Los mexicanos somos un pueblo que si fuéramos objeto seríamos alambique, si estilo, barroco y en el caso de una película: “Un perro andaluz” de Buñuel, es decir, algo indescifrable. Las evidencias de este carácter alambicado, barroco y surrealista son miles y se encuentran a la vista de todo aquel interesado en no entender nada que es lo que me pasa a mí cuando escucho hablar a mis compatriotas diciendo una cosa que realmente significa una muy otra. Veamos…
“No quiero ser considerada un objeto sexual”.- Si la emisora de la frase de marras fuera la India María, estaríamos todos de acuerdo supongo que de manera unánime y nadie repelaría en lo mas mínimo. Sin embargo, la que declara una cosa así invariablemente es una buenona que en ese momento tiene las chichis en las amígdalas, mirada de “ahí te voy” y un color de pelo que solo le he visto a Anita Ekberg mientras se baña en la fuente de Trevi. Ese es justamente el momento en que me entra la confusión ya que me parece muy justo que alguien quiera huir de un encasillamiento de ese tipo (a mi me encantaría que alguien alguna vez en su vida me considerara un objeto sexual pero eso lo veo tan cercano como un acuerdo en la cámara de diputados). Sin embargo, si la técnica para lograr papeles serios es el encueramiento a discreción, los amasiatos con oligarcas o la aparición en un programa para idiotas en el que se dan consejos para “seducir a su macho” el asunto no tiene remedio. Nótese –esto es muy importante- que mi cuestionamiento no tiene una raíz moral -Dios me libre- simplemente me llama la atención la inconsistencia semántica de este tipo de declaraciones que son ligeramente suicidas.
“No hay condiciones políticas”.- En este caso se trata de una frase que habría que mandar esculpir en letras de oro en los recintos legislativos. Cuando algún dirigente dice lo anterior se refiere simplemente a que generar una iniciativa sensata pero impopular es algo que simplemente no están dispuestos a hacer por ningún motivo, porque no se trata de perder votos faltaba más. Siempre he creído que el gobernante perfecto duraría en este país probablemente dos días ya que al momento de proponer la reglamentación de las marchas, la desaparición de los microbuses, el control de los excesos sindicales o la entrada de inversión privada en áreas que la requieren, se convertiría en el blanco de una serie de pastelazos públicos que harán muy endeble su gestión. Es por eso que para evitar el problema y salir del atolladero se ha generado esta perla “no hay condiciones políticas” ni las habrá nunca, me apresuro a añadir lo que no deja de ser una pena.
“Lo consultaré con mi abogado”.- Esta frase no solo es mamarracha sino idiota ya que se sabe que vivimos en un país principalmente menesteroso en el que si se llega a peluquero propio es que la vida ha sido justa con el esfuerzo personal. Yo asisto a un club que me admitió por motivos misteriosos y en el que los señores encuerados en el vapor dicen una tasa de idioteces vertiginosa, entre ellas la de “mis abogados me sugieren”. Por supuesto nunca he conocido a nadie que tenga abogados propios y eso debería ser una buena noticia ya que necesitarlos debe ser un signo de que algo anda mal y que uno tiene un pie en el bote. Esta frase es prima hermana de “mis contadores me dijeron” y cada que yo las escucho, elevo los ojos al cielo pensando en nuestra necesidad de mostrar lo que simplemente no tenemos.
“Te busco”.- En este caso se trata de una mentira flagrante ya que uno no tiene la menor intención de buscar al interlocutor y es por ello que se sugiere el matiz “nos buscamos” que si bien también es mentira por lo menos tiene la virtud de repartir la responsabilidad entre ambos por lo que uno queda menos mal a la hora de los reclamos.
Como puede verse, los mexicanos somos una raza muy extraña pero eso sí dueña de una de las siete maravillas del mundo y yo francamente con eso tengo.
lunes, 1 de marzo de 2010
viernes, 26 de febrero de 2010
Reduccionismo escolar (El Financiero 1999)
Siempre he preferido las historias épicas por sobre aquellas en las que el protagonista es un viejito metódico. Por ejemplo, una de mis favoritas es la que se cuenta sobre Federico Kekulé un químico alemán que buscaba la estructura del benceno y la halló un día mientras se echaba un sueñito en el tranvía cuando (a lo mejor inhalaba volátiles) imaginó a dos serpientes mordiéndose la cola. Ese componente azaroso es mucho más atractivo para mí que tener que soplarme la vida de Darwin y su método sistemático para determinar como evolucionan las especies. Prefiero a Arquímedes saliendo encuerado de una bañera y pegando gritos de viejo loco, que a Newton con su soberbia planetaria (cuentan que era insoportable). De la misma manera no es posible comparar al Corsario Negro un tipo muy guapo y cabrón que con la fuerza de su espada desmadraba adversarios con Batman analizando manchas en su laboratorio con alguna bati-mamamdencia.
