A mí siempre me ha producido mucha admiración todo aquel que en circunstancias extremas tiene la calma y la serenidad suficientes para pronunciar una frase que años después nos dará una imagen del tamaño de su carácter. Más admiración me genera el hecho de que en ese preciso momento haya alguien dispuesto a consignar el hecho glorioso en lugar de salir corriendo porque vienen los franceses o el volcán hizo erupción. Ejemplo de lo anterior es Guillermo Prieto que parece que andaba en una reunión en Guadalajara acompañando al Benemérito cuando de pronto entró un pelotón de fusilamiento que le apuntó a don Benito con intenciones de perjudicarlo de mala manera. La historia consigna que en ese momento el señor Prieto dio un paso al frente, se abrió la levita y dijo: “soldados, los valientes no asesinan, es el representante de la ley y la patria ¿quieren sangre? ¡Bébanse la mía!”. Hay que aceptar que la frase en cuestión tiene méritos de construcción y que emitirla en el momento que uno tiene una docena de fusiles enfrente requiere de ciertas virtudes. Como toda buena historia supongo que los soldados se sintieron muy apenados por su atrevimiento y salieron de ahí pegando de vítores al señor Juárez, pero, ¿será eso cierto?
Al rey Cuauhtemoc, por ejemplo, y según mi libro de la primaria, lo españoles que eran unos malditos decidieron quemarle los pies para que confesara dónde estaba el tesoro, ignoro con qué motivo hicieron favor de ponerlo en compañía de otro señor cuyo nombre y cargo no recuerdo, para que sufriera el mismo suplicio. Este es el momento de señalar que un servidor un día en el balneario Bahía pisó una colilla encendida y la sensación fue simplemente fúnebre; me salió una ampolla del tamaño de un dedal y caminé como zanate, así a brinquitos, los siguientes ocho días. Ello por supuesto me llevó a comprender que el acompañante de Cuauhtemoc en el momento de la aplicación simplemente se deshiciera en un grito y (supongo) ofreciera información hasta del paradero del Titanic que se hundiría cuatrocientos años después. Sin embargo, nuestro héroe azteca, aparentemente entero, parece que volteó muy enojado y le dijo: “¿Acaso crees que estoy en un lecho de rosas?”. Por supuesto el asunto es impresionante pero plagado de agujeros… ¿quién escuchó la frase? ¿El torturador? ¿Hernán Cortés? ¿Los aztecas colaboracionistas? ¿Quién tradujo? No tengo la menor idea y lo que es peor, supongo que la historia es apócrifa pera declarar tales cosas es políticamente incorrecto por lo que haga de cuenta, querido lector, que nunca lo dije. De cualquier manera la enseñanza útil en este asunto es la de contar con la frase adecuada para el momento justo ¿qué sería del general Anaya si en lugar de acabársele el parque hubiera seguido disparando todo el día?
Existen sin embargo, otras frases que simplemente desgracian a todo aquel que las emite debido a su falta de tino histórico: “Ya nos saquearon, no nos volverán a saquear” dijo López Portillo en el preciso momento que se llevaba hasta las cucharas de Los Pinos. Del mismo autor es la no muy elegante idea en el sentido de defender el peso como un perro, el problema en este caso es que no advirtió a qué raza se refería lo que seguramente explica la razón por la que la devaluación de nuestra moneda fue simplemente vertiginosa. Esta mexicana costumbre de decir una cosa para que ocurra otra ha producido fenómenos sociológicos notables que desgracian los mercados cada que a un alto funcionario se le ocurre abrir la boca. Si el mensaje que se trasmitirá es por ejemplo que el peso está más estable que nunca todo mundo (que tiene) entiende que es el momento de sacar los ahorros y llevárselos a Houston para que queden a buen recaudo mientras que al resto de los mortales (los que no tenemos) nos quedamos como las estatuas de marfil.
