miércoles, 25 de mayo de 2011

Agendas (El Financiero 2005)

Ayer por la mañana tuve la poca madre de dejar sembrados como ahuehuetes a dos queridos amigos que me esperaban para un desayuno y que seguro me siguen mentando la madre. Lo anterior no se debe a que sea un miserable, ni a que disfrute haciendo tales papelones, en realidad el problema se reduce a mi memoria para estas cosas. Supongo que la zona de mi cerebro que se encarga de recordarme lo que debo hacer, sufrió una atrofia temprana (muy probablemente causada por los golpes de la vida y de una vieja loca que se encargaba de que yo creciera como un hombre disciplinado), el hecho es que las cosas se me olvidan de la peor manera posible y voy por la vida ofreciendo disculpas cumplidas a mis cada vez menos numerosas amistades.
Me han explicado que existe una solución para mi problema pero desgraciadamente la encuentro ridícula; se trata de una especie de pluma que uno trae en la bolsa de la camisa. En el momento que es necesario recordar algo, se saca el bolígrafo se aprieta un botoncito y uno le dice a la pluma cosas del tipo: “comprar cuatro manojos de pápaloquelite” o “bañar al perro”. La verdad es que no puedo evitar sentirme un imbécil hablándole a una pluma, así que decidí que no era lo mío. De hecho lo más probable es que el artefacto de marras se perdiera en la noche de los tiempos.
La segunda opción que se me recomendó fue una “palm” que –entiendo- es un artilugio electrónico que utilizan los pinches yuppies para fijar sus citas y ver viejas encueradas en distintas posiciones sexuales. A mí francamente el contacto con estas madres me produce mucho agobio; vivo con el permanente temor de morir electrocutado al picar el armatoste y por otro lado, lo más cool que he portado en mi vida miserable son unos calzones de manga larga con unos como perros estampados.
Acto seguido y ante este fracaso tecnológico, se me sugirió una agenda de papel. El problema es que las de tamaño adecuado miden medio metro y las bolsas traseras de mis pantalones son más pequeñas (lo mismo que mis nalgas). Es por ello que decidí adquirir una portátil que, cuando la abrí, me produjo la fúnebre sensación de que me estaba quedando ciego, ya que los números que indican la hora del día medían una micra. Ello provocó que nunca llegara a tiempo a ningún lugar. El último problema ha consistido en la ilegibilidad de lo que escribo. Permítame, querido lector, algunas muestras ejemplares.
El 18 de mayo del 2001 (viernes) escribí en el renglón correspondiente (creo) a las 11 horas la palabra “Rusia”. Lo anterior representa un misterio insondable ya que nunca ha entrado en mis planes viajar a dicho país, no conozco ninguna calle con ése nombre y mucho menos una persona que se llame así. Jamás he sido requerido por la embajada para ir a cenar de gorra y mi contacto más cercano con la Federación Rusa, se limita a una borrachera espantosa que me puse tomando vodka helada y que me hizo ver arañas gigantes ¿En qué pensaría? –me pregunto- ¿Estaría yo bebido a la hora de llenar mi agenda? Misterio.
Otro ejemplo, esta vez correspondiente al 3 de octubre del 2002 (jueves) a las 18 horas (creo) se lee lo siguiente: “revisar transformador”. Lo anterior no solo es misterioso sino ingenuo; estoy seguro que yo podría revisar un transformador pero no sabría qué hacer con dicha inspección ya que lo que sé en dicha materia se puede multiplicar por cero. En este caso lo más probable es que se cumpliera mi fundado temor a morir electrocutado. Pero eso no es todo; ¿para qué carajo tomaría yo tal iniciativa? Si tuviera dicha intención lo primero que alguien me debería explicar es cómo luce un transformador ya que no tengo la menor idea de su aspecto. La otra interrogante es por qué haría tal cosa en día jueves que es un día laborable. Segundo misterio.
En fin, me siento muy avergonzado con mis amigos y juro que tengo la firme determinación de tomarme unos chochitos que me recomendaron para la memoria... a ver si no me da diabetes.

lunes, 16 de mayo de 2011

Horóscopos (El Financiero 1996)

