Hace unos años veía un programa de televisión en el canal 11 que llamaba mi atención por varias razones, el nombre lo ignoro pero en él aparecían señores que a las vistas eran listísimos y que se dedicaban al más simple de los actos, es decir, en lugar de tragar cuchillos para llamar la atención, nomás platicaban. Supongo que el productor era alguien que creía en la originalidad ya que le pareció adecuado presentar a los señores listos en unos close-ups de miedo en el que uno podía apreciarles a los notables, detalles faciales como el de quién padeció viruela o cuál de ellos se fue la noche anterior de farra. En una ocasión, sintonicé dicha emisión y pude ser testigo de una discusión de nobles argumentos. El problema es que tal nobleza se agotó a los doce minutos y el programa duraba una hora. La esencia del asunto se centraba en que el señor Castillo Peraza consideraba vital expresar su sensación de ofensa porque otro tipo al que no tengo el gusto de conocer, pintó un lienzo en el que hay una especie de Juan Diego que en lugar de desplegar a la Guadalupana, registra a una muy buenona Marilyn Monroe. Acto seguido se manifestó en contra del aborto El resto de los contertulios recurrió a la estrategia que los clásicos llaman de “echar montón” y puso como camote a don Carlos argumentando que estaba en su derecho de expresarlo pero no de justificar una agresión al lienzo, Castillo dijo que no la justificaba y que para nada era esa su intención, sino que quería expresar su sensación de ofensa... Etcétera.
Cuando terminó el programa me quedé pensando sobre las implicaciones de todo esto. La primera y más evidente es que una discusión se va al carajo en el momento que se considera que hay que repetir 77 veces el argumento para que gane fuerza. La segunda es que efectivamente, a la gente devota le puede ofender una muestra artística y la tercera es que una artista puede hacer lo que le dé la gana. Ese, me parece, es el espectro que nos fermenta la vida en sociedad. El problema está en poner límites basados en esta vaga y políticamente correcta idea del “respeto” ya que asumo que no existe nadie calificado para fijar los criterios de lo aceptable y lo que no. ¿Qué a los católicos les ofende la imagen? Pues es su problema ya que bajo este criterio no habría que pintar señoras encueradas porque ofenden la moral o hacer esculturas de gente fajando –como hizo Rodin. Ahora bien lo que sí puede hacer un católico es decir que la obra es una porquería, recomendar que nadie la vea o ingresarla en el index de lo prohibido. Sin embargo entiendo que lo que hicieron un par de jóvenes fue entrar al museo donde se exponía y tratar de destruirla para luego salir libres por medio de una fianza pagada por las huestes católicas, lo que no puede parecerme sino una barbaridad. Yo podría decir que la idea de don Carlos en el sentido de que está en contra del aborto, me ofende profundamente (es un ejemplo, hay pocas cosas que me ofendan profundamente) ya que creo que nadie por cuestiones de fe privadas debe decidir por lo demás y no por ello lo pienso agredir a botellazos para que mi fianza la paguen las feministas... eso es simple y llanamente la ley de la selva.
Un último comentario sobre el arte; a mí francamente el cuadro que provocó la polémica me parece horroroso y no lo pondría en la pared de mi casa así me amarraran, pero ése problema tiene solución ya que basta con no comprarlo. Esta –creo- es la idea básica; no meterse en lo que a uno no le importa y evitar por todos los medios la tentación megalómana de decidir por los demás. ¿Hay quien está en contra del aborto? Que no aborte, ¿hay quién considera arte un performance en el que el protagonista sale encuerado y con un collar de limones? Pues santas pascuas que siga practicando en la soledad del escenario con la cantidad de público que se merezca. El asunto es cerrar filas contra todas aquellas fuerzas que añoran el pasado (concretamente el siglo XII) y que parece están de vuelta.
martes, 31 de agosto de 2010
sábado, 28 de agosto de 2010
De fiesta (La Mosca 1996)
Esta es una revista para jóvenes y yo no lo soy. Fernando Savater advierte (con mucha sabiduría, creo) sobre los peligros que existen en que alguien ya rucón quiera pasar parecerse a los chavos (o “niños”. como dicen los adolescentes mamones). Sin embargo, creo que mi óptica -que es la de un espectador- puede dar para algunos artículos y por eso estoy aquí... que sea lo que Dios quiera.
