Estaba yo el otro domingo en estado cataléptico como a las siete de la mañana cuando de pronto un ruido espantoso –que podría ser el del helicóptero de radio red estrellándose en mi tinaco- me despertó y del sustazo bajé tres kilos. El incidente se provocó debido a que mis hijos fueron los felices receptores de un juego que consiste en cuatro hipopótamos jijos de la tiznada, cuya misión es comer unas pelotitas de plástico a la mayor velocidad posible. Observé atentamente a mis criaturas y me di cuenta que el niño frijol estaba en un trance que podría considerarse epiléptico o el de una persona que ha sido medicada con antidepresivos por 18 años. Desde luego no tuve el valor de suspender el juego, ni de exiliarme en Siberia o en la hermana república del Congo (que eran las opciones), simplemente me quedé pensando en las vueltas que da la vida y la trastocación en las formas modernas que han adoptado los infantes para divertirse.
Evidentemente, este no puede ser un manifiesto a favor de Doña Blanca (la vieja que estaba cubierta de oro y plata) o de la víbora de la mar, ya que me parece que los niños que nos divertíamos con tales invenciones éramos poco menos que idiotas perdidos. Tampoco puede ser un panfleto a favor de que regresen a la calle para jugar coladeritas, ya que en esos casos el riesgo es que un pesero los arrastre o un grupo de malditos los secuestren. Sin embargo, percibo cierta tendencia a la fabricación de juguetes que no pueden más que producir oligofrenia temprana y paso a relatar algunos ejemplos.
Hay una cosa que se llama nintendo (los entendidos deberán disculparme pero esto es nuevo para mí) en la que un señor de bigote y vestido de cartero que se llama Mario, se dedica a correr por todos lados como un poseído tratando de ganar unas estrellas que son como el ging sen ya que le dan vigor. Para comandar los pasos del señor uno empuña una barra que termina toda sudada ya que se producen verdaderos escalofríos cuando el cartero se va a caer al precipicio o lo va a perjudicar el jefe de los ladrillos. Hay uno que es el rey bomba y la definición es literal, ya que efectivamente, es una bala de cañón con bigotes y corona que cuando se enoja avienta al enano por un despeñadero. Debo decir que en ese momento se me olvidó la hipoteca de la casa, mis deberes familiares y una llamada que tenía que hacer a mi hermana para un asunto urgente. Se trataba de que el rey bomba no nos perjudicara. Cuando terminé tenía baba en las comisuras y las articulaciones colgando del esfuerzo, cosa que me dejó profundamente preocupado.
Mi siguiente experiencia con los juguetes oligofrénicos la presencié en una fiesta infantil, de ésas que se hacen en un salón de juegos con mamás y papás que van con el mismo entusiasmo con el que iban los herejes a la hoguera y en la cual uno de los regalos al niño festejado, consistió en una pista que tiene la saludable intención de que los coches que la atraviesa se hagan pedazos a través de un choque cataclísmico. Se trata de producir chatarra a altas velocidades para luego reparar los carros y hacerlos chocar de nuevo de peor manera. Hace unos días me preguntaba yo que “quién nos enseñaba esos modos viales” y el regalo de marras me dio muchas claves ya que fui el testigo de honor de un grupo de niños con los ojos inyectados celebrando la catástrofe.
Y digo yo: ¿será que me he convertido en un viejo lamentable que no hace más que añorar tiempos pasados? ¿será que no tengo en mi estructura los genes de la vida moderna y estoy condenado a la extinción? Es probable, pero de cualquier manera estoy buscando en mis baúles un yo-yo, un trompo y un balero para ver si logro seducir a mis infantes con el fin de que entiendan que la modernidad (ese paradigma notable) no es necesariamente todo lo buena que parece.
