viernes, 4 de septiembre de 2009

Nominalmente (El Financiero 1996)

La trascendencia de los hombres (y las mujeres) ha sido medida con distintas varas desde que la historia es historia; en la Edad Media supongo que alguien podía aspirar a este valor porque conservaba todos los dientes a los treinta años. Entre los cristianos el asunto de la trascendencia se ha evaluado a través de un comportamiento impecable y un destino funesto, como ser quemado con leña verde o pasar a mejor vida devorado por una nube de hormigas entre los gritos de aborígenes que se negaron a ser catequizados. Los hare krishnas deben trascender de acuerdo con el número de corcholatas que golpean con las puntas de los dedos en los aeropuertos... y así nos seguimos.

Actualmente los criterios de trascendencia son confusos: uno puede aspirar al recuerdo de sus congéneres por la notable capacidad de tirar una pelota que va hecha la chingada; por escribir una obra maestra sobre el amor o simplemente en base a una propuesta escénica donde los protagonistas se lanzan huevazos mientras gritan: "¡La imaginación al poder!".

Los que nacimos para pelagatos, sin embargo, debemos conformarnos con criterios más elementales de trascendencia. La sabiduría popular recomienda la mamadencia ésa de escribir libros, plantar árboles o llenarnos de críos. De las tres consignas me preocupa profundamente el asunto del árbol, ya que no veo cómo los misteriosos caminos del Señor me enfrenten jamás con un prado verde, una pala y un pirul, y si esto llegar a suceder tampoco veo cómo se me antojaría hacer un hoyo en el suelo en lugar de tumbarme en él.

Con los hijos es otro cantar; ya he contado en este espacio la historia de María, ese pequeño pedazo de energía que me patea en las noches y que el jueves casi me deja tuerto mientras comía "frijolitos". Ahora María tendrá un hermano que si todo sale bien nacerá en el mes de mayo.

Decía Borges que decía no sé quién: los espejos y las cópulas son abominables, porque multiplican el número de los hombres". La cita --repugnante por cierto-- está bien para Borges pero no para un padre angustiado que ve venir a un hijo como se ve venir un meteorito. Por supuesto dentro de las cargas que se suman a los hombros destaca la decisión del nombre: "Fedro" propuse desde que me casé. Sin embargo, he recibido una multitud de comentarios (algunos sutiles y otros no) en los que se manifiesta que sólo alguien muy imbécil o de plano pendejo podrá cometer (así dicen: "cometer") semejante monstruosidad con un niño pequeñito e indefenso que no tiene que sufrir las inseguridades de su padre. Por supuesto ignoré los comentarios... pero de dientes para afuera, ya que al poco tiempo dejé de dormir mientras soñaba que era apuñalado por mi propio hijo que en la mano blandía un acta de nacimiento. Ante la cochina duda decidí ir a Sanborns y comprar el libro "Nombres para el bebé" de Salvador Salazar. El texto es notable desde varios puntos de vista: primero por un epígrafe que dice a la letra "Para un niño es lo mismo llamarse Ciriaco, Cirilo, Casiano o Espiridión; pero no lo es ni para un joven ni para un adulto". Madres --pensé-- he ahí una verdad del tamaño de una casa y mis dudas se acrecentaron (lo mismo que mis pesadillas). A continuación me dispuse a hojear el libro y encontré el primer nombre "Aban", que según Salazar era un genio benéfico (que desde luego no tenía otro remedio que ser bueno con ese pinche nombre); "Abujajía" era nada menos que la tercera opción. Suspiré y seguí leyendo: "Batimona" (una divinidad que comía sesos); Huixtocíhuatl (un compatriota); Restituto (un mártir); Estaquis (un cristiano íntimo de Pablo el apóstol); Sucha (el dios andino del trago); ¿Fedro? Por ningún lado.