Hace unos días fui a una fiesta en la que las tres cuartas partes de los asistentes eran significativamente menores que yo, situación que me motivó a quedarme como las estatuas de marfil observando como antropólogo social. Lo primero que llamó mi atención, fue la figura de un muchacho de colita y vestido como el yoga Maharishi Rujaputra, que bailaba con una chaparrita mientras se hacían caras mamoncísimas consistentes en alzar las cejas, poner boquita de atún o menear las manitas como las meneaba Mary Poppins. “Pobres” pensé e inmediatamente trasladé mi atención a unos que bailaban quebradita...
Me sentí un anciano.
El baile consistía en que ambos introdujeran la rodilla respectiva en la zona que los anatomistas llaman urogenital y contonearse como los barcos en alta mar. Varias fueron mis sorpresas: la primera, es que el muchacho no quedó estéril indeleblemente y que su cara nunca delató esa mirada tan significativa que la gente pone cuando le aprietan un huevo; la segunda sorpresa consistió en algo que sólo es sorprendente dada mi avanzada edad. Si alguien de mis tiempos hubiera bailado de esa forma, el siguiente paso de una secuencia lógica sería la cama, el altar o de perdida el coche. Sin embargo, este par de jóvenes se despidieron a las tres de la mañana como alguien que se despide de una tía.
Otro hecho notable fue la música: en algún momento prefigurado, se puso a cantar una vieja que no sé quién era y entonces los asistentes iniciaron una estrategia de baile que me pareció insólita y que consistió en moverse sincronizadamente en todas las direcciones cardinales (y no era la mamadencia esa de La Macarena).
Una sorpresa más fueron las luces; por algún misterio óptico que no pude descifrar, las luces que se instalaron tuvieron -por lo menos en mi humilde persona- el efecto de la disminución de la memoria a corto plazo y la pérdida de la facultad del equilibrio, deficiencias que se manifestaron cuando en la penumbra me intenté comer una marina y la estrellé en mi cachete.
La última edición de mi sorpresa se manifestó por medio de los pedotes, no porque yo crea que toda fiesta que se respete no debe tener un pedote que cometa desmanes y le meta mano a la mamá del anfitrión, sino porque los borrachos de esta fiesta tuvieron un comportamiento errático que consistió en: a) orinarse en la azaleas del jardín; b) cantar esa de “ingrataaa, no me digas que me quiereees” interpretada por una enanito calvo de voz esaclofriante y c) despedirse con abrazos de diputado federal.
Cuando salí del reventón me sentí veinte años más viejo pero con la clara sensación de que el asunto valió la pena lo que no deja de ser una paradoja que llevaré a mi próxima visita al psicoanalista.
Hace unos días fui a una fiesta en la que las tres cuartas partes de los asistentes eran significativamente menores que yo, situación que me motivó a quedarme como las estatuas de marfil observando como antropólogo social. Lo primero que llamó mi atención, fue la figura de un muchacho de colita y vestido como el yoga Maharishi Rujaputra, que bailaba con una chaparrita mientras se hacían caras mamoncísimas consistentes en alzar las cejas, poner boquita de atún o menear las manitas como las meneaba Mary Poppins. “Pobres” pensé e inmediatamente trasladé mi atención a unos que bailaban quebradita...
Me sentí un anciano.
El baile consistía en que ambos introdujeran la rodilla respectiva en la zona que los anatomistas llaman urogenital y contonearse como los barcos en alta mar. Varias fueron mis sorpresas: la primera, es que el muchacho no quedó estéril indeleblemente y que su cara nunca delató esa mirada tan significativa que la gente pone cuando le aprietan un huevo; la segunda sorpresa consistió en algo que sólo es sorprendente dada mi avanzada edad. Si alguien de mis tiempos hubiera bailado de esa forma, el siguiente paso de una secuencia lógica sería la cama, el altar o de perdida el coche. Sin embargo, este par de jóvenes se despidieron a las tres de la mañana como alguien que se despide de una tía.
Otro hecho notable fue la música: en algún momento prefigurado, se puso a cantar una vieja que no sé quién era y entonces los asistentes iniciaron una estrategia de baile que me pareció insólita y que consistió en moverse sincronizadamente en todas las direcciones cardinales (y no era la mamadencia esa de La Macarena).
Una sorpresa más fueron las luces; por algún misterio óptico que no pude descifrar, las luces que se instalaron tuvieron -por lo menos en mi humilde persona- el efecto de la disminución de la memoria a corto plazo y la pérdida de la facultad del equilibrio, deficiencias que se manifestaron cuando en la penumbra me intenté comer una marina y la estrellé en mi cachete.
