1.- Obténgase una madre cuyo aspecto sea el que la ortodoxia recomienda para este tipo de festejos. Ello supone el pelo blanco, si es posible con chongo de la Corregidora, unos lentes bifocales que se balanceen en la punta de la nariz, medias color café que se doblen a la altura de la canilla, mirada beatífica y un reboso de bolita. Conviene sentar a la festejada en una mecedora para evitar cualquier riesgo de un colapso. También es conveniente que nuestro objeto del homenaje diga frases como: “ay mijito”, “si Dios nos presta vida” o “yo ya estoy muy vieja”.
2.- Es menester machetearse un poema alusivo a la celebración que deberá ser usado en el momento oportuno. Existe un sinnúmero de opciones sin embargo, mi respetuosa sugerencia es acudir al vate Aguirre y Fierro, autor de las siguientes líneas inmortales: ¡Por mi madre! bohemios, por la anciana que piensa en el mañana, como en algo muy dulce y muy deseado, porque sueña tal vez que mi destino me señala el camino, por el que volveré pronto a su lado. Por la anciana adorada y bendecida, por la que con su sangre me dio vida, y ternura y cariño. Como podrá apreciarse críticamente, los párrafos anteriores son escalofriantes, es por ello que se recomienda recitarlos en completo estado de ebriedad, llorando y con muchos movimientos de brazos. Téngase la prudencia de evitar que la festejada se encuentre en la línea de fuego del declamante para evitar el riesgo de que éste en un arrebato de efusión , tan propio de estos casos, le caiga encima y la mande al sanatorio. Se sugiere que nuestra madrecita también llore en este momento y se deje dar un beso en la coronilla.
3.- Prepárese una comida capaz de indigestar a un buitre; tacos, enchiladas, mole, machitos y el resto de las vísceras que contiene un animal mamífero. Acompáñese con cerveza y tequila. Antes de entrar en coma etílico procúrese que los nietos lean cartas alusivas en las que reflejan el amor que sienten por su abuela. Es razonable suponer que los más grandecitos pondrán cara de hueva y se negarán rotundamente al homenaje. En este caso bastará amenazarlos con la pérdida de algún privilegio para que se disciplinen. Testimonios como el siguiente del cantante Beto Cuevas nos parecen ejemplares: Después de cuatro horas, las que supuestamente tenía que haber utilizado para sacar los cachivaches, mi madre entró y me vio acostado en una silla de playa hablando por teléfono con una amiga. Lanzó un grito al cielo y me pegó un escobazo en la cabeza. "Mi cabeza era (y aún es) muy dura y rompió el palo de la escoba. Nos miramos mutuamente y nos reímos a carcajadas, por lo absurdo de la situación. Fue una muy linda anécdota, aunque parezca violenta, ya que mi madre nunca abusó físicamente de nosotros. Mamá, ¡feliz día, te quiero mucho!".
4.- Consígase un mariachi, o de perdida un trío. En el primer caso es muy importante advertir a la festejada de la llegada del grupo musical ya que un trompetazo a traición podría desencadenara un soplo cardíaco absolutamente indeseable. En ese momento el primo que canta deberá entonar las canciones predilectas de la anciana, que deberá ser sujeto de abrazos descoyuntadores de toda la parentela en estado de ebriedad. Se procederá a abrir los regalos entre los que se sugieren bolas de estambre, un chalecito café, que deberán ser acompañados por las manualidades que hacen los infantes en la escuela y que se caracterizan por su funcionalidad tales como: una madre de madera para poner objetos calientes con la foto del niño Juanito, un pisapapeles pirograbado o un calendario lleno de dibujos acerca de la deforestación mundial con textos como el siguiente: Si vieras que a veces cuando estoy muy triste quisiera ser ave y llegar a ti, para acurrucarme como cuando niño, Madre eres ejemplo del amor sin fin.
