sábado, 23 de enero de 2010

De paparazzis (Etcétera 2007)

Nunca he sido correteado por una turba de paparazzis y ello se explica fácilmente dada mi condición de pelagatos. No es el caso de las celebridades que día con día sufren el acoso de esta nube de vividores con un trabajo que a mí me parece simplemente inexplicable. La escena es predecible como un meteorito; algún famoso o famosa sale de un lugar determinado que puede ser un restaurante, la sala de su casa o el Aurrerá de Mixcoac, la siguiente etapa depende del nivel de celebridad del susodicho. Si es un peso pesado irá acompañado de cuatro señores con cuerpo de ropero que van tirando madrazos a diestra y siniestra mientras intentan tapar los objetivos de las cámaras, para que al día siguiente en los noticieros se quejen los animadores de las agresiones a la prensa. En cambio, si se es de menor importancia habrá que lidiar en soledad con esta masa que ejerce el trabajo periodístico poniendo el obturador en los pómulos y el micrófono en las amígdalas.
Para entender este fenómeno hay que buscar varias aristas; en primerísimo lugar está el mercado generado por los consumidores –a quienes imagino idiotas y babeantes- que reclaman a gritos conocer el rostro del hijo de Luis Miguel o el beso que se dio una buenona con uno que no es su pareja. Convendrá conmigo –querido lector- que no se trata de asuntos de Estado y sin embargo, los tirajes de las revistas en que se exhiben estas miserias son muy superiores a los de aquellas que se dedican al análisis nacional. Un segundo elemento se vincula con la ausencia total de regulaciones en la materia. Frecuentemente se invoca sin ningún matiz sobre “el derecho a saber”. De acuerdo, los ciudadanos tenemos ese derecho, señaladamente en el caso de las decisiones públicas. Sin embargo si tal o cual ministro decide encuerarse en la privacidad de su hogar y ponerse una piel de oso encima para bailar la polka, el asunto pierde por completo tal interés público y en consecuencia los ciudadanos nuestro derecho a saberlo.
El asunto adquiere gravedad por los medios a través de los cuáles se obtiene esta información; telefotos, helicópteros, cámaras escondidas, motocicletas con un camarógrafo voraz y espionaje telefónico son solo algunas de las estrategias que se siguen para llevarle al noble pueblo mexicano instantáneas de la señora Bolocco desnuda (en la supuesta soledad de su hogar) o a la señorita Spears (que por cierto, no es precisamente una lumbrera) dejándose la cabeza como huevo de pascua. Hasta donde sé nunca ha prosperado en este país una demanda contra nadie y sí inmensos reparos de los medios de comunicación que de inmediato se quejan de atentados contra la libertad de prensa y el derecho de la gente a estar informado. De hecho en un acto inverosímil trasladan la responsabilidad sobre la gente acosada con un concepto que se podría resumir con la siguiente frase: “quién le manda a ser famoso, si no quiere que lo fotografíen que no salga de su casa”.
Un ingrediente aditivo tiene que ver con el valor de una nota; mientras más escandalosa es mejor, así, por ejemplo si una famosa se va a cenar a un restaurante y se logra una imagen en la que tiene un tenedor con lasaña, la fotografía será mucho menos costosa que aquella en la que la capten escupiendo dicha lasaña, estornudando en la cara de su interlocutor o regresando la sopa de cabellitos de elote. Este fenómeno propicia que a los paparazzis les convenga comercialmente que sus presas se intoxiquen con alcohol o que prescindan de ropa interior y en ello hay un mensaje simplemente lamentable.
Supongo que este es el signo de los tiempos y nada se puede hacer ante este fenómeno. Aparentemente nadie está dispuesto a legislar sobre la materia y el poder mediático es tan grande que difícilmente se podrá evitar este fisgoneo permanente. La gente tampoco cambiará y seguirá buscando con avidez notas obtenidas de mala manera pero que le permiten –aunque sea por un minuto- formar parte de la vida de los bellos y de los famosos, que, por cierto, es una forma pobre de vivir.

jueves, 21 de enero de 2010

Calles (El Financiero 2005)