La última edición de mi sorpresa se manifestó por medio de los pedotes, no porque yo crea que toda fiesta que se respete no debe tener un pedote que cometa desmanes y le meta mano a la mamá del anfitrión, sino porque los borrachos de esta fiesta tuvieron un comportamiento errático que consistió en: a) orinarse en la azaleas del jardín; b) cantar esa de “ingrataaa, no me digas que me quiereees” interpretada por una enanito calvo de voz esaclofriante y c) despedirse con abrazos de diputado federal.
Cuando salí del reventón me sentí veinte años más viejo pero con la clara sensación de que el asunto valió la pena lo que no deja de ser una paradoja que llevaré a mi próxima visita al psicoanalista.
miércoles, 25 de agosto de 2010
Los incomprensibles (El Financiero 1998)
La evidencia más concreta que recuerdo de alguien hablando de cosas que no entendía, tiene que ver con un maestro que tuve cuya característica distintiva se podía resumir en tres palabras: era un estúpido. No recuerdo una sola clase en la que supiera de lo que estaba hablando, sin embargo tenía la característica casi milagrosa de aparentar que sabía y entonces decía con extraordinario aplomo cosas como que el Río Amarillo se llamaba así porque estaba lleno de orines de chinos o que Praga era la capital de Bulgaria. Si algún niño lo corregía: “maestro, ¿Praga no es la capital de Checoslovaquia?”, Parpadeaba para luego afirmar inmutable: “eso dije”.
Traigo a colación la anécdota de mi maestro, no porque me parezca particularmente interesante, sino porque, creo, refleja una muy mexicana costumbre, que es la de hacer como que uno lo entiende todo antes de pasar el papelazo de lucir como un imbécil.
Para ilustrar la idea me ofreceré como imbécil de indias y utilizaré un ejemplo literario que me parece paradigmático ya que todo mundo lo celebra y yo simplemente no lo entiendo. Veamos.
En estos días he estado leyendo acerca de crímenes horripilantes gracias a una colección de editorial Diana sobre la nota roja. En estos libros uno puede enterarse de cómo un señor se comió a una señora o de la manera como descerebraron a Trostki. Bien, un día en el baño leyendo uno de esos libros escrito por Víctor Ronquillo me encontré con la siguiente frase: “Cuando al lugar de los hechos llegaron los refuerzos que esperaba la policía que informó por radio de lo sucedido, las bolsas, como El dinosaurio de Tito Monterroso, seguían ahí.” Lo siguiente que hice fue pararme y buscar en el librero los libros de Monterroso, sufrí un preinfarto en el momento que me di cuenta que mi impecable orden alfabético ha sido desmoronado por la señora que sacude. Finalmente encontré el texto que buscaba Obras completas (y otros cuentos) y lo abrí en la página 75. En la parte superior se leía El dinosaurio y todo lo demás, incluida la hoja siguiente estaba en blanco. En la página 77 pude leer la célebre frase: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.”, Escrita por Tito Monterroso y de la cuál he escuchado cientos de referencias, entre ellas la de que es el cuento más pequeño del mundo. Acto seguido, tomé otro libro: Viaje al centro de la fábula y me enteré de la siguiente pregunta hecha por Jorge Rufinelli al propio Monterroso: “A tus ejemplos de no reiteración yo añadiría uno de tus cuentos más famosos, “El dinosaurio”. Nunca lo reiteraste, no intentaste otros de igual extensión mínima. Un autor diferente hubiera tratado de escribir cuentos de una sola línea como explotando el filón...”.
Bien, este es el momento de hacer una serie de dolorosas confesiones: la primera es que no tengo la menor idea a que se refiere la frase monterrosiana, la segunda es que menos entiendo porque es un cuento, la tercera es que no veo el filón que señala Rufinelli por ningún lado y la cuarta es que sospecho que estoy cometiendo un pecado, pero ni modo.
