Dicen que los mexicanos somos un pueblo escéptico y que recelamos porque pasó la mosca. Esta, que me parece una verdad del tamaño de una casa, tiene, según mi humilde opinión, explicaciones históricas directamente relacionadas con nuestra incapacidad congénita para transmitir certezas. Me pongo de humilde ejemplo; hace algunos meses viajé a la ciudad de Ensenada para asistir a un asunto binacional. Como no me daba la gana hacer el ridículo con mi inglés de la secundaria pedí unos audífonos y di a cambio mi credencial de elector. Este trueque no tuvo nada de notable, pero sí el hecho de que al llegar a Tijuana acompañado por un amigo me di cuenta que había olvidado mi maleta en el hotel, que la credencial de elector se encontraba exactamente a cien kilómetros de distancia y que en la bolsa derecha traía los audífonos de marras. La intención no es describir aquí mi estupidez congénita, sino sus consecuencias. Como ciudadano ejemplar que soy me dirigí al módulo del IFE de Churubusco y Universidad a las nueve de la mañana de un lunes. Ahí estaría todavía si un taquero samaritano no me hubiera explicado “que no llegaban a las nueve, sino a la hora que les da la gana”
Lo dicho... certezas.
“No se preocupe” la vida me ha enseñado de forma muy dolorosa que en el preciso momento que uno escucha la frase anterior hay que prepararse para lo peor. “No te preocupes, tomé clases de manejo” me dijo uno que era mi amigo cuando vio que el color abandonaba mi faz ante el inminente madrazo con un materialista, la siguiente escena de este drama se dio frente al ministerio público mientras mi amigo rendía declaración y le echaba la culpa a los frenos, después de haberse llevado por delante el portal de la casa de una familia respetable que recibió el sustazo de su vida.
“No se preocupe, a su edad ya no marcha” Me dijo un sargento del ejército mexicano al descubrir que había falsificado mi cartilla. Me sentí muy tranquilo y siguiendo sus indicaciones me presenté en la alberca olímpica con mi edad y mi optimismo. Lo siguiente que recuerdo es que todos los sábados de 1989 los pasé sirviendo al glorioso 28° regimiento blindado. Mis servicios a la patria consistieron en correr entre terregales, ponerme una boina de colegiala y desarmar un mosquetón que seguramente perteneció a don Francisco L. Urquizo.
“No te preocupes, pide tasa variable, el país está estable” Me dijo un experto financiero en diciembre de 1993, cuando un servidor, dando servicio a sus pretensiones pequeño burguesas, decidió comprar una casa. El servidor, es decir yo, que soy medio imbécil, hizo caso. Lo que siguió fue el infierno en chiquito; los intereses subieron tanto que decidí vender un riñón y convertirme al budismo, a ver si así salía de bruja, me creció la barba y empecé a hablar solo mientras iba por mis boletos del melate con la esperanza de que el Zacatepec hiciera la chica y venciera al Unión de Curtidores.
Mi último “no se preocupe” es más reciente y tiene que ver con las talachas domésticas. Resulta que el grifo de la regadera se desvencijó e hice lo que hace la gente que se asume inútil y que consiste en llamar al plomero. Después de analizar el caso, el hombre me dijo que no me preocupara, que era cosa de cambiar algo cuyo nombre no recuerdo. No me preocupé y procedí a pagarle, hizo lo que tenía que hacer y se fue después de elogiar una maceta que tengo en el patio. Al día siguiente me metí a la regadera y en el preciso momento de agarrar el grifo, recibí una descarga de cuatrocientos watts que me depiló las axilas y provocó baba en las comisuras... No se preocupe.