Los primeros 25 años de mi vida se condujeron en un letargo pasmoso que sugería retardo mental prematuro. Cuando niño, salía a jugar a la calle y destaqué siempre por ser el último en resultar elegido a la hora de formar equipos, en la adolescencia me enamoré de una muchacha que daba atención a unos viejitos y meses más tarde fui mordido en la entrepierna por el perro Tufi en el preciso momento que declaraba mi amor a otra mujer llamada Britta que era hija de europeos y que me dejó en el momento que se percató que conmigo nomás no había futuro. Todo esto ocurrió en la calle de Yácatas exactamente entre Torres Adalid y Concepción Béistegui, lo pasmoso es que ignoré siempre el significado de estas tres unidades semánticas.
Siguiendo un principio lógico asumí con ligereza que “Yácatas” eran unas ruinas ubicadas seguramente en el culo del mundo, esto lo deduje porque las calles paralelas eran Uxmal y Palenque. Sin embargo entendí rápidamente que no se puede pedir ningún razonamiento sensato a la hora de la nomenclatura y descubrí que en realidad las yácatas son unas piedrotas prehispánicas. Pero: ¿Torres Adalid? ¿Concepción Béistegui? Lo primero es simplemente anómalo; ¿el señor y probable prócer se llamaba Torres? ¿era ése su apellido? ¿si es apellido corre la probabilidad de que sea señora? Misterios múltiples pero todos ellos muy idiotas ya que si algún día alguien decide nombrar una avenida en mi honor, espero que no sea tan imbécil para bautizarlo “boulevard Guillén Rodríguez”. En una pequeña búsqueda me enteré que hubo un oligarca de nombre Ignacio Torres Adalid cuyos probables servicios a la patria se limitan a la construcción de un ferrocarril y a la adquisición de una hacienda en Ometusco. El caso de Concepción Béistegui resultó más lamentable ya que lo único que encontré es a una señora Benitez viuda de don Nicanor Béistegui que fundo un hospital a principio del siglo pasado en Navarra, lo que me deja con la ligera noción de que eso a mí que me importa.
Los misterios continuaron ya que la siguiente calle paralela a las dos anteriores se llamaba “Eugenia”, asunto que me deja como las estatuas de marfil ya que ignoro si el homenaje es múltiple y por lo tanto inequitativo ya que entonces tendría que haber una calle “Patricia” y otra “Melquíades”. Ahora si el honor le corresponde a una Eugenia en específico evidentemente la pasaron a joder ya que no hay manera de reconocerla con un criterio tan parco.
A los que nombran calles los imagino idiotas y faltos de imaginación. Hay obviedades como ponerle a una calle el nombre de algún héroe nacional. El problema es que las calles son miles y nuestras figuras legendarias se cuentan en un puñado. Ello explica que en la ciudad de México existan 117 calles Hidalgo y 14 Josefas Ortiz. Para paliar esta desperfecto se usa un criterio muy lambiscón consistente en utilizar el nombre del mandatario en cuestión lo que me parece lamentable. Si yo viviera en la avenida López Portillo me cambiaría de inmediato nomás de la pura vergüenza. El siguiente mecanismo es buscar cosas que tengan algo en común y desgranarlas. Supongo que están sentados en la mesa los de la comisión de nomenclatura y dicen cosas como: “¿Y si le ponemos a la colonia fulanita de tal: profesionistas?” La idea es aprobada por unanimidad y ello explica que un señor viva en la calle torneros # 47 o astrónomos # 18 lo que resulta ligeramente idiota. Otro problema es cuando se usan miembros notables de alguna ocupación humana. En la colonia del Valle (muy cerca de donde yo vivía) se arrancaban con la calle Pitágoras y continuaban (como es lógico) con Anaxágoras. Lo razonable era esperar que llegara Sócrates con todo y cicuta pero nones, aparecía de la nada un señor que se llamó Enrique Rébsamen y era pedagogo. Así nomás no hay manera.
El último y más fácil criterio es hacer lo que hace la gente fodonga, nombrar una ubicación de la siguiente manera: “manzana # 4, lote # 8, andador # 2, casa # 3” que si uno lo recuerda pues ya está del otro lado. Creo que francamente prefiero este método.

miércoles, 20 de enero de 2010

Inventos (El Financiero 2002)

