"Nada es más sencillo que publicar un libro" me dijo una vez el queridísimo Tito Monterroso mientras yo comía unos huevos motuleños en el Sanborn's de San Angel. Recuerdo que asentí cortesmente pero por dentro me quedé pensando que la perspectiva de un escritor reconocido no es desde luego la misma que la de un pelagatos.
Y el pelagatos era yo.
El primer paso en la publicación de un libro es probablemente el más fácil; el aspirante a escritor se sienta frente a su computadora (si es tonto dirá que él sólo puede escribir con pluma negra) y se enfrentará a la hoja en blanco (si es tonto dirá que la sensación le produce angustia). Acto seguido empleará ocho meses de su tiempo en producir su primera obra. Este es un momento peligroso ya que todos los familiares y amigos del literato tendrán que soplarse la lectura de veinte cuartillas por sesión, asunto que determina la desacreditación social del autor el cuál se convierte en una especie de apestado al que la gente le huye como se le huye al tifo.
El siguiente paso consiste en tomar el texto y llevarlo a una editorial para ver si les interesa publicarlo. Este es un proceso canijo ya que si uno no es el Balzac mexicano o cuate del editor o autor de consejos de superación para pendejos la cosa va a estar en chino.
También existen accidentes a los que yo llamaría coyunturales. Una vez, por ejemplo, me dirigí a la editorial Joaquín Mortíz a dejar un texto, la editora, una joven muy simpática recibió mi libro mientras me veía con una mirada muy rara. Salí francamente mosqueado y me fui a ver en el espejo del baño. Traía un mocazo en el bigote; "este moco" pensé "arruinará mi carrera literaria".
La oficina de un editor siempre es amplia y confortable, su atuendo nos revela que es dueño de grandes responsabilidades y de ninguna manera un burócrata-lee-libros. El procedimiento a seguir es invariable: el editor agradece al escritor que haya elegido esa casa editorial, ofrece un café y promete una respuesta pronta. Al salir de la oficina el escritor se siente William Faulkner y se va a celebrar.
Y empieza el calvario.
Por algún misterio que tiene que ver con el don de la ubicuidad, el editor -una persona que siempre estaba en su oficina en las horas en que la gente normal está en la oficina- no aparece por ningún lado. O no regresa de comer o fue a presentar un libro o está en la Martinica o no le da la gana contestar el teléfono. Esta última explicación la infiere el escritor después de cuatro meses y cuando ya le da vergüenza estar enchinchando a la secretaria del editor.
El siguiente paso lo anticiparía un idiota; la respuesta del editor, cuando alguien pueda localizarlo, debería ser: "tu propuesta es interesante pero por el momento no tenemos presupuesto, quizá después". Pues bien, aunque parezca increíble, el editor (quizá porque es gente sádica o su mamá le pegaba de chiquito o simplemente le da vergüenza decir que no) anuncia que el texto se publicará (nomás que no dicen cuando). El escritor se vuelve a sentir William Faulkner y se va a celebrar por segunda vez.
Y pasan los años.
Desde el momento en que Tito Monterroso me dijo lo que me dijo y el día de hoy han pasado más de tres años. La única evidencia de que el par de libros que escribí serán publicados (como ofrecieron sus editores hace tres años) se encuentra en la Catedral Metropolitana en la forma de una veladora que le puse al Santo Niño Tarcisio... A ver si pega.
Solo quedan dos explicaciones o Tito Monterroso estaba equivocado o soy un bodrio. Por pura autoestima prefiero pensar en la primera opción. Sin embargo no todo es tan malo; el jueves firmé un contrato editorial y la editora prometió que por lo menos contestará el teléfono cuando la llame... Qué ya es decir.
jueves, 14 de abril de 2011
sábado, 9 de abril de 2011
Diario de viaje
Para ir a El Paso, Texas hay que tener un motivo y yo lo tenía, así que salí de la oficina y tomé rumbo al aeropuerto. Por supuesto, el vuelo demorado, lo que me permitió observar zoológicamente a la gente que va y viene por los pasillos. Lo primero que queda claro es que los toques de elegancia asociados con los viajeros antiguos se han perdido en lo inmenso de la modernidad. El viajero antiguo, se preparaba para subir al avión como se prepararía un noble para recibir la orden del baño. Ahora, con un poco de suerte se pueden ver adolescentes semidesnudos cargando tablas de surf, señoras en brasier y tipos que a juzgar por su aspecto sólo pueden ser considerados idiotas.
