sábado, 5 de junio de 2010

Las ventajas del no (El Financiero 2001)

Los mexicanos somos un pueblo al que por algún misterio le da vergüenza decir no y ésta falta de asertividad es una fuente de desgracias infinitas; lo primero que se me ocurre es una oficina en la que hay un grupo de señores encorbatados que visitan a otro señor, que es el que corta el chicharrón. Normalmente estas visitas vienen acompañadas con una maqueta de cuatro por cuatro en la que pueden ser representados varios proyectos tales como una bodega para carros de paletas, una estatua del prócer de moda en escala 1:50 o un edificio igualito al Partenón, nomás que en Topilejo. El que decide asiente, se agarra la barba y regularmente declara cosas como que el asunto es muy interesante o que se trata de un proyectazo, acto seguido, el tomador de decisiones tira el proyecto a la basura y los de corbatita se llevan la maqueta y la ponen en una bodega de la que será rescatada en el año 3015 por los futuros antropólogos que se preguntarán acerca de qué carajos es eso.
Otra forma de desgracias la encontramos en cualquier tipo de taller en el preciso momento que uno le pregunta al encargado si lo que se le ha encargado tiene una solución sencilla y rápida. En ese momento se reciben respuestas que pueden variar pero que inequívocamente hablan de la simplicidad y de la rapidez. Uno se va muy confiado y exactamente en tres semanas vienen los encabronamientos debido a que nuestro buen amigo descubrió novedades tales como que faltaba analizar el cigüeñal o que el presupuesto no da debido a que están muy caros los materiales. El proceso se convierte en un descenso al infierno, el maestro se acaba escondiendo y uno aceptando el sometimiento ante las fuerzas del destino. Al mes lo que se decide es ir a la Profeco y a los dos meses iniciar el rezo del rosario todos lo jueves. El asunto se soluciona el día menos pensado y siempre por azar.
La tercera forma que encuentro se halla dentro del controvertido mercado editorial. Una vez escribí un libro y se lo llevé a Rafael Pérez Gay, que en ese momento era el editor de Cal y Arena. Me recibió muy amable y prometió estudiar el material. Después de varios meses y cuando daba el asunto por perdido me dio la sorpresiva noticia de que el libro sería publicado. La sorpresa consistió en que lo que había dicho nada tenía que ver con su intención. A lo largo de los años recibí una serie de argumentos que tenían que ver con: a) el karma, b) lo flojo del mercado, c) una revisión que estaban haciendo dos a los que no tengo el gusto, d) un cambio de colección. Tanto jodí (sospecho que su secretaria y yo nos enamoramos por teléfono) y tanto me esquivó que un día me dijo que el libro estaba en galeras; serían romanas porque no lo volví a ver y a mi libro menos. Y todo por no decir no.
El último ejemplo funciona exactamente al revés ya que tiene que ver con la incapacidad congénita de decir sí y se relaciona con esa novena maravilla que son los meseros. Llega uno con nueve parientes a un restaurante y todos ordenan los tragos. El mesero asiente muy serio y no saca su libretita. Considerando que ni Von Braun se acordaría del pedido es que uno pregunta si no es necesario tomar la orden por escrito. Nos mira compasivamente y niega con la cabeza, al rato aparece con una charolota en la que trae unas medias de seda que nadie pidió, una michelada con la cerveza equivocada y un wisqui de una marca que no se conoce en la mesa. Normalmente este tipo de catástrofes se solventan con la también muy mexicana costumbre de hacerse güeyes y dejar la orden para evitar más demora.
La incapacidad de decir no ha producido embarazos, diputados con retardo mental y una muy variada suerte de malfarios sociales. Es por ello, querido lector que yo le recomiendo que a la hora de la verdad agarre al toro por los cuernos y evite numerazos como los descritos en esta columna. Será mejor para todos.

jueves, 3 de junio de 2010

Los head hunters (El Financiero 2003)

