Cuando la órbita elíptica de la tierra intersecta el Ecuador se producen los equinoccios, que son dos: el de otoño y el de primavera. Esta información --que no debiera interesarle ni a la madre de Galileo-- adquiere un sentido diferente cuando se evalúan las consecuencias que dicho evento astronómico tiene en la conducta de los seres humanos... Especialmente de los mexicanos.
En primer lugar están los calóricos; ese grupo de compatriotas que, por alguna razón que tiene que ver con la germinación de su alma, se visten como profesores de gimnasia (en el mejor de los casos) o como lo hacía el señor de los Tepanecas (en el peor). Los calóricos son como frijolitos en flor y consideran --probablemente basados en evidencia ancestral-- que el asunto sólo tendrá sentido si se trepan a una pirámide para luego sentarse empleando una contorsión de acróbata. La mirada que aplican es equivalente a lo que los especialistas tipifican como de "ausencia sicótica".
Otra opción es probar la técnica del sahumerio, que consiste básicamente en pararse enfrente de un señor que tiene en la mano una copa en la que arde alguna sustancia sicotrópica y dejarse ahumar. El aspecto final del iniciado es el mismo que el de un pescado a la plancha.
En realidad el único daño que generan estas conductas de equinoccio es el que sufren nuestros monumentos históricos que, año con año, se enfrentan a hordas de gente en turbante que son la principal fuente de cascajo prehispánico en el país. Pensándolo bien hay otro riesgo; que algún calórico pierda la vertical y se desmadre como la Coyolxauhqui al pie de una pirámide mirando al sol de primavera.
La segunda derivación de la entrada de la primavera se da en el campo educativo, concretamente en los jardines de infantes. Supongo que algún día una vieja chota decidió que era una idea espléndida la de festejar el 21 de marzo disfrazando niños. De manera sorpresiva la idea fue aceptada unánimamente --y digo sorpresiva porque es una idiotez--.
A los pobres niños hay que vestirlos con algún disfraz alusivo a las circunstancias y entonces las abnegadas madres se pasan tres noches tronándose los dedos ante la duda de cuál será la mejor opción. Las imagino paseando nerviosas mientras piensan "¿de pajarito? ¿mariposita quizá?" Luego toman una determinación que no puede ser sino dolorosa para el infante, ya que le confeccionan un atuendo digno hijo de su pinche madre y lo mandan a la escuela en su triciclo con globitos a desfilar. El niño no se entera de nada, pero los padres llegan jubilosos, toman fotos y filman las escenas que luego serán usadas como pruebas documentales de algún acto de parricidio. Aún recuerdo entre escalofríos el traje de mariposa de mi hermana Diana; seguramente el asunto la marcó y determinó que fuera socióloga.
Cosas de la primavera.
La última derivación perversa de nuestras fiestas calendáricas se inició en la sierra de Ixtlán el 21 de marzo de 1806. Ese día nació Pablo Benito Juárez García en San Pablo Guelatao. La historia, generosa, no ha contado cómo el pastorcito perdió una oveja y del puro susto se fue a la ciudad de Oaxaca; pero ése es otro asunto. En realidad el notable tino del Benemérito consistió en nacer el día de la primavera, asunto que aún lo agradecen los burócratas que no trabajan y hacen puente para irse a chupar o ver la jornada doble del futbol. Sin embargo, otras opciones igualmente estremecedoras se presentan en los ámbitos escolares donde los niños hacen la representación escolar alusiva y acaban matando franceses en el simulacro de la batalla de Puebla.
