jueves, 10 de diciembre de 2009

De toros y toreros (El Financiero 2006)

Para Gabriel Quadri por la afición incompartida
Donde usted, querido lector, lee: “Zotoluco se llevó el gato al agua al meter en la canasta a un manso de solemnidad que terminó por meter la cara por ambos pitones entregado al poderío muleteril del espada chintololo, Cumplido llevó por nombre el burel al que Eulalio le cortó las orejas tras una faena recia, maciza, en la que a base de someter y cercar a su enemigo logró arrancarle muletazos de largo trazo e innegable temple. La estocada, aunque desprendida, fue suficiente para que doblara el quinto de la tarde por lo que la petición mayoritaria no se hizo esperar”, yo leo: XWRTGFR TRXWZX GRTUYIPIUYU. La crónica de Jorge Murrieta, podría estar escrita en alguna lengua muerta y su humilde servidor entendería lo mismo. En primero lugar lo de meter la cara por ambos pitones parece un albur que envidiarían Chaf y Queli, no sé qué carajo es chintololo pero suena como a idiota. Me parece temible que un señor le arranque las orejas a su enemigo (siempre que no se llame Atila el huno) y también ignoro que es una estocada desprendida aunque queda claro que por muy desprendida que sea, deja en calidad de fiambre al pobre animal.
Lo primero que llama mi atención acerca de los toros es justamente la pinche jerga que emplean los taurinos y que me parece de una mamonería ejemplar; que si patialzado, que burel, que chicuelinas… ¿por qué carajo un grupo de gente habla en clave? ¿para que el resto no entendamos? ¿Cómo una especie de código de los bufalos mojados? Misterio triple.
El segundo elemento de sorpresa tiene que ver con el aspecto de los que asisten a las plazas de toros y que parece ha emprendido una cruzada para vestirse como solo se viste aquella gente con total desprecio al que dirán. Algunos llevan sombreros como los que usaba David Reynoso, nomás que con un mecatito que cuelga por atrás. Otros llevan un atuendo como el del vocalista de los churumbeles de España con otro tipo de sombrero que tiene la particularidad de parecer un pastel al cual le cuelgan unas borlas y que es idéntico a los que los gringos creen que usábamos en tiempos del Zorro.
Un cuarto misterio tiene que ver con el momento en que la gente se emociona y le da por aventar su sombrero a lo que los entendidos llaman “ruedo”, aunque bien visto el asunto y a juzgar por la facha con la que uno luce al portarlo, yo también lo aventaría.
Descripción aparte merece el traje del torero que usa unas mallas temibles que deben provocarle orquitis, se pone medias rosas y unas zapatillas que solo le he visto a la Pavlova. También utiliza una corbata como la de los hombres de negro y un chaleco que a todas luces es tres tallas menor a la correspondiente. El sombrero (o “montera” para que no haya protestas) puede ser adquirido en un centro comercial, concretamente en la panadería ya que parece un pambazo de a peso nomás que negro. Hay otros señores que se ve que tocan en una estudiantina nomás que con sombrero de plumita (si uno fuera marciano sería plausible la hipótesis de que el primer requisito de la fiesta brava es portar sombreros de idiota).
La fiesta ¿por qué fiesta? Inicia y entonces sale el señor de las mallitas da unos pases para que luego venga un gordo a caballo que le clava una pica más larga que mis malos pensamientos al toro. Luego viene otro señor que se aproxima dando brinquitos y le clava unas banderillas a la bestia. Cuando uno está pensando seriamente en llamar al doctor Soberanes y denunciar el abuso, viene el torero y le clava un espadazo al animal y lo deja listo para un filete de aguayón. Si lo hizo competentemente recibirá un par de orejas (honestamente yo preferiría una medalla a un par de apéndices sanguinolentos y llenos de pelos). Luego da la vuelta al ruedo y si da el peso adecuado lo cargan unos señores en sus hombros y lo sacan de la plaza.
Por todo lo anterior es que los toros se han privado de mi presencia y si algún lector taurino se quiere tomar la molestia de explicarme, le suplico se abstenga; soy un hombre de ideas fijas.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

El teléfono (Etcétera 1995)