“Piscis feb, 19-mar. 20. Es el signo más sociable del Zodíaco, por lo que posees la maravillosa habilidad de inspirar confianza y a (sic) realizar proezas, sólo con tu actitud. Tu amistad es siempre preferida por todas las personas que conoces”. Eso dice la caja de cerillos amarilla que se encuentra frente a mi teclado y que, evidentemente, tiene una función metafísica que rebasa con creces el acto ocioso de prender un cerillo para encender la estufa, fumar un cigarro o poner a prueba los pulmones de un niño que lo deberá apagar entre aplausos de los adultos babosos que lo rodean.
Analizado con cuidado el mensaje contiene revelaciones interesantes; la primera es que los piscianos son algo así como el alma de las fiestas y con todos hacen buenas migas, la segunda es que son ideales para el sablazo ya que todo mundo confía en ellos, la tercera es que pueden realizar proezas, por lo que uno debe imaginarlos echándose un clavado desde La Quebrada o madreando a catorce judiciales y la quinta es que el redactor de la cerillera es un imbécil.
Cada que veo un horóscopo me pregunto: ¿Habrá gente tan bruta que crea en todo esto? La respuesta la hallo no sólo en la enorme estadística de imbecilidad que nos rodea, sino en una reunión a la que asisto y en la que encuentro a una señora vestida de negro con unos aretes como los del capitán Garfio que me mira a los ojos, pregunta mi signo y cuando le respondo suspira y dice: “con razón”. Yo en lugar de preguntarle que con razón qué chingaos, sonrío cortésmente y me tomo otro trago mientras pienso “pobre gente” (que es exactamente lo que ella está pensando).
Sin embargo los hay peores, esos le han dado un toque científico al asunto y entonces se dedican a buscar signos inequívocos en datos como la hora y el lugar de nacimiento. Entonces se ponen una bata y emplean su tiempo en estudiar la posición de los astros y después de un sesudo análisis y cien pesos nos informan que tenemos un ascendente en Virgo, que nuestra piedra es la amatista, que el número que debemos seguir es el 8 y que nuestro elemento es el agua (que por cierto no es elemento). El asunto también se marca por medio de revelaciones tales como que hubo una tragedia en la familia y que pronto emprenderemos un viaje. El que recibe las revelaciones sale encantado a contárselo a todo mundo, luego trata de buscar una amatista en la enciclopedia, acto que constituirá su primer (y último) encuentro con dicho mineral. juega a la lotería en 8 y establece como prerequisito para establecer comercio carnal que su pareja sea Virgo. Por supuesto, el día que su madre, una viejita de ochenta años, se deshace la cadera al caerse de la banqueta él es el único que sabe que el asunto ya estaba escrito y cuando sale a Teoloyucan lo hace convencido de que el viaje lo tramó Júpiter.
Mención aparte merecen los que dan los horóscopos utilizando los medios electrónicos. Por alguna razón que desconozco pero que, intuyo, tiene que ver con un Edipo mal resuelto, estos señores parecen señoras, utilizan unas túnicas que ya quisiera la tigresa para sus peores días, se peinan con pistola, utilizan anillotes de Cleopatra y tienen en su casa un gato disecado. Cuando los entrevistan en programas como el de Cristina, invariablemente se enfrenta a un público de señoras gordas que le cuentan como untándose huevo en las ingles han logrado mejorar su suerte.
Dios mío.
El hecho de que estos señores se enriquezcan alimentándose de nuestra ignorancia no es, después de todo, algo que debería sorprendernos. Baste ver las nóminas del PRI para entender que los ranchos, empresas y haciendas de nuestros cachorros de la Revolución tienen un origen que se basa en el mismo principio: engañar a los engañables. Sin embargo, no todo está perdido, el otro día leí un anuncio en el que se ofrecen cursos para ganarse el melate, voy a inscribirme y luego les cuento.

viernes, 6 de mayo de 2011

Manifestaciones (Milenio 2008)