La otra opción la representan las huestes liberales. Los grandes maestros de las logias masónicas gastan doscientos pesos en arreglos, y se van muy pachuchos al hemiciclo donde Juárez y la patria los contemplan mientras se dedican a dar discursos incendiarios en los que señalan que deben salvar al país y a las instituciones de los curas y otros demonios... Cosas de la primavera.
martes, 30 de marzo de 2010
lunes, 29 de marzo de 2010
Los consejitos (El Financiero 1995)
La gente, ante la desgracia, tiene la terrible maña de pedir consejos; platica con los amigos, escucha a los astrólogos, va con un cura o simplemente escribe cartas a la sección "consultorio" de alguna publicación periódica. Los resultados frecuentemente son lamentables: los amigos se embriagan, los astrólogos se visten como tías, los curas nos regañan y las secciones producen respuestas como las que hoy nos ocupan.
Esta es la carta que una persona anónima mandó a la famosísima sección Consultando el corazón a cargo de María Elena Madrid (segunda de Ovaciones, 19 de diciembre de 1994).
"Estimada Sra. María Elena:
Le quiero decir lo que me pasa en estas fechas navideñas. Con tanto trabajo, luego los gastos que no puede uno afrontar, también los hijos que piden los regalos y, para colmo, la tomadera del marido... me pongo con los nervios de punta. Yo me tengo que echar toda la cena, desde la ida al mercado, para conseguir todo más fresco y barato; nadie quiere ayudar y me dicen que me pongo insoportable. Es un cansancio horroroso y ya de final los hijos cenan rápido y poquito porque tienen que ir a cenar a casa de las novias o los novios y a mí me dejan con el pesado de mi marido que ya con sus copas lo único que hace es quejarse... que estamos solos, que qué triste es la vida y dale con lo mismo toda la noche y yo lo que quiero es irme a acostar, a descansar mis pies. ¿ Estaré demasiado neuras?" La respuesta es como sigue:
"Muy estimada amiga:
Tenga la seguridad de que si sus nervios están alterados, tiene buenas razones para justificarlo. El cansancio, en último grado, produce graves trastornos emocionales, entonces si usted se sobrecarga de trabajo en estas fechas, aparte de la hipersensibilidad que se produce en esta época romántica, en todos los que celebramos la Navidad y el fin y el principio de un año, se llora y nuestra parte sensitiva está a flor de piel con los recuerdos, obligaciones, gastos, trabajo y esfuerzo que demanda toda celebración, se convierte en un verdadero agobio un festejo que lo primero que debe existir es paz y una profunda serenidad; la comida y regalos, hasta donde la salud y el bolsillo toleren; medir el trabajo y controlar las emociones para NO amargar a nadie ni a nosotros mismos. Que el esfuerzo NO nos lleve a la neurosis que después reprocharán los que están cerca de nosotros y por los que hemos hecho el esfuerzo. Cuando tenga sueño, vaya a descansar o duérmase frente a su marido. Una bella y sencilla Navidad. Su amiga: María Elena".
De la respuesta anterior se desprenden varias consideraciones: a) La Navidad es una época romántica, b) nuestra parte sensitiva está a flor de piel, c) la sintaxis está en las profundidades del océano, d) se debe dormir cuando a uno le dan ganas.
Sin embargo, podría entender perfectamente que la mujer que demanda ayuda -- llamémosla la neurótica-- se sintiera decepcionada, ya que la única recomendación concreta es la de dominarse frente al borracho de su marido.
Una respuesta respetable y efectiva se sugiere a continuación:
Querida neurótica:
a) En estas fechas navideñas no gaste un centavo en sus hijos que, como se ve, son unos sátrapas.
b) Ponga alcohol adulterado en las botellas con las que su marido inicia la tomadera... Quedará completamente calvo
c) Si no la ayudan a hacer la cena, pida pizzas hawaianas.
d) Invite a las novias y a los novios de sus hijos para que coman despacito y en cantidades abundantes.
e) Corra al pesado de su marido de la casa.
f) Para no estar triste, baile el tema navideño "Qué lindo churumbel".
g) Frótese los pies con té de valeriana.
h) Definitivamente está usted demasiado neuras.
¿ No es mejor?
Esta es la carta que una persona anónima mandó a la famosísima sección Consultando el corazón a cargo de María Elena Madrid (segunda de Ovaciones, 19 de diciembre de 1994).
