martes, 15 de junio de 2010

De Títulos (El Financiero 1998)

Para Jan: el único niño que conozco que le gusta ir a Vips
El otro día estaba yo muy sentadito y en estado de coma oyendo una plática en un lugar público cuando escuché algo que me regresó a este mundo: de cada mil estudiantes que ingresan a la primaria, sólo doce obtienen un título profesional. ¿Por qué? Supongo que hay respuestas obvias como la de que muchos estudiantes no pueden continuar por la necesidad imperativa de encontrar trabajo. Sin embargo, no estoy pensando en ellos al escribir este artículo, sino en todos los que logran acabar la carrera y nunca se titulan. En esos casos -descartando por supuesto a los que son huevones legítimos- el asunto es de procedimiento. Veamos un ejemplo concretito.
Cuando acabé la carrera emprendí un viaje de juventud en el que además de conocer mundo, el suceso más notable fue el de un negro que intentó besarme en la noche de Navidad. A mi regreso me embarqué en la aventura de la (pinche) tesis, evento del que todavía no me repongo.
Dos eran las variables que hicieron el asunto diabólico; la primera es que yo era un muchacho bastante huevón que pasaba las tardes lamentándose de no avanzar en su trabajo, la segunda variable era mi asesor: un señor que no tenía pelos en la lengua y era más estricto que el señor Scrooge. Yo le entregaba cada solsticio una versión y el me la devolvía llena de rayones que me deprimían un mes. Una vez me lo encontré en el cine y me escondí atrás de una butaca para no darle la cara.
Finalmente terminé y entonces inicié los trámites administrativos que son tan sencillos como el funcionamiento del motor stearling. Lo primero era agarrar a cinco incautos que: a) quisieran leer la tesis; b) la corrigieran; c) firmaran 214 copias y d) tuvieran el suficiente humor para ir al examen. Desde luego no fue fácil pero finalmente lo logré. El siguiente paso era que las autoridades universitarias hicieran mi revisión de estudios. Por algún misterio que debe tener que ver con el sindicato, el trámite duraba dos meses... y dos meses duró. En la constancia mi nombre estaba incorrectamente escrito por lo que hubo que esperar otros veinte días a que el estúpido que creía que me llamaba Pedro, pusiera una F en lugar de la P.
Luego se les perdió la foto de mi certificado de secundaria, en consecuencia tuve que regresar a la escuela, saludar a los maestros que yo había visto jovenazos y ya eran unos viejitos llenos de recuerdos, como el del día que el maestro de Radio se tragó un diente, y llevar una fotografía reciente por lo que en el documento oficial resultante se hizo constar que terminé la secundaria a los quince años y como prueba de ello se agregó la imagen de un hombre de bigote y pelón.
El siguiente trámite fue más sencillo, simplemente tenía que ir a las bibliotecas, central y de mi facultad, a pedir un vale de no adeudo de libros. Digo que era sencillo porque la única vez que visité ambos recintos fue para pedir dichos documentos.
Luego, hubo que mandar a imprimir la tesis. Fui a República del Salvador que era más barato y encargué veinte ejemplares, de los cuales hubo que entregar uno a cada sinodal, uno a las bibliotecas y uno a todo aquel inocente que se dejara. Era muy divertido encontrar a la gente en la calle y preguntar ¿qué te pareció la tesis?.
El último trago amargo fue el examen al que se presentaron los sinodales, me hicieron preguntas que ellos consideraban interesantes y yo causales de infarto. Tiré la pantalla donde proyectaba mis transparencias y me fui a mi casa a festejar.
¿Que se titulan doce estudiantes de cada mil? Pues el asunto no cambiará si los criterios universitarios no entienden que los egresados van por un papelito y no a ganar la batalla de Guadalcanal. He dicho (por segunda vez).

lunes, 14 de junio de 2010

De bancos (El Financiero 2001)

