Lo primero que percibe uno de Thalía es que está bien buena y por algún misterio sensorial es también lo último. La ¿cantante? se inscribe en esa corriente arrasadora de jóvenes muy jóvenes que entraron en el mundo artístico con un aspecto físico de la mejor ley y con la aparente condición de establecer vínculos indisolubles con la estupidez. Para muestra basta el botón de la entrevista que Jesús Hernández le hizo ayer en las páginas de este periódico. Veamos algunos indicadores:
A la notable pregunta respecto a la posibilidad de producir lencería para las clases populares, Thalía contestó que el producto se vendía como pan caliente y además destacó el hecho de que no son (ella se incluye desde luego) tantos ricos en México. Que Dios la perdone pero tiene razón, las recientes estadísticas hablan de 40 millones de mexicanos que viven en pobreza y 14 millones por debajo de la línea de pobreza extrema. Por supuesto la preocupación de estos compatriotas no es comprar los calzones que vende Thalía. Posteriormente se le inquirió acerca de su visita a Indonesia donde su popularidad es muy alta, la cantante relató que vino un avión con los cónsules y el “señor de educación” a conocerla y a contarle que un chingamadral (la vulgaridad es mía) de indoneses la ven todas las noches y que sólo se habla de ella y de Mahoma, además que cuándo les habló en español a los notables indoneses, éstos se quedaron muy extrañados y que eso es muy bonito. Bien, si efectivamente vino el ministro a ver a Thalía, podemos entonces explicarnos la tasa de 25% de analfabetismo que tienen los indoneses, la misma variable probablemente explique también porque les gusta tanto la cantante (repito: está buena, no da clases de filosofía). El siguiente paso es imaginarse la calles de Jakarta y a Mahoma y a Thalía siendo recordados por la gente y finalmente tratar de descifrar porque Thalía encuentra bonito que unos señores que la vienen a ver no entiendan un carajo de lo que dice.
La entrevista avanza hacia el peligrosísimo terreno de la política en el que Thalía se desempeña solventemente como lo demuestra la declaración de que tuvo la maravilla de conocer (bíblicamente) al hijo del “gran presidente Díaz Ordáz” (las comillas no pueden ser más que dignas hijas de Thalía) y a través de él conoció mucho de política (no se sabe si el aprendizaje tiene que ver con instrucciones para masacrar o simplemente la mejor manera de ligarse a una folklórica). Luego habla de que su padre era un hombre cultísimo que aparece en la Enciclopedia Británica (cuya probable y única omisión fue no transferir ése tesoro cultural a sus descendientes).
Posteriormente Thalía habla de “su México” (¿por qué les dará por apropiarse del país?) y dice que su público oscila entre niños muy pequeñitos hasta abuelitos y que la ven como si fuera parte de su familia; la hija, la hermana , la novia y que cuando va en la calle lo máximo que le puede decir alguien es “qué Dios te bendiga”. En este caso hay un pequeño error conceptual. Seguramente la ¿actriz? no se ha dado cuenta que sus admiradores se encuentran en el rango que los especialistas definen como de capacidad para el ejercicio sexual y que si un señor la mira atentamente, lo menos que está pensando es que le gustaría tener una hija así. En cuanto a lo que le dicen en la calle, probablemente se deba a que Thalía no ha circulado lo suficiente ya que lo máximo que le puede decir un albañil, por ejemplo, es mucho menos sacro de lo que piensa.
El cierre monumental está dado por las pláticas de Thalía con Dios las cuáles “son maravillosas” (aquí hay que pensar en los temas que elige Dios para hablar con ésta su sierva). En ésas pláticas Thalía le cuenta a Dios que tuvo un mal pensamiento (que en su caso podría ser un pensamiento inteligente) o que le contestó mal a alguien.