Hace unos días estaba yo haciendo nada y de pronto como si me fuera revelada la teoría evolutiva, me di cuenta que todo lo que me rodeaba tenía un padre, es decir había sido producto del ingenio de un señor al que yo no tenía el gusto de conocer; el lápiz, la silla, el fax, la computadora y las agujetas de mis zapatos. El asunto me dejó un par de enseñanzas; la primera y más dolorosa es que mi acervo neuronal nomás da para ese tipo de clarividencias, la segunda es que nunca he puesto atención a estos padres de todas las cosas que merecerían por lo menos un comentario.
Un invento es en sí mismo un prodigio pero, seamos justos; hay de inventos a inventos. Porque estará de acuerdo, querido lector, que hay un cierto abismo conceptual e intelectual entre el dispensador de pasta de dientes y el fax, a pesar de que ambos se encuentran en el mercado y hacen millonarios a sus creadores.
En la tipología del inventor las categorías se desagregan con limpieza y están encabezadas por una hornada de pobres diablos a los que la gente mira siempre con conmiseración ya que invierten su vida en la búsqueda de cosas extraordinarias para salir de pobres. En este grupo identifico con claridad a los que buscan fórmulas para que salga pelo, a aquellos que quieren producir un bistec que sepa a lechuga y los que diseñan unas tablas en las que se puede apreciar, si se tiene el tiempo y la paciencia suficiente, el día que estaremos destinados a morir. Una vez en una fiesta conocí a un señor que no estaba ebrio ni padecía de retardo mental que invirtió dos horas en explicarme que estaba inventando una gorra que permitiría “conservar las ondas cerebrales”, un servidor, muy interesado preguntó cuál sería la razón para preservar tal patrimonio neurológico y el buen hombre respondió que con el sombrero puesto uno viviría lúcido hasta los cien años ya que nuestras ideas en lugar de perderse en el éter quedarían dentro de nuestro cerebro, en ese momento me quedé pensando que -dado que mi interlocutor no traía su sombrero- había sufrido un desagüe de las ideas que lo había dejado como estaba, por lo que decidí abstenerme de comprar el producto.
El segundo grupo es el de los hombres que tuvieron la idea pero no la prioridad. Prácticamente en cualquier familia hay una historia del tío que inventó la pluma fuente pero perdió la gloria porque fue engañado. Conozco a uno por ejemplo, que vivió convencido de que él inventó el juego del turista mundial (ése en el que el chiste era comprar Liberia) y sufrió un despojo por parte de los gringos por lo que en mudo boicot se negaba a jugarlo.
Existen otros hombres que han hecho cosas utilísimas pero anónimas. No me imagino un mundo sin clips o lo que sería la vida sin la palanca con la que se jala el excusado. Estoy convencido de que he llevado una existencia razonable gracias a la goma de borrar que se inventó para eliminar la evidencia de nuestras inconstancias y errores (por definición soy inconstante y erróneo). Supongo que solo los familiares de estas personas saben de la valía de su pariente el inventor y me imagino a veces un destino de alcoholismo en el que un señor en la cantina les grita a todos “yo soy el padre del post it” para luego hundirse en llanto.
La última categoría es la de los finales felices y está compuesta por todo producto que a usted le suene a apellido (imaginar en este momento que le es presentado a uno el señor Firestone). En este grupo de ganadores se cuentan todos aquellos que en un cuchitril decidieron poner a prueba una idea y terminaron forrándose en millones que le dan de vivir actualmente a sus numerosos descendientes, quienes nacen, crecen, se reproducen y mueren homenajeando la memoria del abuelo (normalmente un viejo explotador) que los sacó de brujas.
El único invento que he logrado es el de una bebida con tequila que permite después de dos cañonazos la posibilidad de hablar fluidamente lenguas extranjeras, desgraciadamente aún no logro el antídoto para evitar la sensación posterior de que uno fue atropellado por un tortón de tres toneladas. Ni modo.

martes, 19 de enero de 2010

Estereotipos (Mexicanísimo 2008)