lunes, 8 de febrero de 2010
viernes, 5 de febrero de 2010
De Bancos (El Financiero 2001)
Mi experiencia en materia bancaria es tan vasta como la que poseo acerca de la literatura noruega del siglo XIV, los bancos son para mí un mundo misterioso que ha evolucionado desde la idea genial de algún emprendedor consistente en pagarle a alguien por guardar su dinero, hasta instituciones todopoderosas llenas de ventanales y jergas inaccesibles como cetes, tasa líder o rendimientos líquidos. Al igual que usted, querido lector, he tenido que asistir a los bancos con el propósito de realizar algún trámite ineludible. Normalmente se llega a una especie de gusano en el que la gente madrugadora ya está haciendo cola. Uno toma el turno que le corresponde y se dispone a esperar. El tiempo normalmente es el mismo que tomaría armar un vehículo compacto por lo que la sugerencia es llevarse las obras completas de Tolstoi. Cuando uno finalmente llega al último de espera se inicia la cacería de un foquito que se prenda y apague indicando la caja que está disponible. El ejercicio supone una presión equivalente a la que sufren los estudiantes japoneses ya que normalmente la gente que viene atrás se encuentra tan exasperada que si uno no reacciona en tres segundos, viene un codazo y la indicación de a donde dirigirse. El contacto con el cajero o cajera es normalmente equívoco ya que se realiza a través de un vidrio blindado de dos pulgadas que si bien evita que los rateros se lleven la lana, no es precisamente un artefacto que favorezca la comunicación (en una ocasión entendí que la cajera me decía: “¿es usted el efectivo?”).
En una de cada tres ocasiones el cheque no se puede cambiar por razones diversas; que van desde la falta de una identificación adecuada hasta que las firmas no coinciden pasando porque “no hay sistema”, esta última explicación es muy funcional ya que, a diferencia de no poseer la credencial de elector o haber firmado el cheque en estado de ebriedad, le asigna una responsabilidad decisiva al éter y contra eso no hay manera de sentirse agraviado.
Con el sistema bancario han ocurrido cosas muy curiosas; originalmente era propiedad de señores muy ricos a los que les dio el supiritaco de su vida el día que López Portillo anunció que la banca se nacionalizaba, para el ciudadano común (es mi categoría) la decisión no era clara y probablemente obedecía a que los banqueros eran una punta de desleales a la Nación. Posteriormente quedó claro que los que se habían clavado la lana eran justamente los gobernantes y Miguel de la Madrid decidió enmendar la situación volviendo a vender los bancos. Me explican que éstos fueron una ganga y permitieron que gente con los talentos de Cabal Peniche o El Divino armaran su patrimonio y el de diez generaciones de sus sucesores. Luego vino la crisis y entonces el gobierno decidió “rescatar” a los bancos que se iban a pique, para ello tomó el dinero que todos nosotros pagamos y anunció la medida como un acto de protección a favor de los ahorradores y no de la banca. Aquí empiezan los misterios; tengo conocencias que babeaban bilis cuando se anunció el subsidio a la leche liconsa pero no veo una reacción equivalente cuando el gobierno decide sacar del arroyo a un grupo de banqueros a los que en muchos casos nomás les faltaba el antifaz y el saco.
Acto seguido vino la apertura; de pronto uno entra a una cosa que se llama Scotia Bank o BBV que quiere decir que existen Bilbao y Vizcaya (esta última opción tiene la virtud de recordarnos las clases de geografía). La última noticia que recibí es que Banamex será vendido por 12 mil millones de dólares y supuse, como lo haría cualquier persona que no es idiota, que si el gobierno le dio lana a Banamex para sobrevivir, la lana regresaría al erario, pero nones, no hay regreso ¿por qué? Porque a nadie se le ocurrió. La noticia se complementa con el anuncio de que la operación está libre del pago de impuestos y finalmente la cereza del pastel nos la ofrecen las tasas de interés que pagan los bancos por los ahorros (una porquería) y los que cobran a los usuarios de tarjetas (un robo).
