Entramos de lleno al mes patrio en medio de informes presidenciales y análisis infumables acerca de lo que este país merece. Alguna vez discrepé de un hombre que hasta ese momento consideraba yo muy listo que declaró su hartazgo de tanta opinión, hoy reconozco mi error y tengo la impresión de que, efectivamente, a todo mundo le da por abrir la boca y decir lo que piensa a la primera oportunidad. De la reflexión anterior me queda una preocupación, ya que opinar a lo baboso es lo que he venido haciendo los últimos años aunque debo aclarar que algunas veces he caído en el espinoso asunto del rendimiento de cuentas. De cualquier manera creo que el problema de la opinadera tiene que ver con cierta pereza por el análisis, lo que implica recibir digerido cualquier hecho y modelar opiniones propias que provienen de mentes ajenas, en algunos casos tan lúcidas como las de los hombres de negro que son pura lumbrera, o, en cambio, las de Britney Spears declarando que se había preparado para su más reciente filme tomando clases de actuación durante la friolera de 10 días.
Los mexicanos somos un pueblo al que le da por externar su punto de vista porque pasó la mosca, esta capacidad se manifiesta en muchos frentes; cuando un niño nace y se pone morado después de llorar tres horas vienen los comandos a decretar los remedios: “úntale un ajo en la entrepierna y verás como se alivia” dicen los herbolarios, “tiene un problema de ausencia de imagen paterna” argumentan los interesados en el psicoanálisis” o “es normal” dicen lo que a todos les vale madre. Lo mismo pasa en el momento que alguien se accidenta y se queda con el fémur de fuera en posición de decúbito prono. La gente que lo rodea de inmediato decide que no hay que moverlo o, por el contrario, que es necesario volverle a meter el hueso. El efecto final es contradictorio y ambiguo, como ambiguo es este país. Sin embargo, quizá la referencia más notable de nuestras ganas de dar un punto de vista se encuentra en la reciente tendencia de los programas de radio y televisión consultando a la ciudadanía sobre asuntos de enorme trascendencia. Evidentemente el que redacta la pregunta padece una forma benigna de retardo mental ya que realiza cuestionamiento del tipo: “¿usted cree que el mochaorejas debe ser liberado?”. La sorpresa es que miles de compatriotas corren a los teléfonos y expresan su particular punto de vista mientras yo me quedo pensando que en el asunto debe haber un buen negocio pero todavía no acierto a explicar cuál.
Lo que sigue en este mundo de opiniones se relaciona con la reciente reacción de ciertos intelectuales que impugnaron airados una selección realizada por la SEP y diversos especialistas en el sentido de elegir un grupo de libros para las aulas escolares. Advierto de antemano que un libro mío sobre los recursos naturales va en esa lista y que me apena mucho que en ella me encuentre al lado de José Luis Borgues (Fox dixit) o del maestro Robert L. Stevenson pero debo aclarar que ése no es mi problema, sino de quienes hicieron la lista de marras. Los argumentos impugnadores desgraciadamente dan ternura ya que no se analiza la pertinencia de la elección en cada caso, que es lo que habría que hacer, sino en al hecho de que “faltan autores mexicanos” o que se “benefició a editoriales extranjeras”. Me queda claro que –con Borges o sin Borges- cualquier lista es arbitraria y que siempre va a haber descontentos, el problema es que cuando los argumentos se basan en la idea de que lo hecho en México está bien hecho y que lo demás es invasión el asunto simplemente no tiene destino. Me recuerda una de las primeras categorías del Ariel que premiaba a “la película más mexicana” sin aclarar si gente que florea la reata y alburea al vecino calificaba para tal merecimiento.
El mes patrio discurre pues entre todos opinando y algunos de ellos dispuestos a inmolarse como Juan Escutia. Me imagino que el 16 si de veras queremos estar acordes con los tiempos habrá que salir a matar a los gachupines dueños de las editoriales extranjeras que nos están robando el pan de nuestros hijos ¿o no?
miércoles, 8 de septiembre de 2010
sábado, 4 de septiembre de 2010
¿Es cultura? (El Financiero 1998)
Oye me dijo el otro día una jóven que conocí en una reunión, me gusta lo que escribes pero ¿por qué hablas de todas esas cosas en la sección de cultura?