Por todo lo anterior es que creo firmemente que todos los muy mexicanos recelos y suspicacias son perfectamente explicables, que preferimos perecer a decirle a alguien que ya valió madre y que la cultura azteca nos ha heredado una muy inservible certeza: no preocuparse, que como se ha demostrado sirve lo mismo que una credencial de la Unión de saxofonistas de la delegación Miguel Hidalgo. Ni hablar.
jueves, 20 de mayo de 2010
miércoles, 19 de mayo de 2010
El lado positivo (El Financiero 2002)
No soporto a la gente positiva, ésa que cuando alguien se petatea utiliza como herramienta solidaria frases del tipo: “Mejor así, que descanse” o a aquellos que después que el huracán le derrumbó la vivienda, entonan un himno de esperanza mientras remueven el cascajo en el que se encuentran las posesiones de toda su vida. Me he enterado entre escalofríos que existe un gremio llamado “club de los optimistas” que deben ser un grupo de infumables (imaginar en este momento a su servilleta en un sofá rodeado por optimistas que cantan una canción). Alguna vez me senté en la misma mesa que una a la que descubrí idiota en el preciso momento que, después que yo le contara una serie de plagas interminables que amenazaban mi estabilidad emocional, sugirió entre guiños: “regálame una sonrisa”. Por supuesto no le regalé ni un llavero y salí pitando convencido de que tendría que ser más cuidadoso en la elección de mis amistades futuras.
El problema es que tampoco soporto a los que se quejan de todo lo habido y por haber y tengo la dolorosa impresión de que los mexicanos somos una raza que ha hecho de la queja una forma de vida. Ignoro si ello se debe a que nos conquistaron o a que hemos perdido todas las guerras posibles pero eso es lo de menos. Pasemos a los ejemplos: las autoridades recientemente decidieron cambiar el pavimento de la colonia en la que vivo por lo que las calles se han convertido en verdaderas trincheras de la primera guerra. Por supuesto que todo es un desmadre; hoy que llevaba a mis hijos a la escuela quedamos en calidad de polvorón debido a los imbéciles que consideran adecuado acelerar en medio de un terregal. Para salir en la dirección correcta es menester que tome la incorrecta y dé una vuelta de ocho kilómetros, sin embargo me queda claro que a menos que la ingeniería civil nacional se reforme no hay de otra por lo que conviene apechugar. Sin embargo, ya los vecinos se están organizando para protestar por el desgarriate lo que me haría suponer que en este momento algún funcionario ha de estar recibiendo la queja y reflexionando acerca de no volver a dedicar presupuesto a una colonia de susceptibles que se enojan porque pasó la mosca. El problema es canijo ya que el otro día al salir de mi casa me encontré a un señor que llevaba una libreta de firmas en la que pedía que la repavimentación no solo se aplicara en ciertas calles sino en la suya también porque era injusto que solo algunos se beneficiaran y entonces ya no entendí nada.
Las cartas que mandan las personas a los periódicos normalmente se redactan diciendo cosas como: “es cierto que no pagué, pero es no les da derecho…” o “reconozco que llegué veinte minutos tarde pero ¿no dejarme subir al avión?” Lo que quiere decir que somos una nube de tira piedras que prácticamente nunca estamos dispuestos a asumir ninguna responsabilidad pero sí descargarla en otros. En una comida hace poco me senté al lado de un señor que se decidió tres horas a explicar que desde su punto de vista (era dentista) los segundos pisos eran una de las decisiones más idiotas de los últimos tiempos, varias veces intentamos cambiar de tema, que si las lluvias que si Hugo Sánchez y nanay, el sacamuelas terco con la vialidad. De pronto uno que también estaba hasta la madre le preguntó ¿y vas a votar? La respuesta es antologable: “no, porque ello implicaría validar el proceso”. Ahora resulta que si la gente es fodonga y no va a votar no es culpa de ella. Lo lamento pero el argumento me parece inaceptable.
Nos quejamos del clima, del gobierno, de la corrupción y de las mafias de todos los tipos, de las marchas y la basura. También de que en México no se lee y que estamos rodeados de sátrapas. De acuerdo, México es un país que da para que uno se enoje mucho, pero la neurosis colectiva alcanza ya niveles que de pronto hacen que uno añore a los optimistas y la verdad es que no se trata de eso.