"Estimada Sra. María Elena:
Le quiero decir lo que me pasa en estas fechas navideñas. Con tanto trabajo, luego los gastos que no puede uno afrontar, también los hijos que piden los regalos y, para colmo, la tomadera del marido... me pongo con los nervios de punta. Yo me tengo que echar toda la cena, desde la ida al mercado, para conseguir todo más fresco y barato; nadie quiere ayudar y me dicen que me pongo insoportable. Es un cansancio horroroso y ya de final los hijos cenan rápido y poquito porque tienen que ir a cenar a casa de las novias o los novios y a mí me dejan con el pesado de mi marido que ya con sus copas lo único que hace es quejarse... que estamos solos, que qué triste es la vida y dale con lo mismo toda la noche y yo lo que quiero es irme a acostar, a descansar mis pies. ¿ Estaré demasiado neuras?" La respuesta es como sigue:
"Muy estimada amiga:
Tenga la seguridad de que si sus nervios están alterados, tiene buenas razones para justificarlo. El cansancio, en último grado, produce graves trastornos emocionales, entonces si usted se sobrecarga de trabajo en estas fechas, aparte de la hipersensibilidad que se produce en esta época romántica, en todos los que celebramos la Navidad y el fin y el principio de un año, se llora y nuestra parte sensitiva está a flor de piel con los recuerdos, obligaciones, gastos, trabajo y esfuerzo que demanda toda celebración, se convierte en un verdadero agobio un festejo que lo primero que debe existir es paz y una profunda serenidad; la comida y regalos, hasta donde la salud y el bolsillo toleren; medir el trabajo y controlar las emociones para NO amargar a nadie ni a nosotros mismos. Que el esfuerzo NO nos lleve a la neurosis que después reprocharán los que están cerca de nosotros y por los que hemos hecho el esfuerzo. Cuando tenga sueño, vaya a descansar o duérmase frente a su marido. Una bella y sencilla Navidad. Su amiga: María Elena".
De la respuesta anterior se desprenden varias consideraciones: a) La Navidad es una época romántica, b) nuestra parte sensitiva está a flor de piel, c) la sintaxis está en las profundidades del océano, d) se debe dormir cuando a uno le dan ganas.
Sin embargo, podría entender perfectamente que la mujer que demanda ayuda -- llamémosla la neurótica-- se sintiera decepcionada, ya que la única recomendación concreta es la de dominarse frente al borracho de su marido.
Una respuesta respetable y efectiva se sugiere a continuación:
Querida neurótica:
a) En estas fechas navideñas no gaste un centavo en sus hijos que, como se ve, son unos sátrapas.
b) Ponga alcohol adulterado en las botellas con las que su marido inicia la tomadera... Quedará completamente calvo
c) Si no la ayudan a hacer la cena, pida pizzas hawaianas.
d) Invite a las novias y a los novios de sus hijos para que coman despacito y en cantidades abundantes.
e) Corra al pesado de su marido de la casa.
f) Para no estar triste, baile el tema navideño "Qué lindo churumbel".
g) Frótese los pies con té de valeriana.
h) Definitivamente está usted demasiado neuras.
¿ No es mejor?
jueves, 25 de marzo de 2010
Nominalmente (El Financiero 1996)
La trascendencia de los hombres (y las mujeres) ha sido medida con distintas varas desde que la historia es historia; en la Edad Media supongo que alguien podía aspirar a este valor porque conservaba todos los dientes a los treinta años. Entre los cristianos el asunto de la trascendencia se ha evaluado a través de un comportamiento impecable y un destino funesto, como ser quemado con leña verde o pasar a mejor vida devorado por una nube de hormigas entre los gritos de aborígenes que se negaron (¡pérfidos!) a ser catequizados. Los hare krishnas deben trascender de acuerdo con el número de corcholatas que golpean con las puntas de los dedos en los aeropuertos... y así nos seguimos.
