jueves, 19 de noviembre de 2009

De relojes (El Financiero 2003)

El reloj es un aparato francamente útil que ha sufrido muchas modificaciones a lo largo de su historia. Los antiguos utilizaban artefactos de arena, agua o de sol con los que veían pasar las horas. Luego se crearon artilugios mecánicos llenos de poleas y engranes que eran activados por el hombre fuerte del circo. Más tarde surgieron los relojes individuales que la gente traía colgados y a los que era menester dar cuerda por medio de una palanquita.
Mi primer reloj fue regalo de un tío y duró en mi muñeca exactamente tres días ya que al cuarto, un servidor tuvo a bien subirse a unos patines de ruedas que me llevaron con rumbo preciso a una coladera en la que dejé el codo derecho y mi recién adquirida máquina del tiempo hecha literalmente mierda.
Hoy en día los relojes han cambiado mucho y uno puede perfectamente adivinar la personalidad de cualquier individuo en función del tipo de aparato que posee. En principio el reloj, además de medir el paso de las horas, se ha vuelto un símbolo social que manda mensajes acerca de las capacidades de la gente. Considerando que uno puede encontrar precios que varían entre los cincuenta y los cien mil pesos, es evidente que hay mucho margen para maniobrar. La gente austera, aquella que no cree en los mensajes del consumo, se compra un reloj simple y con el sale a la calle, cuando el reloj se descompone compra otro y santas pascuas. La gente bruta, en cambio, se deja seducir por las marcas y las filigranas relojeras de manera fascinante.
Están, por ejemplo los deportistas, uno puede ver que los anuncios de relojes dirigidos a este gremio presentan invariablemente a una persona que está en el culo del mundo pasándolo francamente mal. Uno puede ver por ejemplo a un señor que se llama Lars Svjentrugen al cual se le aprecia la nariz helada a través de un hoyo que tiene en su anorak mientras maneja un trineo conducido por perros. El anuncio se acompaña por un mensaje del tipo: “cuando las temperaturas llegan a los cuarenta grados bajo cero, solo puedo confiar en mi...” y aquí la marca del reloj. Lo sorprendente es que después de leer el anuncio una nube de hombres urbanos cuyo contacto con las bajas temperaturas se limita al momento de sacar del congelador los hielos del wisqui, salgan en manada a adquirir el item con el fin de lucirlo en la calzada Camarones mientras manejan su auto. Lo mismo ocurre con aquellos relojes que soportan una profundidad de doscientos metros bajo el agua y que algún idiota adquiere pensando en quién sabe qué cosas (probablemente en que su barco se hunda y pueda alcanzar a ver la hora en la que se fue de este mundo).
Por otro lado están los relojes ejecutivos que porta la gente importante y que valen más que mis malos pensamientos. Estos artefactos son de materiales como el oro macizo o el platino y pesan lo mismo que una cría de marmota. Dentro de la interesantísima información que nos aportan se cuenta con la hora en Shangai o el ciclo lunar (imaginarme en una reunión preguntando cuando va a darse la luna nueva.). Por supuesto este es el tipo de reloj que permite a los malvivientes amputarle la mano a un pobre señor que ignoro si con muchos trabajos adquirió un sello de distinción social.
De pronto se han puesto de moda relojes “casuales”, estos son de colores pastel y pueden producir desprendimiento de retina si uno los ve fijamente por más de cinco segundos. Estos son adecuados para gente que quiere lucir joven y atrevida, el problema es que los diseños son tan modernos que es imposible ver la hora porque el 4 es acromegálico y el 12 se movió de su lugar.
En fin, el asunto de los relojes nos permite discernir las taras y manías de la gente, es por ello que si usted quiere conocer la personalidad de alguien no lo vea fijamente, nomás analice su reloj y tome decisiones acerca de su futuro basado en instrumentos confiables y no en vacilones psicoanalíticos que están cargados de riesgos e incertidumbres. Pos sus relojes los conoceréis.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Fiebre de celulares (El Financiero 2008)

