viernes, 23 de abril de 2010

Los debates (El Financiero 2006)

El otro día vi el debate y me quedé con una sensación de que algo no andaba bien. Por principio de cuenta es anómalo que una señora que es locutora y tiene reputación, solo sirva para decir entre pestañeos: “tiene la palabra fulanito de tal”. Esta encomienda –con altísimo grado de dificultad- la podría hacer hasta yo con la ventaja de un menor costo. El siguiente problema se debe a lo que los entendidos llaman “la equidad”. Todo mundo sabe que de las cinco propuestas dos no le interesan ni al doctor Simi (por lo que la gente aprovecha para ir al baño en el momento que los dos candidatos patito se desgranan en iniciativas sesudas). Concederle la misma oportunidad a este par, simplemente le resta tiempo a los que le importan a la gente y ello no me parece la más lúcida de las ideas.
El formato ha sido diseñado por alguien que no tuvo el tiempo suficiente para entender que si un señor tiene que explicar en minuto y medio la política económica de un país, lo más probable es que ese país vaya a la bancarrota o que nadie entienda nada. Un verdadero debate supone un moderador lúcido y tres señores que no están de acuerdo y lo deben dirimir ante la Nación. Me imagino a uno de ellos diciendo “ocurre señor candidato que no me gusta el color de su corbata” y el aludido arreando de regreso. Con la modalidad que nos fue ofrecida parecería que nos encontramos con un grupo de escolares recitando aquella de “por qué me quité del vicio”. Otro punto interesante es que todo mundo aparentemente quiere mucho al resto de sus compañeros… que si la civilidad, que una campaña de propuestas. Sin embargo, apenas se despiden viene una madriza ejemplar que es la que presenciamos los mexicanos día con día.
Me explican los que saben que esto es normal; que en todos los países con cultura política, los candidatos se dan hasta con la cubeta y tienen equipos que hurgan en los pasados de sus adversarios con el fin de rostizarlos como se rostiza a un pollo. Los ejemplos pueden ser múltiples y variados; a) el señor candidato se clavó la lana de la cooperativa escolar, b) el señor candidato tiene en su casa un loro huasteco en peligro de extinción c) la tía del señor candidato es teibolera en el Waikiki d) el abuelito del señor candidato se orinó en unos arriates de avenida Reforma y lo que sigue es un largo y penoso etcétera.
Los mexicanos (una raza impresionable), ante estas evidencias, mudamos de opinión como las víboras de piel, lo que seguramente produce un profundo desconcierto en los señores encuestadores que nunca sabe qué hacer ante tanta indecisión. Es por ello que las campañas se han convertido en el arte de tirar más madrazos y tratar de esquivar los que vienen en camino. Mi propuesta para salir de este atolladero es que busquemos gente ejemplar, de esa que está en vías de canonización para las siguientes campañas y santo remedio.
Los saldos de un debate son variados, en primer lugar los cinco candidatos salen diciendo que ganaron lo que como se sabe solo es verdad en un caso. Luego se van a una pachanga donde sus fieles los vitorean y al día siguiente la población empieza a opinar. A mí el asunto de la opinadera ya me tiene ligeramente harto. Invariablemente en cuanta reunión social me aparezco basta que me siente con un wisqui en la mano, para que los comensales piensen que tengo un profundo interés en defender a mi candidato y denostar al de su preferencia. Al respecto he seguido un noble arte en el que me considero una autoridad mundial consistente en hacerme pendejo. Sin embargo, el hecho de que yo siga esa estrategia no es garantía ya que al rato empiezan los debates que me dejan entre fuego cruzado. La gente se enciende y si no hay alguien que haga imperar la prudencia el asunto puede terminar como el rosario de Amozoc.
Por lo anteriormente expuesto es que su servidor se declara en veda social hasta el día 3 de julio, a partir de ese momento acepto la invitación que tenga a bien hacerme, querido lector.

jueves, 22 de abril de 2010

Impuestos (El Financiero 2008)