Es por ello, querido lector, que recomiendo enfáticamente que se dé a la tarea de ir anotando las frases con las que le gustaría ser recordado, para que en el momento supremo se cubra de gloria en lugar de pasar por la vergüenza de que se le evoque por el ¡ay! que exclamó en su último momento.
viernes, 7 de enero de 2011
sábado, 1 de enero de 2011
Festivales (El Financiero 2004)
En mis tiempos los festivales infantiles se diseñaban bajo un criterio ad hoc. De esta manera el 24 de febrero los niños éramos obligados a desfilar con barba y bigote portando unas banderas hechas para la ocasión que representaban la evolución en el diseño del lábaro patrio. Para esto había que comprar unas estampitas y poner a trabajar a los progenitores en tales menesteres con desiguales resultados, ya que había unas señoras que tenían dotes y otras bastante piedras. Recuerdo que en una ocasión nos tocó fabricar la bandera llamada “doliente de Hidalgo” cuyo diseño rojinegro era enmarcado por una calavera de pirata. Nuestro trabajo –hay que decirlo- fue lamentable ya que parecía en realidad el escudo de los piratas del Atlante (si es que tal equipo existió alguna vez).
Se celebraba también la primavera con niños vestidos de insectos y triciclos de carnaval, en ese momento se aprovechaba para festejar al Benemérito y recitar su famoso apotegma. El 20 de noviembre nos ponían bigotes alacranados y sombreros como los que usaba Speedy González. Los hombres portaban cananas y rifles de madera y las mujeres unos vestidos que solo he vuelto a ver en el espectáculo típico del restaurante Arroyo. En diciembre cantábamos villancicos muy extraños en los que bebían los peces en el río.
Debido a esta tendencia onomástica, no entiendo todavía la razón por la que una vez tuve que bailar hawaiano, mucho menos lo que se festejaba ya que si de eso se trataba hubiera preferido bailar algo más autóctono. El hecho es que mis abnegadas maestras me pidieron que me vistiera con calzones y un paliacate amarrado a la cintura. Me colgaron un collar de crisantemos y así descalzo y vestido como un imbécil, interpreté el controvertido baile: “huqui lau” moviendo las manitas y mirando al horizonte con una expresión que es digna de aquel que ha sufrido un ataque comando de cisticercos.
Por supuesto semejantes desfiguros han propiciado muchos enconos entre padres e hijos; el día que vi las fotografías hawaianas y también otras en las que estaba enfundado en un traje de conejo, me decidí a entablar una demanda penal contra los seres que me dieron la vida. Dicha demanda no prosperó.
De todo esto me acordé el otro día que fui a presenciar el festival de la niña María cuyo tema eran “Las bellas artes”. Como en todos los eventos de este tipo se presenta una nube de padres cargados de camaritas y camarotas (la de mi vecino hacía unos close ups que permitían verle las espinillas a la miss de inglés. Acto seguido salieron los infantes a explicarnos cosas como que las bellas artes eran la literatura, la música etcétera.
Para cada bella arte se preparó un numerito pertinente. De esta manera en la música un niño tocó el clarinete y una niña el piano. En el caso de la pintura una niña entrevistadora llegó con un Miguel Ángel rubio y le preguntó acerca de los frescos de la capilla sixtina. Cuatro niños se echaron esa de “Margarita está linda la mar...”, luego para ejemplificar la escultura, un niño robusto se sentó en las piernas de una niña diminuta; era La Piedad, también de Miguel Ángel, asunto que me pareció notable, sin embargo, el momento cumbre se alcanzó cuando mi vástaga apareció en escena para bailar ¡tap!.
Lo anterior es un misterio genético; mis capacidades de baile son las mismas que las de un ropero, mi legítima cuando entra a una pista nomás pone los ojos en blanco y mi hija sin que nadie supiera por qué decidió bailar tap. Un día la vi haciendo evoluciones sobre el piso de la sala y no entendí bien a bien el asunto, hasta que apareció ante 100 personas de bombin y con bastón y unos zapatos que hacen ruido al taconear. Sus evoluciones fueron francamente competentes (los padres siempre sufrimos la angustia íntima de que los hijos propios sean un bodrio) y todo salió como tenía que salir.
Francamente quedé muy orgulloso y admirado de tales capacidades que son muy distintas a las mías (la sola idea de bailar en público me produce escalofríos y sudoraciones en las partes prudentes), así que le pido, querido lector que disculpe esta digresión parental, pero así es esto del amor filial.
