Para Georgina Madrid y Jesús Murillo, bibliotecónomos muy queridos
Desde mi muy modesta experiencia existen dos métodos para clasificar los libros que uno a lo largo de su vida y a costa de grandes esfuerzos (si se es un miserable) logra reunir para formar una biblioteca privada. El primero se debe a la inventiva y muy probablemente a la ociosidad de Melvil Dewey que evidentemente no tenía nada mejor que hacer. Según Dewey el conocimiento humano se podía dividir en un sistema decimal en que las primeras diez clases representaban asuntos como la filosofía o ciencia pura (lo que sea que esto signifique). Así, dentro del 000 al 099 se acomodan enciclopedias y del 600 al 699 tecnología. Estas categorías tienen a su vez diez divisiones cada una por lo que, por ejemplo del 830 al 839 es literatura alemana. Luego vienen los puntos decimales; hay que seguir hasta que a uno le de hueva. Dado que ese es el caso de un servidor paso directamente al segundo método que es mucho más elemental que el de Dewey: acomodar los libros como nos dé la gana.
Siguiendo esta premisa de libre albedrío es que una tarde de mudanzas nos encontramos mi concuño y yo en mi nueva casa frente a los siguientes elementos: un librero vacío, un banquito que se caía nomás de verlo, veinte cajas de libros, una botella de anís y un artefacto de limpieza con plumas que alguna vez pertenecieron a un guajolote. La mezcla de los diversos elementos produjo un efecto -digamos- ecléctico en nuestra conducta. La primera consecuencia fue la provocada por el anís y se manifestó por un leve reblandecimiento neuronal que determinó un método de acomodo muy simple: los libros se agruparían de acuerdo a categorías que iniciaron con una gran nobleza (literatura hispanoamericana) y terminaron vergonzosamente (varios). El chiste era organizar el librerío de acuerdo a los apellidos de los autores siguiendo un procedimiento elemental: Sergio se balanceaba en el banquito con su vaso de anís, yo me balanceaba en el suelo buscando el libro, le soplaba y luego le pasaba el plumero encima (al final el plumero se lo pasaba a Sergio) y lo entregaba con voz enérgica diciendo: “Leñero, Hispanoamérica, ele”. Sergio se paraba en el banquito (no sé como no se mato) y acomodaba el libro en la X, asunto que sugería un paso infructuoso por la escuela o una borrachera de órdago.
El asunto se fue llenando de sorpresas ya que encontré libros vergonzosos como el horóscopo erótico o los de Xaviera Hollander que se acomodaron en una nueva sección creada con el obscuro fina de compartimentalizar mis perversidades (estuvimos tentados a reunirlos con los de Henry Miller). También aparecieron libros que yo consideraba me habían robado y por los cuales perdí una amistad, así como libros que yo me había robado; ese es el caso de la Antología Mayor de Nicolas Guillén perteneciente a un tal José Luis Olmedo que probablemente se entere el día de hoy que su libro lo tengo yo. Salió también una colección completa de Horror y Misterio que representaba justamente eso: un misterio ya que no tengo la menor idea de como llegó a mi casa.
El resultado final fue desigual ya que logramos generar alrededor de dieciocho categorías entre las que se encontraba una de libros de texto de primaria, de esos en los que salía una mujer con boca de alcantarilla y una túnica de vestal romana.
Ahora mi criterio de acomodo ha producido prodigios tales como que Cabrera Infante se encuentre espalda con espalda con Carpentier; que Borges esté sobre Fuentes y que Krause con sus “Textos Heréticos” en los que elogia a un presidente (Salinas) tenga como vecino a Leduc que se pitorrea de la esposa de otro presidente (Díaz).