"Piungying, choi fa, ma yong", esas y no otras, fueron las palabras que salieron del teléfono un 17 de octubre de 1968. Del día me acuerdo porque era mi cumpleaños, del año por “Gigi”, una perra French poodle hija de la chingada que perteneció a la familia y murió en circunstancias misteriosas. Como el veterinario, que era un badulaque, no le hizo autopsia, a todo el mundo le entraron dudas sobre la causa de su muerte: "¿No será rabia?" sugirió en un arrebato de enorme oportunidad la tía Engracia. Al oír la palabra "rabia" pensé inmediatamente en el niño Nosequemadres Meister, el primer receptor de la vacuna antirrábica. Entre estremecimientos recordé una lámina del libro de salud que había en casa; la escena representaba a un señor que bien podría ser un enfermo de rabia o Frankestein sacudido por el deseo sexual, era horrible y le brotaba de las comisuras un hilillo de baba amarilla repugnante. Además de la información sobre el niño Nosequemadres, se explicaba que la rabia también se conocía como hidrofobia, dada la aversión de los enfermos por el agua. En aquel momento pegué una carrera hacia el lavabo y me tomé medio litro del vital líquido (escribir “vital líquido” es una estupidez, pero ni modo de repetir palabras). Total, que para salir de inquietudes nos recetaron 14 inyecciones14 en la barriga a los dos hijos menores de la familia Guillén.
Recuerdo que nos llevaban a una clínica en la calle de Chiapas, allí esperábamos a que la enfermera (una mujer sin los dientes frontales) se acabara sus chilaquiles y pasábamos a un camastro enorme. La escena era patética: Claudia empezaba a pegar unos gritos horrorosos mientras la desdentada sacaba unas jeringotas. Yo, que poseía más dignidad, resistía el tormento llorando muy quedito (como Marga López, cuando Arturo de Córdova le hacía alguna marranada). En el momento de la inyección nos tenían que detener los brazos y las piernas como en una película de Boris Karloff para que no pateáramos a la enfermera (sospecho que no tenía dientes por trabajos previos). Al final de la operación presentábamos una tarjeta como la de la Cineteca para que la perforaran y nos mandaban a ver al Tibio Muñoz en la tele...
Decía pues que el 17 de octubre de 1968 el teléfono nos dijo: "Piungying, choi fa, ma yong", las circunstancias que determinaron tan extraordinario evento fueron las siguientes:
En la privada había cinco casas, la del fondo era ocupada por Berthita la loca, una mujer que se había deschavetado el día de su boda cuando el presunto marido al escuchar la pregunta del cura, volteó a verla y dijo que nones, que él no se casaba. En ese preciso instante Berthita se desmayó. Cuando volvió en sí, ya era loca de baba. Vivía con una sirvienta que la sacaba a pasear todas las tardes. Al salir de la privada, Berthita invariablemente decía una frase sorprendente que no tenía que ver con nada como: "¡Si hay pollitooo!" o "¡muera Luis de Orleans!" cosa que nos divertía mucho.
A la mitad de la privada, una frente a otra, se encontraban las casas que mi padre llamaba de "la dialéctica". En una vivía la familia De las Heras compuesta por don Enrique, su esposa doña Ana y tres hijas buenísimas: Ana, Alicia y Adriana. Desde luego don Enrique era un estúpido, lo que se podía inferir no sólo por los nombres de sus hijas que tenían que empezar con A, sino porque estaba convencido de que era descendiente directo de Fernando VII "nuestro ilustre antecesor" ("antecesor mis huevos" le oí decir una vez a mi tío Juan). Exactamente enfrente tenía su casa el señor Federico, un grabador con el pelo hasta la nuca. Su familia era mas notable aún: la esposa era una mujer de noventa kilos que se vestía de Tehuana (o Tehuanota, si consideramos su volumen). Hacía ofrendas a Tezcatlipoca y le gritaba al marido peladeces durante la comida. Los hijos eran dos adolescentes de pelo largo que fumaban enfrente de sus padres y (prodigio de prodigios) les hablaban de tú. Se habían hecho famosos por un letrero que pusieron con pintura vinílica en la barda de un terreno cercano, "Muera Cueto y sus hijos los granaderos"...
La relación entre las dos familias era lamentable y se caracterizaba por peleas a gritos en las que se decían de todo: "indios" (las niñas a los adolescentes fumadores); "vieja chirimolera" (doña Ana a la Tehuanota); "puta" (la Tehuanota a doña Ana), "viejo flácido" (don Federico a don Enrique)... etcétera.
Nosotros habitábamos la penúltima casa con todo y la "Gigi" y éramos vecinos de don Fanfarrón, el viejo más-hijo-de-la-chingada que he conocido en mi vida. Le decíamos así en honor al villano de los cuentos de Cachirulo. Vivía acompañado de un perrote que se llamaba Dingo, un animal llevado de la mala vida muy afecto a corretearnos cuando estaba de vena. Cómo la casa de Fanfarrón tenía el único espacio de tierra para las canicas, el viejo salía todas las tardes a regarlo para que no pudiéramos jugar. Si una pelota caía en su jardín, se la daba al Dingo para que la despedazara. Aunque todos los odiábamos nos daba mucho miedo; usaba un sombrero negro y capa. Parecía enterrador de película de espantos.