Actualmente los criterios de trascendencia son confusos: uno puede aspirar al recuerdo de sus congéneres por la notable capacidad de tirar una pelota que va hecha la chingada; por escribir una obra maestra sobre el amor o simplemente en base a una propuesta escénica donde los protagonistas se lanzan huevazos mientras gritan: "¡La imaginación al poder!".
Los que nacimos para pelagatos, sin embargo, debemos conformarnos con criterios más elementales de trascendencia. La sabiduría popular recomienda la mamadencia ésa de escribir libros, plantar árboles o llenarnos de críos. De las tres consignas me preocupa profundamente el asunto del árbol, ya que no veo cómo los misteriosos caminos del Señor me enfrenten jamás con un prado verde, una pala y un pirul, y si esto llegar a suceder tampoco veo cómo se me antojaría hacer un hoyo en el suelo en lugar de tumbarme en él.
Con los hijos es otro cantar; ya he contado en este espacio la historia de María, ese pequeño pedazo de energía que me patea en las noches y que el jueves casi me deja tuerto mientras comía "frijolitos". Ahora María tendrá un hermano que si todo sale bien nacerá en el mes de mayo.
Decía Borges que decía no sé quién: los espejos y las cópulas son abominables, porque multiplican el número de los hombres". La cita --repugnante por cierto-- está bien para Borges pero no para un padre angustiado que ve venir a un hijo como se ve venir un meteorito. Por supuesto dentro de las cargas que se suman a los hombros destaca la decisión del nombre: "Fedro" propuse desde que me casé. Sin embargo, he recibido una multitud de comentarios (algunos sutiles y otros no) en los que se manifiesta que sólo alguien muy imbécil o de plano pendejo podrá cometer (así dicen, cometer) semejante monstruosidad con un niño pequeñito e indefenso que no tiene que sufrir las inseguridades de su padre. Por supuesto ignoré los comentarios... pero de dientes para afuera, ya que al poco tiempo dejé de dormir mientras soñaba que era apuñalado por mi propio hijo que en la mano blandía un acta de nacimiento. Ante la cochina duda decidí ir a Sanborns y comprar el libro "Nombres para el bebé" de Salvador Salazar. El texto es notable desde varios puntos de vista: primero por un epígrafe que dice a la letra "Para un niño es lo mismo llamarse Ciriaco, Cirilo, Casiano o Espiridión; pero no lo es ni para un joven ni para un adulto". Madres --pensé-- he ahí una verdad del tamaño de una casa y mis dudas se acrecentaron (lo mismo que mis pesadillas). A continuación me dispuse a hojear el libro y encontré el primer nombre "Aban", que según Salazar era un genio benéfico (que desde luego no tenía otro remedio que ser bueno con ese pinche nombre); "Abujajía" era nada menos que la tercera opción. Suspiré y seguí leyendo: "Batimona" (una divinidad que comía sesos); Huixtocíhuatl (un compatriota); Restituto (un mártir); Estaquis (un cristiano íntimo de Pablo el apóstol); Sucha (el dios andino del trago); ¿Fedro? Por ningún lado.
Al final de la lectura me dominaron dos sensaciones; la primera es que ni borracho me hubiera dado a la tarea que tan cumplidamente se enfrentó el autor. La segunda es que el nombre estaba decidido (que Dios y Abujajía me amparen)... cosas de la trascendencia.
Actualmente los criterios de trascendencia son confusos: uno puede aspirar al recuerdo de sus congéneres por la notable capacidad de tirar una pelota que va hecha la chingada; por escribir una obra maestra sobre el amor o simplemente en base a una propuesta escénica donde los protagonistas se lanzan huevazos mientras gritan: "¡La imaginación al poder!".
