miércoles, 4 de noviembre de 2009

La prisa de la prensa (Etcétera)

Algunas entrevistas he concedido en mi vida, las menos por mi actividad literaria y el resto en mi calidad de burócrata profesional. En ellas me llama la atención el sentido de urgencia por lo que los reporteros llaman la nota. Muchas cosas se han proscrito en la modernidad creciente, quizá una de las más lamentables es nuestro derecho a reflexionar sobre lo que decimos. La avidez por saberlo todo y rápidamente ha convertido al ejercicio periodístico en una carrera desenfrenada y poco lúcida en pos de las noticias del mundo. La metáfora es extrema pero creo que justa, me imagino a los reporteros como una jauría en pos de la presa, solo en el momento que se obtiene un bocado (que puede ser insustancial) se abandona la persecución. Hace ya algún tiempo observé maravillado como Adolfo Aguilar Zínzer luego de ser defenestrado en la Secretaría de Relaciones Exteriores hacía un alto ante la nube de reporteros que lo esperaban en la puerta. Los siguientes veinte minutos generaron diálogos extraordinarios en los que él argumentaba que lo sentía, que no iba a dar ninguna declaración. Cualquier persona sensata ante una respuesta tan claramente desalentadora daría la vuelta y probaría suerte en otro sitio, pero no los reporteros que continuaron preguntando, inclusive provocándolo para sacarlo de sus casillas.
Esta tendencia –decía- condena la reflexión a un mundo de timoratos y dubitativos. Es necesario ante los hechos fijar posiciones rápidamente, manifestarse inequívocamente, los eclécticos son considerados una nueva plaga, también quienes no tienen opinión o desconocen la respuesta a una pregunta. Hay que ver las zozobras de muchos entrevistados cuando se les pide un dato, una cifra, una ley que desconocen. Lo más práctico sería simplemente contestar “no sé”. Sin embargo esto nunca ocurre por temores varios, el más conspicuo, recibir una reprimenda del algún gurú mediático.
La tendencia actual ha inscrito a los medios en una batalla mercantil llena de códigos más propios de compañías petroleras que del servicio social que supuestamente prestan. Es frecuente que un medio determinado, anuncie con orgullo que es “el único (o el primero) de informar de tal suceso”. Supongo que estas declaraciones van dirigidas a una masa anónima que seguramente reconocerá la eficacia y el profesionalismo de la empresa por sobre la ineptitud de otras. También es frecuente que una noticia sea roída hasta los huesos para que los medios sigan vendiendo tiempo triple AAA. No tengo la menor duda que los que toman las decisiones atizan el fuego cuando las notas se empiezan a extinguir. La intensidad mediática ha logrado paradojas notables –lo ha señalado ya Kapuscinski- el reportero que recorre el mundo y que se encuentra in situ en el lugar de los hechos, puede ser la persona menos informada de lo que está pasando. El 11 de septiembre Lourdes Ramos y Jorge Berry, desde un estudio en la ciudad de México, hicieron favor de informarle a su reportero en Nueva York que un segundo avión se había estrellado en las torres gemelas.
Sin embargo creo que la mayor paradoja periodística estriba en su impunidad. Una premisa básica de la prensa para hacerse de la información es condenar a la picota a quien se niegue a darla. Los argumentos estallan de inmediato: “complicidades, corrupción, algo se esconde etc.”. Sin embargo ¿que ocurre cuando un medio obtiene (ilegalmente) información escandalosa y la publica de nuevo ilegalmente? En muchos casos reputaciones personales son afectadas indeleblemente y en el momento de pedir cuentas los términos se modifican casi por arte de magia: “acoso, censura, hostigamiento a la libertad de expresión, etc”. Percibo esto como algo escandaloso, sin embargo la soledad de mis argumentos prueban también que puedo estar equivocado.

martes, 3 de noviembre de 2009

Calles (El Financiero 2005)