El hígado se me hizo chiquito, pero como soy un cobarde, traté de explicxarle que el concepto de cultura es universal, amplio y global y que todas las manifestaciones que realizan los seres humanos, gremio dentro del que me incluyo, son culturales y caben perfectamente en esta sección. Pero nones, me miró con un escepticismo diabólico y, como a lo mejor ni yo me convencí, decidí reflexionar en esta colaboración sobre la cultura nacional. A ver si así tranquilizo mi conciencia.
Lo primero que salta a la vista cuando se analiza el ambiente cultural de nuestro país es que está muy enrarecido. Aparentemente existen varias opciones para el que diseña, crea o califica una propuesta cultural, vamos a ver.
El incondicional. Este tipo de personaje ha mostrado a lo largo de toda su vida su identificación plena con un grupo conocido de intelectuales asociados a una corriente definida. Estos son los Juanes Escutia de la cultura ya que están dispuestos a sacrificar prácticamente todo por su lealtad a un grupo particular. ¿Qué les tiran un cañazo? Pues responden de pie y con la cara al sol a la carretada de insultos que le llueve a su partido.
El independiente. Este por lo general anda presumiendo que su compromiso es con la verdad y no con grupos específicos. A la hora de las denuncias resulta un poco cargoso ya que invariablemente le anda contando hasta a quien no le interesa que su línea de conducta es intachable y que jamás ha cedido a las insinuaciones de nadie.
El independiente ardido. Esta es una derivación de la especie intelectual anterior. Sin embargo, sus motivaciones, lejos de ser puras y cristalinas, obedecen a rencores milenarios. A este tipo no le dieron una beca o le rechazaron una publicación y quedó encendido por el resto de su vida.
El profeta.- Este es generalmente el padre de la conciencia colectiva y de sus palabras emanan las líneas de pensamiento que siguen las cortes intelectuales de la nación. Esta es una variedad poco común ya que solo las lumbreras, recurso del que el país anda escasón, pueden aspirar a tan alta investidura.
El institucional. Así como existe una Secretaría de Estado que se dedica a los asuntos de la pesca y observa el estado que guardan los huachinangos, existe también una dependencia del gobierno que se encarga de velar por las cuestiones culturales. Esta es una oportunidad histórica ya que teatreros, escultores, escritores y otros que tradicionalmente han engrosado las filas de la miseria en el país, pueden acceder a un puesto dentro de la burocracia cultural. Es decir, ya tienen hueso. A estos les llueve en su milpa constantemente ya que se les acusa de algo así como traición a la patria. Sin embargo, yo creo que son puras envidias.
En síntesis hay muchas opciones; yo tomaré, por lo menos en esta ocasión y para que no anden diciendo, la de cronista cultural de la sección cultural de un diario capitalino. Pero después de pensarlo un poco creo que voy a renunciar a tan alto cargo para seguir en el futuro hablando de mis cosas.
El hígado se me hizo chiquito, pero como soy un cobarde, traté de explicxarle que el concepto de cultura es universal, amplio y global y que todas las manifestaciones que realizan los seres humanos, gremio dentro del que me incluyo, son culturales y caben perfectamente en esta sección. Pero nones, me miró con un escepticismo diabólico y, como a lo mejor ni yo me convencí, decidí reflexionar en esta colaboración sobre la cultura nacional. A ver si así tranquilizo mi conciencia.
Lo primero que salta a la vista cuando se analiza el ambiente cultural de nuestro país es que está muy enrarecido. Aparentemente existen varias opciones para el que diseña, crea o califica una propuesta cultural, vamos a ver.
El incondicional. Este tipo de personaje ha mostrado a lo largo de toda su vida su identificación plena con un grupo conocido de intelectuales asociados a una corriente definida. Estos son los Juanes Escutia de la cultura ya que están dispuestos a sacrificar prácticamente todo por su lealtad a un grupo particular. ¿Qué les tiran un cañazo? Pues responden de pie y con la cara al sol a la carretada de insultos que le llueve a su partido.
El independiente. Este por lo general anda presumiendo que su compromiso es con la verdad y no con grupos específicos. A la hora de las denuncias resulta un poco cargoso ya que invariablemente le anda contando hasta a quien no le interesa que su línea de conducta es intachable y que jamás ha cedido a las insinuaciones de nadie.