Nuestro país es extraordinario por motivos de nobleza desigual; nadie puede dudar que su riqueza cultural, la enorme diversidad biológica que lo convierte en una potencia ambiental y su historia rica en claroscuros han forjado una nación que, si bien posee estos atributos comunes, se desgrana en pequeñas babeles regionales que expresan diferentes tendencias. El México norteño industrioso y pujante, el altiplano consolidado como un polo de desarrollo creciente y el sur profundo con su enorme belleza pero lleno de contrastes sociales.
Ahora bien, en México para bien o para mal vivimos los mexicanos a los que es difícil ubicar dentro de una categoría específica ya que, lo mismo que el país, contamos con un desdoblamiento múltiple de personalidades que simplemente se han estereotipado de mala manera y eso a veces nos deja mal parados. De acuerdo al imaginario popular los mexicanos somos necesariamente alegres, pegamos de gritos ante un mariachi, nos dirigimos a nuestros congéneres diciéndoles: “manito” y con tres tequilas podemos cantar la Traviatta a capela. Asimismo, se nos reconoce como gente generosa y solidaria (la tragedia de 1985 ayudó a apuntalar esta percepción).
Lo anterior como en todo proceso de sobre simplificación es parcialmente cierto pero está lleno de matices que es necesario identificar; es claro que en algunos grupos sociales prevalecen algunos tintes de racismo y lo es también, que en otros le hemos volteado la espalda a nuestra historia para entrar de lleno en esa entelequia llamada “modernidad” con resultados a veces lamentables.
Caracterizar nuestros prejuicios y estereotipos no parece en consecuencia, un ejercicio ocioso, sino de primera necesidad para tratar de superarlos. Las costumbres que uniforman a ciertos grupos son un punto que a veces favorece la discordia y el encono y estos no son los mejores tiempos para caer en esa trampa. Tendemos a generar imágenes mentales de los mexicanos de acuerdo al grupo social al que pertenecen, su religión e inclusive sus preferencias sexuales. Por supuesto algunas razones hay para entender que estas etiquetas no son espontáneas y sí el producto de algunos atavismos conspicuos. Es por ello que me he interesado en ilustrar esta ya larga introducción con ejemplos concretos. A ver cómo nos va.
En México nos uniforman los estereotipos, hemos logrado con limpieza extraordinaria homologar nuestras ideologías por medio de atavíos y costumbres que son simplemente inconfundibles. El gremio de izquierda, por ejemplo es perfectamente caracterizable por su manía en el portar atuendos nacionales. Las mujeres en muchos casos se visten de tehuanas o equivalente, no se rasuran los sobacos y beben como camioneros. Los hombres traen pantalones de mezclilla con un paliacate que sobresale del bolsillo trasero, utilizan barba y presentan a su mujer como su “compañera”. En su casa se fuman sustancias controladas a discreción, oyen solo discos de Putumayo records y se puede apreciar el siguiente decorado: en la pared hay affiches del Subcomandante Marcos y del chino que se paró enfrente de unos tanques con riesgo de su vida. Los manteles son guatemaltecos y los muebles son todos de madera. Hay una colección de artesanías diversa, muchos libros de economía y un par de hijos con aretes en la nariz que tutean a sus padres.
Se caracterizan por ser vehementes y beodos, leen La Jornada y de cuando en cuando se convierten en abajo firmantes por diversas razones; la solidaridad con alguien que es hostigado, la repulsa a alguna acción gringa, apoyo al pueblo fulanito de tal o el rechazo a que se instale alguna tienda trasnacional en un lugar que consideran histórico. Asisten a marchas y mítines y normalmente tienen empleos en instituciones universitarias u organizaciones de la sociedad civil (como ellos mismos las llaman). Consideran que Digna Ochoa no se suicidó y sus vacaciones los llevan a pueblos de la sierra de Oaxaca para vivir de cerca la realidad social.
Llama la atención su radicalidad el discurso que poseen es “estás conmigo o contra mí”.
Lo anterior no me parece ni bueno ni malo. Me llama la atención sin embargo la predictibilidad gremial, la ausencia total de crestas y valles en el comportamiento de una masa que se conduce como cardúmen en el mar.
Los intelectuales mexicanos son también parecidos entre sí, ahora resulta que la gente pensante en este país es también un producto uniformable; todos se conocen y nos ofrecen características de mimetismo común. La más conspicua consiste en portar siempre un libro bajo el brazo lo que tampoco es bueno ni malo en sí mismo, nomás los caracteriza.