Al final de la lectura me dominaron dos sensaciones; la primera es que ni borracho me hubiera dado a la tarea que tan cumplidamente se enfrentó el autor. La segunda es que el nombre estaba decidido (que Dios y Abujajía me amparen)... cosas de la trascendencia.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Envejecimiento inexplicable (El Financiero 2006)

Exactamente el lunes 23 de enero de 1995 escribí estas líneas: “la gente que llega a mi edad se vuelve un poco patética. Hace pocos días uno de mis amigos más queridos me contó con enorme preocupación que estaba perdiendo pelo. Para resolver su problema tomó la extraordinaria decisión de untarse algo equivalente a la placenta de camello antes de acostarse, tal estrategia ha sido una fuente de desgracias ya que, por un lado, su mujer se rehúsa a cohabitar con alguien que huele a boñiga de vaca y por otro, el ungüento vale más que lo que costaría mandarse a hacer un bisoñé "con pelo de camello auténtico”. Bastaría hacer una cuenta elemental para estimar que desde esa remota fecha han pasado 11 años y sí asumimos que el crecimiento del patetismo geriátrico es exponencial podemos concluir que la cosa está de la mismísima madre.
El otro día me levanté de la cama después de una noche de excesos y me dirigí con un paso, que solo he visto en la tortuga galápago, rumbo al baño. En la puerta debido a un toque exquisito de diseño, hay un espejo de cuerpo entero que tiene la propiedad notable de magnificar cualquier pecado. La imagen que me devolvió era la de un viejito al que no tengo el gusto de conocer pero con cara de artista, concretamente de Nosferatu el vampiro alemán. Llegué a la dolorosa conclusión que la edad se me había venido encima entre las 3 y las 9 de la mañana y me quedé muy deprimido ante tal acontecimiento.
Bien, retomo las líneas iniciales: la gente que llega a mi edad se vuelve un poco patética y tengo elementos múltiples para pensar que este fenómeno se ha agravado con creces, permítame, querido lector ofrecer mi evidencia.
Un primer factor se relaciona con lo que los clásicos llaman “viejos verdes” que no son otra cosa que señores de edad que consideran razonable pensar que una joven de veinte años quedará seducida por su papada. Normalmente estos ejemplares tienen miradas lúbricas y coquetean siguiendo una estrategia que a mí me causa mucha vergüenza. La semana pasada comí con un amigo que dedicó la mitad de nuestro encuentro a buscar a un par de mujeres “para levantar”, le expliqué pacientemente que la idea no solo me parecía imbécil sino completamente suicida ya que el lugar en el que nos encontramos va dirigido a gente joven y exitosa, condición que cumplíamos tan cabalmente como Prudencia Grifell. No le importó y siguiendo la ruta de su destino se dirigió a una mesa con un par de buenonas que lo miraron como se mira un tibor y lo dejaron hablando solo mientras yo buscaba las llaves de mi casa debajo de la mesa.
Una segunda condición de patetismo está basada en un principio que los terapeutas llaman “de negación”. La gente que envejece es tan idiota que considera sensato pensar que un coche deportivo elimina las arrugas o que vestirse como lo hace el grupo Molotov es un buen remedio contra la calvicie. Por supuesto los resultados son frecuentemente siniestros y lamentables. En el club al que asisto hay un señor que el otro día me ofreció una crema para el cutis. Muy sorprendido le pregunté la razón por la cual pensaba que me iba a untar esa madre “para que no se te vean las arrugas” –respondió- la segunda pregunta era obvia. ¿Qué misterio cerebral lo orientaba a razonar que yo no quería que se me vieran las arrugas? Me vio conmiserativamente y me dijo la frase que he escuchado con más frecuencia en mi vida “no entiendes”.
Me he dado cuenta de que mi vista ya no es la de antes, mis pulmones deben parecer tacos de chicharrón prensado y mi capacidad auditiva es comparable a la de Bethoven, por supuesto el asunto me parece una desgracia. Sin embargo, si el antídoto para este deterioro es salir a la calle con bisoñé o ponerme unos pantalones de roquero considero que ya valió madre por lo que me dispondré a vivir mi etapa de adulto en plenitud (léase anciano) con la debida dignidad rodeado de los nietos que tengan a bien darme la niña María y el niño Frijol. Que así sea.