El vuelo es como todos; con azafatas buenísimas que en su esfuerzo bilingüe preguntan ¿quiere un pollitou? El avión llega a Dallas, ciudad con cierto renombre gracias a (el orden es estricto) sus Vaqueros, un albur pendejísimo y John Fitzgerald Kennedy, que murió asesinado en una de sus calles. La sala de American Airlines es un monumento a la megalomanía gringa. Desembarco en la puerta 12 y debo tomar el avión de conexión en la 37. Bien, la distancia entre ambos accesos es equivalente a la que recorren los del maratón del Usumacinta. La caminata se adereza con la necesidad de concentrar los sentidos para evitar ser atropellado por unos cochecitos piloteados por negros que van gritando “pííí-pííí”. Por fin en la puerta 37 y el estoconazo; donde debe decir El Paso, se lee Baltimore. Pregunto y resulta que el vuelo está demorado. Es el momento destinado a una cerveza corona que cuesta la terrenal suma de $ 3. 50 dls.
Trepo al nuevo avión en el que, por cierto, hay teléfonos de AT&T en el respaldo de los asientos. En el preciso momento que elevo mis pensamientos al creador reflexionando sobre la imbecilidad del hecho, observo a una vieja gorda que lee acetatos y descuelga el auricular.
Dios mío.
La llegada a El Paso inicia con terribles augurios, al llamar al hotel por medio de una línea directa, me encuentro con que no saben quien soy, no tengo reservación y lo que es peor... les vale madre. Me recomiendan que espere a la camioneta del hotel y eso hago. Misma pregunta, misma respuesta. Soy buscado por todas las posibles derivaciones de mi apellido. También ensayamos con Pedro y Cedro (esta última iniciativa de la recepcionista). Finalmente aparezco bajo el nombre de Carrrlos.
El cuarto es amplio y tiene una tele de 40 canales lo que representa el paraíso para un teleadicto como yo. Observo A David Letterman pitorrearse de Wesley Snipes y luego leo un buen trozo de Cabrera Infante. Después de todo ¿No estoy en las entrañas del monstruo capitalista?
En el desayuno conozco a los que serán mis compañeros durante un par de días para discutir asuntos de la frontera norte. Pido un jugo de naranja en el preciso instante que se discute acerca de la federalización mexicana y mejor me callo la boca porque de esas cosas no sé. La reunión será en el Parque Nacional de el Chamizal, situado exactamente frente al Río Bravo. En el parque hay un museo que relata -creo que objetivamente- las putizas infinitas que se dieron nuestros compatriotas con los gringos por la posesión de esa zona. No discutiré aquí los detalles de las pláticas. Lo que si diré es que en el momento que un señor de 4 metros llamado Bill Sontag iniciaba su discurso, se manifestó la furia de los elementos en la forma de un vientazo al que el Servicio Meteorológico Estadounidense le puso nombre más tarde. Cuando salimos a comer ya la ciudad se había convertido en el epicentro de una tormenta de arena cuyos vientos alcanzaron 120 kph que tumbaron casas y mató a cuatro gentes. La empanizada que nos dimos fue soberbia. Al abrir la boca se tragaba arena y los bomberos que había en la calle quedaron como cucarachas de panadería. Antes de que se declarara la emergencia llegamos a un restaurante (mexicano por supuesto) y este es el momento de decir que además de dichos establecimientos, El Paso tiene lotes de carros y tintorerías lo que lo ubica íntegramente dentro de la categoría de ciudad horrible.
Después de comer al hotel que por algún misterio que tiene que ver con la ley de Ohm era el único lugar del estado de Texas que no tenía luz. El lobby parecía una barraca de refugiados con velas y gente en el piso. Todos los vuelos se habían cancelado. Intenté llamar a México pero la operadora y yo rompimos el puente de la comunicación entre los pueblos cuando ella dijo algo que interpreté como “su llamada a Tegucigalpa está lista”.
Fuimos a un bar, en la barra una prostituta que podría concursar limpiamente en señorita México, revisaba el lugar con cara de fastidio. Tomó un teléfono celular y luego salió a buscar amores en medio de la tormenta ante la mirada babeante de los parroquianos. Los bares gringos son todos iguales: una televisión de 6 metros, un cantinero chistosón y juegos de pinball para borrachos.
Al día siguiente y después de la reunión recorrimos el parque, es bonito tiene un buen museo y un “tiatrote” en palabras de nuestra guía. Casi todo está destinado a explicar la chinga implícita en trazar la frontera utilizando el Río Bravo como marcador ya que de pronto el río desviaba su curso y dejaba en calzones a algún compatriota. El arreglo consistió en marcar su curso con concreto y firmar un tratado en 1963 que nos devolvió una pequeñísima parte del territorio tomado por los gringos en el siglo pasado.
