domingo, 6 de septiembre de 2009

Las olimpiadas (Milenio 2008)

Las olimpiadas nos obligan misteriosamente a ver cosas que no le interesan ni a los padres de los atletas, porque convendrá conmigo, querido lector, que una competencia de kayac o un gordo levantando pesas, no son precisamente espectáculos apasionantes ya que lo único que se aprecia es a un señor lleno de esfuerzos remando por los canales de la vida en una chalupita de miriñaque.
En esta justa olímpica que acaba de terminar me encontré con deportes por lo menos cuestionables ya que no me queda clara la razón por la cuál un señor con un rifle telescópico más grande que mis malos pensamientos y jugando al tiro al blanco se puede considerar un atleta. Tampoco entiendo cosas como el nado sincronizado en el que unas buenonas se ríen a huevo mientras portan unas pinzas de tender en la nariz para luego hacer cosas que en mi colonia se consideran ridiculísimas y mucho menos la razón de que los trajes de los halteristas son idénticos al que usaba don Porfirio en su exilio francés.
Varias son las lecciones de las olimpiadas así que habría que desmenuzarlas taxonómicamente. En primer lugar, por supuesto está el rendimiento de la gloriosa delegación mexicana, acompañada de un conjunto de sátrapas llamados “dirigentes”. Lo primero que no entiendo es la decepción nacional ante los resultados de nuestros atletas, que me parece equivalente a la que se produciría si un científico mexicano no ganara el Nobel de física ¿de dónde se nos ocurre que un nadador cuyo record nacional es cinco segundos más alto que el de un campeón olímpico gane la prueba? ¿con base en qué ingenuidad esperamos que una gimnasta que se cae porque pasó la mosca pueda obtener algo más que una foto de la muralla china? Misterios varios. Es también misteriosa la razón por la cual nuestras volibolistas usaron trajes prestados lo que evidentemente es antihigiénico o la imagen de un canoísta que agarró las tijeras barracuda y abrió su traje porque “le apretaba”.
Un segundo elemento se vincula con el manejo de las televisoras que a mí me resulta simplemente lamentable. Porque lamentable es que un idiota de nombre Facundo estorbe el tráfico para “probar la paciencia de los chinos” o que una mano con ojos y nariz cuyo nombre es “Compayito” alburee a un grupo de señores que nomás no entienden como la vida los puso en ese trance. Lo peor ocurrió en el momento (remoto y excepcional) en el que algunos compatriotas ganaron una medalla. En ese preciso instante fueron secuestrados a un estudio para observar 1786 veces el momento en el que ganaron, ser enlazados con sus abuelitas que lloraban emocionadísimas mientras la nación entera vibraba (yo fui el mudo testigo de un grupo de señores que le rindieron homenaje a una televisión de 31 pulgadas mientras se entonaba el himno nacional).
Pude presenciar también cosas inexplicables, como la de un señor que es luchador y se llama “Místico” que, con todo y máscara, acudió a un campamento de artes marciales en el que nadie se asombró de su atuendo y también como en un reportaje se nos mostraba a otro señor que le arrancaba la cabeza a una culebra con los dientes para divertimento nacional. Por supuesto no pude comer en tres días.
La cereza en el pastel la aporta el senador Javier Orozco quien ha dictaminado que: El Senado de la República llamará a comparecer a los responsables del deporte mexicano para que rindan cuentas sobre el "poco satisfactorio" resultado obtenido en los Juegos Olímpicos. Con toda franqueza yo preguntaría dónde carajo podemos formar una Comisión para que cite a los Senadores que no son precisamente muy satisfactorios que digamos y que nomás andan viendo la paja en el ojo ajeno.
Mi sugerencia final es la de que –para evitarnos tanta decepción- asumamos que somos una porquería deportiva que nunca dará golpe, que nuestros dirigentes son tan lúcidos como Capulina en plan jioti, jioti y que si esperamos algo de nuestros senadores de la República, más vale que compremos una silla y nos sentemos cómodamente a recibir la noche de los tiempos. La otra opción es nacionalizarnos Jamaiquinos y parar de sufrir cada cuatro años…que es mucha sufridera.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Diario de un viaje a (tormenta) do

