lunes, 5 de julio de 2010

La ociosidad convertida en virtud (Nexos, 2008)

Que bonito es no hacer nada y después de no hacer nada descansar…Alex Lora y el Tri de México.
Las crónicas antiguas siempre me dejan una imagen de placidez envidiable. Imagino a nuestros antepasados gozando de il dolce far niente sin sofocos y en paz. Daría un dedo de mi mano izquierda por alojarme e Villa Diodati, como lo hizo Byron todo el verano de 1816 en la noble compañía de John Polidori, Percy y Mary Shelley para jugar a los cuentos de terror. Pero ya no es así…
Milán Kundera en su libro “La lentitud” nos regala una crónica que ilustra los demonios de la prisa moderna y describe como un conductor de ojos inyectados intenta rebasarlo en una carretera para llegar antes que él a algún destino anónimo. La frase maldita “la ociosidad es madre de todos los vicios” se convirtió en la premoderna filosofía de una nube empresarial vanguardista y bien peinada que considera al tiempo, oro, a la rapidez virtud y a todo aquel que pasa una tarde de descanso leyendo un libro una cigarra que merecerá el peor de los inviernos (e infiernos) posibles.
Encontrar alguna actividad -la que sea- en la cual simplemente no hacer nada se convierte en una estrategia de éxito es para mí equivalente al hallazgo del tesoro de Tutankamón y este hallazgo me lo acaba de brindar un ámbito impensable…el del futbol.
Seguramente los dioses del estadio estaban de un humor de los demonios con uno de sus hijos predilectos la noche del 4 de julio de 1999. Se enfrentaban Argentina y Colombia en la primera ronda de la copa América en Paraguay. Exactamente a los cinco minutos de juego se marcó un penal a favor de los albicelestes, Martín Palermo tomó la pelota con gesto torero y lanzó un disparo que se zarandeó el travesaño colombiano. Hasta ahí nada anómalo. Sin embargo, los hados estaban sueltos; el árbitro paraguayo Ubaldo Aquino decretó dos penales consecutivos en favor de Colombia, el primero se convirtió en gol y el segundo fue atajado por el portero Burgos…1-0. Nuevamente los colombianos cometieron un penal en la segunda parte del juego; Palermo, inspirado en el bueno, el malo y el feo y en plan Lee Van Cleff, tomó la pelota. Esta vez su disparo se fue muy por arriba de la portería. Los acontecimientos se precipitaron y Colombia liquidó el partido anotando un par de goles más. Sin embargo hasta los dioses tiene compasión y en el minuto noventa, se marcó el tercer tiro penal de la noche para Argentina. Palermo con un gesto ligeramente exasperado puso la pelota en el manchón de penalti y nadie protestó. Tomó impulso y disparó hacia la meta…por supuesto falló, esta vez debido a la intervención del guardameta, un viejo conocido de nombre Miguel Calero.
Hay quien dice que todo lo que nos rodea es una ciencia exacta, aparentemente el futbol y los penales no son la excepción. Diversos investigadores respetables han hecho mediciones varias para estimar cuáles son los factores que determinan el éxito o el fracaso del fusilamiento futbolístico. Los penaltis se cobran a una distancia de 36 pies (10.97 m) de la portería y en promedio alcanzan una velocidad de 100 kilómetros por hora, lo que le deja al portero dos décimas de segundo para reaccionar. Si a esto agregamos que la portería mide reglamentariamente 7.32m de ancho por 2.44m de alto, parecería entonces que hay que tener muy mala pata (tómese la frase anterior de manera literal) para fallar un disparo de castigo. Sin embargo el 20% de los penales cobrados son actos fallidos (o el 100% si se trata de una mala noche como la de Palermo).
Entre las variables que explican la probabilidad de que un penalti se acierte se encuentran algunas evidentes como la presión. No es lo mismo cobrar la pena máxima para definir un campeonato del mundo y fallar como lo hizo el italiano Roberto Baggio en la final de la copa del mundo de Estados Unidos, a ejecutar un penalti cuando el marcador nos favorece 4-0. Un segundo elemento se relaciona con la proporción en el cuerpo de oxígeno y ácido láctico (la sustancia que se produce por fatiga muscular). Influye también el rendimiento del jugador que dispara durante el partido (tendrá más presión si no ha sido muy acertado) y también la justicia en el cobro de la falta. El inglés Robbie Fowler, por ejemplo, durante un partido entre su equipo el Liverpool y el Arsenal le hizo ver al árbitro que el penalti que se había marcado en su favor era injusto, ante la negativa del nazareno por enmendar la falla, Fowler disparó un caracol deliberado a las manos del portero David Seaman y se ganó un espacio entre los emperadores del fair play.
