lunes, 8 de octubre de 2012

De intelectuales (El Financiero 1998)

Me imagino que los servicios diplomáticos de todos los países del mundo tienen un librito o un manual en el que se explican las costumbres planetarias y que recomiendan cosas como ver a los ojos de una princesa de Bora Bora que trae los pectorales de fuera, o usar el cuchillo correcto en el baile de los reyes de Bélgica. Me imagino también que en el caso de México hay un apartado así de grande en el que se advierte a reyes, presidentes o primeros ministros que todo aquel que llegue a estas nuestras nacionales tierras, se enfrentará a una serie de ritos ignotos que pueden poner su vida en peligro. El primero y más conspicuo consiste en calarle al ilustre visitante un sombrero de mariachi ¿para qué? Lo ignoro, como ignoro el destino que tendrá tal atuendo al regreso. El manual debe ilustrar también sobre los niños que van en bola con la banderita visitante, así como de las visitas que se hacen a los sitios menos visitables del mundo, como una fábrica de latas o de mofles de motocicleta. Me imagino, también que el librito de marras advierte sobre la necesidad de usar tapones en los oídos ya que un matracazo a traición es estímulo suficiente para desgraciarle la trompa de Eustaquio al más pintado. Cuando el visitante regresa a su avión se tiene previsto el suero y un destino turístico para reponerse de la faena. Sin embargo, y aunque usted no lo crea querido lector, el tema de esta semana no es el de las visitas presidenciales, sino de una parte del rito que siempre ha llamado mi atención por bizarro; el de la cita del visitante con los intelectuales. Alguna vez mi padre viajó a Argentina, lo mismo que un centenar de gorrones invitados por el presidente Echeverría, todos ellos tenían un común denominador: eran “intelectuales” (lo pongo así, entre comillas, porque ignoro el significado del término). La mayoría de estos señores, entre los que se contaban varias glorias nacionales hicieron lo que la lógica obligaba y vivieron en completo estado de ebriedad varios días y de regreso se pararon a fayuquear todo lo que pudieron. Digo que era lógico porque yo hubiera hecho lo mismo. Después de todo, ¿qué se esperaba de estos señores? ¿Qué escribieran sonetos o esculpieran estatuas de jueves a domingo? ¿Qué entendieran las relaciones culturales entre ambos pueblos? Lo dicho: pura gorra. El único saldo palpable de tal visita no es una escuela en Buenos Aires que se llame Benito Juárez o un programa establecido de intercambio cultural, sino una televisión portátil que se descompuso quince años después y que le vendimos al ropavejero. Pero, perdone usted, este tampoco es el tema, lo que quiero discutir es una pregunta simple pero perturbadora: ¿qué carajos es un intelectual? Lo que uno s e imagina de inmediato es que por tal término debe entenderse a un señor que se las sabe de todas todas y que ha destacado en alguna rama artística ¿por qué rama artística? Misterio de nuevo. Dos problemas percibo, el primero es que nadie se describe a sí mismo como “intelectual” ya que no solo suena inmodesto, sino ridículo. La paradoja es que son tan brutos que les encanta que los demás sí los describan de ésa manera. El segundo problema se encuentra en el sistema de acreditación; ¿quién es el que califica al resto dentro de la categoría de “intelectual”? Absolutamente nadie, parecería que tal mérito se obtiene con el paso de los años por lo que nuestra grey del intelecto debe sumar más años que la era Cenozoica, asunto con el que no tengo nada en contra aunque no comparta la idea de que la vejez implica mérito alguno, como no lo implica ser adolescente o de Michoacán. En fin, propongo que en el siguiente desayuno de intelectuales, nos presentemos, en una acto de sabotaje, todos los que podamos con el fin de obligar a alguien a explicarnos porque los que se están comiendo medio kilo de machaca caben en la definición y nosotros no... Sería buenísimo.

viernes, 7 de septiembre de 2012

El Grito El Financiero 1997)