En una de cada tres ocasiones el cheque no se puede cambiar por razones diversas; que van desde la falta de una identificación adecuada hasta que las firmas no coinciden pasando porque “no hay sistema”, esta última explicación es muy funcional ya que, a diferencia de no poseer la credencial de elector o haber firmado el cheque en estado de ebriedad, le asigna una responsabilidad decisiva al éter y contra eso no hay manera de sentirse agraviado.
Con el sistema bancario han ocurrido cosas muy curiosas; originalmente era propiedad de señores muy ricos a los que les dio el supiritaco de su vida el día que López Portillo anunció que la banca se nacionalizaba, para el ciudadano común (es mi categoría) la decisión no era clara y probablemente obedecía a que los banqueros eran una punta de desleales a la Nación. Posteriormente quedó claro que los que se habían clavado la lana eran justamente los gobernantes y Miguel de la Madrid decidió enmendar la situación volviendo a vender los bancos. Me explican que éstos fueron una ganga y permitieron que gente con los talentos de Cabal Peniche o El Divino armaran su patrimonio y el de diez generaciones de sus sucesores. Luego vino la crisis y entonces el gobierno decidió “rescatar” a los bancos que se iban a pique, para ello tomó el dinero que todos nosotros pagamos y anunció la medida como un acto de protección a favor de los ahorradores y no de la banca. Aquí empiezan los misterios; tengo conocencias que babeaban bilis cuando se anunció el subsidio a la leche liconsa pero no veo una reacción equivalente cuando el gobierno decide sacar del arroyo a un grupo de banqueros a los que en muchos casos nomás les faltaba el antifaz y el saco.
Acto seguido vino la apertura; de pronto uno entra a una cosa que se llama Scotia Bank o BBV que quiere decir que existen Bilbao y Vizcaya (esta última opción tiene la virtud de recordarnos las clases de geografía). La última noticia que recibí es que Banamex será vendido por 12 mil millones de dólares y supuse, como lo haría cualquier persona que no es idiota, que si el gobierno le dio lana a Banamex para sobrevivir, la lana regresaría al erario, pero nones, no hay regreso ¿por qué? Porque a nadie se le ocurrió. La noticia se complementa con el anuncio de que la operación está libre del pago de impuestos y finalmente la cereza del pastel nos la ofrecen las tasas de interés que pagan los bancos por los ahorros (una porquería) y los que cobran a los usuarios de tarjetas (un robo).
jueves, 4 de febrero de 2010
Gorrones (El Financiero 2001)
La gorra es un patrimonio orgullosamente mexicano que se presenta en todos los estratos sociales y en algunos casos puede alcanzar niveles que la convierten en una de las bellas artes. Yo tenía, por ejemplo un amigo que durante más de veinte años se mantuvo e inclusive subió de peso gracias a su habilidad para el sablazo. Las técnicas eran muy variadas; la primera consistía en tener una agenda rotatoria con el nombre y dirección de treinta amistades (entre las que tuve el honor de contarme), de tal manera que a cada uno le tocaba un día del mes. Lo siguiente era presentarse alrededor de las dos de la tarde en la casa que correspondía y no moverse ni con polea hasta que no recibiera la esperada invitación a comer. Terminados los sagrados alimentos, se limpiaba el mole de las comisuras y se despedía con un periódico (esto es importante) bajo el brazo.
La segunda estrategia lo llevaba a la banca de un parque en donde abría el periódico y buscaba los eventos intelectuales del día. Como es sabido, en esta noble ciudad diariamente la clase intelectual se da cita para acciones diversas; un performance en que encueran un zorrillo mientras el artista toca la caracola, la presentación de tal o cual libro en el que un grupo de amigos y otros que no lo son tanto se sientan a la mesa para hablar bien del autor y mal de los ausentes; una mesa redonda en la que se diserta sobre el papel del gremio intelectual en la solución de los problemas nacionales y demás yerbas. Bien, el secreto de mi amigo era presentarse al final (ir desde le principio me parece una prueba insuperable) del evento más prometedor y tragarse tres cuartos de kilo de empanadas de camarón.