¿A qué se debe que no comprenda algo que aparentemente es muy exitoso? Citaré algunas probabilidades: a) Soy medio güey; b) No he leído algo que todo mundo leyó; c) estoy amargado. Podría alguien pensar que falta otra explicación relacionada con el éxito de Tito que me emponzoña las vísceras, se equivocaría; Monterroso fue un gran amigo de mi padre y lo recuerdo lleno de nostalgia y cariño. Alguna vez nos tomamos un café y él me dio consejos muy sensatos, además es uno de mis escritores favoritos. Sin embargo, el hecho es que sigo sin comprender el cuento de El dinosaurio, por lo que sospecho que continuaré pensando que soy un badulaque o, utilizando un modelo autoexculpatorio, que los demás tampoco entienden pero hacen como que sí para no lucir como luzco hoy.
Para Tito un saludo y la esperanza de que algún día, detrás de otra taza de café, devele el misterio que ya me empieza a tener podrido.
Traigo a colación la anécdota de mi maestro, no porque me parezca particularmente interesante, sino porque, creo, refleja una muy mexicana costumbre, que es la de hacer como que uno lo entiende todo antes de pasar el papelazo de lucir como un imbécil.
Para ilustrar la idea me ofreceré como imbécil de indias y utilizaré un ejemplo literario que me parece paradigmático ya que todo mundo lo celebra y yo simplemente no lo entiendo. Veamos.
En estos días he estado leyendo acerca de crímenes horripilantes gracias a una colección de editorial Diana sobre la nota roja. En estos libros uno puede enterarse de cómo un señor se comió a una señora o de la manera como descerebraron a Trostki. Bien, un día en el baño leyendo uno de esos libros escrito por Víctor Ronquillo me encontré con la siguiente frase: “Cuando al lugar de los hechos llegaron los refuerzos que esperaba la policía que informó por radio de lo sucedido, las bolsas, como El dinosaurio de Tito Monterroso, seguían ahí.” Lo siguiente que hice fue pararme y buscar en el librero los libros de Monterroso, sufrí un preinfarto en el momento que me di cuenta que mi impecable orden alfabético ha sido desmoronado por la señora que sacude. Finalmente encontré el texto que buscaba Obras completas (y otros cuentos) y lo abrí en la página 75. En la parte superior se leía El dinosaurio y todo lo demás, incluida la hoja siguiente estaba en blanco. En la página 77 pude leer la célebre frase: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.”, Escrita por Tito Monterroso y de la cuál he escuchado cientos de referencias, entre ellas la de que es el cuento más pequeño del mundo. Acto seguido, tomé otro libro: Viaje al centro de la fábula y me enteré de la siguiente pregunta hecha por Jorge Rufinelli al propio Monterroso: “A tus ejemplos de no reiteración yo añadiría uno de tus cuentos más famosos, “El dinosaurio”. Nunca lo reiteraste, no intentaste otros de igual extensión mínima. Un autor diferente hubiera tratado de escribir cuentos de una sola línea como explotando el filón...”.
Bien, este es el momento de hacer una serie de dolorosas confesiones: la primera es que no tengo la menor idea a que se refiere la frase monterrosiana, la segunda es que menos entiendo porque es un cuento, la tercera es que no veo el filón que señala Rufinelli por ningún lado y la cuarta es que sospecho que estoy cometiendo un pecado, pero ni modo.
¿A qué se debe que no comprenda algo que aparentemente es muy exitoso? Citaré algunas probabilidades: a) Soy medio güey; b) No he leído algo que todo mundo leyó; c) estoy amargado. Podría alguien pensar que falta otra explicación relacionada con el éxito de Tito que me emponzoña las vísceras, se equivocaría; Monterroso fue un gran amigo de mi padre y lo recuerdo lleno de nostalgia y cariño. Alguna vez nos tomamos un café y él me dio consejos muy sensatos, además es uno de mis escritores favoritos. Sin embargo, el hecho es que sigo sin comprender el cuento de El dinosaurio, por lo que sospecho que continuaré pensando que soy un badulaque o, utilizando un modelo autoexculpatorio, que los demás tampoco entienden pero hacen como que sí para no lucir como luzco hoy.
Para Tito un saludo y la esperanza de que algún día, detrás de otra taza de café, devele el misterio que ya me empieza a tener podrido.
sábado, 21 de agosto de 2010
De notarios (El Financiero 2003)
Antes que nada debo decir que mi contacto con el mundo notarial ha sido enormemente restringido ya que este noble gremio se encarga de asuntos que me son ajenos y a los que he tenido acceso solo en un par de ocasiones en mi vida. De cualquier manera me he formado una percepción que es la que quisiera compartir el día de hoy con usted, querido lector, sin embargo, la advertencia vale porque ya un señor que me hizo favor de ponerme como camote en el periódico La Jornada dice que soy un ignorante y que opino sobre lo que no sé, lo cual, por cierto, es verdad.
