En la siguiente dirección hay una antrevista. Es tan simple que hasta yo pude hacerlo, a pesar de que he advertido reiteradamente que soy ejemplarmente pendejo. Basta entrar en la sección "Política cero" y buscar la entrevista del 8 de septiembre
Saludos
http://www.milenio.com/portal/tv_ondemand.html
martes, 15 de septiembre de 2009
Encuentro con tu grandeza (El Financiero 1994)
Son las 8:35 p.m., me dirijo al hogar para gozar de algo que la gente pendeja llama “un merecido descanso”. Los semáforos se llenan de mimos sacando conejos de una bolsa negra, de vendedores con percheros que dan vueltas y de autos donde la gente rumia su aburrimiento poniendo cara de idiota. Mi propia cara de idiota se modifica en el momento que sintonizo Radio Acir. La voz del locutor llama mi atención: parecería un cubano sesentón.
Es el doctor Anthony Romero.
El programa se llama “Encuentro con tu grandeza” y en ese momento se presentan la licenciada Patricia “una brillante abogada” y la licenciada Zita Rodríguez, editora de la gustada revista Reporte OVNI. Viene la primera revelación: la licenciada Patricia es capaz de observar traterrestres pegados en el cuerpo de nosotros los humanos. Los síntomas que delatan la presencia de estas entidades interplanetarias que ella llama “los grises” o “bichitos” (Dios mío) son complejos y trataré de describirlos a continuación:
a) Los ojos brillan “como si uno trajera lentes de contacto”, b) los orgasmos que se experimentan (Dios mío) “son muy intensos”, c) si a un poseído le hacen una incisión en los testículos, el líquido que sale “huele acidito” (Dios mío), d) los extraterrestres sacan los óvulos de la mujer por medio del ombligo, e) hay pesadez en el cerebro y vientre abultado.
Y digo yo: 1) ¿Por qué no les pedimos a los bichitos que nos ahorren los incisos d) y e)? 2) ¿Por qué no le suplicamos a los que ven extraterrestres que dejen de estar practicando incisiones en los huevos de las personas? 3) ¿Por qué no les rogamos a nuestros amigos interplanetarios la receta para aplicar el inciso b)?
El programa siguió.
La licenciada Patricia argumentó que el antídoto contra los visitantes de otros planetas es simple: “Hay que cerrar las fuerzas astrales y pensar que desde debajo de los pies nos ponemos 60 aros dorados en forma imaginaria (obviamente, porque si los aros fueran reales pareceríamos pirinola de Apatzingán) y que cuando hacemos eso, los bichitos se van al espacio muy molestos” (Dios mío). Esa noche aprendí que “hay más de 60 razas de extraterrestres, como por ejemplo los paramilitares que son unos chaparritos de tres dedos” (por la descripción también podrían ser policías). Hay otros “enanitos de color rojo que habitan en las pantorrillas”, sin embargo “los más peligrosos son los grises, ya que son
parasitarios y se alimentan de humanos, hay otros que vienen a la Tierra para enseñarnos cosas”.
En ese momento el doctor Anthony Romero intervino para decirle a la licenciada Patricia: Como te trajo Zita, sé que no estás loca”, comentario que desde luego me tranquilizó.
Luego se leyó la llamada del señor Oscar González, un radioescucha de la colonia Ejército Constitucionalista que habló para preguntar si los bichitos tenían un coeficiente intelectual de 200 o más (evidentemente, el señor González tiene un coeficiente de 15 o menos). La respuesta fue que no, que los grises son más brutos que los humanos. “¿De donde vine los extraterrestres?” preguntó el doctor Anthony Romero. “De Orión, Andrómeda y las Pléyades”, contestó la licenciada Zita que aprovechó para regalar calendarios de la gustada revista Reporte OVNI en las que vienen “unas fotos muy bonitas de naves espaciales”. Durante el programa se escucho la música de un señor que se apellida De la Casa. Aparentemente la melodía ha sido inspirada por extraterrestres (que deben tener un gusto musical horrible, ya que la música era terrible).
Al finalizar se explicó que la gente “contactada” no lo anda contando porque se presta a que se burlen de ellos. Todo lo anterior, querido lector, en nuestra gloriosa radio mexicana, de costa a costa y de frontera a frontera (Dios mío).
Es el doctor Anthony Romero.
El programa se llama “Encuentro con tu grandeza” y en ese momento se presentan la licenciada Patricia “una brillante abogada” y la licenciada Zita Rodríguez, editora de la gustada revista Reporte OVNI. Viene la primera revelación: la licenciada Patricia es capaz de observar traterrestres pegados en el cuerpo de nosotros los humanos. Los síntomas que delatan la presencia de estas entidades interplanetarias que ella llama “los grises” o “bichitos” (Dios mío) son complejos y trataré de describirlos a continuación:
a) Los ojos brillan “como si uno trajera lentes de contacto”, b) los orgasmos que se experimentan (Dios mío) “son muy intensos”, c) si a un poseído le hacen una incisión en los testículos, el líquido que sale “huele acidito” (Dios mío), d) los extraterrestres sacan los óvulos de la mujer por medio del ombligo, e) hay pesadez en el cerebro y vientre abultado.