Se celebraba también la primavera con niños vestidos de insectos y triciclos de carnaval, en ese momento se aprovechaba para festejar al Benemérito y recitar su famoso apotegma. El 20 de noviembre nos ponían bigotes alacranados y sombreros como los que usaba Speedy González. Los hombres portaban cananas y rifles de madera y las mujeres unos vestidos que solo he vuelto a ver en el espectáculo típico del restaurante Arroyo. En diciembre cantábamos villancicos muy extraños en los que bebían los peces en el río.
Debido a esta tendencia onomástica, no entiendo todavía la razón por la que una vez tuve que bailar hawaiano, mucho menos lo que se festejaba ya que si de eso se trataba hubiera preferido bailar algo más autóctono. El hecho es que mis abnegadas maestras me pidieron que me vistiera con calzones y un paliacate amarrado a la cintura. Me colgaron un collar de crisantemos y así descalzo y vestido como un imbécil, interpreté el controvertido baile: “huqui lau” moviendo las manitas y mirando al horizonte con una expresión que es digna de aquel que ha sufrido un ataque comando de cisticercos.
Por supuesto semejantes desfiguros han propiciado muchos enconos entre padres e hijos; el día que vi las fotografías hawaianas y también otras en las que estaba enfundado en un traje de conejo, me decidí a entablar una demanda penal contra los seres que me dieron la vida. Dicha demanda no prosperó.
De todo esto me acordé el otro día que fui a presenciar el festival de la niña María cuyo tema eran “Las bellas artes”. Como en todos los eventos de este tipo se presenta una nube de padres cargados de camaritas y camarotas (la de mi vecino hacía unos close ups que permitían verle las espinillas a la miss de inglés. Acto seguido salieron los infantes a explicarnos cosas como que las bellas artes eran la literatura, la música etcétera.
Para cada bella arte se preparó un numerito pertinente. De esta manera en la música un niño tocó el clarinete y una niña el piano. En el caso de la pintura una niña entrevistadora llegó con un Miguel Ángel rubio y le preguntó acerca de los frescos de la capilla sixtina. Cuatro niños se echaron esa de “Margarita está linda la mar...”, luego para ejemplificar la escultura, un niño robusto se sentó en las piernas de una niña diminuta; era La Piedad, también de Miguel Ángel, asunto que me pareció notable, sin embargo, el momento cumbre se alcanzó cuando mi vástaga apareció en escena para bailar ¡tap!.
Lo anterior es un misterio genético; mis capacidades de baile son las mismas que las de un ropero, mi legítima cuando entra a una pista nomás pone los ojos en blanco y mi hija sin que nadie supiera por qué decidió bailar tap. Un día la vi haciendo evoluciones sobre el piso de la sala y no entendí bien a bien el asunto, hasta que apareció ante 100 personas de bombin y con bastón y unos zapatos que hacen ruido al taconear. Sus evoluciones fueron francamente competentes (los padres siempre sufrimos la angustia íntima de que los hijos propios sean un bodrio) y todo salió como tenía que salir.
Francamente quedé muy orgulloso y admirado de tales capacidades que son muy distintas a las mías (la sola idea de bailar en público me produce escalofríos y sudoraciones en las partes prudentes), así que le pido, querido lector que disculpe esta digresión parental, pero así es esto del amor filial.
martes, 28 de diciembre de 2010
Mujeres (El Financiero 1993)
Escribir sobre mujeres siempre tiene riesgos. Uno puede ser catalogado como misógino, macho o simplemente hijo de la tiznada. Estos son tiempos en los que la mujer (me apresuro a decir que con justicia) ha conquistado espacios irrenunciables. Ya el marido no puede llegar con los amigotes a las tres de la mañana a pedirle a su cónyuge que le caliente unos ejotes con huevo, so riesgo de que le sugieran el lugar adecuado para introducirse los ejotes, los huevos y a sus amigos. Uno no deja de sorprenderse ante las inmensas variantes que ofrece la naturaleza femenina. En esta colaboración quisiera caracterizar (asumiendo todos los riesgos) algunas de estas variantes. El conocimiento de todas y cada una de ellas ha sido producto de experiencias personales que me parece interesante compartir con usted. ¿Vale?
La desinhibida. La llamaremos X. Probablemente la experiencia más conmocionante que viví con ella fue un día que nos presentamos a una fiesta en la que ni siquiera éramos invitados. La puerta la abrió la esposa del anfitrión, una señora que tenía barba. En el momento que yo me fajaba la camisa para entrar, X se acercó a la señora barbona que un poco mosqueada dio un paso atrás. X se adelantó y dijo las palabras inolvidables "¡Hija, esos pelos se te ven fatal!". Me desmayé.