Ofer Azar es profesor de la escuela de administración en la universidad Ben Gurion en Israel. Su especialidad es la toma de decisiones y recientemente publicó un artículo en la revista Journal of economic psichology cuyas conclusiones se pueden resumir de la siguiente manera. En el caso de un portero que enfrenta a un tirador la mejor estrategia es no hacer absolutamente nada y quedarse quieto ya que ello maximiza sus probabilidades de atajarlo. El profesor Azar –al que le interesan los factores que determinan una decisión determinada más que el futbol- preparó este trabajo para responder a las críticas de los economistas clásicos que frecuentemente cuestionan los experimentos acerca de la influencia de las emociones en la toma de decisiones financieras debido a que no involucran recompensas monetarias significativas. Al respecto de los cancerberos Azar comenta: “los porteros enfrentan cotidianamente tiros de penalti así que no solo son tomadores de decisiones altamente motivados, sino con mucha experiencia”
El trabajo es simple; los investigadores analizaron 311 penales de las principales ligas europeas y clasificaron a los porteros en los que se tiran a la derecha, a la izquierda o se quedan en el centro. Luego estimaron cuál opción maximizaba sus posibilidades de atajar el balón. Quedarse en el centro arrojó un sorprendente 33.3% contra 14.2% a la izquierda y 12.6% a la derecha. Sin embargo –y aquí entra la belleza del estudio- los porteros se quedaron en el centro solo 6.3% de las veces.
¿Por qué –se preguntaría uno con toda justicia- los guardametas se lanzan en contra de las probabilidades? La respuesta tiene que ver nuevamente con el castigo a la inamovilidad. Un portero que no se lanza en alguna dirección y recibe un gol es tachado como inepto o débil. Los mismos investigadores entrevistaron personalmente a 32 arqueros de la liga israelí y todos ellos declararon que se sentían muy mal ante los espectadores si les era anotado un gol sin que hicieran nada, uno de ellos dijo inclusive que “no quería parecer un tonto”. Después de todo nadie los va a culpar si la pelota entra y sí en cambio, si adoptan una actitud aparentemente pazguata, aunque esta sea su mejor probabilidad.
Los alcances del estudio son más amplios, por supuesto. Parece ser que la opción de la acción sobre la inacción juega un papel muy importante en las decisiones económicas; cuando la economía se encuentra a la baja muchos tomadores de decisiones prefieren tomar medidas riesgosas con el fin de generar la percepción de que “hicieron algo” así si las cosas salen mal ese podrá ser un atenuante, en cambio si no se hace nada y las cosas salen igual de mal vendrá una avalancha de críticas
Si revisamos con atención a nuestros políticos será evidente la sanción social asociada a la inacción. Miguel de la Madrid nunca se recuperó ante el pueblo de México de la imagen de hombre gris que sufrió un pasmo durante el terremoto de 1985. Felipe Calderón ha sido frecuentemente criticado por su falta de iniciativas y Miguel Mejía Barón llevará toda la vida la loza a cuestas de no realizar los cambios pertinentes en el mundial de futbol de Estados Unidos cuando la Nación rezaba por un gol ante Bulgaria. El mensaje parece ser claro y determinante: “hagan algo o renuncien”
Es pues un mundo desdichado en el que si uno no muestra determinación, rapidez para tomar decisiones, audacia y capacidad de riesgo estará condenado a las mazmorras de la mediocridad, por lo menos en la percepción del imaginario colectivo. Desde esas mazmorras lanzo este lamento renunciando a recomendarle a Memo Ochoa que en el próximo partido de la selección nacional y en el momento que Torrado (sería el más probable) cometa un penalti, se quede quieto… sé que no me hará caso.

sábado, 3 de julio de 2010

Las disculpas (El Financiero 2005) ¿Se acuerdan de este sainete?