Para ir a El Paso, Texas hay que tener un motivo y yo lo tenía, así que salí de la oficina y tomé rumbo al aeropuerto. Por supuesto, el vuelo demorado, lo que me permitió observar zoológicamente a la gente que va y viene por los pasillos. Lo primero que queda claro es que los toques de elegancia asociados con los viajeros antiguos se han perdido en lo inmenso de la modernidad. El viajero antiguo, se preparaba para subir al avión como se prepararía un noble para recibir la orden del baño. Ahora, con un poco de suerte se pueden ver adolescentes semidesnudos cargando tablas de surf, señoras en brasier y tipos que a juzgar por su aspectos sólo pueden ser considerados idiotas.
El vuelo es como todos; con azafatas buenísimas que en su esfuerzo bilingüe preguntan ¿quiere un pollitou? El avión llega a Dallas, ciudad con cierto renombre gracias a (el orden es estricto) sus Vaqueros, un albur pendejísimo y John Fitzgerald Kennedy, que murió asesinado en una de sus calles. La sala de American Airlines es un monumento a la megalomanía gringa. Desembarco en la puerta 12 y debo tomar el avión de conexión en la 37. Bien, la distancia entre ambos accesos es equivalente a la que recorren los del maratón del Usumacinta. La caminata se adereza con la necesidad de concentrar los sentidos para evitar ser atropellado por unos cochecitos piloteados por negros que van gritando “pííí-pííí”. Por fin en la puerta 37 y el estoconazo; donde debe decir El Paso, se lee Baltimore. Pregunto y resulta que el vuelo está demorado. Es el momento destinado a una cerveza corona que cuesta la terrenal suma de $ 3. 50 dls.
Trepo al nuevo avión en el que, por cierto, hay teléfonos de AT&T en el respaldo de los asientos. En el preciso momento que elevo mis pensamientos al creador reflexionando sobre la imbecilidad del hecho, observo a una vieja gorda que lee acetatos y descuelga el auricular.
Dios mío.
La llegada a El Paso inicia con terribles augurios, al llamar al hotel por medio de una línea directa, me encuentro con que no saben quien soy, no tengo reservación y lo que es peor... les vale madre. Me recomiendan que espere a la camioneta del hotel y eso hago. Misma pregunta, misma respuesta. Soy buscado por todas las posibles derivaciones de mi apellido. También ensayamos con Pedro y Cedro (esta última iniciativa de la recepcionista). Finalmente aparezco bajo el nombre de Carrrlos.
El cuarto es amplio y tiene una tele de 40 canales lo que representa el paraíso para un teleadicto como yo. Observo A David Letterman pitorrearse de Wesley Snipes y luego leo un buen trozo de Cabrera Infante. Después de todo ¿No estoy en las entrañas del monstruo capitalista?
En el desayuno conozco a los que serán mis compañeros durante un par de días para discutir asuntos de la frontera norte. Pido un jugo de naranja en el preciso instante que se discute acerca de la federalización mexicana y mejor me callo la boca porque de esas cosas no sé. La reunión será en el Parque Nacional de el Chamizal, situado exactamente frente al Río Bravo. En el parque hay un museo que relata -creo que objetivamente- las putizas infinitas que se dieron nuestros compatriotas con los gringos por la posesión de esa zona. No discutiré aquí los detalles de las pláticas. Lo que si diré es que en el momento que un señor de 4 metros llamado Bill Sontag iniciaba su discurso, se manifestó la furia de los