En estos días vacacionales los niños Frijol y María (que son míos y no suyos, como dice la gente pendeja) han salido de vacaciones generándome envidia de la buena, porque cualquiera que no sea imbécil (ingenuamente pienso que no lo soy) sabe que es mejor descansar dos meses que tres días por año, como lo he hecho yo los últimos diez.
En fin, llegó la ceremonia de graduación en la que mi hija –que sale de primaria, no crea usted que del doctorado- me advirtió que no me vistiera como refugiado polaco, que es como habitualmente lo hago y me presenté con un conjunto primavera-verano y el pelo a rape a atestiguar emocionado el último día de la niña María. Aquello fue una prefiguración del infierno. Por principio de cuentas alguien con iniciativa pero no muy lúcido, decidió que era buena idea que todos los graduados echaran un discursito lo cual sería razonable si fueran cuatro niños pero en realidad eran como sesenta. Baste un cálculo elemental para entender que aquello resultó un martirio chino en el que escuché cosas como: “me voy pero me quedo” o “los llevo en mi corazón o nada porque había varios niños que no sabían leer. Debo decir sin tapujos que María se desempeñó con mucha sensatez y cuando todo terminó supuse que era el momento de pasar a retirarnos…que equivocado estaba.
Vinieron los premios, que si al esfuerzo, que si a la mamá del muerto y se nos fue otra limpia media hora en la que empecé a sufrir sudoraciones en la zona inguinal en medio del calorón y con mi traje de pelagatos. Acto seguido vino una misa de acción de gracias en la que (gracias a Dios, justamente) nos excusamos de participar dada la condición familiar agnóstica, por lo que nos fuimos a comer un helado.
El siguiente acto del aquelarre consistió en dirigirse al lugar donde sería la comida, una madre inmensa que parecía decorada por Elba Esther Gordillo. Al bajar del auto el señor que los estaciona me dijo “son sesenta pesos joven”. Parpadeé lentamente y traté de explicarle que el coche era mío y no quería pagar por su renta pero no hubo suerte así que entré con la sensación que tiene alguien que acaba de ser despojado y me dirigí a la mesa correspondiente. Me froté las manos y le pregunté al mesero acerca de las bebidas de carácter embriagante, esta vez el que parpadeó fue justamente él y me dijo “las que usted traiga”. En ese momento me di cuenta de que ya había valido madre dado que nadie me avisó de tal regla etílica por lo que pedí un wisqui, el mesero esta vez me explicó –didáctico- que solo vendían por botella y costaba ochocientos pesos. Cabe aclarar que mis vecinos de mesa eran dos señoras abstemias, un adolescente sin edad legal para beber y una pareja que sospeché eran cura y monja nomás que de corbata y vestido por lo que renuncié a la segunda idea y me tomé el vino de mesa que si venía incluido.
Esa tarde ocurrieron cosas notables, unos niños que imagino lectores de esta noble revista se pusieron a tocar rock logrando el milagro de que un mesero tirara el pan del puro susto al primer guitarrazo. Otra niña se colapsó a mitad de la sesión de video en medio de un ataque de algo indescifrable lo que me permitió escuchar por primera vez en la vida real la frase. “¿hay un médico en la sala?”.
Luego vinieron los sagrados alimentos que eran dignos de una demanda penal, el espagueti tenía la misma consistencia que los cartones que mete la gente que tiene hoyos en las suelas de los zapatos, la ensalada contenía un queso del que obtuve una muestra para enviarla al Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares y el postre contenía 18 567 calorías por ración por lo que varios estuvieron a punto de sufrir un coma diabético.
El final fue de antología, de pronto observé hacia las mesas de ruleta (insisto, había alguien con iniciativa) y vi al niño Frijol, poseído por el demonio del juego con los ojos inyectados y babeando algo verde, lo retiré de inmediato pensando en la imagen de Gustavo Ponce en el bote.