El problema es que tampoco soporto a los que se quejan de todo lo habido y por haber y tengo la dolorosa impresión de que los mexicanos somos una raza que ha hecho de la queja una forma de vida. Ignoro si ello se debe a que nos conquistaron o a que hemos perdido todas las guerras posibles pero eso es lo de menos. Pasemos a los ejemplos: las autoridades recientemente decidieron cambiar el pavimento de la colonia en la que vivo por lo que las calles se han convertido en verdaderas trincheras de la primera guerra. Por supuesto que todo es un desmadre; hoy que llevaba a mis hijos a la escuela quedamos en calidad de polvorón debido a los imbéciles que consideran adecuado acelerar en medio de un terregal. Para salir en la dirección correcta es menester que tome la incorrecta y dé una vuelta de ocho kilómetros, sin embargo me queda claro que a menos que la ingeniería civil nacional se reforme no hay de otra por lo que conviene apechugar. Sin embargo, ya los vecinos se están organizando para protestar por el desgarriate lo que me haría suponer que en este momento algún funcionario ha de estar recibiendo la queja y reflexionando acerca de no volver a dedicar presupuesto a una colonia de susceptibles que se enojan porque pasó la mosca. El problema es canijo ya que el otro día al salir de mi casa me encontré a un señor que llevaba una libreta de firmas en la que pedía que la repavimentación no solo se aplicara en ciertas calles sino en la suya también porque era injusto que solo algunos se beneficiaran y entonces ya no entendí nada.
Las cartas que mandan las personas a los periódicos normalmente se redactan diciendo cosas como: “es cierto que no pagué, pero es no les da derecho…” o “reconozco que llegué veinte minutos tarde pero ¿no dejarme subir al avión?” Lo que quiere decir que somos una nube de tira piedras que prácticamente nunca estamos dispuestos a asumir ninguna responsabilidad pero sí descargarla en otros. En una comida hace poco me senté al lado de un señor que se decidió tres horas a explicar que desde su punto de vista (era dentista) los segundos pisos eran una de las decisiones más idiotas de los últimos tiempos, varias veces intentamos cambiar de tema, que si las lluvias que si Hugo Sánchez y nanay, el sacamuelas terco con la vialidad. De pronto uno que también estaba hasta la madre le preguntó ¿y vas a votar? La respuesta es antologable: “no, porque ello implicaría validar el proceso”. Ahora resulta que si la gente es fodonga y no va a votar no es culpa de ella. Lo lamento pero el argumento me parece inaceptable.
Nos quejamos del clima, del gobierno, de la corrupción y de las mafias de todos los tipos, de las marchas y la basura. También de que en México no se lee y que estamos rodeados de sátrapas. De acuerdo, México es un país que da para que uno se enoje mucho, pero la neurosis colectiva alcanza ya niveles que de pronto hacen que uno añore a los optimistas y la verdad es que no se trata de eso.
martes, 18 de mayo de 2010
Dinámicas (El Financiero 2001)
Alguna vez haciendo caso a mis instintos que misteriosamente me recomendaban regresar al ámbito escolar, presenté mi solicitud para entrar en un programa de estudios impartido por una institución muy prestigiosa que no mencionaré por aquello de los rostizones, digo misteriosamente porque tales impulsos son absolutamente impropios de mi personalidad que puede ser adjetivada con un concepto elemental: huevón. Dicho programa tenía enormes virtudes, se conocía gente muy simpática, los profesores eran una especie de vacas sagradas, pero quizá el más conspicuo de estos atributos es que uno podía viajar de gorra a lugares que de otra forma no se conocerían jamás. Para mi sorpresa fui aceptado y se me indicó que debería presentarme e un examen de inglés en dónde conocería a mis futuros compañeros; uno de ellos llegó con un impermeable negro que solo le había visto yo a Peter Lorre en películas de intriga y acto seguido se dedicó a tomar un líquido incoloro que traía en un frasquito y que probablemente fue el responsable no solo de que reprobara el examen, sino de un colapso neuronal del que –supongo- no se ha recuperado. La segunda sorpresa consistió en la aprobación del examen de marras y digo sorpresa porque lo primero era recibir una lista de cincuenta reactivos de opción múltiple bajo un formato como el que procederé a ejemplificar: Complete the sentence: 1) Mary ______ in Coyoacan avenue. Las opciones eran: a) live, b) lived, c) living y d) livead. A mí –que no se me da el asunto de los idiomas- me parecía que todas las respuestas eran correctas así que en un prodigio estadístico me encomendé a la zona cerebral responsable de la intuición y (misterio de misterios) aprobé.