Sin embargo, la desgracia se abatió recientemente sobre el librero ya que Gaby -la muchacha que hace la limpieza- decidió, presa de un impulso renovador limpiar todo y no se percató del magnífico orden establecido. De esto me di cuenta el otro día que encontré a García Márquez al lado de Vargas Llosa, lo que representaba un prodigio que ni siquiera mi biblioteca podría lograr.
viernes, 16 de julio de 2010
miércoles, 14 de julio de 2010
No se preocupe (El Financiero 2001)
Dicen que los mexicanos somos un pueblo escéptico y que recelamos porque pasó la mosca. Esta, que me parece una verdad del tamaño de una casa, tiene, según mi humilde opinión, explicaciones históricas directamente relacionadas con nuestra incapacidad congénita para transmitir certezas. Me pongo de humilde ejemplo; hace algunos meses viajé a la ciudad de Ensenada para asistir a un asunto binacional. Como no me daba la gana hacer el ridículo con mi inglés de la secundaria pedí unos audífonos y di a cambio mi credencial de elector. Este trueque no tuvo nada de notable, pero sí el hecho de que al llegar a Tijuana acompañado por un amigo me di cuenta que había olvidado mi maleta en el hotel, que la credencial de elector se encontraba exactamente a cien kilómetros de distancia y que en la bolsa derecha traía los audífonos de marras. La intención no es describir aquí mi estupidez congénita, sino sus consecuencias. Como ciudadano ejemplar que soy me dirigí al módulo del IFE de Churubusco y Universidad a las nueve de la mañana de un lunes. Ahí estaría todavía si un taquero samaritano no me hubiera explicado “que no llegaban a las nueve, sino a la hora que les da la gana”
Lo dicho... certezas.
“No se preocupe” la vida me ha enseñado de forma muy dolorosa que en el preciso momento que uno escucha la frase anterior hay que prepararse para lo peor. “No te preocupes, tomé clases de manejo” me dijo uno que era mi amigo cuando vio que el color abandonaba mi faz ante el inminente madrazo con un materialista, la siguiente escena de este drama se dio frente al ministerio público mientras mi amigo rendía declaración y le echaba la culpa a los frenos, después de haberse llevado por delante el portal de la casa de una familia respetable que recibió el sustazo de su vida.
“No se preocupe, a su edad ya no marcha” Me dijo un sargento del ejército mexicano al descubrir que había falsificado mi cartilla. Me sentí muy tranquilo y siguiendo sus indicaciones me presenté en la alberca olímpica con mi edad y mi optimismo. Lo siguiente que recuerdo es que todos los sábados de 1989 los pasé sirviendo al glorioso 28° regimiento blindado. Mis servicios a la patria consistieron en correr entre terregales, ponerme una boina de colegiala y desarmar un mosquetón que seguramente perteneció a don Francisco L. Urquizo.
“No te preocupes, pide tasa variable, el país está estable” Me dijo un experto financiero en diciembre de 1993, cuando un servidor, dando servicio a sus pretensiones pequeño burguesas, decidió comprar una casa. El servidor, es decir yo, que soy medio imbécil, hizo caso. Lo que siguió fue el infierno en chiquito; los intereses subieron tanto que decidí vender un riñón y convertirme al budismo, a ver si así salía de bruja, me creció la barba y empecé a hablar solo mientras iba por mis boletos del melate con la esperanza de que el Zacatepec hiciera la chica y venciera al Unión de Curtidores.
Mi último “no se preocupe” es más reciente y tiene que ver con las talachas domésticas. Resulta que el grifo de la regadera se desvencijó e hice lo que hace la gente que se asume inútil y que consiste en llamar al plomero. Después de analizar el caso, el hombre me dijo que no me preocupara, que era cosa de cambiar algo cuyo nombre no recuerdo. No me preocupé y procedí a pagarle, hizo lo que tenía que hacer y se fue después de elogiar una maceta que tengo en el patio. Al día siguiente me metí a la regadera y en el preciso momento de agarrar el grifo, recibí una descarga de cuatrocientos watts que me depiló las axilas y provocó baba en las comisuras... No se preocupe.