Salimos ligeramente vapuleados pero contentos por María (que sabe que la quiero y solo por eso me permito esta cursilería)
viernes, 21 de agosto de 2009
jueves, 20 de agosto de 2009
Dobladitas de cine (Milenio 2009)
“El doblaje es casi un pecado” ha declarado recientemente el maestro David Lynch, refiriéndose a la maldita costumbre que se tiene en algunos lugares del mundo de transmutar la voz original de algunos actores por algún modelo autóctono.
El caso más dramático que he vivido ocurrió en España, porque dramático es observar a Orson Welles hablando como Juan Lejido el de Los Churumbeles o a Harrison Ford sugiriéndole a un replicante que se “vaya a tomar por culo”. Esta costumbre ibérica –arcaica y premoderna- no ha podido ser superada, es por ello que si usted, querido lector tiene la oportunidad (“tiene la oportunidad” es imbécil) de viajar a la Madre Patria, le sugiero encarecidamente que se aleje del cine como uno se aleja de una plaga de langostas. Sin embargo, en México no nos quedamos atrás; durante años he escuchado el reiteradísimo argumento de que, en materia de doblaje somos como nadie. Pues bien lo anterior me parece una desgracia irremediable que, para fines analíticos puede ser dividida en dos categorías.
Por un lado se encuentra la mexicana costumbre de doblar a alguien ¡en el mismo idioma! Esta técnica ha sido frecuentemente usada cuando los actores tienen voz de taquero o de chotacabras pero su presencia es imprescindible en la pantalla. Recuerdo, por ejemplo las películas de Santo, el enmascarado de plata, en las cuales un señor con mallas y máscara decía con voz de tenor cosas como: “debemos detenerlos antes de que destruyan al mundo”. Lo notable es que el doblaje era tan malo que daba la vaga impresión de que Santo era en realidad un ventrílocuo de Las Vegas ya que se lograba observar el prodigio de que hablara sin separar los labios. El doblaje, es por otro lado, una fuente de misterios semánticos que pueden troquelar a un niño pendejo (es mi triste caso). Durante años pensé que la frase “No le mate Hoss…déjeselo a la ley” era una forma natural de hablar hasta que reprobé dolorosamente la materia de español en cuarto de primaria.
El otro tipo de doblaje es el que se hace a cintas en idioma extranjero y que también está lleno de asuntos que son impenetrables para mí. Por ejemplo si uno asiste a una película china que –como consecuencia lógica se habla en chino- lo que se espera es que los actores digan sus diálogos en ése idioma y no en el propio de la colonia Portales. Peor aún, los encargados del doblaje consideran en este caso que lo idóneo es tratar de ofrecerle al respetable un español “chinizado” (me hago cargo del neologismo) y entonces hacen hablar al protagonista de la siguiente manera: “Wang Foo ha tlatado de entendel tu propuesta pelo se ha quedado en blanco”
Mierda.
El doblaje, supongo, nos enfrenta a retos intelectuales de carácter descomunal. Me imagino en este momento a un señor en Austria tratando de descifrar el acento de La India María en su gustada película “El miedo no anda en burro” y no tengo más que expresar mi solidaridad sin el menor regateo.
Son varias las hipótesis que permiten tratar de entender la “industria del doblaje” la más señalada –lo he escrito antes- es que obedece al nivel de analfabetismo de una nación. Supongo que es razonable pensar que un niño que no sabe leer puede ver al osito Pooh cantando que es una nubecita en español. Sin embargo ¿los adultos? Uno podría pensar que las opciones dobladas lo son para la gente analfabeta, sin embargo, no es absurdo –también lo he dicho ya- asumir que la gente en estas condiciones no es precisamente usuaria de los servicios de esos cuchitriles que responden al nombre de Cinemex.
Resulta evidente, hasta para alguien imbécil como yo, que cualquier propuesta cinematográfica o audiovisual debe ser respetada en su formato original y dejarse de mamadencias como colorearla o ponerle la voz del finado Víctor Alcocer. Pero parece una costumbre personal que yo navegue a contracorriente de gente lista que considera que Thalía en su controvertida personalidad de María la del Barrio aparezca en la provincia de Hunan hablando en chino mandarín, lo que dicho sea de paso, es una broma de muy mala madre.