Afortunadamente don Fanfarrón emprendía viajes a quién sabe donde con mucha frecuencia ("a comer niños", decía Lalito que era un mamón) y eso nos daba la oportunidad de jugar canicas a placer sin tener que preocuparnos del Dingo que estaba amarrado. El tiempo de ausencia del viejo podía ser medido por la cantidad de comida que le dejaba al perro. Nuestros cálculos nunca fallaban.
El plan se nos ocurrió después de ver una película de la segunda guerra en la que los muchachos buenos, es decir los gringos, tenían que entrar a una fortaleza alemana y matar a 35 oficiales. Nomás que la puerta se hallaba custodiada por seis doberman de miedo. Para sortear a los perros, sacaban de su mochila medio kilo de aguayón envenenado y lo tiraban por arriba de la barda.. Del desenlace ya no me acuerdo pero al terminar la película Toño mi primo se dió un sopapo en la frente tipo “tengo una gran idea” y dijo: "¿y si le hacemos lo mismo al Dingo?" La sugerencia fue unánimemente aprobada por todo el grupo e inmediatamente surgieron las comisiones: "Tú Juan, consigues el veneno", "Luis, la carne", "Jorge, unos mecates" "Nomás es cosa de que el ruco salga".
Y esperamos.
Hicimos un juramento muy idiota para guardar el secreto y cada quién se fue a su casa. Los siguientes días se fueron pachorronamente hasta que un día el perro correteó a Berthita (que quedó mucho peor después del incidente) y la “Gigi” se murió de golpe. Todos sospechamos que Juan andaba probando el veneno pero lo negó terminante.
Por fin un 15 de octubre, Fanfarrón salió con su maleta, estaría fuera una semana. Acordamos que la segunda noche realizaríamos el plan y quedamos de vernos a las ocho con los implementos necesarios. A la hora de la verdad se presentaron algunos problemas: el pendejo de Juan no llevaba veneno sino un bote de “Don Máximo”, detergente muy popular que anunciaba un viejo pelón. Luis no llevó aguayón sino tres rebanadas de salami con hongos y el mecate de Jorge medía exactamente un metro treinta, magnitud suficiente para que todos lo pendejearamos. "No importa" dijo Toño que era nuestro líder, "vamos a ver si pega". Rociamos el salami con Don Máximo, lo hicimos rollito y lo aventamos por encima de la reja hacia la casa del Dingo, el perro salió, y se tragó el pedazo inmediatamente. Enseguida empezó a hacer unos ruidos muy extraños, como si se estuviera atragantando, entró a su casa y ya no se movió. Como todos supusimos su muerte, trepamos por la alambrada y saltamos del otro lado. Para entrar a la casa, nomás hubo que zafar la puerta del baño. Esta última acción fue motivo de un penoso incidente ya que la vanguardia de nuestra misión (Jorge) se descolgó sobre el excusado con la razonable creencia de que la tapa estaba puesta, caro pago su error, pues el pie se le fue para adentro y revolvió un pedazo de mierda del tamaño de una salchicha frankfurter. Ya dentro recorrimos todas las habitaciones buscando alguna evidencia que indicara que Fanfarrón comía niños o era puto, pero nada. Decepcionados, íbamos de salida cuando Luis nos detuvo: "¡El teléfono!" dijo emocionado. Efectivamente, sobre una mesita que señalaba estaba el teléfono. Tomar el directorio, averiguar la manera para hacer llamadas de larga distancia y realizar la primera fue cosa de un instante. El mecanismo era muy simple; pensábamos en ciudades grandes con teléfonos de seis números. Marcábamos el 02 y pedíamos "con quien conteste". Iniciamos con Madrid donde eran las tres de la mañana, contestó un señor de muy mal modo, le dijimos: "chin-chin-gachupin" y cambiamos a Londres (el tipo se ha de preguntar todavía hoy si vivió una experiencia paranormal).
Esa noche recorrimos todo el mapamundi; Lima, Guatemala, Milan, Río de Janeiro (esta última ciudad nos dio la oportunidad de hacer un chiste estúpido que terminaba: "hamaca du bolas". La llamada a Tokio fue la más corta, lo primero que se oyó fueron las inmortales palabras: "Piungying, choi fa, ma yong". Cuando Toño iniciaba un "chino, chino japonés..." se escuchó un ladrido terrible. El susto que nos llevamos fue espantoso y salimos corriendo a la alambrada, allí me desgracié los pantalones nuevos de mi cumpleaños, cuando llegué a mi casa el corazón me daba tumbos.
Al día siguiente fuímos a ver al Dingo, estaba apendejadísimo pero vivito y coleando, la verdad es que a todos nos alivió. A la semana llegó don Fanfarrón y al mes entabló una demanda contra la compañía de teléfonos que se hizo legendaria. Cada que algún adulto lo veía pasar le preguntaba:
--¿Y? don Eustaquio, ¿cómo va su demanda?
-- Son carroña-- replicaba furioso don Fanfarrón.
Un día Berthita que iba saliendo, probablemente poseída por el espíritu de Graham Bell, gritó en las narices de Fanfarrón: "¡ya suelta el teléfono Isadora!". El viejo se puso peor de loco que la mismísima Berthita.
Poco tiempo después nos mudamos y el asunto no se volvió a mencionar jamás, si lo hago ahora es para lavar una culpa de 26 años, pero sobre todo intrigadísimo por el significado de las palabras inmortales:
"Piungying, choi fa, ma yong".