Después de la entrevista y ante la popularidad de Talhía uno se queda con la sensación de que algo anda mal en México o en Indonesia (o quizá con Dios).
jueves, 4 de marzo de 2010
miércoles, 3 de marzo de 2010
Las cartas astrales (El Financiero 2003)
Estaba el otro día muy sentado comiendo con un par de amistades cuando una de ellas sacó una tarjeta de presentación -muy similar a la de unos que fueron a una fiesta de mi hija y eran payasos- y se la dio a mi otra conocencia mientras decía: “estos son los datos del astrólogo”. Supuse que había escuchado mal y que se referían a un “astrónomo” pero en diez segundos me di cuenta que la idea era más imbécil aún, porque no conozco a nadie que acuda al laboratorio del monte palomar con un especialista para preguntarle dónde carajo esta Ganímedes o si Alfa Centauro está por explotar.
El profesionista en cuestión se dedica a hacer cartas astrales por lo que muy intrigado le pregunté a mi amiga si usaba sombrero de cucurucho con lunas y estrellas y una bata de maternidad para recibir a sus clientes. Me miró muy ofendida y luego me explicó que absolutamente todo lo que este buen hombre le había dicho encajaba perfecto con su vida por lo que entonces pensé acerca de la necesidad de ir a ver a un profesional para que confirme lo que uno ya sabe, que es una buena forma de gastar el dinero. Por supuesto no sé lo que es la carta astral, ignoro cómo se produce una y lo que es peor me da lo mismo, sin embargo, la imagen que tengo es la de una especie de plano de la isla del tesoro en la que hay flechitas y flechotas y que nos orienta acerca de las decisiones a tomar en la vida que, como se sabe, están cargadas de riesgos. Lo anterior puede ser muy útil en situaciones extremas ya que uno puede justificar todas las metidas de pata culpando a los astros. De esta manera si uno, por ejemplo, se olvidó de cerrar la llave de la presa e inunda a San Juan de las Pitas, podrá establecer que como había conjunción en Marte lo que significa “mucho agua” no pudo resistir la fuerza del destino.
Otra alternativa para conocer lo que está oculto se encuentra en la tabla ouija, un tablero como del turista mundial que trae el alfabeto, los números del 1 al 10 y las palabras sí o no escritas para la ocasión. Se trata de sentarse alrededor de una mesa, apagar la luz para que se aparezca la mamá del muerto y luego buscar a alguien que tenga dotes para estos menesteres. Normalmente se ponen las puntas de los dedos sobre una madre cuyo nombre ignoro y se juega al acertijo; la pregunta más común para iniciar la sesión es ligeramente idiota: ¿estás ahí?, entonces las manos del médium se deslizan hacia el “sí” y la cosa se pone interesante. Se pueden invertir tres horas tratando de averiguar quién es el visitante y los invocadores rara vez se ponen de acuerdo. Una vez durante una sesión nunca supimos si el espíritu que se comunicaba con nosotros era el de un soldado francés del siglo XIX, el de Fanny Cano o el de la tía de uno que rea muy bruto y había propuesto el juego.
La tercera forma que conozco para averiguar el sino tiene que ver con las cartas, en este caso se trata de una barajota en la que hay una serie de personajes horrorosos y que al aparecer en cierto orden nos mandan mensajes. Así uno puede saber cosas como que la muerte anda rondando o que tendremos una experiencia amorosa ligeramente desastrosa. El problema es que cuando ello ocurre (la gente se muere a cada rato y todo mundo se divorcia) uno no culpa a los diecisiete wisquis que provocaron el choque que se llevó al difunto, o al hábito de comer rice krispis en la cama que generó la separación, sino a las pinches cartas que ya nos lo habían advertido.
Siempre he creído que la gente puede hacer de su vida un papalote y es por ello que a los astrales y quirománticos no los juzgo, nomás la describo para entender los complejos caminos que toma la mente humana ante la incertidumbre, que como puede apreciarse son, como los coyotes de Coahuila, complejos y misteriosos.