Si usted, querido, lector, sigue estas sencillas reglas tendrá un éxito garantizado y podrá cumplir con su deuda histórica. Procure recordar además que a nuestras madres hay que quererlas todo el año y no nomás un día. He dicho.
lunes, 31 de agosto de 2009
sábado, 29 de agosto de 2009
De sueños y pesadillas (El Financiero 1995)
Siempre confié en el maestro Freud para interpretar mis sueños. ¿ Que soñaba con un buque de guerra? La cosa era fálica. ¿ Que estaba en un cuadrilátero poniendo como camote a Fidel Velázquez? Un Edipo mal resuelto. Sin embargo, recientemente tuve oportunidad de leer las cartas que el padre del psicoanálisis le mandaba a su novia y quedé muy desencantado. "(...) En primer lugar, a la pregunta de si te dejo patinar te contesto rotundamente que no. Soy demasiado celoso para permitir tal cosa. Yo no sé patinar y, aunque supiera, no tendría tiempo para acompañarte, y alguien habría de hacerlo, de modo que olvídalo". Esto le escribió don Segismundo a Martha Bernays el 21 de enero de 1885. A que la chingada -- me dije-- , ¿ cómo confiar en las interpretaciones de un tipo tan alcornoque? Entonces dejé a Freud.
Pero seguí soñando.
Mi suerte cambió y un día al salir del Metro encontré a un vendedor que ofrecía el célebre libro: Explicación de los sueños y pesadillas de autor anónimo. Desde luego lo compré. Las revelaciones que recibí aún reverberan en mi alma.
En los "Pronósticos judiciarios concernientes a los niños según el día de la semana en el que nazcan" encontré que dado que vine al mundo un viernes: "seré de complexión robusta, aunque voluptuoso y mujeriego". Esta aseveración -- huelga decirlo-- se convirtió en fuente de muchas desgracias y desprestigios.
Cuando consulté la sección "El oráculo de los amantes" me di cuenta que las preguntas interesantes ya habían sido planteadas: ¿ debo ir hoy al baile? ¿ Será mi esposo rico? ¿ Volverá y me será fiel? Para responder a tan candentes cuestiones fue menester dar la vuelta a una ruletita con los signos del zodiaco. Las respuestas se presentaron en forma de inquietantes versos:
a) No te lo quiero decir por no oírte gemir.
b) Tu novio te quiere mucho pero cuidado que es ducho.
c) Tiene buenas intenciones pero casamiento ¡ nones!
d) Evitando toda cuita llegarás a viejecita.
e) No vayas a hurtadillas, perderías una costilla.
f) Aun siendo niño de escuela se jugará hasta su abuela.
g) Un estreñimiento atroz si no te curas veloz.
Dios mío.
Cuando soñé que estaba en el Salón Madrid haciendo pipí, acudí a mi manual y encontré bajo la palabra "orines", la siguiente advertencia: "Florida salud: beberlos terminación de enfermedad. El juego lo arruinará pronto".
Debo confesar que sufrí un gran desconcierto; en realidad no soñé que tomaba los orines, lo que cancelaba la opción de terminar con mi enfermedad. En cambio, existía la temible advertencia de que el juego me arruinaría pronto ¿ cuál juego? ¿ el de barajas? ¿ el de futbol?
Durante un mes esquivé deliberadamente todo expendio de lotería que se cruzara en mi camino. Ni siquiera compré el "melate". En otra ocasión soñé que mi esposa se levantaba de la cama mientras la cabeza le daba vueltas y decía: "eres un impotente". El manual, paradójicamente, me indicó que tendría un "cercano logro" lo que me llevó a atribuir cualquier éxito en mi vida a la impotencia. Luego soñé que en las manos traía un par de guantes, esta vez mi manual declaró: "El que sueña usar buenos guantes, será feliz; el que lo contrario, experimentará mil incomodidades. Eso no resuelve el problema". Deduje que "lo contrario" era usar malos guantes. Sin embargo, no recordaba detalles de calidad en mi sueño. Lo que me dejó en blanco fue la última frase: "Eso no resuelve el problema" ¿ qué problema? ¿ Usar guantes buenos? ¿ Guantes malos? ¿ Cuál problema? ¿ De frío? ¿ De usar guantes malos? Sólo Dios lo sabe.
Mi último sueño fue el más simple: estaba en la cámara de diputados y les mentaba la madre a todos los presentes. Cuando estaba a punto de abrir mi manual, me quedé pensando en lo mucho que los sueños representan nuestros propios deseos.
Y cerré el libro.
Pero seguí soñando.
Mi suerte cambió y un día al salir del Metro encontré a un vendedor que ofrecía el célebre libro: Explicación de los sueños y pesadillas de autor anónimo. Desde luego lo compré. Las revelaciones que recibí aún reverberan en mi alma.