martes, 8 de diciembre de 2009

Efemérides (El Financiero 2003)

El diccionario define efeméride como: “Acontecimiento notable que se recuerda en cualquier aniversario del mismo”. Lo anterior supone que día con día nos llenamos de estas madres que a mí me producen mucha estupefacción ya que ignoro su utilidad. Si uno descarta las fechas celebrables a huevo como el día de la independencia o el del trabajo, no veo motivo para recordar acontecimientos que normalmente no le interesan ni a los que los leen con voz cansada en los programas de radio, porque a mí francamente me da lo mismo el día que Cervantes acabó el Quijote o cuándo Napoleón le ganó a los austríacos ya que la fecha es francamente lo de menos, el hecho es lo que cuenta. Pero con esta maldita obsesión conmemorativa que tenemos el asunto se salpica de idioteces como trataré de demostrar a continuación. Permítame, querido lector, compartir con usted las efemérides del día de hoy 25 de febrero:
1281.- Alfonso X el Sabio publica las primeras ordenanzas marítimas de Castilla. La información anterior sería valiosísima si uno supiera qué carajo son las ordenanzas y por qué misterio eran marítimas si Castilla tiene los mismos litorales que el bellísimo estado de Tlaxcala.
1570.- Pío V excomulga a Isabel I de Inglaterra. Supongo que esta efeméride debe tener cierta relevancia, particularmente para Isabel I, en cambio uno se queda con la sensación indeleble de: “y eso a mí qué me importa” que no borra nadie. De hecho el ejemplo ilustra cabalmente lo pernicioso de dar información incompleta; el asunto se pondría sabrosón si supiéramos que la excomunión llegó porque Chabela era ligera de cascos o se clavó un cáliz, pero nanay, así el asunto no sirve para nada.
1927.- El aviador italiano De Pinedo llega a Bahía tras realizar la travesía del Atlántico. Esta efeméride entraña misterios múltiples; siempre tuve la impresión de que Lindbergh fue el primero en cruzar el Atlántico justo en el mismo año. Por otro lado ¿a que Bahía llegó? ¿La de Acapulco? ¿la de Cochinos? Supongo que a la ciudad del mismo nombre en Brasil, pero, ¿de dónde venía? ¿de Italia? ¿por qué el señor De Pinedo (al que en su casa lo conocen) pasó a la historia con ese nivel de pelagatencia? No se me ocurre una sola respuesta.
1947.- El presidente argentino Juan Domingo Perón proclama los diez puntos sobre los derechos del trabajador ante la Asamblea de la Federación General del Trabajo. La información es tan relevante como la talla de sombrero de la emperatriz Josefina. ¿Cuál es el objeto de recordar este tipo de cosas? No tengo claro si los 10 puntos marcaron un hito entre los trabajadores del mundo pero francamente lo dudo muchísimo. Me imagino que el discursito empezaba diciendo cosas como: “todo trabajador tiene derecho a afiliarse en un sindicato”.
1987.- Se funda el partido del progreso de Guinea Ecuatorial con ideología demócrata cristiana. En este caso el primer referente necesario es geográfico para ubicar al citado país. Por otro lado el hecho de que se funde un partido a mí me parece una cosa muy saludable, sobre todo en Guinea Ecuatorial y supongo que el asunto debe festejarse. El problema es que en la efeméride del año 1996 se nos informa amablemente que el señor Teodoro Obiang, que asumió el poder en 1979, es reelecto presidente por otros siete años, lo que supone que si pertenece al partido del progreso (fundado por él mismo) ya chingó, en caso contrario no veo motivo para celebrar a una entidad política que por lo visto no sirve para nada.
2000.- Científicos españoles consiguen que nueve ratas parapléjicas vuelvan a caminar. En este caso el que caminó soy yo; de la paraplejidad a la perplejidad, primero porque ignoraba que los roedores padecieran estos males, segundo porque si no los padecen alguien los indujo (imaginar a un científico español dejando parapléjica a una rata) y tercero porque me imagino a las ratas alzándose en dos patas mientras chillan ¡milagro!.
Como se podrá advertir, ninguno de los asuntos anteriores parece fundamental o le da sentido a la vida de nadie que no sea la reina Isabel o las ratas parapléjicas. Por lo anterior propongo prescindir de las efemérides de manera definitiva. Los señores que las leen en el radio sabrán agradecerlo

