miércoles, 9 de junio de 2010

Cuerpo sano (El Financiero 2003)

El otro día me vi para desayunar con mi amigo Hugo, en uno de esos lugares posmodernos que ofrecen a sus comensales nomás cosas sanas bajo la premisa de que somos una sociedad tirada a la molicie y a la perdición y que nadie puede vivir setenta años si se empaca una pancita o una birria para iniciar el día.
El efecto es notable por donde se le quiera ver ya que, por ejemplo, a la hora de ver la lista de jugos me encontré con opciones muy imaginativas pero que yo no tomaría ni amarrado y que supongo pueden hacer vomitar a un buitre. Así se producen mezclas bastardas como la de jugo de tomate con apio y betabel, o zanahoria con atún. Luego están los platos que declaran su componente calórico para que aquel que los ingiere no sufra culpas. Me imagino al desayunante retorciéndose las manos mientras define si la torta de tamal lo puede llevar tempranamente a la tumba.
Pues en esas estábamos, yo con los huevos motuleños y Hugo comiendo no sé qué cuando nos trajeron un folleto de propaganda que es notable por donde se le quiera ver. En primer lugar está el diseño y la selección del color; por el anverso se anuncia a una planta cosechada de trigo y sus efectos benéficos en el cuerpo, el problema es que este anuncio se realiza por medio de tonos verdes y amarillos cuyo primer y paradójico efecto es nocivo ya que los pinches colores desmadran los bastones retinianos. En el reverso se aprecia una hoja verde en blanco por lo que uno sospecha que ya se quedó ciego, sin embargo observando con más atención se descubren letras del mismo color que el fondo lo que sugiere la hipótesis de que el diseñador es: a) un monstruo perverso que disfruta con estas chingaderas, b) un genio de la mercadotecnia ya que le hace pensar a la gente que no ve nada y le da el producto necesario para corregir el desperfecto, c) un imbécil.
Ya con mi lupa pude determinar el efecto positivo del producto anunciado y resultó también notable. En primer lugar nos ayuda a destoxificar el cuerpo de todo depósito de drogas y metales pesados como el plomo, el mercurio y el aluminio. En ese momento me imaginé el éxito potencial entre diversos gremios, particularmente entre la numerosa población que se alimenta de defensas de coche chocado o de varilla de albañil.
Luego se nos anuncia que el producto en cuestión ayuda a disolver cicatrices formadas en los pulmones por respirar porquerías. Lo anterior entraña un misterio ya que uno supondría que las cicatrices son una cosa que hay que eliminar cuando aparecen en la cara producto de un charrascazo, pero ¿los pulmones? ¿es estética la idea? ¿es terapéutica? En este momento estoy tratando de averiguar al tacto si tengo tales marcas de la vida en los pulmones y la verdad es que no sé.
El panfleto dice: “contiene muchas propiedades antienvejecedoras. Por su alto nivel nutricional, por ser un alimento completo y por su habilidad para sostener la vida no es de extrañarse que sea el más efectivo para la regeneración del cuerpo y la extensión de la vida”. Pues será de no extrañarse pero el párrafo anterior lo creeré el día que el dueño de la compañía cumpla 114 años. Antes no.
Hay un párrafo particularmente escalofriante que dice a la letra: “Sirve para lavar los ojos, encías, nariz y dientes, aplicado rectalmente contribuye a limpiar y a sanar el intestino largo”. Supongo que los científicos involucrados se refieren al intestino grueso, pero francamente eso es lo de menos, lo que realmente me preocupa es el método de aplicación ya que no entra en detalles y honestamente no me imagino la forma de aplicarme esta maravilla y a como van las cosas prefiero a mi intestino sufriendo que a entrar en averiguatas.
El colofón extraordinario a este marketing, lo dio el mesero que se acercó cuando nos descubrió leyendo el folleto y más o menos dijo: “es buenísimo, yo ya lo probé”. Le preguntamos por los resultados y respondió: “lo tuve que dejar de tomar porque me sentí un poco mal, pero es buenísimo”.
Salimos a la calle, Hugo rumbo a una boda y yo a escribir este artículo, mientras trato de leer más recomendaciones.

