Sospecho que cuando era niño padecí una forma atenuada de imbecilidad que me hacía proclive a varias rutinas lúdicas entre las que destacaba la de reunirme con mis amigos para jugar a ser fusilados con una pelota de esponja (no éramos muy creativos). Otro juego de mi infancia que hoy me avergüenza suponía bailar tomados de la mano como una turba de estúpidos mientras cantábamos “Las estatuas de marfil, uno, dos y tres así, el que se mueva baila twist”. El asunto era literal, si alguien movía los parados después del cantito era obligado a bailar el pavoroso ritmo twistero para divertimento de la concurrencia.
La gente que destaca a lo largo de su vida recibe diversos homenajes que pueden variar de calibre y dimensiones. Los más modestos consisten en que un viejito se retire y sus compañeros de trabajo le organicen una merienda en la que se le regala un reconocimiento firmado en medio de los aplausos de más viejitos y de la familia entera del galardonado. Gente más notable cede su nombre para las calles de la ciudad. De esta manera podemos enterarnos que hubo un señor Miguel Laurent, otro Ángel Urraza y uno más Enrique Rébsamen, sin que sea claro en qué carajo consistieron sus talentos. Sin embargo el mayor homenaje posible es que a uno le manden hacer una estatua de bronce ya que para ello se requieren dos factores, el primero consiste en haber realizado algún servicio patrio (con la honrosa excepción de los presidentes que se mandan a hacer sus propias estatuas como López Portillo que era el hombre mejor pagado de sí mismo que he conocido) y el segundo que haya alguien interesado en rendir tal homenaje. Ese es el momento en que se junta un grupo de gente que pueden ser los caballeros de Colón, la orden de la legión de honor o algún gremio equivalente y lanzan la propuesta ante las autoridades correspondientes. En ese momento se manda traer a un escultor que puede ser bueno o malo de acuerdo al presupuesto y se le encarga la obra.
No tengo ni la más pálida idea de cómo se hace una escultura asunto que dicho sea de paso, me vale madre, pero si una amplia experiencia contemplando todas aquellas que nos ha legado el pasado y mi impresión sobre el asunto es bastante negativa.
En primer lugar se encuentra el problema del parecido; si el homenajeado no es un hombre con algún sello distintivo como el pelo de rodete de Hidalgo o con paliacate como el cura Morelos, el asunto ya valió madre porque no habrá manera de reconocer al prócer. La única manera es acercarse y leer un letrerito que dice “Juan Nepomuceno Almonte por sus servicios a la Patria”. Una segunda perversidad se relaciona con las iniciativas del escultor que a veces acompaña a nuestro héroe con señores y señoras que seguramente no tuvo el gusto de conocer como querubines, ángeles o personas gimiendo. Estoy seguro que si el señor de la estatua abrirá los ojos se llevaría un sustazo de la misma madre ante tal escolta fantástica.
Existe, también, un problema de proporciones, si usted, querido lector, se toma la molestia de transitar por la avenida Insurgentes a la altura del parque hundido se encontrará a un señor a caballo que no sé si es Guerrero, Aldama o alguien equivalente. El prócer en cuestión va uniformado y con un sable que debe pesar más que mis malos pensamientos. El detalle es que el corcel que monta, mide lo mismo que mi perro Isidro por lo que el efecto final es el de un señor adulto montado en un caballito de miriñaque, posición que por supuesto le resta grandeza a la obra y hace suponer que al escultor se le acabó el bronce.
Sin duda el reino que más agradece la construcción de estatuas es el animal, concretamente las palomas ya que en las esculturas colosales se encuentra un lugar magnífico para anidar, cagarse en la vía publica y percharse para cumplir fines copulatorios. No sé si eso sea honorable pero es el destino justo para una idea tan mala como la de inmortalizar a nuestros ancestros de esa manera,
viernes, 15 de enero de 2010
jueves, 14 de enero de 2010
El soldado (relato autobiográfico)
Todo empezó con el viaje a Cuba. “No es tan caro”, decíamos, “cosa de tomarse una semana”. Nuestros amigos libertarios hablaban de “acercarse a la Revolución, conocer la realidad cubana”, etc. Hasta allí todo bien, sin embargo había un pero... mi cartilla.
A los dieciocho terminé la preparatoria y mi amigo Paco Rodríguez, que se iba a Europa, me invitó a viajar con él. Como no tenía cartilla, hice lo que todo joven de mi edad y posibilidades hacía: la obtuve chueca. El trámite fue truculento y se hizo por medio de un amigo de Paulina Lara apodado “el Pulga”.
–No te preocupes –decía el día anterior a la salida, cuando el único documento oficial que tenía era mi certificado de primaria.