La primera (y desde luego, la última) vez que asistí a una manifestación estaba yo en la facultad y mi nivel de confusión cerebral era tal que no tengo la menor idea de lo que se manifestaba ni qué carajo hacía yo ahí. Éramos un grupo lamentable caminando por las calles de la gran ciudad con cartulinas decoradas con plumón y gritando cosas como “¡Fulanito de tal…amigo, el pueblo está contigo!” o “¡No pasarán!” (lo anterior en función al motivo de la manifestación que podría haber sido la liberación de un señor o el alto a las cuotas, pero como ya expliqué, no lo recuerdo).
Los que vivimos en esta muy noble y leal ciudad de México somos seres curtidos en el arte de enfrentar las manifestaciones como los antiguos enfrentaban las siete plagas bíblicas. Va uno muy tranquilo sobre eje central cuando de pronto se aparece una turba comandada por algún luchador social que se interpone entre el auto y su destino mientras empieza a arengar a los manifestantes que normalmente son gente que no tiene la menor idea de lo que hace ahí pero sí la conciencia de que le conviene asistir so pena de perder una lana, una torta o el crédito de una casa. Tengo la impresión de que los motivos de los marchantes han perdido vigor ya que bastan veinte señores y señoras que están muy molestos porque se instalará una gasolinera o porque en su escuela la directora es una arpía para bloquear la lateral de periférico y exigir una solución. El libro de procedimientos gubernamentales es previsible como un meteorito y consiste en pedirle a los quejosos que formen una comisión que dialogará con la autoridad para “analizar el caso”, lo que sigue es una muestra de capote por parte del funcionario correspondiente, una nube de gente insolándose, policías observando el evento con cara de nada y cientos de automovilistas mentando madres.
Las reacciones también son predecibles y de una hueva infinita. Los legisladores dicen que “hay que regular las marchas” y no regulan (seamos castizos) una chingada, los líderes de opinión edulcorados argumentan que “las manifestaciones no deben violar los derechos de terceros” y los resguardatarios de derechos humanos exclaman que “hay que respetar el derecho a la libre manifestación”. El resultado es tan productivo como un encuentro intelectual con Capulina y las manifestaciones se multiplican como los panes, día con día.
Dentro de la tipologías de manifestantes se encuentran varias categorías. Los hay efectistas que arrastran reses hasta una secretaría de Estado para luego sacrificarlas, otros bloquean carreteras, algunos portan machetes y unos más tiene una capacidad logística digna de los boy scout que les permite en diez minutos llegar al zócalo instalar un camping, poner anafres, orinarse en los arriates y pernoctar durante semanas volviéndose parte del paisaje urbano, lo mismo que un pirul. Sin embargo los que me parecen insuperables son los señores y señoras de los cuatrocientos pueblos que comparten costumbres con Wanda Seux, esto es, encuerarse porque pasó la mosca. El espectáculo es notable, porque notable debe ser que uno vaya caminado por avenida de la Reforma a cambiar un cheque cuando al doblar la esquina y de la nada le salga un señor desnudo que quiere la justicia social.
Hace poco el doctor Mondragón y Kalb dijo lo que pensaba y que se resume en la siguiente frase “si de mí dependiera los sacaba a patadas”. De inmediato se produjo la mexicanísima reacción en cadena. “Que se disculpe” dijeron los políticamente correctos “tiene razón” pensaron los políticamente incorrectos y lo que vino después fue el papelón ese de salir al paso y decir cosas como “se me interpretó mal”, que es francamente una salida muy poco digna. El caso es que en esta ciudad vivimos las manifestaciones como un rasgo cotidiano y distintivo. Como no le veo remedio sugiero que nuestras autoridades de turismo, incorporen en sus planitos y rutas el tema de los marchantes explicando que esa gente encuerada, o la que trae machetes, o la que le mienta la madre a las injusticias de la vida, es parte de nuestros usos y costumbres y en consecuencia patrimonio capitalino. De esta manera creo que evitaremos frustraciones ¿o no?

viernes, 29 de abril de 2011

El mexicano al volante (El Financiero 1995)

Hace algunos días subí a un taxi. El chofer se veía muy amable y me hizo la pregunta de rutina: ¿ ya a descansar, joven? Cuando iniciaba mi respuesta, el taxista, una especie de mister Hyde al volante, se transformó en el doctor Jekyll y gritó con cierta vulgaridad: ¡ Pus pásale, vieja guanga! El destino de su insulto, una viejita en vocho que no se enteró de nada, nos rebasó. El chofer volteó hacia mí, emprendió un guiño de complicidad y dijo: "Pinches viejas". La experiencia anterior me dejó reflexionando sobre la posible razón que explique por qué se nos desmadran las entendederas de manera tal.

Los capitalinos conducimos muy diversos tipos de vehículos: cochesotes, cochecitos, taxis y camiones. Los tripulantes pueden ser viejitas (como la guanga), burócratas que van al trabajo, o pithencatropus en peseros; todos sin ninguna excepción tenemos la perdularia tendencia a enloquecer detrás del volante. Por alguna razón, que seguramente tiene que ver con la humillación sufrida por nuestros antepasados tenochcas, pensamos que el que se deja rebasar es puto, que aquel que cede el paso se ha vuelto loco o que el que se detiene para dejar pasar un poliomielítico merece un bocinazo con mentada de madre. ¿ Quién lo entiende? Ensayemos un análisis de la fauna automovilística y las mañas que la determinan.

Los oligarcas jóvenes.-- Los tristemente célebres júnior son jóvenes muy jóvenes que manejan sus coches a velocidades supersónicas; cuando se enojan manejan más rápido y son tan brutos que no se han dado cuenta que en nuestra ciudad el promedio de velocidad es de 20 kph. De todas maneras le recortan la suspensión a los coches, usan guantes y utilizan la palanca de velocidades como Thor usaba su martillo. Consideran que la distancia adecuada para tomar el volante es de dos metros y esto determina que para dar una vuelta necesiten hacer una contorsión de circo. Cuando chocan le hablan a su papá.

