"¿Cansada de tanta rutina?, ¿sientes que traes como tres toneladas sobre tus hombros?, ¿duermes pero no descansas? y por si fuera poco, ¿tu novio te presiona para que pases más tiempo con él y tú quieres tiempo para tí en un buen Spa?" Con este fascinante cuestionario inicia la promoción de un Spa que se halla en Polanco y que aparentemente es milagroso. Las preguntas son inquietantes por varios motivos; en primer lugar no conozco a nadie al que la rutina no le canse (por eso se llama “rutina” y no “coito”). Por otro lado, el único ser humano que ha sentido tres toneladas sobre sus hombros es un ingenio de guerra llamado “Pípila” y no una vieja chota y por último, si en lugar de ver al pinche novio lo que se quiere es irse a descansar, lo mejor es mandar al carajo al susodicho o pedirle cortésmente que deje de estar chingando.
La promoción continúa explicando el tratamiento beautytek una madre que: trabaja a nivel celular para reestablecer el equilibrio energético de la persona e incluso puede, mediante un "tratamiento específico, corregir diferentes alteraciones estéticas como: flacidez, estrías, celulitis, cicatrices, reducción de grasa, mejorar humectación y elasticidad del tejido, incluyendo un lifting, en el caso del rostro, brindándole una piel luminosa, natural, con un tejido más firme y una apariencia indudablemente más joven". Lo anterior me parecería muy adecuado si uno fuera tostador y no ser humano pero ¿qué carajo es el equilibrio energético? Misterio. Tampoco es claro para mí como se puede corregir lo que no tiene remedio; estoy seguro que podría pasarme tres días disfrutando de beautytek y mi pecho (que se bambolea cuando paso un tope) seguiría el mismo principio gravitatorio discernido por nuestro padre Newton. No sé que es un lifting pero si el efecto es el de lograr una piel luminosa, me parece anómalo porque a nadie le gusta andar con una señora que tenga la cara como foco ahorrador de energía. Los autores del tratamiento proponen después de lo anterior “hacer un pequeño cuestionario sobre el estilo de vida y hábitos de la persona para conocer sus condiciones físicas y emocionales”. Muy bien, nomás que cualquier secuencia que no sea diseñada por una idiota, propondría realizar esta evaluación en el momento de llegar a la clínica y no cuando ya le asestaron un sablazo en honor de beautytek. Continuemos.
"Rigenera dentro de su gran gama de servicios y tratamientos también recomienda la Vinoterapia por ser un tratamiento completo con fines terapéuticos, antioxidante y de activación de la micro circulación que incluye una exfoliación en todo el cuerpo con pulpa de uvas, inmersión en vino (de 15 a 20 minutos), masaje con aceite de pepita de uva, mascarilla facial, e incluso una copa de vino durante el baño de inmersión". No tengo la menor idea acerca de lo que es la “microcirculación”, pero aquí la cosa se pone buena ya que con 15 minutos de inmersión en vino, un servidor (que es un pedote que liba vino como choco milk) tendría suficiente para salir de la tina declamando poesía noruega mientras intenta meterle mano a la masajista. El asunto de la pepita de uva me parece simplemente inescrutable. Además percibo un problema metodológico; a menos que el vino de la tina sea de marranilla, asumo que cuando uno sale lo tendrían que tirar al caño por lo que el tratamiento debería costar lo que un riñón y no es así. En mi caso la sola sospecha de que me voy a meter a un espacio ocupado previamente, me bastaría para salir del establecimiento en medio de arcadas.