En los "Pronósticos judiciarios concernientes a los niños según el día de la semana en el que nazcan" encontré que dado que vine al mundo un viernes: "seré de complexión robusta, aunque voluptuoso y mujeriego". Esta aseveración -- huelga decirlo-- se convirtió en fuente de muchas desgracias y desprestigios.
Cuando consulté la sección "El oráculo de los amantes" me di cuenta que las preguntas interesantes ya habían sido planteadas: ¿ debo ir hoy al baile? ¿ Será mi esposo rico? ¿ Volverá y me será fiel? Para responder a tan candentes cuestiones fue menester dar la vuelta a una ruletita con los signos del zodiaco. Las respuestas se presentaron en forma de inquietantes versos:
a) No te lo quiero decir por no oírte gemir.
b) Tu novio te quiere mucho pero cuidado que es ducho.
c) Tiene buenas intenciones pero casamiento ¡ nones!
d) Evitando toda cuita llegarás a viejecita.
e) No vayas a hurtadillas, perderías una costilla.
f) Aun siendo niño de escuela se jugará hasta su abuela.
g) Un estreñimiento atroz si no te curas veloz.
Dios mío.
Cuando soñé que estaba en el Salón Madrid haciendo pipí, acudí a mi manual y encontré bajo la palabra "orines", la siguiente advertencia: "Florida salud: beberlos terminación de enfermedad. El juego lo arruinará pronto".
Debo confesar que sufrí un gran desconcierto; en realidad no soñé que tomaba los orines, lo que cancelaba la opción de terminar con mi enfermedad. En cambio, existía la temible advertencia de que el juego me arruinaría pronto ¿ cuál juego? ¿ el de barajas? ¿ el de futbol?
Durante un mes esquivé deliberadamente todo expendio de lotería que se cruzara en mi camino. Ni siquiera compré el "melate". En otra ocasión soñé que mi esposa se levantaba de la cama mientras la cabeza le daba vueltas y decía: "eres un impotente". El manual, paradójicamente, me indicó que tendría un "cercano logro" lo que me llevó a atribuir cualquier éxito en mi vida a la impotencia. Luego soñé que en las manos traía un par de guantes, esta vez mi manual declaró: "El que sueña usar buenos guantes, será feliz; el que lo contrario, experimentará mil incomodidades. Eso no resuelve el problema". Deduje que "lo contrario" era usar malos guantes. Sin embargo, no recordaba detalles de calidad en mi sueño. Lo que me dejó en blanco fue la última frase: "Eso no resuelve el problema" ¿ qué problema? ¿ Usar guantes buenos? ¿ Guantes malos? ¿ Cuál problema? ¿ De frío? ¿ De usar guantes malos? Sólo Dios lo sabe.
Mi último sueño fue el más simple: estaba en la cámara de diputados y les mentaba la madre a todos los presentes. Cuando estaba a punto de abrir mi manual, me quedé pensando en lo mucho que los sueños representan nuestros propios deseos.
Y cerré el libro.
viernes, 28 de agosto de 2009
El mexicano al volante (El Financiero 1995)
Hace algunos días subí a un taxi. El chofer se veía muy amable y me hizo la pregunta de rutina: ¿ ya a descansar, joven? Cuando iniciaba mi respuesta, el taxista, una especie de mister Hyde al volante, se transformó en el doctor Jekyll y gritó con cierta vulgaridad: ¡ Pus pásale, vieja guanga! El destino de su insulto, una viejita en vocho que no se enteró de nada, nos rebasó. El chofer volteó hacia mí, emprendió un guiño de complicidad y dijo: "Pinches viejas". La experiencia anterior me dejó reflexionando sobre la posible razón que explique por qué se nos desmadran las entendederas de manera tal.
Los capitalinos conducimos muy diversos tipos de vehículos: cochesotes, cochecitos, taxis y camiones. Los tripulantes pueden ser viejitas (como la guanga), burócratas que van al trabajo, o Pithencatropus en peseros; todos sin ninguna excepción tenemos la perdularia tendencia a enloquecer detrás del volante. Por alguna razón, que seguramente tiene que ver con la humillación sufrida por nuestros antepasados tenochcas, pensamos que el que se deja rebasar es puto, que aquel que cede el paso se ha vuelto loco o que el que se detiene para dejar pasar un poliomielítico merece un bocinazo con mentada de madre. ¿ Quién lo entiende? Ensayemos un análisis de la fauna automovilística y las mañas que la determinan.