Alguna vez cuando era infante, fui –a rastras- a casa del niño Juanito que era un verdadero hijo de la chingada. Mis padres me obligaban a convivir con él por motivos misteriosos ya que el infante era la reencarnación del conde Drácula. Aquella ocasión en el sorprendente lapso de 60 minutos Juanito logró las siguientes proezas: a) hizo mierda el vidrio delantero del auto de su señor padre por medio de un certero ladrillazo, b) torturó a una lagartija, c) se clavó 10 pesos (un Potosí) de la bolsa de su señora madre, d) le dio un balonazo en los testículos a un señor que era jardinero y e) me clavó un tubo de vidrio proveniente de su juego de química debajo de la lengua. La visión se me nubló y empecé a escupir pedazos de vidrio y tejido epitelial mientras la madre robada (que era muy pendeja) en lugar de llevarme al hospital, que era lo que correspondía, se puso a gritarle al niño “¡discúlpate! ¡discúlpate!”. Por supuesto para mí las pinches disculpas tenían la misma relevancia que el número de Avogadro. Sin embargo, lo notable nada tenía que ver con la estupidez congénita de la señora Juanito, sino con la respuesta que recibió de parte de su hijo: “ni madre” –dijo- con dignidad imperial dio la vuelta y se fue.
Hoy, a la luz de los años y con media lengua menos, descubro con sorpresa que estoy dispuesto a suscribir la negativa a disculparse de Juanito ya que me parece que el asunto de exigirla es completamente imbécil y me dispongo a documentar mi dicho en las siguientes líneas, querido lector.
Normalmente quién pide la satisfacción es alguien que está muy molesto por alguna razón definida, es frecuente también que el causante del agravio se niegue a hacerlo y si lo hace será con la boca chueca porque a nadie le gusta que lo anden acosando para echarle en cara sus errores. En consecuencia la disculpa acaba siendo un acto de mediación hipócrita en el que la parte ofendida recibe éter y la parte agresora no siente lo que expresa, pero en fin. En mi boda, por ejemplo, un amigo muy querido se orinó en los rododendros, al percatarme lo menos que se me ocurrió fue exigirle una satisfacción (asunto poco práctico y eficiente) lo que hice fue sacarlo a orinar a la calle y santas pascuas. Por todo lo anterior es que me parece notabilísima la más reciente disputa entre México y Venezuela.
En primer lugar está el tema de la piel sensible; el hecho de que un señor que a las leguas se ve que es muy ignorante, le diga a nuestro presidente “cachorro del imperio”, no solo es cursi, sino que me da poco menos que lo mismo. En cambio, la reacción de nuestro gobierno es ejemplarmente inepta; primero, no se reconoce que el ciudadano Fox lanzó la primera piedra, segundo, se argumenta histéricamente acerca de “un insulto al pueblo de México” (yo honestamente no me di por aludido), tercero, en lugar de mandar traer al embajador venezolano y decirle “haga favor de decirle a su presidente que no se lleve”, se exige una disculpa que cualquier idiota sabe que no llegará y posteriormente se logra el prodigio de que nos envíen doblemente al carajo mandándonos decir que ya podemos esperar sentados. El hecho de dar plazos perentorios de amenazar bravuconamente para luego recular, no son más que un par de botones de muestra de lo inútiles que somos para estas cosas.
¿Quién toma estas decisiones? ¿Quién las suscribe? En cinco años hemos logrado el prodigio de apestar relaciones con tres países y no lograr ni una migaja migratoria. Todo –me parece- por no seguir el precepto histórico de la política exterior mexicana que supone, de manera básica, no meterse en lo que no le importa a uno.
El asunto de la disculpa ya devino en vodevil y día con día las posiciones de los dos gobiernos reflejan la misma madurez con la que cuenta mi hijo, el niño Frijol, nomás que él tiene nueve años y es un poquito más listo que los talentos cazados para nuestra fatalidad por los head hunters a principios del sexenio.