Entre el momento que el cura Hidalgo tomó una decisión y salió a matar gachupines y el día de hoy ha pasado mucho tiempo. Sin embargo su gesta se recuerda año con año a través de un ritual profundamente barroco siguiendo la tan mexicana maña de festejar lo que sea (hace unos días los cadetes del Colegio Militar recrearon la batalla del 13 de septiembre y no me imagino cómo le hicieron para salir derrotados, ni cuáles cadetes representaban a los gringos). “¿Qué si no vas a ir al Grito?” Me preguntaron el lunes. Sonreí cortésmente y entonces, como en una avalancha, llegó a mí una cascada de recuerdos (nótese que sigo poético, que chingao) que me dejaron con una sensación de amargura que aún conservo. El último Grito de Independencia al que asistí tuvo verificativo la noche de un 15 de septiembre de hace siete años; en la expedición iba mi hermana Diana, su esposo –un hombre de tres metros- mi legítima y un servidor enfundado en una camiseta de color verde como la esperanza. Todo inició muy mal: el lugar más cercano al zócalo de Coyoacán se hallaba a una distancia equivalente a la que existe entre Lindavista y la central de abastos, por lo que fue necesario emprender una caminata que me hizo envejecer veinte años. Por las calles nos rodeó una nube de compatriotas vestidos como sólo se vestiría alguien que tiene ausencia cerebral; unos llevaban su sombrerote de tres metros y un jorongo con leyendas alusivas como: “viva México cabrones” o “tu mamá me ama”. Cuando llegamos a la plaza y vi a la gente me acordé de una película en la que sale John Wayne con los ojos de alcancía y dirigiendo a una nube de mongoles (entre los que se contaba Pedro Armendáriz, también con ojos de alcancía). Sin embargo, el vértigo producido ante la cantidad de compatriotas no fue una advertencia suficiente y nos metimos a la bola a lo puro güey. Fue horrible... Como no había referentes cardinales precisos uno iba caminando por medio de fuerzas de carácter newtoniano hasta que se daba en la cabeza con un puesto de algo que aparecía de la nada. Se vendían unos bigotes que olían a pápaloquelite, elotes, buñuelos y hot cakes en los que con dos gotitas de masa salían las chichis de alguna encuerada. En dos ocasiones fue menester que pateara a un infante que había decidido morderme las nalgas. Luego vinieron los cohetes, que iban a explotar en cuatro segundos porque alrededor de la zona donde caían se abría un claro lleno de gente pendeja que se reía de que le tronaran entre las patas. Si daba la casualidad que uno fuera el centro del claro el asunto estaba concluido. A las once salió una figurita miriñáquica que me dijeron era el Delegado, dio el Grito y se metió a cenar. El resto de la gente inició en ese momento una batalla memorable a través de armas contundentes. Como no había piedras se decidió que los elotes eran adecuados para tal fin. En el momento que yo me empezaba a preocupar el destino me dio la razón y se manifestó en forma de un elotazo en la nuca que me borró para siempre el nombre de mis abuelos. Todavía hoy me pregunto como es que no le apuntaron a mi cuñado que, como ya expliqué, era un blanco más conspicuo. Eso fue todo: decidí que lo mejor era huir a toda prisa, el pedo es que como en cualquier campaña de guerra el movimiento era envolvente por lo que para caminar en dirección contraria tuve que sortear un cohete, recargarme en el seno de una señora embarazada y besar a uno de bigote. El rumbo hacia el coche fue igual de pausado que la salida de los franceses de Rusia. Al llegar al auto y tratar de ver los estragos de la noche en mi cara lo único que vi fue el hoyo dónde estaba el espejo que se habían robado. Terminamos en mi casa jugando dominó, ellos riéndose y yo con un humor de los mil diablos. Por eso cuándo me preguntan sonrío cortésmente sin que nadie sepa que por dentro estoy mentando madres.

jueves, 16 de agosto de 2012

Impuestos ambientales (Equilibrio 2011)