La mística. Con ella, la cosa fue clara desde el principio; ¿quieres venir a sentir energía astral?, me parece preguntó un día, explicándome que se treparían al Tepozteco, se encuerarían a las tres de la mañana e invocarían a alguien que no me acuerdo si era Changó o Tezcatlipoca. Como dije que nones, estuvimos un tiempo sin hablarnos hasta que la encontré en una fiesta que daba en su casa. Allí sucedió el incidente del ojo; me empezó a explicar que todos teníamos un ojo a la altura de la barriga y que con un poco de concentración se podía "manifestar" (así dijo). Yo creo que estaba borracho porque me quité la camisa y le dejé que me empezara a pintar la panza con un plumón Wereaver mientras hacía ruiditos muy raros. En esas estábamos cuando llegó su mamá que, al ver la escena, empezó a gritar de forma horrible mientras me daba sopapos con la mano abierta. Nunca volví.
La buenaonda. Cuando conocí a la buenaonda me impresionó mucho cómo hablaba; arrastraba las palabras como si hubiera inhalado ácido sulfúrico. Con ella fui a Zipolite donde todo mundo andaba desnudo en la playa. Recuerdo que íbamos como nueve gentes que nos acomodamos en una casa de campaña en la que cabían cuatro. La primera mañana el contacto del sol con el toldo generó un fenómeno atmosférico en el interior de la tienda que determinó que la temperatura subiera 30 grados, por alguna razón esto a su vez produjo un olor que se masticaba. A la hora de encuerarse me dio tanta pena que me negué. "Estás muy limitado, maestro", me dijo la buenaonda. "Limitada tu madre" me acuerdo que pensé y menos quise. Me convertí en el pitorreo del viaje, que por cierto duró dos semanas.
La oligarca. La oligarca era la mujer más pesada que he conocido jamás. Se creía Carolina de Mónaco. Decía que ir al cine en la tarde era cosa de sirvientas y no se bajaba del coche hasta que yo le abriera la puerta. La primera vez recorrí una cuadra antes de darme cuenta. Sólo tomaba wisqui y comía camarones. Yo, que era un pusilánime, jamás dije nada y esto me arrastró a escenas terribles. Una vez, fuimos a un restaurante de lujo. El mesero me vio como si oliera un pedo y me preguntó por lo que iba a tomar. Pedí una jarrita de vino. Me llevaron una jarri tita de vino, como no sabía si era la prueba o la jarra me quedé como un imbécil mientras el mesero suspiraba. Luego me preguntó cómo quería el pescado y yo contesté "bien cocido".
La oligarca casi escupió su wisqui. La escena culminó cuando el infeliz mesero me preguntó (creo que por joder) que cómo quería la mantequilla. Le contesté de muy mal modo. La oligarca me dijo que si me iba a comportar como camionero ella se iba. Y se fue para siempre.
La desinhibida. La llamaremos X. Probablemente la experiencia más conmocionante que viví con ella fue un día que nos presentamos a una fiesta en la que ni siquiera éramos invitados. La puerta la abrió la esposa del anfitrión, una señora que tenía barba. En el momento que yo me fajaba la camisa para entrar, X se acercó a la señora barbona que un poco mosqueada dio un paso atrás. X se adelantó y dijo las palabras inolvidables "¡Hija, esos pelos se te ven fatal!". Me desmayé.
La mística. Con ella, la cosa fue clara desde el principio; ¿quieres venir a sentir energía astral?, me parece preguntó un día, explicándome que se treparían al Tepozteco, se encuerarían a las tres de la mañana e invocarían a alguien que no me acuerdo si era Changó o Tezcatlipoca. Como dije que nones, estuvimos un tiempo sin hablarnos hasta que la encontré en una fiesta que daba en su casa. Allí sucedió el incidente del ojo; me empezó a explicar que todos teníamos un ojo a la altura de la barriga y que con un poco de concentración se podía "manifestar" (así dijo). Yo creo que estaba borracho porque me quité la camisa y le dejé que me empezara a pintar la panza con un plumón Wereaver mientras hacía ruiditos muy raros. En esas estábamos cuando llegó su mamá que, al ver la escena, empezó a gritar de forma horrible mientras me daba sopapos con la mano abierta. Nunca volví.