La última sugerencia es todavía más delirante ya que se propone que la interfecta se dé un "masaje con chocolate" lo cual seguramente le conferirá el aspecto del rey Bombón I. El promocional recomienda este tratamiento a personas con problemas de depresión, sin que quede claro qué tiene que ver una cosa con la otra. En fin, supongo que es decisión de cada uno y cada cuál elegir la forma en que gasta su dinero. La mía propia es no meterme en cosas que no me importan (axioma fundamental que rompí el día de hoy con esta colaboración).
jueves, 27 de mayo de 2010
miércoles, 26 de mayo de 2010
El regreso (El Financiero 2005)
Leo –sobresaltado- que 24 millones de estudiantes regresaron ayer a clases. Por donde se le quiera ver son un chingo y este retorno debe tener consecuencias, algunas predecibles como un meteorito y otras seguramente inimaginables. Después de todo movilizar a esa turba requiere cierta logística elemental. La primera y más conspicua derivación del inicio del ciclo de estudios, la sufrí en carne propia cuando llegué a mi hogar (que es el mío y no el suyo) y encontré un par de bultos temibles, muy parecidos a los que usa Santa Claus para llevar sus regalos a los niños. Cuando pregunté acerca de quién era el personaje de la familia que se pensaba dedicar al paracaidismo, se me explicó –como se le explica a alguien idiota- que los sacotes en lugar de juguetes o ingenios aéreos tenían útiles escolares y el asunto me pareció increíble La lista que se nos entregó oportunamente parecía el catálogo de necesidades para construir la Biblioteca de México y proponía una cantidad interminable de elementos didácticos, muchos de los cuales me dejaron como las estatuas de marfil ya que ignoro su objetivo.
No tiene usted idea, querido lector, la cantidad de cosas que contenían las bolsas del niño Frijol y la niña María, libros en inglés, en español, lápices, colores, reglas de todos tipos, que solo he visto en despachos de proyectistas y un número de gomas que sugieren cierta imbecilidad de los niños ya que tendrán que borrarlo todo.. Asumí que si mis criaturas estudiaban todo el material disponible, tendría que devenir en lumbreras irremediables. Sin embargo, también asumí que se requiere ser idiota para solicitarle tanto material a un niño que seguramente se dislocará las vértebras al cargarlo. Mi hijo al salir el día de ayer logró un notable parecido al Sherpa Tenzing el señor que escaló el Everest. Por un instante temí que cayera hacia atrás y no pudiera levantarse nunca como una tortuga Galápago.
La segunda consecuencia se vincula con algo que los entendidos llaman “la fisiología del sueño”. Me resulta de muy mala madre permitir que dos infantes se levanten durante dos meses a la hora que les dé la gana y una mañana cualquiera (la de ayer) se les obligue a despertar a horas en las que lo único que se antoja es seguir durmiendo. El aspecto de mis hijos ayer a las 6:30 de la mañana era el mismo que la de los zombies de Zahuayo.
Por supuesto una de las chingas asociadas al regreso a clases tiene que ver con el tráfico. Yo vivo muy cerca de un Kinder Montessori y durante las vacaciones lo pasé como un bendito. Sin embargo todo se fue al carajo el día de ayer ya que para salir de mi morada requiero meter un reversón y esperar a que alguna persona que no sea ojetona se apiade y me ceda el paso. Esto rara vez ocurre ya que las señoras o se van maquillando (en el mejor de los casos) o mi problema simplemente les vale madre y echan lámina. La gente –que es huevona por definición- prefiere bloquear el tránsito en lugar de caminar dos cuadras que es lo que deberían hacer. En la ruta a mi trabajo paso por dos escuelas una en Río Mixcoac y otra en Patriotismo. Como he decidido no dejarme llevar por la ira del volante tengo dos estrategias; la primera es esquivar los horarios de entrada y de salida, que es una idea sensata. La segunda es rezar una Magnífica y aguantar vara, que no es sensata pero funciona.
Todo, como puede apreciarse, son actividades independientes por completo de la entrada a la escuela donde las cosas pueden ser tan buenas o tan malas de acuerdo a la suerte. Existen maestros buenísimos y otros que son idiotas perdidos. Compañeros sensatos y otros llevados de la mala vida, por lo que la escuela es una aventura en la que uno se embarca a huevo y sin saber muy bien lo que pasará. A mis hijos les deseo suerte y a usted querido lector, le recomiendo que si compra casa revise con detalle la ubicación del centro escolar más cercano y de las viejas chotas que tienen a sus hijos como usuarios.