Los oligarcas viejitos.-- Les encanta leer el periódico, así no se dan cuenta de las atrocidades cometidas por su chofer. A veces les da por hacer llamadas telefónicas (¿ Jaime?... estoy aquí en el Periférico), y cuando reciben un soplo de juventud se compran un Corvette y salen a pasear con cachuchita.

Los peseros.-- Ya muchos zoólogos se han encargado de tratar de descifrar el comportamiento de estos animales. Les gusta jugar carreras por el carril de en medio; algunos especialistas han reportado que pueden cerrarse sobre un coche en menos de un segundo y que si chocan les vale madre. Consideran el concepto « atrás » como un espacio en el que siempre hay lugar, y se asume que los trastornos conductuales que sufren son consecuencia de la música que oyen.

Las tías.-- Todo mundo tiene una tía que maneja. Se trepa al coche, sume la nariz en el parabrisas y trata de enfocar el camino con sus lentes de fondo de botella. Cuando va a dar vuelta a la derecha saca la mano a la izquierda. Por algún misterio del azar su coche (un Plymouth 59) se mantiene intacto, mientras detrás de ella queda una cauda de desastres.

El lumpen degenerativo.-- Son los que con una bailarina encuerada en el retrovisor y la virgencita de Guadalupe en la parte de atrás se dejan ir como Lanzarote del Lago. Andan en grupo y frecuentemente llevan un objeto que disminuye su visibilidad, como un excusado o kilo y medio de varilla. Tienen la costumbre de negar cualquier responsabilidad ante un incidente en la vía pública.

Los materialistas.-- El problema con los camioneros es que seguramente nadie les ha explicado que, de acuerdo con la segunda ley de Newton, un vehículo que desplaza tres toneladas necesita cien metros para dar un frenazo. Lo averiguan cuando dejan como charamusca el coche de algún incauto. Entonces bajan todos los tripulantes (los que van en la caja suelen ir desnudos) y le echan montón a la víctima. Ni modo.

Lo único bueno del asunto es que nuestra imbecilidad para manejar es democrática y esto determina la posibilidad de encuentros entre las clases sociales... en la esquina de Copilco y Universidad.

domingo, 24 de abril de 2011

La Pera (cuento inédito)