La buenaonda. Cuando conocí a la buenaonda me impresionó mucho cómo hablaba; arrastraba las palabras como si hubiera inhalado ácido sulfúrico. Con ella fui a Zipolite donde todo mundo andaba desnudo en la playa. Recuerdo que íbamos como nueve gentes que nos acomodamos en una casa de campaña en la que cabían cuatro. La primera mañana el contacto del sol con el toldo generó un fenómeno atmosférico en el interior de la tienda que determinó que la temperatura subiera 30 grados, por alguna razón esto a su vez produjo un olor que se masticaba. A la hora de encuerarse me dio tanta pena que me negué. "Estás muy limitado, maestro", me dijo la buenaonda. "Limitada tu madre" me acuerdo que pensé y menos quise. Me convertí en el pitorreo del viaje, que por cierto duró dos semanas.
La oligarca. La oligarca era la mujer más pesada que he conocido jamás. Se creía Carolina de Mónaco. Decía que ir al cine en la tarde era cosa de sirvientas y no se bajaba del coche hasta que yo le abriera la puerta. La primera vez recorrí una cuadra antes de darme cuenta. Sólo tomaba wisqui y comía camarones. Yo, que era un pusilánime, jamás dije nada y esto me arrastró a escenas terribles. Una vez, fuimos a un restaurante de lujo. El mesero me vio como si oliera un pedo y me preguntó por lo que iba a tomar. Pedí una jarrita de vino. Me llevaron una jarri tita de vino, como no sabía si era la prueba o la jarra me quedé como un imbécil mientras el mesero suspiraba. Luego me preguntó cómo quería el pescado y yo contesté "bien cocido".
La oligarca casi escupió su wisqui. La escena culminó cuando el infeliz mesero me preguntó (creo que por joder) que cómo quería la mantequilla. Le contesté de muy mal modo. La oligarca me dijo que si me iba a comportar como camionero ella se iba. Y se fue para siempre.
viernes, 24 de diciembre de 2010
Personajes navideños (El Financiero 1995)
Así como mayo tiene al general Zaragoza con sus anteojitos de Lennon y su peinado de maestra de piano, diciembre se inunda de personajes y tradiciones que --me parece-- no resisten un análisis serio. Veamos:
Santa Claus. El primer Santa Claus que conocí llegó a casa para orinar. Venía completamente beodo lo mismo que mi padre que lo había levantado en la Alameda. Recuerdo el asombro que me causó el hecho de que Santa usara el baño.
Durante mi niñez, Santa Claus era una fuente de paradojas interminables. ¿ Cómo era que un gordazo como él se dedicara a bajar por las chimeneas de las casas en lugar de entrar por una ventana o de plano por la puerta? ¿ Por qué se vestía así? ¿ Estaba loco? ¿ Cómo es que cabían los juguetes de todos los niños del mundo en un saco del mismo tamaño que el del ropavejero? ¿Cuál era el sentido de vivir en el Polo Norte durante todo el año? ¿Por qué sus ayudantes eran enanos? ¿De qué se reía? ¿Cómo es que anunciaba licuadoras en la televisión?
Para un niño positivista, estas interrogantes eran una fuente inescrutable de duda. Cuando me avisaron que en realidad Santa Claus no existía... sentí un gran alivio. Al que me diga que todo eso es fantasía le responderé que fantasía es pensar que el PRI suelte el poder. Nada más.
Los Santos Reyes. Melchor (con enormes virtudes para el albur), Gaspar y Baltazar. Una encuesta relámpago que apliqué entre mis amistades arrojó algunos datos interesantes. Supongo que se puede afirmar sobre mis amistades que son gente muy pendeja. Es cierto... pero no tenía otra muestra.