El caso más dramático que he vivido ocurrió en España, porque dramático es observar a Orson Welles hablando como Juan Lejido el de Los Churumbeles o a Harrison Ford sugiriéndole a un replicante que se “vaya a tomar por culo”. Esta costumbre ibérica –arcaica y premoderna- no ha podido ser superada, es por ello que si usted, querido lector tiene la oportunidad (“tiene la oportunidad” es imbécil) de viajar a la Madre Patria, le sugiero encarecidamente que se aleje del cine como uno se aleja de una plaga de langostas. Sin embargo, en México no nos quedamos atrás; durante años he escuchado el reiteradísimo argumento de que, en materia de doblaje somos como nadie. Pues bien lo anterior me parece una desgracia irremediable que, para fines analíticos puede ser dividida en dos categorías.
Por un lado se encuentra la mexicana costumbre de doblar a alguien ¡en el mismo idioma! Esta técnica ha sido frecuentemente usada cuando los actores tienen voz de taquero o de chotacabras pero su presencia es imprescindible en la pantalla. Recuerdo, por ejemplo las películas de Santo, el enmascarado de plata, en las cuales un señor con mallas y máscara decía con voz de tenor cosas como: “debemos detenerlos antes de que destruyan al mundo”. Lo notable es que el doblaje era tan malo que daba la vaga impresión de que Santo era en realidad un ventrílocuo de Las Vegas ya que se lograba observar el prodigio de que hablara sin separar los labios. El doblaje, es por otro lado, una fuente de misterios semánticos que pueden troquelar a un niño pendejo (es mi triste caso). Durante años pensé que la frase “No le mate Hoss…déjeselo a la ley” era una forma natural de hablar hasta que reprobé dolorosamente la materia de español en cuarto de primaria.
El otro tipo de doblaje es el que se hace a cintas en idioma extranjero y que también está lleno de asuntos que son impenetrables para mí. Por ejemplo si uno asiste a una película china que –como consecuencia lógica se habla en chino- lo que se espera es que los actores digan sus diálogos en ése idioma y no en el propio de la colonia Portales. Peor aún, los encargados del doblaje consideran en este caso que lo idóneo es tratar de ofrecerle al respetable un español “chinizado” (me hago cargo del neologismo) y entonces hacen hablar al protagonista de la siguiente manera: “Wang Foo ha tlatado de entendel tu propuesta pelo se ha quedado en blanco”
Mierda.
El doblaje, supongo, nos enfrenta a retos intelectuales de carácter descomunal. Me imagino en este momento a un señor en Austria tratando de descifrar el acento de La India María en su gustada película “El miedo no anda en burro” y no tengo más que expresar mi solidaridad sin el menor regateo.
Son varias las hipótesis que permiten tratar de entender la “industria del doblaje” la más señalada –lo he escrito antes- es que obedece al nivel de analfabetismo de una nación. Supongo que es razonable pensar que un niño que no sabe leer puede ver al osito Pooh cantando que es una nubecita en español. Sin embargo ¿los adultos? Uno podría pensar que las opciones dobladas lo son para la gente analfabeta, sin embargo, no es absurdo –también lo he dicho ya- asumir que la gente en estas condiciones no es precisamente usuaria de los servicios de esos cuchitriles que responden al nombre de Cinemex.
Resulta evidente, hasta para alguien imbécil como yo, que cualquier propuesta cinematográfica o audiovisual debe ser respetada en su formato original y dejarse de mamadencias como colorearla o ponerle la voz del finado Víctor Alcocer. Pero parece una costumbre personal que yo navegue a contracorriente de gente lista que considera que Thalía en su controvertida personalidad de María la del Barrio aparezca en la provincia de Hunan hablando en chino mandarín, lo que dicho sea de paso, es una broma de muy mala madre.
