No pueden faltar. . .
jueves, 15 de octubre de 2009
El juego del hombre (La Mosca 1996)
Cualquiera que no esa estúpido –y de ellos está empedrado el camino del infierno- podrá percatarse que un partido de futbol tiene reglas muy elementales; cada equipo salta a la cancha con once señores vestidos de pantalones cortos, uno de ellos trae una indumentaria diferente que, en algunos casos, recuerda el carnaval de Veracruz. Ése se coloca debajo de los postes y los demás se reparten en el campo. En el momento que otro señor vestido de negro sopla el pito (“sopla el pito” que maravilla), los que tienen el mismo uniforme patean la pelota en una dirección y los otros intentan lo mismo. Como se puede ver no es necesario ser una lumbrera para entender de qué se trata. Pues bien, algo tan elemental ha resultado ser el juego más popular del planeta y ello no puede sino ser una fuente de misterios. Las explicaciones de los sociólogos (que son gente mamona con título para ejercer) se centran justamente en la simpleza del deporte y en lo fácil que resulta que un grupo de escuintles se compre una pelota y se dediquen a patearla como Dios les dio a entender. Es probable, pero también insuficiente, porque ya puestos a elegir es mucho más elemental el boxeo, donde queda claro que el chiste es que uno tire más chingadazos que el otro, si se puede hasta dejarlo sin sentido o de plano medio muerto. Pese a esto, el box no es más popular que el futbol ¿Por qué será?
Otro problema con el futbol es la enorme diferencia en las condiciones que existen para quiénes lo practican profesionalmente y aquellos que son aficionados. Los primeros juegan en pastito, si les dan una madrazo reciben su masajito, ganan la cantidad equivalente para poner alumbrado público en Moroleón y comen tres veces al día. Los segundos practican su afición en canchas que en el mejor de los casos tienen nomás rocas sedimentarias, si se barren pueden olvidar el fémur en la media luna. Cuando se pegan son olvidados por sus compañeros hasta que acabe el partido y entonces son llevados con fractura expuesta a Xoco, donde los terminan de desgraciar. En lugar de recibir dinero, tienen que poner para el arbitraje y en muchos casos para las chelas que reúnen a todos después del juego. Uno pensaría que ante tales diferencias el asunto no debería contar con tantos aficionados y, sin embargo, ahí siguen los llaneros de panza y bigote rompiéndose la madre cada domingo.
El último misterio es quizá el más relevante: ¿por qué la gente se vuelve loca con un partido? Conozco señores que llevan una vida ordenada, le dan de comer a sus hijos y tienen 2.7 relaciones sexuales con su mujer por semana y apenas iniciadas las hostilidades, se pintan cosas en la cara, utilizan sombreros ridículos, salen a la calle mentando madres y con ganas de violar doncellas y enarbolan la bandera nacional con un patriotismo que su maestra de quinto de primaria nunca logró imbuir.
En fin, el futbol es un asunto metafísico que no se puede explicar racionalmente, por eso te digo mi querido chavo (siempre he asumido que los que leen este espacio son jóvenes medio cabronsones) que la próxima vez que tu equipo favorito llegue a la final, aprovecha para dar de gritos a lo buey, en lugar de intentar explicaciones de hueva como las que emprendí el día de hoy. Abur.
Otro problema con el futbol es la enorme diferencia en las condiciones que existen para quiénes lo practican profesionalmente y aquellos que son aficionados. Los primeros juegan en pastito, si les dan una madrazo reciben su masajito, ganan la cantidad equivalente para poner alumbrado público en Moroleón y comen tres veces al día. Los segundos practican su afición en canchas que en el mejor de los casos tienen nomás rocas sedimentarias, si se barren pueden olvidar el fémur en la media luna. Cuando se pegan son olvidados por sus compañeros hasta que acabe el partido y entonces son llevados con fractura expuesta a Xoco, donde los terminan de desgraciar. En lugar de recibir dinero, tienen que poner para el arbitraje y en muchos casos para las chelas que reúnen a todos después del juego. Uno pensaría que ante tales diferencias el asunto no debería contar con tantos aficionados y, sin embargo, ahí siguen los llaneros de panza y bigote rompiéndose la madre cada domingo.