Por todo lo anterior es que creo firmemente que todos los muy mexicanos recelos y suspicacias son perfectamente explicables, que preferimos perecer a decirle a alguien que ya valió madre y que la cultura azteca nos ha heredado una muy inservible certeza: no preocuparse, que como se ha demostrado sirve lo mismo que una credencial de la Unión de saxofonistas de la delegación Miguel Hidalgo. Ni hablar.
Lo dicho... certezas.
“No se preocupe” la vida me ha enseñado de forma muy dolorosa que en el preciso momento que uno escucha la frase anterior hay que prepararse para lo peor. “No te preocupes, tomé clases de manejo” me dijo uno que era mi amigo cuando vio que el color abandonaba mi faz ante el inminente madrazo con un materialista, la siguiente escena de este drama se dio frente al ministerio público mientras mi amigo rendía declaración y le echaba la culpa a los frenos, después de haberse llevado por delante el portal de la casa de una familia respetable que recibió el sustazo de su vida.
“No se preocupe, a su edad ya no marcha” Me dijo un sargento del ejército mexicano al descubrir que había falsificado mi cartilla. Me sentí muy tranquilo y siguiendo sus indicaciones me presenté en la alberca olímpica con mi edad y mi optimismo. Lo siguiente que recuerdo es que todos los sábados de 1989 los pasé sirviendo al glorioso 28° regimiento blindado. Mis servicios a la patria consistieron en correr entre terregales, ponerme una boina de colegiala y desarmar un mosquetón que seguramente perteneció a don Francisco L. Urquizo.
“No te preocupes, pide tasa variable, el país está estable” Me dijo un experto financiero en diciembre de 1993, cuando un servidor, dando servicio a sus pretensiones pequeño burguesas, decidió comprar una casa. El servidor, es decir yo, que soy medio imbécil, hizo caso. Lo que siguió fue el infierno en chiquito; los intereses subieron tanto que decidí vender un riñón y convertirme al budismo, a ver si así salía de bruja, me creció la barba y empecé a hablar solo mientras iba por mis boletos del melate con la esperanza de que el Zacatepec hiciera la chica y venciera al Unión de Curtidores.
Mi último “no se preocupe” es más reciente y tiene que ver con las talachas domésticas. Resulta que el grifo de la regadera se desvencijó e hice lo que hace la gente que se asume inútil y que consiste en llamar al plomero. Después de analizar el caso, el hombre me dijo que no me preocupara, que era cosa de cambiar algo cuyo nombre no recuerdo. No me preocupé y procedí a pagarle, hizo lo que tenía que hacer y se fue después de elogiar una maceta que tengo en el patio. Al día siguiente me metí a la regadera y en el preciso momento de agarrar el grifo, recibí una descarga de cuatrocientos watts que me depiló las axilas y provocó baba en las comisuras... No se preocupe.
Por todo lo anterior es que creo firmemente que todos los muy mexicanos recelos y suspicacias son perfectamente explicables, que preferimos perecer a decirle a alguien que ya valió madre y que la cultura azteca nos ha heredado una muy inservible certeza: no preocuparse, que como se ha demostrado sirve lo mismo que una credencial de la Unión de saxofonistas de la delegación Miguel Hidalgo. Ni hablar.
lunes, 12 de julio de 2010
¿Qué dice la economía? (El Financiero 1995)
A pesar de escribir en un periódico que basa gran parte de su fortaleza en el análisis económico, mi dominio del tema es equivalente al que poseo sobre enfermedades urogenitales o cine hondureño. Sin embargo, querido lector, en un arrebato institucional quisiera compartir con usted un modesto balance de algunas noticias económicas que he revisado el día de ayer. A ver si la lectura entre líneas ayuda de algo.
1. "Sería suicida reducir de 15 a 10% el IVA, según la Contaduría de la SHCP".- Esto lo dijo Gustavo Salinas, miembro de la Contaduría Mayor de la Cámara de Diputados argumentando que lo que hace falta son mayores ingresos. Será que uno es medio güey, pero no alcanzo a entender como se pueden tener mayores ingresos si se pagan más impuestos. En este caso la lectura es simple... ya valió madre.
