reloj simple y con el sale a la calle, cuando el reloj se descompone compra otro y santas pascuas. La gente bruta, en cambio, se deja seducir por las marcas y las filigranas relojeras de manera fascinante.
Están, por ejemplo los deportistas, uno puede ver que los anuncios de relojes dirigidos a este gremio presentan invariablemente a una persona que está en el culo del mundo pasándolo francamente mal. Uno puede ver por ejemplo a un señor que se llama Lars Svjentrugen al cual se le aprecia la nariz helada a través de un hoyo que tiene en su anorak mientras maneja un trineo conducido por perros. El anuncio se acompaña por un mensaje del tipo: “cuando las temperaturas llegan a los cuarenta grados bajo cero, solo puedo confiar en mi...” y aquí la marca del reloj. Lo sorprendente es que después de leer el anuncio una nube de hombres urbanos cuyo contacto con las bajas temperaturas se limita al momento de sacar del congelador los hielos del wisqui, salgan en manada a adquirir el item con el fin de lucirlo en la calzada Camarones mientras manejan su auto. Lo mismo ocurre con aquellos relojes que soportan una profundidad de doscientos metros bajo el agua y que algún idiota adquiere pensando en quién sabe qué cosas (probablemente en que su barco se hunda y pueda alcanzar a ver la hora en la que se fue de este mundo).
Por otro lado están los relojes ejecutivos que porta la gente importante y que valen más que mis malos pensamientos. Estos artefactos son de materiales como el oro macizo o el platino y pesan lo mismo que una cría de marmota. Dentro de la interesantísima información que nos aportan se cuenta con la hora en Shangai o el ciclo lunar (imaginarme en una reunión preguntando cuando va a darse la luna nueva.). Por supuesto este es el tipo de reloj que permite a los malvivientes amputarle la mano a un pobre señor que ignoro si con muchos trabajos adquirió un sello de distinción social.
De pronto se han puesto de moda relojes “casuales”, estos son de colores pastel y pueden producir desprendimiento de retina si uno los ve fijamente por más de cinco segundos. Estos son adecuados para gente que quiere lucir joven y atrevida, el problema es que los diseños son tan modernos que es imposible ver la hora porque el 4 es acromegálico y el 12 se movió de su lugar.
En fin, el asunto de los relojes nos permite discernir las taras y manías de la gente, es por ello que si usted quiere conocer la personalidad de alguien no lo vea fijamente, nomás analice su reloj y tome decisiones acerca de su futuro basado en instrumentos confiables y no en vacilones psicoanalíticos que están cargados de riesgos e incertidumbres. Pos sus relojes los conoceréis.
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