El profesionista en cuestión se dedica a hacer cartas astrales por lo que muy intrigado le pregunté a mi amiga si usaba sombrero de cucurucho con lunas y estrellas y una bata de maternidad para recibir a sus clientes. Me miró muy ofendida y luego me explicó que absolutamente todo lo que este buen hombre le había dicho encajaba perfecto con su vida por lo que entonces pensé acerca de la necesidad de ir a ver a un profesional para que confirme lo que uno ya sabe, que es una buena forma de gastar el dinero. Por supuesto no sé lo que es la carta astral, ignoro cómo se produce una y lo que es peor me da lo mismo, sin embargo, la imagen que tengo es la de una especie de plano de la isla del tesoro en la que hay flechitas y flechotas y que nos orienta acerca de las decisiones a tomar en la vida que, como se sabe, están cargadas de riesgos. Lo anterior puede ser muy útil en situaciones extremas ya que uno puede justificar todas las metidas de pata culpando a los astros. De esta manera si uno, por ejemplo, se olvidó de cerrar la llave de la presa e inunda a San Juan de las Pitas, podrá establecer que como había conjunción en Marte lo que significa “mucho agua” no pudo resistir la fuerza del destino.
Otra alternativa para conocer lo que está oculto se encuentra en la tabla ouija, un tablero como del turista mundial que trae el alfabeto, los números del 1 al 10 y las palabras sí o no escritas para la ocasión. Se trata de sentarse alrededor de una mesa, apagar la luz para que se aparezca la mamá del muerto y luego buscar a alguien que tenga dotes para estos menesteres. Normalmente se ponen las puntas de los dedos sobre una madre cuyo nombre ignoro y se juega al acertijo; la pregunta más común para iniciar la sesión es ligeramente idiota: ¿estás ahí?, entonces las manos del médium se deslizan hacia el “sí” y la cosa se pone interesante. Se pueden invertir tres horas tratando de averiguar quién es el visitante y los invocadores rara vez se ponen de acuerdo. Una vez durante una sesión nunca supimos si el espíritu que se comunicaba con nosotros era el de un soldado francés del siglo XIX, el de Fanny Cano o el de la tía de uno que rea muy bruto y había propuesto el juego.
La tercera forma que conozco para averiguar el sino tiene que ver con las cartas, en este caso se trata de una barajota en la que hay una serie de personajes horrorosos y que al aparecer en cierto orden nos mandan mensajes. Así uno puede saber cosas como que la muerte anda rondando o que tendremos una experiencia amorosa ligeramente desastrosa. El problema es que cuando ello ocurre (la gente se muere a cada rato y todo mundo se divorcia) uno no culpa a los diecisiete wisquis que provocaron el choque que se llevó al difunto, o al hábito de comer rice krispis en la cama que generó la separación, sino a las pinches cartas que ya nos lo habían advertido.
Siempre he creído que la gente puede hacer de su vida un papalote y es por ello que a los astrales y quirománticos no los juzgo, nomás la describo para entender los complejos caminos que toma la mente humana ante la incertidumbre, que como puede apreciarse son, como los coyotes de Coahuila, complejos y misteriosos.
martes, 2 de marzo de 2010
Las entrevistas (El Financiero 1998)
Fedro Carlos Guillén
Por definición una entrevista implica dos elementos indispensables: un entrevistado y un entrevistador. De este par de personajes es condición asumir que el primero tiene algo interesante que decir y que el segundo es lo suficientemente listo para lograr que ése interés sea evidente. Desgraciadamente tan elemental regla tiene la misma vigencia que la democracia sindical y las más de las veces los resultados son atroces. Esto se debe a diversas condiciones que los protagonistas de una entrevista mantienen y que me interesaría discutir a continuación:
Condición 1: Cuando el que entrevista es íntimo del entrevistado. Pregunta (hombre barbón de saco de pana): “Tú y yo discutimos los detalles de la visión literaria contemporánea ¿te acuerdas?” Respuesta (otro hombre barbón de saco de pana): “Hombre, como no, estábamos en la gran plaza de Bruselas y nevaba. Recuerdo que habíamos perdido los boletos de avión y en ese momento nos dirigíamos a escuchar al gran Salvetrge, el notable filósofo”. Huelga decir que una entrevista así es de hueva y que el mejor medio para transmitir este tipo de intimidades es justamente una sesión íntima de transparencias donde se vea la gran plaza, al gran Salvetrge y la jaula de los changos del zoológico de Bruselas.
Condición 2. Cuando el entrevistador hace preguntas babosas. Pregunta (estudiante de periodismo con catorce neuronas pero que está muy buena): ¿Es difícil escribir? Respuesta (Gloria Nacional que se quiere tirar a la estudiante de periodismo) “Escribir es una comunión con los sentidos”. Dios mío.