El independiente ardido. Esta es una derivación de la especie intelectual anterior. Sin embargo, sus motivaciones, lejos de ser puras y cristalinas, obedecen a rencores milenarios. A este tipo no le dieron una beca o le rechazaron una publicación y quedó encendido por el resto de su vida.
El profeta.- Este es generalmente el padre de la conciencia colectiva y de sus palabras emanan las líneas de pensamiento que siguen las cortes intelectuales de la nación. Esta es una variedad poco común ya que solo las lumbreras, recurso del que el país anda escasón, pueden aspirar a tan alta investidura.
El institucional. Así como existe una Secretaría de Estado que se dedica a los asuntos de la pesca y observa el estado que guardan los huachinangos, existe también una dependencia del gobierno que se encarga de velar por las cuestiones culturales. Esta es una oportunidad histórica ya que teatreros, escultores, escritores y otros que tradicionalmente han engrosado las filas de la miseria en el país, pueden acceder a un puesto dentro de la burocracia cultural. Es decir, ya tienen hueso. A estos les llueve en su milpa constantemente ya que se les acusa de algo así como traición a la patria. Sin embargo, yo creo que son puras envidias.
En síntesis hay muchas opciones; yo tomaré, por lo menos en esta ocasión y para que no anden diciendo, la de cronista cultural de la sección cultural de un diario capitalino. Pero después de pensarlo un poco creo que voy a renunciar a tan alto cargo para seguir en el futuro hablando de mis cosas.
martes, 31 de agosto de 2010
Las buenas conciencias (El Financiero 2000)
Hace unos años veía un programa de televisión en el canal 11 que llamaba mi atención por varias razones, el nombre lo ignoro pero en él aparecían señores que a las vistas eran listísimos y que se dedicaban al más simple de los actos, es decir, en lugar de tragar cuchillos para llamar la atención, nomás platicaban. Supongo que el productor era alguien que creía en la originalidad ya que le pareció adecuado presentar a los señores listos en unos close-ups de miedo en el que uno podía apreciarles a los notables, detalles faciales como el de quién padeció viruela o cuál de ellos se fue la noche anterior de farra. En una ocasión, sintonicé dicha emisión y pude ser testigo de una discusión de nobles argumentos. El problema es que tal nobleza se agotó a los doce minutos y el programa duraba una hora. La esencia del asunto se centraba en que el señor Castillo Peraza consideraba vital expresar su sensación de ofensa porque otro tipo al que no tengo el gusto de conocer, pintó un lienzo en el que hay una especie de Juan Diego que en lugar de desplegar a la Guadalupana, registra a una muy buenona Marilyn Monroe. Acto seguido se manifestó en contra del aborto El resto de los contertulios recurrió a la estrategia que los clásicos llaman de “echar montón” y puso como camote a don Carlos argumentando que estaba en su derecho de expresarlo pero no de justificar una agresión al lienzo, Castillo dijo que no la justificaba y que para nada era esa su intención, sino que quería expresar su sensación de ofensa... Etcétera.
Cuando terminó el programa me quedé pensando sobre las implicaciones de todo esto. La primera y más evidente es que una discusión se va al carajo en el momento que se considera que hay que repetir 77 veces el argumento para que gane fuerza. La segunda es que efectivamente, a la gente devota le puede ofender una muestra artística y la tercera es que una artista puede hacer lo que le dé la gana. Ese, me parece, es el espectro que nos fermenta la vida en sociedad. El problema está en poner límites basados en esta vaga y políticamente correcta idea del “respeto” ya que asumo que no existe nadie calificado para fijar los criterios de lo aceptable y lo que no. ¿Qué a los católicos les ofende la imagen? Pues es su problema ya que bajo este criterio no habría que pintar señoras encueradas porque ofenden la moral o hacer esculturas de gente fajando –como hizo Rodin. Ahora bien lo que sí puede hacer un católico es decir que la obra es una porquería, recomendar que nadie la vea o ingresarla en el index de lo prohibido. Sin embargo entiendo que lo que hicieron un par de jóvenes fue entrar al museo donde se exponía y tratar de destruirla para luego salir libres por medio de una fianza pagada por las huestes católicas, lo que no puede parecerme sino una barbaridad. Yo podría decir que la idea de don Carlos en el sentido de que está en contra del aborto, me ofende profundamente (es un ejemplo, hay pocas cosas que me ofendan profundamente) ya que creo que nadie por cuestiones de fe privadas debe decidir por lo demás y no por ello lo pienso agredir a botellazos para que mi fianza la paguen las feministas... eso es simple y llanamente la ley de la selva.