El término head hunter se desgració gracias a los buenos oficios del presidente Fox que utilizó este sistema para elegir a su gabinete con los resultados que todo mundo conoce. Imagine usted una sesión en la que los aspirantes (identificados previamente por estos profesionales) se presentan a explicar su altísimo rendimiento pasado y sus proyectos futuros. ¿Cuáles son las preguntas? ¿Se evalúa el uso de corbata? Si el aspirante dice que subirá el precio del sorgo, ¿cuenta? Una vez analizados todos los potenciales ministros, me imagino al director de la empresa llegando a ver al candidato electo con un legajo encuadernado de forma muy elegante. “Señor presidente” –diría- “estos son los hombres y mujeres que pueden transformar a México”. Por supuesto se esperaría que un proceso tan científico y cuidado nos hubiera arrojado pura lumbrera. Sin embargo, en pocos meses vimos escenas de grand guignol protagonizadas por “el gabinetazo”: pleitos, contradicciones y (a pesar de lo que advertía don Vicente) más de lo mismo.
Martha Alicia Alles, catedrática y autora de 16 libros nos ilustra sobre el asunto a través de un artículos en el que nos da consejos que son en sí mismos perlas de sabiduría:
Sea descubierto por un Head Hunter.
"Algunos secretos para ser descubierto.
Existen muchas fantasías y falsas creencias sobre los selectores de personal y en especial sobre los head hunters. Cómo trabajan y cómo eligen a los candidatos finalmente seleccionados para los distintos pedidos de sus clientes" (imaginarme como un “pedido”).
"El primer elemento que hay que tener en cuenta es que a los head hunters les gusta llamar ellos a los candidatos y no que las personas se postulen por lo tanto hay que hacer cosas para ser descubierto y de ese modo sin postularse lograr ser llamado por un head hunter" (en buen cristiano lo que recomienda Martha es que uno no cometa la indignidad de andar de ofrecido ante gente tan importante y en cambio “haga cosas”, que podrían consistir en vestirse de cebra y salir a dar las noticias de la tarde a la avenida Revolución).
"Parece difícil y realmente lo es" (¿?).
"Los consejos o ideas que proponemos presuponen o son válidos para un candidato con una gestión exitosa, ya que los mismos serán útiles si se corresponden con una persona valiosa. El denominado show off sólo sirve cuando lo realiza alguien que tiene algo que ofrecer" (si alguien comprendió el párrafo anterior le suplico me lo explique al apartado postal 90-2345 de la Ciudad de México).
"Por lo tanto ya estamos dando la primera pista" (¿ya? No me enteré de nada), "es necesario mostrarse profesionalmente, esto quiere decir participar en notas periodísticas, dar conferencias técnicas, participar en congresos de la especialidad, participar en la comunidad de negocios en actividades con valor agregado. Por lo tanto no estamos sugiriendo asistir a cócteles que puede ser de mucha utilidad en algunos ámbitos" (sobre todo en el ámbito de los dipsómanos), "sino de actividades realmente destacadas y que permitan el protagonismo del interesado" (tirarse en papalote? ¿asaltar un banco? ¿descubrir el elemento 115? No lo sé). "Los head hunters no eligen los candidatos entre los conocidos o entre los amigos sino entre los más capacitados para la función específica, por lo tanto la persona que quiere seducir a un head hunter lo debe hacer a través de prestigio y el nivel profesional y no a través de los contactos sociales" (familiares, abstenerse).
"Otro elemento importante a tener en cuenta es que los candidatos postulados a través de un hunting habitualmente suben su cotización ya que el elegido o llamado no es generalmente una persona que busca trabajo sino que por el contrario es tentado por una nueva oferta laboral, por lo tanto para tentarlo será necesario preparar una buena oferta económica y en ocasiones complementarla con un hiring bonus" (está científicamente demostrado que los yuppies modernos que no intercalan frases en inglés pierden la tercera parte de su vocabulario).
"Por último hay que estar muy atento a los llamados, los head hunters no llaman de igual modo que los otros consultores de recursos humanos, por lo tanto cuando se espera un llamado de un head hunter hay que atender los llamados raros, se corre el riesgo que nos intenten vender cualquier cosa, pero uno de esos llamados puede ser el esperado" (imaginar a un señor con los ojos inyectados por tres días sin dormir observando al teléfono fijamente).
Dios mío.

