Jóvenes...les comento que ando en twitter.com/fedroguillen x si le quieren caer
Abrazo
martes, 13 de abril de 2010
Memorias en un elevador (El Financiero 1998)
Estoy seguro que el primer hombre que se subió a un elevador en el siglo III d.C., era algún mandatario huevón al que sus fieles -que lo levantaban con la fuerza de sus lomos- le tienen que haber mentado la madre en silencio. Sin embargo, la verdadera mamá de los pollitos en este asunto de elevarse por las alturas fue Elisha Otis que en 1856 diseñó el primer elevador para pasajeros destinado a una tienda neoyorquina. Desde entonces el asunto ha dado muchas vueltas; baste saber que en el edificio Sears de Chicago los elevadores pueden alcanzar una velocidad olímpica de 549 metros por minuto, evento que debe producir una sensación notable en los testículos.
¿Por qué hablar de elevadores? Pues simplemente porque son interesantes. Existen muy complejas derivaciones en algo tan elemental como treparse a un artefacto que tiene como misión la de hacernos la vida más llevadera. La primera que se me ocurre es también la más evidente: el elevador es un agente preventivo de infartos. Durante un viaje a París hace algunos años Georgina y su servidor decidimos pagar nuestra deuda turística visitando la torre Eiffel. En los elevadores había una cola siniestra, así que decidimos subir por las escaleras... todavía hoy me arrepiento. Cuando llegamos al primer piso nuestro aspecto era el de dos personas moradas que han luchado contra algo superior a sus fuerzas. En ese instante, como un relámpago, quedó claro para mí que nunca me opondría al demonio devorador de la tecnología.
La segunda cosa interesante que pasa en los elevadores tiene que ver con las personas que se suben a ellos: Por algún misterio indescifrable nuestra conducta se desgobierna y entonces nos quedamos callados o hablamos a susurros, observamos con muchísima atención la progresión de los pisos, o le vemos los pelos de la nuca al gordo que está delante de nosotros. El hecho de que ya no existan elevadoristas con traje de coronel salvadoreño, ha determinado que la posición más cercana a los botones sea la más indeseable ya que a ése todo mundo le pide favores: “¿Si lo molesto al nueve?”. Por supuesto este hacinamiento antinatural produce situaciones siniestras, como la de que alguien estornude o (la más temible) que se trepe una vieja chota y exclame ¡pero que mal huele!.
Los elevadores son, por otro lado, instrumentos de paranoia. Existe gente que se sube pensando que ése será el último acto de su vida y va rezando una Magnífica. Recientemente en el hospital donde nació el heredero nos quedamos atorados en el elevador las siguientes personas: una niña caguengue; la mamá de la niña caguengue; una señora cuarentona de lentes de fondo de botella; un señor de bigotito y su servidor. Cabe aclarar que en el elevador no sólo cabíamos nosotros, sino el Necaxa si le hubiera dado la gana subirse, que había un interfón para comunicarse al exterior y que no conozco un caso documentado de muerte en elevador en los últimos veinte años. Sin embargo, la señora cuarentona pegó un grito que descerebró a la niña y nos dio un susto mortal a todos. El de bigotito trató de calmarla como -se sabe- lo hacen en las películas y estaba a punto de arrearle el primer madrazo cuando el elevador restableció su servicio.
Otro uso que tienen los elevadores es como fuente de misterio y terror: está una señora muy pachucha con sus compras del súper subiendo al piso trece, la puerta se abre, ella se agacha para recoger las lechugas y cuando levanta la mirada se encuentra con el equivalente asesino de la llorona que la va a decapitar. Una alternativa fílmica es la de elevador que sirve para fugarse: la muchacha es correteada por alguien que tiene fines inconfesables, en eso se abre el elevador, ella se mete hecha la chingada y entre sollozos, el malvado se estrella en la puerta. La muchacha ya trepada se tranquiliza hasta que le cortan las cuerdas que se van destrenzando lentamente y se mata.
El último uso que tiene los elevadores es como espacio de fantasía sexual, pero ese no se los platico, mejor vean a Glenn Close y Michael Douglas darse cariño en Atracción Fatal.