El último misterio es quizá el más relevante: ¿por qué la gente se vuelve loca con un partido? Conozco señores que llevan una vida ordenada, le dan de comer a sus hijos y tienen 2.7 relaciones sexuales con su mujer por semana y apenas iniciadas las hostilidades, se pintan cosas en la cara, utilizan sombreros ridículos, salen a la calle mentando madres y con ganas de violar doncellas y enarbolan la bandera nacional con un patriotismo que su maestra de quinto de primaria nunca logró imbuir.
En fin, el futbol es un asunto metafísico que no se puede explicar racionalmente, por eso te digo mi querido chavo (siempre he asumido que los que leen este espacio son jóvenes medio cabronsones) que la próxima vez que tu equipo favorito llegue a la final, aprovecha para dar de gritos a lo buey, en lugar de intentar explicaciones de hueva como las que emprendí el día de hoy. Abur.
miércoles, 14 de octubre de 2009
Los terminajos (La mosca 1996)
Existe gente cuya misión en la vida parece ser la de estar jodiendo al prójimo con la manera en que se expresan: que si no se dice “gentes”, que “lapso de tiempo” es una redundancia y demás mamadencias. Recuerdo un programa de Jorge Saldaña en el que invitaba a una nube de viejitos para explicar cosas tan fascinantes como el origen de la palabra “catatonia” y que se dedicaban a contarnos acerca de las costumbres sexuales de los mesopotamios. Sin embargo, esta opción -que parece diseñada por el marqués de Sade- era mucho mejor que oír cantar a Saldaña, cuyo timbre de voz era extrañamente parecido al del apareo de los chotacabras.
A mí en principio el asunto de si la gente habla bien, mal o regular me importa un pito. Sin embargo. he descubierto en nuestro lenguaje algunos términos que me parecen muy destacados porque cada que alguien los emite me quedo en blanco: hablemos de ellos.
Llegué a tu casa.- Cuándo alguien me dice la frase anterior sufro desconcierto; ¿llegó a mí casa? Entonces la siguiente pregunta es ¿a qué chingaos? Luego descubro que lo que quiere decirme es que en realidad llegó a su casa (que es también la mía). Una derivación posible es “tu pobre casa” que ya tiene un matiz socieconómico escalofriante ¿No es pendejísimo?
Pompis.- Difícilmente es posible hallar una palabra más siniestra que pompis o pompas. Esta la usan frecuentemente las viejas chotas para describir las nalgas “¡Hay chula! me di un sentón en las meras pompas”. La pregunta en este caso es ¿quién fue el imbécil que decidió que nalgas era algo innombrable? y ¿quién el estúpido que recurrió a pompis como alternativa? No lo sé. Algunas derivaciones colaterales de estos términos son palabras tales como “pajarito”, “pizarrín”, “pirinola” y “bubis”. Las tres primeras se refieren al pene (en castizo: “pito”) y la última (creo) a los pezones.
O sea ¿no?.- Esta es un frase que distingue al que la usa, y digo lo distingue porque lo señala como alguien profundamente pendejo. En su origen ha sido utilizada por adolescentes que se sienten noruegos para dirigirse a sus semejantes. Lo notable es que pese al pitorreo que ha generado el uso del vocablo, éste no ha disminuido. El otro día en el aeropuerto le conté catorce a una muchacha que estaba platicándole a un amigo lo importante que es el vestirse adecuadamente para no ir por el mundo dando malas impresiones.