lunes, 7 de junio de 2010

Confieso que no he leído (El Financiero 2002)

El primer poema (que también fue el último) escrito por un servidor iniciaba de la siguiente manera: “El granjero está contento y las vacas hacen muuu”. La influencia de este arrebato lírico se debía a la pluma de un puñado de nobles hombres que dedicaban su vida a escribir versitos para los libros de primaria. Por algún misterio zoológico todos los poemas se relacionaban con vacas, chivos y sapitos glo-glo-glo.
El día que presenté ante la comunidad escolar mi pieza poética causé diversos efectos que variaron en un espectro comprendido entre la estupefacción, el azoro y las sonrisas conmiserativas. Sin embargo, la crítica más justa la asestó un compañerito escolar de nombre Arturo Villegas (a) El Tololón, que en el momento que terminé se acercó y me dijo “está muy tarado”.
Me retiré.
La verdad y a riesgo de ser considerado un ignorante con sensibilidad de tamal, es que nunca he sentido la necesidad de correr a una librería y comprarme el poemario de nadie. Jamás percibí que supusiera una ventaja en el arte de la seducción instalarme al lado de una muchachona y empezar a recitar: “Me gustas cuando callas...”. En realidad una vez sentado en una café con una mujer que yo creí en perfecto uso de razón hasta ese momento, escuché diez minutos de su último poema y pasé un papelazo con el mesero porque ella además de leer subía la voz en los momentos culminantes mientras yo la veía como se mira a una plaga de langosta.
Mi más estrecha relación con la poseía ocurrió durante la infancia debido a que al sonar las tres de la mañana los amigos de mi padre (una bola de señores muy inteligentes, pero muy pedotes), iniciaban la declamación de poemas hasta que los vecinos llamaban a la policía mientras ladraban los perros de la madrugada.
Hablar de lo que uno no sabe (ejercicio que he cumplido puntualmente en esta columna a lo largo de casi seis años) entraña ciertos riesgos; el más conspicuo es que alguien se encabrone y mande cartas que dicen: “¡pero como es posible!”. Ni modo, hoy quiero hablar de mi propia tipología poética que se compone, según yo, de varias opciones.
En primer lugar están los poemas ortodoxos en los que si uno concluye la primera frase con la palabra “antediluviano”, deberá usar en la tercera frase la palabra “mano” y es cosa de seguirse. Otra característica es que se deben usar palabras cuyo significado desconozca el 75% de la población, se recomiendan: “ebúrnea, prístina y mastigofora” (como estarán las palabritas que el corrector ortográfico de mi computadora pensó que me había vuelto loco).
Otra categoría es la de los poemas que enseñan en la primaria y que luego a algún viejo pendejo le da por recitar en quince años, bodas o tertulias. Las principales características de estas piezas literarias consisten en que son casi siempre unos tragediones terribles (una tertulia de borrachos se acuerda de su madre, un niño imbécil llamado Paquito dejará de hace travesuras o un actor inglés ira a ver al doctor porque pasa por una depresión fatal). La segunda característica es que los que declaman mueven las manos y pelan los ojos... Es horrible.
La tercera opción es más moderna y se distingue por dos razones muy claras; la primera es que a veces el asunto se vuelve incomprensible y se dicen cosas como: “busco mi sombra, sol, luna ¿te has ido?” y entonces uno no sabe si lo que se fue es el sol, la luna o la inspiración del autor. La segunda propiedad de los poemas modernos es que se considera elegante escribirlos dejando espacios deliberados y entonces se puede leer: "Cae la tarde
Caes tú."
En fin, no quiero que se piense que esta colaboración se encamina a estigmatizar a la poesía y a los poetas. De hecho siempre he creído que cada quien se dedica a lo que le da la gana y si a alguien le da por hacer versitos pues estupendo. Después de todo, yo mismo cada que tomo tres güisquis, me encasqueto una cachucha, pongo el ojo tuerto, subo a una mesa y me arranco: “con diez cañones por banda, viento en popa a toda vela...”
Hasta que me quedo solo.

sábado, 5 de junio de 2010

Las ventajas del no (El Financiero 2001)