Esta introducción, que probablemente lo tenga sorprendido querido lector, es para romper una lanza por el valor de la intuición y la víscera, tan de capa caída en estos tiempos de dictadura metodológica. Efectivamente, la modernidad curricular ha determinado que nuestros jóvenes estudiantes tengan un equivalente peor que perro si no obtienen un posgrado en alguna disciplina lo suficientemente especializada para que nadie entienda un carajo. El problema es que esa obsesión por saberlo todo acerca de casi nada arroja resultados conductuales que bien podríamos llamar siniestros. El producto de este método de enseñanza quedó manifiesto para mí hace unos días cuando en una reunión dominguera nos dispusimos a jugar maratón. A mí derecha había una mujer que tenía un coeficiente intelectual equivalente al de la mosca de la fruta y que cuando le preguntaron por tres países de Europa mencionó Barbados. Seguía un doctor en ciencias muy peripuesto especialista en fluidos y su esposa, una doctora en ciencias que trabaja con metales pesados también muy peripuesta y con menos bigote. Cerrábamos la reunión un cuate que se enseñó en la escuela de la vida y su humilde servidor. Bien, en el momento que inició el juego quedó claro que la mosca de la fruta arrancaría y se quedaría en la posición inicial si no ocurría un milagro consistente en que una tarjeta le preguntaran su nombre de pila. Los doctores, en cambio, se desempeñaron de manera desigual; cada que venía una pregunta de ciencia lo hacían notablemente. Sabían a que familia pertenecen las melastomataceas y cuál es el efecto de la ionización del cobalto, asunto que me pareció notabilísimo. Notabilísimo también fue que la señora pensara que el abrazo de Acatempan se dio en este siglo; que el doctor sugiriera que en Mi bella dama la protagonista era Sarita Montiel y que ambos hubieran vivido más de treinta años convencidos de que Brasil es el país más grande del mundo. Mi amigo hizo un papel más decoroso y parejo en cuanto a las categorías de las preguntas. De mi desempeño prefiero no hablar.
Cuando íbamos en el coche y era el momento de criticar al prójimo los dos exclamamos algo como: “ah que gente tan pendeja” y en ese momento me quedé pensando que el efecto reduccionista que tienen las escuelas en nuestros profesionistas puede ser indeleble y de que manera el destino no los enfrenta jamás a enfrentar un conocimiento diferente al que aprendieron como pericos (a menos que jueguen un juego mamón).
Que no se me malinterprete: no creo que alguien que no conozca Dickens es un baboso (es probable que Dickens sea el baboso), ni considero que para tener éxito hay que ir caminando por la vida mientras se recita La Divina Comedia. Sin embargo, tampoco me parece aceptable que nuestras universidades estén formando gente con el conocimiento equivalente al del refrigerador, que cobren en dólares y se sientan muy satisfechos de sí mismos.
La salida, me parece, consiste en sustituir el examen de admisión del Ceneval por un juego de maratón, los alumnos que sean derrotados por la ignorancia, que mejor se vayan a su casa a leer a Salgari... he dicho.
Esta introducción, que probablemente lo tenga sorprendido querido lector, es para romper una lanza por el valor de la intuición y la víscera, tan de capa caída en estos tiempos de dictadura metodológica. Efectivamente, la modernidad curricular ha determinado que nuestros jóvenes estudiantes tengan un equivalente peor que perro si no obtienen un posgrado en alguna disciplina lo suficientemente especializada para que nadie entienda un carajo. El problema es que esa obsesión por saberlo todo acerca de casi nada arroja resultados conductuales que bien podríamos llamar siniestros. El producto de este método de enseñanza quedó manifiesto para mí hace unos días cuando en una reunión dominguera nos dispusimos a jugar maratón. A mí derecha había una mujer que tenía un coeficiente intelectual equivalente al de la mosca de la fruta y que cuando le preguntaron por tres países de Europa mencionó Barbados. Seguía un doctor en ciencias muy peripuesto especialista en fluidos y su esposa, una doctora en ciencias que trabaja con metales pesados también muy peripuesta y con menos bigote. Cerrábamos la reunión un cuate que se enseñó en la escuela de la vida y su humilde servidor. Bien, en el momento que inició el juego quedó claro que la mosca de la fruta arrancaría y se quedaría en la posición inicial si no ocurría un milagro consistente en que una tarjeta le preguntaran su nombre de pila. Los doctores, en cambio, se desempeñaron de manera desigual; cada que venía una pregunta de ciencia lo hacían notablemente. Sabían a que familia pertenecen las melastomataceas y cuál es el efecto de la ionización del cobalto, asunto que me pareció notabilísimo. Notabilísimo también fue que la señora pensara que el abrazo de Acatempan se dio en este siglo; que el doctor sugiriera que en Mi bella dama la protagonista era Sarita Montiel y que ambos hubieran vivido más de treinta años convencidos de que Brasil es el país más grande del mundo. Mi amigo hizo un papel más decoroso y parejo en cuanto a las categorías de las preguntas. De mi desempeño prefiero no hablar.
Cuando íbamos en el coche y era el momento de criticar al prójimo los dos exclamamos algo como: “ah que gente tan pendeja” y en ese momento me quedé pensando que el efecto reduccionista que tienen las escuelas en nuestros profesionistas puede ser indeleble y de que manera el destino no los enfrenta jamás a enfrentar un conocimiento diferente al que aprendieron como pericos (a menos que jueguen un juego mamón).
Que no se me malinterprete: no creo que alguien que no conozca Dickens es un baboso (es probable que Dickens sea el baboso), ni considero que para tener éxito hay que ir caminando por la vida mientras se recita La Divina Comedia. Sin embargo, tampoco me parece aceptable que nuestras universidades estén formando gente con el conocimiento equivalente al del refrigerador, que cobren en dólares y se sientan muy satisfechos de sí mismos.
La salida, me parece, consiste en sustituir el examen de admisión del Ceneval por un juego de maratón, los alumnos que sean derrotados por la ignorancia, que mejor se vayan a su casa a leer a Salgari... he dicho.
miércoles, 24 de febrero de 2010
"El Venado" Antología "Atrapados en la escuela"
Y aquí es donde entras tú –dijo Chema.
Entonces yo tocaba mi flautita de 25 pesos.
