A mí siempre me ha producido mucha admiración todo aquel que en circunstancias extremas tiene la calma y la serenidad suficientes para pronunciar una frase que años después nos dará una imagen del tamaño de su carácter. Más admiración me genera el hecho de que en ese preciso momento haya alguien dispuesto a consignar el hecho glorioso en lugar de salir corriendo porque vienen los franceses o el volcán hizo erupción. Ejemplo de lo anterior es Guillermo Prieto que parece que andaba en una reunión en Guadalajara acompañando al Benemérito cuando de pronto entró un pelotón de fusilamiento que le apuntó a don Benito con intenciones de perjudicarlo de mala manera. La historia consigna que en ese momento el señor Prieto dio un paso al frente, se abrió la levita y dijo: “soldados, los valientes no asesinan, es el representante de la ley y la patria ¿quieren sangre? ¡Bébanse la mía!”. Hay que aceptar que la frase en cuestión tiene méritos de construcción y que emitirla en el momento que uno tiene una docena de fusiles enfrente requiere de ciertas virtudes. Como toda buena historia supongo que los soldados se sintieron muy apenados por su atrevimiento y salieron de ahí pegando de vítores al señor Juárez, pero, ¿será eso cierto?
Al rey Cuauhtemoc, por ejemplo, y según mi libro de la primaria, lo españoles que eran unos malditos decidieron quemarle los pies para que confesara dónde estaba el tesoro, ignoro con qué motivo hicieron favor de ponerlo en compañía de otro señor cuyo nombre y cargo no recuerdo, para que sufriera el mismo suplicio. Este es el momento de señalar que un servidor un día en el balneario Bahía pisó una colilla encendida y la sensación fue simplemente fúnebre; me salió una ampolla del tamaño de un dedal y caminé como zanate, así a brinquitos, los siguientes ocho días. Ello por supuesto me llevó a comprender que el acompañante de Cuauhtemoc en el momento de la aplicación simplemente se deshiciera en un grito y (supongo) ofreciera información hasta del paradero del Titanic que se hundiría cuatrocientos años después. Sin embargo, nuestro héroe azteca, aparentemente entero, parece que volteó muy enojado y le dijo: “¿Acaso crees que estoy en un lecho de rosas?”. Por supuesto el asunto es impresionante pero plagado de agujeros… ¿quién escuchó la frase? ¿El torturador? ¿Hernán Cortés? ¿Los aztecas colaboracionistas? ¿Quién tradujo? No tengo la menor idea y lo que es peor, supongo que la historia es apócrifa pera declarar tales cosas es políticamente incorrecto por lo que haga de cuenta, querido lector, que nunca lo dije. De cualquier manera la enseñanza útil en este asunto es la de contar con la frase adecuada para el momento justo ¿qué sería del general Anaya si en lugar de acabársele el parque hubiera seguido disparando todo el día?
Existen sin embargo, otras frases que simplemente desgracian a todo aquel que las emite debido a su falta de tino histórico: “Ya nos saquearon, no nos volverán a saquear” dijo López Portillo en el preciso momento que se llevaba hasta las cucharas de Los Pinos. Del mismo autor es la no muy elegante idea en el sentido de defender el peso como un perro, el problema en este caso es que no advirtió a qué raza se refería lo que seguramente explica la razón por la que la devaluación de nuestra moneda fue simplemente vertiginosa. Esta mexicana costumbre de decir una cosa para que ocurra otra ha producido fenómenos sociológicos notables que desgracian los mercados cada que a un alto funcionario se le ocurre abrir la boca. Si el mensaje que se trasmitirá es por ejemplo que el peso está más estable que nunca todo mundo (que tiene) entiende que es el momento de sacar los ahorros y llevárselos a Houston para que queden a buen recaudo mientras que al resto de los mortales (los que no tenemos) nos quedamos como las estatuas de marfil.