Una de las formas defensivas de los mexicanos cuando se sienten acorralados consiste en replicar “yo pago mis impuestos”, declaración que no necesariamente es verdadera pero se esgrime como una suerte de inmunidad ganada a pulso. Lo anterior, por supuesto es una imbecilidad, es obvio que pagar impuestos se convierte en algo necesario para que a este país no se lo cargue el demonio más de lo que ya lo ha hecho. Sin embargo, el tema fiscal tiene derivaciones que me interesa compartir con usted, querido lector.
En primer lugar están los que no pagan por razones diversas. Lo más flagrantes son unos señores que se llaman ambulantes, viven en la vía pública, se clavan la luz, venden pirata y no pagan impuestos. Si usted es atento se dará cuenta de que en dos líneas se han acumulado cuatro delitos que bastarían para que si yo fuera el que los comete, me mandaran a la Isla del Diablo, desnudo y con chirimoyas por único alimento, pero en este caso simplemente no pasa nada. Los segundos delincuentes son los que evaden y para esta sencilla operación hay varias estrategias. Los vendedores de servicios, por ejemplo cuando uno pide una factura declaran bostezando que como no, que con mucho gusto nomás que el producto o servicio es 15% más caro, es decir nos transfieren sus impuestos como se transfiere la gripa y uno tiene que apechugar desconsolado. Otra derivación es la de deducir gastos inauditos bajo argumentos notables “este traje de seis mil pesos me lo compré porque es esencial para que haga mi chamba” se declara”. Y entonces uno que es menesteroso y vive con ropa de refugiado se queda pensando qué carajo deducir, mientras se llega a la conclusión que seis pares de calcetines por treinta pesos no impactarán nuestra salud fiscal.
Otro tema de los impuestos (impuestos) tiene que ver con la gente como usted y como yo que sí pagamos, entregamos facturas y tenemos gastos. Como ya he declarado profusamente mi vida es la misma que la de un campesino asiático pero mis gastos no lo son. La escuela de los niños María y Frijol cuesta lo que una vasectomía mal hecha, además de que las instituciones educativas privadas generan conceptos como “reinscripción”, “aportación voluntaria” o “fideicomiso” que hay que pagar a huevo. Se me argumentará que para eso están las escuelas públicas y en ese caso ya no argumentaré nada porque odio discutir con gente imbécil. Por supuesto ni las escuelas ni los camiones escolares ni nada es deducible de impuestos por lo que uno piensa en que se vive el peor de los mundos, que es el mundo de los aspirantes a algo.
Habría que discutir, también, lo que se paga y para qué se paga; me es inescrutable un impuesto como el predial ya que con muchos trabajos me hice de una casa por la que resulta ahora que debo pagar una cantidad simplemente estúpida debido a “ajustes fiscales”. El palo de cualquier manera está dado y entonces me entero que la ley de transparencia obligará a la presidencia a reportar el dinero que ha gastado en ajuarear al señor presidente y a su esposa con el dinero que usted y yo pagamos. Es decir que la corbata de la ceremonia de presentación de cartas credenciales del embajador de Fidji se ha adquirido con mi lana. Por supuesto que me opongo frontalmente a tal cosa, como me opongo a que los desayunos, los viajes del titular del INBA o todas las bellezas presupuestales se le carguen a la ciudadanía. Sin embargo, sé perfectamente que esta diatriba no tiene el menor destino, lo más probable es que me escriban los lectores diciendo “estoy de acuerdo” y me llegue un documento oficial en el que el licenciado fulanito de tal “agradece mi interés en el tema y me explica pacientemente que el predial es un impuesto local y no federal”. En fin, este pequeño exabrupto se origina porque mi contador acaba de hacerme el favor de informar que debo $17,000.00 de una cosa que se llama IETTU y que simplemente no entiendo ya que ni soy empresario, ni lo pienso ser jamás.
Así es la vida fiscal.