Los oligarcas jóvenes.-- Los tristemente célebres júnior son jóvenes muy jóvenes que manejan sus coches a velocidades supersónicas; cuando se enojan manejan más rápido y son tan brutos que no se han dado cuenta que en nuestra ciudad el promedio de velocidad es de 20 kph. De todas maneras le recortan la suspensión a los coches, usan guantes y utilizan la palanca de velocidades como Thor usaba su martillo. Consideran que la distancia adecuada para tomar el volante es de dos metros y esto determina que para dar una vuelta necesiten hacer una contorsión de circo. Cuando chocan le hablan a su papá.
Los oligarcas viejitos.-- Les encanta leer el periódico, así no se dan cuenta de las atrocidades cometidas por su chofer. A veces les da por hacer llamadas telefónicas (¿ Jaime?... estoy aquí en el Periférico), y cuando reciben un soplo de juventud se compran un Corvette y salen a pasear con cachuchita.
Los peseros.-- Ya muchos zoólogos se han encargado de tratar de descifrar el comportamiento de estos animales. Les gusta jugar carreras por el carril de en medio; algunos especialistas han reportado que pueden cerrarse sobre un coche en menos de un segundo y que si chocan les vale madre. Consideran el concepto « atrás » como un espacio en el que siempre hay lugar, y se asume que los trastornos conductuales que sufren son consecuencia de la música que oyen.
Las tías.-- Todo mundo tiene una tía que maneja. Se trepa al coche, sume la nariz en el parabrisas y trata de enfocar el camino con sus lentes de fondo de botella. Cuando va a dar vuelta a la derecha saca la mano a la izquierda. Por algún misterio del azar su coche (un Plymouth 59) se mantiene intacto, mientras detrás de ella queda una cauda de desastres.
El lumpen degenerativo.-- Son los que con una bailarina encuerada en el retrovisor y la virgencita de Guadalupe en la parte de atrás se dejan ir como Lanzarote del Lago. Andan en grupo y frecuentemente llevan un objeto que disminuye su visibilidad, como un excusado o kilo y medio de varilla. Tienen la costumbre de negar cualquier responsabilidad ante un incidente en la vía pública.
Los materialistas.-- El problema con los camioneros es que seguramente nadie les ha explicado que, de acuerdo con la segunda ley de Newton, un vehículo que desplaza tres toneladas necesita cien metros para dar un frenazo. Lo averiguan cuando dejan como charamusca el coche de algún incauto. Entonces bajan todos los tripulantes (los que van en la caja suelen ir desnudos) y le echan montón a la víctima. Ni modo.
Lo único bueno del asunto es que nuestra imbecilidad para manejar es democrática y esto determina la posibilidad de encuentros entre las clases sociales... en la esquina de Copilco y Universidad.
Los capitalinos conducimos muy diversos tipos de vehículos: cochesotes, cochecitos, taxis y camiones. Los tripulantes pueden ser viejitas (como la guanga), burócratas que van al trabajo, o Pithencatropus en peseros; todos sin ninguna excepción tenemos la perdularia tendencia a enloquecer detrás del volante. Por alguna razón, que seguramente tiene que ver con la humillación sufrida por nuestros antepasados tenochcas, pensamos que el que se deja rebasar es puto, que aquel que cede el paso se ha vuelto loco o que el que se detiene para dejar pasar un poliomielítico merece un bocinazo con mentada de madre. ¿ Quién lo entiende? Ensayemos un análisis de la fauna automovilística y las mañas que la determinan.
Los oligarcas jóvenes.-- Los tristemente célebres júnior son jóvenes muy jóvenes que manejan sus coches a velocidades supersónicas; cuando se enojan manejan más rápido y son tan brutos que no se han dado cuenta que en nuestra ciudad el promedio de velocidad es de 20 kph. De todas maneras le recortan la suspensión a los coches, usan guantes y utilizan la palanca de velocidades como Thor usaba su martillo. Consideran que la distancia adecuada para tomar el volante es de dos metros y esto determina que para dar una vuelta necesiten hacer una contorsión de circo. Cuando chocan le hablan a su papá.
Los oligarcas viejitos.-- Les encanta leer el periódico, así no se dan cuenta de las atrocidades cometidas por su chofer. A veces les da por hacer llamadas telefónicas (¿ Jaime?... estoy aquí en el Periférico), y cuando reciben un soplo de juventud se compran un Corvette y salen a pasear con cachuchita.