Mi experiencia en materia bancaria es tan vasta como la que poseo acerca de la literatura noruega del siglo XIV, los bancos son para mí un mundo misterioso que ha evolucionado desde la idea genial de algún emprendedor consistente en pagarle a alguien por guardar su dinero, hasta instituciones todopoderosas llenas de ventanales y jergas inaccesibles como cetes, tasa líder o rendimientos líquidos. Al igual que usted, querido lector, he tenido que asistir a los bancos con el propósito de realizar algún trámite ineludible. Normalmente se llega a una especie de gusano en el que la gente madrugadora ya está haciendo cola. Uno toma el turno que le corresponde y se dispone a esperar. El tiempo normalmente es el mismo que tomaría armar un vehículo compacto por lo que la sugerencia es llevarse las obras completas de Tolstoi. Cuando uno finalmente llega al último de espera se inicia la cacería de un foquito que se prenda y apague indicando la caja que está disponible. El ejercicio supone una presión equivalente a la que sufren los estudiantes japoneses ya que normalmente la gente que viene atrás se encuentra tan exasperada que si uno no reacciona en tres segundos, viene un codazo y la indicación de a donde dirigirse. El contacto con el cajero o cajera es normalmente equívoco ya que se realiza a través de un vidrio blindado de dos pulgadas que si bien evita que los rateros se lleven la lana, no es precisamente un artefacto que favorezca la comunicación (en una ocasión entendí que la cajera me decía: “¿es usted el efectivo?”).
En una de cada tres ocasiones el cheque no se puede cambiar por razones diversas; que van desde la falta de una identificación adecuada hasta que las firmas no coinciden pasando porque “no hay sistema”, esta última explicación es muy funcional ya que, a diferencia de no poseer la credencial de elector o haber firmado el cheque en estado de ebriedad, le asigna una responsabilidad decisiva al éter y contra eso no hay manera de sentirse agraviado.
Con el sistema bancario han ocurrido cosas muy curiosas; originalmente era propiedad de señores muy ricos a los que les dio el supiritaco de su vida el día que López Portillo anunció que la banca se nacionalizaba, para el ciudadano común (es mi categoría) la decisión no era clara y probablemente obedecía a que los banqueros eran una punta de desleales a la Nación. Posteriormente quedó claro que los que se habían clavado la lana eran justamente los gobernantes y Miguel de la Madrid decidió enmendar la situación volviendo a vender los bancos. Me explican que éstos fueron una ganga y permitieron que gente con los talentos de Cabal Peniche o El Divino armaran su patrimonio y el de diez generaciones de sus sucesores. Luego vino la crisis y entonces el gobierno decidió “rescatar” a los bancos que se iban a pique, para ello tomó el dinero que todos nosotros pagamos y anunció la medida como un acto de protección a favor de los ahorradores y no de la banca. Aquí empiezan los misterios; tengo conocencias que babeaban bilis cuando se anunció el subsidio a la leche liconsa pero no veo una reacción equivalente cuando el gobierno decide sacar del arroyo a un grupo de banqueros a los que en muchos casos nomás les faltaba el antifaz y el saco.
Acto seguido vino la apertura; de pronto uno entra a una cosa que se llama Scotia Bank o BBV que quiere decir que existen Bilbao y Vizcaya (esta última opción tiene la virtud de recordarnos las clases de geografía). La última noticia que recibí es que Banamex será vendido por 12 mil millones de dólares y supuse, como lo haría cualquier persona que no es idiota, que si el gobierno le dio lana a Banamex para sobrevivir, la lana regresaría al erario, pero nones, no hay regreso ¿por qué? Porque a nadie se le ocurrió. La noticia se complementa con el anuncio de que la operación está libre del pago de impuestos y finalmente la cereza del pastel nos la ofrecen las tasas de interés que pagan los bancos por los ahorros (una porquería) y los que cobran a los usuarios de tarjetas (un robo).
Y luego se quejan.

sábado, 12 de junio de 2010

Las buenas costumbres (El Financiero 2004)