Y digo yo: 1) ¿Por qué no les pedimos a los bichitos que nos ahorren los incisos d) y e)? 2) ¿Por qué no le suplicamos a los que ven extraterrestres que dejen de estar practicando incisiones en los huevos de las personas? 3) ¿Por qué no les rogamos a nuestros amigos interplanetarios la receta para aplicar el inciso b)?
El programa siguió.
La licenciada Patricia argumentó que el antídoto contra los visitantes de otros planetas es simple: “Hay que cerrar las fuerzas astrales y pensar que desde debajo de los pies nos ponemos 60 aros dorados en forma imaginaria (obviamente, porque si los aros fueran reales pareceríamos pirinola de Apatzingán) y que cuando hacemos eso, los bichitos se van al espacio muy molestos” (Dios mío). Esa noche aprendí que “hay más de 60 razas de extraterrestres, como por ejemplo los paramilitares que son unos chaparritos de tres dedos” (por la descripción también podrían ser policías). Hay otros “enanitos de color rojo que habitan en las pantorrillas”, sin embargo “los más peligrosos son los grises, ya que son
parasitarios y se alimentan de humanos, hay otros que vienen a la Tierra para enseñarnos cosas”.
En ese momento el doctor Anthony Romero intervino para decirle a la licenciada Patricia: Como te trajo Zita, sé que no estás loca”, comentario que desde luego me tranquilizó.
Luego se leyó la llamada del señor Oscar González, un radioescucha de la colonia Ejército Constitucionalista que habló para preguntar si los bichitos tenían un coeficiente intelectual de 200 o más (evidentemente, el señor González tiene un coeficiente de 15 o menos). La respuesta fue que no, que los grises son más brutos que los humanos. “¿De donde vine los extraterrestres?” preguntó el doctor Anthony Romero. “De Orión, Andrómeda y las Pléyades”, contestó la licenciada Zita que aprovechó para regalar calendarios de la gustada revista Reporte OVNI en las que vienen “unas fotos muy bonitas de naves espaciales”. Durante el programa se escucho la música de un señor que se apellida De la Casa. Aparentemente la melodía ha sido inspirada por extraterrestres (que deben tener un gusto musical horrible, ya que la música era terrible).
Al finalizar se explicó que la gente “contactada” no lo anda contando porque se presta a que se burlen de ellos. Todo lo anterior, querido lector, en nuestra gloriosa radio mexicana, de costa a costa y de frontera a frontera (Dios mío).
lunes, 14 de septiembre de 2009
De Publicistas (El Financiero 2007)
Siempre me he imaginado a los publicistas como señores bien vestidos (si por bien vestido se entiende alguien que usa pashminas) que se sientan en torno de una mesa en cuyo centro hay un item –que puede ser una caja de cereal o un paquete de preservativos. Los creativos miran al techo durante media hora buscando el chispazo y de pronto uno de ellos se da un sopapo en la frente, gesto universal cuyo significado es que las ideas han arribado y propone cosas del tipo: “En la primera toma sale un periquito australiano cantando a capela”. El resto lo observa como se observa a una esfinge hasta que el señor que debe tomar la decisión asiente con un gesto y entonces todo mundo se pone a trabajar.
El siguiente paso en esta cadena criminal es autobiográfico; la escena se traslada a su humilde casa (que como he explicado con reiteración es mía) y descubre a un servidor con las patas arriba de un sofá y un wisqui en la mano observando estupefacto que efectivamente, en la pantalla de mi televisión hay un periquito australiano que prefiere choco crispis. Todo aquel que crea –es mi caso- que los publicistas son idiotas lo es triplemente, ya que si alguien es capaz de ganarse la vida de manera holgada diseñando pendejadas, merece todos mis respetos además de un somero análisis.
Pensemos en un reloj, por ejemplo, que es un ingenio humano para medir el tiempo perdido. Los hay de sol, que a mí siempre me han resultado ilegibles y de arena donde el problema es que uno ya sabe que se acabó el tiempo pero necesita un reloj de verdad para saber cuánto tiempo toma la arena en pasar de un lado al otro. El más simple y práctico es un aparato con una carátula, doce numeritos que si se desea pueden ser romanos y un extensible que rodea la muñeca del poseedor. Bien, esta idea que es sencilla y práctica se va con rumbo preciso a la chingada en el momento que llegan los publicistas y se les ocurre que un reloj le da sentido a la vida de alguien si es de platino, nos da la hora en Finlandia, resiste una profundidad de ciento cincuenta metros bajo el agua, tiene cronómetro y la exactitud suficiente para no sufrir un retraso en los próximos cien años.