No tiene usted idea, querido lector, la cantidad de cosas que contenían las bolsas del niño Frijol y la niña María, libros en inglés, en español, lápices, colores, reglas de todos tipos, que solo he visto en despachos de proyectistas y un número de gomas que sugieren cierta imbecilidad de los niños ya que tendrán que borrarlo todo.. Asumí que si mis criaturas estudiaban todo el material disponible, tendría que devenir en lumbreras irremediables. Sin embargo, también asumí que se requiere ser idiota para solicitarle tanto material a un niño que seguramente se dislocará las vértebras al cargarlo. Mi hijo al salir el día de ayer logró un notable parecido al Sherpa Tenzing el señor que escaló el Everest. Por un instante temí que cayera hacia atrás y no pudiera levantarse nunca como una tortuga Galápago.
La segunda consecuencia se vincula con algo que los entendidos llaman “la fisiología del sueño”. Me resulta de muy mala madre permitir que dos infantes se levanten durante dos meses a la hora que les dé la gana y una mañana cualquiera (la de ayer) se les obligue a despertar a horas en las que lo único que se antoja es seguir durmiendo. El aspecto de mis hijos ayer a las 6:30 de la mañana era el mismo que la de los zombies de Zahuayo.
Por supuesto una de las chingas asociadas al regreso a clases tiene que ver con el tráfico. Yo vivo muy cerca de un Kinder Montessori y durante las vacaciones lo pasé como un bendito. Sin embargo todo se fue al carajo el día de ayer ya que para salir de mi morada requiero meter un reversón y esperar a que alguna persona que no sea ojetona se apiade y me ceda el paso. Esto rara vez ocurre ya que las señoras o se van maquillando (en el mejor de los casos) o mi problema simplemente les vale madre y echan lámina. La gente –que es huevona por definición- prefiere bloquear el tránsito en lugar de caminar dos cuadras que es lo que deberían hacer. En la ruta a mi trabajo paso por dos escuelas una en Río Mixcoac y otra en Patriotismo. Como he decidido no dejarme llevar por la ira del volante tengo dos estrategias; la primera es esquivar los horarios de entrada y de salida, que es una idea sensata. La segunda es rezar una Magnífica y aguantar vara, que no es sensata pero funciona.
Todo, como puede apreciarse, son actividades independientes por completo de la entrada a la escuela donde las cosas pueden ser tan buenas o tan malas de acuerdo a la suerte. Existen maestros buenísimos y otros que son idiotas perdidos. Compañeros sensatos y otros llevados de la mala vida, por lo que la escuela es una aventura en la que uno se embarca a huevo y sin saber muy bien lo que pasará. A mis hijos les deseo suerte y a usted querido lector, le recomiendo que si compra casa revise con detalle la ubicación del centro escolar más cercano y de las viejas chotas que tienen a sus hijos como usuarios.
martes, 25 de mayo de 2010
Infancia cinematográfica (El Financiero 2005)
Los niños que eran niños cuando yo lo fui, teníamos una serie de opciones francamente letales en cuanto a entretenimiento cinematográfico se refiere; la primera y más conspicua alternativa era comandada por las huestes del señor Disney que nos recetaban películas por kilo. Algunas de ellas con argumentos francamente imbéciles como el de Blancanieves que era una niña tan bruta que nunca se dio cuenta de lo que advertíamos todos los espectadores; una señora decrépita y sin dentadura, con ojos de coatí, gorrito de maleante y una verruga con pelos, tenía que ser una malviviente, y no una anciana-bondadosa-regala-manzanas. De pronto, el señor Disney entró en una fase (llamémosla experimental) y realizó “Fantasía” una película que de niño no entendí y que me produjo pesadillas horrorosas durante meses
Sin embargo, las opciones nacionales eran desastrosas. La película, que guardo en mi memoria entre estremecimientos, es la de Caperucita Roja, estelarizada por una niña que hablaba como tarada (María Gracia) y que era acosada por un lobo al que se le veía la cara (El Loco Valdéz) y un zorrillo enano. Lo anterior no es una metáfora, el señor que interpretaba al zorrillo era enano y se llamaba “Santanón”. Varias eran las notabilidades de este filme; la primera es que la niña Caperucita se arrancaba a la cantada porque pasó la mosca, utilizando una voz que entiendo ha sido prohibida recientemente por la Convención de Ginebra. La segunda notabilidad era la voz del zorrillo, que era un híbrido entre las de las ardillitas y la de uno que sale dando consejos financieros en la radio, es medio mamón y cuyo nombre simplemente no puedo recordar. Pero, sin duda, lo más notable del todo es que los créditos del guión son compartidos entre un señor que nadie conoce y Ricardo Garibay, gloria literaria de nuestro país y que seguramente pasaba por un mal momento (o por uno bueno, depende cómo se mire)