Lo primero que llama la atención sobre los buenos modales es que parecen diseñados por alguien perverso que le encanta andar jodiéndole la vida a la gente. Parecería que todo aquello que es cómodo, subvierte las reglas y las buenas costumbres y entonces uno se vuelve un ezquizofrénico que vive una vida de leproso si es que quiere estar a las alturas de la etiqueta social que es lo más parecido a una armadura desde los andares de Enrique IV.
Pongamos el primer ejemplo; el arroz es un grano muy nutritivo que los mexicanos solemos comer con chicharitos y ejotes en diversas variedades, algunas de ellas muy caldosas. Evidentemente el instrumento más útil para comer este item es una cuchara ya que así se evita sacarle el ojo de un chicharazo al comensal vecino o dejarse la camisa como muestrario de productos del campo. Sin embargo, las reglas proponen que este difícil arte de comer arroz se haga con un tenedor que evidentemente no es un artefacto diseñado para ese efecto. El día que usé cuchara para comer arroz recibí cuatro miradas asesinas que me dejaron francamente apabullado, con la cola entre las patas y arroces en las comisuras.
Javier Marías es evidentemente un escritor notable que ha dado muestras consistentes de su calidad literaria. Lo anterior me parece inapelable y me cuento entre sus lectores más frecuentes. Sin embargo, hay algunos rasgos de este buen hombre que se dejan ver en entrevistas o en sus colaboraciones periodísticas que, me parece, delatan a un hombre intolerante y gruñón. Las más recientes muestras se han publicado en El País Semanal, la revista que acompaña los domingos al periódico del mismo nombre. Hace algunos números el señor Marías se le fue encima a todos los que utilizan un sombrero o cachucha y no se lo quitan en el momento de sentarse a una mesa. Al respecto diré que el asunto no solo me parece menor, sino me vale simplemente madre. De hecho los calvos del mundo utilizamos gorras para evitar que se nos ase la piel de la coronilla y nada veo de malo en sentarse en una mesa con nuestra cachucha, al contrario creo que de esa manera se evita el riesgo de un indeseable pelo en la sopa.
Pero Javier Marías continúa con esta batalla en defensa de las buenas costumbres y en una artículo reciente se refiere a la patanería y a una madre llamada “señoritismo”. Dice don Javier –aparentemente muy molesto: "Es posible que la prensa se ocupe sólo de las ocasiones bufas, pero, por lo que nos transmite, cada vez que un político está “distendido” o con el micrófono abierto cuando lo creíamos cerrado, asistimos a un despliegue de patanería. Vimos a Aznar quitarse la chaqueta en La Habana mientras el Rey, a su lado, aguantaba el calor con la suya puesta; luego, plantar los pies sobre una mesa en imitación de otro gárrulo de Texas; en imitación de sus señora, cruzar las piernas en audiencia con el Papa..."
Hasta aquí la cita. Entiendo que cuando la temperatura en un país tropical alcanza los cuarenta grados a la sombra, lo más natural –a menos que se padezca una forma benigna de retardo- es no solo quitarse la “chaqueta” sino encuerarse si es menester, que alguien tome como una patanería aligerarse de ropa cuando hay calor es simplemente barroco y poco saludable para nuestros humores corporales. Luego viene el asunto de subir las patotas en la mesa lo cual –de acuerdo a todos los angiólogos que conozco- es muy útil para favorecer la circulación sanguínea. Yo, que lo hago a cada rato, no puedo entender en qué consiste la ofensa pero supongo que se relaciona con alguna forma medieval que nos obliga no solo a no subirlas, sino por lo visto, tampoco a cruzarlas enfrente del Papa. Dudas varias: ¿se pueden cruzar las piernas con alguien que no sea el Papa? ¿por qué mantenerlas como señorita recatada, con el consecuente esfuerzo muscular, es mejor que pasar una por encima de la otra?. Misterio
Después de todo esto me queda claro que seguiré leyendo a Marías con la misma admiración de siempre pero en cuanto a sus consejos de etiqueta, me reservo el derecho a continuar mi vida en calidad de patán... pero contento.

miércoles, 9 de junio de 2010

Cuerpo sano (El Financiero 2003)