martes, 1 de junio de 2010

Diario de un extraterrestre 3/3 (El Financiero 2004)

Mientras estaba en tierras californianas se llevaban a cabo los juegos olímpicos de Atenas, mi seguimiento de la fiesta deportiva fue parcial y medio de hueva. En principio, nunca se me ocurriría, a menos que estuviera bebido, presenciar un partido de hockey sobre pasto femenil entre Argentina e Indonesia o un recio encuentro de handball del equipo español, cuyo portero era igualito a los abarroteros de las películas de los cuarenta. Es por ello que de poco me enteré, pero siguiendo el mexicano principio de interesarme por el desempeño de mis compatriotas busqué en los periódicos algún rastro mínimo de un logro y nada; pasaban las medallas cosechadas y de México ni un soplo. Me enteré nomás que Nelson Vargas pernoctaba en el Queen Mary, que no es mal pernocte, que todo mundo estaba mentando madres y que se exigían ya las cabezas de rigor siguiendo una tradición venerable en nuestra ya larga tragicomedia nacional que le da pozole a los ganadores y la picota pública a los fracasasdos.
El asunto anterior me parece intrascendente, es más me vale madre. Lo que sí llamó mi atención fue una nota aparecida en el periódico USA Today que daba cuenta de los índices de audiencia mundial de los juegos olímpicos. Mi sorpresa es que México ocupaba un destacadísimo segundo lugar solo detrás de China. Mientras 56% de los asiáticos observaron los olímpicos, en México uno de cada dos compatriotas tuvo la tele prendida para observar asuntos tan fascinantes como el nado sincronizado o las carreras de veleros en las que uno nunca sabe quién va ganando. Los niveles de audiencia de naciones como Estados Unidos alcanzaron solo el 25% lo que establece una paradoja: ¿será que nos gusta la tele? ¿ver perder a nuestros connacionales? No lo sé.
Mudemos de tema hacia los parques temáticos que son, como se sabe, espacios grandes a lo baboso donde la gente acude en turba para pasar un día de esparcimiento. A lo largo de mi vida he tomado la saludable decisión de alejarme de estos sitios como uno se debe alejar de una plaga. Pero ya expliqué la forma en la que esta firme convicción cedió ante las presiones de mis infantes, por lo que la siguiente escena a describir nos ubica entrando a una madre que se llama Sea World exactamente a las diez de la mañana. El reporte a las catorce horas era el siguiente: Los niños habían observado 27 focas, 313 flamingos, 7 orcas, 4 robalos, 17 huachinangos y 2 pulpos. Asimismo habían dado de comer a tres delfines que casi los dejan mancos y se habían deslizado aguas abajo, en la noble compañía de un servidor, en una lanchita de miriñaque que nos empapó las nalgas. Un servidor presentaba quemaduras de tercer grado en los brazos y en la cara y evocaba vagamente el aspecto que tuvo que tener Robinson Crusoe cuando cumplió su sexto aniversario en el archipiélago Juan Fernández..
Ya por ahí de las siete de la noche me sentía yo en el Titanic seguido por una maldición hidráulica, así que me negué de plano a subirme a la última atracción y me quedé a escuchar a un grupo de música que se encontraba ahí para el divertimento de los visitantes. Lo que llamó mi atendión no fue el uniforme del grupo (una mezcla de colores que solo le había visto a la señora María Sabina), sino que los gringos se pusieron a bailar bajo un principio ad libitum, mostrando científicamente que los astros les extirparon todo aquello relacionado con el sentido del ritmo. Cuando la vocalista se dirigía a mí con la evidente intención de que juntos hiciéramos el ridículo, pegué la carrera y me refugié en una tienda de peluches detrás de una ballena asesina de carita sonriente.
A esta peripecia le siguió la renta de un coche que aún no sé si pagué, el saludo a Pluto, Mickey y las princesitas (que estaban bastante buenas). La subida a varios juegos que producen masajes prostáticos y la ingesta de alimentos que harían vomitar a un buitre. Esas pues, fueron mis vacaciones y estoy seguro que algún día mis hijos tendrán que reconocer en su viejo padre a un hombre que los amó lo suficiente para llevarlos a Disneylandia.