Por supuesto el comercial siguiente nos presenta a un señor muy guapo y muy intrépido que no pierde el tipo mientras es correteado por una turba, se echa un clavado desde la quebrada, nada dos kilómetros y se salva para luego ir vestido con un smoking al departamento de una buenona que le quiere conocer en el sentido bíblico mientras admira su reloj..
Bien, ahora imaginemos a un señor en el D.F., pelo ralo y barriga incipiente que compra el susosdicho bien. De inmediato apreciaremos los huecos de este ejercicio de compra-venta. En primer lugar que el reloj sea de platino solo producirá que este buen hombre reciba una amputación en un semáforo de avenida Churubusco. El hecho de que dé la hora en otros países sería muy útil si nos interesara lo que ahí sucede, pero no conozco a nadie que sufra mucho si no sabe qué hora es en Alto Volta en este momento. Sumergirse a ciento cincuenta metros es una idea tan atractiva como bailar con una pandereta en una estudiantina y honestamente creo que las posibilidades de que nuestro protagonista se vea en tal circunstancia, son las mismas que tenemos de producir una bomba atómica por lo que el asunto se ve lejano en lontananza. Finalmente el hecho de que un reloj no se atrase ni un segundo más que virtud se vuelve defecto en el contexto nacional ya que nos priva de una excusa histórica para llegar tarde a las citas de la vida.
Ante el panorama anterior uno se pregunta: ¿es posible que haya gente tan imbécil para comprar el reloj? ¿Nadie percibe la auto estafa? Las respuestas son contundentes dado que esa madre está en el mercado y hay quien está dispuesto a adquirirla. El milagro anterior se debe al noble gremio de la publicidad a quienes desde este humilde despacho envío un saludo con lágrimas en los ojos.
El siguiente paso en esta cadena criminal es autobiográfico; la escena se traslada a su humilde casa (que como he explicado con reiteración es mía) y descubre a un servidor con las patas arriba de un sofá y un wisqui en la mano observando estupefacto que efectivamente, en la pantalla de mi televisión hay un periquito australiano que prefiere choco crispis. Todo aquel que crea –es mi caso- que los publicistas son idiotas lo es triplemente, ya que si alguien es capaz de ganarse la vida de manera holgada diseñando pendejadas, merece todos mis respetos además de un somero análisis.
Pensemos en un reloj, por ejemplo, que es un ingenio humano para medir el tiempo perdido. Los hay de sol, que a mí siempre me han resultado ilegibles y de arena donde el problema es que uno ya sabe que se acabó el tiempo pero necesita un reloj de verdad para saber cuánto tiempo toma la arena en pasar de un lado al otro. El más simple y práctico es un aparato con una carátula, doce numeritos que si se desea pueden ser romanos y un extensible que rodea la muñeca del poseedor. Bien, esta idea que es sencilla y práctica se va con rumbo preciso a la chingada en el momento que llegan los publicistas y se les ocurre que un reloj le da sentido a la vida de alguien si es de platino, nos da la hora en Finlandia, resiste una profundidad de ciento cincuenta metros bajo el agua, tiene cronómetro y la exactitud suficiente para no sufrir un retraso en los próximos cien años.
Por supuesto el comercial siguiente nos presenta a un señor muy guapo y muy intrépido que no pierde el tipo mientras es correteado por una turba, se echa un clavado desde la quebrada, nada dos kilómetros y se salva para luego ir vestido con un smoking al departamento de una buenona que le quiere conocer en el sentido bíblico mientras admira su reloj..
Bien, ahora imaginemos a un señor en el D.F., pelo ralo y barriga incipiente que compra el susosdicho bien. De inmediato apreciaremos los huecos de este ejercicio de compra-venta. En primer lugar que el reloj sea de platino solo producirá que este buen hombre reciba una amputación en un semáforo de avenida Churubusco. El hecho de que dé la hora en otros países sería muy útil si nos interesara lo que ahí sucede, pero no conozco a nadie que sufra mucho si no sabe qué hora es en Alto Volta en este momento. Sumergirse a ciento cincuenta metros es una idea tan atractiva como bailar con una pandereta en una estudiantina y honestamente creo que las posibilidades de que nuestro protagonista se vea en tal circunstancia, son las mismas que tenemos de producir una bomba atómica por lo que el asunto se ve lejano en lontananza. Finalmente el hecho de que un reloj no se atrase ni un segundo más que virtud se vuelve defecto en el contexto nacional ya que nos priva de una excusa histórica para llegar tarde a las citas de la vida.
Ante el panorama anterior uno se pregunta: ¿es posible que haya gente tan imbécil para comprar el reloj? ¿Nadie percibe la auto estafa? Las respuestas son contundentes dado que esa madre está en el mercado y hay quien está dispuesto a adquirirla. El milagro anterior se debe al noble gremio de la publicidad a quienes desde este humilde despacho envío un saludo con lágrimas en los ojos.
domingo, 13 de septiembre de 2009
La ouija
La tarde que Luis Herrera llegó con el cuento de que estaba oyendo voces todos lo mandamos a la mierda y le dijimos “puto”. Jugábamos dominó en casa de Memo Rivera y en ese momento Roberto Garza, en un alarde de imbecilidad, le ahorcaba la mula de cuatros a Gerardo Gaal, quien muy molesto contestó:
–Tu mamá en bicicleta.