Un último comentario sobre el arte; a mí francamente el cuadro que provocó la polémica me parece horroroso y no lo pondría en la pared de mi casa así me amarraran, pero ése problema tiene solución ya que basta con no comprarlo. Esta –creo- es la idea básica; no meterse en lo que a uno no le importa y evitar por todos los medios la tentación megalómana de decidir por los demás. ¿Hay quien está en contra del aborto? Que no aborte, ¿hay quién considera arte un performance en el que el protagonista sale encuerado y con un collar de limones? Pues santas pascuas que siga practicando en la soledad del escenario con la cantidad de público que se merezca. El asunto es cerrar filas contra todas aquellas fuerzas que añoran el pasado (concretamente el siglo XII) y que parece están de vuelta.
Cuando terminó el programa me quedé pensando sobre las implicaciones de todo esto. La primera y más evidente es que una discusión se va al carajo en el momento que se considera que hay que repetir 77 veces el argumento para que gane fuerza. La segunda es que efectivamente, a la gente devota le puede ofender una muestra artística y la tercera es que una artista puede hacer lo que le dé la gana. Ese, me parece, es el espectro que nos fermenta la vida en sociedad. El problema está en poner límites basados en esta vaga y políticamente correcta idea del “respeto” ya que asumo que no existe nadie calificado para fijar los criterios de lo aceptable y lo que no. ¿Qué a los católicos les ofende la imagen? Pues es su problema ya que bajo este criterio no habría que pintar señoras encueradas porque ofenden la moral o hacer esculturas de gente fajando –como hizo Rodin. Ahora bien lo que sí puede hacer un católico es decir que la obra es una porquería, recomendar que nadie la vea o ingresarla en el index de lo prohibido. Sin embargo entiendo que lo que hicieron un par de jóvenes fue entrar al museo donde se exponía y tratar de destruirla para luego salir libres por medio de una fianza pagada por las huestes católicas, lo que no puede parecerme sino una barbaridad. Yo podría decir que la idea de don Carlos en el sentido de que está en contra del aborto, me ofende profundamente (es un ejemplo, hay pocas cosas que me ofendan profundamente) ya que creo que nadie por cuestiones de fe privadas debe decidir por lo demás y no por ello lo pienso agredir a botellazos para que mi fianza la paguen las feministas... eso es simple y llanamente la ley de la selva.
Un último comentario sobre el arte; a mí francamente el cuadro que provocó la polémica me parece horroroso y no lo pondría en la pared de mi casa así me amarraran, pero ése problema tiene solución ya que basta con no comprarlo. Esta –creo- es la idea básica; no meterse en lo que a uno no le importa y evitar por todos los medios la tentación megalómana de decidir por los demás. ¿Hay quien está en contra del aborto? Que no aborte, ¿hay quién considera arte un performance en el que el protagonista sale encuerado y con un collar de limones? Pues santas pascuas que siga practicando en la soledad del escenario con la cantidad de público que se merezca. El asunto es cerrar filas contra todas aquellas fuerzas que añoran el pasado (concretamente el siglo XII) y que parece están de vuelta.
sábado, 28 de agosto de 2010
De fiesta (La Mosca 1996)
Esta es una revista para jóvenes y yo no lo soy. Fernando Savater advierte (con mucha sabiduría, creo) sobre los peligros que existen en que alguien ya rucón quiera pasar parecerse a los chavos (o “niños”. como dicen los adolescentes mamones). Sin embargo, creo que mi óptica -que es la de un espectador- puede dar para algunos artículos y por eso estoy aquí... que sea lo que Dios quiera.