elementos en la forma de un vientazo al que el Servicio Meteorológico Estadounidense le puso nombre más tarde. Cuando salimos a comer ya la ciudad se había convertido en el epicentro de una tormenta de arena cuyos vientos alcanzaron 120 kph que tumbaron casas y mató a cuatro gentes. La empanizada que nos dimos fue soberbia. Al abrir la boca se tragaba arena y los bomberos que había en la calle quedaron como cucarachas de panadería. Antes de que se declarara la emergencia llegamos a un restaurante (mexicano por supuesto) y este es el momento de decir que además de dichos establecimientos El Paso tiene lotes de carros y tintorerías lo que lo ubica íntegramente dentro de la categoría de ciudad horrible.
Después de comer al hotel que por algún misterio que tiene que ver con la ley de Ohm era el único lugar del estado de Texas que no tenía luz. El lobby parecía una barraca de refugiados con velas y gente en el piso. Todos los vuelos se habían cancelado. Intenté llamar a México pero la operadora y yo rompimos el puente de la comunicación entre los pueblos cuando ella dijo algo que interpreté como “ su llamada a Tegucigalpa está lista”.
Fuimos a un bar, en la barra una prostituta que podría concursar limpiamente en señorita México, revisaba el lugar con cara de fastidio. Tomó un teléfono celular y luego salió a buscar amores en medio de la tormenta ante la mirada babeante de los parroquianos. Los bares gringos son todos iguales: una televisión de 6 metros, un cantinero chistosón y juegos de pinball para borrachos.
Al día siguiente y después de la reunión recorrimos el parque, es bonito tiene un buen museo y un “tiatrote” en palabras de nuestra guía. Casi todo está destinado a explicar la chinga implícita en trazar la frontera utilizando el Río Bravo como marcador ya que de pronto el río desviaba su curso y dejaba en calzones a algún compatriota. El arreglo consistió en marcar su curso con concreto y firmar un tratado en 1963 que nos devolvió una pequeñísima parte del territorio tomado por los gringos en el siglo pasado.
Por la noche a Ciudad Juárez. El paso por la frontera es catorce veces más simple que el de la caseta de Atlacomulco. La ciudad es diferente a su vecina norteamericana; se respira un ambiente de desmadre muy nacional. Entramos a un restaurante y tuve el raro privilegio de observar como la mejor sociedad juarense canta canciones rancheras mientras besa a los mariachis. Por supuesto la referencia musical inmediata es la de Juan Gabriel, lo que determina que ensayemos varias canciones entre las que destaca el controvertido tema “todas las mañanas entra por mi ventana el señor sol...”. Después de cuatro kilos de cervezas me quedo pensando que aquí a los gringos no se les ve con recelo lo que no deja de ser un prodigio.
El regreso a El Paso tampoco entraña ningún riesgo (pensé que iba a ser poseído por un perro huele drogas) y la salida a México al día siguiente se lleva a cabo como todas las salidas que se respeten. esto es, a las cinco de la mañana con un frío de los mil demonios.
Al llegar al D.F. me encuentro con una contingencia ambiental a la que modestamente colaboro con la tierra que traigo en las orejas y que -según se me explica- saldrá el día que vaya a ver el otorrinolaringologo...
Evento que nunca ocurrirá.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Nominalmente (El Financiero 1996)