2. "Prevé Seminis, subsidiaria de La Moderna, ventas por 600 mdd en 96." ¿Qué coños es Seminis? No lo sé, uno intuiría que fabrican palitos para cerillos por su asociación con La Moderna. Sin embargo, el misterio se magnifica cuando se lee que parte de su excedente lo utilizarán para el mejoramiento de semillas. La imagen provocada es la siguiente: el director de Seminis hojea el diario en su mansión, abre los ojos y pega un grito “¡viejaaa salimos en el periódico!”... y ya.
3. "Se perderían 500 mil empleos entre los horticultores de Sinaloa: Bátiz".- Bátiz es Raúl Bátiz Guillén (¿será pariente?). Si nos atenemos al censo, en 1990 el 36.7% de las personas en edad de trabajar en Sinaloa lo hacían en el campo y había poco más de dos millones de sinaloenses, podemos asumir que: a) Bátiz se encontraba en estado de ebriedad; b) la edad para trabajar en Sinaloa se redujo o c) la cerveza Pacífico estimula la fertilidad.
4. "Pronostica Serfin bajas de Cetes en todos sus plazos la próxima semana".- Hasta donde entiendo (y no entiendo mucho) un Cete, es algo así como un papelito que le dan a un viejo gritón y que garantiza un rendimiento en determinado plazo. También sé que si los Cetes suben, se me cae el pelo porque la mensualidad de mi casa aumenta. Economía pura.
5. "Abrirá Bancomer 80 sucursales este año; contratará 500 trabajadores".- Desde luego es una buena noticia para los 500 señores que contraten (me imagino a 250 señoritas vestidas como futbolistas brasileños y a 250 jóvenes de corbatita). Sin embargo, mi experiencia más reciente puede servir de ejemplo para categorizar el funcionamiento de una sucursal Bancomer. A las 8:30 antes meridiano, estimulado por presiones maritales y con lagañas en los ojos, me presenté a la sucursal de Bancomer que está en Insurgentes y Cedros. Como no había nadie formado en los pasillitos pasé directamente a una caja para hacer un depósito. La cajera me indicó que tenía que hacer el recorrido completo, es decir, regresar, entrar dar vueltas en el pasillito como carro de carreras (o como pendejo dada la soledad del lugar) y luego llegar a la caja. Por supuesto me negué y en la discutidera, la caja en la que dan las chequeras ya tenía cinco gentes esperando. El misterio es que en el resto de las cajas no había clientes. Pasado veinte minutos llegué a la meta, le di un papelito a la cajera que se fue y regresó diez minutos después (cuándo yo ya había contado todos los mosaicos del techo) diciéndome que mi chequera la entregaría la señorita Isabel. Tomé el papelito y llegué al escritorio de la funcionaria que estaba chacoteando con una amiga. Mi presencia le causó la misma impresión que la que causa un mendigo a las tres de la mañana y así nos quedamos: ellas dos en le desmadre y yo parado como tótem. Al rato llegó un señor muy amable que me atendió, tomó el papelito y regresó con la chequera después de un rato en el que pudo: a) haber ido por la chequera a la sucursal Lindavista; b) desayunar en el Vips; c) leer la edición dominical de Excélsior... salí del banco a las 9:40.
Calidad total.
1. "Sería suicida reducir de 15 a 10% el IVA, según la Contaduría de la SHCP".- Esto lo dijo Gustavo Salinas, miembro de la Contaduría Mayor de la Cámara de Diputados argumentando que lo que hace falta son mayores ingresos. Será que uno es medio güey, pero no alcanzo a entender como se pueden tener mayores ingresos si se pagan más impuestos. En este caso la lectura es simple... ya valió madre.
2. "Prevé Seminis, subsidiaria de La Moderna, ventas por 600 mdd en 96." ¿Qué coños es Seminis? No lo sé, uno intuiría que fabrican palitos para cerillos por su asociación con La Moderna. Sin embargo, el misterio se magnifica cuando se lee que parte de su excedente lo utilizarán para el mejoramiento de semillas. La imagen provocada es la siguiente: el director de Seminis hojea el diario en su mansión, abre los ojos y pega un grito “¡viejaaa salimos en el periódico!”... y ya.