Como ya he explicado parte del curso consistía en viajar y conocer mundo, además se esperaba que intercambiáramos experiencias con representantes de otras 11 naciones que, como nosotros, habían decidido pasar de nuevo por la escuela. Ello determinó que una noche primaveral me embarcara junto con mis compañeros en un avión trasatlántico que nos llevaría a Londres donde pasaríamos el fin de semana en nuestra ruta a Zimbabwe. Cabe aclarar que la delegación mexicana en un arrebato de buena voluntad, había decidido comprar una docena de botellas de tequila que serían repartidas entre la comunidad internacional. También cabe aclarar que la citada delegación se tomó diez de esas botellas en el fin de semana comentado por lo que cuando el avión que nos llevaría a África a partir de Londres salió, nuestro aspecto era el mismo que el de alguien que ha luchado contra la fuerza de los elementos y ha salido derrotado.
En la fiesta de recepción nos juntaron a más de cien personas de todos los países para “romper el hielo”, el asunto se logró con un éxito desigual ya que si bien algunos miembros de la expedición hasta paladearon las tinieblas del amasiato, otros –como yo- simplemente no entendimos nada (para certificar lo que le digo trate un día de hablar en inglés sin dominar el idioma, con un chino que hace lo propio, es decir no dominar el idioma). Los diálogos eran decepcionantes y nos llevaban a cosas tan profundas como relatarnos mutuamente el número de chinos que hay en China, la receta del pato cantonés o la razón por la cual los mariachis traen pistola.
El viaje estuvo lleno de experiencias notables que algún día le contaré. Sin embargo, la que más llamó mi atención fue una serie de dinámicas que un señor se encargó de presentarnos y que consistían en cosas como naufragar en una isla desierta y elegir entre opciones como un abrelatas o una figura de Lladró. Otra muy buena fue la de darnos popotes y un huevo con el fin de que construyéramos un implemento que evitara su ruptura al tirarlos desde una altura de tres metros. En este caso todos aquellos con iniciativa se apoderaron de los popotes y del huevo y los que nacimos para obedecer o que el asunto nos daba (justamente) hueva, decidimos montar a caballo en un acto de rebeldía que me dejó (justamente) los testículos en calidad de machacado dada mi incapacidad ecuestre.
En fin, hoy quería hablar de dinámicas y terminé narrando retazos de un viaje, pero supongo que así son las cosas; uno propone y la memoria dispone.
Como ya he explicado parte del curso consistía en viajar y conocer mundo, además se esperaba que intercambiáramos experiencias con representantes de otras 11 naciones que, como nosotros, habían decidido pasar de nuevo por la escuela. Ello determinó que una noche primaveral me embarcara junto con mis compañeros en un avión trasatlántico que nos llevaría a Londres donde pasaríamos el fin de semana en nuestra ruta a Zimbabwe. Cabe aclarar que la delegación mexicana en un arrebato de buena voluntad, había decidido comprar una docena de botellas de tequila que serían repartidas entre la comunidad internacional. También cabe aclarar que la citada delegación se tomó diez de esas botellas en el fin de semana comentado por lo que cuando el avión que nos llevaría a África a partir de Londres salió, nuestro aspecto era el mismo que el de alguien que ha luchado contra la fuerza de los elementos y ha salido derrotado.