Ensayábamos para la “Noche de Talentos”, el evento más importante del calendario escolar. Chema era uno de esos genios pazguatones que nos había reunido en un grupo musical de calidad indescriptible. Estaba el Chéspiro a la batería, Félix en la guitarra, el Vences en el bajo y yo con mi flautita de barata en la que entonaba notas que habían causado ya varias revoluciones familiares, señaladamente de mi hermana mayor:
--¡Tira esa flauta de mierda! —decía ligeramente molesta.
Interpretaríamos una canción de Sergio y Estíbaliz (lo juro), imbuidos de un total desprecio por el qué dirán. Desde luego, no estaba claro para nosotros el efecto que podría tener la interpretación de marras y mucho menos la imagen que generaban cuatro adolescentes con vello en las partes prudentes saliendo a cantar con guitarritas: “Naciste de una canción la-la-ri-la-ra-la”. El único con lucidez a la altura de las circunstancias (la verdad histórica, que diría mi padre) fue el Tameme.
–Pinches ridículos –dijo.
La escuela estaba en ebullición. Cada quien preparaba su numerito; desde trucos de magia para idiotas, hasta gordas bamboleantes que bailaban hawaiano, pasando por retardados que tocaban el Claro de Luna de Bethoven. Hoy que lo pienso, no alcanzo a entender si nuestros padres eran irresponsables o simplemente no sabían en que pasos andaban sus criaturas.
Nuestros ensayos transcurrían exitosamente. Chema se desesperaba ante nuestra incompetencia mientras tragábamos unas quesadillas muy buenas que hacía su mamá, una especie de santa que usaba peluca y creía en nosotros.
--Ay muchachos ¡qué bonita canción! Un servidor, que conservaba cierto sentido de apreciación musical, no podía estar en mayor desacuerdo pero las quesadillas de gorra y la ingenua idea de que nuestra presentación marcaba el principio de una vertiginosa carrera artística me orillaron a seguir a bordo del Titanic de la improvisación.
El día de la presentación nos pusimos suéteres azules, pantalones grises y enfilamos hacia el auditorio, que quedaba allá por San Fernando, cargando los instrumentos. Todavía en el coche intentamos un último ensayo que terminó de muy mala manera debido a un guitarrazo a traición que el pendejo de Félix le atizó a la mamá de Chema mientras ella daba una vuelta en “u”.
La maestra de ceremonias era la señorita Herrera. Resultaba notable cómo una cacatúa tan lograda como ella se podía arreglar, hacerse peinado de salón, ponerse un vestido floreado y seguir pareciendo una cacatúa. Su función docente era muy similar a la que cumplió Atila el Huno al frente de su ejército. Era “La Prefecta”, un cargo que sospecho ha desparecido y cuyas labores consistían en vigilar la disciplina del centro escolar. La señorita Herrera era calva y usaba una peluca temible. Decías cosas como “muchacho canijo ¿dónde juistes?” o “méndigo escuintle, sácate la mano de la bolsa y deja de carambolear”. Por supuesto era el personaje más odiado de la escuela y es por ello que fue recibida entre abucheos anónimos.
Presentaba a “nuestros jóvenes artistas” (la nube de idiotas previamente descrita) ante el completo desmadre que imperaba en la tramoya. El telón se abría y cerraba siguiendo un camino completamente independiente del evento a presentar, mientras que aquellos con mayor nivel de retardo se asomaban hacia el público, hacían el signo de la paz o decían pendejadas como “ya llegué” en el micrófono que nadie supo apagar.
El público se conformaba por padres y abuelitos ya bastante vapuleados después de años de soplarse festivales escolares donde su hijo personificaba al Benemérito o a una hadita. En realidad eran sobrevivientes ya que resultaba evidente que muchos de ellos habían arriado banderas y no estaba dispuestos a asistir más, así les pagaran. Esto último me parecía una ventaja ya que supongo que si mi padre hubiera sido testigo de mi interpretación me habría desheredado con toda razón.
Cuando llegó nuestro turno, Félix se negó a salir utilizando el inesperado pero comprensible argumento de que le daba vergüenza. Hubo que amenazarlo con una madriza ejemplar. Nuestra presentación fue bastante discreta y resultó coronada por el aplauso de la mamá de Chema y la rechifla de una turba de patanes comandados por el Tameme.
La enorme ventaja consistió en que, al terminar, pudimos sentarnos para observar el desempeño del resto de nuestros compañeros. Esa noche sucedieron cosas notables: primero salió el Pelón, un chaparrito que se las daba de culterano. Recitó un poema muy raro que según él era de León Felipe (la vida no me dará para confirmar la autenticidad de la aseveración) y del que por alguna extraña razón recuerdo una estrofa a la letra: “El viejo rey de Castilla, ay, ay ,ay. Tengo un ojo pitañoso y el otro con ictericia”. Por supuesto la escena era de humor involuntario; el Pelón se agitaba como si tuviera un ataque epiléptico y ponía los ojos en blanco para darle fuerza a su declamación. En el preciso momento que se quedó quieto entró la pelona a sacarlo del escenario mientras ensayaba unos aplausitos.
Siguió una de las más grandes e inolvidables sorpresas de la noche. Venía Pepe López que se había inscrito sin que nadie entendiera para qué, ya que no se le conocía habilidad alguna. La expectación creció en el momento que Pepe salió al escenario solo y su alma. Ante el azoro general, comenzó a dar palmadas al tiempo que cantaba así, a capela, con voz engolada y perpetrando a Alberto Vázquez: “Tui-ru-tui-ru-tui-ru-la, laaa felicidad llegóoo”. Pepe se despidió del escenario con el índice en alto haciendo “dubi-dubi-dubi”. Fue un momento estupendo.