La trascendencia de los hombres (y las mujeres) ha sido medida con distintas varas desde que la historia es historia; en la Edad Media supongo que alguien podía aspirar a este valor porque conservaba todos los dientes a los treinta años. Entre los cristianos el asunto de la trascendencia se ha evaluado a través de un comportamiento impecable y un destino funesto, como ser quemado con leña verde o pasar a mejor vida devorado por una nube de hormigas entre los gritos de aborígenes que se negaron a ser catequizados. Los hare krishnas deben trascender de acuerdo con el número de corcholatas que golpean con las puntas de los dedos en los aeropuertos... y así nos seguimos.

Actualmente los criterios de trascendencia son confusos: uno puede aspirar al recuerdo de sus congéneres por la notable capacidad de tirar una pelota que va hecha la chingada; por escribir una obra maestra sobre el amor o simplemente en base a una propuesta escénica donde los protagonistas se lanzan huevazos mientras gritan: "¡La imaginación al poder!".

Los que nacimos para pelagatos, sin embargo, debemos conformarnos con criterios más elementales de trascendencia. La sabiduría popular recomienda la mamadencia ésa de escribir libros, plantar árboles o llenarnos de críos. De las tres consignas me preocupa profundamente el asunto del árbol, ya que no veo cómo los misteriosos caminos del Señor me enfrenten jamás con un prado verde, una pala y un pirul, y si esto llegar a suceder tampoco veo cómo se me antojaría hacer un hoyo en el suelo en lugar de tumbarme en él.

Con los hijos es otro cantar; ya he contado en este espacio la historia de María, ese pequeño pedazo de energía que me patea en las noches y que el jueves casi me deja tuerto mientras comía "frijolitos". Ahora María tendrá un hermano que si todo sale bien nacerá en el mes de mayo.

Decía Borges que decía no sé quién: los espejos y las cópulas son abominables, porque multiplican el número de los hombres". La cita --repugnante por cierto-- está bien para Borges pero no para un padre angustiado que ve venir a un hijo como se ve venir un meteorito. Por supuesto dentro de las cargas que se suman a los hombros destaca la decisión del nombre: "Fedro" propuse desde que me casé. Sin embargo, he recibido una multitud de comentarios (algunos sutiles y otros no) en los que se manifiesta que sólo alguien muy imbécil o de plano pendejo podrá cometer (así dicen: "cometer") semejante monstruosidad con un niño pequeñito e indefenso que no tiene que sufrir las inseguridades de su padre. Por supuesto ignoré los comentarios... pero de dientes para afuera, ya que al poco tiempo dejé de dormir mientras soñaba que era apuñalado por mi propio hijo que en la mano blandía un acta de nacimiento. Ante la cochina duda decidí ir a Sanborns y comprar el libro "Nombres para el bebé" de Salvador Salazar. El texto es notable desde varios puntos de vista: primero por un epígrafe que dice a la letra "Para un niño es lo mismo llamarse Ciriaco, Cirilo, Casiano o Espiridión; pero no lo es ni para un joven ni para un adulto". Madres --pensé-- he ahí una verdad del tamaño de una casa y mis dudas se acrecentaron (lo mismo que mis pesadillas). A continuación me dispuse a hojear el libro y encontré el primer nombre "Aban", que según Salazar era un genio benéfico (que desde luego no tenía otro remedio que ser bueno con ese pinche nombre); "Abujajía" era nada menos que la tercera opción. Suspiré y seguí leyendo: "Batimona" (una divinidad que comía sesos); Huixtocíhuatl (un compatriota); Restituto (un mártir); Estaquis (un cristiano íntimo de Pablo el apóstol); Sucha (el dios andino del trago); ¿Fedro? Por ningún lado.

Al final de la lectura me dominaron dos sensaciones; la primera es que ni borracho me hubiera dado a la tarea que tan cumplidamente se enfrentó el autor. La segunda es que el nombre estaba decidido (que Dios y Abujajía me amparen)... cosas de la trascendencia.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Envejecimiento inexplicable (El Financiero 2006)