Hace unos días me fui de viaje y cuando llegué al aeropuerto, lo primero que se me ocurrió fue prender mi teléfono celular que me había llevado a pasear debido esencialmente a que soy un imbécil. Nunca lo hubiera hecho; el aparato empezó a vibrar de manera horrible y me di cuenta horrorizado que los tres días que había abandonado la ciudad eran el tiempo suficiente para tener en el buzón veintidós mensajes de voz que eran imposibles de ubicar taxonómicamente y que escuché durante todo el camino a mi casa mientras el taxista me veía la cara de agobio. En primerísimo lugar estaban los seis recados de una querida amiga que evidentemente no sabía de mi viaje. Lo notable es que los mensajes lograban un aumento de indignación que solo he visto en las películas de Drácula o en las de conciencia social cuando los explotados se dan cuenta que lo son y arman la revolución. El primero por ejemplo era inocuo y decía: “Hola…¿dónde andas? Comunícate” Ya para el tercero había cierta ira contenida : “¿Qué no escuchas tus mensajes?¡¡”. Por supuesto el sexto me adjetivaba como mamón e hijo de la chingada y me pedía amablemente que no la llamara más.
La segunda categoría de mensajes se referían a promociones o adeudos. En un primer caso se me ofrecía sin costo alguno la oportunidad de viajar al Caribe, lo único que tenía que hacer era asistir a una presentación de algo que no entendí bien si eran tiempos compartidos o departamentos de interés social. Otra llamada era de una señorita que representa telefónicamente la escuela de mi hija, el mensaje era siniestro y me anunciaba que dado que no he pagado la colegiatura desde el mes de noviembre la reinscripción de la niña María se encontraba en riesgo. El tono por supuesto era de “ya ni chinga señor Guillén”. Me quedé muy desconcertado ya que entonces no tuve claro a quien carajo le había pagado la colegiatura desde un tiempo tan lejano. Si a paletas la Michoacana o a Parri pollos Fer. Entonces descubrí con cierta sorpresa que las normas administrativas del multicitado centro escolar fueron diseñadas seguramente por el que cuida a las marmotas en el zoológico ya que una vez que uno paga, debe demostrar que lo hizo llevando el comprobante a la escuela cosa que solo a un imbécil (que en este caso excepcional no soy yo) se le ocurriría.
También había mensajes institucionales, esos eran los más divertidos ya que una señorita de voz engolada decía: “El licenciado Fulanito de tal tiene interés en platicar con usted y le ruega que se reporte al número sutanito de tal”. Considerando que yo en mi vida he visto a Fulanito ni siquiera o he oído hablar de él, es que me encontré en una posición francamente paranoica en la que asumí que en ese momento estaban embargando los excusados de mi casa.
Cuando terminé exhausto de escuchar el último mensaje me quedé pensando que tenía una agenda compleja al día siguiente. Debía desagraviar a mi amiga, explicarle a la escuela que no era un moroso, sino ellos unos inútiles y encerrarme con llave en caso de que llegara el abogado con los notarios a desalojarme.
Evidentemente la razón de este desmadre se la debemos al idiota que inventó el teléfono celular y seguramente se quedó muy satisfecho de su idea. No tengo nada en contra de que la gente se comunique, pero sí lo tengo cuando lo hacen conmigo para hablar imbecilidades del tipo “¿Te agarré comiendo?” En el momento que uno trae medio kilo de aguayón en la boca. Tampoco me da la gana tener que andar dando explicaciones que se demandan de inmediato y llenas de paranoia cuando uno no contesta porque estaba en el baño, el cine o simplemente dormido.
Ya la gente en estos tiempos no pide la dirección y el teléfono, sino el correo y el celular y uno los proporciona como si todo fuera muy normal. Lo anterior me parece un retroceso inconmensurable pera ya se sabe, lo he dicho hasta la saciedad, que soy un simple mutante que no entiende los tiempos que le han tocado vivir.