Los primeros 25 años de mi vida se condujeron en un letargo pasmoso que sugería retardo mental prematuro. Cuando niño, salía a jugar a la calle y destaqué siempre por ser el último en resultar elegido a la hora de formar equipos, en la adolescencia me enamoré de una muchacha que daba atención a unos viejitos y meses más tarde fui mordido en la entrepierna por el perro Tufi en el preciso momento que declaraba mi amor a otra mujer llamada Britta que era hija de europeos y que me dejó en el momento que se percató que conmigo nomás no había futuro. Todo esto ocurrió en la calle de Yácatas exactamente entre Torres Adalid y Concepción Béistegui, lo pasmoso es que ignoré siempre el significado de estas tres unidades semánticas.
Siguiendo un principio lógico asumí con ligereza que “Yácatas” eran unas ruinas ubicadas seguramente en el culo del mundo, esto lo deduje porque las calles paralelas eran Uxmal y Palenque. Sin embargo entendí rápidamente que no se puede pedir ningún razonamiento sensato a la hora de la nomenclatura y descubrí que en realidad las yácatas son unas piedrotas prehispánicas. Pero: ¿Torres Adalid? ¿Concepción Béistegui? Lo primero es simplemente anómalo; ¿el señor y probable prócer se llamaba Torres? ¿era ése su apellido? ¿si es apellido corre la probabilidad de que sea señora? Misterios múltiples pero todos ellos muy idiotas ya que si algún día alguien decide nombrar una avenida en mi honor, espero que no sea tan imbécil para bautizarlo “boulevard Guillén Rodríguez”. En una pequeña búsqueda me enteré que hubo un oligarca de nombre Ignacio Torres Adalid cuyos probables servicios a la patria se limitan a la construcción de un ferrocarril y a la adquisición de una hacienda en Ometusco. El caso de Concepción Béistegui resultó más lamentable ya que lo único que encontré es a una señora Benitez viuda de don Nicanor Béistegui que fundo un hospital a principio del siglo pasado en Navarra, lo que me deja con la ligera noción de que eso a mí que me importa.
Los misterios continuaron ya que la siguiente calle paralela a las dos anteriores se llamaba “Eugenia”, asunto que me deja como las estatuas de marfil ya que ignoro si el homenaje es múltiple y por lo tanto inequitativo ya que entonces tendría que haber una calle “Patricia” y otra “Melquíades”. Ahora si el honor le corresponde a una Eugenia en específico evidentemente la pasaron a joder ya que no hay manera de reconocerla con un criterio tan parco.
A los que nombran calles los imagino idiotas y faltos de imaginación. Hay obviedades como ponerle a una calle el nombre de algún héroe nacional. El problema es que las calles son miles y nuestras figuras legendarias se cuentan en un puñado. Ello explica que en la ciudad de México existan 117 calles Hidalgo y 14 Josefas Ortiz. Para paliar esta desperfecto se usa un criterio muy lambiscón consistente en utilizar el nombre del mandatario en cuestión lo que me parece lamentable. Si yo viviera en la avenida López Portillo me cambiaría de inmediato nomás de la pura vergüenza. El siguiente mecanismo es buscar cosas que tengan algo en común y desgranarlas. Supongo que están sentados en la mesa los de la comisión de nomenclatura y dicen cosas como: “¿Y si le ponemos a la colonia fulanita de tal: profesionistas?” La idea es aprobada por unanimidad y ello explica que un señor viva en la calle torneros # 47 o astrónomos # 18 lo que resulta ligeramente idiota. Otro problema es cuando se usan miembros notables de alguna ocupación humana. En la colonia del Valle (muy cerca de donde yo vivía) se arrancaban con la calle Pitágoras y continuaban (como es lógico) con Anaxágoras. Lo razonable era esperar que llegara Sócrates con todo y cicuta pero nones, aparecía de la nada un señor que se llamó Enrique Rébsamen y era pedagogo. Así nomás no hay manera.
El último y más fácil criterio es hacer lo que hace la gente fodonga, nombrar una ubicación de la siguiente manera: “manzana # 4, lote # 8, andador # 2, casa # 3” que si uno lo recuerda pues ya está del otro lado. Creo que francamente prefiero este método.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Agenda (El Financiero 2005)