3. "Se perderían 500 mil empleos entre los horticultores de Sinaloa: Bátiz".- Bátiz es Raúl Bátiz Guillén (¿será pariente?). Si nos atenemos al censo, en 1990 el 36.7% de las personas en edad de trabajar en Sinaloa lo hacían en el campo y había poco más de dos millones de sinaloenses, podemos asumir que: a) Bátiz se encontraba en estado de ebriedad; b) la edad para trabajar en Sinaloa se redujo o c) la cerveza Pacífico estimula la fertilidad.
4. "Pronostica Serfin bajas de Cetes en todos sus plazos la próxima semana".- Hasta donde entiendo (y no entiendo mucho) un Cete, es algo así como un papelito que le dan a un viejo gritón y que garantiza un rendimiento en determinado plazo. También sé que si los Cetes suben, se me cae el pelo porque la mensualidad de mi casa aumenta. Economía pura.
5. "Abrirá Bancomer 80 sucursales este año; contratará 500 trabajadores".- Desde luego es una buena noticia para los 500 señores que contraten (me imagino a 250 señoritas vestidas como futbolistas brasileños y a 250 jóvenes de corbatita). Sin embargo, mi experiencia más reciente puede servir de ejemplo para categorizar el funcionamiento de una sucursal Bancomer. A las 8:30 antes meridiano, estimulado por presiones maritales y con lagañas en los ojos, me presenté a la sucursal de Bancomer que está en Insurgentes y Cedros. Como no había nadie formado en los pasillitos pasé directamente a una caja para hacer un depósito. La cajera me indicó que tenía que hacer el recorrido completo, es decir, regresar, entrar dar vueltas en el pasillito como carro de carreras (o como pendejo dada la soledad del lugar) y luego llegar a la caja. Por supuesto me negué y en la discutidera, la caja en la que dan las chequeras ya tenía cinco gentes esperando. El misterio es que en el resto de las cajas no había clientes. Pasado veinte minutos llegué a la meta, le di un papelito a la cajera que se fue y regresó diez minutos después (cuándo yo ya había contado todos los mosaicos del techo) diciéndome que mi chequera la entregaría la señorita Isabel. Tomé el papelito y llegué al escritorio de la funcionaria que estaba chacoteando con una amiga. Mi presencia le causó la misma impresión que la que causa un mendigo a las tres de la mañana y así nos quedamos: ellas dos en le desmadre y yo parado como tótem. Al rato llegó un señor muy amable que me atendió, tomó el papelito y regresó con la chequera después de un rato en el que pudo: a) haber ido por la chequera a la sucursal Lindavista; b) desayunar en el Vips; c) leer la edición dominical de Excélsior... salí del banco a las 9:40.
Calidad total.
viernes, 9 de julio de 2010
La lengua española (El Financiero 1999)
Hablar del congreso de la lengua española en estos días, habla también de mi falta de sentido de la oportunidad periodística, pero dado que el tema me parece fascinante es que lo abordo el día de hoy, ofreciendo anticipadas disculpas para los que no estén de acuerdo y que luego mandan correos electrónicos plagados de peladeces como uno que yo conozco.