Impuestos y medio ambiente Fedro Carlos Guillén La Real Academia Española nos hace favor de definir un “Impuesto” como “Tributo que se exige en función de la capacidad económica de los obligados a su pago”. Los términos son reveladores; “exigir” es justamente lo que hace el gobierno al hacer valer sus funciones recaudatorias y ello ha generado una serie de reacciones endémicas en la ciudadanía que abarcan un espectro muy amplio en el que campea la evasión, la protesta y la crítica al mal uso que se hace del tributo ciudadano. Para decirlo en español, nadie o muy pocos quieren pagar impuestos y harán lo posible por evitarlo…así son las cosas. En este escenario genérico se inscriben los impuestos ambientales cuyo origen se asocia con el término de “sustentabilidad del desarrollo” en el que se germina la idea de que el deterioro y restauración ambiental no pueden desligarse de componentes económicos. Los estudiosos al integrar ambas variables descubrieron que al utilizar un recurso o generar desechos contaminantes sin asumir los costos de esta degradación se producen “externalidades negativas” que no son otra cosa que el valor económico asociado a esta inacción. Por ejemplo, la devastación de manglares en el Sureste mexicano tiene consecuencias ambientales y económicas que se pueden expresar monetariamente, frecuentemente con varios puntos del PIB nacional. Ante este panorama es que en la década de los setenta se generaron en la en la OCDE conceptos como “el que contamina paga”, tratando de introducir costos ambientales al sistema de precios. Los impuestos (tributos, exenciones y estímulos) tienen varias formas de expresarse pero para fines de economía de espacio, los podríamos dividir en dos grandes categorías; los incentivadores –que pretenden la modificación de conductas de degradación- y los redistributivos, cuya meta es obtener ingresos para el gasto público ambiental. Diversos análisis señalan la importancia de buscar un equilibrio entre ambas alternativas en un esquema de transparencia fiscal, un tema, por cierto, lleno de opacidad en este país. Diversos países, señaladamente miembros de la OCDE han generado iniciativas fiscales para reestructurar sus impuestos siguiendo una tendencia de indexación a emisiones. En muchos casos, por ejemplo, más del 50% del costo de los combustibles, está representado por obligaciones fiscales lo que ha producido reacciones del mercado ambientalmente correctas como producir gasolinas con menores concentraciones de plomo. En México el tema de los impuestos y el medio ambiente se ha desarrollado por la vía de la coyuntura y la desarticulación. En noviembre de 2003 el Presidente Fox envió una iniciativa de ley de impuestos ambientales, confusa y mal estructurada, en la que se planteaba por ejemplo el gravar sustancias tóxicas que estaban prohibidas por ley. En realidad lo que ha venido ocurriendo en materia de políticas es la priorización de criterios de rentabilidad política en el corto plazo con muy adversos efectos ambientales. Los subsidios a la gasolina, el agua o el diesel son un claro ejemplo de perversiones inaceptables ya que al no integrar el verdadero valor de estos productos, ya sea por su potencial contaminante o su escasez, se contribuye de manera directa al deterioro ambiental nacional. Dentro de las principales objeciones a los impuestos ambientales se cuenta la de que no aumentarían la recaudación ya que las causas que impusieron el gravamen se irían modificando. Esta aparente paradoja parte de la idea mecánica y tecnocrática de que los impuestos son fijos e inmutables. Sin embargo esta no es la única objeción; la falta de desarrollo de métodos para cuantificar económicamente la degradación ambiental, la resistencia que se traslade a la colectividad el daño generado por un grupo social, el contexto político, medroso y timorato, así como la falta de cultura fiscal y ambiental, hacen que el tema de los impuestos y el medio ambiente se vean tan cercanos como la coronación de México en una copa del Mundo, lo que nunca dejará de ser una mala noticia.

martes, 3 de julio de 2012

Encuestas 2012

A nadie escapa que las encuestas en tiempos electorales no son sólo, como se ha querido aparentar, una “fotografía” de las preferencias electorales, sino también un actor interesado que puede influir en las decisiones de los votantes. Es evidente que si alguna encuesta determinada le da treinta puntos de ventaja a algún Candidato, la población podría asumir que ya valió madre y evitar acudir a las urnas resignadamente. En estas elecciones que terminaron ayer muchas son las lecciones que podemos tomar como ciudadanos. La primera es que hay partes interesadas que contratan y pagan las encuestas y en consecuencia debería ser público y evidente quiénes son los que las ordenan, qué montos gastan y con qué fin las publican. Sin embargo, este es un territorio de una opacidad alarmante que se magnifica por la enorme varianza que hay entre muchas casas encuestadoras lo que no puede sino generar suspicacias. Este problema de la varianza me sorprende muchísimo; si yo contrato a un carpintero para que haga la casa del perro y esta le queda con los clavos de fuera el piso chueco y con goteras, le pagaría menos de lo pactado y nunca más lo volvería a llamar. Sin embargo, las casas encuestadoras frecuentemente tienen márgenes de error monstruosos y siguen trabajando como si nada hubiera pasado, como si ello fuera parte de la normalidad estadística y ello no es así. Vayamos a un ejemplo concreto; hace unas semanas el periódico Reforma sorprendió a todos al dar un diferencial de intención de voto de 4% entre Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador. El asunto parecía mágico y todo mundo lo utilizó; el mismo AMLO salió sonriente ése día con la portada del periódico ante cámaras. Ciro Gómez Leyva, periodista de Milenio, en cambio, defendió su propia encuesta (que siempre le dio a Peña Nieto una ventaja brutal) y retadoramente escribió “nos vemos el 2 de julio”. Bien hoy es 2 de julio y en el momento que escribo esto, la ventaja de Peña Nieto no es de más de cuatro puntos lo que supone que un montón de encuestadoras fallaron de manera alarmante. Este país necesita certidumbres, el escepticismo nacional se ha apuntalado ante decenas de engaños. Ciertamente las encuestas no jugaron el mejor de los papeles en esta elección. Los ciudadanos deberíamos exigir cuentas ante este problema (un servidor no, porque no soy líder de opinión ni de mi casa) pero creo que debemos reflexionar críticamente sobre lo que aquí paso y esperar que no se vuelva a repetir. Por cierto ¿Dónde andas Ciro?