jueves, 1 de julio de 2010

Nada de sexo por favor (El Financiero (2002)

En mis tiempos la clase relativa al sexo iniciaba invariablemente con un espermatozoide fecundando a un óvulo. El profesor Talamantes -que a lo largo de su carrera docente dio innumerables prendas de su pendejez- respiraba profundamente y nos decía cosas incomprensibles acerca del viaje del esperma, de las barreras químicas del óvulo y de la formación del cigoto; algo que se parecía a los tres días a una mora o a la cara del un señor cacarizo y que pasados nueve meses se convertía en un infante. En ese instante todos nos quedábamos demudados ante la certeza de un conocimiento terrible, sin embargo la pregunta era obligada: ¿cómo había llegado ese espermatozoide a la zona referida? Misterio. Dado que nadie se atrevió a preguntar, la respuesta a tan candente pregunta llegó en formas diversas: a) el niño Toño del Castillo se enteró cuando le cayó a sus padres en el acto; b) el niño Aréchiga en la visita familiar al rancho presenció a las fuerzas de la naturaleza manifestarse por medio de una cópula descomunal entre dos caballos y sacó sus propias conclusiones; c) la niña Marín se embarazó y d) un servidor se dio cuenta de que algo había cambiado el día que vio la telenovela Rubí y en ella los senos de Fanny Cano, que produjeron una respuesta hasta entonces desconocida.
El autodidactismo, señoras y señores.
Hoy los tiempos han cambiado y de los padres lo menos que se espera es que en el momento indicado traguen saliva y les expliquen a sus retoños que en este mundo traidor a la gente -salvo la excepción de algunos curas- le da por conocerse en el sentido bíblico y para que tan noble fin se cumpla han sido dotados de ciertas características. Hasta ahí todos de acuerdo, sin embargo, una reciente polémica ha llamado mi atención; existe gente dispuesta a darse de golpes para discutir si la iglesia debe dar orientación sexual y sobre el punto aportaré mi modestísima opinión.
En principio debo decir que me resulta muy difícil confiar de señores que usan túnicas y viven regañando al prójimo para que evite las tentaciones. El papel que la Iglesia ha tenido en el avance de las ideas y de las libertades es equivalente al de Pinochet en el terreno de los derechos humanos; ¿qué la tierra gira alrededor del sol? Madres ¿qué las especies evolucionan? Madres ¿qué las mujeres quieren evitar embarazos por medio de pastillas? Madres y recontramadres. Para tener un referente más moderno le contaré que hace unos días los estudiantes adolescentes de una escuela de Turín hicieron un referéndum para colocar una máquina expendedora de condones en su centro educativo y así evitar el sida. La respuesta del L´Osservatore Romano (órgano oficial del Vaticano) fue que esa idea era “un incentivo para ser esclavos del sexo”... Dios mío.
En este país hemos tenido ya bastantes muestras del desengrane neuronal que sufren algunos grupos ligados a la Iglesia. Recordemos por ejemplo a la muchacha de senos atónitos (García Márquez dixit) que fue obligada a vestirse por mandato de algún cabeza de chorlito (me gusta, cabeza de chorlito), o a los alcaldes babosos que prohíben minifaldas, o a las viejas chotas que se escandalizan cuando oyen la palabra condón (condón, condón, condón, para que sufran). En ese contexto, la propuesta del arzobispado de tratar temas de sexualidad la encuentro rarísima e incomprensible. Sin embargo, si uno no es llevado de la mala vida debería regocijarse de que los eclesiásticos se estén sacudiendo las telarañas medievales y se integren a una discusión que es impostergable. Porque un mundo en el que el sexo es para procrear, en el que no se puede voltear a ver al prójimo con cierta intensidad o en el que hay que sacudirse los malos pensamientos por el temor de que venga un tipo en calzones y patas de cabra a llevarnos al infierno, simplemente ya no existe... corrijo, existe sólo en la cabeza de un puñado de señores que, si pudieran, se reproducirían por esporulación. En fin, bienven(d)ida la propuesta y a ver que pasa.
Quiero hacer notar, finalmente, que en este artículo no critiqué a los tarados de Pro Vida para que luego no me anden reclamando. Abur.