Asumo en primer lugar que al congreso asistieron una nube de viejitos pelones que representaban la posición conceptual de mi maestra de español que, a base de madrazos, nos imbuyó la idea de que hay que hablar y escribir correctamente. Para ello los estudiantes éramos obligados a distinguir entre la vaca (un mamífero rumiante que da leche) y el burro (otro mamífero que se destaca por características que no mencionaré por miedo a que mis críticos permanentes insistan en mi vulgaridad). El caso es que había que diferenciar y entonces los escuintles decíamos “vaca” trepando el labio inferior al maxilar superior en un gesto equivalente al de los huachinangos de la Comercial Mexicana, ese gesto, por cierto nadie lo usa hoy y los que lo hacen dan un mal aspecto terrible. Para decir “burro” la recomendación gestual era la de mandarle un beso al éter, so pena de recibir un reglazo. Venían luego los zapatos y las zanahorias, enfrentados a los sopes y los sacos, pasando por las ciruelas y las cerbatanas. Como en todos los casos la primera letra sonaba igual, uno suponía en su ingenuidad infantil que se tendrían que escribir de la misma manera; ¡cuán equivocados estábamos! Pero peor estaba la maestra que creyó, en su ingenuidad adulta, que bastaba que nos explicara para enmendar el asunto. Las sesiones escolares a las doce del día eran tan animadas como un velorio. Ahí estábamos treinta niños con un calor de la chingada y en medio de una nube de moscas, repitiendo que zapato se escribe con “z” para proceder en el examen a escribirlo con “s”, incapacidad conceptual que determinó la caída del cabello de la profesora Baltazar.
Más tarde en mi vida descubrí a otro grupo de gentes clonadas con la misma tijera y que invierten la mitad de su vida en andar jodiendo a sus semejantes con obsesiones tales como que “lapso de tiempo” es redundante o que “evento” no se debe aplicar para una peda entre cuates, etcétera. A mí francamente la imagen que me inspiran estos sacerdotes del culto al idioma es la misma que me producen los sacerdotes de cualquier culto. Los imagino con una vestimenta específica (que puede ser una túnica con un gorrito ridículo) sentados alrededor de una mesa y jalándose los pelos por las tonterías que los mortales dicen o escriben y pensando en estrategias correctivas que tiene su base invariablemente en el regaño. Ay que hueva.
Bien, pues el hecho de que esa nube de viejitos represente una posición del congreso ya me da razones para desconfiar. Sin embargo hay otros elementos desconcertantes, como encontrarme a figurones de la televisión metidos en las discusiones ¿qué habrán dicho? ¿a quién defenderían? Lo ignoro, a lo mejor respaldaron la posición de Capulina en su frase inmortal (“me ache achí”), que por cierto no criticaría por su sintaxis, sino por las terribles implicaciones de que una persona que usa bigote hable como tarado.
En la inaguración Gabriel García Márquez se paró enfrente del rey y del presidente y dijo cosas que sólo se pueden decir enfrente del rey y del presidente cuando se es García Márquez, el punto en realidad es que estoy de acuerdo plenamente con su posición, asunto que ya había manifestado por escrito en esta columna, pero como soy un pelagatos nadie me tiró un lazo, ojalá que ahora que lo dice nada menos que el Premio Nobel sirva de algo.
En fin, supongo que como en todo congreso respetable, los invitados bebieron y chuparon de gorra, algunos se pusieron incróspitos y fueron correteados por los perros de la madrugada zacatecana y otros llegaron a la cama acompañados por gentes que no eran sus parientes.
¿Qué deja el congreso? Seguramente a una empresa organizadora de eventos millonaria, muchas sillas vencidas por el peso de las ideas de sus ocupantes y una que otra estrategia para distinguir a los indistinguibles burros de las vacas. Que así sea.
Asumo en primer lugar que al congreso asistieron una nube de viejitos pelones que representaban la posición conceptual de mi maestra de español que, a base de madrazos, nos imbuyó la idea de que hay que hablar y escribir correctamente. Para ello los estudiantes éramos obligados a distinguir entre la vaca (un mamífero rumiante que da leche) y el burro (otro mamífero que se destaca por características que no mencionaré por miedo a que mis críticos permanentes insistan en mi vulgaridad). El caso es que había que diferenciar y entonces los escuintles decíamos “vaca” trepando el labio inferior al maxilar superior en un gesto equivalente al de los huachinangos de la Comercial Mexicana, ese gesto, por cierto nadie lo usa hoy y los que lo hacen dan un mal aspecto terrible. Para decir “burro” la recomendación gestual era la de mandarle un beso al éter, so pena de recibir un reglazo. Venían luego los zapatos y las zanahorias, enfrentados a los sopes y los sacos, pasando por las ciruelas y las cerbatanas. Como en todos los casos la primera letra sonaba igual, uno suponía en su ingenuidad infantil que se tendrían que escribir de la misma manera; ¡cuán equivocados estábamos! Pero peor estaba la maestra que creyó, en su ingenuidad adulta, que bastaba que nos explicara para enmendar el asunto. Las sesiones escolares a las doce del día eran tan animadas como un velorio. Ahí estábamos treinta niños con un calor de la chingada y en medio de una nube de moscas, repitiendo que zapato se escribe con “z” para proceder en el examen a escribirlo con “s”, incapacidad conceptual que determinó la caída del cabello de la profesora Baltazar.