miércoles, 19 de agosto de 2009
Los proyectos (El Financiero 1996)
Para imaginar lo que significa plantear un proyecto, invariablemente pienso en una mesa enorme en la que se encuentra alguien como Adolfo Hitler rodeado de generales con monóculos y cara de méndigos preparando la invasión a Checoslovaquia. En la mesa hay un mapa de Europa lleno de tanquecitos y cañones y en ese momento el mariscal von Bruggestein hace una propuesta que a todas luces es una pendejada --como infiltrar comandos en Praga vestidos de madrinas de bautizo--, todo mundo espera la reacción del Führer que será determinante. En el momento que declara que la idea es efectivamente una pendejada, todos se sueltan y la siguiente media hora se emplea en hacer leña del árbol caído con frases como "a quién se le ocurre" o "pero qué tontería". En la escena anterior se refleja una de las primeras características que debe tener el diseño de todo proyecto y ésta es, que el que corta el chicharrón, es decir el que aprueba o suelta la lana se sienta satisfecho. Enormes injusticias se han cometido en nombre de esta institucionalidad jerárquica. A nadie, por ejemplo, se le ocurrió decirle a don Pedro Ramírez Vázquez en la reunión de marras (una mesa que en lugar de tanques tenía crucecitas) que el proyecto de la Basílica de Guadalupe estaba para los gatos o que la maqueta estaría mejor ubicada en el baño de su casa. ¿Qué pasó?, que los danzantes con plumitas y sonajas, las beatas que vienen de rodillas desde Jungapécuaro y todo aquel feligrés que quiera rendir devoción a la virgen morena, tienen que hacerlo en una construcción que parece la casa de la mamá del muerto o la sede de los coyotes del Neza.
Otra característica notable de los proyectos es que invariablemente obedecen a intenciones megalomaniacas. La primera reunión transcurre llena de ideas monstruosas que pueden estar entre los siguientes rangos: a) Una nueva Disneylandia en Anenecuilco; b) una galería de estatuas de los diputados constituyentes inmortalizados en algún momento culminante. Las estatuas serían interactivas; tendrían un botón en algún lugar conveniente (la tetilla, por ejemplo) y serían accionadas por escolares para escuchar la Ley Federal del Trabajo; c) una colección de libros producidos por escritores nacidos bajo el signo libra en el año 1964. En todos los casos siempre se cuenta con un apoyo indispensable de alguna organización millonaria --como los Amigos de la Libertad o algo así-- que ofrece pagar hasta los calcetines de los participantes. El asunto arranca a todo lo que da, se hacen más reuniones en las que la monstruosidad de las ideas adquiere un notable crescendo ("¿y si hacemos que las estatuas muevan la boca?") y entonces vienen los problemas; porque cuando ya se establecieron los presupuestos para llevar focas a la presa de Anenecuilco o se tienen los bocetos de los constituyentes, resulta que la fundación retira la lana e invariablemente deja colgados de la brocha a todos los participantes incluidas las focas.
Una tercera característica que distingue a un proyecto es que siempre encontrará oposiciones vehementes que pueden expresarse en manifestaciones con garrotazos, cartas a la opinión pública o entrevistas en que los escritores que no nacieron en 1964 expresan su inquietud ante las élites generacionales. En estas discusiones opinan los que saben, los que no, y a los que el asunto les vale madre. Por supuesto, cuando el movimiento opositor se convierte en un problema el proyecto va para atrás y todos tan contentos.
En virtud de todo lo anterior es que considero que debemos empezar a proyectar asuntos tales como la obtención de diez medallas de oro en las próximas olimpiadas, la muerte del corporativismo o la llegada de un mexicano a la luna. Estas encomiables metas tienen la misma posibilidad de cumplirse que nuestros proyectos actuales. Sin embargo, pueden significar una esperanza para los que se van al Angel de la Independencia a violar granaderos en momentos de gloria deportiva, y ese objetivo, por supuesto, siempre será saludable.