martes, 17 de noviembre de 2009

Compras electrónicas (El Financiero 2008)

Me levanto temprano por algún misterio horario ya que siempre he desconfiado de la gente que despierta al rayo del sol con actitud positiva. Accedo a la página electrónica de mexicana de aviación con el fin de comprar boletos para un viaje de los niños María y Frijol. El instrumento cibernético parece haber sido diseñado por Torquemada y con un penoso esfuerzo llego finalmente al momento en que se me indica que puedo comprar los boletos; contengo el aliento y pulso trémulo la tecla esperando una explosión o el llamado de Dios…no pasa absolutamente nada, la máquina se me queda viendo con pantalla de: “eres un imbécil”.
Llamo a la compañía y espero siete minutos hasta poder intercambiar palabras con un ser vivo, él me indica que me va a transferir a “sistemas”, lo hace y entonces otro señor me pregunta acerca de lo que pasó, le explico y replica que no entiende bien, pero que sugiere una reservación y que hable a mi banco a ver si no me han cobrado unos boletos que no he podido comprar. Reservo y obtengo una clave muy parecida a la matricula de un submarino ecuatoriano con la cual me quedo tranquilo. Salgo de mi casa a cobrar un cheque y pasó a Plaza Inn con el fin de comprar los boletos amparados por mi reservación. La señorita me mira compasivamente y me explica que ella no me puede vender los boletos porque “son sistemas diferentes” y que si los adquiero ahí costarán dos mil pesos más caros, por lo que me sugiere que regrese a casa y lo vuelva a intentar. Entiendo de inmediato que esta orientación hacia las compras en línea tiene que ver con el deseo de las grandes compañías de pagarle dinero a un ingeniero en sistemas y no a veinte señoritas que lo atiendan a uno. Vuelvo a casa e inicio el trabajoso proceso de nuevo, a esas alturas los ojos se me empieza a desviar y escucho voces. Nuevamente el sistema se me queda viendo triunfante por lo que repito la llamada. Cada vez toma más tiempo mi explicación, esta vez a un señor que me dice que “pedirá autorización para que pueda adquirir los boletos por la vía telefónica”, por lo que me sugiere llamar en media hora. Así lo hago y me contesta un viejito que dice “procederemos a la compra por teléfono”. Acto seguido me pregunta por datos personales que ni yo mismo sé, pero avanzamos con la misma claridad que Austria en la Eurocopa, llega el momento culminante y el dice “no”. “¿No qué?” pregunto con la precisa sensación de que ya valió madre. “su banco no autoriza el cargo”.
Muy bien, es la guerra, hablo al banco siguiendo el mismo proceso desmoralizante de escuchar opciones que me valen madre. El señor que me atiende dice que no hay problema que es cuestión de los de mexicana. Vuelvo a marcar con el dedo y la oreja morados y ahora una señorita me dice que “no tienen registrado ningún intento de pago” lo que me deja con la fúnebre sensación de que el viejito es un fantasma y mi abuso del alcohol está cobrando cuentas. De cualquier manera repetimos el procedimiento con idénticos resultados: el banco no autoriza. Hablo al banco con lágrimas en los ojos, contesta una señorita que encomia mi capacidad de pago, dice que todo es un error, pero no me ofrece ninguna alternativa más que llamar nuevamente a mexicana. En ese momento me encuentro en posición fetal con el dedo pulgar en la boca ya muy derrotado. Entablo el intento y ahora espero tan solo treinta y dos minutos en la línea. Finalmente la señorita me dice: “hay señor que pena que lo hice esperar pero ya están sus boletos, hablamos al banco y autorizaron el pago”
Cuelgo el teléfono seis horas después de iniciado el trámite con la creciente sensación de que la vida moderna se ha hecho para gente apta, capaz de esperarlo todo y dispuesta a transitar por los misteriosos senderos de la compra en línea, las llamadas interminables a una grabación y la paciencia del Job…por supuesto mi plumaje no es de esos, ni lo será jamás.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Señales cinematográficas (El Financiero 1998)