Más tarde en mi vida descubrí a otro grupo de gentes clonadas con la misma tijera y que invierten la mitad de su vida en andar jodiendo a sus semejantes con obsesiones tales como que “lapso de tiempo” es redundante o que “evento” no se debe aplicar para una peda entre cuates, etcétera. A mí francamente la imagen que me inspiran estos sacerdotes del culto al idioma es la misma que me producen los sacerdotes de cualquier culto. Los imagino con una vestimenta específica (que puede ser una túnica con un gorrito ridículo) sentados alrededor de una mesa y jalándose los pelos por las tonterías que los mortales dicen o escriben y pensando en estrategias correctivas que tiene su base invariablemente en el regaño. Ay que hueva.
Bien, pues el hecho de que esa nube de viejitos represente una posición del congreso ya me da razones para desconfiar. Sin embargo hay otros elementos desconcertantes, como encontrarme a figurones de la televisión metidos en las discusiones ¿qué habrán dicho? ¿a quién defenderían? Lo ignoro, a lo mejor respaldaron la posición de Capulina en su frase inmortal (“me ache achí”), que por cierto no criticaría por su sintaxis, sino por las terribles implicaciones de que una persona que usa bigote hable como tarado.
En la inaguración Gabriel García Márquez se paró enfrente del rey y del presidente y dijo cosas que sólo se pueden decir enfrente del rey y del presidente cuando se es García Márquez, el punto en realidad es que estoy de acuerdo plenamente con su posición, asunto que ya había manifestado por escrito en esta columna, pero como soy un pelagatos nadie me tiró un lazo, ojalá que ahora que lo dice nada menos que el Premio Nobel sirva de algo.
En fin, supongo que como en todo congreso respetable, los invitados bebieron y chuparon de gorra, algunos se pusieron incróspitos y fueron correteados por los perros de la madrugada zacatecana y otros llegaron a la cama acompañados por gentes que no eran sus parientes.
¿Qué deja el congreso? Seguramente a una empresa organizadora de eventos millonaria, muchas sillas vencidas por el peso de las ideas de sus ocupantes y una que otra estrategia para distinguir a los indistinguibles burros de las vacas. Que así sea.
miércoles, 7 de julio de 2010
El Juego del hombre (La Mosca en la Pared 1996)
Cualquiera que no esa estúpido –y de ellos está empedrado el camino del infierno- podrá percatarse que un partido de futbol tiene reglas muy elementales; cada equipo salta a la cancha con once señores vestidos de pantalones cortos, uno de ellos trae una indumentaria diferente que, en algunos casos, recuerda el carnaval de Veracruz. Ése se coloca debajo de los postes y los demás se reparten en el campo. En el momento que otro señor vestido de negro sopla el pito (“sopla el pito” que maravilla), los que tienen el mismo uniforme patean la pelota en una dirección y los otros intentan lo mismo. Como se puede ver no es necesario ser una lumbrera para entender de qué se trata. Pues bien, algo tan elemental ha resultado ser el juego más popular del planeta y ello no puede sino ser una fuente de misterios. Las explicaciones de los sociólogos (que son gente mamona con título para ejercer) se centran justamente en la simpleza del deporte y en lo fácil que resulta que un grupo de escuintles se compre una pelota y se dediquen a patearla como Dios les dio a entender. Es probable, pero también insuficiente, porque ya puestos a elegir es mucho más elemental el boxeo, donde queda claro que el chiste es que uno tire más chingadazos que el otro, si se puede hasta dejarlo sin sentido o de plano medio muerto. Pese a esto, el box no es más popular que el futbol ¿Por qué será?