Aclaro

Me explican los que saben (que siempre son abrumadora mayoría), la razón por la que uno debe interactuar; dar la cara vamos. Pues ya está, este texto es fresco como una lechuga, son las 12:10 y estoy ligeramente abrumado de ver a Juanito con una banda escalofriante en la frente, escuchar al presidente (con obvias minúsculas) dar un mensaje a la Nación con cara de esfuerzo. Saber que el delegado de Coyoacán (un inútil) no saca la chamba y, al final del día, darme cuenta que pase lo que pase, no va a pasar nada.
En fin...
FCG

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Maldiciones hidráulicas (Milenio 2007)

Leí con mucho azoro que un grupo de jovenazos con una capacidad cerebral equivalente a la de la podadora de pasto que hay en mi casa, se apersonaron en una inauguración de Marcelo Ebrard, le arrebataron el micrófono (imaginar jóvenes arrebatando micrófonos) y protestaron por la visita del señor Gore a nuestras tierras bajo el sorprendente argumento de que “el cambio climático es una falacia”.
Muy bien, no pienso discutir con esta nube de idiotas lo que es evidente día a día. Hoy que prendí la televisión me encontré a una viejita arrastrada en una especie de colchoneta inflable surcando las aguas del Támesis, nomás que en la ciudad de Oxford. Acto seguido me enteré que en China Nuevo León (un nombre misterioso) el agua se les metió a traición en las viviendas y dejó salas y comedores oliendo a albañal. Luego fui el mudo testigo de que en La Paz Bolivia cayó una nevada inédita. En este caso, las imágenes nos mostraban a un señor con alma de niño, es decir un mamonazo, que hacía piruetas con un copo de nieve en la cabeza y a una niña que descerebraba a su probable padre de un bolazo en el parietal. La última nota era de unos señores turcos que estaban tomando helado mientras el locutor anunciaba que las temperaturas oscilaban (¿por qué dicen “oscilaban”?) en los 41 grados.
Sin embargo, estas escenas no se comparan en lo más mínimo con las que uno vive en carne propia en esta noble y leal ciudad de México cada que cae el agua como ha caído en fechas recientes. Mi casa por ejemplo, es un espacio en el que los conceptos H2O y electricidad son profundamente excluyentes. Nomás veo la primera gota y me apresuro a salvar la información de la computadora, sacar las velas y ponerme unas botas ridículas pero eficaces. Acto seguido se va la luz por medio minuto, regresa para luego abandonarme de manera definitiva las siguientes dos horas. En ese momento me trato de imaginar esperanzado a un señor de luz y fuerza luchando contra la furia de los elementos mientras intenta reconectar el cable de mi casa y luego me quedo dormido.
Los capitalinos enfrentamos las lluvias con la misma resignación que lo señores que viven en Kansas los tornados que se llevan sus casas con rumbo a la chingada. Cuando empieza la temporada salen como hormigas unos señores con iniciativa comercial que venden paraguas de a diez pesos y que tiene la particularidad de desfondarse al primer embate. Otros siguen una técnica sorprendente ya que empiezan a correr por lo que supongo que ellos suponen que así se mojarán menos. Otra extravagancia hidráulica es la de poner la palma de la mano extendida hacia el cielo para determinar si está lloviendo lo que muestra que en materia de iniciativa nuestra raza mexica es incomparable.
En el Distrito Federal las aguas acarrean desgracias múltiples, dentro de las más señaladas está la caída de unos eucaliptos así de grandes que normalmente hacen mierda un auto vacío o el tinaco de la casa del vecino en el mejor de los casos. También se puede apreciar el prodigio de una coladera que se convierte –paradoja de paradojas- en fuente que lanza al aire un chorro de agua aderezado con lo que los clásicos llaman “coliformes fecales” que no son otra cosa que caca Finalmente las imágenes televisivas nos presentan ad nauseaum a gente menesterosa que lo ha perdido todo y que se queja de que las autoridades no los apoyan, mientras sacan unos colchones mojados que deben pesar lo mismo que un tsuru sedán.
En fin, aparentemente vivimos en la paradoja milenaria de una ciudad que se inunda porque pasó la mosca mientras en Iztapalapa reciben agua por medio del tandeo cada que Dios quiere, yo, que soy ejemplarmente pendejo para estas cuestiones, no entiendo la razón por la cual a nadie se le ha ocurrido recolectar estos diluvios y utilizarlos de nuevo, pero ello se debe esencialmente a que mi capacidad analítica desfallece cuando no hay luz, evento que ocurrirá en exactamente medio minuto, así que salvaré esta colaboración mientras me despido de usted.