Los hermanos Malacara salieron en mallitas a hacer contorsionismo y uno de ellos se fracturó la clavícula. Las buenonas de la escuela presentaron una suerte de tabla gimnástica enfundadas en unas faldas tableadas francamente espantosas y con pompones de papel de China. Por algún misterio gritaban en inglés por lo que nadie entendió un carajo. Hicieron una pirámide llenas de trabajos y se retiraron dando brinquitos en medio de una nube de confeti lanzada por todos los chalanes que las querían conocer carnalmente.
El evento más imbécil fue protagonizado por el niño Harfush que salió con corbata de moño portando un muñeco para demostrarnos sus dotes de ventriloquía. Era una verdadera mierda y abría más la boca que el propio muñeco (cuyo nombre era “el señor Chicharrin”). Hacía preguntas del tipo: “Mira para arriba” y cuando el señor Chicharrín alzaba la cara de plástico Harfush decía: “Se te cayó la barriga”.
Lamentable.
Siguieron un grupo de jóvenes que imitaron al controvertido grupo Menudo y un enano que nos tocó las seis primeras lecciones de violón que había tomado en su vida.
En el momento que trataba de ubicar a la güera Kaplan, una muchacha muy guapa, el Chéspiro, que se había sentado a mi lado, me dio un codazo y dijo azorado:
–¡Mira, cabrón!
Voltee en la dirección que indicaba y lo que vi me dejó sin aliento: allí estaba el Porky, un marrano de noventa kilos, semidesnudo y con la cabeza de un venado sobre la cabeza propia.
–¡Puta madre! –alcancé a decir.
Resulta que la mamá del Porky se sentía Sonia Amelio y había puesto a su retoño a ensayar los últimos seis meses la danza del venado, sólo para que el escuinclote se presentara en la noche de talentos. ¿Qué violento camino cerebral llevó a doña Sonia a tomar tal iniciativa? ¿No era consciente de que a su retoño le zangoloteaban las tetillas (que eran más grandes que la de su propia madre) cuando pegaba un brinco? ¿No se imaginó que aquello era lo más cercano a una castástrofe desde que el Coronel Custer peleó con los indios sioux? Misterios múltiples.
Cuando el gordo salió al escenario, se hizo un silencio de muerte. Aquello daba pena ajena. A cada brinco del Porky correspondía un cimbrado terrible de la duela del foro que levantaba una nube de polvo empanizante. Pero faltaba lo peor...y la verdad es que nadie estaba preparado para un desastre de esa magnitud.
En el momento culminante, es decir, cuando el cazador le da un balazo al venado y lo deja agonizante, el Porky dio una machincuepa muy violenta provocando que uno de sus enormes testículos se saliera por un lado del taparrabos. Aparentemente el único que no se dio cuenta fue él, ya que todos en el público exclamamos un ¡ahhh! que nunca olvidaré al observar aquel enorme escroto que parecía una pelota oficial de softbol.
Esa era la escena; un gordo en el piso, un testículo al aire y una cabeza de venado empotrada en los tablones. Todo hubiera quedado, sin embargo, en una escena indecorosa, si la Pelona no hubiera dado la nota al meterse al foro con el telón a jalones gritando como vieja loca:
–¡Tápate hijo, tápate! –mientras le ponía un suéter de lana en la rete testis
El Porky, que agonizaba en ese momento, se incorporó lentamente y se dio cuenta de que traía un huevo de fuera. Su decisión fue simple: salió corriendo hacia una de las puertas con Sonia Amelio a los gritos detrás de él. Se hizo un silencio escalofriante en todo el foro y, a pesar de que la escena era digna de un grand guignol, sentí pena, salí del teatro y lo encontré sentado en la banqueta, su madre había desaparecido. Traté de confortarlo con torpeza adolescente. Recuerdo que me miró por un instante con un gesto adolorido que me acompaña día con día y se fue caminando por la calle, así, semidesnudo.
Al día siguiente supimos que Porky llegó a su casa, se quitó la cabeza de venado de la cabeza propia, se puso una bata, buscó la pistola que su padre guardaba en un armario para protegerse, le disparó cinco tiros a su madre y se reservó el último que le voló la cabeza.
Entonces yo tocaba mi flautita de 25 pesos.
Ensayábamos para la “Noche de Talentos”, el evento más importante del calendario escolar. Chema era uno de esos genios pazguatones que nos había reunido en un grupo musical de calidad indescriptible. Estaba el Chéspiro a la batería, Félix en la guitarra, el Vences en el bajo y yo con mi flautita de barata en la que entonaba notas que habían causado ya varias revoluciones familiares, señaladamente de mi hermana mayor:
--¡Tira esa flauta de mierda! —decía ligeramente molesta.
Interpretaríamos una canción de Sergio y Estíbaliz (lo juro), imbuidos de un total desprecio por el qué dirán. Desde luego, no estaba claro para nosotros el efecto que podría tener la interpretación de marras y mucho menos la imagen que generaban cuatro adolescentes con vello en las partes prudentes saliendo a cantar con guitarritas: “Naciste de una canción la-la-ri-la-ra-la”. El único con lucidez a la altura de las circunstancias (la verdad histórica, que diría mi padre) fue el Tameme.
–Pinches ridículos –dijo.
La escuela estaba en ebullición. Cada quien preparaba su numerito; desde trucos de magia para idiotas, hasta gordas bamboleantes que bailaban hawaiano, pasando por retardados que tocaban el Claro de Luna de Bethoven. Hoy que lo pienso, no alcanzo a entender si nuestros padres eran irresponsables o simplemente no sabían en que pasos andaban sus criaturas.
Nuestros ensayos transcurrían exitosamente. Chema se desesperaba ante nuestra incompetencia mientras tragábamos unas quesadillas muy buenas que hacía su mamá, una especie de santa que usaba peluca y creía en nosotros.