Una tercera, pero más riesgosa estrategia consistía en llegar a un restaurante con otro grupo de comensales. Normalmente a la hora de pagar la cuenta se levantaba al baño y regresaba a la media hora, si esto no funcionaba, se hacía lo que los clásicos llaman con cierta vulgaridad, pendejo y en casos extremos sacaba un billete roto de a mil que nadie aceptaba. La más indigna de sus técnicas, sin embargo, era meterse a un supermercado y buscar a las señoritas de charolas que ofrecen quesos y salchichas. Se podía comer un kilo.
Otra forma de gorronería es la visita inesperada; está uno muy tranquilo leyendo el periódico y suena el timbre. En la puerta se encuentra alguien que tiene el suficiente nivel de confianza para llegar con una maleta, pero la suficiente lejanía para que no se le invite ni borracho. Como el palo está dado y no hay manera de librarla uno le ofrece el sofá y los tres alimentos por un “período temporal” (esta temporalidad depende siempre de variables como un dinero que se cobrará o el arreglo de una situación doméstica terrible). A los tres meses han ocurrido varios incidentes; la visita indeseable se ha adueñado de la televisión; vio encuerada a la legítima saliendo del baño, dejó la puerta abierta y el perro se fue para nunca volver y un día se le ocurrió hacer una fiesta en la que tres amanecieron encuerados y en posición comprometedora.
La última forma que se me ocurre no es propiamente una gorronería pero puede pasar como tal y se relaciona con los buffetes. Como se sabe esta variante alimenticia se basa en la idea de poner platos, charolas humeantes y uno señores atrás de ellas que le explican a la gente que las fajitas de filete se llaman fajitas de filete. Por algún misterio que tiene que ver con la ley de la oferta y la demanda, la gente que servirse poco es equivalente a ser estafado. Para curar esta percepción se sirven en un plato lo que se podría comer una tropa de scouts en tres días y se van a una mesa a masticar como zopilotes, mientras el dueño calcula como reciclar los platos que contienen restos de alimento.
Los gorrones dan sablazos que nunca pagan, disponen del patrimonio ajeno y tienen la misma concha que un quelonio de quinientos kilos. Que con nuestro pan se lo coman.
La segunda estrategia lo llevaba a la banca de un parque en donde abría el periódico y buscaba los eventos intelectuales del día. Como es sabido, en esta noble ciudad diariamente la clase intelectual se da cita para acciones diversas; un performance en que encueran un zorrillo mientras el artista toca la caracola, la presentación de tal o cual libro en el que un grupo de amigos y otros que no lo son tanto se sientan a la mesa para hablar bien del autor y mal de los ausentes; una mesa redonda en la que se diserta sobre el papel del gremio intelectual en la solución de los problemas nacionales y demás yerbas. Bien, el secreto de mi amigo era presentarse al final (ir desde le principio me parece una prueba insuperable) del evento más prometedor y tragarse tres cuartos de kilo de empanadas de camarón.
Una tercera, pero más riesgosa estrategia consistía en llegar a un restaurante con otro grupo de comensales. Normalmente a la hora de pagar la cuenta se levantaba al baño y regresaba a la media hora, si esto no funcionaba, se hacía lo que los clásicos llaman con cierta vulgaridad, pendejo y en casos extremos sacaba un billete roto de a mil que nadie aceptaba. La más indigna de sus técnicas, sin embargo, era meterse a un supermercado y buscar a las señoritas de charolas que ofrecen quesos y salchichas. Se podía comer un kilo.
Otra forma de gorronería es la visita inesperada; está uno muy tranquilo leyendo el periódico y suena el timbre. En la puerta se encuentra alguien que tiene el suficiente nivel de confianza para llegar con una maleta, pero la suficiente lejanía para que no se le invite ni borracho. Como el palo está dado y no hay manera de librarla uno le ofrece el sofá y los tres alimentos por un “período temporal” (esta temporalidad depende siempre de variables como un dinero que se cobrará o el arreglo de una situación doméstica terrible). A los tres meses han ocurrido varios incidentes; la visita indeseable se ha adueñado de la televisión; vio encuerada a la legítima saliendo del baño, dejó la puerta abierta y el perro se fue para nunca volver y un día se le ocurrió hacer una fiesta en la que tres amanecieron encuerados y en posición comprometedora.