Buga.- El otro día me explicaron que yo era un buga y me quedé mirando al cielo con cara de azoro. Acto seguido aprendí que “buga” es el término con el que los homosexuales designan a quienes no lo son. La frase no es babosa pero sí desconcertante ¿Por qué Buga? ¿Por bugambilio? ¿Por Buey Usted que Goza Alternativamente? la verdad es que no tengo la menor idea y me encantaría que alguien me diera una explicación.
Niña.- En principio la palabra niña (o niño) no tienen ningún problema ya que resulta claro que describe a seres humanos que no han cumplido los once años, que juegan con muñecas o se madrean como los Power rangers. Sin embargo, la modernidad ha definido que los adolescentes se refieran a una niña o a un niño como alguien que perfectamente puede tener treinta años y vello en las partes prudentes. “Conocí a una niña lindísima” dicen y entonces uno se los imagina relamiéndose los bigotes mientras esperan con un chicharrón en la mano afuera de una primaria federal, cuando en realidad la susodicha es secretaria bilingüe y tiene su cartilla para votar. Es pendejisísimo.
En fin, con esto de los términos no hay nada que hacer ya que desde luego la opción de ponerse a regañar a la gente me parece inaceptable, así que hagamos de tripas corazón y sigamos hablando como nos dé la gana que después de todo... no pasa nada.
A mí en principio el asunto de si la gente habla bien, mal o regular me importa un pito. Sin embargo. he descubierto en nuestro lenguaje algunos términos que me parecen muy destacados porque cada que alguien los emite me quedo en blanco: hablemos de ellos.
Llegué a tu casa.- Cuándo alguien me dice la frase anterior sufro desconcierto; ¿llegó a mí casa? Entonces la siguiente pregunta es ¿a qué chingaos? Luego descubro que lo que quiere decirme es que en realidad llegó a su casa (que es también la mía). Una derivación posible es “tu pobre casa” que ya tiene un matiz socieconómico escalofriante ¿No es pendejísimo?
Pompis.- Difícilmente es posible hallar una palabra más siniestra que pompis o pompas. Esta la usan frecuentemente las viejas chotas para describir las nalgas “¡Hay chula! me di un sentón en las meras pompas”. La pregunta en este caso es ¿quién fue el imbécil que decidió que nalgas era algo innombrable? y ¿quién el estúpido que recurrió a pompis como alternativa? No lo sé. Algunas derivaciones colaterales de estos términos son palabras tales como “pajarito”, “pizarrín”, “pirinola” y “bubis”. Las tres primeras se refieren al pene (en castizo: “pito”) y la última (creo) a los pezones.
O sea ¿no?.- Esta es un frase que distingue al que la usa, y digo lo distingue porque lo señala como alguien profundamente pendejo. En su origen ha sido utilizada por adolescentes que se sienten noruegos para dirigirse a sus semejantes. Lo notable es que pese al pitorreo que ha generado el uso del vocablo, éste no ha disminuido. El otro día en el aeropuerto le conté catorce a una muchacha que estaba platicándole a un amigo lo importante que es el vestirse adecuadamente para no ir por el mundo dando malas impresiones.
Buga.- El otro día me explicaron que yo era un buga y me quedé mirando al cielo con cara de azoro. Acto seguido aprendí que “buga” es el término con el que los homosexuales designan a quienes no lo son. La frase no es babosa pero sí desconcertante ¿Por qué Buga? ¿Por bugambilio? ¿Por Buey Usted que Goza Alternativamente? la verdad es que no tengo la menor idea y me encantaría que alguien me diera una explicación.
Niña.- En principio la palabra niña (o niño) no tienen ningún problema ya que resulta claro que describe a seres humanos que no han cumplido los once años, que juegan con muñecas o se madrean como los Power rangers. Sin embargo, la modernidad ha definido que los adolescentes se refieran a una niña o a un niño como alguien que perfectamente puede tener treinta años y vello en las partes prudentes. “Conocí a una niña lindísima” dicen y entonces uno se los imagina relamiéndose los bigotes mientras esperan con un chicharrón en la mano afuera de una primaria federal, cuando en realidad la susodicha es secretaria bilingüe y tiene su cartilla para votar. Es pendejisísimo.