Por la noche a Ciudad Juárez. El paso por la frontera es catorce veces más simple que el de la caseta de Atlacomulco. La ciudad es diferente a su vecina norteamericana; se respira un ambiente de desmadre muy nacional. Entramos a un restaurante y tuve el raro privilegio de observar como la mejor sociedad juarense canta canciones rancheras mientras besa a los mariachis. Por supuesto la referencia musical inmediata es la de Juan Gabriel, lo que determina que ensayemos varias canciones entre las que destaca el controvertido tema “todas las mañanas entra por mi ventana el señor sol...”. Después de cuatro kilos de cervezas me quedo pensando que aquí a los gringos no se les ve con recelo lo que no deja de ser un prodigio.
El regreso a El Paso tampoco entraña ningún riesgo (pensé que iba a ser poseído por un perro huele drogas) y la salida a México al día siguiente se lleva a cabo como todas las salidas que se respeten. esto es, a las cinco de la mañana con un frío de los mil demonios.
Al llegar al D.F. me encuentro con una contingencia ambiental a la que modestamente colaboro con la tierra que traigo en las orejas y que -según se me explica- saldrá el día que vaya a ver el otorrinolaringologo...
Evento que nunca ocurrirá.
El vuelo es como todos; con azafatas buenísimas que en su esfuerzo bilingüe preguntan ¿quiere un pollitou? El avión llega a Dallas, ciudad con cierto renombre gracias a (el orden es estricto) sus Vaqueros, un albur pendejísimo y John Fitzgerald Kennedy, que murió asesinado en una de sus calles. La sala de American Airlines es un monumento a la megalomanía gringa. Desembarco en la puerta 12 y debo tomar el avión de conexión en la 37. Bien, la distancia entre ambos accesos es equivalente a la que recorren los del maratón del Usumacinta. La caminata se adereza con la necesidad de concentrar los sentidos para evitar ser atropellado por unos cochecitos piloteados por negros que van gritando “pííí-pííí”. Por fin en la puerta 37 y el estoconazo; donde debe decir El Paso, se lee Baltimore. Pregunto y resulta que el vuelo está demorado. Es el momento destinado a una cerveza corona que cuesta la terrenal suma de $ 3. 50 dls.
Trepo al nuevo avión en el que, por cierto, hay teléfonos de AT&T en el respaldo de los asientos. En el preciso momento que elevo mis pensamientos al creador reflexionando sobre la imbecilidad del hecho, observo a una vieja gorda que lee acetatos y descuelga el auricular.
Dios mío.
La llegada a El Paso inicia con terribles augurios, al llamar al hotel por medio de una línea directa, me encuentro con que no saben quien soy, no tengo reservación y lo que es peor... les vale madre. Me recomiendan que espere a la camioneta del hotel y eso hago. Misma pregunta, misma respuesta. Soy buscado por todas las posibles derivaciones de mi apellido. También ensayamos con Pedro y Cedro (esta última iniciativa de la recepcionista). Finalmente aparezco bajo el nombre de Carrrlos.
El cuarto es amplio y tiene una tele de 40 canales lo que representa el paraíso para un teleadicto como yo. Observo A David Letterman pitorrearse de Wesley Snipes y luego leo un buen trozo de Cabrera Infante. Después de todo ¿No estoy en las entrañas del monstruo capitalista?
En el desayuno conozco a los que serán mis compañeros durante un par de días para discutir asuntos de la frontera norte. Pido un jugo de naranja en el preciso instante que se discute acerca de la federalización mexicana y mejor me callo la boca porque de esas cosas no sé. La reunión será en el Parque Nacional de el Chamizal, situado exactamente frente al Río Bravo. En el parque hay un museo que relata -creo que objetivamente- las putizas infinitas que se dieron nuestros compatriotas con los gringos por la posesión de esa zona. No discutiré aquí los detalles de las pláticas. Lo que si diré es que en el momento que un señor de 4 metros llamado Bill Sontag iniciaba su discurso, se manifestó la furia de los elementos en la forma de un vientazo al que el Servicio Meteorológico Estadounidense le puso nombre más tarde. Cuando salimos a comer ya la ciudad se había convertido en el epicentro de una tormenta de arena cuyos vientos alcanzaron 120 kph que tumbaron casas y mató a cuatro gentes. La empanizada que nos dimos fue soberbia. Al abrir la boca se tragaba arena y los bomberos que había en la calle quedaron como cucarachas de panadería. Antes de que se declarara la emergencia llegamos a un restaurante (mexicano por supuesto) y este es el momento de decir que además de dichos establecimientos, El Paso tiene lotes de carros y tintorerías lo que lo ubica íntegramente dentro de la categoría de ciudad horrible.
Después de comer al hotel que por algún misterio que tiene que ver con la ley de Ohm era el único lugar del estado de Texas que no tenía luz. El lobby parecía una barraca de refugiados con velas y gente en el piso. Todos los vuelos se habían cancelado. Intenté llamar a México pero la operadora y yo rompimos el puente de la comunicación entre los pueblos cuando ella dijo algo que interpreté como “su llamada a Tegucigalpa está lista”.