La última forma que se me ocurre no es propiamente una gorronería pero puede pasar como tal y se relaciona con los buffetes. Como se sabe esta variante alimenticia se basa en la idea de poner platos, charolas humeantes y uno señores atrás de ellas que le explican a la gente que las fajitas de filete se llaman fajitas de filete. Por algún misterio que tiene que ver con la ley de la oferta y la demanda, la gente que servirse poco es equivalente a ser estafado. Para curar esta percepción se sirven en un plato lo que se podría comer una tropa de scouts en tres días y se van a una mesa a masticar como zopilotes, mientras el dueño calcula como reciclar los platos que contienen restos de alimento.
Los gorrones dan sablazos que nunca pagan, disponen del patrimonio ajeno y tienen la misma concha que un quelonio de quinientos kilos. Que con nuestro pan se lo coman.
miércoles, 3 de febrero de 2010
Mire el pajarito (El Financiero 2001)
Fedro Carlos Guillén
Existe un número infinito de profesiones para las que no me siento calificado, entre las más destacadas se encuentran la de cobrador de casetas o la del señor que se para atrás del presidente en los informes presidenciales. Lo anterior se debe a una incompetencia congénita que se extiende hasta el territorio de la fotografía. Es por ello que cuando alguien me da la mano y detrás de ella una tarjeta que dice “fulanito de tal: fotógrafo infantil”, no puedo más que expresarle mi profunda admiración.
Me imagino las sesiones como una especie de martirilogio que inicia con la llegada de una señora (normalmente una vieja chota) cuyo deseo es que le tomen unas instantáneas a su hijo, el niño Juanito. Un primer problema se presenta si el infante es horroroso ya que las expectativas son que salga “muy bonito”, el segundo obstáculo se manifiesta si Juanito es un jijo de la tiznada que no se está quieto y se resiste a ser fotografiado. En ese momento el señor fotógrafo entra en un conflicto ya que internamente tiene ganas de atizarle un soplamocos al escuintle, pero se ríe de dientes para fuera y le dice a la señora madre pendejadas como: “pero que inquietito niño”.
Pero analicemos la resistencia de Juanito que, por cierto comparto desde el fondo del corazón. Supongo que a nadie en pleno uso de facultades (y un niño no es la excepción) le gusta que lo vistan de charro o de viejito michoacano y lo lleven a un lugar en el que lo sientan sobre una columna dórica con un fondo de nubes y lo hacen reírse a huevo.
Esta costumbre de retratar a la gente en condiciones ridículas me parece un misterio universal; hay idiotas que le ponen cuernos al fotografiado, otros le hacen gestos a la cámara y algunos más en lugar de mirar el foco enfocan su vista en el horizonte, como si en el horizonte sucediera algo interesante.
Después de que el niño ha pasado por el grado 3 de la PGR la señora lo lleva a su casa y vuelve al día siguiente por las fotos que pidió “con retoque”. Esta última técnica consiste esencialmente en tratar de que el fotografiado sea irreconocible ya que la tarea consiste en poner chapas donde no las hay y borrar granos donde los hay. La madre recibe las fotos e inmediatamente se dirige con el marquero que busca una propuesta ad hoc para las cinco fotografías de Juanito. Normalmente lo que se hace es ponerlas como juego de gato y colgarlas de la pared para futura vergüenza del niño y de sus amigotes.