Hace unos días fui a una fiesta en la que las tres cuartas partes de los asistentes eran significativamente menores que yo, situación que me motivó a quedarme como las estatuas de marfil observando como antropólogo social. Lo primero que llamó mi atención, fue la figura de un muchacho de colita y vestido como el yoga Maharishi Rujaputra, que bailaba con una chaparrita mientras se hacían caras mamoncísimas consistentes en alzar las cejas, poner boquita de atún o menear las manitas como las meneaba Mary Poppins. “Pobres” pensé e inmediatamente trasladé mi atención a unos que bailaban quebradita...
Me sentí un anciano.
El baile consistía en que ambos introdujeran la rodilla respectiva en la zona que los anatomistas llaman urogenital y contonearse como los barcos en alta mar. Varias fueron mis sorpresas: la primera, es que el muchacho no quedó estéril indeleblemente y que su cara nunca delató esa mirada tan significativa que la gente pone cuando le aprietan un huevo; la segunda sorpresa consistió en algo que sólo es sorprendente dada mi avanzada edad. Si alguien de mis tiempos hubiera bailado de esa forma, el siguiente paso de una secuencia lógica sería la cama, el altar o de perdida el coche. Sin embargo, este par de jóvenes se despidieron a las tres de la mañana como alguien que se despide de una tía.
Otro hecho notable fue la música: en algún momento prefigurado, se puso a cantar una vieja que no sé quién era y entonces los asistentes iniciaron una estrategia de baile que me pareció insólita y que consistió en moverse sincronizadamente en todas las direcciones cardinales (y no era la mamadencia esa de La Macarena).
Una sorpresa más fueron las luces; por algún misterio óptico que no pude descifrar, las luces que se instalaron tuvieron -por lo menos en mi humilde persona- el efecto de la disminución de la memoria a corto plazo y la pérdida de la facultad del equilibrio, deficiencias que se manifestaron cuando en la penumbra me intenté comer una marina y la estrellé en mi cachete.
La última edición de mi sorpresa se manifestó por medio de los pedotes, no porque yo crea que toda fiesta que se respete no debe tener un pedote que cometa desmanes y le meta mano a la mamá del anfitrión, sino porque los borrachos de esta fiesta tuvieron un comportamiento errático que consistió en: a) orinarse en la azaleas del jardín; b) cantar esa de “ingrataaa, no me digas que me quiereees” interpretada por una enanito calvo de voz esaclofriante y c) despedirse con abrazos de diputado federal.
Cuando salí del reventón me sentí veinte años más viejo pero con la clara sensación de que el asunto valió la pena lo que no deja de ser una paradoja que llevaré a mi próxima visita al psicoanalista.
Hace unos días fui a una fiesta en la que las tres cuartas partes de los asistentes eran significativamente menores que yo, situación que me motivó a quedarme como las estatuas de marfil observando como antropólogo social. Lo primero que llamó mi atención, fue la figura de un muchacho de colita y vestido como el yoga Maharishi Rujaputra, que bailaba con una chaparrita mientras se hacían caras mamoncísimas consistentes en alzar las cejas, poner boquita de atún o menear las manitas como las meneaba Mary Poppins. “Pobres” pensé e inmediatamente trasladé mi atención a unos que bailaban quebradita...
Me sentí un anciano.
El baile consistía en que ambos introdujeran la rodilla respectiva en la zona que los anatomistas llaman urogenital y contonearse como los barcos en alta mar. Varias fueron mis sorpresas: la primera, es que el muchacho no quedó estéril indeleblemente y que su cara nunca delató esa mirada tan significativa que la gente pone cuando le aprietan un huevo; la segunda sorpresa consistió en algo que sólo es sorprendente dada mi avanzada edad. Si alguien de mis tiempos hubiera bailado de esa forma, el siguiente paso de una secuencia lógica sería la cama, el altar o de perdida el coche. Sin embargo, este par de jóvenes se despidieron a las tres de la mañana como alguien que se despide de una tía.
Otro hecho notable fue la música: en algún momento prefigurado, se puso a cantar una vieja que no sé quién era y entonces los asistentes iniciaron una estrategia de baile que me pareció insólita y que consistió en moverse sincronizadamente en todas las direcciones cardinales (y no era la mamadencia esa de La Macarena).