Luis no se amilanó ante la decepcionante respuesta. Insistía en que del clóset de su departamento brotaba un quejido muy lúgubre. “Más o menos así”, decía: “Mjjmjjmj”.
“Tu mamá en bicicleta” (again).
El juego terminó pronto por la evidente incompatibilidad entre Gerardo y Roberto que casi acaban a madrazos, y es que su técnica de juego era ejemplar por lo mala; si, por ejemplo, Roberto marcaba a doses, Gerardo movía la cabeza, decía alguna frase prefabricada, como “A la güera pito”, y tapaba la cara del dos-cuatro.
No teníamos nada que hacer y Luis seguía con la remolona, así es que decidimos –en un alarde de valentía– acompañarlo a su departamento. Vivía en Cadereyta, una callecita que se encuentra en la Condesa, detrás del Auditorio Plaza. Al pasar frente al cine, Guillermo –que siempre ha sido y será un marranazo– tuvo la luminosa idea de entrar a ver Calígula. La aprobación fue unánime. La película resultó terrible: Peter O' Toole dedicó dos horas para cogerse a la mitad del reparto (la otra mitad se cogía entre sí). Cuando salimos, Memo hizo un comentario que refleja íntegramente la naturaleza de su personalidad: “¿Vieron qué chichotas?”.
Llegamos a casa de Luis. Su departamento tenía una arquitectura extravagante, ya que había sido ocupado por una bailarina de flamenco que puso duela en todo el piso, incluida la cocina. Las paredes estaban tapizadas con espejos de piso a techo y las lámparas eran de velas y no de focos de setenta watts. Nos dirigimos inmediatamente al armario del que salían los gemidos que oía Luis. Lo abrimos y no encontramos nada anormal, salvo unas orejas de mausquetero que le valieron al anfitrión un profundo desprestigio.
Era temprano, así que decidimos jugar a la baraja; mientras una comisión se iba por las cervezas, el resto sacamos los naipes y la dotación de botana necesaria.
Nos pusimos a jugar.
Después de dos horas (una de ellas en la que se discutió si tercia mataba a corrida o corrida a tercia en pókar abierto), y cuando los estragos de las cervezas empezaban a hacer efecto, un ruido nos dejó helados. Venía del armario y era exactamente como Luis lo había descrito: “Mjjmjjmj”.
–Puta madre –dijo Memo.
Nadie se movió, el gemido subía de tono y luego se apagaba.
–Luis, abre la puerta –sugirió en un susurro Gerardo.
–Mis nalgas –contestó el interpelado con comprensible pragmatismo.
Guillermo, que era el más borracho, propuso que nos acercáramos todos: el jalaría la manija. Eso hicimos, caminamos de puntitas.
El gemido seguía.
Memo se adelantó y tomó la manija con la mano, la manipuló con una lentitud exasperante y abrió la puerta.
Cuando todos teníamos un pie en la acera, descubrimos que en el interior del armario no ocurría nada anormal. Roberto, en un arrebato positivista, se dedicó a buscar una grabadora inexistente en lo que él suponía una broma de Luis.
Nada. El gemido había cesado.
Decidimos que tan extraordinario evento requería una respuesta. Después de breve concilio, se acordó invocar a los espíritus a través de una tabla ouija. El problema es que nadie tenía una. La solución la ofreció Gerardo, que propuso llenar la mesa con papelitos en los que escribimos las letras del alfabeto y las palabras: “Sí”, “No”, “Hola” y “Adiós”.
La operación se interrumpió un momento ante la discusión de si la ch era o no letra del alfabeto. “¿Qué tal si el visitante nos dice chinga tu madre?”, argumentaba Memo.
Utilizamos un caballo tequilero para moverlo sobre la mesa y nos sentamos los cinco alrededor. En ese momento inició un aguacero terrible, cada relámpago reflejaba nuestras sombras que se movían en la pared por el efecto de la vela. Acordamos que Luis fuera el médium, ya que en su casa es donde ocurría todo. Tomó el vaso con la punta de los dedos y preguntó a las velas del techo. “¿Hay alguien ahí?” Nos quedamos sin aliento cuando el vaso se movió hacia la palabra “Sí”.
–Puta madre –dijo Memo.
–¿Qué le digo? –preguntó Luis.
–Que se manifieste –sugirió Gerardo, que había visto las películas de Houdini.
–¡Manifiéstate! –ordenó Luis en el preciso momento que tronó un relámpago que nos sacó el pedo de nuestra vida.