Los peseros.-- Ya muchos zoólogos se han encargado de tratar de descifrar el comportamiento de estos animales. Les gusta jugar carreras por el carril de en medio; algunos especialistas han reportado que pueden cerrarse sobre un coche en menos de un segundo y que si chocan les vale madre. Consideran el concepto « atrás » como un espacio en el que siempre hay lugar, y se asume que los trastornos conductuales que sufren son consecuencia de la música que oyen.
Las tías.-- Todo mundo tiene una tía que maneja. Se trepa al coche, sume la nariz en el parabrisas y trata de enfocar el camino con sus lentes de fondo de botella. Cuando va a dar vuelta a la derecha saca la mano a la izquierda. Por algún misterio del azar su coche (un Plymouth 59) se mantiene intacto, mientras detrás de ella queda una cauda de desastres.
El lumpen degenerativo.-- Son los que con una bailarina encuerada en el retrovisor y la virgencita de Guadalupe en la parte de atrás se dejan ir como Lanzarote del Lago. Andan en grupo y frecuentemente llevan un objeto que disminuye su visibilidad, como un excusado o kilo y medio de varilla. Tienen la costumbre de negar cualquier responsabilidad ante un incidente en la vía pública.
Los materialistas.-- El problema con los camioneros es que seguramente nadie les ha explicado que, de acuerdo con la segunda ley de Newton, un vehículo que desplaza tres toneladas necesita cien metros para dar un frenazo. Lo averiguan cuando dejan como charamusca el coche de algún incauto. Entonces bajan todos los tripulantes (los que van en la caja suelen ir desnudos) y le echan montón a la víctima. Ni modo.
Lo único bueno del asunto es que nuestra imbecilidad para manejar es democrática y esto determina la posibilidad de encuentros entre las clases sociales... en la esquina de Copilco y Universidad.
jueves, 27 de agosto de 2009
1000
Mil es un número redondo y es el de visitantes de esta madre desde que inició el contador, hace como tres semanas. Mirado en perspectiva no da para lanzar cornetazos de emoción si se compara con los tiburones del blog, pero sí para darles las gracias por visitar este tugurio de cuando en cuando
FCG
FCG
Misterios beisboleros (El Financiero 2004)
Alguna vez llevé a mi prole a presenciar un partido de béisbol; se trataba de los medias blancas contra los tigres de Detroit: me animaba la idea de enseñarle, particularmente al niño frijol, un espectáculo familiar en el que la gente coexiste pacíficamente (a diferencia de un partido de los pumas donde nos llovieron hielazos). Nunca lo hubiera hecho; después de un par de pelotazos que el pitcher local le atizó a sendos bateadores visitantes, se armaron los madrazos y tuvimos el honor, de presenciar (no todos, a mi hijo le tapé los ojos) la peor golpiza que se registró en los anales de este deporte en la que se dieron literalmente hasta con la cubeta y que provocó algo así como 17 expulsados. Un señor beisbolista le arreó con el casco a otro en la cabeza y lo fueron a alcanzar por el jardín derecho, todo duró media hora pero tres entradas después se repitió la madriza por lo que decidimos emprender una prudente retirada ya que se había frustrado nuestra iniciativa didáctica lo que ha producido en mi hijo la idea de que los deportes son la reedición de la batalla de Normandía.
Ahora que la serie mundial está de moda y la gente no habla de otra cosa, me encuentro con asuntos incomprensibles que quisiera discutir con su ayuda, querido lector. Alguna vez me pregunté quién había inventado el conteo en el tenis y nadie me supo explicar, porque estará de acuerdo que es por lo menos anómalo. Ahora espero que usted me envíe un recado explicándome las cosas de la vida que por lo visto me son insondables. El primer y más evidente misterio tiene que ver con los uniformes que los beisbolistas usan y que me parecen propios de alguien que no tiene sentido del ridículo. El atuendo es lo más cercano a una pijama que he visto en mi vida, a la altura de los tobillos se localiza una especie de liga de ballerina cuyo fin ignoro, y los calcetines llegan hasta la rodilla como los que utilizan los gringos retirados en Florida. Prácticamente todos los uniformes se adornan con rayitas verticales y las cachuchas llevan una visera cuya única explicación es la de proteger los ojos del sol, sin embargo los ampayers que también están en el partido usan otro modelo de cachucha con la visera más pequeña lo que no solo les da un aspecto ridículo sino logra (dado que todos son gordos) que sean idénticos a un personaje de la pandilla que se llamaba Spanky. El misterio aditivo con respecto al uniforme es que los managers, independientemente de su edad o su aspecto se lo tengan que poner igual que sus jugadores lo que produce efectos siniestros (imaginar a Manolo Lapuente en pantalones cortos dirigiendo a la selección).