Fuimos a un bar, en la barra una prostituta que podría concursar limpiamente en señorita México, revisaba el lugar con cara de fastidio. Tomó un teléfono celular y luego salió a buscar amores en medio de la tormenta ante la mirada babeante de los parroquianos. Los bares gringos son todos iguales: una televisión de 6 metros, un cantinero chistosón y juegos de pinball para borrachos.
Al día siguiente y después de la reunión recorrimos el parque, es bonito tiene un buen museo y un “tiatrote” en palabras de nuestra guía. Casi todo está destinado a explicar la chinga implícita en trazar la frontera utilizando el Río Bravo como marcador ya que de pronto el río desviaba su curso y dejaba en calzones a algún compatriota. El arreglo consistió en marcar su curso con concreto y firmar un tratado en 1963 que nos devolvió una pequeñísima parte del territorio tomado por los gringos en el siglo pasado.
Por la noche a Ciudad Juárez. El paso por la frontera es catorce veces más simple que el de la caseta de Atlacomulco. La ciudad es diferente a su vecina norteamericana; se respira un ambiente de desmadre muy nacional. Entramos a un restaurante y tuve el raro privilegio de observar como la mejor sociedad juarense canta canciones rancheras mientras besa a los mariachis. Por supuesto la referencia musical inmediata es la de Juan Gabriel, lo que determina que ensayemos varias canciones entre las que destaca el controvertido tema “todas las mañanas entra por mi ventana el señor sol...”. Después de cuatro kilos de cervezas me quedo pensando que aquí a los gringos no se les ve con recelo lo que no deja de ser un prodigio.
El regreso a El Paso tampoco entraña ningún riesgo (pensé que iba a ser poseído por un perro huele drogas) y la salida a México al día siguiente se lleva a cabo como todas las salidas que se respeten. esto es, a las cinco de la mañana con un frío de los mil demonios.
Al llegar al D.F. me encuentro con una contingencia ambiental a la que modestamente colaboro con la tierra que traigo en las orejas y que -según se me explica- saldrá el día que vaya a ver el otorrinolaringologo...
Evento que nunca ocurrirá.
sábado, 2 de abril de 2011
Cumpleaños (El Financiero 1998)
Durante trescientos sesenta y cuatro días del año, la gente se comporta normalmente. Si se es barrendero se barre la calle, si se es policía hay que robar a los transeúntes y si se es diputado no se hace nada. Sin embargo, llega el día del cumpleaños y todo se altera. Entonces se pone uno sus mejores galas, recibe llamadas de felicitación a partir de las cinco de la mañana de gente que sólo llama ese día y no tiene nada mejor que hacer. Al llegar a la oficina los compañeros cantan el japi berdey tu yu y por la noche se organiza una pachanga con tacos de guisado y cubas libres.
Los ritos asociados al onomástico me parecen una fuente de misterios inescrutables: ¿Quién carajos es el Rey David? ¿Qué demonios hace en "Las mañanitas"? ¿Por qué la gente se pone gorritos? ¿A quién se le ocurrió meter cañas y limas en una piñata?...
La verdad es que no lo sé.
El primer cumpleaños del que tengo memoria terminó muy mal; un servidor (que era el festejado) fue colocado exactamente abajo de la piñata con una venda chapucera que permitía ver absolutamente todo. Los que maniobraban al pajarote (no es una indecencia, esa era la forma de la piñata) quisieron tener una deferencia conmigo y colocaron la piñata en mis narices, le aticé con toda mi alma y logré que un pedazo de olla me diera en la cabeza, cuando me repuse, ya mis amistades, que eran como musarañas, habían acaparado todos los dulces. Mas tarde, el padre de uno de mis amiguitos hizo un papelón terrible al ponerse a recitar "Por qué me quite del vicio" en completo estado de ebriedad. La fiesta terminó cuando estimulado por un incomprensible espíritu científico, me dediqué a fabricar "el gas del huevo podrido", es decir ácido sulfhídrico. Utilicé un juego de química que me habían regalado. Ocupé una hora en rociar la mezcla que había producido sobre todos mis invitados hasta que me estrellé contra una puerta que Luis Javier Manrique había cerrado en su huída. Ese día escupí cachos de lengua.
La gente celebra los cumpleaños de sus hijos de muy diversas maneras; hay los que contratan un mago. El pobre infeliz dedica una hora de su existencia a tratar con un puñado de niños oligofrénicos que le quieren patear los nalgas o descubrirle el truco. Luego viene el pastel y las velitas. Como un signo inequívoco de la estupidez que impera en estos tiempos, se ha adoptado la costumbre de que el festejado le de una mordida al pastel mientras algún bromista le hunde la cabeza, el resultado es que los invitados tienen que comer trozos babeados o con pelos... guácala.