--Ay muchachos ¡qué bonita canción! Un servidor, que conservaba cierto sentido de apreciación musical, no podía estar en mayor desacuerdo pero las quesadillas de gorra y la ingenua idea de que nuestra presentación marcaba el principio de una vertiginosa carrera artística me orillaron a seguir a bordo del Titanic de la improvisación.
El día de la presentación nos pusimos suéteres azules, pantalones grises y enfilamos hacia el auditorio, que quedaba allá por San Fernando, cargando los instrumentos. Todavía en el coche intentamos un último ensayo que terminó de muy mala manera debido a un guitarrazo a traición que el pendejo de Félix le atizó a la mamá de Chema mientras ella daba una vuelta en “u”.
La maestra de ceremonias era la señorita Herrera. Resultaba notable cómo una cacatúa tan lograda como ella se podía arreglar, hacerse peinado de salón, ponerse un vestido floreado y seguir pareciendo una cacatúa. Su función docente era muy similar a la que cumplió Atila el Huno al frente de su ejército. Era “La Prefecta”, un cargo que sospecho ha desparecido y cuyas labores consistían en vigilar la disciplina del centro escolar. La señorita Herrera era calva y usaba una peluca temible. Decías cosas como “muchacho canijo ¿dónde juistes?” o “méndigo escuintle, sácate la mano de la bolsa y deja de carambolear”. Por supuesto era el personaje más odiado de la escuela y es por ello que fue recibida entre abucheos anónimos.
Presentaba a “nuestros jóvenes artistas” (la nube de idiotas previamente descrita) ante el completo desmadre que imperaba en la tramoya. El telón se abría y cerraba siguiendo un camino completamente independiente del evento a presentar, mientras que aquellos con mayor nivel de retardo se asomaban hacia el público, hacían el signo de la paz o decían pendejadas como “ya llegué” en el micrófono que nadie supo apagar.
El público se conformaba por padres y abuelitos ya bastante vapuleados después de años de soplarse festivales escolares donde su hijo personificaba al Benemérito o a una hadita. En realidad eran sobrevivientes ya que resultaba evidente que muchos de ellos habían arriado banderas y no estaba dispuestos a asistir más, así les pagaran. Esto último me parecía una ventaja ya que supongo que si mi padre hubiera sido testigo de mi interpretación me habría desheredado con toda razón.
Cuando llegó nuestro turno, Félix se negó a salir utilizando el inesperado pero comprensible argumento de que le daba vergüenza. Hubo que amenazarlo con una madriza ejemplar. Nuestra presentación fue bastante discreta y resultó coronada por el aplauso de la mamá de Chema y la rechifla de una turba de patanes comandados por el Tameme.
La enorme ventaja consistió en que, al terminar, pudimos sentarnos para observar el desempeño del resto de nuestros compañeros. Esa noche sucedieron cosas notables: primero salió el Pelón, un chaparrito que se las daba de culterano. Recitó un poema muy raro que según él era de León Felipe (la vida no me dará para confirmar la autenticidad de la aseveración) y del que por alguna extraña razón recuerdo una estrofa a la letra: “El viejo rey de Castilla, ay, ay ,ay. Tengo un ojo pitañoso y el otro con ictericia”. Por supuesto la escena era de humor involuntario; el Pelón se agitaba como si tuviera un ataque epiléptico y ponía los ojos en blanco para darle fuerza a su declamación. En el preciso momento que se quedó quieto entró la pelona a sacarlo del escenario mientras ensayaba unos aplausitos.
Siguió una de las más grandes e inolvidables sorpresas de la noche. Venía Pepe López que se había inscrito sin que nadie entendiera para qué, ya que no se le conocía habilidad alguna. La expectación creció en el momento que Pepe salió al escenario solo y su alma. Ante el azoro general, comenzó a dar palmadas al tiempo que cantaba así, a capela, con voz engolada y perpetrando a Alberto Vázquez: “Tui-ru-tui-ru-tui-ru-la, laaa felicidad llegóoo”. Pepe se despidió del escenario con el índice en alto haciendo “dubi-dubi-dubi”. Fue un momento estupendo.
Los hermanos Malacara salieron en mallitas a hacer contorsionismo y uno de ellos se fracturó la clavícula. Las buenonas de la escuela presentaron una suerte de tabla gimnástica enfundadas en unas faldas tableadas francamente espantosas y con pompones de papel de China. Por algún misterio gritaban en inglés por lo que nadie entendió un carajo. Hicieron una pirámide llenas de trabajos y se retiraron dando brinquitos en medio de una nube de confeti lanzada por todos los chalanes que las querían conocer carnalmente.
El evento más imbécil fue protagonizado por el niño Harfush que salió con corbata de moño portando un muñeco para demostrarnos sus dotes de ventriloquía. Era una verdadera mierda y abría más la boca que el propio muñeco (cuyo nombre era “el señor Chicharrin”). Hacía preguntas del tipo: “Mira para arriba” y cuando el señor Chicharrín alzaba la cara de plástico Harfush decía: “Se te cayó la barriga”.
Lamentable.
Siguieron un grupo de jóvenes que imitaron al controvertido grupo Menudo y un enano que nos tocó las seis primeras lecciones de violón que había tomado en su vida.
En el momento que trataba de ubicar a la güera Kaplan, una muchacha muy guapa, el Chéspiro, que se había sentado a mi lado, me dio un codazo y dijo azorado:
–¡Mira, cabrón!
Voltee en la dirección que indicaba y lo que vi me dejó sin aliento: allí estaba el Porky, un marrano de noventa kilos, semidesnudo y con la cabeza de un venado sobre la cabeza propia.