El otro día me vi para desayunar con mi amigo Hugo, en uno de esos lugares posmodernos que ofrecen a sus comensales nomás cosas sanas bajo la premisa de que somos una sociedad tirada a la molicie y a la perdición y que nadie puede vivir setenta años si se empaca una pancita o una birria para iniciar el día.
El efecto es notable por donde se le quiera ver ya que, por ejemplo, a la hora de ver la lista de jugos me encontré con opciones muy imaginativas pero que yo no tomaría ni amarrado y que supongo pueden hacer vomitar a un buitre. Así se producen mezclas bastardas como la de jugo de tomate con apio y betabel, o zanahoria con atún. Luego están los platos que declaran su componente calórico para que aquel que los ingiere no sufra culpas. Me imagino al desayunante retorciéndose las manos mientras define si la torta de tamal lo puede llevar tempranamente a la tumba.
Pues en esas estábamos, yo con los huevos motuleños y Hugo comiendo no sé qué cuando nos trajeron un folleto de propaganda que es notable por donde se le quiera ver. En primer lugar está el diseño y la selección del color; por el anverso se anuncia a una planta cosechada de trigo y sus efectos benéficos en el cuerpo, el problema es que este anuncio se realiza por medio de tonos verdes y amarillos cuyo primer y paradójico efecto es nocivo ya que los pinches colores desmadran los bastones retinianos. En el reverso se aprecia una hoja verde en blanco por lo que uno sospecha que ya se quedó ciego, sin embargo observando con más atención se descubren letras del mismo color que el fondo lo que sugiere la hipótesis de que el diseñador es: a) un monstruo perverso que disfruta con estas chingaderas, b) un genio de la mercadotecnia ya que le hace pensar a la gente que no ve nada y le da el producto necesario para corregir el desperfecto, c) un imbécil.
Ya con mi lupa pude determinar el efecto positivo del producto anunciado y resultó también notable. En primer lugar nos ayuda a destoxificar el cuerpo de todo depósito de drogas y metales pesados como el plomo, el mercurio y el aluminio. En ese momento me imaginé el éxito potencial entre diversos gremios, particularmente entre la numerosa población que se alimenta de defensas de coche chocado o de varilla de albañil.
Luego se nos anuncia que el producto en cuestión ayuda a disolver cicatrices formadas en los pulmones por respirar porquerías. Lo anterior entraña un misterio ya que uno supondría que las cicatrices son una cosa que hay que eliminar cuando aparecen en la cara producto de un charrascazo, pero ¿los pulmones? ¿es estética la idea? ¿es terapéutica? En este momento estoy tratando de averiguar al tacto si tengo tales marcas de la vida en los pulmones y la verdad es que no sé.
El panfleto dice: “contiene muchas propiedades antienvejecedoras. Por su alto nivel nutricional, por ser un alimento completo y por su habilidad para sostener la vida no es de extrañarse que sea el más efectivo para la regeneración del cuerpo y la extensión de la vida”. Pues será de no extrañarse pero el párrafo anterior lo creeré el día que el dueño de la compañía cumpla 114 años. Antes no.
Hay un párrafo particularmente escalofriante que dice a la letra: “Sirve para lavar los ojos, encías, nariz y dientes, aplicado rectalmente contribuye a limpiar y a sanar el intestino largo”. Supongo que los científicos involucrados se refieren al intestino grueso, pero francamente eso es lo de menos, lo que realmente me preocupa es el método de aplicación ya que no entra en detalles y honestamente no me imagino la forma de aplicarme esta maravilla y a como van las cosas prefiero a mi intestino sufriendo que a entrar en averiguatas.
El colofón extraordinario a este marketing, lo dio el mesero que se acercó cuando nos descubrió leyendo el folleto y más o menos dijo: “es buenísimo, yo ya lo probé”. Le preguntamos por los resultados y respondió: “lo tuve que dejar de tomar porque me sentí un poco mal, pero es buenísimo”.
Salimos a la calle, Hugo rumbo a una boda y yo a escribir este artículo, mientras trato de leer más recomendaciones.