El problema anterior se debe a las pretensiones de la gente que no asume el doloroso hecho de que si uno es horrible, horrible tendrá que aparecer. El asunto se resuelve con las fotos de las credenciales en las que nadie, que no sea imbécil, espera un resultado satisfactorio. En mi licencia, por ejemplo, parezco asesino serial, ello se debe a que mi aspecto es precisamente ése. Aunque debo decir en descargo de los compatriotas de buen aspecto que las fotos de las credenciales las hace un tipo que tiene prisa y es por ello que las tomas se hacen siempre a traición lo que produce que la gente en algunos casos salga bizca, en otras con los ojos entrecerrados, como si hubiera inhalado thíner o de plano volteando para otro lado.
Todo lo relacionado a la fotografía me es ajeno; las cámaras modernas me parecen más complicadas que el funcionamiento de un hidroavión, hay botones para neutralizar la luz, otros para hacer exactamente lo contrario y unos que reflejan la velocidad . Una vez durante un viaje, encontré a un par de turistas japoneses que me entregaron una cámara con el propósito de que les tomara una fotografía. Posaron con un monumento detrás y conmigo de frente. Sonrieron de oreja a oreja y yo disparé el obturador. En ese momento en lugar del ortodoxo “click” , se escuchó un violento “track” que les quitó la sonrisa a los japoneses y me motivó a aprovechar la confusión para devolverles la cámara (que hoy debe estar frente a un altar para recordar a mis antepasados). Cosas de la fotografía.
Existe un número infinito de profesiones para las que no me siento calificado, entre las más destacadas se encuentran la de cobrador de casetas o la del señor que se para atrás del presidente en los informes presidenciales. Lo anterior se debe a una incompetencia congénita que se extiende hasta el territorio de la fotografía. Es por ello que cuando alguien me da la mano y detrás de ella una tarjeta que dice “fulanito de tal: fotógrafo infantil”, no puedo más que expresarle mi profunda admiración.
Me imagino las sesiones como una especie de martirilogio que inicia con la llegada de una señora (normalmente una vieja chota) cuyo deseo es que le tomen unas instantáneas a su hijo, el niño Juanito. Un primer problema se presenta si el infante es horroroso ya que las expectativas son que salga “muy bonito”, el segundo obstáculo se manifiesta si Juanito es un jijo de la tiznada que no se está quieto y se resiste a ser fotografiado. En ese momento el señor fotógrafo entra en un conflicto ya que internamente tiene ganas de atizarle un soplamocos al escuintle, pero se ríe de dientes para fuera y le dice a la señora madre pendejadas como: “pero que inquietito niño”.
Pero analicemos la resistencia de Juanito que, por cierto comparto desde el fondo del corazón. Supongo que a nadie en pleno uso de facultades (y un niño no es la excepción) le gusta que lo vistan de charro o de viejito michoacano y lo lleven a un lugar en el que lo sientan sobre una columna dórica con un fondo de nubes y lo hacen reírse a huevo.
Esta costumbre de retratar a la gente en condiciones ridículas me parece un misterio universal; hay idiotas que le ponen cuernos al fotografiado, otros le hacen gestos a la cámara y algunos más en lugar de mirar el foco enfocan su vista en el horizonte, como si en el horizonte sucediera algo interesante.
Después de que el niño ha pasado por el grado 3 de la PGR la señora lo lleva a su casa y vuelve al día siguiente por las fotos que pidió “con retoque”. Esta última técnica consiste esencialmente en tratar de que el fotografiado sea irreconocible ya que la tarea consiste en poner chapas donde no las hay y borrar granos donde los hay. La madre recibe las fotos e inmediatamente se dirige con el marquero que busca una propuesta ad hoc para las cinco fotografías de Juanito. Normalmente lo que se hace es ponerlas como juego de gato y colgarlas de la pared para futura vergüenza del niño y de sus amigotes.