Otra opción infantil de lesa humanidad fue promovida desde España, país al que nos unen profundos lazos que estuvieron en riesgo cuando empezaron a mandar esas porquerías y yo propuse romper relaciones con la dictadura, cosa que hizo más tarde el Presidente Echeverría pero por otros motivos. Había un niño llamado Joselito que se vestía como asumo se vestían los campesinos de la época en Andalucía, esto es, con gamuzas y sombreros de plumita. El infante corría mil aventuras y al igual que la niña Gracia se lanzaba a la menor provocación a pegar de gritos. Ignoro cuáles eran los criterios de estética musical en la época, lo que sí me queda claro es que yo no los compartía ya que sentía a la primera andanada del “Ruiseñor de las cumbres” un vértigo que me recorría el espinazo para culminar en mi todavía joven próstata. No contento con ello, este joven actor vino a México y filmó una película dirigida por René Cardona y acompañado de otro niño actor: Cesáreo Quezadas, “Pulgarcito” ¿el resultado? Un novedoso instrumento de tortura que ya hubiera querido el maestro Torquemada para un día de fiesta. Joselito acabó de mala manera su carrera con una última película en 1969 ya con 26 años pero con la misma estatura y timbre de voz que lo llevó a la fama.
Ante el panorama hubo que refugiarse en las películas de Pedro Infante y Jorge Negrete y le confieso, querido lector, que ésas eran las más gratas, a pesar de los esfuerzos argumentales de los realizadores por lograr unos pinches dramones imposibles en la vida real. Al Torito se le chamusca un hijo; a Pedro Infante le nace un niño negro; al indio Tizoc le matan a la mujer y él se clava un flechazo o algo así para estar con su amada en el cielo. En fin, un batidillo francamente logrado.
Como padre profesional del niño Frijol y la niña María me he dado a la tarea de cumplir mi misión histórica y veo francamente sorprendido, que las películas para niños hoy en día, son francamente mejores y con argumentos bastante logrados. ¿Será que los infantes de hoy son más inteligentes? ¿Será que los que hoy somos adultos éramos más pendejones? No lo sé de cierto, pero supongo que la evolución es de agradecerse profundamente.
Sin embargo, las opciones nacionales eran desastrosas. La película, que guardo en mi memoria entre estremecimientos, es la de Caperucita Roja, estelarizada por una niña que hablaba como tarada (María Gracia) y que era acosada por un lobo al que se le veía la cara (El Loco Valdéz) y un zorrillo enano. Lo anterior no es una metáfora, el señor que interpretaba al zorrillo era enano y se llamaba “Santanón”. Varias eran las notabilidades de este filme; la primera es que la niña Caperucita se arrancaba a la cantada porque pasó la mosca, utilizando una voz que entiendo ha sido prohibida recientemente por la Convención de Ginebra. La segunda notabilidad era la voz del zorrillo, que era un híbrido entre las de las ardillitas y la de uno que sale dando consejos financieros en la radio, es medio mamón y cuyo nombre simplemente no puedo recordar. Pero, sin duda, lo más notable del todo es que los créditos del guión son compartidos entre un señor que nadie conoce y Ricardo Garibay, gloria literaria de nuestro país y que seguramente pasaba por un mal momento (o por uno bueno, depende cómo se mire)
Otra opción infantil de lesa humanidad fue promovida desde España, país al que nos unen profundos lazos que estuvieron en riesgo cuando empezaron a mandar esas porquerías y yo propuse romper relaciones con la dictadura, cosa que hizo más tarde el Presidente Echeverría pero por otros motivos. Había un niño llamado Joselito que se vestía como asumo se vestían los campesinos de la época en Andalucía, esto es, con gamuzas y sombreros de plumita. El infante corría mil aventuras y al igual que la niña Gracia se lanzaba a la menor provocación a pegar de gritos. Ignoro cuáles eran los criterios de estética musical en la época, lo que sí me queda claro es que yo no los compartía ya que sentía a la primera andanada del “Ruiseñor de las cumbres” un vértigo que me recorría el espinazo para culminar en mi todavía joven próstata. No contento con ello, este joven actor vino a México y filmó una película dirigida por René Cardona y acompañado de otro niño actor: Cesáreo Quezadas, “Pulgarcito” ¿el resultado? Un novedoso instrumento de tortura que ya hubiera querido el maestro Torquemada para un día de fiesta. Joselito acabó de mala manera su carrera con una última película en 1969 ya con 26 años pero con la misma estatura y timbre de voz que lo llevó a la fama.