Exactamente el lunes 23 de enero de 1995 escribí estas líneas: “la gente que llega a mi edad se vuelve un poco patética. Hace pocos días uno de mis amigos más queridos me contó con enorme preocupación que estaba perdiendo pelo. Para resolver su problema tomó la extraordinaria decisión de untarse algo equivalente a la placenta de camello antes de acostarse, tal estrategia ha sido una fuente de desgracias ya que, por un lado, su mujer se rehúsa a cohabitar con alguien que huele a boñiga de vaca y por otro, el ungüento vale más que lo que costaría mandarse a hacer un bisoñé "con pelo de camello auténtico”. Bastaría hacer una cuenta elemental para estimar que desde esa remota fecha han pasado 11 años y sí asumimos que el crecimiento del patetismo geriátrico es exponencial podemos concluir que la cosa está de la mismísima madre.
El otro día me levanté de la cama después de una noche de excesos y me dirigí con un paso, que solo he visto en la tortuga galápago, rumbo al baño. En la puerta debido a un toque exquisito de diseño, hay un espejo de cuerpo entero que tiene la propiedad notable de magnificar cualquier pecado. La imagen que me devolvió era la de un viejito al que no tengo el gusto de conocer pero con cara de artista, concretamente de Nosferatu el vampiro alemán. Llegué a la dolorosa conclusión que la edad se me había venido encima entre las 3 y las 9 de la mañana y me quedé muy deprimido ante tal acontecimiento.
Bien, retomo las líneas iniciales: la gente que llega a mi edad se vuelve un poco patética y tengo elementos múltiples para pensar que este fenómeno se ha agravado con creces, permítame, querido lector ofrecer mi evidencia.
Un primer factor se relaciona con lo que los clásicos llaman “viejos verdes” que no son otra cosa que señores de edad que consideran razonable pensar que una joven de veinte años quedará seducida por su papada. Normalmente estos ejemplares tienen miradas lúbricas y coquetean siguiendo una estrategia que a mí me causa mucha vergüenza. La semana pasada comí con un amigo que dedicó la mitad de nuestro encuentro a buscar a un par de mujeres “para levantar”, le expliqué pacientemente que la idea no solo me parecía imbécil sino completamente suicida ya que el lugar en el que nos encontramos va dirigido a gente joven y exitosa, condición que cumplíamos tan cabalmente como Prudencia Grifell. No le importó y siguiendo la ruta de su destino se dirigió a una mesa con un par de buenonas que lo miraron como se mira un tibor y lo dejaron hablando solo mientras yo buscaba las llaves de mi casa debajo de la mesa.
Una segunda condición de patetismo está basada en un principio que los terapeutas llaman “de negación”. La gente que envejece es tan idiota que considera sensato pensar que un coche deportivo elimina las arrugas o que vestirse como lo hace el grupo Molotov es un buen remedio contra la calvicie. Por supuesto los resultados son frecuentemente siniestros y lamentables. En el club al que asisto hay un señor que el otro día me ofreció una crema para el cutis. Muy sorprendido le pregunté la razón por la cual pensaba que me iba a untar esa madre “para que no se te vean las arrugas” –respondió- la segunda pregunta era obvia. ¿Qué misterio cerebral lo orientaba a razonar que yo no quería que se me vieran las arrugas? Me vio conmiserativamente y me dijo la frase que he escuchado con más frecuencia en mi vida “no entiendes”.
Me he dado cuenta de que mi vista ya no es la de antes, mis pulmones deben parecer tacos de chicharrón prensado y mi capacidad auditiva es comparable a la de Bethoven, por supuesto el asunto me parece una desgracia. Sin embargo, si el antídoto para este deterioro es salir a la calle con bisoñé o ponerme unos pantalones de roquero considero que ya valió madre por lo que me dispondré a vivir mi etapa de adulto en plenitud (léase anciano) con la debida dignidad rodeado de los nietos que tengan a bien darme la niña María y el niño Frijol. Que así sea.

Aclaro

Me explican los que saben (que siempre son abrumadora mayoría), la razón por la que uno debe interactuar; dar la cara vamos. Pues ya está, este texto es fresco como una lechuga, son las 12:10 y estoy ligeramente abrumado de ver a Juanito con una banda escalofriante en la frente, escuchar al presidente (con obvias minúsculas) dar un mensaje a la Nación con cara de esfuerzo. Saber que el delegado de Coyoacán (un inútil) no saca la chamba y, al final del día, darme cuenta que pase lo que pase, no va a pasar nada.
En fin...
FCG