a) nueve de cada diez entrevistados no tienen ni la más remota idea de lo que es la mirra (uno de los regalos de los Reyes). La respuesta más desconcertante la ofreció un encuestado (cuyo nombre callaré) que sugirió que la mirra era "una tierrita como morada"; b) ocho de cada diez no distinguen a Gaspar de Melchor (de Baltazar saben que es "el negro del elefante"); c) ninguno de los entrevistados supo cuáles eran los reinos de los reyes ni en qué consistían su dotes de magos; d) el total de la muestra mostró una profunda oscuridad ante el hecho de que los reyes lleguen el 6 de enero y no el 24 de diciembre (el 2 por ciento lo atribuye a la competencia desleal de Santa Claus); e) nueve de cada diez entrevistados no entienden la razón de que se use un calcetín para dejar el regalo; f) el 84 % de la muestra ha sacado el muñequito en una rosca y se ha hecho el sueco con los tamales del 2 de febrero. Ante la evidencia empírica, no me parece arriesgado suponer que absolutamente nadie está enterado a ciencia cierta del origen de esta tradición.
Las posadas. Una posada que se respete debe tener a 50 pelados gritando afuera de una casa: mi nombre es Mariiía... El rito se acompaña con una vela que siempre se apaga y una letanía en la que se revisa la pulcritud del canto. La historia es simple pero nadie repara en ella: una pareja que la pasa muy mal pide posada, el posadero los confunde con rateros, la pareja habla del divino verbo, el posadero se enoja, la pareja se identifica, el posadero (que es probablemente un hombre muy pendejo) los reconoce, les abre la puerta y los asila en su hogar.
Así empieza la posada.
Lo que sigue es de todos conocido; se rompen piñatas en las que por algún misterio gastronómico se introducen cosas que nadie comería en su santo juicio como cañas, limas y tejocotes. Luego se presenta una pastorela en la que Luzbel sale derrotado y al final se toma ponche con piquete y se comen buñuelos. Generalmente la reunión termina cuando algún borracho toma el palo de la piñata y le atiza a un contertulio por alguna diferencia interpretativa.
En fin, si estas tradiciones desaparecen (y sería una lástima) no las extrañaré porque las entienda. Estoy seguro.
Santa Claus. El primer Santa Claus que conocí llegó a casa para orinar. Venía completamente beodo lo mismo que mi padre que lo había levantado en la Alameda. Recuerdo el asombro que me causó el hecho de que Santa usara el baño.
Durante mi niñez, Santa Claus era una fuente de paradojas interminables. ¿ Cómo era que un gordazo como él se dedicara a bajar por las chimeneas de las casas en lugar de entrar por una ventana o de plano por la puerta? ¿ Por qué se vestía así? ¿ Estaba loco? ¿ Cómo es que cabían los juguetes de todos los niños del mundo en un saco del mismo tamaño que el del ropavejero? ¿Cuál era el sentido de vivir en el Polo Norte durante todo el año? ¿Por qué sus ayudantes eran enanos? ¿De qué se reía? ¿Cómo es que anunciaba licuadoras en la televisión?
Para un niño positivista, estas interrogantes eran una fuente inescrutable de duda. Cuando me avisaron que en realidad Santa Claus no existía... sentí un gran alivio. Al que me diga que todo eso es fantasía le responderé que fantasía es pensar que el PRI suelte el poder. Nada más.
Los Santos Reyes. Melchor (con enormes virtudes para el albur), Gaspar y Baltazar. Una encuesta relámpago que apliqué entre mis amistades arrojó algunos datos interesantes. Supongo que se puede afirmar sobre mis amistades que son gente muy pendeja. Es cierto... pero no tenía otra muestra.
a) nueve de cada diez entrevistados no tienen ni la más remota idea de lo que es la mirra (uno de los regalos de los Reyes). La respuesta más desconcertante la ofreció un encuestado (cuyo nombre callaré) que sugirió que la mirra era "una tierrita como morada"; b) ocho de cada diez no distinguen a Gaspar de Melchor (de Baltazar saben que es "el negro del elefante"); c) ninguno de los entrevistados supo cuáles eran los reinos de los reyes ni en qué consistían su dotes de magos; d) el total de la muestra mostró una profunda oscuridad ante el hecho de que los reyes lleguen el 6 de enero y no el 24 de diciembre (el 2 por ciento lo atribuye a la competencia desleal de Santa Claus); e) nueve de cada diez entrevistados no entienden la razón de que se use un calcetín para dejar el regalo; f) el 84 % de la muestra ha sacado el muñequito en una rosca y se ha hecho el sueco con los tamales del 2 de febrero. Ante la evidencia empírica, no me parece arriesgado suponer que absolutamente nadie está enterado a ciencia cierta del origen de esta tradición.