Una sorpresa más fueron las luces; por algún misterio óptico que no pude descifrar, las luces que se instalaron tuvieron -por lo menos en mi humilde persona- el efecto de la disminución de la memoria a corto plazo y la pérdida de la facultad del equilibrio, deficiencias que se manifestaron cuando en la penumbra me intenté comer una marina y la estrellé en mi cachete.
La última edición de mi sorpresa se manifestó por medio de los pedotes, no porque yo crea que toda fiesta que se respete no debe tener un pedote que cometa desmanes y le meta mano a la mamá del anfitrión, sino porque los borrachos de esta fiesta tuvieron un comportamiento errático que consistió en: a) orinarse en la azaleas del jardín; b) cantar esa de “ingrataaa, no me digas que me quiereees” interpretada por una enanito calvo de voz esaclofriante y c) despedirse con abrazos de diputado federal.
Cuando salí del reventón me sentí veinte años más viejo pero con la clara sensación de que el asunto valió la pena lo que no deja de ser una paradoja que llevaré a mi próxima visita al psicoanalista.
miércoles, 25 de agosto de 2010
Los incomprensibles (El Financiero 1998)
La evidencia más concreta que recuerdo de alguien hablando de cosas que no entendía, tiene que ver con un maestro que tuve cuya característica distintiva se podía resumir en tres palabras: era un estúpido. No recuerdo una sola clase en la que supiera de lo que estaba hablando, sin embargo tenía la característica casi milagrosa de aparentar que sabía y entonces decía con extraordinario aplomo cosas como que el Río Amarillo se llamaba así porque estaba lleno de orines de chinos o que Praga era la capital de Bulgaria. Si algún niño lo corregía: “maestro, ¿Praga no es la capital de Checoslovaquia?”, Parpadeaba para luego afirmar inmutable: “eso dije”.
Traigo a colación la anécdota de mi maestro, no porque me parezca particularmente interesante, sino porque, creo, refleja una muy mexicana costumbre, que es la de hacer como que uno lo entiende todo antes de pasar el papelazo de lucir como un imbécil.
Para ilustrar la idea me ofreceré como imbécil de indias y utilizaré un ejemplo literario que me parece paradigmático ya que todo mundo lo celebra y yo simplemente no lo entiendo. Veamos.
En estos días he estado leyendo acerca de crímenes horripilantes gracias a una colección de editorial Diana sobre la nota roja. En estos libros uno puede enterarse de cómo un señor se comió a una señora o de la manera como descerebraron a Trostki. Bien, un día en el baño leyendo uno de esos libros escrito por Víctor Ronquillo me encontré con la siguiente frase: “Cuando al lugar de los hechos llegaron los refuerzos que esperaba la policía que informó por radio de lo sucedido, las bolsas, como El dinosaurio de Tito Monterroso, seguían ahí.” Lo siguiente que hice fue pararme y buscar en el librero los libros de Monterroso, sufrí un preinfarto en el momento que me di cuenta que mi impecable orden alfabético ha sido desmoronado por la señora que sacude. Finalmente encontré el texto que buscaba Obras completas (y otros cuentos) y lo abrí en la página 75. En la parte superior se leía El dinosaurio y todo lo demás, incluida la hoja siguiente estaba en blanco. En la página 77 pude leer la célebre frase: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.”, Escrita por Tito Monterroso y de la cuál he escuchado cientos de referencias, entre ellas la de que es el cuento más pequeño del mundo. Acto seguido, tomé otro libro: Viaje al centro de la fábula y me enteré de la siguiente pregunta hecha por Jorge Rufinelli al propio Monterroso: “A tus ejemplos de no reiteración yo añadiría uno de tus cuentos más famosos, “El dinosaurio”. Nunca lo reiteraste, no intentaste otros de igual extensión mínima. Un autor diferente hubiera tratado de escribir cuentos de una sola línea como explotando el filón...”.
Bien, este es el momento de hacer una serie de dolorosas confesiones: la primera es que no tengo la menor idea a que se refiere la frase monterrosiana, la segunda es que menos entiendo porque es un cuento, la tercera es que no veo el filón que señala Rufinelli por ningún lado y la cuarta es que sospecho que estoy cometiendo un pecado, pero ni modo.