lunes, 28 de junio de 2010

Chilangolandia (El Financiero 1996)

En principio cuesta trabajo entender cómo un señor que nació en Anenecuilco el Alto puede odiar con toda su alma a su paisano de Anenecuilco el Bajo, nomás porque quiso el destino que los separara el Río de los Perros. Sin embargo, así sucede y, lo que es peor, la tendencia es mundial. Prácticamente en todo el planeta los terrícolas se han dedicado alegremente a darse en la madre con sus semejantes por motivos muy diversos que casi siempre tienen que ver con que no les da la gana integrarse. Las razones sobran: en España los catalanes reaccionaron a los vetos que les impuso ese gran cerdo que fue el general Franco. En Estados Unidos les ha preocupado toda la vida que señores que no tienen los dientes rubios gocen de los privilegios del sueño americano... y así nos seguimos.
En México, más allá de nuestra --aparentemente inevitable-- tendencia a tratar a los pueblos indígenas como el cabo Rusty trataba a su mascota (o peor), el asunto tiene un peculiar matiz que es el de los chilangos. Un chilango (en la modesta opinión de nuestros vecinos de toda la República) es un ser gordo, soberbio y prepotente que llega a su región con una actitud equivalente a la de Hernán Cortés cuando visitaba sus feudos; todo le perece pueblo y se desespera porque no hay treinta cines y dieciocho estéticas caninas. En síntesis: es un mamonazo (que por cierto habla como Pepe el Toro).

Es muy probable que la visión sea justa. Sin embargo, no es pareja. Evidentemente todo aquel que crea que el nacer en la ciudad de México representa alguna superioridad sobre los demás no puede ser otra cosa que un pendejo, y el asumir que todos los chilangos lo somos me parecería un exceso (aunque tengo una lista bastante amplia de paisanos que efectivamente se manejan con una imbecilidad ejemplar).

El Distrito Federal es una ciudad que se llenó a base de inmigrantes, yo mismo soy hijo de un chiapaneco y una guatemalteca (a la que le mando un saludo) y este origen (creo) nos da una visión en la que nuestros compatriotas no son vistos como jijos de la mala vida. En cambio cuando uno viaja al interior de la República se encuentra con actitudes recelosas en el mejor de los casos, o de franca violencia en el peor. Ya he narrado en algún lugar cómo una vez, comiendo tacos de panza de perro con Javier Aguirre en la ciudad de Guadalajara, se nos acercaron dos judiciales con la saludable misión de ponernos en la madre nomás porque les caían gordos los nacidos en esta noble capital. Evitamos la madrina actuando con una actitud que en aquel momento juzgué rastrera (miramos fijamente al suelo como si ahí estuviera Demi Moore encuerada) pero hoy, con el asunto filtrado por la pátina del tiempo, sé que me permitió conservar los veinticuatro dientes que aún poseo.
El problema tiene su origen, además de la obvia asimetría en la distribución de bienes y servicios, en la enorme susceptibilidad con que se maneja la honra. El asunto consiste en defender al país, al estado, al municipio o a los colores del equipo de futbol de la tlapalería. Nos parece terrible, por ejemplo, que un senador gringo (en general un marranazo) diga que somos corruptos, que no es otra cosa que la verdad. Al mismo nivel y en otra escala es lo mismo que si alguien tiene la infeliz ocurrencia de declarar que San Juan de las Pitas es horrible o que fue a Jingüenécuaro y se comió una cochinita que lo dejó ciego. Podremos esperar los respectivos actos de desagravio, que en el último caso podrían consistir en una manifestación encabezada por puerquitos bien cebados.
¿A dónde nos lleva este encono? Evidentemente a ningún lado que no sea la sensación del ridículo ajeno cuando se observa que en el momento de mencionar el nombre del estado natal de algún señor, éste siente la imperiosa necesidad de gritar y aventar el sombrero para arriba (que es lo que hacemos los mexicanos en el extranjero).