¿Por qué hablar de elevadores? Pues simplemente porque son interesantes. Existen muy complejas derivaciones en algo tan elemental como treparse a un artefacto que tiene como misión la de hacernos la vida más llevadera. La primera que se me ocurre es también la más evidente: el elevador es un agente preventivo de infartos. Durante un viaje a París hace algunos años Georgina y su servidor decidimos pagar nuestra deuda turística visitando la torre Eiffel. En los elevadores había una cola siniestra, así que decidimos subir por las escaleras... todavía hoy me arrepiento. Cuando llegamos al primer piso nuestro aspecto era el de dos personas moradas que han luchado contra algo superior a sus fuerzas. En ese instante, como un relámpago, quedó claro para mí que nunca me opondría al demonio devorador de la tecnología.
La segunda cosa interesante que pasa en los elevadores tiene que ver con las personas que se suben a ellos: Por algún misterio indescifrable nuestra conducta se desgobierna y entonces nos quedamos callados o hablamos a susurros, observamos con muchísima atención la progresión de los pisos, o le vemos los pelos de la nuca al gordo que está delante de nosotros. El hecho de que ya no existan elevadoristas con traje de coronel salvadoreño, ha determinado que la posición más cercana a los botones sea la más indeseable ya que a ése todo mundo le pide favores: “¿Si lo molesto al nueve?”. Por supuesto este hacinamiento antinatural produce situaciones siniestras, como la de que alguien estornude o (la más temible) que se trepe una vieja chota y exclame ¡pero que mal huele!.
Los elevadores son, por otro lado, instrumentos de paranoia. Existe gente que se sube pensando que ése será el último acto de su vida y va rezando una Magnífica. Recientemente en el hospital donde nació el heredero nos quedamos atorados en el elevador las siguientes personas: una niña caguengue; la mamá de la niña caguengue; una señora cuarentona de lentes de fondo de botella; un señor de bigotito y su servidor. Cabe aclarar que en el elevador no sólo cabíamos nosotros, sino el Necaxa si le hubiera dado la gana subirse, que había un interfón para comunicarse al exterior y que no conozco un caso documentado de muerte en elevador en los últimos veinte años. Sin embargo, la señora cuarentona pegó un grito que descerebró a la niña y nos dio un susto mortal a todos. El de bigotito trató de calmarla como -se sabe- lo hacen en las películas y estaba a punto de arrearle el primer madrazo cuando el elevador restableció su servicio.
Otro uso que tienen los elevadores es como fuente de misterio y terror: está una señora muy pachucha con sus compras del súper subiendo al piso trece, la puerta se abre, ella se agacha para recoger las lechugas y cuando levanta la mirada se encuentra con el equivalente asesino de la llorona que la va a decapitar. Una alternativa fílmica es la de elevador que sirve para fugarse: la muchacha es correteada por alguien que tiene fines inconfesables, en eso se abre el elevador, ella se mete hecha la chingada y entre sollozos, el malvado se estrella en la puerta. La muchacha ya trepada se tranquiliza hasta que le cortan las cuerdas que se van destrenzando lentamente y se mata.
El último uso que tiene los elevadores es como espacio de fantasía sexual, pero ese no se los platico, mejor vean a Glenn Close y Michael Douglas darse cariño en Atracción Fatal.
lunes, 12 de abril de 2010
Regreso a La Universidad (El Financiero 2004)
Mi paso por la UNAM dejó varias huellas, sin duda la más conspicua se encuentra en una estructura llamada crípticamente “el puente” donde la sombra de mis nalgas debe perdurar ya que ahí pasé sentado horas y horas de mi vida dedicado a la dulce tarea de no hace nada. Sobreviví por algún milagro a diversos embates académicos, enfrenté a maestros que eran pura lumbrera y a otros varios que eran pendejos perdidos (como el que creía en el origen extraterrestre del maíz) y al final salí para nunca más volver cargando un archivo con más penas que glorias..
Este estado de las cosas fue modificado por la invitación de un buen amigo –maestro universitario- que tomó dos iniciativas sorprendentes; la primera fue asestarles a sus jóvenes estudiantes un libro de su servidor para que lo leyeran (cosa que dudo que haya ocurrido), la segunda fue invitarme a comentar el texto con ellos. Acepté porque es mi amigo y porque hace años no volvía a la UNAM, maldito si tenía idea de que hablar con un puñado de estudiantes que seguramente miran fijamente y creen en la intelectualidad.