Hay taxonomías básicas para identificar a nuestros intelectuales. Existe el grupo de los llamados “independientes” al que normalmente pertenece gente que puede ser muy lista o creativa pero que vive en la más escandalosa marginalidad y a duras penas. A éstos se les ocurren ideas como producir una revista, crear una obra de teatro o editar libros. El problema es que nunca hay dinero propio que solvente tales iniciativas, lo que genera una serie de abajo firmantes que elevan quejas acerca de la “falta de apoyos gubernamentales”. Aquí es donde yo me confundo, ya que percibo cierto conflicto entre la palabra “independiente” y el término “subsidio”, pero ello se debe a que probablemente soy poco lúcido. Es mi impresión que al arte se le ha dotado de una actitud reverencial que difícilmente se justifica. El hecho es que nadie por el solo hecho de crear debería asumir el derecho a mayores consideraciones. El arte es un concepto críptico con hendiduras suficientes para que los charlatanes o los amigos de quién decide, se cuelen por una puerta que consideran tan ancha como sus pretensiones.
En cualquier gremio o actividad existe gente más competente que otra. Si uno es ingeniero y se le cae la casa que construyó, no habrá más remedio que asumir que es un imbécil. Cualquier médico que en la segunda visita mate al paciente tendría que ser requerido por negligente. En cambio cuando se trata de la creación y dado el enorme tramo subjetivo asociado, las cosas se complican y se entra en un universo absolutamente inasible en el que vuelan saetas en todas las direcciones. Se habla de “incomprensión” de “camarillas” de “favoritismo” que sin duda existen pero que dudosamente pueden acreditarse debido a la falta de criterios efectivos para discernir lo notable de lo que no lo es y a la enorme impostura que nos hace aceptar bovinamente cualquier gesto dominante de nuestra grey intelectual. Kafka, por ejemplo escribió “La metamorfosis” un libro que inicia con un pobre hombre llamado Gregorio Samsa convertido en un bicho monstruoso y patas arriba en la cama. Hay un sentimiento sobre esta obra prácticamente unánime acerca de su maestría. Existen foros en que lectores ocurrentes la interpretan como una “alegoría de la vida”. Yo la leí y no recibí ningún mensaje trascendente, mi sensación final al cerrar el libro es que había perdido el tiempo. Me hago cargo de que afirmar cosas como la anterior es terriblemente impopular. La conclusión más simple es que soy un ignorante que no entiende nada de nada y ello puede ser probable. Sin embargo, sostengo mi derecho a emitir una opinión pública y asumir las consecuencias sin que medie más que una modesta incineración de los estudiosos, que normalmente consideran que todo aquel que difiera es porque es idiota o nomás no entiende nada… divisiones, otra vez.
Hay otro grupo de intelectuales que forman una elite, la creme de la creme, los gurús pues. Estos son pesos pesados y a diferencia de sus pares anteriores nunca vivirán en la marginalidad ya que todo lo que tocan los trasmutan en oro. Este gremio selecto acumula premios y normalmente recibe huesos notabilísimos como embajadas, consulados o altos cargos en la burocracia cultural debido a los méritos acumulados. Sobre lo anterior hay muchas críticas ya que hay quien supone una especie de separación similar a la que el Benemérito proponía entre la Iglesia y el Estado. “La intelectualidad no debe estar al servicio del poder sino de las ideas”. Lo anterior, por supuesto es una imbecilidad, ya que el espacio evidente de expresión para estas ideas es público y los intelectuales no son mutantes sin ideología alguna. Los hay reaccionarios, progresistas o monárquicos y es evidente que si les place pueden asumir cargos o recibir premios sin que nadie los deba cuestionar por ello. Por supuesto que se podría argumentar sobre el talento diplomático de Rosario Castellanos o de Jorge Volpi ya que no hay ninguna razón para pensar que un buen escritor tiene aptitudes en otros ámbitos pero esa es harina de otro costal y dado que Israel o Francia no rompieron relaciones con México, supongo que la cosa no fue grave.
Otra forma de predecir comportamientos se basa en la extracción social de los mexicanos que también es digna de llamar la atención. Los estreotipos sociales en este país son variados y en algunos casos nos ofrecen escenas de grand guignol. Están lo socialités, señores y señoras que se dedican al noble arte de no hacer nada esquiando en paraísos nevados o asistiendo consuetudinariamente a cocteles sin ser beodos. Sus andanzas son frecuentemente relatadas por revistas ad hoc que normalmente nos ofrecen información a los consumidores pelagatos, de un interés –seamos honestos- muy mediano.