Ante el panorama hubo que refugiarse en las películas de Pedro Infante y Jorge Negrete y le confieso, querido lector, que ésas eran las más gratas, a pesar de los esfuerzos argumentales de los realizadores por lograr unos pinches dramones imposibles en la vida real. Al Torito se le chamusca un hijo; a Pedro Infante le nace un niño negro; al indio Tizoc le matan a la mujer y él se clava un flechazo o algo así para estar con su amada en el cielo. En fin, un batidillo francamente logrado.
Como padre profesional del niño Frijol y la niña María me he dado a la tarea de cumplir mi misión histórica y veo francamente sorprendido, que las películas para niños hoy en día, son francamente mejores y con argumentos bastante logrados. ¿Será que los infantes de hoy son más inteligentes? ¿Será que los que hoy somos adultos éramos más pendejones? No lo sé de cierto, pero supongo que la evolución es de agradecerse profundamente.
lunes, 24 de mayo de 2010
Mire al pajarito (El Financiero 2001)
Existe un número infinito de profesiones para las que no me siento calificado, entre las más destacadas se encuentran la de cobrador de casetas o la del señor que se para atrás del presidente en los informes presidenciales. Lo anterior se debe a una incompetencia congénita que se extiende hasta el territorio de la fotografía. Es por ello que cuando alguien me da la mano y detrás de ella una tarjeta que dice “fulanito de tal: fotógrafo infantil”, no puedo más que expresarle mi profunda admiración.
Me imagino las sesiones como una especie de martirilogio que inicia con la llegada de una señora (normalmente una vieja chota) cuyo deseo es que le tomen unas instantáneas a su hijo, el niño Juanito. Un primer problema se presenta si el infante es horroroso ya que las expectativas son que salga “muy bonito”, el segundo obstáculo se manifiesta si Juanito es un jijo de la tiznada que no se está quieto y se resiste a ser fotografiado. En ese momento el señor fotógrafo entra en un conflicto ya que internamente tiene ganas de atizarle un soplamocos al escuintle, pero se ríe de dientes para fuera y le dice a la señora madre pendejadas como: “pero que inquietito niño”.
Pero analicemos la resistencia de Juanito que, por cierto comparto desde el fondo del corazón. Supongo que a nadie en pleno uso de facultades (y un niño no es la excepción) le gusta que lo vistan de charro o de viejito michoacano y lo lleven a un lugar en el que lo sientan sobre una columna dórica con un fondo de nubes y lo hacen reírse a huevo.
Esta costumbre de retratar a la gente en condiciones ridículas me parece un misterio universal; hay idiotas que le ponen cuernos al fotografiado, otros le hacen gestos a la cámara y algunos más en lugar de mirar el foco enfocan su vista en el horizonte, como si en el horizonte sucediera algo interesante.