Me parece, en principio que los notarios son señores muy prósperos y trajeados que se instalan en una oficina con número en la puerta de entrada (Notaría # 128) en la que hay un grupo de suspirantes (que a mí siempre me han sonado como chalanes, cuya actividad consiste en hacer la chamba por la que le pagamos al notario y que tiene derivaciones infectas, como ir al registro público de la propiedad para averiguar si uno está diciendo la verdad). Estos trámites siempre tardan una era geológica y están mediados por comentarios crípticos como “estamos en ello” o “no se preocupe” nosotros lo llamamos. Uno, que para ese momento ya se comió hasta las uñas de los pies de la angustia, decide resignarse y esperar mientras el comprador de la casa se va a buscar mejores aires.
El monto de los honorarios notariales se construye por palos dados, como las cargas impositivas (que siempre son muchas) y por lo que él considera justo cobrar. Aquí justamente empiezan los problemas porque evidentemente el hecho que un señor que no tiene el gusto de conocerme diga que no soy un facineroso y que además redacte escritos que dicen: “declara el de la voz” debe valer algo, pero no entiendo por qué la misma cantidad que costaría mandar clonar a un ser humano con los raelianos y hacerlo nuestro notario particular para que redacte el testamento de la hora final.
La única explicación que se me ocurre para tal cobro, es por la elegancia de las oficinas a las que uno asiste a registrar sus trámites, al entrar se percibe mucha caoba y señoritas uniformadas, así como unos cuadrotes que parecen originales y que supongo se pagan con el dinero que voy a dejar en la maroma. Honestamente no tendría ningún problema en realizar mis trámites en un escritorio público de Santo Domingo si ello supusiera una economía a mi muy deteriorada condición económica, pero no, hay que irse a sentar en sillones de cuero y hablar, así, muy elegante diciendo cosas como “mucho gusto” o “felicidades”.
Imagino que en este país debe haber medio millón de aspirantes a notarios y nomás quinientas plazas por lo que hasta donde entiendo los asuntos se resuelven (o resolvían, no lo sé) por medio de bulas hereditarias, igual que en los tiempos de Luis XIV o más modernamente por medio de un examen que debe ser más difícil que la ley de Ohm, el caso es que por ley estos señores tienen cautiva a la población nacional porque uno no va con gusto y cantando al notario, sino simplemente a huevo. Por supuesto de acuerdo a los principios de la oferta y la demanda cuando uno es dueño del monopolio puede cobrar lo que le dé la gana y es por ello que el jueves pasado cuando salí de mi trámite notarial, lo hice con la misma sensación que tenían los viajantes cuando se encontraban con los bandidos de río Frío y eran desvalijados de la peor manera para luego agradecer al creador el hecho de seguir con vida
A un servidor se le ocurre que en un país donde la verdad es un bien escaso, le deben venir muy bien estos profesionales, el problema, supongo, es que si nos hacemos a la idea de que para que todo funcione deben ser pocos y cobrar un ojo de la cara, no quedará más remedio que asumir que no tenemos destino, y preparar la cuenta bancaria para tiempos temibles como el día que alguien se muera o que sea necesario autentificar unas actas de nacimiento (a mil pesos la hoja)
Me parece, en principio que los notarios son señores muy prósperos y trajeados que se instalan en una oficina con número en la puerta de entrada (Notaría # 128) en la que hay un grupo de suspirantes (que a mí siempre me han sonado como chalanes, cuya actividad consiste en hacer la chamba por la que le pagamos al notario y que tiene derivaciones infectas, como ir al registro público de la propiedad para averiguar si uno está diciendo la verdad). Estos trámites siempre tardan una era geológica y están mediados por comentarios crípticos como “estamos en ello” o “no se preocupe” nosotros lo llamamos. Uno, que para ese momento ya se comió hasta las uñas de los pies de la angustia, decide resignarse y esperar mientras el comprador de la casa se va a buscar mejores aires.
El monto de los honorarios notariales se construye por palos dados, como las cargas impositivas (que siempre son muchas) y por lo que él considera justo cobrar. Aquí justamente empiezan los problemas porque evidentemente el hecho que un señor que no tiene el gusto de conocerme diga que no soy un facineroso y que además redacte escritos que dicen: “declara el de la voz” debe valer algo, pero no entiendo por qué la misma cantidad que costaría mandar clonar a un ser humano con los raelianos y hacerlo nuestro notario particular para que redacte el testamento de la hora final.