En ese instante ocurrió un hecho notable: Roberto puso las manos sobre la mesa, los ojos en blanco y preguntó con la voz de Darth Vader: “¿Qué desean?”
Gerardo, que estaba al lado, pegó un brinco, Luis soltó el vasito, Memo dijo “Puta madre” y yo me trabé de miedo. Roberto seguía pelando los ojos.
Luis ensayó:
–¿Quién eres?
–Benito –dijo la voz.
Nos miramos con desconcierto. ¿Mussolini? ¿Camelo? ¿El Benemérito? ¿Cuál Benito? Se lo preguntamos. La respuesta brotó de los labios de Roberto: “Benito Terán Parada”.
El nombre, pese a sus virtudes para el albur, no le sonaba a nadie.
–¿Y qué deseas? –preguntó Luis.
–Necesito su ayuda –respondió la voz, y prosiguió–: Exactamente hace cincuenta años, escondí bajo la duela del armario una carta. Es preciso que la encuentren y la destruyan.
Otro trueno.
–¿Por qué, Benito?, ¿por qué quieres que la destruyamos? –preguntó Luis que estaba entrando en confianza.
–Porque mientras siga ahí, no podré morir. La carta detalla la enorme infamia que cometí con la que era mi esposa. Injustamente la acusé de pervertir su cuerpo en placeres inconfesables... es por eso que la maté.
En el momento que Benito decía esas terribles palabras entró un aironazo que apagó las velas. “¡Hijodesuputamadre!”, gritó Memo y botó la mesa. Después de un instante, Gerardo sacó su crícket y trajo la luz. La escena era diferente. Luis estaba abajo del sofá, Guillermo en la cocina blandiendo una escoba, un servidor en el suelo a consecuencia de un escobazo. Sólo Roberto seguía sentado sin inmutarse: “Muchachos, por favor, ¡la carta!”.
Fuimos todos temblando al armario, lo abrimos y empezamos a vaciarlo.
Esa noche nos enteramos de que, además de las orejas de mausquetero, Luis tenía la edición de lujo del libro vaquero, una foto infame de Erika Buenfil (dedicada) y la colección completa de las obras de Xaviera Hollander. Abajo de la alfombra, que cortamos presurosos con unas tijeras barracuda, había efectivamente una duela suelta, en su interior estaba un sobre amarillo y dentro la carta de don Benito.
Nadie se atrevió a leerla. Gerardo decidió quemarla en el fregadero de la cocina. En ese momento Roberto volvió a abrir la boca: “Gracias, gracias, me han dado el descanso que necesitaba”, y se desmayó.
Lo despertamos dándole a oler unas mollejas de pollo. Cuando abrió los ojos no recordaba nada. Le preguntamos que cómo se sentía y respondió con una frase que nunca olvidaré:
–Atahualpa Yupanqui.
Toda la noche nos quedamos como pendejos tratando de descifrar lo que había sucedido. Se ofrecieron las más diversas hipótesis, desde la que planteaba que todo había sido el producto de una alucinación colectiva porque el trago estaba adulterado, hasta la idea de que, por un instante, habíamos entrado a la dimensión desconocida. Ninguno de nosotros quiso salir a la calle.
Por la mañana nos refugiamos en la casa de Gerardo. Seguíamos discutiendo. Roberto, que había ido a la recámara para telefonearle a su madre, entró a la sala...
Venía lívido.
Cuando estábamos a punto de darle a oler más mollejas de pollo, nos contó que su tío abuelo había muerto la noche anterior en el manicomio. “Se llamaba Benito”, agregó.
Un coro unánime exclamó “¡Hijodesuputamadre!”, al tiempo que se establecía el juramento sagrado de no volver a tomar.
Que algunos cumplimos y otros no.
–Tu mamá en bicicleta.
Luis no se amilanó ante la decepcionante respuesta. Insistía en que del clóset de su departamento brotaba un quejido muy lúgubre. “Más o menos así”, decía: “Mjjmjjmj”.
“Tu mamá en bicicleta” (again).
El juego terminó pronto por la evidente incompatibilidad entre Gerardo y Roberto que casi acaban a madrazos, y es que su técnica de juego era ejemplar por lo mala; si, por ejemplo, Roberto marcaba a doses, Gerardo movía la cabeza, decía alguna frase prefabricada, como “A la güera pito”, y tapaba la cara del dos-cuatro.
No teníamos nada que hacer y Luis seguía con la remolona, así es que decidimos –en un alarde de valentía– acompañarlo a su departamento. Vivía en Cadereyta, una callecita que se encuentra en la Condesa, detrás del Auditorio Plaza. Al pasar frente al cine, Guillermo –que siempre ha sido y será un marranazo– tuvo la luminosa idea de entrar a ver Calígula. La aprobación fue unánime. La película resultó terrible: Peter O' Toole dedicó dos horas para cogerse a la mitad del reparto (la otra mitad se cogía entre sí). Cuando salimos, Memo hizo un comentario que refleja íntegramente la naturaleza de su personalidad: “¿Vieron qué chichotas?”.