Hay quien decide organizar la fiesta en un parque, para cumplir tal propósito se acordona un area específica con globos y la ruta se llena de indicaciones del tipo "al cumpleaños de Jorgito". La fiesta invariablemente adquiere personalidad cuando el niño Coque rueda por una pendiente de veinticinco metros y termina descalabrado.
Otra variante es la de los salones de fiesta, que normalmente tienen nombres como "Cangurín" o "Chispitas". En ellos, los infantes se meten a albercas llenas de pelotas en las que se suenan entre sí, mientras el resto se suena los mocos con las cortinas.
Las fiestas de adultos son iguales a las de los niños nomás que generalmente los asistentes terminan madreados por el alcohol y no por juegos de química o pendientes endemoniadas. Las bromas que se hacen son invariables: "¿cuántos cumples?", "no van a alcanzar las velas", "tienes (aquí un número de años) de no bañarte" o "uyy, ya no soplas".
En fin, la gente sigue y seguirá festejando los cumpleaños de mil maneras, con velas que no se apagan o con regalos de roperazo. Habrá que aceptarlo o parecer un desadaptado. Es por ello que hoy, día de mi nacimiento, me pondré un gorrito, cantaré como un idiota y seguramente fabricaré el gas del huevo podrido para obtener una venganza largamente esperada
Los ritos asociados al onomástico me parecen una fuente de misterios inescrutables: ¿Quién carajos es el Rey David? ¿Qué demonios hace en "Las mañanitas"? ¿Por qué la gente se pone gorritos? ¿A quién se le ocurrió meter cañas y limas en una piñata?...
La verdad es que no lo sé.
El primer cumpleaños del que tengo memoria terminó muy mal; un servidor (que era el festejado) fue colocado exactamente abajo de la piñata con una venda chapucera que permitía ver absolutamente todo. Los que maniobraban al pajarote (no es una indecencia, esa era la forma de la piñata) quisieron tener una deferencia conmigo y colocaron la piñata en mis narices, le aticé con toda mi alma y logré que un pedazo de olla me diera en la cabeza, cuando me repuse, ya mis amistades, que eran como musarañas, habían acaparado todos los dulces. Mas tarde, el padre de uno de mis amiguitos hizo un papelón terrible al ponerse a recitar "Por qué me quite del vicio" en completo estado de ebriedad. La fiesta terminó cuando estimulado por un incomprensible espíritu científico, me dediqué a fabricar "el gas del huevo podrido", es decir ácido sulfhídrico. Utilicé un juego de química que me habían regalado. Ocupé una hora en rociar la mezcla que había producido sobre todos mis invitados hasta que me estrellé contra una puerta que Luis Javier Manrique había cerrado en su huída. Ese día escupí cachos de lengua.
La gente celebra los cumpleaños de sus hijos de muy diversas maneras; hay los que contratan un mago. El pobre infeliz dedica una hora de su existencia a tratar con un puñado de niños oligofrénicos que le quieren patear los nalgas o descubrirle el truco. Luego viene el pastel y las velitas. Como un signo inequívoco de la estupidez que impera en estos tiempos, se ha adoptado la costumbre de que el festejado le de una mordida al pastel mientras algún bromista le hunde la cabeza, el resultado es que los invitados tienen que comer trozos babeados o con pelos... guácala.
Hay quien decide organizar la fiesta en un parque, para cumplir tal propósito se acordona un area específica con globos y la ruta se llena de indicaciones del tipo "al cumpleaños de Jorgito". La fiesta invariablemente adquiere personalidad cuando el niño Coque rueda por una pendiente de veinticinco metros y termina descalabrado.
Otra variante es la de los salones de fiesta, que normalmente tienen nombres como "Cangurín" o "Chispitas". En ellos, los infantes se meten a albercas llenas de pelotas en las que se suenan entre sí, mientras el resto se suena los mocos con las cortinas.
Las fiestas de adultos son iguales a las de los niños nomás que generalmente los asistentes terminan madreados por el alcohol y no por juegos de química o pendientes endemoniadas. Las bromas que se hacen son invariables: "¿cuántos cumples?", "no van a alcanzar las velas", "tienes (aquí un número de años) de no bañarte" o "uyy, ya no soplas".
En fin, la gente sigue y seguirá festejando los cumpleaños de mil maneras, con velas que no se apagan o con regalos de roperazo. Habrá que aceptarlo o parecer un desadaptado. Es por ello que hoy, día de mi nacimiento, me pondré un gorrito, cantaré como un idiota y seguramente fabricaré el gas del huevo podrido para obtener una venganza largamente esperada
domingo, 27 de marzo de 2011
De la lectura (El Financiero 1996)
El primero (y aparentemente el único) que se dio cuenta de la joda que implica que a uno lo estén enchinchando conque hay que leer, fue Jorge Ibargüengoitia que escribió: “La lectura es un acto libre. Debe uno leer el libro que le apetezca a la hora que le convenga. Y si no le apetece a uno ningún libro, no lee, y no se ha perdido gran cosa”. Por supuesto tenía razón. Sin embargo, la idea de que debemos redimir a nuestro pueblo y sacarlo de sus chanoques y memines se extiende y cobra fuerza como el ariete que encabeza la cruzada nacional por la cultura.