Por uno de esos milagros que siembran dudas espirituales, todo se arregló y pude irme. Pero allí no paró la cosa, ya que la cartilla hay que resellarla (visar dicen los militares) cada diez años. Por supuesto, dado el procedimiento irregular que había seguido, decidí qué solo un arrebato de idiotez temprana me llevaría a cumplir el trámite. Hice algunos viajes y, en el último, al pasar por migración me pidieron el resello.
–No sale joven –dijo el funcionario de bigotito.
Cabe aclarar que iba yo cuidando siete niños de diez años con rumbo a Oregon y que quince minutos antes me había despedido de sus padres diciéndoles que todo iba a salir bien.
Me hinqué en el cajón del inspector, lloré y lo jalé de los pantalones. Finalmente se compadeció y me dejó pasar, pero advirtió:
–Reselle su cartilla.
Ahora, con la perspectiva cubana, las palabras del de bigotito retumbaban en mis oídos. Como yo había decidido no pasar nunca por un trago tan amargo otra vez, hice de tripas corazón y fui a la Defensa Nacional en un acto evidente de idiotez temprana. Recuerdo que al ver mi cartilla el militar encargado levantó la mirada y movió la cabeza de un lado a otro, “Listo”, pensé, “ya valió madre”. Pedí permiso para hablar por teléfono, le avisé a mi esposa y cuando regresé fui escoltado por dos soldados hasta un galerón donde el Sargento X me dijo que la cartilla era falsa, que ya ni chingaba, que eso era muy grave, etc. Acepté inmediatamente mi culpa, lo que tuvo un efecto positivo: “Lo felicito por su valor civil, no lo vuelva a repetir”, dijo mientras rompía la hojita de la liberación. “Vaya en febrero a reclutamiento y no se preocupe, a su edad ya no marcha”, añadió.
Cuando les conté a mis amigos la noticia, pasaron del desternillamiento a las palmaditas en el lomo, lo que francamente me dejó muy preocupado.
Luego entendí por qué.
En febrero me presenté en la alberca olímpica a recibir el estoconazo; tenía que estar el primer sábado de marzo en el Campo Militar número uno a las siete de la mañana con pantalón azul, zapato negro y camiseta blanca. La víspera no pude dormir pensando que formaba parte del 28 regimiento blindado.
Ahí estaba yo, con mis treinta años a cuestas, en medio de dos mil reclutas, cantando el himno nacional a las 7:15 de la mañana con un frío de pastorela, maldiciendo con toda mi alma el viaje a Cuba. Regresamos al regimiento y nos repartieron boinas verdes con una falta de tino envidiable. A nadie le quedaban, algunos se la encasquetaban hasta las sienes, parecían panaderos; otros eran tan cabezones que no lograban ajustar las cachuchas más allá de la coronilla, ésos recordaban a las colegialas de escuela de monjas.
Nos dividieron por escuadrones, los vejetes a la reserva. Aquí –dije para mis adentros– nos van a decir que podemos irnos y que regresemos en diciembre. Nada más equivocado. Liberaron a los anticipados que se fueron muertos de risa.
El resto del día fue una modesta prefiguración del infierno. Nos formaron para ins¬trucción, la cual se componía de tres modalidades, todas ellas con el sol a plomo:
a) El sargento explicaba qué es el honor, la lealtad o el patriotismo, conceptos que se fusilaba de un manual y que nos hacía repetir durante quince minutos:
–A ver tú, gordo, qué es el patriotismo.
–Entregarlo todo por nuestra patria –contestaba uno.
El sargento se daba por satisfecho y buscaba otro sustentante, le repetía la pregunta, se repetía la respuesta, etcétera.
b) Otro sargento nos formaba y nos instruía acerca del paso redoblado, el flanco derecho o la media vuelta. Como el campo era de tierra, al marchar levantábamos un terregal que nos dejaba escupiendo adobe.
c) La más diabólica de las tres opciones era la última, que con¬sistía en hacernos trotar a paso veloz durante media hora cantando canciones como hacen los gringos. Todo aquel que conozca el metabolismo humano sabe que correr y cantar son eventos incompatibles que al forzarse a convivir logran el prodigio de que se escupa la pleura a los tres kilómetros.
A las 10:30 y hasta las 11 se servían las tortas de queso de puerco sin rasurar, era el único momento en que nos podíamos sentar. A dos que se estaban aventando los llamaron al frente y los hicieron cachetearse, después del soplamocos, tenían que repetir: “Ja ja, no me dolió”.
Me deprimí.
Cuando llegué a mi casa tenía el aspecto de alguien que ha caminado desde Laredo sin parar.
Cada semana era terrible. A la altura del miércoles comenzaba la depresión, el viernes me ponía de un humor de los demonios y el sábado después de la milicia, que terminaba a la una, me iba a dormir y no despertaba hasta las 10 de la noche.