Llegamos a casa de Luis. Su departamento tenía una arquitectura extravagante, ya que había sido ocupado por una bailarina de flamenco que puso duela en todo el piso, incluida la cocina. Las paredes estaban tapizadas con espejos de piso a techo y las lámparas eran de velas y no de focos de setenta watts. Nos dirigimos inmediatamente al armario del que salían los gemidos que oía Luis. Lo abrimos y no encontramos nada anormal, salvo unas orejas de mausquetero que le valieron al anfitrión un profundo desprestigio.
Era temprano, así que decidimos jugar a la baraja; mientras una comisión se iba por las cervezas, el resto sacamos los naipes y la dotación de botana necesaria.
Nos pusimos a jugar.
Después de dos horas (una de ellas en la que se discutió si tercia mataba a corrida o corrida a tercia en pókar abierto), y cuando los estragos de las cervezas empezaban a hacer efecto, un ruido nos dejó helados. Venía del armario y era exactamente como Luis lo había descrito: “Mjjmjjmj”.
–Puta madre –dijo Memo.
Nadie se movió, el gemido subía de tono y luego se apagaba.
–Luis, abre la puerta –sugirió en un susurro Gerardo.
–Mis nalgas –contestó el interpelado con comprensible pragmatismo.
Guillermo, que era el más borracho, propuso que nos acercáramos todos: el jalaría la manija. Eso hicimos, caminamos de puntitas.
El gemido seguía.
Memo se adelantó y tomó la manija con la mano, la manipuló con una lentitud exasperante y abrió la puerta.
Cuando todos teníamos un pie en la acera, descubrimos que en el interior del armario no ocurría nada anormal. Roberto, en un arrebato positivista, se dedicó a buscar una grabadora inexistente en lo que él suponía una broma de Luis.
Nada. El gemido había cesado.
Decidimos que tan extraordinario evento requería una respuesta. Después de breve concilio, se acordó invocar a los espíritus a través de una tabla ouija. El problema es que nadie tenía una. La solución la ofreció Gerardo, que propuso llenar la mesa con papelitos en los que escribimos las letras del alfabeto y las palabras: “Sí”, “No”, “Hola” y “Adiós”.
La operación se interrumpió un momento ante la discusión de si la ch era o no letra del alfabeto. “¿Qué tal si el visitante nos dice chinga tu madre?”, argumentaba Memo.
Utilizamos un caballo tequilero para moverlo sobre la mesa y nos sentamos los cinco alrededor. En ese momento inició un aguacero terrible, cada relámpago reflejaba nuestras sombras que se movían en la pared por el efecto de la vela. Acordamos que Luis fuera el médium, ya que en su casa es donde ocurría todo. Tomó el vaso con la punta de los dedos y preguntó a las velas del techo. “¿Hay alguien ahí?” Nos quedamos sin aliento cuando el vaso se movió hacia la palabra “Sí”.
–Puta madre –dijo Memo.
–¿Qué le digo? –preguntó Luis.
–Que se manifieste –sugirió Gerardo, que había visto las películas de Houdini.
–¡Manifiéstate! –ordenó Luis en el preciso momento que tronó un relámpago que nos sacó el pedo de nuestra vida.
En ese instante ocurrió un hecho notable: Roberto puso las manos sobre la mesa, los ojos en blanco y preguntó con la voz de Darth Vader: “¿Qué desean?”
Gerardo, que estaba al lado, pegó un brinco, Luis soltó el vasito, Memo dijo “Puta madre” y yo me trabé de miedo. Roberto seguía pelando los ojos.
Luis ensayó:
–¿Quién eres?
–Benito –dijo la voz.
Nos miramos con desconcierto. ¿Mussolini? ¿Camelo? ¿El Benemérito? ¿Cuál Benito? Se lo preguntamos. La respuesta brotó de los labios de Roberto: “Benito Terán Parada”.
El nombre, pese a sus virtudes para el albur, no le sonaba a nadie.
–¿Y qué deseas? –preguntó Luis.
–Necesito su ayuda –respondió la voz, y prosiguió–: Exactamente hace cincuenta años, escondí bajo la duela del armario una carta. Es preciso que la encuentren y la destruyan.
Otro trueno.
–¿Por qué, Benito?, ¿por qué quieres que la destruyamos? –preguntó Luis que estaba entrando en confianza.
–Porque mientras siga ahí, no podré morir. La carta detalla la enorme infamia que cometí con la que era mi esposa. Injustamente la acusé de pervertir su cuerpo en placeres inconfesables... es por eso que la maté.
En el momento que Benito decía esas terribles palabras entró un aironazo que apagó las velas. “¡Hijodesuputamadre!”, gritó Memo y botó la mesa. Después de un instante, Gerardo sacó su crícket y trajo la luz. La escena era diferente. Luis estaba abajo del sofá, Guillermo en la cocina blandiendo una escoba, un servidor en el suelo a consecuencia de un escobazo. Sólo Roberto seguía sentado sin inmutarse: “Muchachos, por favor, ¡la carta!”.