Para entender esto basta hojear cualquiera de estas ofertas editoriales y encontrarnos a una oligarca que mira fijamente a la cámara con un infante en brazos; “La princesa Hwsengarten nos abre su casa y presenta a Volodia” – se expresa capitularmente en el título. Es de llamar la atención que los nombres de los que tienen normalmente son anómalos y diferentes a los del resto de los mortales. Se llaman Pato, Olivier, Marie o Gunilla, otro hecho notable es el de las cosas que se informan. Por ejemplo se aprecia una niña de uniforme fotografiada en el momento que pasa por una puerta y entonces se nos anuncia que “La infanta fulanita de tal va a su primer día de clases” o que “Bebo y Tony Weiskoppt se van de party a Nueva York”, en el peor de los casos uno se puede enterar que “La generación de prepa del colegio (entra el nombre de una escuela poderosa) se disfrazó entera para celebrar el halloween” y entonces se nos asestan una serie de fotografías en la que jóvenes dráculas y momias diversas se embriagan con enorme vigor. Yo francamente cuando hojeo estas páginas me quedo con una sensación de creciente contundencia “¿Y eso a mí qué me importa?”. Sin embargo lo cierto es que las revistas de este tipo se consumen globalmente y estoy plenamente seguro que la mayoría de sus lectores pertenecen al grupo humano de los que quieren pero no pueden, lo que no deja de ser extraordinario.
Uno al final se queda con la vaga idea de que la gente de alta sociedad es frívola o estúpida, que sus referentes conceptuales son Houston, Miami o París y que sus inquietudes sociales se resuelven por medio de un té canasta de beneficencia (¿quién demonios asiste a un té canasta? Se pregunta dentro de mí eso que llamamos “la duda metódica”)
Por supuesto esto no es así por eso llama la atención este empeño por mostrarnos el lado más vergonzoso de sus hábitos que es el que finalmente nos moldea la percepción.
Lo mismo pasa con el polo opuesto o lo que los clásicos llaman “la clase popular”. Uno se puede imaginar perfectamente lo que ronda en las circunvoluciones del club de fans de Tiziano Ferro o una cosa equivalente. Estos grupos también tienen costumbres conspicuas, lo mismo que los socialités, nombran a sus hijos con apelativos extravagantes. Porque extravagante es que alguien nazca en México y se llame Jonathan, Mifdi o Macabea. Tampoco es natural consumir semanalmente medio millón de ejemplares de una revista en la que se cuentan cosas como que una actriz que estaba buenona se ha hecho más buenona gracias a unos implantes mamarios o que se cachó (así dicen: “cachamos”) a un actor medianamente famoso con una que no es su novia “muy acurrucaditos”. El consumo televisivo de este grupo es también notable y se nutre con las aportaciones e ideas de intelectuales como Fabián Lavalle o Pati Chapoy que nos relatan lo que ellos mismos llaman “chismes de famosos”.
Uno podría burlarse, de hecho yo lo hago cotidianamente, pero esa burla sería profundamente estéril si fuera solo un divertimento pasajero. Es necesario reflexionar sobre lo que somos los mexicanos y cuáles son los patrones que nos confrontan día con día. El futuro de este país se cimenta –creo- en la identificación de estos disfraces sociales y gremiales, no para desvanecerlos –es natural y deseable que haya diferencias- sino , insisto, para estructurar consensos mínimos de un rumbo en común.
Alguna vez un amigo mío me dijo: “yo ya me voy de aquí, en México no se puede vivir”. Se refería a la violencia creciente, a la contaminación y degradacvión ambiental y a las condiciones cada vez más hostiles de ciudades como la de México.
No es mi caso, nací, he crecido y seguramente moriré en México. Mi posición no parte de la ingenuidad, sino de la convicción de que nuestro país nos da razones suficientes para permanecer. Mis amigos, los cines en los que invertí horas que le robé al estudio, las escuelas, los paisajes y sobre todo la generosidad de muchos, me parecen motivos poderosos. “Nunca me voy a ir, jamás quisiera salir de este país” escribió Elena Poniatowska en su libro Nada Nadie, y con ella estoy.
Sin embargo, concluyo diciendo que si bien para mí todo esto hace diferencia, también sostengo –como lo he hecho hace años- que tenemos un imperativo de futuro; identificar las inercias que desconstruyen nuestra grandeza. La mezquindad, el desprecio a los que menos tienen o el incumplimiento de la ley. Pero sobre todo la imbecilidad creciente que gana espacio, día con día, al sentido común y la sensatez.