Dos factores contribuyeron a empeorar notablemente las cosas. Primero, el gobierno anunció a mediados de año que la cartilla no era ya necesaria para salir del país. El segundo factor fue de orden logístico, en junio nos repartieron unos mosquetes de 5 Kg. con los que había que marchar por los terregales. Cuando disparamos quedé sordo.
Había soldados razonablemente amigables, sin embargo otros eran estilo West Point, es decir, llevados de la mala vida, le hablaban a uno de cerca escupiendo en la cara o en la nuca y tenían una especial proclividad por las lagartijas, con la desventaja de que éramos los reclutas los encargados de ejecutarlas porque pasaba la mosca.
Aquello duró un año, al final nos llevaron al Campo Marte y a uno por uno nos repartieron las cartillas liberadas. Nunca he vuelto a ser tan feliz.
El 27 de diciembre salí para La Habana, en el avión iba yo recordando la canción del regimiento: “Mi mamá me lo decía, hijo no te hagas soldado, porque marchan noche y día”. Por supuesto, tenía razón.
A los dieciocho terminé la preparatoria y mi amigo Paco Rodríguez, que se iba a Europa, me invitó a viajar con él. Como no tenía cartilla, hice lo que todo joven de mi edad y posibilidades hacía: la obtuve chueca. El trámite fue truculento y se hizo por medio de un amigo de Paulina Lara apodado “el Pulga”.
–No te preocupes –decía el día anterior a la salida, cuando el único documento oficial que tenía era mi certificado de primaria.
Por uno de esos milagros que siembran dudas espirituales, todo se arregló y pude irme. Pero allí no paró la cosa, ya que la cartilla hay que resellarla (visar dicen los militares) cada diez años. Por supuesto, dado el procedimiento irregular que había seguido, decidí qué solo un arrebato de idiotez temprana me llevaría a cumplir el trámite. Hice algunos viajes y, en el último, al pasar por migración me pidieron el resello.
–No sale joven –dijo el funcionario de bigotito.
Cabe aclarar que iba yo cuidando siete niños de diez años con rumbo a Oregon y que quince minutos antes me había despedido de sus padres diciéndoles que todo iba a salir bien.
Me hinqué en el cajón del inspector, lloré y lo jalé de los pantalones. Finalmente se compadeció y me dejó pasar, pero advirtió:
–Reselle su cartilla.
Ahora, con la perspectiva cubana, las palabras del de bigotito retumbaban en mis oídos. Como yo había decidido no pasar nunca por un trago tan amargo otra vez, hice de tripas corazón y fui a la Defensa Nacional en un acto evidente de idiotez temprana. Recuerdo que al ver mi cartilla el militar encargado levantó la mirada y movió la cabeza de un lado a otro, “Listo”, pensé, “ya valió madre”. Pedí permiso para hablar por teléfono, le avisé a mi esposa y cuando regresé fui escoltado por dos soldados hasta un galerón donde el Sargento X me dijo que la cartilla era falsa, que ya ni chingaba, que eso era muy grave, etc. Acepté inmediatamente mi culpa, lo que tuvo un efecto positivo: “Lo felicito por su valor civil, no lo vuelva a repetir”, dijo mientras rompía la hojita de la liberación. “Vaya en febrero a reclutamiento y no se preocupe, a su edad ya no marcha”, añadió.
Cuando les conté a mis amigos la noticia, pasaron del desternillamiento a las palmaditas en el lomo, lo que francamente me dejó muy preocupado.
Luego entendí por qué.
En febrero me presenté en la alberca olímpica a recibir el estoconazo; tenía que estar el primer sábado de marzo en el Campo Militar número uno a las siete de la mañana con pantalón azul, zapato negro y camiseta blanca. La víspera no pude dormir pensando que formaba parte del 28 regimiento blindado.
Ahí estaba yo, con mis treinta años a cuestas, en medio de dos mil reclutas, cantando el himno nacional a las 7:15 de la mañana con un frío de pastorela, maldiciendo con toda mi alma el viaje a Cuba. Regresamos al regimiento y nos repartieron boinas verdes con una falta de tino envidiable. A nadie le quedaban, algunos se la encasquetaban hasta las sienes, parecían panaderos; otros eran tan cabezones que no lograban ajustar las cachuchas más allá de la coronilla, ésos recordaban a las colegialas de escuela de monjas.
Nos dividieron por escuadrones, los vejetes a la reserva. Aquí –dije para mis adentros– nos van a decir que podemos irnos y que regresemos en diciembre. Nada más equivocado. Liberaron a los anticipados que se fueron muertos de risa.
El resto del día fue una modesta prefiguración del infierno. Nos formaron para ins¬trucción, la cual se componía de tres modalidades, todas ellas con el sol a plomo:
a) El sargento explicaba qué es el honor, la lealtad o el patriotismo, conceptos que se fusilaba de un manual y que nos hacía repetir durante quince minutos:
–A ver tú, gordo, qué es el patriotismo.