Es por ello, querido lector, que recomiendo enfáticamente que se dé a la tarea de ir anotando las frases con las que le gustaría ser recordado, para que en el momento supremo se cubra de gloria en lugar de pasar por la vergüenza de que se le evoque por el ¡ay! que exclamó en su último momento.
viernes, 29 de enero de 2010
jueves, 28 de enero de 2010
Fomento a la lectura (El Financiero 2001)
Con la reciente noticia de que existe la intención de gravar con un impuesto a los libros se han alzado un montón de voces de protesta ofreciendo todo tipo de argumentos que se ubican en el espectro de que ésas son chingaderas, hasta reacciones más elegantes de nuestra grey intelectual que ya observaron que la medida es equívoca.
De toda la serie de argumentos que se ofrecen el que más ha llamado mi atención es que el pueblo mexicano leerá menos y el asunto se plantea como una calamidad. Al respecto hay que decir varias cosas: la primera, es que si nos atenemos a las estadísticas parece que los mexicanos leemos algo así como menos de un libro al año en promedio y ello parece manifestar un indicador que nos ubica como peor que perros en los referentes de la cultura mundial. Una pregunta inmediata es ¿quién es el culpable de esta catástrofe? (en el caso que demos por buena la idea de que esto significa una catástrofe y tiene culpables) Del gobierno, dirán algunos, que no ofrece la educación suficiente ni genera el fomento a la lectura. El asunto es parcialmente cierto ya que en las escuelas se les obliga a los niños a leer a huevo y a veces asuntos tan fuertes como obras de Carlos Fuentes. El procedimiento consiste en que los infantes reciban una instrucción (como se recibe un cáncer) acerca del título a leer (que normalmente es el Lazarillo de Tormes), que se dirijan a una librería, adquieran el libro y se dediquen a leerlo para luego contestar un examen con preguntas del tipo: ¿cómo se llamaba el autor? O ¿qué opinas de la actitud del Lazarillo? Evidentemente la respuesta no solo le vale madre al alumno, sino al profesor y al honrado pueblo de Tormes, por lo que entonces se logra el prodigio de que el pobre niño no vuelva a leer en su vida.
Una segunda carga de culpas se le asigna a la televisión ya que, se argumenta, que los niños pasan más horas frente a un aparato que las que invierten en la escuela o en leer libros. Sobre este punto hay que decir que lo menos que puede hacer uno es entender a los niños; la televisión demanda tanto esfuerzo intelectual como tostar un pan, uno se sienta enfrente y recibe a lo puro güey mensajes disímbolos como Chabelo o las chicas supere noséquemadres que están bien buenas y luchan contra el mal. La alternativa escolar normalmente implica ir a rastras a un lugar en el que se pasan las horas resolviendo ejercicios o hasta leyendo el Lazarillo de Tormes.
La lectura no parece en este caso, una alternativa competitiva; hace poco me fijé en mi hija María que se está iniciando en la lectura. La pobre leyó una hoja del libro en el mismo tiempo que Ortiz de Pinedo realizo catorce mamarrachadas. Desde luego se aburrió.
Una última explicación tiene que ver con el vértigo moderno; que uno dedique una tarde entera a la lectura parece una ociosidad en estos tiempos en que time is money y en los que si uno en lugar de estar mojando adobes se acuesta a mirar al techo le cae una carga de culpa que amerita el paredón.
Finalmente se me ocurre que si la gente no lee mucho, será porque no le da la gana y eso no tiene el menor remedio. La lectura es un hábito al que si uno no se acerca con plena libertad se vuelve una monserga. Los que se rasgan las vestiduras por el descenso en nuestros índices lectores no han ofrecido una alternativa plausible o razonable para atacar este problema y que sea suficientemente convincente para que una persona abandone la controvertida revista “Sensacionales del terror" a cambio de Goethe. De hecho no me queda claro si alguien debería decidir qué se debe leer y qué no, ya que para los gustos se inventaron los colores y creo que en el asunto de la lectura cada quien debe hacer de su capa un sayo.