En fin, con esto de los términos no hay nada que hacer ya que desde luego la opción de ponerse a regañar a la gente me parece inaceptable, así que hagamos de tripas corazón y sigamos hablando como nos dé la gana que después de todo... no pasa nada.
martes, 13 de octubre de 2009
Pero al burro... (La Mosca 1997)
Una de las famas ganadas con mayor justicia que tenemos los mexicanos es la de ser buenos para los albures, esta virtud, que se podría comparar con otros atributos como ser alegres, huevones o de plano llevados de la mala vida, son las que seguramente han contribuido a construir la identidad nacional. Si, por ejemplo, vamos algún día caminando por el aeropuerto Rajaputra de Nueva Delhi y exclamamos algo como “el saco me quedó chico” habrá que afinar el oído y otear el horizonte; escuchar algunas de las siguientes frases nos permitirá identificar a un compatriota perdido en su viaje por Asia: a) medallas y llaveros”; b) “échame de menos”; c) “a travieso, nadie me gana” y d) “¿cómo?”.
La vida no me ha dado la imaginación suficiente para especular acerca del origen del albur. No sé si los españoles tenían éstas pretensiones de andarse jodiendo con chupadas y mechas en la punta. Ignoro, también, si el asunto se originó gracias al ingenio e imaginación de algún príncipe chichimeca que no sabía que uso darle a la palabra camote. Algún sociólogo de ésos que les gusta investigar cosas como los hábitos sexuales de los policías del siglo XIX en la meseta de Oaxaca, quizá ha encontrado que el albur es un producto del mestizaje y que algún azteca receloso decía “sí amo” en nahuatl cuando en realidad estaba diciendo “me agarras”. El hecho es que hoy en día uno debe hablar con la cautela de un adúltero para evitar que los amigotes lo agarren de su güey.
Todo este asunto viene a cuento porque el otro día soñé que una empleado de ventanilla en la Secretaría de Hacienda me masacraba a base de albures mientras yo le entregaba mi forma IS24567389”////. El tipo me decía refieriéndose a los palitos del final de la forma que: yo no había agarrado la onda y que él me iba a dar otra forma. Desperté entre sudores fríos y me dirigí inmediatamente al psicoanalista. Al entrar en el consultorio no pude evitar advertir que la recepcionista tenía más bigote que yo y que usaba un sombrerito que le confería el aspecto de una jaula de guacamayas. Cuando entré con el doctor y le expliqué mi problema me dijo: “mire amigo, lo que usted necesita es agarrar confianza en sí mismo. Siento que está muy rígido. así que ¿por qué no se sienta y me platica su problema?
Me senté.
El analista continuó: “su vida se vierte por un agujero, así que ponga atención y trate de recordar los momentos más cálidos de su vida. Seguramente usted de chico daba mucho de que hablar, se enfrascaba en constantes disputas y su madre no lo atendió como era debido. Para superar su problema es menester que descanse ¿Estamos?”
“Estamos” respondí.
“Bien, le voy a sugerir que acuda con el Dr. Martín Cholano y le cuente lo que a mí me ha contado, seguramente el le ofrecerá el consuelo que su alma necesita.”
Desperté por segunda vez y me juré no volver a cenar quesadillas de pápaloquelite. El asunto me ha funcionado pero sin embargo, sigo con inquietudes y es por eso, querido lector que me acojo a su comprensión para que cuando lea estas líneas comprenda que las escribe un hombre desesperado que probablemente se cosa la boca para evitar ir por la vida sufriendo el ingenio ajeno.