La cita fue inequívoca; el 7 de diciembre a las 19:45 en el salón B-209 de la Facultad de Ciencias Políticas. Hasta ahí todo bien, por supuesto no contaba con mi aditiva capacidad para el desastre que todo lo que toca lo convierte en fiasco.
Arribé a la UNAM con tiempo suficiente pero sin tener la menor idea del paradero de la citada Facultad. Un señor de bigotito me explicó y acabé en el Metro por lo que volví a preguntar esta vez la diligencia tuvo más éxito y me llevó triunfante al estacionamiento donde me pidieron mi credencial. Saqué la única que tengo que es una que me identifica como condómino de una unidad habitacional de interés social y el portero me explicó que necesitaba la de la UNAM. Supuse con terror que el hecho de que hubiera estudiantes de mi edad no era una cosa anómala y entonces le expliqué el motivo de mi visita, me indicó que fuera al estacionamiento de profesores y ahí finalmente pude entrar a lo más parecido a una cueva de lobos que he visto en mi vida.
Caminé por unas vereditas entre gente fajando y llegué a una gran plaza en la que los jóvenes se dedicaban –veinte años después- al mismo dulce arte de no hacer nada. Solo un imbécil se hubiera perdido dado que la enorme “B” del edificio ondeaba en todo lo alto de una estructura de ladrillo. Subí las escaleras con ciertos trabajos y llegué triunfante exactamente a las 19:50 a un salón que suponía lleno ante el entusiasmo de mis obras completas y en el que únicamente había un joven dormitando. Al lado y en la puerta me miraba una cabeza del Che Guevara de tamaño colosal. Decidí que había cometido un error (cosa absolutamente natural en mí) y entonces pensé: ¿será que escuche “B” y en realidad era “P” o “E”? Bajé corriendo a buscar tales edificios que al parecer existen solo en mi imaginación. Entonces tuve la idea de ir a la administración y preguntar ¿qué días daba clase el profesor fulanito de tal? “martes y jueves de 19 a 21” fue la respuesta en el salón B-209. Supuse –con razón- que había valido madre y que algún misterio generó ese fiasco. Acostumbrado, como estoy, a este tipo de percances volví a la boca del lobo y salí de ahí rumbo a mi casa reflexionando en lo que les hubiera dicho a los estudiantes y que se resume en lo siguiente.
Cualquier persona puede escribir un libro, un ensayo, una novela. En realidad
ése es el paso más simple del proceso. Algunos lo podrán publicar y muy pocos serán leídos. La respuesta de las masas será la que la calidad de la obra determine y de eso se trata todo. Parece un proceso muy complejo pero en realidad es de una simpleza ejemplar. ¿Quieren ser escritores? Escriban y nada más...
Es probable que esta colaboración desencadene una llamada de mi amigo. Si es usted amante de los misterios, querido lector, y quiere saber en qué paró todo, le prometo platicárselo próximamente.
Este estado de las cosas fue modificado por la invitación de un buen amigo –maestro universitario- que tomó dos iniciativas sorprendentes; la primera fue asestarles a sus jóvenes estudiantes un libro de su servidor para que lo leyeran (cosa que dudo que haya ocurrido), la segunda fue invitarme a comentar el texto con ellos. Acepté porque es mi amigo y porque hace años no volvía a la UNAM, maldito si tenía idea de que hablar con un puñado de estudiantes que seguramente miran fijamente y creen en la intelectualidad.
La cita fue inequívoca; el 7 de diciembre a las 19:45 en el salón B-209 de la Facultad de Ciencias Políticas. Hasta ahí todo bien, por supuesto no contaba con mi aditiva capacidad para el desastre que todo lo que toca lo convierte en fiasco.
Arribé a la UNAM con tiempo suficiente pero sin tener la menor idea del paradero de la citada Facultad. Un señor de bigotito me explicó y acabé en el Metro por lo que volví a preguntar esta vez la diligencia tuvo más éxito y me llevó triunfante al estacionamiento donde me pidieron mi credencial. Saqué la única que tengo que es una que me identifica como condómino de una unidad habitacional de interés social y el portero me explicó que necesitaba la de la UNAM. Supuse con terror que el hecho de que hubiera estudiantes de mi edad no era una cosa anómala y entonces le expliqué el motivo de mi visita, me indicó que fuera al estacionamiento de profesores y ahí finalmente pude entrar a lo más parecido a una cueva de lobos que he visto en mi vida.