lunes, 7 de diciembre de 2009

El cambio que viene (Equilibrio 2009)

No podemos dejar que el consumo ilimitado de los seres humanos decida qué suerte correrá la naturaleza. Después de todo, es nuestra propia suerte.
Tsetsegee Munkhbayar, ganador mongol del Premio Ambiental Goldman de 2007

El cambio climático es el equivalente ambiental de Waterloo, el lugar en que fue derrotado Napoleón el 18 de junio de 1815; todo mundo ha escuchado el término pero pocos lo comprenden a cabalidad (lo mismo que pocas personas saben que el sitio de la famosa batalla se encuentra en Bélgica).
No es desmedido afirmar que la idea del cambio climático es percibida globalmente como una amenaza que, sin embargo, no ha desencadenado el nivel de respuesta deseable. Ello probablemente se deba a varios factores entre los que destacan la renuencia de naciones poderosas a “sacrificar su desarrollo o el bienestar de su pueblo” ante medidas ambientales; un segundo elemento es de lobby; existen partes interesadas en que este concepto se perciba como “natural” y no como el resultado de presiones antopogénicas. Existen líderes de opinión que con toda seriedad niegan la evidencia científica, que cada vez es más aplastante. Finalmente encontramos el problema de la legibilidad; a pesar de la enorme difusión del concepto pocos esfuerzos se han hecho para explicarle a la sociedad los efectos directos e indirectos de esta amenaza que sin duda es la mayor que enfrentarán los ciudadanos del siglo XXI.

¿Qué es el cambio climático?
En el lejano año de 1992 la Convención Marco de las Naciones Unidas para el cambio climático definió a este fenómeno como: un cambio de clima atribuido directa o indirectamente a la actividad humana que altera la composición de la atmósfera mundial y que se suma a la variabilidad natural del clima observada durante períodos de tiempo comparables.
Esta definición parte de varios hechos que convergen en el aumento gradual de la temperatura del planeta. Por un lado la industrialización creciente de los sectores productivos utilizando combustibles fósiles genera millones de toneladas de contaminantes señaladamente de Bióxido de Carbono o CO2, que son liberadas a la atmósfera. Por otro, factores como la ganaderización y el cambio de uso de suelo ha arrasado de manera masiva con superficies forestales que, de esta manera dejan de prestar el servicio ambiental de convertir al CO2 en oxígeno a través del proceso biológico de la fotosíntesis. El efecto en la interacción de estos dos componentes (más emisiones y menos masa forestal) es que los volúmenes de bióxido de carbono y de otros gases como el metano y el óxido nitroso aumenten y generan que parte de la radiación solar que debería salir de la atmósfera permanezca en ella creando lo que se conoce popularmente como “efecto invernadero”. Este efecto produce un aumento gradual de la temperatura planetaria y con ello un escenario terriblemente preocupante para los habitantes del mundo en el que nos tocó vivir.