Otro enigma se vincula con el nocivo efecto de ver a un señor adulto escupiendo gargajos como cargador porque pasó la mosca, es notable: todos los jugadores mastican una masa que puede ser tabaco o chicle lo que produce que saliven como perros de Pavlov. Probablemente no sean conscientes que los observan millones de personas pero el espectáculo es francamente repugnante y si algún día por misterios de mi destino llego a ser importante y me invitan a un dog out, no me apareceré ni amarrado porque no se trata de echar a perder un buen par de zapatos.
El tercer misterio tiene que ver con el señor que se pone atrás del plato y decide si las bolas que lanza el pitcher son buenas o malas, para mí es inescrutable el uso de términos como “strike” que literalmente significa “golpear” y que se le asigna al bateador justamente cuando no lo hace o lo hace mal. Tampoco entiendo por qué a una bola mala se le llama “bola” ya que la carencia de adjetivos podría dejar a un neófito sin entender una carajo. Mucho menos comprendo por qué el ampayer cuando canta el strike emite un gruñido gutural: ¡arahtsttrdrrdrrdghhh! Que ignoro qué signifique pero es propio de la gente que está sufriendo una apoplejía y que refuerza la idea cuando el buen hombre se retuerce en un ademán teatral.
Espero sus cartas.
Ahora que la serie mundial está de moda y la gente no habla de otra cosa, me encuentro con asuntos incomprensibles que quisiera discutir con su ayuda, querido lector. Alguna vez me pregunté quién había inventado el conteo en el tenis y nadie me supo explicar, porque estará de acuerdo que es por lo menos anómalo. Ahora espero que usted me envíe un recado explicándome las cosas de la vida que por lo visto me son insondables. El primer y más evidente misterio tiene que ver con los uniformes que los beisbolistas usan y que me parecen propios de alguien que no tiene sentido del ridículo. El atuendo es lo más cercano a una pijama que he visto en mi vida, a la altura de los tobillos se localiza una especie de liga de ballerina cuyo fin ignoro, y los calcetines llegan hasta la rodilla como los que utilizan los gringos retirados en Florida. Prácticamente todos los uniformes se adornan con rayitas verticales y las cachuchas llevan una visera cuya única explicación es la de proteger los ojos del sol, sin embargo los ampayers que también están en el partido usan otro modelo de cachucha con la visera más pequeña lo que no solo les da un aspecto ridículo sino logra (dado que todos son gordos) que sean idénticos a un personaje de la pandilla que se llamaba Spanky. El misterio aditivo con respecto al uniforme es que los managers, independientemente de su edad o su aspecto se lo tengan que poner igual que sus jugadores lo que produce efectos siniestros (imaginar a Manolo Lapuente en pantalones cortos dirigiendo a la selección).
Otro enigma se vincula con el nocivo efecto de ver a un señor adulto escupiendo gargajos como cargador porque pasó la mosca, es notable: todos los jugadores mastican una masa que puede ser tabaco o chicle lo que produce que saliven como perros de Pavlov. Probablemente no sean conscientes que los observan millones de personas pero el espectáculo es francamente repugnante y si algún día por misterios de mi destino llego a ser importante y me invitan a un dog out, no me apareceré ni amarrado porque no se trata de echar a perder un buen par de zapatos.
El tercer misterio tiene que ver con el señor que se pone atrás del plato y decide si las bolas que lanza el pitcher son buenas o malas, para mí es inescrutable el uso de términos como “strike” que literalmente significa “golpear” y que se le asigna al bateador justamente cuando no lo hace o lo hace mal. Tampoco entiendo por qué a una bola mala se le llama “bola” ya que la carencia de adjetivos podría dejar a un neófito sin entender una carajo. Mucho menos comprendo por qué el ampayer cuando canta el strike emite un gruñido gutural: ¡arahtsttrdrrdrrdghhh! Que ignoro qué signifique pero es propio de la gente que está sufriendo una apoplejía y que refuerza la idea cuando el buen hombre se retuerce en un ademán teatral.
Espero sus cartas.
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