La única explicación que se me ocurre para tal cobro, es por la elegancia de las oficinas a las que uno asiste a registrar sus trámites, al entrar se percibe mucha caoba y señoritas uniformadas, así como unos cuadrotes que parecen originales y que supongo se pagan con el dinero que voy a dejar en la maroma. Honestamente no tendría ningún problema en realizar mis trámites en un escritorio público de Santo Domingo si ello supusiera una economía a mi muy deteriorada condición económica, pero no, hay que irse a sentar en sillones de cuero y hablar, así, muy elegante diciendo cosas como “mucho gusto” o “felicidades”.
Imagino que en este país debe haber medio millón de aspirantes a notarios y nomás quinientas plazas por lo que hasta donde entiendo los asuntos se resuelven (o resolvían, no lo sé) por medio de bulas hereditarias, igual que en los tiempos de Luis XIV o más modernamente por medio de un examen que debe ser más difícil que la ley de Ohm, el caso es que por ley estos señores tienen cautiva a la población nacional porque uno no va con gusto y cantando al notario, sino simplemente a huevo. Por supuesto de acuerdo a los principios de la oferta y la demanda cuando uno es dueño del monopolio puede cobrar lo que le dé la gana y es por ello que el jueves pasado cuando salí de mi trámite notarial, lo hice con la misma sensación que tenían los viajantes cuando se encontraban con los bandidos de río Frío y eran desvalijados de la peor manera para luego agradecer al creador el hecho de seguir con vida
A un servidor se le ocurre que en un país donde la verdad es un bien escaso, le deben venir muy bien estos profesionales, el problema, supongo, es que si nos hacemos a la idea de que para que todo funcione deben ser pocos y cobrar un ojo de la cara, no quedará más remedio que asumir que no tenemos destino, y preparar la cuenta bancaria para tiempos temibles como el día que alguien se muera o que sea necesario autentificar unas actas de nacimiento (a mil pesos la hoja)
miércoles, 18 de agosto de 2010
De viajes (El Financiero 2002)
Fin de año es tiempo de planear un viaje con la familia o con las amistades. Los destinos pueden ser muy diversos y varían de acuerdo al poder adquisitivo y la imbecilidad del viajante. Hay gente por, ejemplo, que decide “ir a esquiar a Vail” porque encuentran divertido congelarse en medio de una tormenta de nieve para luego enchufarse dentro de un traje diseñado expresamente y descender por una pendiente a todo lo que da y con riesgo de su vida. Este es el tipo de gente que tiene en su armario un traje como de astronauta y gogles que son útiles las tres veces que hace el viaje y cada que cae nieve en el Ajusco solo que en este último caso, sustituyen los esquís por tinas de plástico y sienten que su compra (de tres mil dólares) tuvo sentido.
Otros se deciden por la aventura y eligen opciones “de acción” que también pueden ser muy diversas pero temibles todas. En algunos casos se trata de subirse a una lancha inflable y descender por un río caudaloso mientras se traga agua y se evita caer en el torrente. El grupo va dirigido por uno que es hábil y que seguramente mienta madres ante la incompetencia de la nube de gordos que le tocó en destino arrear y evitar que se maten. Algunos deciden ir a escalar montañas llenos de cuerdas y reatas y portando un casco que es muy útil para identificar al fallecido en el momento que es vencido por las fuerzas gravitatorias. Este tipo de viajero es implacable y se impone todas las restricciones posibles bajo la consigna de “mientras más natural, mejor” es por ello que buscan destinos agrestes en los que es indispensable que no exista agua potable, camas ni baños. Si a uno se le ocurre llevar un encendedor para prender la fogata el resto de los aventureros nos miran como se mira a un leproso y se van a reunir los palitos que hay que frotar hasta ampollarse para luego ir a buscar unos cerillos al pueblo más cercano. Huelga decir que mis experiencias en este caso son prácticamente nulas.