–Entregarlo todo por nuestra patria –contestaba uno.
El sargento se daba por satisfecho y buscaba otro sustentante, le repetía la pregunta, se repetía la respuesta, etcétera.
b) Otro sargento nos formaba y nos instruía acerca del paso redoblado, el flanco derecho o la media vuelta. Como el campo era de tierra, al marchar levantábamos un terregal que nos dejaba escupiendo adobe.
c) La más diabólica de las tres opciones era la última, que con¬sistía en hacernos trotar a paso veloz durante media hora cantando canciones como hacen los gringos. Todo aquel que conozca el metabolismo humano sabe que correr y cantar son eventos incompatibles que al forzarse a convivir logran el prodigio de que se escupa la pleura a los tres kilómetros.
A las 10:30 y hasta las 11 se servían las tortas de queso de puerco sin rasurar, era el único momento en que nos podíamos sentar. A dos que se estaban aventando los llamaron al frente y los hicieron cachetearse, después del soplamocos, tenían que repetir: “Ja ja, no me dolió”.
Me deprimí.
Cuando llegué a mi casa tenía el aspecto de alguien que ha caminado desde Laredo sin parar.
Cada semana era terrible. A la altura del miércoles comenzaba la depresión, el viernes me ponía de un humor de los demonios y el sábado después de la milicia, que terminaba a la una, me iba a dormir y no despertaba hasta las 10 de la noche.
Dos factores contribuyeron a empeorar notablemente las cosas. Primero, el gobierno anunció a mediados de año que la cartilla no era ya necesaria para salir del país. El segundo factor fue de orden logístico, en junio nos repartieron unos mosquetes de 5 Kg. con los que había que marchar por los terregales. Cuando disparamos quedé sordo.
Había soldados razonablemente amigables, sin embargo otros eran estilo West Point, es decir, llevados de la mala vida, le hablaban a uno de cerca escupiendo en la cara o en la nuca y tenían una especial proclividad por las lagartijas, con la desventaja de que éramos los reclutas los encargados de ejecutarlas porque pasaba la mosca.
Aquello duró un año, al final nos llevaron al Campo Marte y a uno por uno nos repartieron las cartillas liberadas. Nunca he vuelto a ser tan feliz.
El 27 de diciembre salí para La Habana, en el avión iba yo recordando la canción del regimiento: “Mi mamá me lo decía, hijo no te hagas soldado, porque marchan noche y día”. Por supuesto, tenía razón.
lunes, 11 de enero de 2010
El primer día (El Financiero 2008)
En estas páginas de manera consuetudinaria he externado mis quejas por el trato posmoderno que recibimos los fumadores a manos de la gente moderna y sana que se dedica a la también saludable tarea de estar chingando con que vamos a agarrar un enfisema o con que los infantes son fumadores pasivos que no merecen tal destino. Esta ofensiva ha tenido la tenacidad del cangrejo; primero redujeron los lugares para poder fumar, los aviones, algunos hoteles y muchos restaurantes se volvieron territorios “libres de humo”. El segundo elemento de la blitzkrieg nicotínica es social y se fundamenta en la cara de asco que los que no fuman han aprendido a hacer cada que uno saca un cigarro, por lo que en consecuencia se tiene que fumar mirando al techo y con el alma en vilo para no andar dando molestias.
El día de hoy los fumadores hemos capitulado, lo mismo que Napoleón en Waterloo. No tenemos más remedio que admitir que las armas puritanas se han cubierto de gloria y simplemente nos han pasado por encima como los españoles a los aztecas por lo que me declaro listo para que me quemen los pies con leña de ocote. La reciente aprobación de los diputados locales para impedir que se fume en lugares cerrados ha entrado en vigor y será menester prever efectos que los legisladores (inútiles e impreparados) no tomaron en cuenta. El primero y más obvio es el chiquero que se ha formado afuera de los bares donde la gente sale a fumar ya que, dado que los mexicanos no somos precisamente un monumento a la pulcritud, muy pronto la banqueta se ha convertido en un asco vergonzoso. Un segundo efecto lo documenta el semanario inglés The Economist que analizando una ley similar en ciento veinte condados gringos encontró que la tasa de accidentes mortales se elevó en un 13% debido a que los fumadores compulsivos, que además son borrachos viajaban a condados donde la prohibición no existe y se mataban de regreso. Sin embargo el efecto más dramático desde mi punto de vista tiene que ver con nuestros usos y costumbres; no me puedo imaginar un bar con cuatro amigos jugando dominó y tomando cubas en un ambiente aséptico. Lo mismo pasa cuando recuerdo a una amiga que como arma de seducción tomaba la mano de quien le prendía el cigarro y lo miraba a los ojos. El efecto era simplemente demoledor.