Caminé por unas vereditas entre gente fajando y llegué a una gran plaza en la que los jóvenes se dedicaban –veinte años después- al mismo dulce arte de no hacer nada. Solo un imbécil se hubiera perdido dado que la enorme “B” del edificio ondeaba en todo lo alto de una estructura de ladrillo. Subí las escaleras con ciertos trabajos y llegué triunfante exactamente a las 19:50 a un salón que suponía lleno ante el entusiasmo de mis obras completas y en el que únicamente había un joven dormitando. Al lado y en la puerta me miraba una cabeza del Che Guevara de tamaño colosal. Decidí que había cometido un error (cosa absolutamente natural en mí) y entonces pensé: ¿será que escuche “B” y en realidad era “P” o “E”? Bajé corriendo a buscar tales edificios que al parecer existen solo en mi imaginación. Entonces tuve la idea de ir a la administración y preguntar ¿qué días daba clase el profesor fulanito de tal? “martes y jueves de 19 a 21” fue la respuesta en el salón B-209. Supuse –con razón- que había valido madre y que algún misterio generó ese fiasco. Acostumbrado, como estoy, a este tipo de percances volví a la boca del lobo y salí de ahí rumbo a mi casa reflexionando en lo que les hubiera dicho a los estudiantes y que se resume en lo siguiente.
Cualquier persona puede escribir un libro, un ensayo, una novela. En realidad
ése es el paso más simple del proceso. Algunos lo podrán publicar y muy pocos serán leídos. La respuesta de las masas será la que la calidad de la obra determine y de eso se trata todo. Parece un proceso muy complejo pero en realidad es de una simpleza ejemplar. ¿Quieren ser escritores? Escriban y nada más...
Es probable que esta colaboración desencadene una llamada de mi amigo. Si es usted amante de los misterios, querido lector, y quiere saber en qué paró todo, le prometo platicárselo próximamente.
viernes, 9 de abril de 2010
Por qué no voy al dentista (El Financiero 1995)
La costumbre de comer cacahuates japoneses la adquirí en la secundaria. Abría el celofán y vaciaba el contenido en la bolsa de mi pantalón para no dar, costumbre que todas mis parejas adolescentes consideraban repugnante. El abuso de este hábito me dejó los dientes como de octogenario, un día se me salió una amalgama y la tragué, "se puede recuperar" dijo mi tía Regina. No quise ni averiguar cómo, de manera que hice una cita con el Dr. Zamarripa, dentista amigo de mi padre para un examen completo.
El Dr. Zamarripa era un personaje extraordinario desde varios puntos de vista; tenía noventa y seis años. Es decir, pudo, sin muchas prisas, haber sido el ortodoncista de Porfirio Díaz. Cuando mi madre (mi padre no se atrevió) me informó acerca de la edad de mi futuro dentista tomé el directorio y busqué rápidamente la letra "D", sin embargo, mi hermana (una de las víctimas previas) me explicó que Zamarripa no practicaba (menos mal pensé), que era su asistente la que hacía todo instruida por él y que el trabajo que realizaba era muy competente.
-- Ellos arreglaron a la tía Engracia -- dijo en un ingenuo intento promocional.
"Pues menuda la hicieron" pensé para mis adentros. Mi tía Engracia tenía una boca como la de Nosferatu.
Pese a todo, Zamarripa daba crédito y eso me convenció. En el Metro, camino al consultorio iba yo con dolores en el pecho.
Las horas de antesala pasaron, cada minuto se convirtió en una modesta agonía.
Al entrar al consultorio me quise morir: era prácticamente imposible reconocer quién era Zamarripa y quién su asistente, ambos parecían dirigentes de la CTM. Me sentaron en el sillón y Etelvina, que así se llamaba la señora y que tenía una voz ligeramente más aguda que la de su colega preguntó:
-- ¿Cómo está nuestro enfermito?
Yo, que tenía 26 años, sonreí con la boca abierta.
Etelvina analizaba con su espejito y transmitía su diagnóstico:
-- Muela derecha fracturada, premolar antero posterior sin amalgama, etcétera.