Condición 3. Cuando el entrevistado contesta idioteces. Pregunta: “¿La fama no ha alterado su vida?” Respuesta: Insertar aquí una foto de Thalía con la boca abierta, un ramo de fruta en la cabeza y bailando el Tico-Tico.
Condición 4. Cuando el entrevistador pregunta babosadas y el entrevistado responde idioteces. En este caso agregar a la condición anterior una foto de Raúl Velasco muerto de risa mientras lo corretea la India María. Aunque también cabe la de Pati Chapoy o la de Shanik quien sabe qué.
Condición 5. Cuando lo que pregunta el entrevistador y lo que contesta el entrevistado no le interesa ni a Dios padre. Pregunta (conductor de programa de televisión de horario matutino): ¿Y cómo se practica la maxiloplastía dental? Respuesta (médico viejito con una calavera en la mano): Mire usted, es muy sencillo; primero hacemos una incisión en la encía procurando que la infección se canalice”(aquí aparece en pantalla una boca abierta de la que sale sangre y un líquido café).
Condición 6. Cuando el entevistado es político. Pregunta (joven ganoso con cámara y libretita): “¿Quiere usted ser gobernador?” Respuesta (señor gordo, de patillas de taquero y traje a la medida): “Evidentemente el honor de gobernar a (aquí entran los guerrerenses, los vecaruzanos, etc.) entraña grandes responsabilidades y representaría una enorme distinción para cualquiera. Sin embargo, no es momento de aventurerismos ni campañas protagónicas, sino de trabajar por México”.
Condición 7. Cuando el entrevistador tiene hueva. Pregunta (hombre de lentes, crudo que quiere salir del paso). “Platíquenos de usted”. Lo que sigue puede ser peor que la carga de caballería ligera y será más grave en función del grado de badulaquencia del entrevistado que nos puede contar desde su rutina diaria para sentarse a escribir, hasta que de niño fue violado por una banda de neonazis.
En fin, entrevistas seguirá habiendo. Los entrevistadores continuarán afanados por hacer preguntas brillantes y los entrevistados con la enorme obsesión de parecer más inteligentes que la mamá de los pollitos. Es por ello que sugiero que se estandaricen los cuestionarios y la primera pregunta sea invariablemente: “¿quién se comió la caca del caba...?”
Por definición una entrevista implica dos elementos indispensables: un entrevistado y un entrevistador. De este par de personajes es condición asumir que el primero tiene algo interesante que decir y que el segundo es lo suficientemente listo para lograr que ése interés sea evidente. Desgraciadamente tan elemental regla tiene la misma vigencia que la democracia sindical y las más de las veces los resultados son atroces. Esto se debe a diversas condiciones que los protagonistas de una entrevista mantienen y que me interesaría discutir a continuación:
Condición 1: Cuando el que entrevista es íntimo del entrevistado. Pregunta (hombre barbón de saco de pana): “Tú y yo discutimos los detalles de la visión literaria contemporánea ¿te acuerdas?” Respuesta (otro hombre barbón de saco de pana): “Hombre, como no, estábamos en la gran plaza de Bruselas y nevaba. Recuerdo que habíamos perdido los boletos de avión y en ese momento nos dirigíamos a escuchar al gran Salvetrge, el notable filósofo”. Huelga decir que una entrevista así es de hueva y que el mejor medio para transmitir este tipo de intimidades es justamente una sesión íntima de transparencias donde se vea la gran plaza, al gran Salvetrge y la jaula de los changos del zoológico de Bruselas.
Condición 2. Cuando el entrevistador hace preguntas babosas. Pregunta (estudiante de periodismo con catorce neuronas pero que está muy buena): ¿Es difícil escribir? Respuesta (Gloria Nacional que se quiere tirar a la estudiante de periodismo) “Escribir es una comunión con los sentidos”. Dios mío.
Condición 3. Cuando el entrevistado contesta idioteces. Pregunta: “¿La fama no ha alterado su vida?” Respuesta: Insertar aquí una foto de Thalía con la boca abierta, un ramo de fruta en la cabeza y bailando el Tico-Tico.