lunes, 18 de enero de 2010

Feministas (El Financiero 2004)

No, no me refiero a señoras respetables que se han pasado la vida defendiendo las muy defendibles causas de la mujer. Es obvio para todos que las féminas del mundo han tenido que luchar con una corriente avasallante y jodida que se basa en el paradigma de que cumplan una misión histórica, concretamente, de trapo de cocina. Yo tengo conocencias que dan por buena la idea de que el ciclo de vida de la mujer se resuma en los siguientes pasos: 1) nazca 2) sea educada en la noción del respeto a “su hombre” 3) se case 4) se reproduzca el número de veces que el señor (su esposo, no el señor de los cielos, aunque bien mirado es lo mismo) dictamine 5) administre sabiamente los recursos que le son otorgados para la manutención familiar 6) se ponga lentes oscuros para tapar los moretones producidos por el pedote de su marido 7) que trabaje, pero en su casa... etcétera. Esta visión, querido lector, que parece prcámbrica y arcaica es desgraciadamente moneda corriente en muchos lugares y es por ello que considero muy justo y saludable tratar de equilibrar los cartones de mejor manera. Muchas mujeres (y hombres) se han echado esta empresa a cuestas y para ellos va todo mi respeto.
A las que si me refiero son a las viejas chotas que consideran el concepto “hombre” equivalente al concepto “nazi” que tenían los gringos de las películas, es decir personas malditas con baba en la comisura con puras ganas de andar chingando. Lo anterior (que es por supuesto una imbecilidad) se manifiesta de varias formas conspicuas. Una de ellas –lo he dicho ya- son las ganas enormes de modificar el lenguaje para que no tenga un sesgo machista. El asunto es ocioso y una pérdida de tiempo pero eso lo he dicho antes y no pienso reiterarlo, querido lector (si fuera consecuente con los reclamos debería escribir “y querida lectora”, lo que supone usar 15 letras y 17 espacios para no decir nada más que soy un hombre moderno). Veamos un ejemplo, el párrafo que sigue ha sido redactado por una organización feminista:
“Periódicamente el estado de la natalidad aparece en los medios de comunicación tratado como un grave problema. Suscita un fácil, aunque sorprendente consenso entre sectores de lo más variopinto como son banqueros, políticos, sindicalistas, y tertulianos. Se habla de ello en términos pesimistas, alarmistas, preocupados por un país que se reproduce poco, y coinciden en señalar la necesidad de aumentar la tasa de fertilidad, es decir en la necesidad de que las mujeres tengamos más hijas e hijos.”. El problema es inapelable y obvio, si un país disminuye el número de nacimientos de manera constante. Al cabo de 30 años estará lleno de viejitos gagá (yo seré uno de ellos en menos tiempo) que demandarán bienes y servicios y no habrá nadie en la parte inferior de la pirámide poblacional para producirlos, ello supondría enormes cambios, migraciones masivas y probablemente violencia. Ese es un asunto que nos atañe a todos, sin embargo, como puede advertirse el grupo redactor del documento lo considera una agresión directa a las mujeres ya que aparentemente nomás ellas tienen hijos. Es obvio también que cualquier mujer (u hombre) tienen el derecho de tener los hijos que les dé la gana, nomás eso faltaba. Sin embargo, es también claro que el Estado debería velar atentamente por los cambios demográficos de un país ya que en ello le va el futuro y si genera una política para estimular mayores tasas de reproducción, esta deberá ser atendida por las personas a las que les dé la gana seguirla como ya ha ocurrido en varios países.
Ese problema (sentirlo todo como una actitud de agresión y hostigamiento) es una hueva, y así nomás no se puede. Parecería que la salida evidente es velar armas y andar buscando al enemigo así de bulto. Desgraciadamente “el enemigo” no puede ser un género, sino los imbéciles que creen que las mujeres son inferiores o los idiotas que están en contra de las medidas anticonceptivas, o los estúpidos que las maltratan. Habría que teledirigir los mensajes contra ellos y no contra todos, porque yo francamente me empiezo a sentir el nazi de la película y francamente sin deberla ni temerla.