El viernes fue mi primer día de veto, fui invitado por queridos amigos a un lugar en el centro de Coyoacán en el que ya había entrado en vigor la restricción. Nos sentamos con la misma cara que pondría el Güero Palma si lo privaran del producto con el que comercia y pedimos una botella de mezcal. Cuando íbamos por la mitad los estragos ya eran evidentes, un amigo muy querido empezó a masticar cacahuates e ingirió aproximadamente tres mil kilocalorías mientras le sudaban las manos, otro lo que masticó fue una veladora y un servidor en posición zan envió mentadas de madre a los autores de la idea. Cuando llegamos a la media botella todo mundo le mentaba la madre al gobierno local y a los del mundo unido; “son chingaderas” era el comentario recurrente. Ya para el final y hermanados por la causa, cantamos la canción huasteca, decidimos que deberíamos emigrar a un país premoderno, aunque en este caso no fue sencillo dirimir cuál, pagamos la cuenta y salimos a la “terraza del lugar” con el sano fin no de fumarnos los cigarros sino los dedos.
Decidimos en masa que aquello no era vida, que el multicitado lugar se privaría de nuestra futura presencia y que todo aquelarre que se nos diera la gana organizar se planearía en la casa de alguno de nosotros para evitar esos sofocones. También nos dimos cuenta que somos el equivalente moderno del último mohicano ya que no tardan en mandar poner detectores de humo en las casas para evitar que uno atente contra la salud colectiva. Para variar me quedé pensando en el mal tino que tengo para ser el hombre equivocado en el tiempo más incorrecto (debería decir “correcto”) posible. Cosas de la mala suerte.
El día de hoy los fumadores hemos capitulado, lo mismo que Napoleón en Waterloo. No tenemos más remedio que admitir que las armas puritanas se han cubierto de gloria y simplemente nos han pasado por encima como los españoles a los aztecas por lo que me declaro listo para que me quemen los pies con leña de ocote. La reciente aprobación de los diputados locales para impedir que se fume en lugares cerrados ha entrado en vigor y será menester prever efectos que los legisladores (inútiles e impreparados) no tomaron en cuenta. El primero y más obvio es el chiquero que se ha formado afuera de los bares donde la gente sale a fumar ya que, dado que los mexicanos no somos precisamente un monumento a la pulcritud, muy pronto la banqueta se ha convertido en un asco vergonzoso. Un segundo efecto lo documenta el semanario inglés The Economist que analizando una ley similar en ciento veinte condados gringos encontró que la tasa de accidentes mortales se elevó en un 13% debido a que los fumadores compulsivos, que además son borrachos viajaban a condados donde la prohibición no existe y se mataban de regreso. Sin embargo el efecto más dramático desde mi punto de vista tiene que ver con nuestros usos y costumbres; no me puedo imaginar un bar con cuatro amigos jugando dominó y tomando cubas en un ambiente aséptico. Lo mismo pasa cuando recuerdo a una amiga que como arma de seducción tomaba la mano de quien le prendía el cigarro y lo miraba a los ojos. El efecto era simplemente demoledor.
El viernes fue mi primer día de veto, fui invitado por queridos amigos a un lugar en el centro de Coyoacán en el que ya había entrado en vigor la restricción. Nos sentamos con la misma cara que pondría el Güero Palma si lo privaran del producto con el que comercia y pedimos una botella de mezcal. Cuando íbamos por la mitad los estragos ya eran evidentes, un amigo muy querido empezó a masticar cacahuates e ingirió aproximadamente tres mil kilocalorías mientras le sudaban las manos, otro lo que masticó fue una veladora y un servidor en posición zan envió mentadas de madre a los autores de la idea. Cuando llegamos a la media botella todo mundo le mentaba la madre al gobierno local y a los del mundo unido; “son chingaderas” era el comentario recurrente. Ya para el final y hermanados por la causa, cantamos la canción huasteca, decidimos que deberíamos emigrar a un país premoderno, aunque en este caso no fue sencillo dirimir cuál, pagamos la cuenta y salimos a la “terraza del lugar” con el sano fin no de fumarnos los cigarros sino los dedos.
Decidimos en masa que aquello no era vida, que el multicitado lugar se privaría de nuestra futura presencia y que todo aquelarre que se nos diera la gana organizar se planearía en la casa de alguno de nosotros para evitar esos sofocones. También nos dimos cuenta que somos el equivalente moderno del último mohicano ya que no tardan en mandar poner detectores de humo en las casas para evitar que uno atente contra la salud colectiva. Para variar me quedé pensando en el mal tino que tengo para ser el hombre equivocado en el tiempo más incorrecto (debería decir “correcto”) posible. Cosas de la mala suerte.
sábado, 9 de enero de 2010
Maldiciones hidráulicas Milenio (2007)
Leí con mucho azoro que un grupo de jovenazos con una capacidad cerebral equivalente a la de la podadora de pasto que hay en mi casa, se apersonaron en una inauguración de Marcelo Ebrard, le arrebataron el micrófono (imaginar jóvenes arrebatando micrófonos) y protestaron por la visita del señor Gore a nuestras tierras bajo el sorprendente argumento de que “el cambio climático es una falacia”.