lunes, 31 de mayo de 2010

Diario de un extraterrestre 2/3 (El Financiero 2004)

Le contaba la semana pasada, querido lector, de mi periplo disneylándico en compañía de los míos, y la escena se situaba en el preciso momento de llegar a San Diego ignorando la dirección del hotel ni su teléfono lo que se convirtió en un problema medianamente complejo que pudimos resolver en la digna compañía de un señor que era taxista, proveniente de un lejano país africano y que nos cobró tan solo 25 dólares por el logro.
Sin embargo, lo primero que llamó mi atención no fue el chofer negro, ni nuestra imbecilidad y falta de previsión, sino la asepsia gringa contra el dañino hábito del cigarro. Cuando llegué al aeropuerto de San Diego, llevaba ya algo así como 5 horas sin fumarme uno y como se sabe perfectamente los adictos somos personas peligrosas cuando se nos sustrae del vicio. Es por ello que al arribar y pasar la aduana, salí como alma que lleva el diablo a la primera puerta a la calle que encontré y leí el siguiente letrero: “Prohibido fumar a una distancia menor a veinte pies de la puerta de este aeropuerto, el cigarro daña la salud y es fuente de la miseria humana” (este último es un agregado editorial de un servidor que le da más fuerza a la idea). Por supuesto el asunto representaba problemas, el primero tiene que ver con que los hijos del sistema métrico decimal no poseemos una tabla mental que nos indique qué carajo es un pie. Suponiendo, sin conceder, que tres pies representen un metro, el asunto estaba de la chingada, porque si uno se alejaba en dirección lateral se llegaba a otra puerta con la misma leyenda y si se elegía la línea recta se podía fumar finalmente pero con el riesgo de un autobús lleno de turistas me llevara a la chingada porque la distancia llegaba a la mitad del arroyo vehicular.
Lo anterior es una muestra de la hostilidad manifiesta que se tiene hacia personas como yo que somos débiles y viciosos. Es la guerra abierta y deliberada contra un grupo de gente notablemente inocua (nunca he conocido a un fumador que se suba a un coche después de fumarse siete cigarros y atropelle a la gente como los borrachos) y que además paga una cantidad estúpida de impuestos asociados a la compra de tabaco.
Como soy un optimista irredento (o probablemente un imbécil) quise pensar que la escena del aeropuerto era una excepción pero no la regla y llegué al hotel solo para confirmar que el asunto era el mismo y que la cruzada en contra nuestra se extendía por todo el bellísimo estado de California. Se me advirtió que fumar en el cuarto (mi cuarto) o en cualquier lugar cerrado era sujeto de una sanción, que había una especie de máquinas inteligentes que detectaban violaciones a la norma y que la consecuencia de violarla sería no solo el papelón, sino una multa que me dejaría ciego. Lo anterior supuso que un hombre devastado por su día de paseo (ya le contaré) llegara a su cuarto a las 11 de la noche se sirviera un wisqui, sacara una novela y tuviera que salir en calzones y al frío de la madrugada para fumarse un cigarro que no podía retener en los dedos porque temblaba de frío.
En lugares como Disneylandia (¿puede haber un espacio más abierto que ése?) se asignaban áreas específicas para fumar; eran tres en quinientas hectáreas. Una especie de cuartos de leprosos donde la gente se metía a fumar compulsivamente. La fauna que vi en esos espacios (hay que decirlo) no se componía de gringas buenotas, ni de señores atléticos. No, era puro gordo de barba y con facha de desecho de guerra. Uno de ellos me dijo que era veterano que tenía un amigo en el bote y ya no pudo seguir la charla porque salí pitando mientras pensaba “soy un desadaptado social”. Probablemente esta desadaptación tenga alguna carga genética ya que en la noche y antes de salir a mi terraza (donde había una gringa chupando de una botella envuelta en papel de estraza) escuché que María mi hija le decía al niño frijol: “¡Fedro, no te hagas pipí en la tina!” y entonces me quedé más tranquilo ante nuestra enorme fuerza de rebelión.