Después de que el niño ha pasado por el grado 3 de la PGR la señora lo lleva a su casa y vuelve al día siguiente por las fotos que pidió “con retoque”. Esta última técnica consiste esencialmente en tratar de que el fotografiado sea irreconocible ya que la tarea consiste en poner chapas donde no las hay y borrar granos donde los hay. La madre recibe las fotos e inmediatamente se dirige con el marquero que busca una propuesta ad hoc para las cinco fotografías de Juanito. Normalmente lo que se hace es ponerlas como juego de gato y colgarlas de la pared para futura vergüenza del niño y de sus amigotes.
El problema anterior se debe a las pretensiones de la gente que no asume el doloroso hecho de que si uno es horrible, horrible tendrá que aparecer. El asunto se resuelve con las fotos de las credenciales en las que nadie, que no sea imbécil, espera un resultado satisfactorio. En mi licencia, por ejemplo, parezco asesino serial, ello se debe a que mi aspecto es precisamente ése. Aunque debo decir en descargo de los compatriotas de buen aspecto que las fotos de las credenciales las hace un tipo que tiene prisa y es por ello que las tomas se hacen siempre a traición lo que produce que la gente en algunos casos salga bizca, en otras con los ojos entrecerrados, como si hubiera inhalado thíner o de plano volteando para otro lado.
Todo lo relacionado a la fotografía me es ajeno; las cámaras modernas me parecen más complicadas que el funcionamiento de un hidroavión, hay botones para neutralizar la luz, otros para hacer exactamente lo contrario y unos que reflejan la velocidad . Una vez durante un viaje, encontré a un par de turistas japoneses que me entregaron una cámara con el propósito de que les tomara una fotografía. Posaron con un monumento detrás y conmigo de frente. Sonrieron de oreja a oreja y yo disparé el obturador. En ese momento en lugar del ortodoxo “click” , se escuchó un violento “track” que les quitó la sonrisa a los japoneses y me motivó a aprovechar la confusión para devolverles la cámara (que hoy debe estar frente a un altar para recordar a mis antepasados). Cosas de la fotografía.
Me imagino las sesiones como una especie de martirilogio que inicia con la llegada de una señora (normalmente una vieja chota) cuyo deseo es que le tomen unas instantáneas a su hijo, el niño Juanito. Un primer problema se presenta si el infante es horroroso ya que las expectativas son que salga “muy bonito”, el segundo obstáculo se manifiesta si Juanito es un jijo de la tiznada que no se está quieto y se resiste a ser fotografiado. En ese momento el señor fotógrafo entra en un conflicto ya que internamente tiene ganas de atizarle un soplamocos al escuintle, pero se ríe de dientes para fuera y le dice a la señora madre pendejadas como: “pero que inquietito niño”.
Pero analicemos la resistencia de Juanito que, por cierto comparto desde el fondo del corazón. Supongo que a nadie en pleno uso de facultades (y un niño no es la excepción) le gusta que lo vistan de charro o de viejito michoacano y lo lleven a un lugar en el que lo sientan sobre una columna dórica con un fondo de nubes y lo hacen reírse a huevo.
Esta costumbre de retratar a la gente en condiciones ridículas me parece un misterio universal; hay idiotas que le ponen cuernos al fotografiado, otros le hacen gestos a la cámara y algunos más en lugar de mirar el foco enfocan su vista en el horizonte, como si en el horizonte sucediera algo interesante.
Después de que el niño ha pasado por el grado 3 de la PGR la señora lo lleva a su casa y vuelve al día siguiente por las fotos que pidió “con retoque”. Esta última técnica consiste esencialmente en tratar de que el fotografiado sea irreconocible ya que la tarea consiste en poner chapas donde no las hay y borrar granos donde los hay. La madre recibe las fotos e inmediatamente se dirige con el marquero que busca una propuesta ad hoc para las cinco fotografías de Juanito. Normalmente lo que se hace es ponerlas como juego de gato y colgarlas de la pared para futura vergüenza del niño y de sus amigotes.