Condición 4. Cuando el entrevistador pregunta babosadas y el entrevistado responde idioteces. En este caso agregar a la condición anterior una foto de Raúl Velasco muerto de risa mientras lo corretea la India María. Aunque también cabe la de Pati Chapoy o la de Shanik quien sabe qué.
Condición 5. Cuando lo que pregunta el entrevistador y lo que contesta el entrevistado no le interesa ni a Dios padre. Pregunta (conductor de programa de televisión de horario matutino): ¿Y cómo se practica la maxiloplastía dental? Respuesta (médico viejito con una calavera en la mano): Mire usted, es muy sencillo; primero hacemos una incisión en la encía procurando que la infección se canalice”(aquí aparece en pantalla una boca abierta de la que sale sangre y un líquido café).
Condición 6. Cuando el entevistado es político. Pregunta (joven ganoso con cámara y libretita): “¿Quiere usted ser gobernador?” Respuesta (señor gordo, de patillas de taquero y traje a la medida): “Evidentemente el honor de gobernar a (aquí entran los guerrerenses, los vecaruzanos, etc.) entraña grandes responsabilidades y representaría una enorme distinción para cualquiera. Sin embargo, no es momento de aventurerismos ni campañas protagónicas, sino de trabajar por México”.
Condición 7. Cuando el entrevistador tiene hueva. Pregunta (hombre de lentes, crudo que quiere salir del paso). “Platíquenos de usted”. Lo que sigue puede ser peor que la carga de caballería ligera y será más grave en función del grado de badulaquencia del entrevistado que nos puede contar desde su rutina diaria para sentarse a escribir, hasta que de niño fue violado por una banda de neonazis.
En fin, entrevistas seguirá habiendo. Los entrevistadores continuarán afanados por hacer preguntas brillantes y los entrevistados con la enorme obsesión de parecer más inteligentes que la mamá de los pollitos. Es por ello que sugiero que se estandaricen los cuestionarios y la primera pregunta sea invariablemente: “¿quién se comió la caca del caba...?”
lunes, 1 de marzo de 2010
Frases predecibles (El Financiero 2007)
Los mexicanos somos un pueblo que si fuéramos objeto seríamos alambique, si estilo, barroco y en el caso de una película: “Un perro andaluz” de Buñuel, es decir, algo indescifrable. Las evidencias de este carácter alambicado, barroco y surrealista son miles y se encuentran a la vista de todo aquel interesado en no entender nada que es lo que me pasa a mí cuando escucho hablar a mis compatriotas diciendo una cosa que realmente significa una muy otra. Veamos…
“No quiero ser considerada un objeto sexual”.- Si la emisora de la frase de marras fuera la India María, estaríamos todos de acuerdo supongo que de manera unánime y nadie repelaría en lo mas mínimo. Sin embargo, la que declara una cosa así invariablemente es una buenona que en ese momento tiene las chichis en las amígdalas, mirada de “ahí te voy” y un color de pelo que solo le he visto a Anita Ekberg mientras se baña en la fuente de Trevi. Ese es justamente el momento en que me entra la confusión ya que me parece muy justo que alguien quiera huir de un encasillamiento de ese tipo (a mi me encantaría que alguien alguna vez en su vida me considerara un objeto sexual pero eso lo veo tan cercano como un acuerdo en la cámara de diputados). Sin embargo, si la técnica para lograr papeles serios es el encueramiento a discreción, los amasiatos con oligarcas o la aparición en un programa para idiotas en el que se dan consejos para “seducir a su macho” el asunto no tiene remedio. Nótese –esto es muy importante- que mi cuestionamiento no tiene una raíz moral -Dios me libre- simplemente me llama la atención la inconsistencia semántica de este tipo de declaraciones que son ligeramente suicidas.