Por todo lo anterior es que no parece argumento el de los intelectuales respecto a la desincentivación de la lectura a través de los impuesto. Lo que no quiere decir que uno no se deba oponer a esta visión recaudatoria que está terrible ¿o no?
De toda la serie de argumentos que se ofrecen el que más ha llamado mi atención es que el pueblo mexicano leerá menos y el asunto se plantea como una calamidad. Al respecto hay que decir varias cosas: la primera, es que si nos atenemos a las estadísticas parece que los mexicanos leemos algo así como menos de un libro al año en promedio y ello parece manifestar un indicador que nos ubica como peor que perros en los referentes de la cultura mundial. Una pregunta inmediata es ¿quién es el culpable de esta catástrofe? (en el caso que demos por buena la idea de que esto significa una catástrofe y tiene culpables) Del gobierno, dirán algunos, que no ofrece la educación suficiente ni genera el fomento a la lectura. El asunto es parcialmente cierto ya que en las escuelas se les obliga a los niños a leer a huevo y a veces asuntos tan fuertes como obras de Carlos Fuentes. El procedimiento consiste en que los infantes reciban una instrucción (como se recibe un cáncer) acerca del título a leer (que normalmente es el Lazarillo de Tormes), que se dirijan a una librería, adquieran el libro y se dediquen a leerlo para luego contestar un examen con preguntas del tipo: ¿cómo se llamaba el autor? O ¿qué opinas de la actitud del Lazarillo? Evidentemente la respuesta no solo le vale madre al alumno, sino al profesor y al honrado pueblo de Tormes, por lo que entonces se logra el prodigio de que el pobre niño no vuelva a leer en su vida.
Una segunda carga de culpas se le asigna a la televisión ya que, se argumenta, que los niños pasan más horas frente a un aparato que las que invierten en la escuela o en leer libros. Sobre este punto hay que decir que lo menos que puede hacer uno es entender a los niños; la televisión demanda tanto esfuerzo intelectual como tostar un pan, uno se sienta enfrente y recibe a lo puro güey mensajes disímbolos como Chabelo o las chicas supere noséquemadres que están bien buenas y luchan contra el mal. La alternativa escolar normalmente implica ir a rastras a un lugar en el que se pasan las horas resolviendo ejercicios o hasta leyendo el Lazarillo de Tormes.
La lectura no parece en este caso, una alternativa competitiva; hace poco me fijé en mi hija María que se está iniciando en la lectura. La pobre leyó una hoja del libro en el mismo tiempo que Ortiz de Pinedo realizo catorce mamarrachadas. Desde luego se aburrió.
Una última explicación tiene que ver con el vértigo moderno; que uno dedique una tarde entera a la lectura parece una ociosidad en estos tiempos en que time is money y en los que si uno en lugar de estar mojando adobes se acuesta a mirar al techo le cae una carga de culpa que amerita el paredón.
Finalmente se me ocurre que si la gente no lee mucho, será porque no le da la gana y eso no tiene el menor remedio. La lectura es un hábito al que si uno no se acerca con plena libertad se vuelve una monserga. Los que se rasgan las vestiduras por el descenso en nuestros índices lectores no han ofrecido una alternativa plausible o razonable para atacar este problema y que sea suficientemente convincente para que una persona abandone la controvertida revista “Sensacionales del terror" a cambio de Goethe. De hecho no me queda claro si alguien debería decidir qué se debe leer y qué no, ya que para los gustos se inventaron los colores y creo que en el asunto de la lectura cada quien debe hacer de su capa un sayo.