martes, 12 de junio de 2012

Encuestas (El Financiero 2001)

En tiempos recientes se ha puesto de moda el asunto de las encuestas (demoscopía, dicen los que saben) como una forma de conocer lo que la gente opina sobre prácticamente cualquier cosa, me imagino a los tomadores de decisiones mandando a hacer encuestas y revisándolas ávidamente de tal manera que sea posible identificar de que lado sopla el viento. De esta manera nos hemos podido enterar de asunto tan relevantes como que el 6% de los mexicanos ven con buenos ojos una relación con el perro. Supongo que el ejercicio es útil ya que nos puede dar pistas para determinar los hábitos de todos nuestros compatriotas ya que de esta manera se sabe si somos un montón de burros que no leen o si ésta nación es de puros borrachos o la edad en la que se espera palmemos la vela. Sin embargo advierto un problema que tiene que ver con la identificación y que se manifiesta en el momento que uno se compara con la gente de las encuestas, de esta manera, por ejemplo 97 de cada cien mexicanos pueden pensar que fulanito de tal es un pendejazo mientras que uno siempre ha creído que es una lumbrera, al enterarse lo primero que se piensa es que el pendejo es uno que no se ciñe a los criterios mayoritarios. Lo mismo pasa con cuestiones más humanas, por ejemplo leo con profundo interés que 38 de cada cien mexicanos han conocido bíblicamente a una sola persona, mientras que 24 a 2 o 3 y que el 15% ha tenido relaciones con más de 11 personas. Este es el momento en que uno puede deprimirse pensando que ha tirado por la borda un sinfín de oportunidades o que, por el contrario es una especie de monstruo sexual asediado por los placeres de la carne. Sin embargo otro dato que ha llamado mi atención es el de los mexicanos que no creen que las parejas casadas deben tener relaciones para mantener su matrimonio que son el 98%. La pregunta salta como un conejo ¿quién carajo está mintiendo? La gente encuestada o el aforo total de los hoteles del corredor Tlalpan Cuernavaca y anexas de los que salen coches como si fuera fábrica y en los que uno advierte el prodigio de identificar una cabeza que se convierte en dos a los cien metros porque la señora salió acostada en el coche para que no la reconocieran. Hace poco leí una encuesta en las que se detallaban las supersticiones de los mexicanos y como esta noble sección cultural ha decidido celebrar su aniversario de esa manera me parece conveniente analizar. Resulta que el 41% de los mexicanos creen en el diablo, 42% sospechan que hemos sido visitados por extraterrestres, 25% afirman que los duendes existen y 24% creen en los fantasmas. De lo anterior se desprenden varias enseñanzas la primera es si este insigne grupo considera que el diablo es un señor con la piel como si se hubiera quedado dormido en el sol, con cola, pezuñas, cuernos y trinche (sospecho que sí), la segunda es si consideran que va por el mundo ofreciendo dinero o señoras buenonas a los que acceden a venderle su alma, o que en realidad es más sutil y nomás anda de malhora desde su dominios infernales. La segunda sorpresa es la aparición de los duendes por encima de los fantasmas ¿cómo es un duende? Siempre me he imaginado que son unos enanos que tienen las orejas como las tenía el doctor Spock, poseen barba y se visten como los enanos de Blancanieves, pero ¿no son esos los gnomos? En realidad no tengo la menor idea y creo que la cuarta parte de los mexicanos que creen en su existencia tampoco. Finalmente me entero que el 52% de los mexicanos prefieren tener un gobierno que resuelva los problemas aunque sea corrupto y ello me resuelve muchas dudas pero me abre otras. Supongo que esta nube de 40 millones de personas es la que da y pide mordidas, la que se cuela en las colas y la que falsifica papeles. El dato es ligeramente escalofriante ya que si hiciéramos el ejercicio de preguntarle a la gente ¿es usted corrupto? Solo alguien que fuera tonto o de plano imbécil contestaría que sí y entonces uno se pregunta ¿en qué quedamos?