¿Por qué significa un costo para el país?
No es infrecuente escuchar comentarios como: “hace años no llovía de esa manera” o “nunca había sentido este calor”. Estas observaciones –anecdóticas e intuitivas- sin embargo, nos permiten perfilar los escenarios asociados al cambio climático. Cualquier prospectiva conservadora prevé modificaciones muy importantes del clima entre las que se cuentan veranos más cálidos, cambios en los regímenes de lluvias, aumento de sequías, huracanes de mayor magnitud y mayor frecuencia de eventos como El Niño. Se pronostica también que el aumento de la temperatura derrita las capas de hielo en los polos y en las montañas más altas aumentando el nivel del mar con la consecuente inundación de zonas costeras. No es necesario ser un científico para entender que los costos asociados a estas variaciones serían simplemente altísimos. La movilización de personas, la alteración de la producción de alimentos así como la destrucción asociada representan un abanico futuro de costos exorbitantes. La conclusión del informe Stern y del informe Galindo –que detallaremos más adelante- son idénticas, el costo de adaptarse al cambio climático será significativamente superior al de las tareas que se puedan realizar para evitarlo.
El uso del sentido común en este, como en prácticamente todos los problemas que enfrentamos, supondría seguir esta premisa basada en el prevenir antes que lamentar. Sin embargo, en muchos casos los ciudadanos sienten esta amenaza como algo que les es ajeno y a la que difícilmente podrían ayudar a mitigar. Esto es cierto y no lo es, los que se dedican a cuestiones ambientales han hablado ya desde hace años de “responsabilidades compartidas pero diferenciadas” y los ciudadanos tenemos varias formas de contribuir a la disminución del problema ¿la ruta? Nuestros patrones de consumo.
Durante años se ha discutido si nuestro planeta tiene una capacidad de carga, es decir si hay un número límite de individuos que pueda soportar sin colapsarse. La obvia respuesta es que depende de la forma en que consumimos. Resulta intuitivamente claro que el nacimiento de un niño en Estados Unidos tiene un costo ambiental mayor al de otro que nazca en Bután en la misma fecha… veinte veces más para ser exactos. Esto supone que la única forma en la que podemos contribuir desde la sociedad a disminuir los efectos del calentamiento es por la vía de moderar nuestros consumos de energía y para ello existen una gran cantidad de alternativas entres las que se cuenta el uso del transporte público o la adopción de dispositivos ahorradores de energía en el hogar.