Muy bien, no pienso discutir con esta nube de idiotas lo que es evidente día a día. Hoy que prendí la televisión me encontré a una viejita arrastrada en una especie de colchoneta inflable surcando las aguas del Támesis, nomás que en la ciudad de Oxford. Acto seguido me enteré que en China Nuevo León (un nombre misterioso) el agua se les metió a traición en las viviendas y dejó salas y comedores oliendo a albañal. Luego fui el mudo testigo de que en La Paz Bolivia cayó una nevada inédita. En este caso, las imágenes nos mostraban a un señor con alma de niño, es decir un mamonazo, que hacía piruetas con un copo de nieve en la cabeza y a una niña que descerebraba a su probable padre de un bolazo en el parietal. La última nota era de unos señores turcos que estaban tomando helado mientras el locutor anunciaba que las temperaturas oscilaban (¿por qué dicen “oscilaban”?) en los 41 grados.
Sin embargo, estas escenas no se comparan en lo más mínimo con las que uno vive en carne propia en esta noble y leal ciudad de México cada que cae el agua como ha caído en fechas recientes. Mi casa por ejemplo, es un espacio en el que los conceptos H2O y electricidad son profundamente excluyentes. Nomás veo la primera gota y me apresuro a salvar la información de la computadora, sacar las velas y ponerme unas botas ridículas pero eficaces. Acto seguido se va la luz por medio minuto, regresa para luego abandonarme de manera definitiva las siguientes dos horas. En ese momento me trato de imaginar esperanzado a un señor de luz y fuerza luchando contra la furia de los elementos mientras intenta reconectar el cable de mi casa y luego me quedo dormido.
Los capitalinos enfrentamos las lluvias con la misma resignación que lo señores que viven en Kansas los tornados que se llevan sus casas con rumbo a la chingada. Cuando empieza la temporada salen como hormigas unos señores con iniciativa comercial que venden paraguas de a diez pesos y que tiene la particularidad de desfondarse al primer embate. Otros siguen una técnica sorprendente ya que empiezan a correr por lo que supongo que ellos suponen que así se mojarán menos. Otra extravagancia hidráulica es la de poner la palma de la mano extendida hacia el cielo para determinar si está lloviendo lo que muestra que en materia de iniciativa nuestra raza mexica es incomparable.
En el Distrito Federal las aguas acarrean desgracias múltiples, dentro de las más señaladas está la caída de unos eucaliptos así de grandes que normalmente hacen mierda un auto vacío o el tinaco de la casa del vecino en el mejor de los casos. También se puede apreciar el prodigio de una coladera que se convierte –paradoja de paradojas- en fuente que lanza al aire un chorro de agua aderezado con lo que los clásicos llaman “coliformes fecales” que no son otra cosa que caca Finalmente las imágenes televisivas nos presentan ad nauseaum a gente menesterosa que lo ha perdido todo y que se queja de que las autoridades no los apoyan, mientras sacan unos colchones mojados que deben pesar lo mismo que un tsuru sedán.
En fin, aparentemente vivimos en la paradoja milenaria de una ciudad que se inunda porque pasó la mosca mientras en Iztapalapa reciben agua por medio del tandeo cada que Dios quiere, yo, que soy ejemplarmente pendejo para estas cuestiones, no entiendo la razón por la cual a nadie se le ha ocurrido recolectar estos diluvios y utilizarlos de nuevo, pero ello se debe esencialmente a que mi capacidad analítica desfallece cuando no hay luz, evento que ocurrirá en exactamente medio minuto, así que salvaré esta colaboración mientras me despido de usted.
Muy bien, no pienso discutir con esta nube de idiotas lo que es evidente día a día. Hoy que prendí la televisión me encontré a una viejita arrastrada en una especie de colchoneta inflable surcando las aguas del Támesis, nomás que en la ciudad de Oxford. Acto seguido me enteré que en China Nuevo León (un nombre misterioso) el agua se les metió a traición en las viviendas y dejó salas y comedores oliendo a albañal. Luego fui el mudo testigo de que en La Paz Bolivia cayó una nevada inédita. En este caso, las imágenes nos mostraban a un señor con alma de niño, es decir un mamonazo, que hacía piruetas con un copo de nieve en la cabeza y a una niña que descerebraba a su probable padre de un bolazo en el parietal. La última nota era de unos señores turcos que estaban tomando helado mientras el locutor anunciaba que las temperaturas oscilaban (¿por qué dicen “oscilaban”?) en los 41 grados.