El problema anterior se debe a las pretensiones de la gente que no asume el doloroso hecho de que si uno es horrible, horrible tendrá que aparecer. El asunto se resuelve con las fotos de las credenciales en las que nadie, que no sea imbécil, espera un resultado satisfactorio. En mi licencia, por ejemplo, parezco asesino serial, ello se debe a que mi aspecto es precisamente ése. Aunque debo decir en descargo de los compatriotas de buen aspecto que las fotos de las credenciales las hace un tipo que tiene prisa y es por ello que las tomas se hacen siempre a traición lo que produce que la gente en algunos casos salga bizca, en otras con los ojos entrecerrados, como si hubiera inhalado thíner o de plano volteando para otro lado.
Todo lo relacionado a la fotografía me es ajeno; las cámaras modernas me parecen más complicadas que el funcionamiento de un hidroavión, hay botones para neutralizar la luz, otros para hacer exactamente lo contrario y unos que reflejan la velocidad . Una vez durante un viaje, encontré a un par de turistas japoneses que me entregaron una cámara con el propósito de que les tomara una fotografía. Posaron con un monumento detrás y conmigo de frente. Sonrieron de oreja a oreja y yo disparé el obturador. En ese momento en lugar del ortodoxo “click” , se escuchó un violento “track” que les quitó la sonrisa a los japoneses y me motivó a aprovechar la confusión para devolverles la cámara (que hoy debe estar frente a un altar para recordar a mis antepasados). Cosas de la fotografía.
martes, 2 de febrero de 2010
Los Taliban sexuales (El Financiero 2001)
En mi cuadro de honor particular se encuentra Raúl Trejo Delarbre, un periodista que se ha encargado sistemáticamente de llamar nuestra atención sobre los vicios y excesos de los medios. Raúl -una de las plumas más equilibradas y lúcidas del periodismo nacional- es director de Etcétera, una revista que se especializa justamente en el análisis mediático y colaborador del periódico Crónica (que, por cierto, frecuentemente cae en los vicios que el propio Trejo ha señalado y que identifica al PRD como el causante de todos los males posibles y de otros que están por inventarse). Hace unos días Raúl escribió un artículo titulado “Los talibanes totonacas” donde da cuenta de las exigencias de un señor de nombre Guillermo Bustamante que evidentemente sufre una forma benigna de retardo mental y se ostenta como Presidente de la Unión Nacional de Padres de Familia, agrupación que ignoro a quién representa (yo soy padre de familia y ni inhalando volátiles solicitaría mi afiliación) pero que tiene la capacidad de cuando en cuando de hacer señalamientos que son en sí mismos lecciones de historia ya que nos remiten irremisiblemente a la alta edad media. En pocas palabras (o en muchas no lo sé) el señor Bustamante ha señalado que el libro de ciencias naturales de quinto grado de primaria es: “genitalista, reduccionista y promotor de conductas antinaturales”, además de que implica: “un lenguaje subliminal” para la promoción de “conductas homosexuales”. Desde luego Raúl –que es un caballero- simplemente expresa su rechazo a tales posturas pero yo –que no lo soy- quiero aportar mi visión de las cosas.
Lo primero que diré es que respiro por la herida; en 1993 fui uno de los autores del programa de ciencias naturales para la primaria que tanto molesta a don Guillermo y además, soy, como consta en la página legal, revisor del libro de marras. Recuerdo que cuando analicé el texto me pareció adecuado y pertinente y nunca se me ocurrió (porque no soy tonto) entrar en digresiones acerca de los “mensajes subliminales” ocultos por ahí. Una de las láminas que molestan al señor Bustamante se encuentra en la página 101 y muestra a dos chavos bañándose, en el pie de la ilustración se lee: “el niño de la izquierda tiene el pene circuncidado y el de la derecha no”. Me imagino que en ese momento el señor Bustamante entró en coma ya que en su diccionario personal (o en el de la Asociación que tan dignamente dirige) el pene debe llamarse: “vergüenza”, “parte noble” o de plano “pirinola”. Uno analiza la ilustración (horrorosa, por cierto) y, efectivamente el niño de la izquierda se está enjabonando la cabeza mientras que el de la derecha hace lo propio con su cuello. El primer punto es que a menos que la gente que se bañe en las mismas regaderas sea causalmente homosexual, no me imagino en qué estaría pensando el señor Bustamante mientras veía la ilustración (miento, sí me imagino).