Los que nacimos para pelagatos, sin embargo, debemos conformarnos con criterios más elementales de trascendencia. La sabiduría popular recomienda la mamadencia ésa de escribir libros, plantar árboles o llenarnos de críos. De las tres consignas me preocupa profundamente el asunto del árbol, ya que no veo cómo los misteriosos caminos del Señor me enfrenten jamás con un prado verde, una pala y un pirul, y si esto llegar a suceder tampoco veo cómo se me antojaría hacer un hoyo en el suelo en lugar de tumbarme en él.
Con los hijos es otro cantar; ya he contado en este espacio la historia de María, ese pequeño pedazo de energía que me patea en las noches y que el jueves casi me deja tuerto mientras comía "frijolitos". Ahora María tendrá un hermano que si todo sale bien nacerá en el mes de mayo.
Decía Borges que decía no sé quién: los espejos y las cópulas son abominables, porque multiplican el número de los hombres". La cita --repugnante por cierto-- está bien para Borges pero no para un padre angustiado que ve venir a un hijo como se ve venir un meteorito. Por supuesto dentro de las cargas que se suman a los hombros destaca la decisión del nombre: "Fedro" propuse desde que me casé. Sin embargo, he recibido una multitud de comentarios (algunos sutiles y otros no) en los que se manifiesta que sólo alguien muy imbécil o de plano pendejo podrá cometer (así dicen, cometer) semejante monstruosidad con un niño pequeñito e indefenso que no tiene que sufrir las inseguridades de su padre. Por supuesto ignoré los comentarios... pero de dientes para afuera, ya que al poco tiempo dejé de dormir mientras soñaba que era apuñalado por mi propio hijo que en la mano blandía un acta de nacimiento. Ante la cochina duda decidí ir a Sanborns y comprar el libro "Nombres para el bebé" de Salvador Salazar. El texto es notable desde varios puntos de vista: primero por un epígrafe que dice a la letra "Para un niño es lo mismo llamarse Ciriaco, Cirilo, Casiano o Espiridión; pero no lo es ni para un joven ni para un adulto". Madres --pensé-- he ahí una verdad del tamaño de una casa y mis dudas se acrecentaron (lo mismo que mis pesadillas). A continuación me dispuse a hojear el libro y encontré el primer nombre "Aban", que según Salazar era un genio benéfico (que desde luego no tenía otro remedio que ser bueno con ese pinche nombre); "Abujajía" era nada menos que la tercera opción. Suspiré y seguí leyendo: "Batimona" (una divinidad que comía sesos); Huixtocíhuatl (un compatriota); Restituto (un mártir); Estaquis (un cristiano íntimo de Pablo el apóstol); Sucha (el dios andino del trago); ¿Fedro? Por ningún lado.
Al final de la lectura me dominaron dos sensaciones; la primera es que ni borracho me hubiera dado a la tarea que tan cumplidamente se enfrentó el autor. La segunda es que el nombre estaba decidido (que Dios y Abujajía me amparen)... cosas de la trascendencia.
lunes, 22 de marzo de 2010
¿Qué le pasó al Centro? (EL Financiero 1993)
Todos los días a partir del 15 de julio ha sido necesario que asista al centro de la ciudad para cumplir un trabajo. Exactamente a las nueve de la mañana, encamino mis pasos hacia el metro Miguel Angel de Quevedo y me trepo con rumbo a los Indios Verdes. La temperatura en el interior del carro debe se la misma que la que se necesita para derretir al tungsteno. El vagón es asaltado por gente que vende "tupsi de a peso" o que canta De colores acompañado por una guitarra con cuerdas de metal. El transbordo es en Hidalgo, una marea humana tomar por asalto el andén en dirección Tasqueña, allí hay que ponerse águila o a uno se lo lleva la tiznada, porque sale una cantidad de gente inimaginable del vagón. La bajada es en el Zócalo donde al salir por las escaleras que llevan a la gran plaza hay un olor que se mastica.