La vida no me ha dado la imaginación suficiente para especular acerca del origen del albur. No sé si los españoles tenían éstas pretensiones de andarse jodiendo con chupadas y mechas en la punta. Ignoro, también, si el asunto se originó gracias al ingenio e imaginación de algún príncipe chichimeca que no sabía que uso darle a la palabra camote. Algún sociólogo de ésos que les gusta investigar cosas como los hábitos sexuales de los policías del siglo XIX en la meseta de Oaxaca, quizá ha encontrado que el albur es un producto del mestizaje y que algún azteca receloso decía “sí amo” en nahuatl cuando en realidad estaba diciendo “me agarras”. El hecho es que hoy en día uno debe hablar con la cautela de un adúltero para evitar que los amigotes lo agarren de su güey.
Todo este asunto viene a cuento porque el otro día soñé que una empleado de ventanilla en la Secretaría de Hacienda me masacraba a base de albures mientras yo le entregaba mi forma IS24567389”////. El tipo me decía refieriéndose a los palitos del final de la forma que: yo no había agarrado la onda y que él me iba a dar otra forma. Desperté entre sudores fríos y me dirigí inmediatamente al psicoanalista. Al entrar en el consultorio no pude evitar advertir que la recepcionista tenía más bigote que yo y que usaba un sombrerito que le confería el aspecto de una jaula de guacamayas. Cuando entré con el doctor y le expliqué mi problema me dijo: “mire amigo, lo que usted necesita es agarrar confianza en sí mismo. Siento que está muy rígido. así que ¿por qué no se sienta y me platica su problema?
Me senté.
El analista continuó: “su vida se vierte por un agujero, así que ponga atención y trate de recordar los momentos más cálidos de su vida. Seguramente usted de chico daba mucho de que hablar, se enfrascaba en constantes disputas y su madre no lo atendió como era debido. Para superar su problema es menester que descanse ¿Estamos?”
“Estamos” respondí.
“Bien, le voy a sugerir que acuda con el Dr. Martín Cholano y le cuente lo que a mí me ha contado, seguramente el le ofrecerá el consuelo que su alma necesita.”
Desperté por segunda vez y me juré no volver a cenar quesadillas de pápaloquelite. El asunto me ha funcionado pero sin embargo, sigo con inquietudes y es por eso, querido lector que me acojo a su comprensión para que cuando lea estas líneas comprenda que las escribe un hombre desesperado que probablemente se cosa la boca para evitar ir por la vida sufriendo el ingenio ajeno.
lunes, 12 de octubre de 2009
Una de Superhéroes
Héroes, lo que se dice héroes, eran los Tigres de Mompracem; ni más ni menos que Sandokan, príncipe de Borneo y el portugués renegado Yáñez de Gomara (el mismo que decía ¡voto a Júpiter!), que dedicaron su vida a ponerle madrizas ejemplares a los navíos ingleses y holandeses a su paso por el Indico. En esos tiempos todo se resolvía con cañones y espadazos ¿qué James Brooke se ponía flamenco? Un bombazo y a enjuagarse la chompeta ¿Qué los Thugs asaltaban la barcaza? Se sacaba la navaja y listo.
Esos eran hombres.
Con el advenimiento de la era tecnológica todo cambió; ya no bastaba con señores que escupieran clavos al hablar, se necesitaba algo más drástico, la sociedad lo exigía. Así por ejemplo, los modestos mercados donde a un tipo igualito al Benemérito lo llamaban güerito para que comprara un kilo de aguacates, se convirtieron en Supermercados de carrito y viejas chotas. Las añejas carreteras nomás aumentaron dos carriles y transmutaron su nombre: Supercarreteras y convirtieron, como por arte de magia, en un menesteroso a todo aquel que no las transitara.
Super-cali-fragi-listi-coes-pira-lido-so, dijo el baboso de Dick van Dyke y todos los niños de la era Super, aprendimos que lo actual, lo que rifaba, era el uso de ese terminajo infame.