“No hay condiciones políticas”.- En este caso se trata de una frase que habría que mandar esculpir en letras de oro en los recintos legislativos. Cuando algún dirigente dice lo anterior se refiere simplemente a que generar una iniciativa sensata pero impopular es algo que simplemente no están dispuestos a hacer por ningún motivo, porque no se trata de perder votos faltaba más. Siempre he creído que el gobernante perfecto duraría en este país probablemente dos días ya que al momento de proponer la reglamentación de las marchas, la desaparición de los microbuses, el control de los excesos sindicales o la entrada de inversión privada en áreas que la requieren, se convertiría en el blanco de una serie de pastelazos públicos que harán muy endeble su gestión. Es por eso que para evitar el problema y salir del atolladero se ha generado esta perla “no hay condiciones políticas” ni las habrá nunca, me apresuro a añadir lo que no deja de ser una pena.
“Lo consultaré con mi abogado”.- Esta frase no solo es mamarracha sino idiota ya que se sabe que vivimos en un país principalmente menesteroso en el que si se llega a peluquero propio es que la vida ha sido justa con el esfuerzo personal. Yo asisto a un club que me admitió por motivos misteriosos y en el que los señores encuerados en el vapor dicen una tasa de idioteces vertiginosa, entre ellas la de “mis abogados me sugieren”. Por supuesto nunca he conocido a nadie que tenga abogados propios y eso debería ser una buena noticia ya que necesitarlos debe ser un signo de que algo anda mal y que uno tiene un pie en el bote. Esta frase es prima hermana de “mis contadores me dijeron” y cada que yo las escucho, elevo los ojos al cielo pensando en nuestra necesidad de mostrar lo que simplemente no tenemos.
“Te busco”.- En este caso se trata de una mentira flagrante ya que uno no tiene la menor intención de buscar al interlocutor y es por ello que se sugiere el matiz “nos buscamos” que si bien también es mentira por lo menos tiene la virtud de repartir la responsabilidad entre ambos por lo que uno queda menos mal a la hora de los reclamos.
Como puede verse, los mexicanos somos una raza muy extraña pero eso sí dueña de una de las siete maravillas del mundo y yo francamente con eso tengo.
“No quiero ser considerada un objeto sexual”.- Si la emisora de la frase de marras fuera la India María, estaríamos todos de acuerdo supongo que de manera unánime y nadie repelaría en lo mas mínimo. Sin embargo, la que declara una cosa así invariablemente es una buenona que en ese momento tiene las chichis en las amígdalas, mirada de “ahí te voy” y un color de pelo que solo le he visto a Anita Ekberg mientras se baña en la fuente de Trevi. Ese es justamente el momento en que me entra la confusión ya que me parece muy justo que alguien quiera huir de un encasillamiento de ese tipo (a mi me encantaría que alguien alguna vez en su vida me considerara un objeto sexual pero eso lo veo tan cercano como un acuerdo en la cámara de diputados). Sin embargo, si la técnica para lograr papeles serios es el encueramiento a discreción, los amasiatos con oligarcas o la aparición en un programa para idiotas en el que se dan consejos para “seducir a su macho” el asunto no tiene remedio. Nótese –esto es muy importante- que mi cuestionamiento no tiene una raíz moral -Dios me libre- simplemente me llama la atención la inconsistencia semántica de este tipo de declaraciones que son ligeramente suicidas.
“No hay condiciones políticas”.- En este caso se trata de una frase que habría que mandar esculpir en letras de oro en los recintos legislativos. Cuando algún dirigente dice lo anterior se refiere simplemente a que generar una iniciativa sensata pero impopular es algo que simplemente no están dispuestos a hacer por ningún motivo, porque no se trata de perder votos faltaba más. Siempre he creído que el gobernante perfecto duraría en este país probablemente dos días ya que al momento de proponer la reglamentación de las marchas, la desaparición de los microbuses, el control de los excesos sindicales o la entrada de inversión privada en áreas que la requieren, se convertiría en el blanco de una serie de pastelazos públicos que harán muy endeble su gestión. Es por eso que para evitar el problema y salir del atolladero se ha generado esta perla “no hay condiciones políticas” ni las habrá nunca, me apresuro a añadir lo que no deja de ser una pena.