Una de las primeras cosas que llaman la atención al caminar por el centro es la cantidad de puestos y las eternas obras de reparación que dejan como polvorón a los caminantes. Se vende absolutamente todo; hay pilas, relojes, radios, supongo que hasta porcelana china. El detalle siniestro está dado por las patas de pollo, una especie de "snack" que se vende en cucuruchos de papel, y los tacos de algún animal cuyo cráneo descansa en la mesa, supongo que como evidencia de que no son de perro. No se puede caminar. Al atravesar las calles los taxistas, que son unos jijos de su tiznada madre, le avientan a uno el carro. Se siente horrible. La Plaza de la Constitución ha sido invadida por un número considerable de manifestantes que se instalan en tiendas de campaña de plástico. Hay pequeños cubículos que funcionan como baños (ignoro si hicieron un hoyo en el piso, aunque parece que no). Desde luego supongo que esta gente se encuentra allí protestando por alguna injusticia que el gobierno o algún empresariete (qué raro) cometió y podría parecer una frivolidad criticarla, pero ni modo, hay que decirlo, es terrible. Otra forma de protesta son las manifestaciones,los motivos son de lo más diverso y las consignas que se gritan son de una variedad extraordinaria. Hay mirones, paleros y manifestantes reales, hace poco una turba de viejas chirimoleras se plantó afuera del edificio en el que me encontraba. José Mateo y yo nos asomamos por la ventana y una gorda inició la siguiente consigna: "a, e-sos, mi-rones, les faltan, panta-lones". Cerramos la cortina.
Nadie en pleno uso de sus facultades mentales puede apoyar este deterioro. El centro debería ser un lugar al que se va con gusto y no con el corazón oprimido. No se trata, desde luego, de meter tanques y sacar a la gente o de prohibir las manifestaciones. Hay que ofrecer opciones y esa es una responsabilidad del gobierno. Que se reubique a los ambulantes (a los que venden patas de pollo no), que se dialogue con los manifestantes (con las viejas chirimoleras no) y que se genere mayor justicia para que la gente no tenga que hacer su camping enfrente de palacio, a costa suya (estoy seguro) y de la pituitaria de los transeúntes. Que a los taxistas se les haga manita de puerco cada vez que se lleven un cristiano. Así lo espero. Invito desde esta modesta tribuna a todos aquellos interesados en el destino del primer cuadro a que manifiesten sus inquietudes en una asociación de "amigos del centro histórico" en la que seguramente se anotará algún loro huasteco como presidenta y que, desde luego, logrará más que lo que un servidor con este pequeño desahogo.
Una de las primeras cosas que llaman la atención al caminar por el centro es la cantidad de puestos y las eternas obras de reparación que dejan como polvorón a los caminantes. Se vende absolutamente todo; hay pilas, relojes, radios, supongo que hasta porcelana china. El detalle siniestro está dado por las patas de pollo, una especie de "snack" que se vende en cucuruchos de papel, y los tacos de algún animal cuyo cráneo descansa en la mesa, supongo que como evidencia de que no son de perro. No se puede caminar. Al atravesar las calles los taxistas, que son unos jijos de su tiznada madre, le avientan a uno el carro. Se siente horrible. La Plaza de la Constitución ha sido invadida por un número considerable de manifestantes que se instalan en tiendas de campaña de plástico. Hay pequeños cubículos que funcionan como baños (ignoro si hicieron un hoyo en el piso, aunque parece que no). Desde luego supongo que esta gente se encuentra allí protestando por alguna injusticia que el gobierno o algún empresariete (qué raro) cometió y podría parecer una frivolidad criticarla, pero ni modo, hay que decirlo, es terrible. Otra forma de protesta son las manifestaciones,los motivos son de lo más diverso y las consignas que se gritan son de una variedad extraordinaria. Hay mirones, paleros y manifestantes reales, hace poco una turba de viejas chirimoleras se plantó afuera del edificio en el que me encontraba. José Mateo y yo nos asomamos por la ventana y una gorda inició la siguiente consigna: "a, e-sos, mi-rones, les faltan, panta-lones". Cerramos la cortina.