Zamarripa anotaba flechitas en un diagrama.
-- Le vamos a poner una corona -- dijo el Dr.-- , no se preocupe, no le va a doler.
Maldito si estaba yo preocupado, fue precisamente el comentario lo que me alarmó.
-- Doña Ete, rebájele aquí al amigo el molar antero posterior.
Etelvina tomó la fresadora y la aplicó diligente sobre mi molar con una eficiencia tal que sentí cómo la virgen me hablaba al oído y decía algo acerca de los cacahuates japoneses. En un momento de profunda desesperación moral estiré la mano para detener el brazo de Etelvina. Sin embargo, se retiró con un movimiento agilísimo y lo único que pude apretar fue una chichi. Cuando terminó sudaba yo como un bendito.
-- Ya doctor -- dijo.
-- Bien, ahora haga la aplicación Abrí la boca nuevamente y Etelvina me aplicó algo parecido al chilpachole de jaiba, se sentía masoso cuando lo recorría con la punta de la lengua. Cuando terminaron, bajé tambaleante del sillón y salí por la puerta de vidrio. Fué la última vez que los vi.
Al llegar a casa me fui a ver al espejo del baño: ¡ tenía un diente de plata! No lo podía creer. Dentro de mis cánones pequeño burgueses cualquiera con un diente de plata era peor que perro.
Ahora sonrío con la boca chueca.
Por todo lo anteriormente expuesto es que no voy al dentista y eso, querido lector, es lo que sugiero que haga el resto de su vida.
El Dr. Zamarripa era un personaje extraordinario desde varios puntos de vista; tenía noventa y seis años. Es decir, pudo, sin muchas prisas, haber sido el ortodoncista de Porfirio Díaz. Cuando mi madre (mi padre no se atrevió) me informó acerca de la edad de mi futuro dentista tomé el directorio y busqué rápidamente la letra "D", sin embargo, mi hermana (una de las víctimas previas) me explicó que Zamarripa no practicaba (menos mal pensé), que era su asistente la que hacía todo instruida por él y que el trabajo que realizaba era muy competente.
-- Ellos arreglaron a la tía Engracia -- dijo en un ingenuo intento promocional.
"Pues menuda la hicieron" pensé para mis adentros. Mi tía Engracia tenía una boca como la de Nosferatu.
Pese a todo, Zamarripa daba crédito y eso me convenció. En el Metro, camino al consultorio iba yo con dolores en el pecho.
Las horas de antesala pasaron, cada minuto se convirtió en una modesta agonía.
Al entrar al consultorio me quise morir: era prácticamente imposible reconocer quién era Zamarripa y quién su asistente, ambos parecían dirigentes de la CTM. Me sentaron en el sillón y Etelvina, que así se llamaba la señora y que tenía una voz ligeramente más aguda que la de su colega preguntó:
-- ¿Cómo está nuestro enfermito?
Yo, que tenía 26 años, sonreí con la boca abierta.
Etelvina analizaba con su espejito y transmitía su diagnóstico:
-- Muela derecha fracturada, premolar antero posterior sin amalgama, etcétera.
Zamarripa anotaba flechitas en un diagrama.
-- Le vamos a poner una corona -- dijo el Dr.-- , no se preocupe, no le va a doler.
Maldito si estaba yo preocupado, fue precisamente el comentario lo que me alarmó.
-- Doña Ete, rebájele aquí al amigo el molar antero posterior.
Etelvina tomó la fresadora y la aplicó diligente sobre mi molar con una eficiencia tal que sentí cómo la virgen me hablaba al oído y decía algo acerca de los cacahuates japoneses. En un momento de profunda desesperación moral estiré la mano para detener el brazo de Etelvina. Sin embargo, se retiró con un movimiento agilísimo y lo único que pude apretar fue una chichi. Cuando terminó sudaba yo como un bendito.
-- Ya doctor -- dijo.
-- Bien, ahora haga la aplicación Abrí la boca nuevamente y Etelvina me aplicó algo parecido al chilpachole de jaiba, se sentía masoso cuando lo recorría con la punta de la lengua. Cuando terminaron, bajé tambaleante del sillón y salí por la puerta de vidrio. Fué la última vez que los vi.