lunes, 7 de junio de 2010

Confieso que no he leído (El Financiero 2002)

El primer poema (que también fue el último) escrito por un servidor iniciaba de la siguiente manera: “El granjero está contento y las vacas hacen muuu”. La influencia de este arrebato lírico se debía a la pluma de un puñado de nobles hombres que dedicaban su vida a escribir versitos para los libros de primaria. Por algún misterio zoológico todos los poemas se relacionaban con vacas, chivos y sapitos glo-glo-glo.
El día que presenté ante la comunidad escolar mi pieza poética causé diversos efectos que variaron en un espectro comprendido entre la estupefacción, el azoro y las sonrisas conmiserativas. Sin embargo, la crítica más justa la asestó un compañerito escolar de nombre Arturo Villegas (a) El Tololón, que en el momento que terminé se acercó y me dijo “está muy tarado”.
Me retiré.
La verdad y a riesgo de ser considerado un ignorante con sensibilidad de tamal, es que nunca he sentido la necesidad de correr a una librería y comprarme el poemario de nadie. Jamás percibí que supusiera una ventaja en el arte de la seducción instalarme al lado de una muchachona y empezar a recitar: “Me gustas cuando callas...”. En realidad una vez sentado en una café con una mujer que yo creí en perfecto uso de razón hasta ese momento, escuché diez minutos de su último poema y pasé un papelazo con el mesero porque ella además de leer subía la voz en los momentos culminantes mientras yo la veía como se mira a una plaga de langosta.
Mi más estrecha relación con la poseía ocurrió durante la infancia debido a que al sonar las tres de la mañana los amigos de mi padre (una bola de señores muy inteligentes, pero muy pedotes), iniciaban la declamación de poemas hasta que los vecinos llamaban a la policía mientras ladraban los perros de la madrugada.
Hablar de lo que uno no sabe (ejercicio que he cumplido puntualmente en esta columna a lo largo de casi seis años) entraña ciertos riesgos; el más conspicuo es que alguien se encabrone y mande cartas que dicen: “¡pero como es posible!”. Ni modo, hoy quiero hablar de mi propia tipología poética que se compone, según yo, de varias opciones.
En primer lugar están los poemas ortodoxos en los que si uno concluye la primera frase con la palabra “antediluviano”, deberá usar en la tercera frase la palabra “mano” y es cosa de seguirse. Otra característica es que se deben usar palabras cuyo significado desconozca el 75% de la población, se recomiendan: “ebúrnea, prístina y mastigofora” (como estarán las palabritas que el corrector ortográfico de mi computadora pensó que me había vuelto loco).
Otra categoría es la de los poemas que enseñan en la primaria y que luego a algún viejo pendejo le da por recitar en quince años, bodas o tertulias. Las principales características de estas piezas literarias consisten en que son casi siempre unos tragediones terribles (una tertulia de borrachos se acuerda de su madre, un niño imbécil llamado Paquito dejará de hace travesuras o un actor inglés ira a ver al doctor porque pasa por una depresión fatal). La segunda característica es que los que declaman mueven las manos y pelan los ojos... Es horrible.
La tercera opción es más moderna y se distingue por dos razones muy claras; la primera es que a veces el asunto se vuelve incomprensible y se dicen cosas como: “busco mi sombra, sol, luna ¿te has ido?” y entonces uno no sabe si lo que se fue es el sol, la luna o la inspiración del autor. La segunda propiedad de los poemas modernos es que se considera elegante escribirlos dejando espacios deliberados y entonces se puede leer: "Cae la tarde
Caes tú."
En fin, no quiero que se piense que esta colaboración se encamina a estigmatizar a la poesía y a los poetas. De hecho siempre he creído que cada quien se dedica a lo que le da la gana y si a alguien le da por hacer versitos pues estupendo. Después de todo, yo mismo cada que tomo tres güisquis, me encasqueto una cachucha, pongo el ojo tuerto, subo a una mesa y me arranco: “con diez cañones por banda, viento en popa a toda vela...”
Hasta que me quedo solo.