Hago, pues, desde esta humilde tribuna un llamado a la reconciliación nacional, no movido por la hermandad sino por la necesidad que tengo de viajar con frecuencia y la comprensible expectativa de conservar la dentadura aunque sea hasta los cuarenta años.

viernes, 25 de junio de 2010

Este artículo se negó a publicarlo Víctor Roura bajo el argumento de que "a nadie le gustaba que le dijeran que trabaja en casa de la chingada" Diosss

“Lo difícil no es trabajar…la bronca es cobrar por lo que se trabaja” dijo alguna vez un tío y me dejó como los monolitos de la Isla de Pascua ya que no entendí de que carajo hablaba. Sin embargo, en fechas recientes he tenido la oportunidad de valorar la frase de marras y (con lágrimas en los ojos) reconocer lo certera que era.
Los mexicanos somos una raza desorganizada, voluble y en criterios administrativos insondable, no sé por qué, ni tengo el remedio. Sin embargo, me parece que los ejemplos que citaré a continuación son perlas que ofrezco en forma de analgésico a todos aquellos señores que se dedican a la cobranza y que cuentan desde hoy con mi más rendida solidaridad.
Como se sabe entre actividades varias me dedico a escribir y lo hago en diversos medios, bien en todos ellos el asunto de la cobrada es más difícil que la recuperación del vellocino de oro por parte de Jasón y sus argonautas. Permítame, querido lector, asestarle tres ejemplos tres. Omitiré de qué medios se trata, no vaya ser que encuentre almas susceptibles y no vuelva a cobrar nunca.
Ejemplo 1.- Me explican que uno debe ir a la revista los días jueves para revisar cuántos artículos ha escrito y en consecuencia hacer el recibo correspondiente que se entrega ese día para cobrar el viernes. Me parece anómalo y le digo a la señorita que si no sería más fácil que por teléfono ella me diera esta información el jueves y entonces yo entrego mi recibo a cambio de un cheque el viernes. Responde que no y yo (un alma en pena) llego el día jueves a la hora señalada. La misma señorita me dice que “esa semana los recibos se entregaban el miércoles” y me señala un pegote en la ventana que dice lo mismo que ella. Parpadeo y le pregunto –con cierta lógica- que cómo chingados podía haber leído el letrero antes del miércoles si me citaron el jueves. ¿Conclusión? Una derrota total que me hizo regresar la semana siguiente a cobrar con la cola entre las patas y que se agravó por un correo del director de la revista diciéndome que “mi recibo (dictado por la señorita simpatía) estaba mal llenado”.
Ejemplo 2.- “Aquí se cobra el segundo viernes de cada mes de 3 a 5” fue el desmoralizante comentario del responsable de administración del segundo medio. Bien considerando que un mes tiene en promedio veinte días hábiles con ocho horas laborables, podemos concluir sin apasionamientos que de las 160 horas hábiles, este medio concede dos al pago de los servicios de sus colaboradores lo que representa el 1.2% del tiempo total. Asumida la equitativa ecuación me encamino al medio (en casa de la chingada) me formo en una fila atrás de un señor que dice que es colaborador. Llega su turno y la cajera le dice “hoy no salieron los cheques”. Para mi sorpresa replica muy conforme “muy bien, vuelvo la semana que viene” y me deja con la misma cara que tenía Emilia Guiú el día que le anunciaron que su hija era negra.
Ejemplo 3.- En este caso hay tecnología; se trata de llenar una papeleta en la que uno tiene que decir qué día escribió, cómo se llamó el artículo, en qué página salió y cuánto va a cobrar por él (solo les falta preguntar la capital de Corea del Norte), aquí hay que ir los lunes y prepararse para enfrentar al señor de la puerta del que empiezo a sospechar que tiene una forma benigna de retardo mental. Llegó, me recibe, le explico que vengo a dejar un recibo y responde “eso es en cajas”. Entonces llama y me dice imperturbable “no hay nadie”. Por supuesto mi paciencia (que siempre ha sido poca) se desborda y le explico, a mi vez que son las doce del día, que es hora laborable y que tiene que haber alguien: “no hay nadie” es la respuesta. Le pregunto el teléfono del periódico, me lo da, marco de mi celular, me comunico con una persona que me da su extensión, se la repito al guardia que está enfrente de mí, la marca y finalmente paso, pero ya muy vencido ante tanta calamidad administrativa que –créame, querido lector- me está matando.