miércoles, 21 de abril de 2010

Juegos en la nieve (El Financiero 1998)

Dicen que en 1967 nevó en la ciudad de México; habré estado dormido porque francamente no me acuerdo. Supongo que los chilangos hicieron las misma idioteces que se recomiendan en estos casos, como sacar la tina de lavar ropa y aventarse por una pendiente, hacer muñecos y lanzarse bolas descerebrantes.
La primera vez que vi la nieve fue durante un viaje de juventud. Recuerdo que durante los primeros diez minutos fui igual de idiota: pegué brincos, inicié la construcción de un monigote e intenté descerebrar a mis congéneres por medio de bolas de quinientos gramos. Sin embargo, los siguientes tres meses fueron de mentar madres en medio de un frío de la tiznada que me provocó pérdida de la memoria.
En otras latitudes, existe gente que nace, crece se reproduce y muere viendo nevar. Supongo que en esas condiciones las opciones sociales son limitadas y que debido a ello podemos explicar que se pongan a hacer cosas muy extrañas del tipo de las que uno tiene oportunidad de presenciar en los Juegos Olímpicos de Invierno.
Lo primero que llama la atención es una vocación digamos estoica para salir a la calle (o a las pistas) cuando la temperatura es de diez bajo cero. Yo le pondría una medalla a quien se dejara, nomás por el gusto de verle la cara fruncida por el frío, pero estos superhombres (y supermujeres, que diablos) no tienen bastante y se lanzan por una rampota trepados en esquís y con riesgo de dejar a su señora madre en el camino. Otros se enfrentan a la furia de los elementos durante treinta kilómetros, llegan con los mocos congelados y un rifle de municiones en la espalda que hay que disparar de vez en vez.
Un deporte que llamó mi atención es el del (aquí entra la pausa de mi ignorancia) ¿bobslead? En el que el chiste es subirse a un cochecito que uno empuja en su etapa inicial y que baja, digámoslo castizamente, hecho la chingada. El señor que lo tripula va viendo al cielo, supongo que rezando una Magnífica. La nota en este caso la dio el equipo puertorriqueño (ser puertorriqueño y participar en los juegos de invierno es equivalente a ser la princesa Lea y vivir en un monasterio) porque en la bajada dejaron a un coequipero. Esta participación no nos debería de sorprender si consideramos que hay un equipo que representa a Jamaica y que seguramente entrena en una de las sucursales de La Michoacana, así como un compatriota que se llama (lo juro) Hubertus no-sé-que madres, que siempre nos representó y siempre llegó en último lugar.
Otra notabilidad de los juegos de invierno es la del hockey, en el que el chiste radica en que a uno no lo decapiten seis animales que juegan en el equipo contrario. Los porteros utilizan unas máscaras como las que se venden el 16 de septiembre, nomás que de plástico y las porterías son iguales a las de las coladeritas de la secundaria. En contraste está el patinaje artístico en el que las parejas realizan movimientos que bastarían para acabar en la octava delegación de policía si uno en lugar de estar en una pista de hielo estuviera en un volkswagen. Por algún misterio una vez que terminan su rutina los sientan en unas sillas preparadas ad hoc, les regalan unos crisantemos, los ponen a esperar sus calificaciones al lado de un señor o señora que no se sabe si es pariente o el entrenador, mientras son observados por seiscientos millones de personas. Luego aparecen los resultados que normalmente son incomprensibles y en los que invariablemente hay un juez que se nota que es llevado de la mala vida.
Los Juegos Olímpicos de Invierno han concluido. ¿Por qué despiertan tanto interés entre nosotros? Yo que soy un hijo de los climas tropicales ignoro la respuesta y desde esta humilde tribuna le anuncio a mi amigo Alfonso, que me ha invitado a ir de ascensión al Popocatepetl, que ahí estaré con mucho gusto... El mismo día que los gringos nos devuelvan la alta California.

martes, 20 de abril de 2010

Rutinas (El Financiero 1999)