–¡Puta madre! –alcancé a decir.
Resulta que la mamá del Porky se sentía Sonia Amelio y había puesto a su retoño a ensayar los últimos seis meses la danza del venado, sólo para que el escuinclote se presentara en la noche de talentos. ¿Qué violento camino cerebral llevó a doña Sonia a tomar tal iniciativa? ¿No era consciente de que a su retoño le zangoloteaban las tetillas (que eran más grandes que la de su propia madre) cuando pegaba un brinco? ¿No se imaginó que aquello era lo más cercano a una castástrofe desde que el Coronel Custer peleó con los indios sioux? Misterios múltiples.
Cuando el gordo salió al escenario, se hizo un silencio de muerte. Aquello daba pena ajena. A cada brinco del Porky correspondía un cimbrado terrible de la duela del foro que levantaba una nube de polvo empanizante. Pero faltaba lo peor...y la verdad es que nadie estaba preparado para un desastre de esa magnitud.
En el momento culminante, es decir, cuando el cazador le da un balazo al venado y lo deja agonizante, el Porky dio una machincuepa muy violenta provocando que uno de sus enormes testículos se saliera por un lado del taparrabos. Aparentemente el único que no se dio cuenta fue él, ya que todos en el público exclamamos un ¡ahhh! que nunca olvidaré al observar aquel enorme escroto que parecía una pelota oficial de softbol.
Esa era la escena; un gordo en el piso, un testículo al aire y una cabeza de venado empotrada en los tablones. Todo hubiera quedado, sin embargo, en una escena indecorosa, si la Pelona no hubiera dado la nota al meterse al foro con el telón a jalones gritando como vieja loca:
–¡Tápate hijo, tápate! –mientras le ponía un suéter de lana en la rete testis
El Porky, que agonizaba en ese momento, se incorporó lentamente y se dio cuenta de que traía un huevo de fuera. Su decisión fue simple: salió corriendo hacia una de las puertas con Sonia Amelio a los gritos detrás de él. Se hizo un silencio escalofriante en todo el foro y, a pesar de que la escena era digna de un grand guignol, sentí pena, salí del teatro y lo encontré sentado en la banqueta, su madre había desaparecido. Traté de confortarlo con torpeza adolescente. Recuerdo que me miró por un instante con un gesto adolorido que me acompaña día con día y se fue caminando por la calle, así, semidesnudo.
Al día siguiente supimos que Porky llegó a su casa, se quitó la cabeza de venado de la cabeza propia, se puso una bata, buscó la pistola que su padre guardaba en un armario para protegerse, le disparó cinco tiros a su madre y se reservó el último que le voló la cabeza.
lunes, 22 de febrero de 2010
Deportes extremos (El Financiero 2002)
Existe mucha gente que se orienta como marinero fenicio en busca de los que llaman con cierta imbecilidad “el sabor de la adrenalina”, este grupo va por la vida buscando experiencias que mientras más extremas mejor, lo que supone para mí una fuente de misterios notable ya que mi sed de aventura lo más lejos que llega es a ingerir dos de chicharrón en el metro Pino Suárez.
La gente extrema ha inventado divertimentos extraordinarios que tienen la saludable intención de darle sentido a su vida urbana, el más conspicuo es amarrarse los pies a un mecate elástico y dejarse caer de cabeza de grandes alturas como puentes mientras pega de gritos. Supongo que la sensación durante la caída debe ser ligeramente fúnebre y que el agolpamiento de la sangre en la masa cerebral produce que a uno se le olvide de manera indeleble la tabla del dos; normalmente se aprecia a la gente bajando a noventa kilómetros por hora para llegar a rozar con la cabeza las aguas de un río que está cien metros más abajo. Esto a mí se me antoja tanto como pasar un fin de semana con Rodríguez Alcaine y sin embargo, ahí están los extremos haciendo cola para darle vuelo a su sed de aventura.
Otra derivación de los deportes extremos es aventarse en un cochecito de baleros por una pendiente de cuarenta y cinco grados. En este caso uno puede ver que personas adultas se suben a unos cochecitos de miriñaque, se ponen un casco y se arrancan cuesta abajo hechos la chingada. Hace no mucho fue el horrorizado espectador de uno que quedo cadáver porque se le volteó el carrito y lo primero que pensé era en la necesidad que tiene esta pobre gente hacer cosas diferentes para significarse.
Una vez durante una reunión, un adepto a este tipo de madres trataba de indoctrinarnos y convencernos de sortear los rápidos de no sé que río. Cuando le pregunté que bajo que misterio cerebral él consideraba que una experiencia así me parecería atractiva, me contestó que los deportes extremos eran el sustituto moderno de la caza de mamuts, argumento para el que ya no tuve respuesta, pero me quedé pensando que preferiría cazar un animalote a pedradas que andar nadando en la furia del Usumacinta. El problema es que nada basta; si se inventó el paracaídas una artilugio muy razonable que sirve para no hacerse papilla de un madrazo, los extremos inventan rápidamente opciones más peligrosas, como aventarse en grupo, jugar a ver quién es el último en abrir el paracaídas o hacer piruetas en equipo. Pasa lo mismo con la patineta, un aparato en el que la gente pazguata se podía transportar sin mucho riesgo; ahora se hacen competencias en las que el que no da tres vueltas en el aire y cae parado simplemente está condenado al fracaso.