Otro problema con el futbol es la enorme diferencia en las condiciones que existen para quiénes lo practican profesionalmente y aquellos que son aficionados. Los primeros juegan en pastito, si les dan una madrazo reciben su masajito, ganan la cantidad equivalente para poner alumbrado público en Moroleón y comen tres veces al día. Los segundos practican su afición en canchas que en el mejor de los casos tienen nomás rocas sedimentarias, si se barren pueden olvidar el fémur en la media luna. Cuando se pegan son olvidados por sus compañeros hasta que acabe el partido y entonces son llevados con fractura expuesta a Xoco, donde los terminan de desgraciar. En lugar de recibir dinero, tienen que poner para el arbitraje y en muchos casos para las chelas que reúnen a todos después del juego. Uno pensaría que ante tales diferencias el asunto no debería contar con tantos aficionados y, sin embargo, ahí siguen los llaneros de panza y bigote rompiéndose la madre cada domingo.
El último misterio es quizá el más relevante: ¿por qué la gente se vuelve loca con un partido? Conozco señores que llevan una vida ordenada, le dan de comer a sus hijos y tienen 2.7 relaciones sexuales con su mujer por semana y apenas iniciadas las hostilidades, se pintan cosas en la cara, utilizan sombreros ridículos, salen a la calle mentando madres y con ganas de violar doncellas y enarbolan la bandera nacional con un patriotismo que su maestra de quinto de primaria nunca logró imbuir.
En fin, el futbol es un asunto metafísico que no se puede explicar racionalmente, por eso te digo mi querido chavo (siempre he asumido que los que leen este espacio son jóvenes medio cabronsones) que la próxima vez que tu equipo favorito llegue a la final, aprovecha para dar de gritos a lo buey, en lugar de intentar explicaciones de hueva como las que emprendí el día de hoy. Abur.
Otro problema con el futbol es la enorme diferencia en las condiciones que existen para quiénes lo practican profesionalmente y aquellos que son aficionados. Los primeros juegan en pastito, si les dan una madrazo reciben su masajito, ganan la cantidad equivalente para poner alumbrado público en Moroleón y comen tres veces al día. Los segundos practican su afición en canchas que en el mejor de los casos tienen nomás rocas sedimentarias, si se barren pueden olvidar el fémur en la media luna. Cuando se pegan son olvidados por sus compañeros hasta que acabe el partido y entonces son llevados con fractura expuesta a Xoco, donde los terminan de desgraciar. En lugar de recibir dinero, tienen que poner para el arbitraje y en muchos casos para las chelas que reúnen a todos después del juego. Uno pensaría que ante tales diferencias el asunto no debería contar con tantos aficionados y, sin embargo, ahí siguen los llaneros de panza y bigote rompiéndose la madre cada domingo.
El último misterio es quizá el más relevante: ¿por qué la gente se vuelve loca con un partido? Conozco señores que llevan una vida ordenada, le dan de comer a sus hijos y tienen 2.7 relaciones sexuales con su mujer por semana y apenas iniciadas las hostilidades, se pintan cosas en la cara, utilizan sombreros ridículos, salen a la calle mentando madres y con ganas de violar doncellas y enarbolan la bandera nacional con un patriotismo que su maestra de quinto de primaria nunca logró imbuir.
En fin, el futbol es un asunto metafísico que no se puede explicar racionalmente, por eso te digo mi querido chavo (siempre he asumido que los que leen este espacio son jóvenes medio cabronsones) que la próxima vez que tu equipo favorito llegue a la final, aprovecha para dar de gritos a lo buey, en lugar de intentar explicaciones de hueva como las que emprendí el día de hoy. Abur.
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