Sin embargo, estas escenas no se comparan en lo más mínimo con las que uno vive en carne propia en esta noble y leal ciudad de México cada que cae el agua como ha caído en fechas recientes. Mi casa por ejemplo, es un espacio en el que los conceptos H2O y electricidad son profundamente excluyentes. Nomás veo la primera gota y me apresuro a salvar la información de la computadora, sacar las velas y ponerme unas botas ridículas pero eficaces. Acto seguido se va la luz por medio minuto, regresa para luego abandonarme de manera definitiva las siguientes dos horas. En ese momento me trato de imaginar esperanzado a un señor de luz y fuerza luchando contra la furia de los elementos mientras intenta reconectar el cable de mi casa y luego me quedo dormido.
Los capitalinos enfrentamos las lluvias con la misma resignación que lo señores que viven en Kansas los tornados que se llevan sus casas con rumbo a la chingada. Cuando empieza la temporada salen como hormigas unos señores con iniciativa comercial que venden paraguas de a diez pesos y que tiene la particularidad de desfondarse al primer embate. Otros siguen una técnica sorprendente ya que empiezan a correr por lo que supongo que ellos suponen que así se mojarán menos. Otra extravagancia hidráulica es la de poner la palma de la mano extendida hacia el cielo para determinar si está lloviendo lo que muestra que en materia de iniciativa nuestra raza mexica es incomparable.
En el Distrito Federal las aguas acarrean desgracias múltiples, dentro de las más señaladas está la caída de unos eucaliptos así de grandes que normalmente hacen mierda un auto vacío o el tinaco de la casa del vecino en el mejor de los casos. También se puede apreciar el prodigio de una coladera que se convierte –paradoja de paradojas- en fuente que lanza al aire un chorro de agua aderezado con lo que los clásicos llaman “coliformes fecales” que no son otra cosa que caca Finalmente las imágenes televisivas nos presentan ad nauseaum a gente menesterosa que lo ha perdido todo y que se queja de que las autoridades no los apoyan, mientras sacan unos colchones mojados que deben pesar lo mismo que un tsuru sedán.
En fin, aparentemente vivimos en la paradoja milenaria de una ciudad que se inunda porque pasó la mosca mientras en Iztapalapa reciben agua por medio del tandeo cada que Dios quiere, yo, que soy ejemplarmente pendejo para estas cuestiones, no entiendo la razón por la cual a nadie se le ha ocurrido recolectar estos diluvios y utilizarlos de nuevo, pero ello se debe esencialmente a que mi capacidad analítica desfallece cuando no hay luz, evento que ocurrirá en exactamente medio minuto, así que salvaré esta colaboración mientras me despido de usted.
miércoles, 6 de enero de 2010
Dios mío (El Financiero 2004)
He dicho ya en muchas ocasiones que soy un televidente con cierto grado de adicción. Normalmente en la noche me despatarro en la cama y empieza la titánica labor de hallar algo interesante y digo titánica porque entre las variadas opciones se cuentan programas en que un grupo de imbéciles corretean a los famosos para exasperarlos, hay otro donde pasan películas de la India María y está también el canal del congreso, que es tan ameno como una charla con mi tía Eustaquia.
De hecho el otro día se me fue el sueño pues sintonicé un programa conducido por Jorge Ortiz de Pinedo en el que se simula una escuela y todos hablan como idiotas mientras se dan reglazos. Mi conclusión es que no tenemos remedio, cosa que confirmé cuando el señor De Pinedo declaró muy orgulloso que es una especie de pionero de la comedia mexicana y tiene muy altos puntos de rating.
Dentro del ramillete de opciones se cuenta big brother, esa madre diseñada por un hombre que considero imbécil y que por pura paradoja parece que es listísimo. Porque hay que ser listo para diseñar el programa y luego forrarse de millones a costa de la avidez voyeurista de la gente bruta. De hecho, me entero que el fenómeno es global y que la réplica de esta porquería pasa en varios países lo que nos muestra que la estupidez es un bien compartido sin distinción de nacionalidades ni credos.
El formato del programa es notable; se meten diez o doce personas en una casa a huevonear y de cuando en cuando pasar pruebas diseñadas por el doctor Mengele, consistentes en meterse en un coche o tirarse al agua en calzones. Entiendo que la primera prueba que tuvieron que pasar fue la de “acampar” mientras eran maltratados por un señor que es militar, supongo que se necesita ser idiota para aceptar una cosa así, pero el hecho es que todos se disfrazaron de soldados y aceptaron gustosos el reto.
La idea se complementa con hacer que personajes “famosos” (en su casa los conocen) sean los protagonistas. Entonces uno puede ver cosas tan interesantes como a un señor lavándose los dientes, otro que se asolea en una hamaca o a un grupo de viejas chotas discutiendo si las inyecciones en los labios son o no peligrosas.