Por todo lo anterior es que no parece argumento el de los intelectuales respecto a la desincentivación de la lectura a través de los impuesto. Lo que no quiere decir que uno no se deba oponer a esta visión recaudatoria que está terrible ¿o no?
miércoles, 27 de enero de 2010
De folículos pilosos (El Financiero 2002)
Cuando inicié mi etapa adolescente me tomé el tiempo debido para hacer un análisis prospectivo acerca de mi futuro capilar y el resultado fue decepcionante; mi padre usaba la conocida técnica del prestado lo que determinaba que fuera por la calle oteando vendavales para no sufrir las consecuencias de un aire encontrado que le descubriera la coronilla. Mi tío Flavio tenía la misma cantidad de pelo en la cabeza que el que posee una pelota de volibol y el hermano de mi abuelo Carlos era un señor igualito a Lex Luthor nomás que sin kriptonita “ya valió madre” pensé. Y sí, valió madre porque a los veinte años mis entradas eran salidas por lo que recibí el honroso apodo de “El cocol”. Las soluciones que me fueron propuestas eran de muy diversos calibres pero igualmente escalofriantes; la primera era dormir con una red en la cabeza a lo cual me negué ya que parecía yo rodilla de señora con media calada. Luego se me sugirió que me untara una crema que, me parece, se fabricaba con ubre de vaca molida y cuyo olor recordaba vagamente las catacumbas romanas por lo que me opuse de nuevo y con mucha firmeza. Muchos sugirieron el rape pero no lo hice por temor a que ésta técnica fuera definitiva y me quedara peor que el hermano del tío Carlos pero con treinta años menos ¿el resultado final? Me quedé pelón.
Con el pelo la gente mantiene una relación permanente que da para mucha tela; están las barbas, por ejemplo que van y vienen en los meandros de la moda (nótese el refinamiento de mi estilo). Originalmente se asumía que este adminículo piloso era motivo de nobleza y ello derivó en una bola de señores que dejaban crecer luengas barbas hasta el esternón y se las peinaban como se peina la crin de un caballo. Ignoro cómo se alimentaba esta gente pero me imagino que vivían permanentemente con un muestrario de fideos y mole que ahora que lo escribo (y me lo imagino) me parece ligeramente repugnante. Luego las cosas cambiaron y las barbas se convirtieron en un elemento simbólico de la izquierda intelectual que se revelaba contra las imposiciones de la burguesía, ello produjo barbas menos cuidadas que aderezaban sacos de pana y cuellos de tortuga. Hace algunos años se puso de moda algo que la gente idiota llama dirty look, es decir una barba apenas insinuada que genera la impresión de que uno acaba de salir del basurero público pero que los señores asumían como muy varonil, afortunadamente esta opción pasó de moda. Hoy lo que rifa es una perillita entre los jóvenes enjundiosos y yupies mamonsones, la ortodoxia marca que se corte al ras ya que de otra manera parece uno el abuelito de don Porfirio o un científico que quiere dominar al mundo.
En el caso de las mujeres el asunto también se ha regido por un principio diabólico; en lo sesenta la moda se regía por un peinado que recuerda vagamente a un ciruelo en flor u (horror de los horrores) una peluca que se fijaba al cuero cabelludo y se veía tan natural como el pelo de Brozo. El uso del spray propició seguramente muchas intoxicaciones ya que las féminas se aderezaban como huachinangos con litros de mengambrea y su aspecto final era el de alguien que ha pasado por el colado de un albañil ya que la dureza obtenida era la misma del grafito (imaginar en este momento a una dama de tales características apunto de iniciar un lance amatorio con un caballero que en lugar de acariciar una cabellera toca algo parecido a una roca sedimentaria).
Ahora las mujeres siguen rutas más diversas. Unas se cortan a rape y luego se pintan el pelo de verde perico. Otras se ponen “luces” para dar el gatazo y otras más se pintan el pelo de güero con el fin de despistarnos sobre su verdadera vocación capilar.
Dicen que en el futuro todos seremos calvos, me considero pues un adelantado a mi época que está en espera del advenimiento de nuevos futuros pilosos que conviertan la reflexión de hoy en un ejercicio antropológico que dará mucho de que hablar.