Otra característica notable de los proyectos es que invariablemente obedecen a intenciones megalomaniacas. La primera reunión transcurre llena de ideas monstruosas que pueden estar entre los siguientes rangos: a) Una nueva Disneylandia en Anenecuilco; b) una galería de estatuas de los diputados constituyentes inmortalizados en algún momento culminante. Las estatuas serían interactivas; tendrían un botón en algún lugar conveniente (la tetilla, por ejemplo) y serían accionadas por escolares para escuchar la Ley Federal del Trabajo; c) una colección de libros producidos por escritores nacidos bajo el signo libra en el año 1964. En todos los casos siempre se cuenta con un apoyo indispensable de alguna organización millonaria --como los Amigos de la Libertad o algo así-- que ofrece pagar hasta los calcetines de los participantes. El asunto arranca a todo lo que da, se hacen más reuniones en las que la monstruosidad de las ideas adquiere un notable crescendo ("¿y si hacemos que las estatuas muevan la boca?") y entonces vienen los problemas; porque cuando ya se establecieron los presupuestos para llevar focas a la presa de Anenecuilco o se tienen los bocetos de los constituyentes, resulta que la fundación retira la lana e invariablemente deja colgados de la brocha a todos los participantes incluidas las focas.
Una tercera característica que distingue a un proyecto es que siempre encontrará oposiciones vehementes que pueden expresarse en manifestaciones con garrotazos, cartas a la opinión pública o entrevistas en que los escritores que no nacieron en 1964 expresan su inquietud ante las élites generacionales. En estas discusiones opinan los que saben, los que no, y a los que el asunto les vale madre. Por supuesto, cuando el movimiento opositor se convierte en un problema el proyecto va para atrás y todos tan contentos.
En virtud de todo lo anterior es que considero que debemos empezar a proyectar asuntos tales como la obtención de diez medallas de oro en las próximas olimpiadas, la muerte del corporativismo o la llegada de un mexicano a la luna. Estas encomiables metas tienen la misma posibilidad de cumplirse que nuestros proyectos actuales. Sin embargo, pueden significar una esperanza para los que se van al Angel de la Independencia a violar granaderos en momentos de gloria deportiva, y ese objetivo, por supuesto, siempre será saludable.
martes, 18 de agosto de 2009
Fotógrafos (El Financiero 2008)
En toda familia existe un miembro que se convierte en un dolor de huevos. Está uno muy tranquilo comiéndose un menudo y sale el tío, primo o abuelito portando una cámara de miedo mientras grita “¡foto, foto!” entonces todos se reúnen miran al pajarito y sacan catorce fotografías que luego son mostradas en una pantalla de computadora en sesiones infumables. Esta costumbre me parece ligeramente idiota pero nunca he podido hacer nada al respecto, por lo que he decidido habituarme y convivir como aquellos que se acostumbran a vivir con una epidemia. Por supuesto hay un gremio profesional que se dedica a la fotografía y que puede ser dividido de manera elemental en dos grupos; los primeros son de pacotilla y se dedican a tomar fotos de parejas en bodas, de niños en un burro o de señores que quieren viajar al extranjero y necesitan un pasaporte. Los segundos son aquellos que ven cosas que nadie ve y las retratan, cobran cinco mil pesos por foto y exponen en galerías.
Hasta ahí todo estaría muy bien si no hubiera un tercer grupo que me parece parásito y que se dedica a seguir a los famosos a donde quiera que estos vayan. Es evidente que es un trabajo infecto; nadie los quiere, los guaruras los madrean, les echan agua y sin embargo, ellos siguen ahí con la persistencia de palomas de plaza pública chingando al prójimo. Alguien me cuenta que los medios de comunicación ofrecían medio millón de dólares por la primera foto del hijo de Luis Miguel y una tal señorita Arámbula. La suma me parece un despropósito pero mucho más la pendejez de la gente que considera interesante una fotografía de un recién nacido y sale en masa a comprar la revista de marras.