Ayer por la mañana tuve la poca madre de dejar sembrados como ahuehuetes a dos queridos amigos que me esperaban para un desayuno y que seguro me siguen mentando la madre. Lo anterior no se debe a que sea un miserable, ni a que disfrute haciendo tales papelones, en realidad el problema se reduce a mi memoria para estas cosas. Supongo que la zona de mi cerebro que se encarga de recordarme lo que debo hacer, sufrió una atrofia temprana (muy probablemente causada por los golpes de la vida y de una vieja loca que se encargaba de que yo creciera como un hombre disciplinado), el hecho es que las cosas se me olvidan de la peor manera posible y voy por la vida ofreciendo disculpas cumplidas a mis cada vez menos numerosas amistades.
Me han explicado que existe una solución para mi problema pero desgraciadamente la encuentro ridícula; se trata de una especie de pluma que uno trae en la bolsa de la camisa. En el momento que es necesario recordar algo, se saca el bolígrafo se aprieta un botoncito y uno le dice a la pluma cosas del tipo: “comprar cuatro manojos de pápaloquelite” o “bañar al perro”. La verdad es que no puedo evitar sentirme un imbécil hablándole a una pluma, así que decidí que no era lo mío. De hecho lo más probable es que el artefacto de marras se perdiera en la noche de los tiempos.
La segunda opción que se me recomendó fue una “palm” que –entiendo- es un artilugio electrónico que utilizan los pinches yuppies para fijar sus citas y ver viejas encueradas en distintas posiciones sexuales. A mí francamente el contacto con estas madres me produce mucho agobio; vivo con el permanente temor de morir electrocutado al picar el armatoste y por otro lado, lo más cool que he portado en mi vida miserable son unos calzones de manga larga con unos como perros estampados.
Acto seguido y ante este fracaso tecnológico, se me sugirió una agenda de papel. El problema es que las de tamaño adecuado miden medio metro y las bolsas traseras de mis pantalones son más pequeñas (lo mismo que mis nalgas). Es por ello que decidí adquirir una portátil que, cuando la abrí, me produjo la fúnebre sensación de que me estaba quedando ciego, ya que los números que indican la hora del día medían una micra. Ello provocó que nunca llegara a tiempo a ningún lugar. El último problema ha consistido en la ilegibilidad de lo que escribo. Permítame, querido lector, algunas muestras ejemplares.
El 18 de mayo del 2001 (viernes) escribí en el renglón correspondiente (creo) a las 11 horas la palabra “Rusia”. Lo anterior representa un misterio insondable ya que nunca ha entrado en mis planes viajar a dicho país, no conozco ninguna calle con ése nombre y mucho menos una persona que se llame así. Jamás he sido requerido por la embajada para ir a cenar de gorra y mi contacto más cercano con la Federación Rusa, se limita a una borrachera espantosa que me puse tomando vodka helada y que me hizo ver arañas gigantes ¿En qué pensaría? –me pregunto- ¿Estaría yo bebido a la hora de llenar mi agenda? Misterio insondable.
Otro ejemplo, esta vez correspondiente al 3 de octubre del 2002 (jueves) a las 18 horas (creo) se lee lo siguiente: “revisar transformador”. Lo anterior no solo es misterioso sino ingenuo; estoy seguro que yo podría revisar un transformador pero no sabría qué hacer con dicha inspección ya que lo que sé en dicha materia se puede multiplicar por cero. En este caso lo más probable es que se cumpliera mi fundado temor a morir electrocutado. Pero eso no es todo; ¿para qué carajo tomaría yo tal iniciativa? Si tuviera dicha intención lo primero que alguien me debería explicar es cómo luce un transformador ya que no tengo la menor idea de su aspecto. La otra interrogante es por qué haría tal cosa en día jueves que es un día laborable. Segundo misterio.
En fin, me siento muy avergonzado con mis amigos y juro que tengo la firme determinación de tomarme unos chochitos que me recomendaron para la memoria... a ver si no me da diabetes.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Disfraces (El Financiero 2005)