¿A qué se debe que no comprenda algo que aparentemente es muy exitoso? Citaré algunas probabilidades: a) Soy medio güey; b) No he leído algo que todo mundo leyó; c) estoy amargado. Podría alguien pensar que falta otra explicación relacionada con el éxito de Tito que me emponzoña las vísceras, se equivocaría; Monterroso fue un gran amigo de mi padre y lo recuerdo lleno de nostalgia y cariño. Alguna vez nos tomamos un café y él me dio consejos muy sensatos, además es uno de mis escritores favoritos. Sin embargo, el hecho es que sigo sin comprender el cuento de El dinosaurio, por lo que sospecho que continuaré pensando que soy un badulaque o, utilizando un modelo autoexculpatorio, que los demás tampoco entienden pero hacen como que sí para no lucir como luzco hoy.
Para Tito un saludo y la esperanza de que algún día, detrás de otra taza de café, devele el misterio que ya me empieza a tener podrido.
Traigo a colación la anécdota de mi maestro, no porque me parezca particularmente interesante, sino porque, creo, refleja una muy mexicana costumbre, que es la de hacer como que uno lo entiende todo antes de pasar el papelazo de lucir como un imbécil.
Para ilustrar la idea me ofreceré como imbécil de indias y utilizaré un ejemplo literario que me parece paradigmático ya que todo mundo lo celebra y yo simplemente no lo entiendo. Veamos.
En estos días he estado leyendo acerca de crímenes horripilantes gracias a una colección de editorial Diana sobre la nota roja. En estos libros uno puede enterarse de cómo un señor se comió a una señora o de la manera como descerebraron a Trostki. Bien, un día en el baño leyendo uno de esos libros escrito por Víctor Ronquillo me encontré con la siguiente frase: “Cuando al lugar de los hechos llegaron los refuerzos que esperaba la policía que informó por radio de lo sucedido, las bolsas, como El dinosaurio de Tito Monterroso, seguían ahí.” Lo siguiente que hice fue pararme y buscar en el librero los libros de Monterroso, sufrí un preinfarto en el momento que me di cuenta que mi impecable orden alfabético ha sido desmoronado por la señora que sacude. Finalmente encontré el texto que buscaba Obras completas (y otros cuentos) y lo abrí en la página 75. En la parte superior se leía El dinosaurio y todo lo demás, incluida la hoja siguiente estaba en blanco. En la página 77 pude leer la célebre frase: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.”, Escrita por Tito Monterroso y de la cuál he escuchado cientos de referencias, entre ellas la de que es el cuento más pequeño del mundo. Acto seguido, tomé otro libro: Viaje al centro de la fábula y me enteré de la siguiente pregunta hecha por Jorge Rufinelli al propio Monterroso: “A tus ejemplos de no reiteración yo añadiría uno de tus cuentos más famosos, “El dinosaurio”. Nunca lo reiteraste, no intentaste otros de igual extensión mínima. Un autor diferente hubiera tratado de escribir cuentos de una sola línea como explotando el filón...”.
Bien, este es el momento de hacer una serie de dolorosas confesiones: la primera es que no tengo la menor idea a que se refiere la frase monterrosiana, la segunda es que menos entiendo porque es un cuento, la tercera es que no veo el filón que señala Rufinelli por ningún lado y la cuarta es que sospecho que estoy cometiendo un pecado, pero ni modo.
¿A qué se debe que no comprenda algo que aparentemente es muy exitoso? Citaré algunas probabilidades: a) Soy medio güey; b) No he leído algo que todo mundo leyó; c) estoy amargado. Podría alguien pensar que falta otra explicación relacionada con el éxito de Tito que me emponzoña las vísceras, se equivocaría; Monterroso fue un gran amigo de mi padre y lo recuerdo lleno de nostalgia y cariño. Alguna vez nos tomamos un café y él me dio consejos muy sensatos, además es uno de mis escritores favoritos. Sin embargo, el hecho es que sigo sin comprender el cuento de El dinosaurio, por lo que sospecho que continuaré pensando que soy un badulaque o, utilizando un modelo autoexculpatorio, que los demás tampoco entienden pero hacen como que sí para no lucir como luzco hoy.
Para Tito un saludo y la esperanza de que algún día, detrás de otra taza de café, devele el misterio que ya me empieza a tener podrido.
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