Al llegar a casa me fui a ver al espejo del baño: ¡ tenía un diente de plata! No lo podía creer. Dentro de mis cánones pequeño burgueses cualquiera con un diente de plata era peor que perro.
Ahora sonrío con la boca chueca.
Por todo lo anteriormente expuesto es que no voy al dentista y eso, querido lector, es lo que sugiero que haga el resto de su vida.
miércoles, 7 de abril de 2010
Llame ya¡ (Milenio 2007)
En mis tiempos (que se han ido) la publicidad se basaba en el principio de puerta en puerta, que si bien era una chinga, tenía cierta efectividad. Uno se enteraba de cosas que podrían parece sorprendentes pero tenían un aroma seductor: “La señora Alicia vende quesadillas de papaloquelite los miércoles”, “Mirtha te lee lo ojos,” o en su defecto, “El señor del oso y el pandero ya está en la esquina”. El dueño de la tienda, Don Daniel, un hombre al que se la atribuye el digno hecho de morir por echarse un clavado en una alberca vacía, pegaba cartulinas que decían: “jamón del diablo importado, únicamente dos pesos”,
Para variar las cosas evolucionaron y aparecieron lo que llamamos genéricamente: “anuncios”. Los primeros eran precámbricos y anunciaban items impresentables como la glostora acaia o una panadería, cuyo propietario era español. La producción era elemental y basaba sus principios en que el hijo del dueño de la empresa accediera a darse pastelazos en canal cuatro, de seis a siete, percibiendo la módica suma de cuarenta pesos.
Las cosas cambiaron con el tiempo, llegó la generación yuppie., que como se sabe todo lo corrompe, y de plano el asunto se fue el carajo. Descubrí que si uno no tiene un pecho de lavadero y la capacidad de matar a cien personas con la mirada, ya valió madre. También aprendí que la mujer de mis sueños (una buenona) nunca será mía si no utilizo un reloj que me permita tomar la hora a doscientos metros de profundidad o un coche que llegue a trescientos kilómetros en diez segundos. Dado que tomar la hora frente a un tiburón o matarme en Cuemanco jugando arrancones, son cosas que se me antojan tanto como una cita a ciegas con Elba Esther, es que he vivido con ganas de terapia y de que alguien me explique mi proclividad a no entender nada.
En ésas estaríamos hasta que descubrí la televisión por cable y sus comerciales; estaba un día padeciendo una cruda merecida, cuando prendí mi televisión y me encontré a un señor que es octogenario vendiendo jugos. El anuncio era fascinante, este adulto en plenitud, aparentemente cruzó el Canal de las Mancha quince veces, trepó el Himalaya de rodillas y mató a la mamá del muerto. El problema es que tales hazañas tienen cincuenta años de antigüedad y hasta hoy se le ocurre venderlas. El producto en cuestión es una especie de casco de futbol americano en el que uno, con la debida disposición, mete cosas carcinógenas (como zanahorias y apios) y saca jugo. No entiendo el efecto dramático del viejito dándome consejos y mucho menos las invaluables aportaciones de hierro que tales brebajes me darían, el hecho es que no los tomaría ni en drogas.
Acto seguido, aparece una mujer muy buena (en la obvia acepción de “estar” y no de “ser”), que explica acerca de una faja prodigiosa, por medio a de la cual una señorita que es gorda (lo siento, dada mi incorrección política “gorda” no es adjetivo, sino calificativo) descubre prodigiosamente una madre con tres varillas que la transmutará en la señorita Colonia Crédito Constructor. Los testimoniales son notables y enternecedores; “yo era una gorda despreciable, usé (entra el nombre de la faja) y ahora mi marido está encantado”. Fascinado me mantengo en el mismo canal y me encuentro con un aparato que me recuerda vagamente una trampa para conejos. No entiendo con claridad hasta que el locutor anuncia “un sauna portátil”. La siguiente escena me muestra a una señora que llega, devastada, del trabajo y decide darse un baño. Uno esperaría que, como cualquier persona en pleno uso de facultades, entre a su casa y se meta a la chingada tina. Sin embargo, saca del sofá una madre plana que convierte en cubo, la dama se encuera y acto seguido se da un baño que parecería envidiable a no ser por la nada descartable idea de que para meterse a un espacio de esos hay que aprender contorsiones en el circo chino de Pekín.