Las posadas. Una posada que se respete debe tener a 50 pelados gritando afuera de una casa: mi nombre es Mariiía... El rito se acompaña con una vela que siempre se apaga y una letanía en la que se revisa la pulcritud del canto. La historia es simple pero nadie repara en ella: una pareja que la pasa muy mal pide posada, el posadero los confunde con rateros, la pareja habla del divino verbo, el posadero se enoja, la pareja se identifica, el posadero (que es probablemente un hombre muy pendejo) los reconoce, les abre la puerta y los asila en su hogar.
Así empieza la posada.
Lo que sigue es de todos conocido; se rompen piñatas en las que por algún misterio gastronómico se introducen cosas que nadie comería en su santo juicio como cañas, limas y tejocotes. Luego se presenta una pastorela en la que Luzbel sale derrotado y al final se toma ponche con piquete y se comen buñuelos. Generalmente la reunión termina cuando algún borracho toma el palo de la piñata y le atiza a un contertulio por alguna diferencia interpretativa.
En fin, si estas tradiciones desaparecen (y sería una lástima) no las extrañaré porque las entienda. Estoy seguro.
miércoles, 22 de diciembre de 2010
Las entrevistas (El Financiero 1996)
Por definición, una entrevista implica dos elementos indispensables: un entrevistado y un entrevistador. De este par de personajes es condición asumir que el primero tiene algo interesante que decir y que el segundo es lo suficientemente listo para lograr que ese interés sea evidente. Desgraciadamente tan elemental regla tiene la misma vigencia que la democracia sindical y las más de las veces los resultados son atroces. Esto se debe a diversas condiciones que los protagonistas de una entrevista mantienen y que me interesa discutir a continuación:
Condición 1: Cuando el que entrevista es íntimo del entrevistado. Pregunta (hombre barbón de saco de pana): "Tú y yo discutimos los detalles de la visión literaria contemporánea ¿te acuerdas?". Respuesta (otro hombre barbón de saco de pana): "Hombre, como no, estábamos en la gran plaza de Bruselas y nevaba. Recuerdo que habíamos perdido los boletos de avión y en ese momento nos dirigíamos a escuchar al gran Salvetrge, el notable filósofo". Huelga decir que una entrevista así es de hueva y que el mejor medio para transmitir este tipo de intimidades es justamente una sesión íntima de transparencias donde se vea la gran plaza, al gran Salvetrge y la jaula de los changos del zoológico de Bruselas.
Condición 2. Cuando el entrevistador hace preguntas babosas. Pregunta (estudiante de periodismo con catorce neuronas pero que está muy buena): ¿Es difícil escribir?
Respuesta (Gloria Nacional que se quiere tirar a la estudiante de periodismo): "Escribir es una comunión con los sentidos". Dios mío.
Condición 3. Cuando el entrevistado contesta idioteces. Pregunta: "¿La fama no ha alterado su vida?". Respuesta: Insertar aquí una foto de Thalía con la boca abierta, un ramo de fruta en la cabeza y bailando el Tico-Tico.
Condición 4. Cuando el entrevistador pregunta babosadas y el entrevistado responde idioteces. En este caso agregar a la condición anterior una foto de Raúl Velasco muerto de risa mientras lo corretea la India María. Aunque también cabe la de Pati Chapoy, o la de Shanik quien sabe qué.
Condición 5. Cuando lo que pregunta el entrevistador y lo que contesta el entrevistado no le interesa ni a Dios padre. Pregunta (conductor de programa de televisión de horario matutino): ¿Y cómo se practica la maxiloplastía dental? Respuesta (médico viejito con una calavera en la mano): Mire usted, es muy sencillo: primero hacemos una incisión en la encía procurando que la infección se canalice" (aquí aparece en pantalla una boca abierta de la que sale sangre y un líquido café).
Condición 6. Cuando el entrevistado es político. Pregunta (joven ganoso con cámara y libretita): "¿Quiere usted ser gobernador?". Respuesta (señor gordo, de patillas de taquero y traje a la medida): "Evidentemente el honor de gobernar (aquí entran los guerrerenses, los veracruzanos, etcétera), entraña grandes responsabilidades y representaría una enorme distinción para cualquiera. Sin embargo, no es momento de aventurerismos ni campañas protagónicas, sino de trabajar por México".