Nadie en pleno uso de sus facultades mentales puede apoyar este deterioro. El centro debería ser un lugar al que se va con gusto y no con el corazón oprimido. No se trata, desde luego, de meter tanques y sacar a la gente o de prohibir las manifestaciones. Hay que ofrecer opciones y esa es una responsabilidad del gobierno. Que se reubique a los ambulantes (a los que venden patas de pollo no), que se dialogue con los manifestantes (con las viejas chirimoleras no) y que se genere mayor justicia para que la gente no tenga que hacer su camping enfrente de palacio, a costa suya (estoy seguro) y de la pituitaria de los transeúntes. Que a los taxistas se les haga manita de puerco cada vez que se lleven un cristiano. Así lo espero. Invito desde esta modesta tribuna a todos aquellos interesados en el destino del primer cuadro a que manifiesten sus inquietudes en una asociación de "amigos del centro histórico" en la que seguramente se anotará algún loro huasteco como presidenta y que, desde luego, logrará más que lo que un servidor con este pequeño desahogo.
viernes, 19 de marzo de 2010
Aserejé (El Financiero 2001)
Los ritmos se modifican con los tiempos y eso no tiene remedio; lo que para algunos tiene valor en cierto momento se diluye irremediablemente y se modifica por nuevos aires musicales. Las excepciones (que siempre son las menos) se llaman –de acuerdo a los entendidos- “clásicos”. Este fenómeno de durabilidad es notable por varias razones la primera y más conspicua es que debe haber varios cientos de miles de melodías que se han perdido en la noche de los tiempos, lo mismo que las personas que la interpretaban, esto supone un desperdicio de corcheas que se ha ido acentuando día con día por medio de música que para todo fin práctico puede ser considerada desechable, es decir de óigase y tírese.
El otro día escuché por ejemplo una canción llamada “seasons in the sun” que puede ser calificada limpiamente como una mierda. El misterio es que esta melodía (en la que un badulaque le dice a su papa que rece por él) era de mis favoritas cuando tenía corta edad lo que sugiere varias cosas vergonzosas entre las que destaca el hecho de que yo era un imbécil perdido. El asunto es que este hecho generacional también sugiere que los gustos se modifican para bien o para mal y que además la música moderna se ha convertido en una suerte de kleenex por medio del que se suenan los particulares miembros de una generación.
Los que se resisten a esta suerte de destino forman una nube ligeramente patética que busca espacios para recordar los tiempos perdidos. Es por eso que existen lugares especializados en proveer a los cuarentones y cincuentones de la música que se ha ido y que les recuerda su juventud. El otro día por ejemplo me invitaron a una discoteca para oír “música de nuestros tiempos” la invitación me atrajo lo mismo que me atraería una cena privada con Pati Chapoy y me negué rotundamente mientras me imaginaba a mis congéneres bailando disco sobre una pista que se prende y se apaga.
Por supuesto un problema asociado es replicar las taras de nuestros mayores y decir que todo lo nuevo es una porquería (en este momento recuerdo a una persona mayor que le daba bastonazos a una bocina bajo el argumento de que eso no era música sino puro tamborazo). El problema objetivo es que efectivamente lo que he escuchado como novedades me parecen simplemente impresentables y para muestra procederé a dar dos botones: Hace poco fui a una boda, de ésas en las que los comensales se sientan, comen de gorra y a la hora apropiada se lanzan a la pista para dar zapatazos. En algún momento mi hija María (ocho años) sintió que los dioses de la danza la poseían y sacó a su avejentado padre a mover lo que los clásicos llama “el bote”. La canción que propuso para bailar se llamaba “aserejé” o algo así y me fue explicado que la interpreta un trío de muchachonas. El tema dice más o menos así: “asereje ku dejaja la quicola matro meco mimorre” lo cual en principio resulta notable pero lo es más aún la técnica para bailarlo consistente en agitar los brazos frente a la cara en un gesto que solo he visto en la gente que es atacada por una nube de abejas y se las quiere sacudir a manotazos. Supuse que las chicas eran finlandesas y por ello no entendía yo nada, hasta que alguien con la debida modernidad me explicó paternalmente que en realidad eran españolas y se consideraba altamente probable que la letra de marras tuviera un mensaje satánico (imaginar a Guillén bailando con la niña Guillén a manotazos un ritmo diabólico). Acto seguido vino otra canción acerca de la mayonesa también con una ortodoxia propia que en este caso se basa en mover los brazos como si uno estuviera batiendo los huevos del rompope mientras balancea las caderas en un movimiento que todavía recuerdo entre estremecimientos y sudoraciones varias.