Con el pelo la gente mantiene una relación permanente que da para mucha tela; están las barbas, por ejemplo que van y vienen en los meandros de la moda (nótese el refinamiento de mi estilo). Originalmente se asumía que este adminículo piloso era motivo de nobleza y ello derivó en una bola de señores que dejaban crecer luengas barbas hasta el esternón y se las peinaban como se peina la crin de un caballo. Ignoro cómo se alimentaba esta gente pero me imagino que vivían permanentemente con un muestrario de fideos y mole que ahora que lo escribo (y me lo imagino) me parece ligeramente repugnante. Luego las cosas cambiaron y las barbas se convirtieron en un elemento simbólico de la izquierda intelectual que se revelaba contra las imposiciones de la burguesía, ello produjo barbas menos cuidadas que aderezaban sacos de pana y cuellos de tortuga. Hace algunos años se puso de moda algo que la gente idiota llama dirty look, es decir una barba apenas insinuada que genera la impresión de que uno acaba de salir del basurero público pero que los señores asumían como muy varonil, afortunadamente esta opción pasó de moda. Hoy lo que rifa es una perillita entre los jóvenes enjundiosos y yupies mamonsones, la ortodoxia marca que se corte al ras ya que de otra manera parece uno el abuelito de don Porfirio o un científico que quiere dominar al mundo.
En el caso de las mujeres el asunto también se ha regido por un principio diabólico; en lo sesenta la moda se regía por un peinado que recuerda vagamente a un ciruelo en flor u (horror de los horrores) una peluca que se fijaba al cuero cabelludo y se veía tan natural como el pelo de Brozo. El uso del spray propició seguramente muchas intoxicaciones ya que las féminas se aderezaban como huachinangos con litros de mengambrea y su aspecto final era el de alguien que ha pasado por el colado de un albañil ya que la dureza obtenida era la misma del grafito (imaginar en este momento a una dama de tales características apunto de iniciar un lance amatorio con un caballero que en lugar de acariciar una cabellera toca algo parecido a una roca sedimentaria).
Ahora las mujeres siguen rutas más diversas. Unas se cortan a rape y luego se pintan el pelo de verde perico. Otras se ponen “luces” para dar el gatazo y otras más se pintan el pelo de güero con el fin de despistarnos sobre su verdadera vocación capilar.
Dicen que en el futuro todos seremos calvos, me considero pues un adelantado a mi época que está en espera del advenimiento de nuevos futuros pilosos que conviertan la reflexión de hoy en un ejercicio antropológico que dará mucho de que hablar.
martes, 26 de enero de 2010
En tiempos del celular (Milenio 2007)
Me entero –con ciero azoro- que el 11 de julio del año 2002, el noble Congreso Norteamericano aprobó una resolución por medio de la cual declaraba como inventor del teléfono a un señor que se llamaba Antonio Meucci en lugar de don Alejandro Graham Bell que aparentemente tuvo a bien chingárselo de muy mala manera. El asunto seguramente promovido por los herederos que quieren un lugar en la historia, me parece tan trascendente e interesante como la alineación que utilizará el deportivo Bucamaranga en su próximo cotejo. Lo realmente sustancioso consiste en analizar el efecto que tal prodigio tecnológico ha generado en la sociedad y que, me parece, es profundamente perverso.
En principio un teléfono era una madre en la que uno daba vuelta a una manivela para pedir con un concepto vago llamado “operadora”, una anciana que enchufaba y desenchufaba cables conectando a las ocho personas del pueblo que tenían un aparato telefónico. La masificación del producto generó varios efectos; el primero fue la aparición de un disco para marcar que tenía la propiedad de absorber la huella digital, el segundo y más conspicuo fue el de la creación masiva de agendas ya que los números telefónicos aumentaron sus dígitos dejando sin memora Ram a los ciudadanos que, de esta manera empezaron a olvidar lo verdaderamente importante como, por ejemplo, si Andorra la vieja es una capital europea o una señora octogenaria.