El elenco es escogido supongo que siguiendo un criterio de interés público; siempre hay una o dos buenonas que enseñan el chicharrón, hay galanes de torso inapelable, dos o tres señores que se supone son cómicos y algún personaje misceláneo que nadie conoce y que invariablemente es el primero en salir.
Es cuestión de tiempo para que la cosa se ponga grotesca, las buenonas a los tres días ya parecen las mamás del muerto porque se dejaron de acicalar, los galanes se ponen de un humor de la tiznada y los pleitos arrecian por asuntos profundísimos, en los que los protagonistas nos muestran un montón de cosas, la más conspicua es que no acabaron la primaria.
Vienen las nominaciones y el grupo empieza ser reducido como en la canción de los perritos. La gente idiota habla para evitar que salga su favorito y los expulsados siempre salen con muy buena cara a recibir la derrota como si les diera un gusto enorme. En la ceremonia alusiva son recibidos por los seres queridos y lloran generando un espectáculo muy emotivo y por demás lamentable.
En la última versión se ha armado la polémica porque el señor Kahwagi, diputado federal y líder del partido verde en la cámara decidió entrar. A mí el asunto no me produce ninguna estupefacción y sí por el contrario me parece normal y congruente. Lo que me parecería extraordinario es que el diputado ofreciera una sola idea en el ámbito legislativo, es por ello que considero muy adecuada su decisión de entrar a la casa. Ello tiene la ventaja de que así evito escucharlo o verlo durante unas semanitas con la sola técnica de apagar la televisión y ello nunca dejaré de agradecerlo.
De hecho el otro día se me fue el sueño pues sintonicé un programa conducido por Jorge Ortiz de Pinedo en el que se simula una escuela y todos hablan como idiotas mientras se dan reglazos. Mi conclusión es que no tenemos remedio, cosa que confirmé cuando el señor De Pinedo declaró muy orgulloso que es una especie de pionero de la comedia mexicana y tiene muy altos puntos de rating.
Dentro del ramillete de opciones se cuenta big brother, esa madre diseñada por un hombre que considero imbécil y que por pura paradoja parece que es listísimo. Porque hay que ser listo para diseñar el programa y luego forrarse de millones a costa de la avidez voyeurista de la gente bruta. De hecho, me entero que el fenómeno es global y que la réplica de esta porquería pasa en varios países lo que nos muestra que la estupidez es un bien compartido sin distinción de nacionalidades ni credos.
El formato del programa es notable; se meten diez o doce personas en una casa a huevonear y de cuando en cuando pasar pruebas diseñadas por el doctor Mengele, consistentes en meterse en un coche o tirarse al agua en calzones. Entiendo que la primera prueba que tuvieron que pasar fue la de “acampar” mientras eran maltratados por un señor que es militar, supongo que se necesita ser idiota para aceptar una cosa así, pero el hecho es que todos se disfrazaron de soldados y aceptaron gustosos el reto.
La idea se complementa con hacer que personajes “famosos” (en su casa los conocen) sean los protagonistas. Entonces uno puede ver cosas tan interesantes como a un señor lavándose los dientes, otro que se asolea en una hamaca o a un grupo de viejas chotas discutiendo si las inyecciones en los labios son o no peligrosas.
El elenco es escogido supongo que siguiendo un criterio de interés público; siempre hay una o dos buenonas que enseñan el chicharrón, hay galanes de torso inapelable, dos o tres señores que se supone son cómicos y algún personaje misceláneo que nadie conoce y que invariablemente es el primero en salir.
Es cuestión de tiempo para que la cosa se ponga grotesca, las buenonas a los tres días ya parecen las mamás del muerto porque se dejaron de acicalar, los galanes se ponen de un humor de la tiznada y los pleitos arrecian por asuntos profundísimos, en los que los protagonistas nos muestran un montón de cosas, la más conspicua es que no acabaron la primaria.
Vienen las nominaciones y el grupo empieza ser reducido como en la canción de los perritos. La gente idiota habla para evitar que salga su favorito y los expulsados siempre salen con muy buena cara a recibir la derrota como si les diera un gusto enorme. En la ceremonia alusiva son recibidos por los seres queridos y lloran generando un espectáculo muy emotivo y por demás lamentable.
En la última versión se ha armado la polémica porque el señor Kahwagi, diputado federal y líder del partido verde en la cámara decidió entrar. A mí el asunto no me produce ninguna estupefacción y sí por el contrario me parece normal y congruente. Lo que me parecería extraordinario es que el diputado ofreciera una sola idea en el ámbito legislativo, es por ello que considero muy adecuada su decisión de entrar a la casa. Ello tiene la ventaja de que así evito escucharlo o verlo durante unas semanitas con la sola técnica de apagar la televisión y ello nunca dejaré de agradecerlo.
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