En la fiesta de recepción nos juntaron a más de cien personas de todos los países para “romper el hielo”, el asunto se logró con un éxito desigual ya que si bien algunos miembros de la expedición hasta paladearon las tinieblas del amasiato, otros –como yo- simplemente no entendimos nada (para certificar lo que le digo trate un día de hablar en inglés sin dominar el idioma, con un chino que hace lo propio, es decir no dominar el idioma). Los diálogos eran decepcionantes y nos llevaban a cosas tan profundas como relatarnos mutuamente el número de chinos que hay en China, la receta del pato cantonés o la razón por la cual los mariachis traen pistola.
El viaje estuvo lleno de experiencias notables que algún día le contaré. Sin embargo, la que más llamó mi atención fue una serie de dinámicas que un señor se encargó de presentarnos y que consistían en cosas como naufragar en una isla desierta y elegir entre opciones como un abrelatas o una figura de Lladró. Otra muy buena fue la de darnos popotes y un huevo con el fin de que construyéramos un implemento que evitara su ruptura al tirarlos desde una altura de tres metros. En este caso todos aquellos con iniciativa se apoderaron de los popotes y del huevo y los que nacimos para obedecer o que el asunto nos daba (justamente) hueva, decidimos montar a caballo en un acto de rebeldía que me dejó (justamente) los testículos en calidad de machacado dada mi incapacidad ecuestre.
En fin, hoy quería hablar de dinámicas y terminé narrando retazos de un viaje, pero supongo que así son las cosas; uno propone y la memoria dispone.
lunes, 17 de mayo de 2010
Crónicas de viaje y gastronomía (El Financiero 2001)
La gente que viaja tiene, a veces la sana costumbre de ofrecer relatos de lo que ve a su paso por el mundo. Este es desde luego un ejercicio saludable ya que nos permite al resto de pelagatos enterarnos de cosas asombrosas. En sus inicios estas crónicas las producía gente muy larga que contaba haber visto dragones, señores con los pies en la cabeza o hermosas doncellas que tenían cola de huachinango, la sociedad daba por bueno el testimonio y todos contentos. Posteriormente el estilo evolucionó a una forma más comprobable en la que se decían cosas como: “el general Santa Anna posee una verruga en el cachete y la ciudad de México no tiene coladereas”.
Toda esta reflexión la emprendo por un artículo reciente que apareció en le periódico Reforma en el que un señor a quien no tengo el gusto de conocer y que se llama Jorge Ramos Ávalos, comparte con sus lectores un sinfín de experiencias notabilísimas que me interesa comentar con usted, querido lector.
Don Jorge nos advierte que su intención es hablar de comida (lo que no es bueno ni malo en sí mismo) y luego señala el tema culinario como un referente a través del cual la gente se comunica. Aquí agregaría que solo alguna gente, porque a un servidor nunca se le ha ocurrido iniciar una plática diciendo: “¿te parece que el filete a la pimienta es nutritivo?”. Acto seguido el autor nos regala el siguiente párrrafo: “Recuerdo – y aquí se me hace agua la boca- un filete con salsa de mostaza y papas fritas en París, un pescado a la sal en Sevilla, unos sushis extraordinarios en el mercado de mariscos de Tokyo y otro en Beijing, el atún casi crudo y el souffle de chocolate de Pacific Time en Miami, el caviar ruso de Nueva York, unas tortas de aguacate y queso en Oaxaca y comilonas exquisitas de tacos al pastor en el fogoncito de la ciudad de México”. De la lectura anterior se desprenden varias enseñanzas; la primera (pasando por alto el escalofrío que me produce el atún crudo) desde luego es que el señor Ramos es un hombre viajado y que su experiencia internacional en materia culinaria es notable, aunque también es notable que el asunto pueda interesarle a alguien más que no sea él y los múltiples dueños de restaurantes donde comió. La segunda es que seguramente sintió que se estaba adornando porque remató su frase con el asunto de las tortas y los tacos, después de hablar de souffles y caviares, lo que parecería un exceso demagógico.