Un caso reciente ha llamado mi atención ya que adquirió interés mediático. Se trata de una señora que se llama Cecilia Bolocco, cuyas virtudes son dos; estar muy buena y ser esposa de Carlos Menem (pensándolo bien, ignoro si esto último es una virtud). El caso es que esta dama decidió irse a su departamento de Miami en la honorable compañía de un señor que no es su esposo y tiene cara de gordo pero distinguido. Ambos se asolearon y la señora de Menem tomó la decisión de quitarse la parte alta del bikini y quedarse con los senos al aire. Esta iniciativa –privada y respetable- la conozco porque resulta que otro señor tomó su telefoto y se puso a espiarlos a metros de distancia para retratarlos en dicha situación. Acto seguido fue a una revista, vendió las fotos y se armó un escándalo que me deja varias dudas. La primera es por qué diablos se pone a la defensiva a Cecilia que tiene que dar explicaciones en lugar de meter una demanda que deje ciego al dueño de la revista. No entiendo la razón pero ya se sabe que no entiendo nada. La segunda duda tiene que ver con un supuesto chantaje ya que parece que las primeras fotos eran menos comprometedoras que las que se publicaron luego y sigo sin entender ya que el asunto me suena ligeramente ilegal y monstruoso. Si algún día tengo la iniciativa de vestirme de pingüino en el jardín de mi casa y besar a mi aguacate, será porque me da la gana y seguramente me sentiría muy molesto de que alguien me espiara e hiciera públicos mis hábitos privados. Pero no, aquí lo que ha pasado es que nadie censura al fotógrafo voyeur, sino a la señora Bolocco por su conducta inapropiada ¿usted entiende, querido lector?
Hace poco y para atizarle más al fuego, prendí el noticiero de Loret y hallé una iniciativa que me puso los pelos de punta. Resulta que ahora la gente en la calle se ha convertido en “reportero” (por supuesto gratis) y debe tomar fotos o videos de todo aquello que le llame la atención. De esta manera, la privacidad adquiere un rumbo preciso; el carajo y entonces uno debe estar con el alma en vilo esperando que otro ciudadano no lo pesque en una situación comprometedora que se transmita de ocho a nueve en el Canal de las Estrellas. Que tiempos desastrosos.
Hasta ahí todo estaría muy bien si no hubiera un tercer grupo que me parece parásito y que se dedica a seguir a los famosos a donde quiera que estos vayan. Es evidente que es un trabajo infecto; nadie los quiere, los guaruras los madrean, les echan agua y sin embargo, ellos siguen ahí con la persistencia de palomas de plaza pública chingando al prójimo. Alguien me cuenta que los medios de comunicación ofrecían medio millón de dólares por la primera foto del hijo de Luis Miguel y una tal señorita Arámbula. La suma me parece un despropósito pero mucho más la pendejez de la gente que considera interesante una fotografía de un recién nacido y sale en masa a comprar la revista de marras.
Un caso reciente ha llamado mi atención ya que adquirió interés mediático. Se trata de una señora que se llama Cecilia Bolocco, cuyas virtudes son dos; estar muy buena y ser esposa de Carlos Menem (pensándolo bien, ignoro si esto último es una virtud). El caso es que esta dama decidió irse a su departamento de Miami en la honorable compañía de un señor que no es su esposo y tiene cara de gordo pero distinguido. Ambos se asolearon y la señora de Menem tomó la decisión de quitarse la parte alta del bikini y quedarse con los senos al aire. Esta iniciativa –privada y respetable- la conozco porque resulta que otro señor tomó su telefoto y se puso a espiarlos a metros de distancia para retratarlos en dicha situación. Acto seguido fue a una revista, vendió las fotos y se armó un escándalo que me deja varias dudas. La primera es por qué diablos se pone a la defensiva a Cecilia que tiene que dar explicaciones en lugar de meter una demanda que deje ciego al dueño de la revista. No entiendo la razón pero ya se sabe que no entiendo nada. La segunda duda tiene que ver con un supuesto chantaje ya que parece que las primeras fotos eran menos comprometedoras que las que se publicaron luego y sigo sin entender ya que el asunto me suena ligeramente ilegal y monstruoso. Si algún día tengo la iniciativa de vestirme de pingüino en el jardín de mi casa y besar a mi aguacate, será porque me da la gana y seguramente me sentiría muy molesto de que alguien me espiara e hiciera públicos mis hábitos privados. Pero no, aquí lo que ha pasado es que nadie censura al fotógrafo voyeur, sino a la señora Bolocco por su conducta inapropiada ¿usted entiende, querido lector?