Los héroes no resistieron esta oleada modernizadora; sus enemigos ya no eran profesores Moriartys, o ingleses llevados de la mala. Nada de eso, las fuerzas del mal evolucionaron hacia formas francamente alarmantes: marcianos de intenciones inconfesables, sabios fabricantes de pócimas endemoniadas que volvían estúpido a quien las probara o seres parecidos a los chongos zamoranos que se comían todo lo que encontraban a su paso. Ante esta oleada de grandes males se eligieron grandes remedios "que vengan los Superhéroes" dijo alguno.
Y ellos llegaron.
El ejemplo paradigmático de un Superhéroe era Kal-El, vulgarmente conocido como Supermán. La historia cuenta que a punto de estallar el Planeta Kriptón, Jor-El, un sabio muy chinguetas y padre de Kal, decidió salvar a su hijo y construyó una nave espacial en la que trepó al infante. En el recuento de hechos no se consigna la razón por la cuál el señor El (que era tan chinguetas) no le puso dos asientos más al vehículo, pero eso desde luego no importa.
La nave salió de Kriptón diecisiete segundos antes de la explosión y vino a dar a la Tierra, donde la encontraron una pareja de viejitos a los que se les había ponchado una llanta, eran Martha y Clark. El infante rápidamente dio evidencias de su notabilidad y levantó el coche para que Clark cambiara la llanta. Los Kent, en lugar de abrir un taller mecánico adoptaron al niño y le dieron su nombre. Pronto se dieron cuenta que el pequeño Clark, además de su fortaleza, volaba, podía freír huevos con su supervista y nada lo traspasaba... Supermán, señoras y señores.
Por alguna razón inexplicable, Supermán sólo podía ser Supermán en caso de emergencia. Esto determinó que adoptara la personalidad de Clark Kent, un tipo ejemplarmente estúpido que era reportero del diario El Planeta (en el que trabajaban una docena de tipos más estúpidos aún, ya que no se daban cuenta que Clark era igualito a Supermán nomás que sin lentes y calzones rojos). Los principales enemigos de Supermán eran: Lex Luthor un hombre que estaba furioso porque nuestro héroe lo había dejado calvo y el señor Mxwlpryzglm (o algo así), un enano que venía de la cuarta dimensión. Ellos sabían cuál era el lado flaco de Supermán; la kriptonita, una roca que -como los huevos divorciados- podía ser verde o roja. Si verde, debilitaba a Supermán y lo dejaba con la fuerza de un alfeñique. Si roja le ocasionaba severos trastornos de conducta que determinaran que hablara como tonto o que quisiera meterle mano a Luisa Lane.
Mi primer recuerdo de un Supermán televisivo es lamentable; veo a un señor francamente gordo que se faja los calzones hasta las tetillas y brinca por una ventana para luego suspenderse de unos hilos de nylon que se notan, mientras detrás del él pasa la misma nube sesenta y siete veces. A pesar de ello, en mi escala de valores de la Legión de la Justicia, Supermán era el incuestionable número uno, muy por encima de los inocuos Batman y Robin, cuya única gracia consistía en el uso continuo de Batimadres para combatir a los pillos. La tradición televisiva nos ha presentado a Batman y a Robin como un par de pendejos que dicen cosas como "recuerda Robin que los criminales han equivocado el camino" o "Santos gases asfixiantes Batman". Los enemigos del Dúo Dinámico eran de lo más variado; destacaba El Guasón (un tipo notablemente más simpático que Robin) y Gatubela, una señora que usaba antifaz, traje pegadito y que estaba muy buena.
Otra Superheroína era la Mujer Maravilla que se transportaba en un avión cuyo máximo chiste consistía en su invisibilidad. Marvila usaba un lazo mágico para atrapar maleantes y se vestía como prostituta de la Colonia Cuauhtemoc.