Hijos de la misma madre son aquellos que realizan proezas que luego nos encasquetan en programas de televisión. Ayer vi, por ejemplo a un gordo cuya máxima virtud consiste en dejarse pasar un camión torton por la barriga y otro que es capaz de arrastrar al circo Atayde con la fuerza de su dentadura. Está también un señor que se preparó durante toda la vida para cruzar el cañón del Colorado en una motocicleta y uno que disfruta metiéndose en una caja llena de dinamita para luego explotar y quedar desmayado cinco minutos. Hay otros que por ejemplo juegan a determinar cuál es el primero que le da un beso a una serpiente de cascabel y los gringos (que son unos artesanos de este tipo de imbecilidades) han diseñado un concurso en el que sacan cincuenta serpientes venenosas en un corralito y le toman el tiempo al idiota que las tiene que meter en un saco.
¿Esta gente será imbécil? ¿Seremos imbéciles lo que pagaríamos algún dinero por admirar a estos valientes? No tengo la menor idea pero de cualquier manera desde esta humilde tribuna declaro mi absoluta y total decisión de no participar en ninguna experiencia de este tipo y hacer todo lo que esté a mi alcance por morir de viejito, en mi cama y rodeado de bisnietos malhoras.
La gente extrema ha inventado divertimentos extraordinarios que tienen la saludable intención de darle sentido a su vida urbana, el más conspicuo es amarrarse los pies a un mecate elástico y dejarse caer de cabeza de grandes alturas como puentes mientras pega de gritos. Supongo que la sensación durante la caída debe ser ligeramente fúnebre y que el agolpamiento de la sangre en la masa cerebral produce que a uno se le olvide de manera indeleble la tabla del dos; normalmente se aprecia a la gente bajando a noventa kilómetros por hora para llegar a rozar con la cabeza las aguas de un río que está cien metros más abajo. Esto a mí se me antoja tanto como pasar un fin de semana con Rodríguez Alcaine y sin embargo, ahí están los extremos haciendo cola para darle vuelo a su sed de aventura.
Otra derivación de los deportes extremos es aventarse en un cochecito de baleros por una pendiente de cuarenta y cinco grados. En este caso uno puede ver que personas adultas se suben a unos cochecitos de miriñaque, se ponen un casco y se arrancan cuesta abajo hechos la chingada. Hace no mucho fue el horrorizado espectador de uno que quedo cadáver porque se le volteó el carrito y lo primero que pensé era en la necesidad que tiene esta pobre gente hacer cosas diferentes para significarse.
Una vez durante una reunión, un adepto a este tipo de madres trataba de indoctrinarnos y convencernos de sortear los rápidos de no sé que río. Cuando le pregunté que bajo que misterio cerebral él consideraba que una experiencia así me parecería atractiva, me contestó que los deportes extremos eran el sustituto moderno de la caza de mamuts, argumento para el que ya no tuve respuesta, pero me quedé pensando que preferiría cazar un animalote a pedradas que andar nadando en la furia del Usumacinta. El problema es que nada basta; si se inventó el paracaídas una artilugio muy razonable que sirve para no hacerse papilla de un madrazo, los extremos inventan rápidamente opciones más peligrosas, como aventarse en grupo, jugar a ver quién es el último en abrir el paracaídas o hacer piruetas en equipo. Pasa lo mismo con la patineta, un aparato en el que la gente pazguata se podía transportar sin mucho riesgo; ahora se hacen competencias en las que el que no da tres vueltas en el aire y cae parado simplemente está condenado al fracaso.
Hijos de la misma madre son aquellos que realizan proezas que luego nos encasquetan en programas de televisión. Ayer vi, por ejemplo a un gordo cuya máxima virtud consiste en dejarse pasar un camión torton por la barriga y otro que es capaz de arrastrar al circo Atayde con la fuerza de su dentadura. Está también un señor que se preparó durante toda la vida para cruzar el cañón del Colorado en una motocicleta y uno que disfruta metiéndose en una caja llena de dinamita para luego explotar y quedar desmayado cinco minutos. Hay otros que por ejemplo juegan a determinar cuál es el primero que le da un beso a una serpiente de cascabel y los gringos (que son unos artesanos de este tipo de imbecilidades) han diseñado un concurso en el que sacan cincuenta serpientes venenosas en un corralito y le toman el tiempo al idiota que las tiene que meter en un saco.
¿Esta gente será imbécil? ¿Seremos imbéciles lo que pagaríamos algún dinero por admirar a estos valientes? No tengo la menor idea pero de cualquier manera desde esta humilde tribuna declaro mi absoluta y total decisión de no participar en ninguna experiencia de este tipo y hacer todo lo que esté a mi alcance por morir de viejito, en mi cama y rodeado de bisnietos malhoras.
viernes, 19 de febrero de 2010
El ocio (El Financiero 1998)
La marquesa Calderón de la Barca en sus inigualables memorias acerca de la vida en México, relata un sinfín de asuntos que me parecen interesantísimos, como que los mexicanos éramos (y somos) horribles o que el general Santa Anna era un viejo encantador. Sin embargo una de las ideas que con mayor fuerza quedan reverberando en el gusto del lector (que mamón) es la de que nuestros antepasados se lo pasaban bomba entre bailes y tardes de hueva. Transcribo a continuación uno de los pasajes del texto de doña Fanny en el que se relata parte del viaje de la marquesa a bordo del “Norma” rumbo a América: Y, entretanto fulguran las estrellas, plácidas y argentadas- Todo cuando nos rodea es suave y bello, y no hay duda sino que el Norma mismo se halla en armonía con el espectáculo que nos envuelve, balanceándose graciosamente cual blanco cisne perezoso. La imagen que queda de esta descripción es de placidez (no importa que el viaje haya sido un infierno y que la mitad de los pasajeros, que por cierto no se bañaban, haya vomitado a la otra mitad, que han de haber olido a quesadilla de huitlacoche) y ese es el punto que quisiera destacar en esta colaboración ¿Dónde han quedado la placidez y el ocio?.