Conservo una foto de mi niñez en la que estoy en el jardín de mi casa, miro fíjamente a la cámara igual que mi hermana Diana, en realidad ése no es el problema ya que me parece razonable que los padres retraten a sus hijos, la tragedia se expresa en que un servidor está disfrazado de conejito con una bolita de algodón en la cola y mi hermana de abejita portando unas mallas escalofriantes y una varita desconcertante ya que ignoraba que estos insectos fueran magos,
Que la gente se disfrace me parece completamente idiota y es por ello que tengo por norma no hacerlo así me paguen por ello. Por esta razón me pareció notable la nota que encontré hace poco en el periódico Reforma en la que se ofrecen una serie de consejitos sobre disfraces para las fiestas de Halloween por venir y que –considero respetuosamente- están dirigidos a los múltiples idiotas del planeta. Veamos:
1) "Primero encuentra el lugar de preferencia que sea cerrado, pues octubre es un mes de pura lluvia y así la gente no tendrá que irse como esquimal para el festejo." Por supuesto solo alguien estúpido asiste a un lugar abierto semidesnudo, sin embargo el mayor misterio consiste en dar consejos meteorológicos sobre el mes equivocado ya que halloween se festeja en Noviembre.
2) "Como en todo, no siempre todo mundo y hasta tus mismos amigos no van a ser los más entusiastas, así que espera los comentarios de "que flojera" o "ni al caso" con el tema del disfraz. Para que todo mundo coopere, debes poner varios gadgets: Puedes empezar por ofrecer un premio a los mejores tres disfraces o invitar al Club para forzarlos a que si no van vestidos como se indica quedarán en evidencia." Supongo que los amigos sin entusiasmo son los únicos lúcidos del grupo aunque en este caso el misterio es qué carajo es un gadget y la razón por la cual el anónimo autor del reportaje escribe como idiota. No es claro para mí cuál es la relación entre hacer el festejo en un club y que la gente quede en evidencia pero sí afirmo que poca gente diría para sus adentros “¡qué vergüenza! Mira a Paco de momia y yo sin disfraz”.
3) "El punto más importante es hacer una cadena de "rumores" que diga que tu fiesta va a ser la mejor, que los disfraces de la mayoría de los invitados están cañones, para así fomentar un poco de competencia e interés." Que joya, ignoro como se hace una cadena de rumores pero me parece conmovedor el consejo. Imaginar en este momento a la señorita Fer hablando por teléfono con la señorita Camila mientras le dice: “mi fiesta va ser la mejor, corre la voz”, lo que ignoro es cómo carajo la señorita Fer se entera con anticipación de algo que se supone es secreto y se devela en el momento de abrir la puerta para encontrar a Tony disfrazado de pan tostado.
5) "Acuérdate de invitar a ciertas personas que sabes que son muy buena onda, chistosas, entusiastas y aunque suene ridículo populares y guapos (as) para que tu fiesta sea un "must" para el fin de semana." Nunca he invitado a nadie a mi casa por su “entusiasmo” y en este caso el consejo asume un toque de autocrítica ya que –efectivamente- es ridículo invitar gente porque está buenona. La tragedia es que nuestro anónimo amigo sigue escribiendo como retardado (imaginar a un servidor pensando “quiero que mi fiesta sea un must”)
7) "Calcula súper bien comida y bebida, son fatales las fiestas en las que de repente ya no hay ni hielo, generalmente en los lugares como La Europea te pueden calcular perfecto la cantidad, para que ni sobre ni falte. Y no hay que ser codos, la comida es buen punto pues con unas papas, olvídate de la cantidad de borrachos en una hora. A la comida le puedes agregar ítems del tema de la fiesta para que se vea más cool." Si bien hay tramos ilegibles, como el de la comida y las papas, este último consejo confirma mi percepción inicial; sobra la gente idiota, que en este caso es inclusive incapaz de calcular los víveres para una fiestecita. Pobres.