Mi incompetencia fue tal que supongo que hice pasar una vergüenza a la heredera que me liberó aliviada y me mandó a sentar entre la nube de borrachos que simplemente no entendemos que los tiempos cambian.
Para bien o para mal.
El otro día escuché por ejemplo una canción llamada “seasons in the sun” que puede ser calificada limpiamente como una mierda. El misterio es que esta melodía (en la que un badulaque le dice a su papa que rece por él) era de mis favoritas cuando tenía corta edad lo que sugiere varias cosas vergonzosas entre las que destaca el hecho de que yo era un imbécil perdido. El asunto es que este hecho generacional también sugiere que los gustos se modifican para bien o para mal y que además la música moderna se ha convertido en una suerte de kleenex por medio del que se suenan los particulares miembros de una generación.
Los que se resisten a esta suerte de destino forman una nube ligeramente patética que busca espacios para recordar los tiempos perdidos. Es por eso que existen lugares especializados en proveer a los cuarentones y cincuentones de la música que se ha ido y que les recuerda su juventud. El otro día por ejemplo me invitaron a una discoteca para oír “música de nuestros tiempos” la invitación me atrajo lo mismo que me atraería una cena privada con Pati Chapoy y me negué rotundamente mientras me imaginaba a mis congéneres bailando disco sobre una pista que se prende y se apaga.
Por supuesto un problema asociado es replicar las taras de nuestros mayores y decir que todo lo nuevo es una porquería (en este momento recuerdo a una persona mayor que le daba bastonazos a una bocina bajo el argumento de que eso no era música sino puro tamborazo). El problema objetivo es que efectivamente lo que he escuchado como novedades me parecen simplemente impresentables y para muestra procederé a dar dos botones: Hace poco fui a una boda, de ésas en las que los comensales se sientan, comen de gorra y a la hora apropiada se lanzan a la pista para dar zapatazos. En algún momento mi hija María (ocho años) sintió que los dioses de la danza la poseían y sacó a su avejentado padre a mover lo que los clásicos llama “el bote”. La canción que propuso para bailar se llamaba “aserejé” o algo así y me fue explicado que la interpreta un trío de muchachonas. El tema dice más o menos así: “asereje ku dejaja la quicola matro meco mimorre” lo cual en principio resulta notable pero lo es más aún la técnica para bailarlo consistente en agitar los brazos frente a la cara en un gesto que solo he visto en la gente que es atacada por una nube de abejas y se las quiere sacudir a manotazos. Supuse que las chicas eran finlandesas y por ello no entendía yo nada, hasta que alguien con la debida modernidad me explicó paternalmente que en realidad eran españolas y se consideraba altamente probable que la letra de marras tuviera un mensaje satánico (imaginar a Guillén bailando con la niña Guillén a manotazos un ritmo diabólico). Acto seguido vino otra canción acerca de la mayonesa también con una ortodoxia propia que en este caso se basa en mover los brazos como si uno estuviera batiendo los huevos del rompope mientras balancea las caderas en un movimiento que todavía recuerdo entre estremecimientos y sudoraciones varias.
Mi incompetencia fue tal que supongo que hice pasar una vergüenza a la heredera que me liberó aliviada y me mandó a sentar entre la nube de borrachos que simplemente no entendemos que los tiempos cambian.
Para bien o para mal.
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