El problema anterior se debe a las pretensiones de la gente que no asume el doloroso hecho de que si uno es horrible, horrible tendrá que aparecer. El asunto se resuelve con las fotos de las credenciales en las que nadie, que no sea imbécil, espera un resultado satisfactorio. En mi licencia, por ejemplo, parezco asesino serial, ello se debe a que mi aspecto es precisamente ése. Aunque debo decir en descargo de los compatriotas de buen aspecto que las fotos de las credenciales las hace un tipo que tiene prisa y es por ello que las tomas se hacen siempre a traición lo que produce que la gente en algunos casos salga bizca, en otras con los ojos entrecerrados, como si hubiera inhalado thíner o de plano volteando para otro lado.
Todo lo relacionado a la fotografía me es ajeno; las cámaras modernas me parecen más complicadas que el funcionamiento de un hidroavión, hay botones para neutralizar la luz, otros para hacer exactamente lo contrario y unos que reflejan la velocidad . Una vez durante un viaje, encontré a un par de turistas japoneses que me entregaron una cámara con el propósito de que les tomara una fotografía. Posaron con un monumento detrás y conmigo de frente. Sonrieron de oreja a oreja y yo disparé el obturador. En ese momento en lugar del ortodoxo “click” , se escuchó un violento “track” que les quitó la sonrisa a los japoneses y me motivó a aprovechar la confusión para devolverles la cámara (que hoy debe estar frente a un altar para recordar a mis antepasados). Cosas de la fotografía.
viernes, 21 de mayo de 2010
Fanáticos (ElFinanciero 2002)
A mi modo de ver las cosas (ni modo que al suyo, querido lector), existe una relación directamente proporcional entre le pendejencia y el fanatismo. Varios son los ejemplos que se me ocurren para ilustrar esta dependencia lineal de dos variables; el más inmediato es el de los clubes de fanáticos de alguna estrella (club de “fans” se dicen a sí mismos), normalmente capitaneados por alguien ligeramente más imbécil que el grupo pero con más iniciativa también, se dedican a seguir a sus artistas favoritos, pegar de gritos cuando aparecen y albergar la secreta ilusión de que son amadas y deseadas por el galán en cuestión, sin advertir que éste las considera un mal necesario pero ligeramente molesto (porque molesto debe ser entrar a cualquier local cerrado y enfrentar a una turba de quinceañeras rompe-tímpanos que además quieren encuerar al interfecto). Estos grupos normalmente se organizan antes de un concierto, compran un ciento de cartulinas blancas y la llenan con plumón del dos estampando mensajes que son como cargas de profundidad y dicen a la letra: “Magneto, el club solo amor te ama” o “Ricky: te amo”. La ortodoxia recomienda llevar los cartelones al concierto y agitarlos espasmódicamente durante dos horas hasta que se pierda la circulación sanguínea o sobrevenga un desmayo, lo que ocurra primero.
Otro tipo de fauna fanática y facinerosa es la que vive del clásico pasecito a la red y que se dedica a ir a los partidos de futbol, acompañada de matracas, banderolas y medio kilo de fanatismo. Uno prende la tele (ir al estadio ni hablar) y encuentra a un grupo de gordos que se han pintado la cara como ficha de dominó o como pizza de peperoni. Esta gente, normalmente reporteada por uno que se llama David Faitelson, (que tiene la virtud de hablar como si lo hubieran conectado a un acumulador) se encuera en los estadios, avienta instrumentos contundentes para ver si descalabra al abanderado y cuando su equipo gana, sale por las calles, se enarbola en las banderas de su equipo y rompe vidrios o madres, lo que aparezca primero. En este caso hay un agravante cuando se trata de la selección nacional, ya que los fanáticos se transmutan en una especie animal que es capaz de violar al ángel de la Independencia en caso de que nuestra selección le gane a alguna potencia futbolística como la Guyana Holandesa.