sábado, 31 de octubre de 2009

Cartas a la cigüeña (El Financiero 2007)

La evolución de la educación sexual ha sufrido cambios que considero francamente dramáticos desde que yo era niño (en el precámbrico) hasta nuestros días. En mis tiempos la ortodoxia sugería dar una explicación imbécil que más o menos decía que los niños venían de París (¿por qué de París y no de Ixcateopan? Misterio) a bordo de una cigüeña. Por supuesto cualquier infante que no fuera esencialmente pendejo podía deducir el tamaño de la mentira ya que una cigüeña es una ave zancuda cuyo peso oscila entre los dos y tres kilos y hasta el día de hoy no se tiene noticia de un avistamiento de este bicho cargando un trapo en el que va un infante del mismo peso. Mucho menos su llegada a un hogar (si a mi casa llegar una cigüeña, saldría corriendo en dirección contraria pegando de gritos). Por supuesto, la idea de la cigüeña se esfumó con los años y entonces se utilizaron metáforas botánicas francamente ilegibles. La que se me explicó a mí se basaba en la idea de que papá ponía una “semillita” en mamá y de esa semillita salía un bebé, asunto que me dejó durante años sumamente confuso ya que el proceso tenía deficiencias evidentes (nunca vi el riego, ni el fertilizante que permitieran a una semillita evolucionar en niño o niña).
Pasaron los años y entonces por la vía de los hechos me enteré de la verdad de una manera bastante dramática un día que entré por equivocación al cuarto de unos amigos de mis padres que en ese momento practicaban la posición treinta y cuatro del Kamasutra, de hecho creo que se asustaron más que yo, ya que pegaron un grito escalofriante mientras yo echaba la carrera tratando de recordar mentalmente la proeza física de la que acababa de ser testigo.
Hoy la cosa es infinitamente más llevadera ya que los niños modernos no se arredran ante nada y hablan con toda naturalidad del pene y la vagina, asunto que no me puede parecer más que saludable. Sin embargo, y aunque parezca increíble existen grupos con enorme poder que ofrecen “argumentos” para evitar la educación sexual buscando un regreso al pasado, concretamente al siglo XII.
Recientemente fuimos testigos de cómo el gobernador de Jalisco se refirió a los condones y la obligación pública de su reparto. El asunto sería muy gracioso si el autor de frases como las que se escucharon fuera Capulina, pero no, es el mandatario de uno de los Estados más importantes de la República y entonces uno se pregunta, con lágrimas en los ojos, si los votantes son débiles mentales o los gobernantes no tienen la irrigación sanguínea suficiente.
Hace no mucho se armó una polémica asociada a los nuevos libros de biología para la escuela secundaria. El hecho me consta de primera mano porque soy autor de uno de los siete textos autorizados por SEP para la enseñanza del tema. Durante el proceso fui el mudo testigo de la forma en que grupos conservadores presionaron con el fin de que los niños mexicanos no supieran que las relaciones sexuales las puede tener gente del mismo sexo y mucho menos que se enteraran de un concepto tenebroso llamado masturbación a través del cual el demonio posee los cuerpos débiles y los abandona a los placeres de la carne.
En algunos Estados los libros de plano no se repartieron ya que las buenas conciencias pensaron (lo anterior es un eufemismo) que la corrupción de menores empieza en la escuela y en otro (lo juro) se organizaron quemas de libros. Uno se pregunta si esta mocharía rampante tiene cabida en un país que cabalga en pleno siglo XXI y la triste respuesta es afirmativa. Es por ello que desde esta humilde tribuna propongo que realicemos una expedición masiva hacia Europa y Asia (el hábitat de la cigüeña blanca) capturemos algunas docenas de estos bichos y los entrenemos en el zoológico de Chapultepec para que se encarguen de llevar a niños recién nacidos a sus nuevos hogares. Será menester que estas criaturas nazcan por medio de probetas, para así evitar contactos sexuales en la población, que como se sabe son un pecado de los más mortales que existen. En fin.