martes, 1 de septiembre de 2009

De gente pequeña y afroamericanos (Milenio 2008)

Son malos tiempos para hablar claro, la última década nos ha traído una oleada de puritanismo y corrección política que se empieza a expandir como una plaga creciente e irremediable. Parecería que las viejas batallas de activistas combatientes que se enfrentaban con la policía montada se han transmutado en grupos de gente ociosa que vive pendiente de que se hable y se diga lo que la corrección política dicta y no lo que uno piensa. La primera vez que leí “tod@s”, por ejemplo, pensé que se trataba de una errata, pero me di cuenta de inmediato que solo un imbécil se equivocaría de tal manera dado que la “o” y la @ se encuentran en las antípodas del teclado. Mas tarde se me explicó, como se le explica a un idiota que nada entiende, que la razón de la arrova en la palabra era un intento ingeniosón por expresar sintéticamente “todos y todas” y entonces me quedé muy sorprendido de que hubiera gente con el tiempo y la paciencia suficiente para tales mamadencias.
Los paranoicos del mundo (que son una turba) normalmente asumen que absolutamente todo lo que ocurre, se dice o se hace, está diseñado para joderlos y entonces buscan signos de agravio con la misma obsesión que Colón a las Indias. Normalmente se empieza por el bulto y entonces se edulcoran los términos que supuestamente son las mayores ofensas en un ejercicio de cierto candor. El razonamiento es el siguiente: “Negro (a pesar de ser un bello color) es algo muy feo de decirle a una persona (no importa que sea negra) y es por ello que hay que buscar una palabra sin esta carga adjetiva”. Acto seguido alguien se devana los sesos y sugiere “afroamericano”, término que se extiende triunfante y se le aplica, por ejemplo, a un negro que nació en Holanda o en China y que nada tiene que ver con estos ajos. Lo mismo pasa ahora con las personas que sufren alguna enfermedad y que ahora se llaman “con capacidades diferentes”. Si bien el término es inapelable, también es cierto que es vago y confuso ya que no orienta en lo más mínimo acerca de lo que se quiere describir.
En esta avalancha los enanos se han convertido en “gente pequeña” y la cruz roja ahora ya no podrá ser cruz debido a las protestas de los no cristianos en el sentido de que simboliza el valor de una religión y no de todas. Asimismo los indios, a los que uno se imagina con penacho de pluma y un peto de huesos en el plexo solar han dejado de serlo para convertirse en “nativos americanos”, un término tan exacto que permite que en él quepan más de mil millones de personas, entres ellas usted y yo, querido lector…Ay que hueva.
Me imagino a los neólogos sentados en concilio alrededor de una mesa, muy serios y circunspectos y con una lista de palabras que deben ser modificadas para que nos entendamos mejor. Así por ejemplo alguien propone “albino” y todos acuerdan que es un término incorrecto y probablemente despectivo. Entonces el de mayor iniciativa propone “persona desmelanizada”, se vota y todos tan contentos. El caso más triste en este destino de corrección le corresponderá a Kal El, el legendario Superman, que próximamente será bautizado como Superperson, no sea que las feministas se nos vayan a molestar.
A quien lea en estás líneas alguna tentación machista le puedo informar que está equivocad@, es simplemente un llamado a la economía del lenguaje. Si todos nos ponemos a hablar como Fox vamos a tener que duplicar el tiempo invertido en las charlas, que ya es demasiado. Uno no puede ir por la vida diciendo “alumnas y alumnos” o “chiquillos y chiquillas” sin que se le desgaste la traquea. Para hacerla fácil sugiero que empecemos a hablar en femenino, así “ellas” albergará a hombres y mujeres, lo mismo que “bienvenidas”. Con esta simple modificación mataremos como quince pájaros de un tiro. Por un lado quienes alegan acerca del sexismo del lenguaje quedarán satisfechos, por otro, los neuróticos como yo que no entendemos estas imposturas de la vida moderna también lo haremos y entonces viviremos en feliz coincidencia todas y todos o lo que es lo mismo todo@s