Un tercer tipo de fanático es el de las verdades de a kilo. Normalmente ésta especie pertenece al gremio de los intelectuales y destaca por su capacidad para tirar netas a diestra y siniestra y defenderlas poniendo su prestigio por delante. A este grupo pertenecen los que consideran que somos un país de brutos que deberían leer más y mejor, que el que no aprecie el performance es un naco sin ningún criterio, o, por el contrario, que el que aprecie a alguien “comercial” (sin que quede claramente identificado el adjetivo) es un tarado. El problema de este tipo de fanatismo es que los declarantes normalmente emiten sus comunicados desde alturas olímpicas y no hay manera de establecer un diálogo que no sea a purititas mentadas por lo que normalmente lo mejor es dejarlo así. Los pleitos entre intelectuales casi siempre empiezan muy respetuosos y termina invariablemente con frases como: “además su esposa es una advenediza y la beca se la dieron porque sí”.
Finalmente, son fanáticos los malnacidos que el martes pasado cometieron el ataque terrorista en Estados Unidos. El 24 de junio de 1998 escribí respecto a un joven alemán de 26 años que había golpeado con un tubo de plástico a un policía francés y lo había dejado en coma. En ese momento me preguntaba lo que sentiría el agresor y me lo sigo preguntando tres años después. Las gráficas que la prensa nos mostró ad nauseaum, mostraban, por ejemplo a un grupo de niños acompañados de una vieja chota festejando el atentado. Me enteré el miércoles que ciudadanos americanos habían comenzado el ataque de algunas mezquitas basado en el mismo principio que repudian. Nadie (exagero y lo sé, ya sabemos que para todo hay gente) con tres dedos de frente puede respaldar lo que ocurrió, ojalá sea el final y no el principio de algo. Ojalá.
Otro tipo de fauna fanática y facinerosa es la que vive del clásico pasecito a la red y que se dedica a ir a los partidos de futbol, acompañada de matracas, banderolas y medio kilo de fanatismo. Uno prende la tele (ir al estadio ni hablar) y encuentra a un grupo de gordos que se han pintado la cara como ficha de dominó o como pizza de peperoni. Esta gente, normalmente reporteada por uno que se llama David Faitelson, (que tiene la virtud de hablar como si lo hubieran conectado a un acumulador) se encuera en los estadios, avienta instrumentos contundentes para ver si descalabra al abanderado y cuando su equipo gana, sale por las calles, se enarbola en las banderas de su equipo y rompe vidrios o madres, lo que aparezca primero. En este caso hay un agravante cuando se trata de la selección nacional, ya que los fanáticos se transmutan en una especie animal que es capaz de violar al ángel de la Independencia en caso de que nuestra selección le gane a alguna potencia futbolística como la Guyana Holandesa.
Un tercer tipo de fanático es el de las verdades de a kilo. Normalmente ésta especie pertenece al gremio de los intelectuales y destaca por su capacidad para tirar netas a diestra y siniestra y defenderlas poniendo su prestigio por delante. A este grupo pertenecen los que consideran que somos un país de brutos que deberían leer más y mejor, que el que no aprecie el performance es un naco sin ningún criterio, o, por el contrario, que el que aprecie a alguien “comercial” (sin que quede claramente identificado el adjetivo) es un tarado. El problema de este tipo de fanatismo es que los declarantes normalmente emiten sus comunicados desde alturas olímpicas y no hay manera de establecer un diálogo que no sea a purititas mentadas por lo que normalmente lo mejor es dejarlo así. Los pleitos entre intelectuales casi siempre empiezan muy respetuosos y termina invariablemente con frases como: “además su esposa es una advenediza y la beca se la dieron porque sí”.
Finalmente, son fanáticos los malnacidos que el martes pasado cometieron el ataque terrorista en Estados Unidos. El 24 de junio de 1998 escribí respecto a un joven alemán de 26 años que había golpeado con un tubo de plástico a un policía francés y lo había dejado en coma. En ese momento me preguntaba lo que sentiría el agresor y me lo sigo preguntando tres años después. Las gráficas que la prensa nos mostró ad nauseaum, mostraban, por ejemplo a un grupo de niños acompañados de una vieja chota festejando el atentado. Me enteré el miércoles que ciudadanos americanos habían comenzado el ataque de algunas mezquitas basado en el mismo principio que repudian. Nadie (exagero y lo sé, ya sabemos que para todo hay gente) con tres dedos de frente puede respaldar lo que ocurrió, ojalá sea el final y no el principio de algo. Ojalá.
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