Nuestros prohombres de la intelectualidad se empeñan en demostrarnos que todo el asunto se reduce a una ecuación matemática en la que el aumento de la lectura determina un incremento de nuestras bases culturales y en consecuencia nos hace más independientes. Todo lo anterior -me parece- es una mamadencia .
Permítame, querido lector, tratar de demostrar la aseveración anterior (que parecería criminal) a través de algunos argumentos elementales.
En primer lugar si los badulaques que leen a los clásicos consideran que el escenario ideal es el de un plomero en el Metro que va leyendo a Chesterton para comentar con su compañero de asiento “¡pero que interesante!” el asunto no tiene destino, y este es el momento de abrir un paréntesis para advertir que los badulaques lo son, no porque lean a los clásicos (muy su vida, desde luego), sino porque pretenden que todos imitemos tan noble gesto. La segunda advertencia tiene que ver con las ganas de un plomero (gremio al que respeto con la honorable excepción de uno de sus integrantes que logró que brotara caca de mi baño durante una reunión social) de leer a don Gilbert, que deben ser equivalentes a las de ver desnudo a Paco Stanley. Fin del paréntesis.
La siguiente escena que es necesario imaginar es la de un señor detrás de su hijo Juanito, que está sentado enfrente de una televisión viendo como idiota a los power rangers, tratando de lograr que el retoño asigne a las putizas del Corsario Negro mayor valor que a las que está presenciando en la tele. Nuevamente el asunto no tiene destino ya que Salgari es un alfeñique de 44 kilos comparado con Azcárraga y Chabelo. Si la estrategia para vencer en tan desigual batalla es decretar la lectura, me queda claro que los rangers, como es su costumbre, triunfarán; que Emilio Salgari terminará con un ojo morado y que los niños acabarán sus días en un hospital víctimas de los rayos gamma recibidos de tanto ver televisión.
El tercer y último punto se relaciona con la asignación de los valores culturales. Sucede frecuentemente, por ejemplo, que se considera a la música clásica (llamada culta por los mamones) como superior a los Beatles (llamado el cuarteto Liverpul por los mamones) y a éstos tan grandes que Cornelio Reyna no les llega ni a los talones. Lo mismo sucede con la literatura donde Cornelio Reyna equivale al escritor del libro vaquero.
Se argumentará, desde luego que hay que elegir lo bueno por sobre lo malo, lo trascendente por lo que no lo es, lo inmortal por lo efímero y jaladas en ese tenor. La pregunta inmediata es: ¿de parte de quién? ¿para cumplir qué meta? ¿cuáles son los criterios?
Esto -la aclaración me parece necesaria- no quiere decir que para mí Cornelio Reyna es igual a los Beatles o a Mozart, el asunto tiene que ver, más bien con el fundamentalismo de obligar a los demás a oír a Mahler o leer a Platón. nomás porque son muy trascendentes.
Fernando Savater le recomienda a su hijo Amador: “... hay que dejarse de premios y castigos, en una palabra de cuanto quiere dirigirte desde fuera”. Lo que me parece una verdad del tamaño de una casa. ¿Qué sería bueno que nuestros hijos leyeran? Si, ¿A huevo? Por supuesto que no.
Nuestros prohombres de la intelectualidad se empeñan en demostrarnos que todo el asunto se reduce a una ecuación matemática en la que el aumento de la lectura determina un incremento de nuestras bases culturales y en consecuencia nos hace más independientes. Todo lo anterior -me parece- es una mamadencia .
Permítame, querido lector, tratar de demostrar la aseveración anterior (que parecería criminal) a través de algunos argumentos elementales.
En primer lugar si los badulaques que leen a los clásicos consideran que el escenario ideal es el de un plomero en el Metro que va leyendo a Chesterton para comentar con su compañero de asiento “¡pero que interesante!” el asunto no tiene destino, y este es el momento de abrir un paréntesis para advertir que los badulaques lo son, no porque lean a los clásicos (muy su vida, desde luego), sino porque pretenden que todos imitemos tan noble gesto. La segunda advertencia tiene que ver con las ganas de un plomero (gremio al que respeto con la honorable excepción de uno de sus integrantes que logró que brotara caca de mi baño durante una reunión social) de leer a don Gilbert, que deben ser equivalentes a las de ver desnudo a Paco Stanley. Fin del paréntesis.