Hace poco y para atizarle más al fuego, prendí el noticiero de Loret y hallé una iniciativa que me puso los pelos de punta. Resulta que ahora la gente en la calle se ha convertido en “reportero” (por supuesto gratis) y debe tomar fotos o videos de todo aquello que le llame la atención. De esta manera, la privacidad adquiere un rumbo preciso; el carajo y entonces uno debe estar con el alma en vilo esperando que otro ciudadano no lo pesque en una situación comprometedora que se transmita de ocho a nueve en el Canal de las Estrellas. Que tiempos desastrosos.
lunes, 17 de agosto de 2009
El interés noticioso (Etcétera, 2007)
Alguien que se sentía muy listo pero en realidad era un imbécil una vez me dijo en tono didáctico una frase que él pensaba que era suya: "la noticia no es que un perro muerda a un señor, sino que el señor muerda al perro". Lo anterior refleja con mucho los axiomas que diversos medios utilizan de manera creciente para entregarnos día con día noticias seleccionadas con un criterio que cada vez me parece más anómalo y que, creo, marca una tendencia profundamente regresiva en la lucidez del medio noticioso.
Es muy evidente que una de las vías para convertirse en noticia es a través del escándalo, asociado con la tradicional chimiscolería mexicana que hace de este noble pueblo una turba ávida de enterarse de cosas que siempre he considerado por lo menos extravagantes. Hace no mucho un joven que es cantante y ejerce esta noble labor en un grupo impresentable que se llama Rebelde tuvo que salir al paso de la prensa para explicar su orientación homosexual dada la difusión de unas fotografías en las que se acompañaba de su pareja y que fueron tomadas sin la menor autorización. El asunto, efectivamente, me parece escandaloso pero por motivos diferentes. A nadie se le ocurrió cuestionar esta aclaración dada a rastras y sí leí, en cambio, diversas notas que elogiaban la "valentía" de Christian, que así se llama el jovenazo. Por supuesto es el mundo al revés; la orientación sexual de cualquier persona corresponde a un ámbito privado y en este caso la consigna periodística (la nota, pues) es inmiscuirse en lo que a nadie le importa, ni le debería importar. Es notable también el "control de daños" mediático que se generó para evitar que la imagen del grupo se viera afectada por lo que entonces queda claro que: a) si se es homosexual en este país y en este siglo, vale más no confesarlo, b) un medio de modo artero lo descubre y decide que hay interés noticioso probablemente violando la ley, c) dado lo anterior es menester aclarar las cosas para que las ventas no se caigan y los fanáticos no inicien un juicio sumarísimo. Lo anterior simplemente me parece patético
Otra vena muy socorrida es la de las notas de temporal que a fuerza de serlo pierden por completo el interés de la gente. En esta taxonomía se cuentan muy señaladamente...tifones, volcaduras de trenes, un bombazo en el confín del mundo, una manifestación asiática para evitar aumento de cuotas universitarias y aquí entra un largo etcétera. Asumo que dado que no vivimos en un huevo chilango, es más o menos correcto que se nos reporte sobre los asuntos del mundo. Sin embargo, no tengo la menor duda de que estas notas (una muy sorprendente es la de un torneo d futbol en el Vaticano) no le interesan más que a las víctimas de estas catástrofes y a sus allegados por lo que creo que el asunto en este caso carece de sentido alguno.
Finalmente existen las noticias que hay que cubrir a huevo y por fecha onomástica; si es 6 de enero sale una nota sobre la nube de idiotas que hicieron la rosca más grande del mundo, la salida de va-caciones produce que se mande a los reporteros a las terminales de camiones, casetas y el aeropuerto para que nos ofrezcan una nota obvia y anodina: "los capitalinos se disponen a dejar la ciudad... etcétera". Este tipo de noticias describe el desfile del 16 de septiembre con todo y unos señores vestidos de charros caracoleando caballos en la vía pública, también a los niños con cara de espasmo entrando a la escuela el primer día de clases y a una nube de albañiles festejando y en proceso de transición hacia una borrachera ejemplar, el día de la Santa Cruz.
Y digo yo, así no hay manera, es tal la aridez, la predictibilidad y la falta de criterio a la hora de discernir lo que es nota de lo que no, que me declaro en veda informativa hasta que alguien con sentido común se haga cargo de las cosas...por supuesto, compraré una silla para esperar más cómodo.
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