Sigamos ahora al maestro Kundera con un párrafo de su libro “La lentitud”: Miro por el retrovisor: siempre el mismo coche que no consigue adelantarme por culpa del tráfico en sentido contrario. Al lado del conductor va una mujer; ¿por qué el hombre no le cuenta algo gracioso?, ¿por qué no descansa una mano en su rodilla? En lugar de eso, maldice al automovilista que, delante de él no avanza lo bastante rápido; tampoco la mujer piensa en tocar al conductor con la mano, conduce mentalmente con él, y ella también me maldice. Las dos escenas, separadas por cerca de 150 años de distancia, reflejan las perversiones del progreso y su ingenuo pero dictatorial esfuerzo por generar hombres ascéticos, modernos, dinámicos, dedicados por completo a vivir intensamente la vida. Desde luego bajo estos parámetros, todo aquel que discurra dedicar una tarde a la lectura o ver la tele, entrará limpiamente dentro de la categoría que describe su conducta: la de un hombre huevón.
En estos tiempos que nos ha tocado vivir parecería que todo aquel que no se levante al alba, se dé un baño con agua fría, trabaje catorce horas y de ahí se dirija al gimnasio para ponerse bien buenote, es un apestado. Ejemplos sobran: la gente que en un avión en lugar de embriagarse con la bebida de gorra va tecleando en su computadora, los que se llevan trabajo a la playa; los idiotas que creen que bocinando y poniendo cara harán avanzar la circulación que los exaspera. Mas ejemplos: antes los turistas se quedaban tres meses en un lugar, aprendían el dialecto local y cohabitaban con los nativos, hoy, el que no conoce 14 países de Europa en tres semanas es porque es muy bruto. Los bomberazos de las oficinas, los jadeos para llegar al banco... todos hijos de la misma perversión.
La publicidad no se libra de este enajenamiento; los anuncios para hombres de verdad nos orientan sobre la necesidad de tener un pecho 32-C; escalar montañas, saber como componer coches de mujeres buenotas o llegar al trabajo con aire de que acabamos de comprar la Coca Cola Inc. ¿Alguien ha visto un anuncio en el que el hombre moderno esté en una hamaca rascándose lo que se quiera rascar? La respuesta es no.
Por supuesto toda esta tendencia tiene que ver con el concepto del valor del tiempo y la importancia de aprovecharlo plenamente. Sin embargo, debería quedar claro que esta plenitud la puede alcanzar igualmente Nelson Rockefeller amasando millones, que el gordazo huevón ése, que murió en su cama después de no levantarse en diez años.
Cerraré este lamento invocando nuevamente a Kundera que dice: ¿Por qué habrá desaparecido el placer de la lentitud? Ay, ¿dónde estarán los paseantes de antaño? ¿Dónde estarán esos héroes holgazanes de las canciones populares? ¡Ay!
Sigamos ahora al maestro Kundera con un párrafo de su libro “La lentitud”: Miro por el retrovisor: siempre el mismo coche que no consigue adelantarme por culpa del tráfico en sentido contrario. Al lado del conductor va una mujer; ¿por qué el hombre no le cuenta algo gracioso?, ¿por qué no descansa una mano en su rodilla? En lugar de eso, maldice al automovilista que, delante de él no avanza lo bastante rápido; tampoco la mujer piensa en tocar al conductor con la mano, conduce mentalmente con él, y ella también me maldice. Las dos escenas, separadas por cerca de 150 años de distancia, reflejan las perversiones del progreso y su ingenuo pero dictatorial esfuerzo por generar hombres ascéticos, modernos, dinámicos, dedicados por completo a vivir intensamente la vida. Desde luego bajo estos parámetros, todo aquel que discurra dedicar una tarde a la lectura o ver la tele, entrará limpiamente dentro de la categoría que describe su conducta: la de un hombre huevón.
En estos tiempos que nos ha tocado vivir parecería que todo aquel que no se levante al alba, se dé un baño con agua fría, trabaje catorce horas y de ahí se dirija al gimnasio para ponerse bien buenote, es un apestado. Ejemplos sobran: la gente que en un avión en lugar de embriagarse con la bebida de gorra va tecleando en su computadora, los que se llevan trabajo a la playa; los idiotas que creen que bocinando y poniendo cara harán avanzar la circulación que los exaspera. Mas ejemplos: antes los turistas se quedaban tres meses en un lugar, aprendían el dialecto local y cohabitaban con los nativos, hoy, el que no conoce 14 países de Europa en tres semanas es porque es muy bruto. Los bomberazos de las oficinas, los jadeos para llegar al banco... todos hijos de la misma perversión.
La publicidad no se libra de este enajenamiento; los anuncios para hombres de verdad nos orientan sobre la necesidad de tener un pecho 32-C; escalar montañas, saber como componer coches de mujeres buenotas o llegar al trabajo con aire de que acabamos de comprar la Coca Cola Inc. ¿Alguien ha visto un anuncio en el que el hombre moderno esté en una hamaca rascándose lo que se quiera rascar? La respuesta es no.
Por supuesto toda esta tendencia tiene que ver con el concepto del valor del tiempo y la importancia de aprovecharlo plenamente. Sin embargo, debería quedar claro que esta plenitud la puede alcanzar igualmente Nelson Rockefeller amasando millones, que el gordazo huevón ése, que murió en su cama después de no levantarse en diez años.
Cerraré este lamento invocando nuevamente a Kundera que dice: ¿Por qué habrá desaparecido el placer de la lentitud? Ay, ¿dónde estarán los paseantes de antaño? ¿Dónde estarán esos héroes holgazanes de las canciones populares? ¡Ay!
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