La siguiente escena que es necesario imaginar es la de un señor detrás de su hijo Juanito, que está sentado enfrente de una televisión viendo como idiota a los power rangers, tratando de lograr que el retoño asigne a las putizas del Corsario Negro mayor valor que a las que está presenciando en la tele. Nuevamente el asunto no tiene destino ya que Salgari es un alfeñique de 44 kilos comparado con Azcárraga y Chabelo. Si la estrategia para vencer en tan desigual batalla es decretar la lectura, me queda claro que los rangers, como es su costumbre, triunfarán; que Emilio Salgari terminará con un ojo morado y que los niños acabarán sus días en un hospital víctimas de los rayos gamma recibidos de tanto ver televisión.
El tercer y último punto se relaciona con la asignación de los valores culturales. Sucede frecuentemente, por ejemplo, que se considera a la música clásica (llamada culta por los mamones) como superior a los Beatles (llamado el cuarteto Liverpul por los mamones) y a éstos tan grandes que Cornelio Reyna no les llega ni a los talones. Lo mismo sucede con la literatura donde Cornelio Reyna equivale al escritor del libro vaquero.
Se argumentará, desde luego que hay que elegir lo bueno por sobre lo malo, lo trascendente por lo que no lo es, lo inmortal por lo efímero y jaladas en ese tenor. La pregunta inmediata es: ¿de parte de quién? ¿para cumplir qué meta? ¿cuáles son los criterios?
Esto -la aclaración me parece necesaria- no quiere decir que para mí Cornelio Reyna es igual a los Beatles o a Mozart, el asunto tiene que ver, más bien con el fundamentalismo de obligar a los demás a oír a Mahler o leer a Platón. nomás porque son muy trascendentes.
Fernando Savater le recomienda a su hijo Amador: “... hay que dejarse de premios y castigos, en una palabra de cuanto quiere dirigirte desde fuera”. Lo que me parece una verdad del tamaño de una casa. ¿Qué sería bueno que nuestros hijos leyeran? Si, ¿A huevo? Por supuesto que no.
lunes, 21 de marzo de 2011
Un país de niños (El Financiero 1996)
A los mexicanos no nos gustan -y aquí pienso en un charro con mocos en los bigotes que grita ¡Viva México cabrones!- las reglas, ni que nadie nos diga lo que tenemos que hacer. Siempre he observado con cierto estupor como nuestros compatriotas festejan la ceremonia del 15 de septiembre en Los Ángeles y Chicago ¿Se imagina la madriza que le pondrían a un gringo que usara un espacio público para festejar el 4 de julio?
El hecho de que seamos tan refractarios a los reglamentos produce hechos extraordinarios, como el de que exista una norma para que usemos el cinturón de seguridad al subir a un coche y que dicha disposición sea cumplida por el 0.001% de los automovilistas (lo que determina por cierto que cada diez minutos un señor atraviese su parabrisas y vaya a embarrarse a un poste de luz). Es notable, también, nuestra eterna queja ante la corrupción , cuándo lo primero que hacemos es buscar la palanca que mueve al mundo o embarrarle la mano a un policía (por cierto, jijo de la tiznada) para que nos deje ir sin problemas en el momento de violar alguna norma vial.
Pero bueno, este artículo (que está tomando el desagradable rumbo de un sermón) no es para hablar de la corrupción, sino de lo chistosos que somos para interpretar las cosas como nos dé la gana.
Un par de notas llamaron mi atención en la edición del viernes 12 de abril de nuestro bien amado Financiero: en primer lugar una carta de un señor (¿o joven?) que se llama Benjamín Romero Duarte y que fue enviada a esta sección cultural argumentando -palabras más, palabras menos- que había participado en un concurso del Fonca para Revistas Independientes y no había ganado. Hasta aquí nada anormal, ni siquiera el delicioso detalle de que una revista independiente busque subsidios gubernamentales. Lo interesante empieza realmente cuando Romero pone como camote al jurado y acusa a sus miembros de cosas terribles: al primero lo tacha de desconocido, al segundo de ¡cursi! y de ser director de una revista que “no pasa por su mejor momento”, al tercero le sopla porque dirige una revista que repite temas de su anterior época y que además es a colores “para exhibir la cara bonita de las artesanías mexicanas”. Luego habla muy bien de su proyecto perdedor y muy mal de los proyectos ganadores. El final es una queja airada ante los monopolios culturales.
Bien, analicemos los argumentos empleados: en primer lugar, asumo que el Fonca difícilmente puede poner como norma para ser jurado “que los conozca Benjamín Romero”, en segundo lugar, el adjetivo “cursi” es impreciso; ¿quiere decir que el jurado en cuestión manda tarjetas del día de San Valentin? ¿qué cree en el amor? No lo sé. En terceras (como dicen los niños) el que una revista no pase por su mejor momento me parece un asunto completamente normal (lo extraordinario sería lo contrario) y en cuarto lugar, la opción de publicar en color es una alternativa que Duarte considera (digámoslo elegantemente) de manera superficial.