Condición 7. Cuando el entrevistador tiene hueva. Pregunta (hombre de lentes, crudo que quiere salir del paso). "Platíquenos de usted". Lo que sigue puede ser peor que la carga de caballería ligera y será más grave en función del grado de badulaquencia del entrevistado que nos puede contar desde su rutina diaria para sentarse a escribir, hasta que de niño fue violado por una banda de neonazis.
En fin, entrevistas seguirá habiendo. Los entrevistadores continuarán afanados por hacer preguntas brillantes y los entrevistados con la enorme obsesión de parecer más inteligentes que la mamá de los pollitos. Es por ello que sugiero que se estandaricen los cuestionarios y la primera pregunta sea invariablemente: "¿Quién se comió la caca del caba...?".
Condición 1: Cuando el que entrevista es íntimo del entrevistado. Pregunta (hombre barbón de saco de pana): "Tú y yo discutimos los detalles de la visión literaria contemporánea ¿te acuerdas?". Respuesta (otro hombre barbón de saco de pana): "Hombre, como no, estábamos en la gran plaza de Bruselas y nevaba. Recuerdo que habíamos perdido los boletos de avión y en ese momento nos dirigíamos a escuchar al gran Salvetrge, el notable filósofo". Huelga decir que una entrevista así es de hueva y que el mejor medio para transmitir este tipo de intimidades es justamente una sesión íntima de transparencias donde se vea la gran plaza, al gran Salvetrge y la jaula de los changos del zoológico de Bruselas.
Condición 2. Cuando el entrevistador hace preguntas babosas. Pregunta (estudiante de periodismo con catorce neuronas pero que está muy buena): ¿Es difícil escribir?
Respuesta (Gloria Nacional que se quiere tirar a la estudiante de periodismo): "Escribir es una comunión con los sentidos". Dios mío.
Condición 3. Cuando el entrevistado contesta idioteces. Pregunta: "¿La fama no ha alterado su vida?". Respuesta: Insertar aquí una foto de Thalía con la boca abierta, un ramo de fruta en la cabeza y bailando el Tico-Tico.
Condición 4. Cuando el entrevistador pregunta babosadas y el entrevistado responde idioteces. En este caso agregar a la condición anterior una foto de Raúl Velasco muerto de risa mientras lo corretea la India María. Aunque también cabe la de Pati Chapoy, o la de Shanik quien sabe qué.
Condición 5. Cuando lo que pregunta el entrevistador y lo que contesta el entrevistado no le interesa ni a Dios padre. Pregunta (conductor de programa de televisión de horario matutino): ¿Y cómo se practica la maxiloplastía dental? Respuesta (médico viejito con una calavera en la mano): Mire usted, es muy sencillo: primero hacemos una incisión en la encía procurando que la infección se canalice" (aquí aparece en pantalla una boca abierta de la que sale sangre y un líquido café).
Condición 6. Cuando el entrevistado es político. Pregunta (joven ganoso con cámara y libretita): "¿Quiere usted ser gobernador?". Respuesta (señor gordo, de patillas de taquero y traje a la medida): "Evidentemente el honor de gobernar (aquí entran los guerrerenses, los veracruzanos, etcétera), entraña grandes responsabilidades y representaría una enorme distinción para cualquiera. Sin embargo, no es momento de aventurerismos ni campañas protagónicas, sino de trabajar por México".
Condición 7. Cuando el entrevistador tiene hueva. Pregunta (hombre de lentes, crudo que quiere salir del paso). "Platíquenos de usted". Lo que sigue puede ser peor que la carga de caballería ligera y será más grave en función del grado de badulaquencia del entrevistado que nos puede contar desde su rutina diaria para sentarse a escribir, hasta que de niño fue violado por una banda de neonazis.
En fin, entrevistas seguirá habiendo. Los entrevistadores continuarán afanados por hacer preguntas brillantes y los entrevistados con la enorme obsesión de parecer más inteligentes que la mamá de los pollitos. Es por ello que sugiero que se estandaricen los cuestionarios y la primera pregunta sea invariablemente: "¿Quién se comió la caca del caba...?".
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