En tiempos relativamente recientes hizo su aparición gloriosa el teléfono celular llamado así por razones que a usted y a mí nos valen madre. Por supuesto como todo adelanto moderno estuvo vedado a los pelagatos durante años, por lo que la gente que poseía uno, tenía que apellidarse Von Fustenberg o de perdida Madariaga. El tiempo, que todo lo ajusta, permitió que los desposeídos se hicieran también de un aparato por lo que hoy en día la gente que es conocida de uno o que quiere serlo, saca su aparato y dice “¿me das tu celular?”. Si la respuesta es “no tengo” se recibirá una mirada cargada de conmiseración aderezada por el siguiente comentario: “¿y eso?” o “no mames”.
Entre las mayores ofensas de la vida moderna se sitúa muy señaladamente que uno no atienda el teléfono portátil. Lo anterior invariablemente genera suspicacias. A nadie se le ocurre que si no hay respuesta, la hipótesis más simple es que a uno no le da la gana entablar una conversación celular para luego sufrir un tumor cerebral. Las explicaciones en cambio son varias que procederé a enumerar; siempre que uno no responde, la primera suposición tiene que ver con los malos pasos; “te llamé al celular y no respondiste, ¿con quién estabas?”. Nótese que la pregunta no es “¿dónde estabas?” y supongo que ello se debe a la certidumbre total de que uno se halla en el establecimiento mercantil conocido como “Palo Alto” en la salida a la carretera a Toluca. Ello genera el prodigio de ponernos en una situación desventajosa teniendo que dar explicaciones a nuestros semejantes.
Una segunda alternativa parte de la muy mexicana y paranoica tradición de que “ya pasó algo”. Entre las opciones posibles se encuentran la de que uno fue asaltado por una turba, se sufrió un atropello, en este caso por el tren ligero o el coche desbarrancó en La Pera, opciones, si bien posibles, pero que no guardan un registro causal con el simple hecho de apagar un pinche teléfono.
La última opción es la más perversa y es utilizada por los mandos superiores para ejercer su poder omnipresente. Está uno muy tranquilo comiéndose una sopa de cabellitos de elote cuando entra la llamada anunciando asuntos como el siguiente: “¿Guillén? Mañana tendremos una jornada de reforestación a partir de las cuatro a la mañana en el cerro de los Capulines” o bien “El licenciado necesita los reportes antes de las once de la noche en su casa, hágase cargo por favor”. Ese y no otro es el momento en que uno maldice la memoria del jefe, del licenciado y de la chingada madre de todos los inventores que en su afán por hacer un mundo más llevadero, nos han convertido en una suerte de gps ambulante en el que no hay cabida para una mínima privacidad. Es por ello que lanzo este manifiesto contra tecnológico y procedo a dejarme la barba, emigrar al cerro del Chiquihuite y buscar una cabaña que me dé la soledad requerida. Cualquier semejanza con el Unabomber, es una mera coincidencia.
En principio un teléfono era una madre en la que uno daba vuelta a una manivela para pedir con un concepto vago llamado “operadora”, una anciana que enchufaba y desenchufaba cables conectando a las ocho personas del pueblo que tenían un aparato telefónico. La masificación del producto generó varios efectos; el primero fue la aparición de un disco para marcar que tenía la propiedad de absorber la huella digital, el segundo y más conspicuo fue el de la creación masiva de agendas ya que los números telefónicos aumentaron sus dígitos dejando sin memora Ram a los ciudadanos que, de esta manera empezaron a olvidar lo verdaderamente importante como, por ejemplo, si Andorra la vieja es una capital europea o una señora octogenaria.
En tiempos relativamente recientes hizo su aparición gloriosa el teléfono celular llamado así por razones que a usted y a mí nos valen madre. Por supuesto como todo adelanto moderno estuvo vedado a los pelagatos durante años, por lo que la gente que poseía uno, tenía que apellidarse Von Fustenberg o de perdida Madariaga. El tiempo, que todo lo ajusta, permitió que los desposeídos se hicieran también de un aparato por lo que hoy en día la gente que es conocida de uno o que quiere serlo, saca su aparato y dice “¿me das tu celular?”. Si la respuesta es “no tengo” se recibirá una mirada cargada de conmiseración aderezada por el siguiente comentario: “¿y eso?” o “no mames”.