No sé (ni me importa) quien dijo alguna vez que el hombre es un animal de costumbres pero tenía razón. Los que vivimos en este milenio que agoniza (nótese mi vena lírica que se acentúa día con día) estamos llenos de ritos, mañas y rutinas que son indescifrables en su funcionalidad pero que cumplimos como los diez mandamientos de la ley de Dios. ¿Por qué? No tengo la mínima idea, pero siempre me ha resultado fascinante el asunto y es por ello que lo pongo hoy a su consideración.
Un día –como demostró alguien que tampoco me importa- tiene veinticuatro horas y éstas son utilizadas de la siguiente manera:
Ocho de la mañana.- Uno se despierta con muy mala cara, los ojos hinchados, el pelo de escobeta y una especie de sustancia petrificada en las comisuras de los labios. Las estrategias para salir del reino de los sueños son varias; la más ortodoxa es el reloj despertador que haya que apagar hasta por cuatro veces. Si se tiene hijos pequeños, ellos cumplirán la función o (como es mi caso) el vecino que se dedica a la limpieza de muebles con máquinas que podrían despertar al señor de los cielos de su sueño eterno. Cuando uno más o menos ya calibra, se dirige al baño, mira su mala cara en el espejo y entonces viene un regaderazo que se supone es una fuente de vitalidad. Generalmente hay que ser un experto en tornillos micrométricos ya que si el agua no está a la temperatura correcta, un movimiento en falso de cualquier palanquita, puede determinar una quemadura de tercer grado en las partes nobles.
Nueve de la mañana.- Ya vestido y después de untarse productos que tienen como función que uno no huela a lo que huele, viene el desayuno. Se recomienda jugo y huevos o fruta ¿por qué? No lo sé ¿quién afirma que es mejor un jugo de naranja que un wisqui en las rocas? ¿O que es la hora adecuada para los huevos motuleños pero no para unos canelones? Costumbres.
Nueve y media.- Hay que salir al trabajo, que en esta ciudad implica un trayecto de una hora. Generalmente cuando el ciudadano arriba a su espacio laboral viene ya madreadón porque le metieron mano en el pesero o inhaló chicharrón prensado en una estación de Metro. El siguiente paso es sentarse y hacerse güey de la mejor manera posible (echando plática, leyendo el periódico, hablando a una hot line) hasta que den las tres que es la hora (otro misterio) en la que todo mundo come.
Tres de la tarde.- Para comer se recomienda un orden especial: sopa, guisado, postre café y un cigarro. Probablemente la combinación anterior sea cancerígena pero es la buena y entonces uno se mete al cuerpo todo lo anterior en media hora y regresa con la lengua de fuera al trabajo presa de una especie de sopor que determina una siestecita en el mejor de los casos o un desnucamiento al cabecear en el peor.
Seis de la tarde.- La oficina ha terminado, se regresa a casa y la costumbre recomienda sentarse en un sillón a ver la tele. Esta actividad es la primera que se cumple al llegar al hogar, pero también la última; entre miradas de mujer, muñecos de peluche y un comercial donde sale un señor gordo y semidesnudo se pasan las horas. Si los niños tienen tarea, la resuelven frente a la tele, lo que determina que sus metáforas estén llenas de alusiones a lo buenota que está la niñera o lo bien que baila Fey.
Nueve de la noche.- La cena, consistente en pan de dulce y chocolate, (misterio again) está servida; es el momento de sentarse en la mesa y callarse la boca o hablar mal del prójimo. El siguiente paso es dar las buenas noches, quitarse la ropa y aventarla en un cesto que huele a nabos y ponerse algún atuendo nocturno (que puede ser una playera en jirones y unas bermudas guangotas). Se programa el despertador, da uno las buenas noches y se duerme hasta el día siguiente mientras empieza s sufrir las metamorfósis que determinará el pelo de escobeta, los párpados hinchados y la sustancia petrificada en la comisura de los labios... Y así hasta morir

lunes, 19 de abril de 2010

De regreso al cine (El Financiero 1990)