Fuimos todos temblando al armario, lo abrimos y empezamos a vaciarlo.
Esa noche nos enteramos de que, además de las orejas de mausquetero, Luis tenía la edición de lujo del libro vaquero, una foto infame de Erika Buenfil (dedicada) y la colección completa de las obras de Xaviera Hollander. Abajo de la alfombra, que cortamos presurosos con unas tijeras barracuda, había efectivamente una duela suelta, en su interior estaba un sobre amarillo y dentro la carta de don Benito.
Nadie se atrevió a leerla. Gerardo decidió quemarla en el fregadero de la cocina. En ese momento Roberto volvió a abrir la boca: “Gracias, gracias, me han dado el descanso que necesitaba”, y se desmayó.
Lo despertamos dándole a oler unas mollejas de pollo. Cuando abrió los ojos no recordaba nada. Le preguntamos que cómo se sentía y respondió con una frase que nunca olvidaré:
–Atahualpa Yupanqui.
Toda la noche nos quedamos como pendejos tratando de descifrar lo que había sucedido. Se ofrecieron las más diversas hipótesis, desde la que planteaba que todo había sido el producto de una alucinación colectiva porque el trago estaba adulterado, hasta la idea de que, por un instante, habíamos entrado a la dimensión desconocida. Ninguno de nosotros quiso salir a la calle.
Por la mañana nos refugiamos en la casa de Gerardo. Seguíamos discutiendo. Roberto, que había ido a la recámara para telefonearle a su madre, entró a la sala...
Venía lívido.
Cuando estábamos a punto de darle a oler más mollejas de pollo, nos contó que su tío abuelo había muerto la noche anterior en el manicomio. “Se llamaba Benito”, agregó.
Un coro unánime exclamó “¡Hijodesuputamadre!”, al tiempo que se establecía el juramento sagrado de no volver a tomar.
Que algunos cumplimos y otros no.
sábado, 12 de septiembre de 2009
Ande yo caliente (El Financiero 1996)
ESTA reflexión sobre la moda se inició de modo empírico hace unos días, cuando me encontré a una amistad que venía vestida como la planta de la guanábana: "¿Y ese modelito", pregunté siguiendo la mexicanísima costumbre de joder al prójimo. "Qué sabes tú, que te vistes como don Teofilito", respondió la amistad devolviendo el golpe. El comentario fue --desgraciadamente-- atinadísimo y me cerró la boca. Más tarde me quedé pensando acerca de la incapacidad congénita que poseo para establecer un vínculo conceptual con la compleja idea de "moda".
En mi niñez, por ejemplo, bien podría haber sido considerado como un adelantado, ya que me ponía unos overoles de aviador que la gente empezó a utilizar veinte años después. El pelo me lo cortaba al estilo Paricutín, esto es, a rape en los parietales y largo en la coronilla, justo como hacen hoy los adolescentes oligofrénicos. En realidad nunca he podido establecer cuáles son los misteriosos procesos que orientan a un ser en pleno uso de facultades a ponerse un arete en el pezón o que determinan que se usen sombreritos como el que su majestad, la reina Isabel, usó ayer en la final de la Eurocopa. Pero, como ya expliqué, quién soy yo para andar criticando.
La moda, desde luego, obedece a criterios cambiantes y entonces hay que adaptarse. Los verdaderos árbitros de la elegancia son aquellos que logran otear los vientos de la estética y estar siempre como don Ferruco en la Alameda; a esa categoría pertenece --según me explican-- Carlos Fuentes. Otros nos conformamos con ir por la vida dando de que hablar. Ni modo.
Un breve paseo por la historia nos ofrece información aleccionadora: nuestros antepasados se vestían con plumas y son los pioneros del barroco temprano. Baste imaginar a Moctezuma recibiendo a las visitas con su penacho, que por cierto podrá ser muy bonito pero en la cabeza de un ser humano se ve horroroso, y el ejemplo lo han ofrecido históricamente nuestras representantes en concursos de belleza internacionales que con el penacho parecen artesanía de Olinalá. Los españoles trajeron las medias y unos pantalones bombachos de rayitas. Además impusieron la barba y el bigote. Se pueden reconocer en las litografías porque usan un casco que parece una carabela al revés, y por su inevitable tendencia a traer un indio arrastrado de los pelos.
Luego se pusieron de moda las patillas de taquero para los señores y el chongo para las damas. En el caso de los virreyes era muy bien visto utilizar una peluca con cairelitos y medallas en el saco, que podía ser azul rey o amarillo. Lo fascinante del asunto, según yo, no es cómo se veía la corregidora (por cierto, siempre de perfil), sino el momento en que alguna señora se soltaba el pelo y ensayaba una nueva opción. ¿Qué pensaba? ¿Cuál era el primer efecto? No lo sé.