El informe Stern
El lunes 30 de octubre de 2006 se publicó en internet el informe Stern llamado genéricamente de esa manera por el apellido de su autor: Sir Nicholas Stern por encargo del tesoro Británico. El documento –cuyo nombre formal es “el informe Stern sobre la economía del cambio climático”- es un voluminoso documento de setecientas páginas que da una cuenta pormenorizada y minuciosa de los escenarios económicos asociados al cambio climático. Este trabajo de inmediato se constituyó en un referente muy importante y fuente de debate mundial ya que algunos círculos cuestionaban el hecho de que Stern había puesto énfasis en aspectos de carácter político por sobre los científicos. La discusión en este caso- es bizantina. Todo asunto ambiental es a su vez un asunto con componentes políticos y ambos factores son simplemente indisolubles por lo que el mérito del trabajo es poner los botones de alerta sobre la necesidad de actuar más tarde que temprano, no solo por motivos de corrección política, sino usando poderosos argumentos de costos económicos.
De acuerdo al informe si no se toman medidas de corto plazo la temperatura global podría aumentar entre 2 y 3 grados centígrados en los próximos cincuenta años lo que acarrearía los saldos negativos que hemos revisado más arriba como sequías, hambrunas, migraciones masivas e inundaciones costeras. Los países que serían más afectados por este fenómeno serían los de menor desarrollo y esto es una paradoja ya que son los de menor responsabilidad en la emisión de gases de efecto invernadero.
De acuerdo al informe el costo de no actuar supone aproximadamente una caída del 20% del PIB mundial, aunque estudios más recientes ajustan este valor en el 15%. De cualquier manera es una cantidad formidable que me daría miedo escribir por temor a que agote con ceros el resto de esta colaboración. En contraste el informe presupone que los costos de actuación actual representan el 1% del PIB global por lo que la recomendación que subyace a las 700 páginas de Stern se puede resumir en una sola frase “hay que actuar ahora”.
Entre las medidas que el multicitado informe propone para la prevención y mitigación se cuentan la mejora en la eficiencia del uso de energía, cambios en la conducta de los consumidores optando por productos de bajas emisiones, reducción de las tasas de deforestación y adopción de tecnologías limpias. Quizá la recomendación que más peso tenga es la de operar una visión compartida que rompa las inercias de cada nación por cuidar sus propios intereses siguiendo el conocido adagio de que “se haga el cambio climático en el territorio de mi compadre”, lo que, por otro lado, sería imposible ya que los efectos del calentamiento evidentemente no reconocen fronteras políticas.

El caso mexicano
El 5 de junio de este año el Presidente Calderón presentó la versión mexicana del informe Stern, un estudio que fue conducido por Luis Miguel Galindo y que contó con las aportaciones del Banco Mundial, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, el gobierno Británico y la Semarnat. Durante la ceremonia el titular de la Semarnat –tratando de ilustrar la importancia de una acción oportuna- informó que el costo de los impactos generados por el huracán Wilma, ocurrido en 2005, fueron el 0.6% del PIB. Para dimensionar este dato baste saber que esta cantidad supera el presupuesto anual de la Semarnat y es el doble de lo que el gobierno asigna a ciencia y tecnología en un año fiscal.
El estudio analiza los efectos económicos que tendría el calentamiento en cuerpos acuáticos, la biodiversidad mexicana –una de las más ricas del planeta- el sector agrícola el forestal y las costas entre otros. Los resultados son ciertamente preocupantes y se ubican en la misma dirección que los de Stern. De acuerdo a los cálculos del equipo de investigadores los efectos económicos del cambio climático en el año 2100 si no se actúa en el corto plazo equivalen al 6.1% del PIB, mientras que la actuación inmediata le costaría a nuestra nación entre el 0.7% y el 2.2% del PIB.
El escenario que prefigura el informe es implemente apocalíptico; la extinción de entre el 2% y el 18% de mamíferos, 2$ a 8% de aves, la desaparición de los bosques tropicales y las amenazas a los manglares y arrecifes, pondrían en riesgo a las miles de especies que habitan en estos sistemas. Por otro lado casi la mitad de nuestras costas serían susceptibles de ascenso en los niveles oceánicos, así como sequías prolongadas en el norte de la República, la zona que ya la que dispone de menos agua en el país.

¿Hacia dónde?
En general las decisiones de política pública son complejas y es razonable que así sean. En este caso nos enfrentamos a una disyuntiva más bien simple: actuar o no hacerlo. Desgraciadamente nuestros políticos –al igual que muchos de nosotros- no orientan sus decisiones pensando en plazos largos ya que es más redituable trabajar bajo el mexicano principio de “aquí y ahora”. Llevamos años siendo advertidos del tema de la escasez del agua y el problema ya se nos vino encima. Decisiones como las de invertir mayores recursos en tecnologías que se basan en la explotación de combustibles fósiles –como la nueva Refinería- parecen advertirnos que seguimos siendo guiados por esta visión de corto alcance que puede traer consecuencias devastadoras. Es evidente que se debe pasar de discursos retóricos y monotemáticos como “la importancia de las energías alternativas” a los hechos acreditables en nuestro gasto público. “Prioridad sin presupuesto, no es prioridad”, sabemos perfectamente los que hemos trabajado en instituciones de Gobierno y en esta caso aparentemente el tema del calentamiento no lo ha sido.
Aún hay tiempo… pero se está agotando.