Entre las mayores ofensas de la vida moderna se sitúa muy señaladamente que uno no atienda el teléfono portátil. Lo anterior invariablemente genera suspicacias. A nadie se le ocurre que si no hay respuesta, la hipótesis más simple es que a uno no le da la gana entablar una conversación celular para luego sufrir un tumor cerebral. Las explicaciones en cambio son varias que procederé a enumerar; siempre que uno no responde, la primera suposición tiene que ver con los malos pasos; “te llamé al celular y no respondiste, ¿con quién estabas?”. Nótese que la pregunta no es “¿dónde estabas?” y supongo que ello se debe a la certidumbre total de que uno se halla en el establecimiento mercantil conocido como “Palo Alto” en la salida a la carretera a Toluca. Ello genera el prodigio de ponernos en una situación desventajosa teniendo que dar explicaciones a nuestros semejantes.
Una segunda alternativa parte de la muy mexicana y paranoica tradición de que “ya pasó algo”. Entre las opciones posibles se encuentran la de que uno fue asaltado por una turba, se sufrió un atropello, en este caso por el tren ligero o el coche desbarrancó en La Pera, opciones, si bien posibles, pero que no guardan un registro causal con el simple hecho de apagar un pinche teléfono.
La última opción es la más perversa y es utilizada por los mandos superiores para ejercer su poder omnipresente. Está uno muy tranquilo comiéndose una sopa de cabellitos de elote cuando entra la llamada anunciando asuntos como el siguiente: “¿Guillén? Mañana tendremos una jornada de reforestación a partir de las cuatro a la mañana en el cerro de los Capulines” o bien “El licenciado necesita los reportes antes de las once de la noche en su casa, hágase cargo por favor”. Ese y no otro es el momento en que uno maldice la memoria del jefe, del licenciado y de la chingada madre de todos los inventores que en su afán por hacer un mundo más llevadero, nos han convertido en una suerte de gps ambulante en el que no hay cabida para una mínima privacidad. Es por ello que lanzo este manifiesto contra tecnológico y procedo a dejarme la barba, emigrar al cerro del Chiquihuite y buscar una cabaña que me dé la soledad requerida. Cualquier semejanza con el Unabomber, es una mera coincidencia.
lunes, 25 de enero de 2010
Documentar el desastre (Etcétera 2007)
La televisión y sus noticias son predecibles como un meteorito y en muchos casos tienen un componente estacional. No entiendo nada relacionado al “interés noticioso” y es por ello que siempre me quedo pensando que los monzones asiáticos, los tornados norteamericanos y los terremotos en Sudamérica son asuntos muy lamentables que me agobian mucho pero ante los que nada puedo hacer y en consecuencia ocupan un lugar bastante marginal en mi interés. Esta sensación –que puede ser considerada un acto de egoísmo- se apuntala debido al componente de reiteración con que los medios nos asestan imágenes y notas. Uno puede ver a un señor en medio de un río, a un niño llorando o a perros rescatistas husmeando entre escombros hasta la saciedad y entonces viene la abulia. Supongo que una noticia lo es en la medida que se aparta de una norma, es decir en función de su nivel de excepcionalidad y en este caso no veo este criterio por ningún lado. También me imagino que si un programa dura tres horas hay que llenarlo a huevo y con lo que caiga, a pesar de que sean cosas como: “Isabel Wemhemhofer de la región de Bavaria, se convirtió en la primera mujer en comerse una tarta de manzana por las fosas nasales” o entrevistas hechas por idiotas en las que se le pregunta a un determinado Secretario: “Disculpe señor Secretario ¿que opina de la iniciativa presidencial fulanita de tal?” Por supuesto el interpelado, a menos que sea imbécil, dirá que es una maravilla, que el país la necesita y ése es el preciso momento en que yo empiezo a bostezar y cambio de canal. Esto lo entendí una madrugada en la que me desperté ante la advertencia de que me iba a hablar el “señor Gutiérrez Vivó” para que le explicara un programa de canje de árboles. El problema es que la entrevista se pactó a las 5:50 a.m. hora en la que yo estaba en la cama y en coma, con la misma cara de la mamá del muerto estudiando unas notas. A las 6:30 a.m.. recibí una llamada: “estamos muy colgados”…a las 7 ya nomás me pidieron una disculpa y entendí que lo mío no era noticia.