“Lo consultaré con mi abogado”.- Esta frase no solo es mamarracha sino idiota ya que se sabe que vivimos en un país principalmente menesteroso en el que si se llega a peluquero propio es que la vida ha sido justa con el esfuerzo personal. Yo asisto a un club que me admitió por motivos misteriosos y en el que los señores encuerados en el vapor dicen una tasa de idioteces vertiginosa, entre ellas la de “mis abogados me sugieren”. Por supuesto nunca he conocido a nadie que tenga abogados propios y eso debería ser una buena noticia ya que necesitarlos debe ser un signo de que algo anda mal y que uno tiene un pie en el bote. Esta frase es prima hermana de “mis contadores me dijeron” y cada que yo las escucho, elevo los ojos al cielo pensando en nuestra necesidad de mostrar lo que simplemente no tenemos.
“Te busco”.- En este caso se trata de una mentira flagrante ya que uno no tiene la menor intención de buscar al interlocutor y es por ello que se sugiere el matiz “nos buscamos” que si bien también es mentira por lo menos tiene la virtud de repartir la responsabilidad entre ambos por lo que uno queda menos mal a la hora de los reclamos.
Como puede verse, los mexicanos somos una raza muy extraña pero eso sí dueña de una de las siete maravillas del mundo y yo francamente con eso tengo.
viernes, 26 de febrero de 2010
Reduccionismo escolar (El Financiero 1999)
Siempre he preferido las historias épicas por sobre aquellas en las que el protagonista es un viejito metódico. Por ejemplo, una de mis favoritas es la que se cuenta sobre Federico Kekulé un químico alemán que buscaba la estructura del benceno y la halló un día mientras se echaba un sueñito en el tranvía cuando (a lo mejor inhalaba volátiles) imaginó a dos serpientes mordiéndose la cola. Ese componente azaroso es mucho más atractivo para mí que tener que soplarme la vida de Darwin y su método sistemático para determinar como evolucionan las especies. Prefiero a Arquímedes saliendo encuerado de una bañera y pegando gritos de viejo loco, que a Newton con su soberbia planetaria (cuentan que era insoportable). De la misma manera no es posible comparar al Corsario Negro un tipo muy guapo y cabrón que con la fuerza de su espada desmadraba adversarios con Batman analizando manchas en su laboratorio con alguna bati-mamamdencia.
Esta introducción, que probablemente lo tenga sorprendido querido lector, es para romper una lanza por el valor de la intuición y la víscera, tan de capa caída en estos tiempos de dictadura metodológica. Efectivamente, la modernidad curricular ha determinado que nuestros jóvenes estudiantes tengan un equivalente peor que perro si no obtienen un posgrado en alguna disciplina lo suficientemente especializada para que nadie entienda un carajo. El problema es que esa obsesión por saberlo todo acerca de casi nada arroja resultados conductuales que bien podríamos llamar siniestros. El producto de este método de enseñanza quedó manifiesto para mí hace unos días cuando en una reunión dominguera nos dispusimos a jugar maratón. A mí derecha había una mujer que tenía un coeficiente intelectual equivalente al de la mosca de la fruta y que cuando le preguntaron por tres países de Europa mencionó Barbados. Seguía un doctor en ciencias muy peripuesto especialista en fluidos y su esposa, una doctora en ciencias que trabaja con metales pesados también muy peripuesta y con menos bigote. Cerrábamos la reunión un cuate que se enseñó en la escuela de la vida y su humilde servidor. Bien, en el momento que inició el juego quedó claro que la mosca de la fruta arrancaría y se quedaría en la posición inicial si no ocurría un milagro consistente en que una tarjeta le preguntaran su nombre de pila. Los doctores, en cambio, se desempeñaron de manera desigual; cada que venía una pregunta de ciencia lo hacían notablemente. Sabían a que familia pertenecen las melastomataceas y cuál es el efecto de la ionización del cobalto, asunto que me pareció notabilísimo. Notabilísimo también fue que la señora pensara que el abrazo de Acatempan se dio en este siglo; que el doctor sugiriera que en Mi bella dama la protagonista era Sarita Montiel y que ambos hubieran vivido más de treinta años convencidos de que Brasil es el país más grande del mundo. Mi amigo hizo un papel más decoroso y parejo en cuanto a las categorías de las preguntas. De mi desempeño prefiero no hablar.