Yo -un mero espectador que no conoce ni al perdedor, ni al desconocido, ni al cursi, ni al refriteador- me pregunto: ¿por que demonios ante este panorama (los enjuagues del Fonca, la incompetencia del jurado y demas yerbas) Duarte presentó su proyecto? La respuesta es obvia: porque pensó que ganaría la marmaja. ¿Por qué no impugnó el proceso antes de conocer el resultado? La respuesta es también obvia: porque no es menso ¿Por qué se quejó al perder? La respuesta tiene que ver con esa inmadurez nacional a la que me refería al inicio. En fin.
La segunda nota la publicó Nelson Vargas en la sección deportiva y en ella se queja de que -pese a que las reglas y los parámetros para que nadadores mexicanos vayan a Atlanta se anunciaron con anticipación- las autoridades deportivas son cerradas porque no cambian esos parámetros por unos más suavecitos. Esto con el fin de que nuestros deportistas hagan un papel que no debería ser muy diferente al que nos tienen acostumbrados. La misma gata... Pero revolcada.
El hecho de que seamos tan refractarios a los reglamentos produce hechos extraordinarios, como el de que exista una norma para que usemos el cinturón de seguridad al subir a un coche y que dicha disposición sea cumplida por el 0.001% de los automovilistas (lo que determina por cierto que cada diez minutos un señor atraviese su parabrisas y vaya a embarrarse a un poste de luz). Es notable, también, nuestra eterna queja ante la corrupción , cuándo lo primero que hacemos es buscar la palanca que mueve al mundo o embarrarle la mano a un policía (por cierto, jijo de la tiznada) para que nos deje ir sin problemas en el momento de violar alguna norma vial.
Pero bueno, este artículo (que está tomando el desagradable rumbo de un sermón) no es para hablar de la corrupción, sino de lo chistosos que somos para interpretar las cosas como nos dé la gana.
Un par de notas llamaron mi atención en la edición del viernes 12 de abril de nuestro bien amado Financiero: en primer lugar una carta de un señor (¿o joven?) que se llama Benjamín Romero Duarte y que fue enviada a esta sección cultural argumentando -palabras más, palabras menos- que había participado en un concurso del Fonca para Revistas Independientes y no había ganado. Hasta aquí nada anormal, ni siquiera el delicioso detalle de que una revista independiente busque subsidios gubernamentales. Lo interesante empieza realmente cuando Romero pone como camote al jurado y acusa a sus miembros de cosas terribles: al primero lo tacha de desconocido, al segundo de ¡cursi! y de ser director de una revista que “no pasa por su mejor momento”, al tercero le sopla porque dirige una revista que repite temas de su anterior época y que además es a colores “para exhibir la cara bonita de las artesanías mexicanas”. Luego habla muy bien de su proyecto perdedor y muy mal de los proyectos ganadores. El final es una queja airada ante los monopolios culturales.
Bien, analicemos los argumentos empleados: en primer lugar, asumo que el Fonca difícilmente puede poner como norma para ser jurado “que los conozca Benjamín Romero”, en segundo lugar, el adjetivo “cursi” es impreciso; ¿quiere decir que el jurado en cuestión manda tarjetas del día de San Valentin? ¿qué cree en el amor? No lo sé. En terceras (como dicen los niños) el que una revista no pase por su mejor momento me parece un asunto completamente normal (lo extraordinario sería lo contrario) y en cuarto lugar, la opción de publicar en color es una alternativa que Duarte considera (digámoslo elegantemente) de manera superficial.
Yo -un mero espectador que no conoce ni al perdedor, ni al desconocido, ni al cursi, ni al refriteador- me pregunto: ¿por que demonios ante este panorama (los enjuagues del Fonca, la incompetencia del jurado y demas yerbas) Duarte presentó su proyecto? La respuesta es obvia: porque pensó que ganaría la marmaja. ¿Por qué no impugnó el proceso antes de conocer el resultado? La respuesta es también obvia: porque no es menso ¿Por qué se quejó al perder? La respuesta tiene que ver con esa inmadurez nacional a la que me refería al inicio. En fin.
La segunda nota la publicó Nelson Vargas en la sección deportiva y en ella se queja de que -pese a que las reglas y los parámetros para que nadadores mexicanos vayan a Atlanta se anunciaron con anticipación- las autoridades deportivas son cerradas porque no cambian esos parámetros por unos más suavecitos. Esto con el fin de que nuestros deportistas hagan un papel que no debería ser muy diferente al que nos tienen acostumbrados. La misma gata... Pero revolcada.
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