. El último anuncio que recuerdo es el de una escalera (¡una escalera!) que se dobla y desdobla ante los ojos de los consumidores. Hay un gordo que explica las bondades del producto mientras yo me pregunto como la vida me ha puesto ante tal necesidad.
En fin… fajas, máquinas de jugos, escaleras o lo que tenga que venir, me dejan claro el simple y llano hecho de que soy un consumidor que no entiende las cosas de la vida. Pero eso sí, de plano, no tiene remedio.
Para variar las cosas evolucionaron y aparecieron lo que llamamos genéricamente: “anuncios”. Los primeros eran precámbricos y anunciaban items impresentables como la glostora acaia o una panadería, cuyo propietario era español. La producción era elemental y basaba sus principios en que el hijo del dueño de la empresa accediera a darse pastelazos en canal cuatro, de seis a siete, percibiendo la módica suma de cuarenta pesos.
Las cosas cambiaron con el tiempo, llegó la generación yuppie., que como se sabe todo lo corrompe, y de plano el asunto se fue el carajo. Descubrí que si uno no tiene un pecho de lavadero y la capacidad de matar a cien personas con la mirada, ya valió madre. También aprendí que la mujer de mis sueños (una buenona) nunca será mía si no utilizo un reloj que me permita tomar la hora a doscientos metros de profundidad o un coche que llegue a trescientos kilómetros en diez segundos. Dado que tomar la hora frente a un tiburón o matarme en Cuemanco jugando arrancones, son cosas que se me antojan tanto como una cita a ciegas con Elba Esther, es que he vivido con ganas de terapia y de que alguien me explique mi proclividad a no entender nada.
En ésas estaríamos hasta que descubrí la televisión por cable y sus comerciales; estaba un día padeciendo una cruda merecida, cuando prendí mi televisión y me encontré a un señor que es octogenario vendiendo jugos. El anuncio era fascinante, este adulto en plenitud, aparentemente cruzó el Canal de las Mancha quince veces, trepó el Himalaya de rodillas y mató a la mamá del muerto. El problema es que tales hazañas tienen cincuenta años de antigüedad y hasta hoy se le ocurre venderlas. El producto en cuestión es una especie de casco de futbol americano en el que uno, con la debida disposición, mete cosas carcinógenas (como zanahorias y apios) y saca jugo. No entiendo el efecto dramático del viejito dándome consejos y mucho menos las invaluables aportaciones de hierro que tales brebajes me darían, el hecho es que no los tomaría ni en drogas.
Acto seguido, aparece una mujer muy buena (en la obvia acepción de “estar” y no de “ser”), que explica acerca de una faja prodigiosa, por medio a de la cual una señorita que es gorda (lo siento, dada mi incorrección política “gorda” no es adjetivo, sino calificativo) descubre prodigiosamente una madre con tres varillas que la transmutará en la señorita Colonia Crédito Constructor. Los testimoniales son notables y enternecedores; “yo era una gorda despreciable, usé (entra el nombre de la faja) y ahora mi marido está encantado”. Fascinado me mantengo en el mismo canal y me encuentro con un aparato que me recuerda vagamente una trampa para conejos. No entiendo con claridad hasta que el locutor anuncia “un sauna portátil”. La siguiente escena me muestra a una señora que llega, devastada, del trabajo y decide darse un baño. Uno esperaría que, como cualquier persona en pleno uso de facultades, entre a su casa y se meta a la chingada tina. Sin embargo, saca del sofá una madre plana que convierte en cubo, la dama se encuera y acto seguido se da un baño que parecería envidiable a no ser por la nada descartable idea de que para meterse a un espacio de esos hay que aprender contorsiones en el circo chino de Pekín.
. El último anuncio que recuerdo es el de una escalera (¡una escalera!) que se dobla y desdobla ante los ojos de los consumidores. Hay un gordo que explica las bondades del producto mientras yo me pregunto como la vida me ha puesto ante tal necesidad.
En fin… fajas, máquinas de jugos, escaleras o lo que tenga que venir, me dejan claro el simple y llano hecho de que soy un consumidor que no entiende las cosas de la vida. Pero eso sí, de plano, no tiene remedio.
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