En segundo lugar, nuestro buen amigo se dedicó con el tiempo y paciencia suficientes a contar que en todo el libro existen 25 referencias genitales. Si la vida me diera el mismo tiempo podría apostar que la palabra azúcar aparece 30 y ello no significa que los dueños de los ingenios quieran pervertir mentes infantiles para captar futuros consumidores. Los argumentos ofrecidos son de ese calibre y uno debería reírse de no ser por la escalofriante declaración de que el Secretario de Educación “fue muy receptivo”. Desde luego se entiende que un señor tan importante no puede decirle a un grupo de gentes que lo visitan que son un puñado de badulaques, pero sí puede y debe establecer una posición que permita intuir que tales demandas son tan sensatas como la de que los gringos nos devuelvan el Alta California.
Me parece señor Bustamante que ha equivocado el tiro; un libro que promoviera conductas antinaturales sería aquel que estimulara en los niños el deseo de trabajar con Pati Chapoy o que les permitiera disfrutar de Barney el dinosaurio que vive en nuestra mente o peor aún… que los orillara a ser miembros de la Asociación nacional de Padres de Familia, institución que en su propaganda podría expresar: nos respaldan diez siglos de experiencia cuidando a las familias del mundo.
Lo primero que diré es que respiro por la herida; en 1993 fui uno de los autores del programa de ciencias naturales para la primaria que tanto molesta a don Guillermo y además, soy, como consta en la página legal, revisor del libro de marras. Recuerdo que cuando analicé el texto me pareció adecuado y pertinente y nunca se me ocurrió (porque no soy tonto) entrar en digresiones acerca de los “mensajes subliminales” ocultos por ahí. Una de las láminas que molestan al señor Bustamante se encuentra en la página 101 y muestra a dos chavos bañándose, en el pie de la ilustración se lee: “el niño de la izquierda tiene el pene circuncidado y el de la derecha no”. Me imagino que en ese momento el señor Bustamante entró en coma ya que en su diccionario personal (o en el de la Asociación que tan dignamente dirige) el pene debe llamarse: “vergüenza”, “parte noble” o de plano “pirinola”. Uno analiza la ilustración (horrorosa, por cierto) y, efectivamente el niño de la izquierda se está enjabonando la cabeza mientras que el de la derecha hace lo propio con su cuello. El primer punto es que a menos que la gente que se bañe en las mismas regaderas sea causalmente homosexual, no me imagino en qué estaría pensando el señor Bustamante mientras veía la ilustración (miento, sí me imagino).
En segundo lugar, nuestro buen amigo se dedicó con el tiempo y paciencia suficientes a contar que en todo el libro existen 25 referencias genitales. Si la vida me diera el mismo tiempo podría apostar que la palabra azúcar aparece 30 y ello no significa que los dueños de los ingenios quieran pervertir mentes infantiles para captar futuros consumidores. Los argumentos ofrecidos son de ese calibre y uno debería reírse de no ser por la escalofriante declaración de que el Secretario de Educación “fue muy receptivo”. Desde luego se entiende que un señor tan importante no puede decirle a un grupo de gentes que lo visitan que son un puñado de badulaques, pero sí puede y debe establecer una posición que permita intuir que tales demandas son tan sensatas como la de que los gringos nos devuelvan el Alta California.
Me parece señor Bustamante que ha equivocado el tiro; un libro que promoviera conductas antinaturales sería aquel que estimulara en los niños el deseo de trabajar con Pati Chapoy o que les permitiera disfrutar de Barney el dinosaurio que vive en nuestra mente o peor aún… que los orillara a ser miembros de la Asociación nacional de Padres de Familia, institución que en su propaganda podría expresar: nos respaldan diez siglos de experiencia cuidando a las familias del mundo.
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