Los mexicanos somos un pueblo al que por algún misterio le da vergüenza decir no y ésta falta de asertividad es una fuente de desgracias infinitas; lo primero que se me ocurre es una oficina en la que hay un grupo de señores encorbatados que visitan a otro señor, que es el que corta el chicharrón. Normalmente estas visitas vienen acompañadas con una maqueta de cuatro por cuatro en la que pueden ser representados varios proyectos tales como una bodega para carros de paletas, una estatua del prócer de moda en escala 1:50 o un edificio igualito al Partenón, nomás que en Topilejo. El que decide asiente, se agarra la barba y regularmente declara cosas como que el asunto es muy interesante o que se trata de un proyectazo, acto seguido, el tomador de decisiones tira el proyecto a la basura y los de corbatita se llevan la maqueta y la ponen en una bodega de la que será rescatada en el año 3015 por los futuros antropólogos que se preguntarán acerca de qué carajos es eso.
Otra forma de desgracias la encontramos en cualquier tipo de taller en el preciso momento que uno le pregunta al encargado si lo que se le ha encargado tiene una solución sencilla y rápida. En ese momento se reciben respuestas que pueden variar pero que inequívocamente hablan de la simplicidad y de la rapidez. Uno se va muy confiado y exactamente en tres semanas vienen los encabronamientos debido a que nuestro buen amigo descubrió novedades tales como que faltaba analizar el cigüeñal o que el presupuesto no da debido a que están muy caros los materiales. El proceso se convierte en un descenso al infierno, el maestro se acaba escondiendo y uno aceptando el sometimiento ante las fuerzas del destino. Al mes lo que se decide es ir a la Profeco y a los dos meses iniciar el rezo del rosario todos lo jueves. El asunto se soluciona el día menos pensado y siempre por azar.
La tercera forma que encuentro se halla dentro del controvertido mercado editorial. Una vez escribí un libro y se lo llevé a Rafael Pérez Gay, que en ese momento era el editor de Cal y Arena. Me recibió muy amable y prometió estudiar el material. Después de varios meses y cuando daba el asunto por perdido me dio la sorpresiva noticia de que el libro sería publicado. La sorpresa consistió en que lo que había dicho nada tenía que ver con su intención. A lo largo de los años recibí una serie de argumentos que tenían que ver con: a) el karma, b) lo flojo del mercado, c) una revisión que estaban haciendo dos a los que no tengo el gusto, d) un cambio de colección. Tanto jodí (sospecho que su secretaria y yo nos enamoramos por teléfono) y tanto me esquivó que un día me dijo que el libro estaba en galeras; serían romanas porque no lo volví a ver y a mi libro menos. Y todo por no decir no.
El último ejemplo funciona exactamente al revés ya que tiene que ver con la incapacidad congénita de decir sí y se relaciona con esa novena maravilla que son los meseros. Llega uno con nueve parientes a un restaurante y todos ordenan los tragos. El mesero asiente muy serio y no saca su libretita. Considerando que ni Von Braun se acordaría del pedido es que uno pregunta si no es necesario tomar la orden por escrito. Nos mira compasivamente y niega con la cabeza, al rato aparece con una charolota en la que trae unas medias de seda que nadie pidió, una michelada con la cerveza equivocada y un wisqui de una marca que no se conoce en la mesa. Normalmente este tipo de catástrofes se solventan con la también muy mexicana costumbre de hacerse güeyes y dejar la orden para evitar más demora.
La incapacidad de decir no ha producido embarazos, diputados con retardo mental y una muy variada suerte de malfarios sociales. Es por ello, querido lector que yo le recomiendo que a la hora de la verdad agarre al toro por los cuernos y evite numerazos como los descritos en esta columna. Será mejor para todos.

jueves, 3 de junio de 2010

Los head hunters (El Financiero 2003)