Kioto y Copenhague (Equilibrio 2009)

Se ha documentado de manera suficiente e inequívoca que la creciente emisión de gases de efecto invernadero tiene un efecto atmosférico por medio del cuál se incrementa la temperatura planetaria. Se ha demostrado también que las consecuencias de esta elevación gradual de la temperatura pueden ser desastrosamente negativas en términos humanos, ambientales y económicos. Si se aceptan estas premisas básicas entonces se podrá convenir que uno de los eventos climáticos (en el amplio sentido de las palabras) más importantes para nuestro futuro se llevó a cabo en la ciudad de Kioto, Japón en el mes de diciembre de 1995. En dicha ciudad un grupo de países industrializados pactó un acuerdo, que tendría que ser ratificado años después, por medio del cuál un grupo de Naciones industrializadas se comprometían a reducir por lo menos un 5% las emisiones de seis gases (señaladamente CO2 y Metano) en el período comprendido entre 2008 y 2012. El 100% referente era la cantidad de emisiones de 1990.
Este compromiso se pactó bajo el “principio de responsabilidades compartidas” pero diferenciadas y es por ello que la meta de reducción excluyó a países en desarrollo y no fue la misma para los desarrollados. Con el paso de los años algunos países adquirieron posiciones radicales obre el tema; concretamente Estados Unidos; los presidentes Clinton y Bush se negaron a ratificar el Protocolo argumentando que no detendrían el crecimiento económico norteamericano y su desacuerdo a que países emisores como India y China no signara compromiso alguno.
La meta para ratificar el Protocolo de Kioto requería de un número de países emisores que completara el 55% de las emisiones totales. Ello ocurrió en el año 2004 cuando el gobierno ruso accedió a ratificarlo. El Protocolo entró en vigor, con la firma de México y de más de 100 países, en febrero de 2005.
Varios son los saldos de Kioto, quizá el menos desdeñable es la firma de cumplimientos vinculantes -a diferencia del catálogo de buenas intenciones derivadas de la Cumbre de Río. Gracias al encuentro en Japón se activó el mercado de bonos de carbono, un mecanismo que otorga incentivos económicos para detener las emisiones y los Mecanismos de Desarrollo Limpio, a través de los cuales los países industrializados transfieren tecnología limpia a naciones en proceso de desarrollo.
Se han realizado varias reuniones internacionales a partir de Kioto pero sin lugar a dudas una de las más importantes es la que se celebrará en la ciudad de Copenhague del 7 al 18 de diciembre de este año. Esta reunión es particularmente importante ya que en ella se ha propuesto el objetivo explícito de generar "la conclusión de un acuerdo jurídicamente vinculante sobre el clima, válido en todo el mundo, que se aplica a partir de 2012 ". En otras palabras los acuerdos de Copenhague suceden a los de Kioto ya que estos terminan justamente en 2012 y definen el rumbo que tomarán las políticas de reducción de emisiones en el mundo. La importancia de este futuro acuerdo puede ser evaluado por el hecho de que al momento 65 líderes de Estado han confirmado su participación y entre ellos se encuentran las naciones más poderosas del mundo
Para dar cuenta de este evento Equilibrio se ha dado a la tarea de consultar a profesionales y estudiosos en la materia con el fin de que compartan con nuestros lectores su opinión ante las propuestas mexicanas en el próximo mes de diciembre. Se han hecho básicamente dos preguntas: ¿Qué opina de las propuestas que hará México en Conpenhague? y Desde su punto de vista ¿cuáles serían las propuestas ideales?. Estamos seguros que las aportaciones de este grupo experto resultarán de su interés.

Los editores de la revista me han pedido asimismo,mi opinión. Pues bien esta no es esperanzadora. México se adhirió al Protocolo en febrero de 2005 bajo el mandato de Fox. El discurso alusivo hablaba de lo obvio y evidente; transitar hacia el uso de tecnologías más limpias, buscar una tasa de deforestación cero y fomentar el uso de fuentes energéticas no contaminantes como la eólica o la solar para limitar nuestra dependencia al uso de hidrocarburos, que se están terminando.

Más de cuatro años después los resultados son profundamente magros. Se está planeando una Refinería obsoleta y el catálogo de acciones expresadas por el gobierno mexicano sigue siendo un ramillete de buenas intenciones sin los estímulos y las políticas que permitan su desarrollo. Con buenas intenciones ciertamente (Fox dixit) llegaremos a Copenhague por el camino trasero.