Ahora se han puesto de moda lo que la gente mamona llama all inclusive y los nacos entendemos como “paquetes”, en los que se asume que está todo incluido lo que invariablemente acarrea diversos incidentes. El primero es que el papá emprende una cruzada por no pagar ni un centavo más porque en su modesta opinión ya liquidó su cuenta por anticipado, ello determina que cuando al niño Juanito le quieren cobrar las raquetas de ping-pong a doce pesos la hora se armen los madrazos. Con la comida el asunto es una aventura porque bajo el mexicano principio del chivo brincado uno se presenta a un galerón en el que hay docenas de bandejas humeantes en las cuales uno encuentra cosas como fajitas de pollo o pescado al vapor, que, por supuesto, no se le antojan ni al chef que lo mira a uno sonriente mientras explica que las verdolagas están de muy buen sabor. Como lo único que no viene incluido es la bebida, las cervezas cuestan el equivalente a una operación de riñón por lo que al final la cuenta le deja a uno la sensación de que más valdría visitar latitudes tropicales a la carta y de contado.
Otra opción para los que pueden es “irse de crucero” lo que significa treparse a un barcote que surca la mar océano lleno de botes salvavidas, meseros italianos y una nube de gringos geriátricos que organizan el festejo. En este caso se trata de divertirse a huevo por lo que los que amenizan la reunión organizan cosas como una cena de disfraces, en la que la mitad de los tripulantes se visten como se vestía Borolas o se organiza el karaoke, un divertimento consistente en que uno de los circunstantes haga el ridículo mientras otros quinientos se ríen de él por su falta de talento musical.
En fin, las opciones viajeras son muchas y variadas y en sus manos está, querido lector, elegir la que mejor le acomode, recuerde, de cualquier manera la premisa clásica: “lo importante no es vivir, sino navegar”
Otros se deciden por la aventura y eligen opciones “de acción” que también pueden ser muy diversas pero temibles todas. En algunos casos se trata de subirse a una lancha inflable y descender por un río caudaloso mientras se traga agua y se evita caer en el torrente. El grupo va dirigido por uno que es hábil y que seguramente mienta madres ante la incompetencia de la nube de gordos que le tocó en destino arrear y evitar que se maten. Algunos deciden ir a escalar montañas llenos de cuerdas y reatas y portando un casco que es muy útil para identificar al fallecido en el momento que es vencido por las fuerzas gravitatorias. Este tipo de viajero es implacable y se impone todas las restricciones posibles bajo la consigna de “mientras más natural, mejor” es por ello que buscan destinos agrestes en los que es indispensable que no exista agua potable, camas ni baños. Si a uno se le ocurre llevar un encendedor para prender la fogata el resto de los aventureros nos miran como se mira a un leproso y se van a reunir los palitos que hay que frotar hasta ampollarse para luego ir a buscar unos cerillos al pueblo más cercano. Huelga decir que mis experiencias en este caso son prácticamente nulas.
Ahora se han puesto de moda lo que la gente mamona llama all inclusive y los nacos entendemos como “paquetes”, en los que se asume que está todo incluido lo que invariablemente acarrea diversos incidentes. El primero es que el papá emprende una cruzada por no pagar ni un centavo más porque en su modesta opinión ya liquidó su cuenta por anticipado, ello determina que cuando al niño Juanito le quieren cobrar las raquetas de ping-pong a doce pesos la hora se armen los madrazos. Con la comida el asunto es una aventura porque bajo el mexicano principio del chivo brincado uno se presenta a un galerón en el que hay docenas de bandejas humeantes en las cuales uno encuentra cosas como fajitas de pollo o pescado al vapor, que, por supuesto, no se le antojan ni al chef que lo mira a uno sonriente mientras explica que las verdolagas están de muy buen sabor. Como lo único que no viene incluido es la bebida, las cervezas cuestan el equivalente a una operación de riñón por lo que al final la cuenta le deja a uno la sensación de que más valdría visitar latitudes tropicales a la carta y de contado.
Otra opción para los que pueden es “irse de crucero” lo que significa treparse a un barcote que surca la mar océano lleno de botes salvavidas, meseros italianos y una nube de gringos geriátricos que organizan el festejo. En este caso se trata de divertirse a huevo por lo que los que amenizan la reunión organizan cosas como una cena de disfraces, en la que la mitad de los tripulantes se visten como se vestía Borolas o se organiza el karaoke, un divertimento consistente en que uno de los circunstantes haga el ridículo mientras otros quinientos se ríen de él por su falta de talento musical.
En fin, las opciones viajeras son muchas y variadas y en sus manos está, querido lector, elegir la que mejor le acomode, recuerde, de cualquier manera la premisa clásica: “lo importante no es vivir, sino navegar”
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