Recientemente llegó un huracán a México, mi hijo el niño Frijol me explicó que en su clase le habían pedido que describiera de manera general el fenómeno por lo que nos metimos a la computadora y descubrimos que ahí venía Dean -digámoslo elegantemente- hecho la chingada. Con eso tuvimos, imprimimos un mapita y explicamos lo que había que explicar. Hasta ahí hubiera quedado todo de no ser por la cobertura mediática que recibió el meteoro (“meteoro” es un nombre mamarracho).
En ese momento toda la logística con la que cuenta Televisa y también con la que no, se puso al servicio de la ciudadanía para ofrecernos el seguimiento del huracán con el mayor detalle que registra la historia. La imagen más común era la de un señor con micrófono y un gabán muy parecido a la lona con la que se tapan los escombros en un camión de volteo, que se enfrentaba a la cámara y a la furia de la naturaleza. Para lograr un efecto más dramático (supongo) no se limpiaba el lente por lo que uno podía ver al periodista detrás de unas gotas como de estornudo de viejito mientras que a su espalda las palmeras se mecían borrachas de viento.
Luego venías los partes que eran desmoralizantes y aquí quiero describir la paradoja; parecería que la nota era buena solo en la medida que un perro hubiera salido volando ante una racha de viento o los damnificados se quedaron en aislamiento total en una situación extrema. Sin embargo, pasó poco y ello aparentemente le quitó impacto al interés noticioso; nadie puede pasar ocho horas viendo llover y no cambiarle de canal. Es por ello que la cobertura que en su inició era poderosa, total y completa, se diluyó hasta dejar a un pobre corresponsal mojándose en el bello Estado de Hidalgo y si se me admite, por último, una analogía mamoncísima, los medios pasaron de una categoría cuatro a una mera depresión tropical…tiempos de huracanes.
Recientemente llegó un huracán a México, mi hijo el niño Frijol me explicó que en su clase le habían pedido que describiera de manera general el fenómeno por lo que nos metimos a la computadora y descubrimos que ahí venía Dean -digámoslo elegantemente- hecho la chingada. Con eso tuvimos, imprimimos un mapita y explicamos lo que había que explicar. Hasta ahí hubiera quedado todo de no ser por la cobertura mediática que recibió el meteoro (“meteoro” es un nombre mamarracho).
En ese momento toda la logística con la que cuenta Televisa y también con la que no, se puso al servicio de la ciudadanía para ofrecernos el seguimiento del huracán con el mayor detalle que registra la historia. La imagen más común era la de un señor con micrófono y un gabán muy parecido a la lona con la que se tapan los escombros en un camión de volteo, que se enfrentaba a la cámara y a la furia de la naturaleza. Para lograr un efecto más dramático (supongo) no se limpiaba el lente por lo que uno podía ver al periodista detrás de unas gotas como de estornudo de viejito mientras que a su espalda las palmeras se mecían borrachas de viento.
Luego venías los partes que eran desmoralizantes y aquí quiero describir la paradoja; parecería que la nota era buena solo en la medida que un perro hubiera salido volando ante una racha de viento o los damnificados se quedaron en aislamiento total en una situación extrema. Sin embargo, pasó poco y ello aparentemente le quitó impacto al interés noticioso; nadie puede pasar ocho horas viendo llover y no cambiarle de canal. Es por ello que la cobertura que en su inició era poderosa, total y completa, se diluyó hasta dejar a un pobre corresponsal mojándose en el bello Estado de Hidalgo y si se me admite, por último, una analogía mamoncísima, los medios pasaron de una categoría cuatro a una mera depresión tropical…tiempos de huracanes.
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