Si establecemos la razonable suposición de que una persona promedio observa tres películas por semana, que la edad en la que uno inicia esta actividad son los dos años (tengo hijos que ofrezco como evidencia científica) y que uno concluye a los setenta porque ya las cataratas o la hueva así lo determinan, bastará un cálculo muy elemental para establecer que son más de diez mil películas las que se miran (cinco mil en el caso de que la fuente sea el canal dos que estrenó su última película en 1958). Ello supone algo así como tres años de nuestra vida sentados en una butaca comiendo palomitas o gaznates. Por todo lo anterior considero que el asunto merece nuestra atención.
Uno de los principales problemas que tienen las películas es que duran dos horas y el reto es que en ese tiempo quepan cosas como la historia del mundo o la vida inútil de Pito Pérez. Es por ello que existen señales -que podríamos llamar figurativas- en el lenguaje cinematográfico, cuya misión es abreviar lo abreviable o prepararnos para lo peor. Uno sabe por ejemplo que si ya pasó hora y media y de pronto el protagonista va haciéndose chiquito en un coche que avanza por una carretera recta que llega hasta la chingada la película terminó.
Otra señal inequívoca es la del close up de algo que no tiene nada que ver con nada, como un pisapapeles o el kimono de la heroína. En este caso uno podría suponer que el director es idiota o que debajo del pisapapeles se encuentra el mapa del tesoro. Hija de la misma idea es la escena que enfoca una verja con piquitos mientras dos señores se mediomatan. El sentido de tal toma será claro cuando el villano (que por algún misterio a pesar de estar más fuerte invariablemente es madreado) atraviese el piquito con el esternón después de un puñetazo salvaje.
En las películas de terror está claro, por ejemplo, que si hay un grupo y a alguien se le ocurre hacer pipí, se lo va a chupar la bruja atrás de un árbol. Lo mismo ocurre cuando una pareja decide conocerse en el sentido bíblico en la intimidad de su coche. En todos los casos donde hay monstruos los actores harán cosas extravagantes, como meterse a una casa que no conocen a las dos de la mañana o andar abriendo ataúdes que rechinan.
Una opción paradigmática es la del veterano de alguna guerra que se pasa todo el día evocando las acciones de batalla en los lugares más extraños. Si va en el metro cierra los ojos y se acuerda del día que lo torturaron los japoneses. Sin embargo, lo recomendable es que vaya piloteando un avión que se está cayendo. Otra es la del malo que es tan bruto que no se da cuenta que si ya agarró al bueno y le tiene tanta tirria, bastaría con darle un balazo en lugar de amarrarlo con cadenas en un foso que se llena de agua y narrarle su proyecto para conquistar el mundo.
En los códigos del cine si un tipo guapo pero tranquilo llega a tomarse una copa a un lugar que no conoce, seguramente se le van a aventar tres con pinta de animales (generalmente con camisetas sin mangas y sudados) a los que madreará con golpes que nunca se ven en las riñas de taxistas. También en los códigos de cine, si una mujer mira fijamente es que se quiere ir a la cama y si un hombre se ríe para sus adentro después de colgar el teléfono, de seguro es un villanazo.
También está claro que el tipo nervioso con una pistola que grita cosas como “¡que nadie se acerque!”, bajará el arma después de que el héroe (que es el único idiota que habla con un loco armado) lo convenza de que aún es tiempo de no cometer locuras. En las escenas de cama la sábana siempre se acomoda de tal manera que a la mujer se le ve nomás el cuello, pero al hombre todo el torso desnudo y lleno de pelos (como si sospecharan que los estamos viendo).
Códigos

viernes, 13 de noviembre de 2009

Luminodependencia (El Financiero 2007)