Estaban los Cuatro Fantásticos cuyos poderes eran muy diversos. Uno de ellos, el jefe, era elástico. Estaba la señora que se peinaba como Doris Day y tenía poderes mentales que le permitían crear campos de fuerza. Había otro que al grito de "¡llamas a mí!" (frase altamente recomendable en caso de un quemón), se convertía en una bola de fuego. El Guapo Ben cerraba el cuarteto. Sin duda de los cuatro amigos era el más notable; andaba en calzones, tenía cuerpo de piedra, boca de huachinango y era un patanazo.
Ya en el catálogo de los Superhéroes de pacotilla encontramos a Flash, un señor bastante baboso que corría a la velocidad del demonio y en las orejas traía las alas de Mercurio. Estaba también Birdman, el hombre pájaro y su amigo Vengador. Cada vez que Birdman necesitaba su traje de carácter, pegaba un grito escalofriante por lo agudo que le ponía los nervios de punta a los bandidos.
El sorprendente Hombre Araña era un pesado y usaba máscara de luchador. Hulk era tan bruto que no se daba cuenta de que cualquier coraje -digamos, un atorón en el Periférico- lo iba a desgraciar.
Ya en tiempos más recientes, los japoneses se dieron a la tarea de crear legiones de Superhéroes cuya característica distintiva son los ojos como de plato, los de moda se llaman Caballeros del Zodíaco y son tan cursis que lloran porque pasó la mosca.
En fin, cada quién que decida con que Superhéroe se queda. Yo por lo pronto me instalaré en un ejercicio mnemotécnico para tratar de identificar al autor de la famosísima frase: "¡A luchar por la Justicia!" porque francamente lo he olvidado ¿no es una pena?
Esos eran hombres.
Con el advenimiento de la era tecnológica todo cambió; ya no bastaba con señores que escupieran clavos al hablar, se necesitaba algo más drástico, la sociedad lo exigía. Así por ejemplo, los modestos mercados donde a un tipo igualito al Benemérito lo llamaban güerito para que comprara un kilo de aguacates, se convirtieron en Supermercados de carrito y viejas chotas. Las añejas carreteras nomás aumentaron dos carriles y transmutaron su nombre: Supercarreteras y convirtieron, como por arte de magia, en un menesteroso a todo aquel que no las transitara.
Super-cali-fragi-listi-coes-pira-lido-so, dijo el baboso de Dick van Dyke y todos los niños de la era Super, aprendimos que lo actual, lo que rifaba, era el uso de ese terminajo infame.
Los héroes no resistieron esta oleada modernizadora; sus enemigos ya no eran profesores Moriartys, o ingleses llevados de la mala. Nada de eso, las fuerzas del mal evolucionaron hacia formas francamente alarmantes: marcianos de intenciones inconfesables, sabios fabricantes de pócimas endemoniadas que volvían estúpido a quien las probara o seres parecidos a los chongos zamoranos que se comían todo lo que encontraban a su paso. Ante esta oleada de grandes males se eligieron grandes remedios "que vengan los Superhéroes" dijo alguno.
Y ellos llegaron.
El ejemplo paradigmático de un Superhéroe era Kal-El, vulgarmente conocido como Supermán. La historia cuenta que a punto de estallar el Planeta Kriptón, Jor-El, un sabio muy chinguetas y padre de Kal, decidió salvar a su hijo y construyó una nave espacial en la que trepó al infante. En el recuento de hechos no se consigna la razón por la cuál el señor El (que era tan chinguetas) no le puso dos asientos más al vehículo, pero eso desde luego no importa.
La nave salió de Kriptón diecisiete segundos antes de la explosión y vino a dar a la Tierra, donde la encontraron una pareja de viejitos a los que se les había ponchado una llanta, eran Martha y Clark. El infante rápidamente dio evidencias de su notabilidad y levantó el coche para que Clark cambiara la llanta. Los Kent, en lugar de abrir un taller mecánico adoptaron al niño y le dieron su nombre. Pronto se dieron cuenta que el pequeño Clark, además de su fortaleza, volaba, podía freír huevos con su supervista y nada lo traspasaba... Supermán, señoras y señores.