¿Qué haces en el hospital? me preguntó Verónica Ducoing
Mi respuesta la desconcertó, le dije que estaba allí por destino laboral, y es cierto, estoy aquí con fracturas múltiples de piernas y brazos y la mandíbula al revés por mi pinche destino...
Nunca pude entender por qué no encontraba trabajos como los de toda la gente. Mi familia siempre se distinguió por su ortodoxia profesional; hay doctores, ingenieros y contadores. Sin embargo yo tomé la decisión de estudiar una carrera que es tan útil como un pelapapas en el Ártico y nunca pasé de perico perro. En Fertimex, por ejemplo, entré recomendado y me colocaron en la Subgerencia de Adquisiciones, allí tenía yo que dar seguimiento a los pedidos de la empresa, desde clips hasta sosa cáustica. Pasaba las horas y los días telefoneando a proveedores que se hacían pendejos y me decían ingeniero. Yo hacía voz de persona importante y preguntaba muy enojado “¿dónde quedó el ácido sulfúrico que la empresa adquirió?” Asunto que no podía sino valerme madres, y como a los proveedores el hecho de que un pelagatos los presionara les valía lo mismo, simplemente colgaban el teléfono.
El ambiente de la oficina era notable; jugábamos ligazos con cáscaras de naranja, un compañero perdió la visión en el ojo derecho a consecuencia de un naranjazo bien dado. A las once de la mañana salíamos en expedición a comer tacos de arroz con huevo a una lonchería cercana. Cada quincena había rifa y tanda y llegaban unas señoras con tapetes en los que traían las joyas de la corona, nomás que para burócratas.. Los viernes todo mundo llevaba sus mejores galas para embriagarse en el bar de Sanborns. Exactamente al año de trabajo presente mi renuncia (me di el taco de poner que era irrevocable) porque no me subían el sueldo. El gerente se puso furioso y dijo que me iba como las sirvientas, adjetivo laboral que nunca comprendí.
Entré entonces como maestro al Instituto Educativo Olinca, que era una escuela de niños caguengues. Allí duré un poco más y hasta me mandaron de gorra a Oregon para que cuidara a unos infantes en viaje de intercambio en el que, por cierto, uno de ellos rodó treinta metros en la nieve. Mis grupos eran de cuarenta escuincles llevados de la mala, muchos de ellos psicópatas en potencia que se creían noruegos y sangraban de la boca si decían “tortilla”.
A los tres años me corrieron por incompetente ("no vamos a necesitar sus servicios" eufemizaron) y consistentes con su esquema mercantil, basado conceptualmente en influencias porfiristas, me ofrecieron la mitad de lo que correspondía por ley, estipendio que acepté porque no era cosa de ponerse a discutir. Entré luego de mesero a una crepería, la dueña era idéntica a Scarlet O' Hara, no en lo buenota, sino por sus valores relativos a la esclavitud, mi fracaso en el medio restaurantero se debió a los cuates, que eran unos patanes y vivían haciendo papelazos en el restaurante.
Cuando todo parecía indicar que iba a terminar mis días demostrando Amway, se presentó el primo Rafa y me convenció de aceptar un empleo en la Escuela de manejo Del Valle. No lo dudé ni un instante y me presenté a las pruebas.
En el examen de admisión me preguntaron cosas como: ¿qué hace usted cuando ve la luz amarilla? o ¿Cuál es la velocidad permitida en zona escolar? a) 80 km/h; b) 90 km/h; c) 15 km/h.
El primer día de trabajo aún lo recuerdo entre escalofríos. Había que sentarse en la parte derecha de un Chevelle del precámbrico y esperar a que el cliente (generalmente un adolescente oligofrénico) se subiera al coche para empezar la instrucción. Mi única defensa era un pedal de freno que desgasté en los primeros diez minutos de lección. Decidí llevar a mis pupilos al estacionamiento del Estadio Olímpico. La primera clase terminó cuando atropellamos un señor que estaba lavando su carro y que gracias al impacto en el hueso ilíaco no pudo corretearnos. Por supuesto presenté mi renuncia en el momento que regresamos a la escuela, pero fui lo suficientemente estúpido para dejarme convencer. Allí sellé mi suerte.
Empecé a perder pelo, los párpados me temblaban y bajé diez kilos. Uno de mis alumnos se metió a Gabriel Mancera en sentido contrario y no nos llevó un camión por obra y gracia del Santo Niño de la Suerte, del que me hice fiel devoto. Un día llegó el Sr. Hernández y dijo:
Guillén, le toca una especial y se fue muerto de risa.
La especial era una broma macabra que consistía en sacar a carretera a los estudiantes más aventajados. Ante mi natural recelo me explicaron que en carretera era mucho más fácil manejar, que no había carros, etcétera.
Mi alumna se llamaba Elvirita y tenía 77 años:
¿No está nervioso maestro? preguntó
Debí haber dicho que me estaba cagando, que esa pregunta la debía hacer yo y muchas cosas más, sin embargo ni siquiera le contesté.
Enfilamos hacia la carretera a Cuernavaca. Elvirita platicando y yo en estado cataléptico. Por el monumento a Morelos sugerí tímidamente que regresáramos.
¡De ninguna manera!-- contestó Elvirita, le prometí a mi esposo que le iba a traer tierrita de Cuernavaca.
Cuando íbamos bajando hacia La Pera, Elvirita decidió frenar con motor que era lo que le habían enseñado en la escuela. El problema es que por un incomprensible misterio didáctico nadie le explicó que dicha maniobra no puede realizarse en carros con velocidades automáticas por lo que al jalar la palanca hizo mierda la caja que empezó a traquetear horrible.
Probablemente debido a los nervios producidos por el ruido o a la alteración que le provocaron mis gritos, Elvirita decidió jalar el freno de mano que por supuesto se hizo pedazos. Cuando probé a frenar con mi pedal el carro siguió avanzando.
Toda mi vida transcurrió en un instante ante mis ojos, me arrepentí de lo cometido, de lo que no y encomendé mi alma a la gracia del Creador, Elvirita empezó a gritar de una forma horrible y cerró los ojos en el preciso momento que entrábamos a la Pera a 140 kilómetros por hora. El impacto con la barda nos mandó hacia la parte lateral de la carretera, donde nos clavamos en un monte de tierrita de Cuernavaca que estaba allí para construir no sé que mierdas. Lo último que alcancé a ver es a Elvirita preguntándome si no estaba lastimado.
Llevo tres semanas tomando la comida en popote y haciendo pipí en un pato que trae una enfermera que me pregunta si tengo lleno mi riñoncito. El cuarto está lleno de flores que mandó Elvirita.
Lo dicho... destino laboral.