Hay sucesos que a uno lo dejan conmovido, ya he relatado en esta página algunos de ellos, como el día que se metió un camión en el aula de la escuela secundaria o cuando el Porky dejó ver un gran testículo mientras agonizaba bailando la danza del venado. Sin embargo, hoy pretendo hablar de cine y en consecuencia, de cómo algunas de las películas que he visto han marcado mi vida. Veamos:
Sin duda el primer filme que me conmocionó fue Mary Poppins; en él una señora (Julie Andrews) bajaba del cielo por medio de un paraguas y se metía de nana de unos niños que nadie quería. El primero sobresalto me lo llevé cuando el perico –que estaba en el mango del paraguas- habló y regañó a Julie. Durante años prefería agarrar una pulmonía que tomar un paraguas. Inmediatamente después, la nana se llevaba a los niños y se encontraban a un señor con un saco parecido al que usan los árbitros de futbol americano o la gente que no tiene sentido de la moda (Dick van Dyke) y bailaban tap con unos pingüinos que eran caricaturas. No recuerdo ya el final, sin embargo la última escena en la que Mary se va volando me parece imborrable ya que deja a los niños que encandiló mientras se encamina al cielo. Durante muchos años ello me hizo desconfiar de los adultos.
La siguiente película en mi lista de conmociones era una de Drácula; no recuerdo quiénes eran los actores pero si tengo nítidamente claro que desde mi humilde opinión eran unos pendejazos que no entendían que un señor vestido de frac, con ojos de pacheco y colmillos de vampiro, tenía que ser un vampiro que se los quería chupar. Los protagonistas eran tan brutos, que en lugar de ir a las diez de la mañana al castillo, decidían entrar a las once de la noche. Luego, a la hora de caminar por los corredores en lugar de ir como formación de rugby se separaban y de pronto al dar la vuelta se encontraban al conde que de un mordisco los dejaba jodidos. El único que no moría era un joven bien parecido que tenía la notable característica de llevar una estaca en el momento justo. Al terminar la película el único comentario posible era: “como hay gente bruta”.
Otra película que llamó mi atención fue de arte: por algún misterio estético decidí ir a la cineteca nacional cuando todavía estaba en Churubusco y entré a ver una cinta checa que la vida no me dará para recordar el nombre. En ella sucedía lo siguiente: un señor (el protagonista) salía de su casa vestido como usted y como yo, la escena cambiaba y el mismo señor caminaba pero ahora con una capa de los tres mosqueteros. Al llegar a la esquina, se dirigía a un transeúnte y su voz era similar a la de una de las hermanas de Lorenzo Antonio. En ese avatar y usando el tono soprano, explicaba que él era una visión y entonces la escena cambiaba a una granja en la que e estaba cenando una familia: El papá tenía cara de chivo, la mamá de vaca y los hijos se repartían el resto de los animales de la granja. En el momento que salí del cine escuché a un tipo de barbita que decía “es maravilloso” y entonces sentí que era yo un badulaque sin sensibilidad artística.
La última película la vi en la tele y trataba de los extraterrestres. En ella llega una nave del tamaño de mis malos pensamientos y desbarata muchas ciudades. Lo que ellos no sabían es que teníamos científicos muy chinguetas que se podían subir a naves de guerra y meterle un virus a su computadora. Hay una escena en la que el presidente gringo se trepa a un avión (¡el presidente!) y con cara de melosvoyachingar dispara unos cohetes. Al final el mundo se salva gracias al científico y a un señor negro que duerme en calzones.
Por todo lo anteriormente expuesto es que yo no veo cine para niños, ni películas de vampiros. Mucho menos me dejo atrapar por el cine de arte húngaro y lo único que sé es, que el día que nos caigan los extraterrestres, voy a esperar que Clinton se trepe a una nave y salve mi vida. Ojalá