El término head hunter se desgració gracias a los buenos oficios del presidente Fox que utilizó este sistema para elegir a su gabinete con los resultados que todo mundo conoce. Imagine usted una sesión en la que los aspirantes (identificados previamente por estos profesionales) se presentan a explicar su altísimo rendimiento pasado y sus proyectos futuros. ¿Cuáles son las preguntas? ¿Se evalúa el uso de corbata? Si el aspirante dice que subirá el precio del sorgo, ¿cuenta? Una vez analizados todos los potenciales ministros, me imagino al director de la empresa llegando a ver al candidato electo con un legajo encuadernado de forma muy elegante. “Señor presidente” –diría- “estos son los hombres y mujeres que pueden transformar a México”. Por supuesto se esperaría que un proceso tan científico y cuidado nos hubiera arrojado pura lumbrera. Sin embargo, en pocos meses vimos escenas de grand guignol protagonizadas por “el gabinetazo”: pleitos, contradicciones y (a pesar de lo que advertía don Vicente) más de lo mismo.
Martha Alicia Alles, catedrática y autora de 16 libros nos ilustra sobre el asunto a través de un artículos en el que nos da consejos que son en sí mismos perlas de sabiduría:
Sea descubierto por un Head Hunter.
"Algunos secretos para ser descubierto.
Existen muchas fantasías y falsas creencias sobre los selectores de personal y en especial sobre los head hunters. Cómo trabajan y cómo eligen a los candidatos finalmente seleccionados para los distintos pedidos de sus clientes" (imaginarme como un “pedido”).
"El primer elemento que hay que tener en cuenta es que a los head hunters les gusta llamar ellos a los candidatos y no que las personas se postulen por lo tanto hay que hacer cosas para ser descubierto y de ese modo sin postularse lograr ser llamado por un head hunter" (en buen cristiano lo que recomienda Martha es que uno no cometa la indignidad de andar de ofrecido ante gente tan importante y en cambio “haga cosas”, que podrían consistir en vestirse de cebra y salir a dar las noticias de la tarde a la avenida Revolución).
"Parece difícil y realmente lo es" (¿?).
"Los consejos o ideas que proponemos presuponen o son válidos para un candidato con una gestión exitosa, ya que los mismos serán útiles si se corresponden con una persona valiosa. El denominado show off sólo sirve cuando lo realiza alguien que tiene algo que ofrecer" (si alguien comprendió el párrafo anterior le suplico me lo explique al apartado postal 90-2345 de la Ciudad de México).
"Por lo tanto ya estamos dando la primera pista" (¿ya? No me enteré de nada), "es necesario mostrarse profesionalmente, esto quiere decir participar en notas periodísticas, dar conferencias técnicas, participar en congresos de la especialidad, participar en la comunidad de negocios en actividades con valor agregado. Por lo tanto no estamos sugiriendo asistir a cócteles que puede ser de mucha utilidad en algunos ámbitos" (sobre todo en el ámbito de los dipsómanos), "sino de actividades realmente destacadas y que permitan el protagonismo del interesado" (tirarse en papalote? ¿asaltar un banco? ¿descubrir el elemento 115? No lo sé). "Los head hunters no eligen los candidatos entre los conocidos o entre los amigos sino entre los más capacitados para la función específica, por lo tanto la persona que quiere seducir a un head hunter lo debe hacer a través de prestigio y el nivel profesional y no a través de los contactos sociales" (familiares, abstenerse).
"Otro elemento importante a tener en cuenta es que los candidatos postulados a través de un hunting habitualmente suben su cotización ya que el elegido o llamado no es generalmente una persona que busca trabajo sino que por el contrario es tentado por una nueva oferta laboral, por lo tanto para tentarlo será necesario preparar una buena oferta económica y en ocasiones complementarla con un hiring bonus" (está científicamente demostrado que los yuppies modernos que no intercalan frases en inglés pierden la tercera parte de su vocabulario).
"Por último hay que estar muy atento a los llamados, los head hunters no llaman de igual modo que los otros consultores de recursos humanos, por lo tanto cuando se espera un llamado de un head hunter hay que atender los llamados raros, se corre el riesgo que nos intenten vender cualquier cosa, pero uno de esos llamados puede ser el esperado" (imaginar a un señor con los ojos inyectados por tres días sin dormir observando al teléfono fijamente).
Dios mío.

martes, 1 de junio de 2010

Diario de un extraterrestre 3/3 (El Financiero 2004)