Por alguna razón inexplicable, Supermán sólo podía ser Supermán en caso de emergencia. Esto determinó que adoptara la personalidad de Clark Kent, un tipo ejemplarmente estúpido que era reportero del diario El Planeta (en el que trabajaban una docena de tipos más estúpidos aún, ya que no se daban cuenta que Clark era igualito a Supermán nomás que sin lentes y calzones rojos). Los principales enemigos de Supermán eran: Lex Luthor un hombre que estaba furioso porque nuestro héroe lo había dejado calvo y el señor Mxwlpryzglm (o algo así), un enano que venía de la cuarta dimensión. Ellos sabían cuál era el lado flaco de Supermán; la kriptonita, una roca que -como los huevos divorciados- podía ser verde o roja. Si verde, debilitaba a Supermán y lo dejaba con la fuerza de un alfeñique. Si roja le ocasionaba severos trastornos de conducta que determinaran que hablara como tonto o que quisiera meterle mano a Luisa Lane.
Mi primer recuerdo de un Supermán televisivo es lamentable; veo a un señor francamente gordo que se faja los calzones hasta las tetillas y brinca por una ventana para luego suspenderse de unos hilos de nylon que se notan, mientras detrás del él pasa la misma nube sesenta y siete veces. A pesar de ello, en mi escala de valores de la Legión de la Justicia, Supermán era el incuestionable número uno, muy por encima de los inocuos Batman y Robin, cuya única gracia consistía en el uso continuo de Batimadres para combatir a los pillos. La tradición televisiva nos ha presentado a Batman y a Robin como un par de pendejos que dicen cosas como "recuerda Robin que los criminales han equivocado el camino" o "Santos gases asfixiantes Batman". Los enemigos del Dúo Dinámico eran de lo más variado; destacaba El Guasón (un tipo notablemente más simpático que Robin) y Gatubela, una señora que usaba antifaz, traje pegadito y que estaba muy buena.
Otra Superheroína era la Mujer Maravilla que se transportaba en un avión cuyo máximo chiste consistía en su invisibilidad. Marvila usaba un lazo mágico para atrapar maleantes y se vestía como prostituta de la Colonia Cuauhtemoc.
Estaban los Cuatro Fantásticos cuyos poderes eran muy diversos. Uno de ellos, el jefe, era elástico. Estaba la señora que se peinaba como Doris Day y tenía poderes mentales que le permitían crear campos de fuerza. Había otro que al grito de "¡llamas a mí!" (frase altamente recomendable en caso de un quemón), se convertía en una bola de fuego. El Guapo Ben cerraba el cuarteto. Sin duda de los cuatro amigos era el más notable; andaba en calzones, tenía cuerpo de piedra, boca de huachinango y era un patanazo.
Ya en el catálogo de los Superhéroes de pacotilla encontramos a Flash, un señor bastante baboso que corría a la velocidad del demonio y en las orejas traía las alas de Mercurio. Estaba también Birdman, el hombre pájaro y su amigo Vengador. Cada vez que Birdman necesitaba su traje de carácter, pegaba un grito escalofriante por lo agudo que le ponía los nervios de punta a los bandidos.
El sorprendente Hombre Araña era un pesado y usaba máscara de luchador. Hulk era tan bruto que no se daba cuenta de que cualquier coraje -digamos, un atorón en el Periférico- lo iba a desgraciar.
Ya en tiempos más recientes, los japoneses se dieron a la tarea de crear legiones de Superhéroes cuya característica distintiva son los ojos como de plato, los de moda se llaman Caballeros del Zodíaco y son tan cursis que lloran porque pasó la mosca.
En fin, cada quién que decida con que Superhéroe se queda. Yo por lo pronto me instalaré en un ejercicio mnemotécnico para tratar de identificar al autor de la famosísima frase: "¡A luchar por la Justicia!" porque francamente lo he olvidado ¿no es una pena?
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