Cuando íbamos en el coche y era el momento de criticar al prójimo los dos exclamamos algo como: “ah que gente tan pendeja” y en ese momento me quedé pensando que el efecto reduccionista que tienen las escuelas en nuestros profesionistas puede ser indeleble y de que manera el destino no los enfrenta jamás a enfrentar un conocimiento diferente al que aprendieron como pericos (a menos que jueguen un juego mamón).
Que no se me malinterprete: no creo que alguien que no conozca Dickens es un baboso (es probable que Dickens sea el baboso), ni considero que para tener éxito hay que ir caminando por la vida mientras se recita La Divina Comedia. Sin embargo, tampoco me parece aceptable que nuestras universidades estén formando gente con el conocimiento equivalente al del refrigerador, que cobren en dólares y se sientan muy satisfechos de sí mismos.
La salida, me parece, consiste en sustituir el examen de admisión del Ceneval por un juego de maratón, los alumnos que sean derrotados por la ignorancia, que mejor se vayan a su casa a leer a Salgari... he dicho.
Esta introducción, que probablemente lo tenga sorprendido querido lector, es para romper una lanza por el valor de la intuición y la víscera, tan de capa caída en estos tiempos de dictadura metodológica. Efectivamente, la modernidad curricular ha determinado que nuestros jóvenes estudiantes tengan un equivalente peor que perro si no obtienen un posgrado en alguna disciplina lo suficientemente especializada para que nadie entienda un carajo. El problema es que esa obsesión por saberlo todo acerca de casi nada arroja resultados conductuales que bien podríamos llamar siniestros. El producto de este método de enseñanza quedó manifiesto para mí hace unos días cuando en una reunión dominguera nos dispusimos a jugar maratón. A mí derecha había una mujer que tenía un coeficiente intelectual equivalente al de la mosca de la fruta y que cuando le preguntaron por tres países de Europa mencionó Barbados. Seguía un doctor en ciencias muy peripuesto especialista en fluidos y su esposa, una doctora en ciencias que trabaja con metales pesados también muy peripuesta y con menos bigote. Cerrábamos la reunión un cuate que se enseñó en la escuela de la vida y su humilde servidor. Bien, en el momento que inició el juego quedó claro que la mosca de la fruta arrancaría y se quedaría en la posición inicial si no ocurría un milagro consistente en que una tarjeta le preguntaran su nombre de pila. Los doctores, en cambio, se desempeñaron de manera desigual; cada que venía una pregunta de ciencia lo hacían notablemente. Sabían a que familia pertenecen las melastomataceas y cuál es el efecto de la ionización del cobalto, asunto que me pareció notabilísimo. Notabilísimo también fue que la señora pensara que el abrazo de Acatempan se dio en este siglo; que el doctor sugiriera que en Mi bella dama la protagonista era Sarita Montiel y que ambos hubieran vivido más de treinta años convencidos de que Brasil es el país más grande del mundo. Mi amigo hizo un papel más decoroso y parejo en cuanto a las categorías de las preguntas. De mi desempeño prefiero no hablar.
Cuando íbamos en el coche y era el momento de criticar al prójimo los dos exclamamos algo como: “ah que gente tan pendeja” y en ese momento me quedé pensando que el efecto reduccionista que tienen las escuelas en nuestros profesionistas puede ser indeleble y de que manera el destino no los enfrenta jamás a enfrentar un conocimiento diferente al que aprendieron como pericos (a menos que jueguen un juego mamón).
Que no se me malinterprete: no creo que alguien que no conozca Dickens es un baboso (es probable que Dickens sea el baboso), ni considero que para tener éxito hay que ir caminando por la vida mientras se recita La Divina Comedia. Sin embargo, tampoco me parece aceptable que nuestras universidades estén formando gente con el conocimiento equivalente al del refrigerador, que cobren en dólares y se sientan muy satisfechos de sí mismos.
La salida, me parece, consiste en sustituir el examen de admisión del Ceneval por un juego de maratón, los alumnos que sean derrotados por la ignorancia, que mejor se vayan a su casa a leer a Salgari... he dicho.
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