Mientras estaba en tierras californianas se llevaban a cabo los juegos olímpicos de Atenas, mi seguimiento de la fiesta deportiva fue parcial y medio de hueva. En principio, nunca se me ocurriría, a menos que estuviera bebido, presenciar un partido de hockey sobre pasto femenil entre Argentina e Indonesia o un recio encuentro de handball del equipo español, cuyo portero era igualito a los abarroteros de las películas de los cuarenta. Es por ello que de poco me enteré, pero siguiendo el mexicano principio de interesarme por el desempeño de mis compatriotas busqué en los periódicos algún rastro mínimo de un logro y nada; pasaban las medallas cosechadas y de México ni un soplo. Me enteré nomás que Nelson Vargas pernoctaba en el Queen Mary, que no es mal pernocte, que todo mundo estaba mentando madres y que se exigían ya las cabezas de rigor siguiendo una tradición venerable en nuestra ya larga tragicomedia nacional que le da pozole a los ganadores y la picota pública a los fracasasdos.
El asunto anterior me parece intrascendente, es más me vale madre. Lo que sí llamó mi atención fue una nota aparecida en el periódico USA Today que daba cuenta de los índices de audiencia mundial de los juegos olímpicos. Mi sorpresa es que México ocupaba un destacadísimo segundo lugar solo detrás de China. Mientras 56% de los asiáticos observaron los olímpicos, en México uno de cada dos compatriotas tuvo la tele prendida para observar asuntos tan fascinantes como el nado sincronizado o las carreras de veleros en las que uno nunca sabe quién va ganando. Los niveles de audiencia de naciones como Estados Unidos alcanzaron solo el 25% lo que establece una paradoja: ¿será que nos gusta la tele? ¿ver perder a nuestros connacionales? No lo sé.
Mudemos de tema hacia los parques temáticos que son, como se sabe, espacios grandes a lo baboso donde la gente acude en turba para pasar un día de esparcimiento. A lo largo de mi vida he tomado la saludable decisión de alejarme de estos sitios como uno se debe alejar de una plaga. Pero ya expliqué la forma en la que esta firme convicción cedió ante las presiones de mis infantes, por lo que la siguiente escena a describir nos ubica entrando a una madre que se llama Sea World exactamente a las diez de la mañana. El reporte a las catorce horas era el siguiente: Los niños habían observado 27 focas, 313 flamingos, 7 orcas, 4 robalos, 17 huachinangos y 2 pulpos. Asimismo habían dado de comer a tres delfines que casi los dejan mancos y se habían deslizado aguas abajo, en la noble compañía de un servidor, en una lanchita de miriñaque que nos empapó las nalgas. Un servidor presentaba quemaduras de tercer grado en los brazos y en la cara y evocaba vagamente el aspecto que tuvo que tener Robinson Crusoe cuando cumplió su sexto aniversario en el archipiélago Juan Fernández..
Ya por ahí de las siete de la noche me sentía yo en el Titanic seguido por una maldición hidráulica, así que me negué de plano a subirme a la última atracción y me quedé a escuchar a un grupo de música que se encontraba ahí para el divertimento de los visitantes. Lo que llamó mi atendión no fue el uniforme del grupo (una mezcla de colores que solo le había visto a la señora María Sabina), sino que los gringos se pusieron a bailar bajo un principio ad libitum, mostrando científicamente que los astros les extirparon todo aquello relacionado con el sentido del ritmo. Cuando la vocalista se dirigía a mí con la evidente intención de que juntos hiciéramos el ridículo, pegué la carrera y me refugié en una tienda de peluches detrás de una ballena asesina de carita sonriente.
A esta peripecia le siguió la renta de un coche que aún no sé si pagué, el saludo a Pluto, Mickey y las princesitas (que estaban bastante buenas). La subida a varios juegos que producen masajes prostáticos y la ingesta de alimentos que harían vomitar a un buitre. Esas pues, fueron mis vacaciones y estoy seguro que algún día mis hijos tendrán que reconocer en su viejo padre a un hombre que los amó lo suficiente para llevarlos a Disneylandia.