Los mexicanos, aparentemente, hemos mostrado muy poca iniciativa para diseñar nuestros propios modelitos y más bien hemos vivido a la espera de las últimas novedades para imitarlas rápidamente (el nacionalista que crea lo contrario, pregúntese a sí mismo cuándo ha visto a una alemana vestida de china poblana en una calle de Munich).
En realidad lo que ha sucedido es que hemos decidido uniformarnos de acuerdo con nuestra condición gremial. Los intelectuales (no me refiero a los orgánicos que se visten en Robert's) entran en la clasificación de "desaparrado" rápidamente, dado su gusto por prescindir de símbolos de esclavitud, como las corbatas, y entonces consideran un valor agregado el de vestirse con pana y fumar cigarros franceses. Los jóvenes ejecutivos utilizan trajes pastel y corbatas que parecen el arrecife de Cozumel. Para comer se guardan la corbata en la barriga. Los estudiantes --si son de Derecho-- se visten como sus papás, y, en cambio, si estudian artes plásticas, como si fueran a bailar la danza de los venados. Los académicos de la UNAM no pueden ser descritos porque no se quitan la bata... y así por el estilo.
Mi esquizofrenia ha determinado que no posea ninguna identidad gremial, ¿qué significa esto? Que la moda y yo jamás nos entenderemos. Ni modo (again).
En mi niñez, por ejemplo, bien podría haber sido considerado como un adelantado, ya que me ponía unos overoles de aviador que la gente empezó a utilizar veinte años después. El pelo me lo cortaba al estilo Paricutín, esto es, a rape en los parietales y largo en la coronilla, justo como hacen hoy los adolescentes oligofrénicos. En realidad nunca he podido establecer cuáles son los misteriosos procesos que orientan a un ser en pleno uso de facultades a ponerse un arete en el pezón o que determinan que se usen sombreritos como el que su majestad, la reina Isabel, usó ayer en la final de la Eurocopa. Pero, como ya expliqué, quién soy yo para andar criticando.
La moda, desde luego, obedece a criterios cambiantes y entonces hay que adaptarse. Los verdaderos árbitros de la elegancia son aquellos que logran otear los vientos de la estética y estar siempre como don Ferruco en la Alameda; a esa categoría pertenece --según me explican-- Carlos Fuentes. Otros nos conformamos con ir por la vida dando de que hablar. Ni modo.
Un breve paseo por la historia nos ofrece información aleccionadora: nuestros antepasados se vestían con plumas y son los pioneros del barroco temprano. Baste imaginar a Moctezuma recibiendo a las visitas con su penacho, que por cierto podrá ser muy bonito pero en la cabeza de un ser humano se ve horroroso, y el ejemplo lo han ofrecido históricamente nuestras representantes en concursos de belleza internacionales que con el penacho parecen artesanía de Olinalá. Los españoles trajeron las medias y unos pantalones bombachos de rayitas. Además impusieron la barba y el bigote. Se pueden reconocer en las litografías porque usan un casco que parece una carabela al revés, y por su inevitable tendencia a traer un indio arrastrado de los pelos.
Luego se pusieron de moda las patillas de taquero para los señores y el chongo para las damas. En el caso de los virreyes era muy bien visto utilizar una peluca con cairelitos y medallas en el saco, que podía ser azul rey o amarillo. Lo fascinante del asunto, según yo, no es cómo se veía la corregidora (por cierto, siempre de perfil), sino el momento en que alguna señora se soltaba el pelo y ensayaba una nueva opción. ¿Qué pensaba? ¿Cuál era el primer efecto? No lo sé.
Los mexicanos, aparentemente, hemos mostrado muy poca iniciativa para diseñar nuestros propios modelitos y más bien hemos vivido a la espera de las últimas novedades para imitarlas rápidamente (el nacionalista que crea lo contrario, pregúntese a sí mismo cuándo ha visto a una alemana vestida de china poblana en una calle de Munich).
En realidad lo que ha sucedido es que hemos decidido uniformarnos de acuerdo con nuestra condición gremial. Los intelectuales (no me refiero a los orgánicos que se visten en Robert's) entran en la clasificación de "desaparrado" rápidamente, dado su gusto por prescindir de símbolos de esclavitud, como las corbatas, y entonces consideran un valor agregado el de vestirse con pana y fumar cigarros franceses. Los jóvenes ejecutivos utilizan trajes pastel y corbatas que parecen el arrecife de Cozumel. Para comer se guardan la corbata en la barriga. Los estudiantes --si son de Derecho-- se visten como sus papás, y, en cambio, si estudian artes plásticas, como si fueran a bailar la danza de los venados. Los académicos de la UNAM no pueden ser descritos porque no se quitan la bata... y así por el estilo.
Mi esquizofrenia ha determinado que no posea ninguna identidad gremial, ¿qué significa esto? Que la moda y yo jamás nos entenderemos. Ni modo (again).
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