sábado, 29 de mayo de 2010

Diario de un extraterrestre I/3 (El Financiero 2004)

Escribo estas líneas sobre una mesa que alguna vez fue tabla de surf mientras me tomo una cerveza y miro al tercera base de los yanquis tirar a segunda para sacar holgadamente a un gordo –rápido como un caracol- que se llama Bengie Molina y juega para los ángeles de California. La escena que describo transcurre en el aeropuerto de Los Ángeles mientras espero el avión que me llevará de regreso a la muy noble y leal ciudad de México ¿cómo llegué aquí? Permítame compartirlo con usted querido lector.
Esta historia inició hace años cuando por un insondable misterio cerebral decidí que era momento de que mis hijos (la niña María y el niño frijol) conocieran a Mickey, Donald, Pluto y el resto de la fauna disneylándica. A partir de ese momento inició una batalla argumental entre mi prole y un servidor; ellos insistiendo en la necesidad imperativa de visitar Disneylandia, mientras yo insistía, a mi vez, en hacerme pendejo. Sin embargo, este año agoté mis alternativas y cedí resignado (igual que se resigna un natural de Florida al huracán por venir).
Una pertinente aclaración, querido lector; mi resistencia a visitar estos lares nada tiene que ver con pretensiones intelectuales, ni con la sensación de ser sometido por las garras del imperio. Nunca se me ha ocurrido formar a mis hijos en la onda alternativa que ubica a Disney como uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis cuya principal misión es dejar a la gente imbécil. No, mi resistencia se basaba en razones de orden práctico; meterme en un lugar de 500 hectáreas a una temperatura de cuarenta grados arreando niños y con la inapreciable compañía del osito Pooh se me antojaba tanto como una patada en los testículos (dicho sea con todo respeto).
Existe un factor agravante que con el paso de los años se ha convertido en un lastre de proporciones inconmensurables que arrastro como Pedro Infante arrastraba la negrura de su señora madre en “Angelitos negros”. Usted no está para saberlo pero yo (siento el escalofrío del que confiesa un crímen) fui a Disneylandia con Chabelo, el amigo de todos los niños allá por el cretácico. ¿Por qué razón? Misterio
Recuerdo que el vieja fue escalofriante y plagado de niños malhora que la mitad del tiempo se dedicó a chingarse entre sí y la otra mitad a chingar a una viejita que iba en el tour y que era el clon de la mamá parapléjica de Pepe el Toro. El hecho es que mi recuerdo de aquel periplo me improntó y decidí que solo a rastras iría de nuevo... y a rastras fui.
Si usted, querido lector, andaba por avenida Churubusco el sábado 14 de agosto a las 5 de la mañana, seguramente fue testigo de que un coche verde transportaba a una familia en estado de coma con rumbo al aeropuerto; éramos nosotros mentando madres ya que nunca he entendido la razón por la que uno tiene que tomar vuelos al alba “para aprovechar el día”. El caso es que llegamos al aeropuerto con anticipación suficiente no solo para tomar el avión, sino para escribir La guerra y la paz, si de eso se hubiera tratado. Hicimos una cola kilométrica y una señorita diligente nos informó que nuestro vuelo hacía escala en Mazatlán lo que supuso dos chingas: la primera, visitar el aeropuerto de tan bello destino y la segunda, enfilar a la salida nacional que se encontraba a tres kilómetros.
El avión despegó y exactamente a la altura de la carretera a Toluca pegó un brinco que me hizo envejecer veinte años y que a mis hijos les pareció muy divertido. Luego sirvieron la comida que podía ser identificada como tal porque venía en platos y acompañada de cubiertos, pero era una mierda. Aterrizamos en Mazatlán y perdimos nítidamente el tiempo durante una hora. Luego volvimos a subir al avión del que acabábamos de bajar y nos dirigimos a San Diego porque mi legítima exponía algo indescifrable en un congreso de bioquímica. Llegamos con la novedad de que a nadie se le había ocurrido obtener la dirección ni el teléfono del hotel por lo que su búsqueda nos tomó el mismo tiempo que al doctor Livingstone hallar a los nativos... pero ya le contaré.