Lunes 11:30 a.m..- Escribo un artículo y de pronto ¡paf! Se va la luz. Acostumbrado a vivir en una zona en la que me quedo a oscuras cada que alguien estornuda, miro al techo y espero un milagro. Pasa una hora, me levanto y veo que en el buzón hay una atenta nota que me informa amablemente sobre el corte del suministro eléctrico. Hablo con mi asistente quien me informa que pagó hace una semana y me da el recibo en prueba, mismo con el que me dirijo a luz y fuerza con cara de agravio.
En la sucursal Obregón hay dos opciones, la primera es desmoralizante; se saca una ficha como las de salchichonería del superama que puede ser la 370 (en ése momento se atiende al cliente insatisfecho número 120) y una turba se encuentra sentada emulando la terminal de camiones de Tejupilco el Chico. La segunda opción consiste en formarse en otra fila y llegar a una ventanilla. Me tocó en suerte la señorita Miryam. Una mujer que no tiene sangre en las venas, le expliqué, me miró como se mira a un ave del trópico y dijo “mañana lo reconectan”. Casi le beso los pies, pero nos separaba un vidrio blindado así que me fui a mi casa a leer con velas.
Martes 8:00 p.m..- Mientras prendía las velas reflexioné sobre mi alta dosis de imbecilidad ya que pasé todo el día esperando la camioneta, como los huicholes a las lluvias. Por supuesto no llegó y decidí sacar una botella para embriagarme en la penumbra de la noche.
Miércoles 8:10 a.m..- Llego con la señorita Miryam, me pide que espere a que atienda al resto de la cola que va a pagar. Le pregunto si me recuerda y pone cara de nada, en su descargo debo admitir que mi aspecto se ha modificado; traigo ojeras, baba en las comisuras y una quemadura de segundo grado en los pelos del antebrazo producida por cera de vela. “No sabría decirle” –espeta- y seguramente se arrepiente ya que pongo muy mala cara, entra a una covacha, sale y me informa triunfal que ahora sí “hoy lo reconectan, ya está la orden”. Esta vez decidí salir todo el día con la esperanza de que se hiciera la luz, por supuesto no fue así. Cuando llegué a mi hogar, prendí las velas, asumí posición fetal y empecé a rezar una Magnífica.
Jueves 8:00 a.m..- Del refrigerador empiezan a salir emanaciones tóxicas, lo abro con un tapabocas y me encuentro con un cuarto de kilo de jamón que murió después de muerto y un frasco de yogurt que produce unas burbujas sospechosas, por lo que lo envío al Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares en sobre cerrado. Llego a las 8:30 al estacionamiento y el señor que da los boletos ya me mira como a un viejo amigo. Miryam no se presentó a trabajar y soy atendido por uno de barbita que va por un papel, me muestra la dirección en la que vivo y me dice “hoy sin falta”. Por supuesto cuando llego en la noche la luz no ha regresado pero ya nada me arredra y empiezo a planear una venganza, el problema es que no se me ocurre nada.
Viernes 8:10 a.m..- Las cosas se complican; no solo no está Miryam, esta vez tampoco el de barbita. El único cajero –un joven de cachucha- estudió con los marines y me manda a sacar una ficha, es la 322. Regreso con él con mirada suplicante y dice “a la vuelta están los de las camionetas, a lo mejor le ayudan”. Marco el teléfono de esa sucursal desde mi agonizante celular y me atiende la secretaria del gerente, me indica que toque una puerta. Se trata de un bunker en el que se mira con cristales de una sola vía a la ciudadanía descontenta. La señorita me informa que hoy pasarán a reconectarme, pero seguramente pongo cara de duda metódica por lo que me tranquiliza: “ya el gerente dio la orden” Argumento que eso mismo me dijeron el martes y responde con una joya; “Si, pero ahora sí dio la orden”.
Salgo tambaleante y le cuento a una amistad quien me remata “eres un pendejo, le hubieras dado lana a los de la camioneta”.
En fin, no sé que pasará pero de cualquier manera aprovecho para decirle al señor director de luz y fuerza, que su servicio –dicho sea con todo respeto- apesta.