Acto seguido el cronista nos cuenta que encontró un restaurante en Sidney y que para asistir al mismo hizo su reservación con cinco meses de anticipación para lo cual le pidieron “más información que un inspector de la oficina de recaudación”. Ignoro por supuesto los trámites que piden dichos inspectores pero mucho menos claro para mí es por qué un restaurante tiene que andar preguntando cosas que no le importan para permitir que un cliente coma sus platillos.
El último punto es ligeramente extraño ya que el señor Ramos nos describe con lujo de detalles todo lo que se comió la noche de marras con párrafos como el siguiente: “los postres fueron una muestra más de absoluta decadencia burguesa. Primero para ocasionar un shock, sirvieron una cucharada de lentejas con queso gruyere rayado muy finito. La combinación era rara pero pocos se atrevieron a dejarlo ante el temor de los ojos vigilantes de los bien entrenados meseros”. Debo confesar que el shock me lo causó la crónica, ya que no entiendo nada de nada. Lo primero tiene que ver con la economía, si algo no está en decadencia es la burguesía ya para ello me remito a las listas que publica la Secretaría de Hacienda, en segundo lugar, me parece claro que si a uno le sirven algo que evidentemente parece una porquería, lo mejor es no comerlo, a menos que los bien entrenados meseros sean karatekas que estén dispuesto a poner como camote a todo aquel comensal que se rehuse a comer.
El artículo finaliza esperando que el chef no hable español y advirtiendo que la pequeña fortuna que se invirtió, se pagará en mensualidades. La conclusión me parece obvia… que con su pan se lo coma.
Toda esta reflexión la emprendo por un artículo reciente que apareció en le periódico Reforma en el que un señor a quien no tengo el gusto de conocer y que se llama Jorge Ramos Ávalos, comparte con sus lectores un sinfín de experiencias notabilísimas que me interesa comentar con usted, querido lector.
Don Jorge nos advierte que su intención es hablar de comida (lo que no es bueno ni malo en sí mismo) y luego señala el tema culinario como un referente a través del cual la gente se comunica. Aquí agregaría que solo alguna gente, porque a un servidor nunca se le ha ocurrido iniciar una plática diciendo: “¿te parece que el filete a la pimienta es nutritivo?”. Acto seguido el autor nos regala el siguiente párrrafo: “Recuerdo – y aquí se me hace agua la boca- un filete con salsa de mostaza y papas fritas en París, un pescado a la sal en Sevilla, unos sushis extraordinarios en el mercado de mariscos de Tokyo y otro en Beijing, el atún casi crudo y el souffle de chocolate de Pacific Time en Miami, el caviar ruso de Nueva York, unas tortas de aguacate y queso en Oaxaca y comilonas exquisitas de tacos al pastor en el fogoncito de la ciudad de México”. De la lectura anterior se desprenden varias enseñanzas; la primera (pasando por alto el escalofrío que me produce el atún crudo) desde luego es que el señor Ramos es un hombre viajado y que su experiencia internacional en materia culinaria es notable, aunque también es notable que el asunto pueda interesarle a alguien más que no sea él y los múltiples dueños de restaurantes donde comió. La segunda es que seguramente sintió que se estaba adornando porque remató su frase con el asunto de las tortas y los tacos, después de hablar de souffles y caviares, lo que parecería un exceso demagógico.
Acto seguido el cronista nos cuenta que encontró un restaurante en Sidney y que para asistir al mismo hizo su reservación con cinco meses de anticipación para lo cual le pidieron “más información que un inspector de la oficina de recaudación”. Ignoro por supuesto los trámites que piden dichos inspectores pero mucho menos claro para mí es por qué un restaurante tiene que andar preguntando cosas que no le importan para permitir que un cliente coma sus platillos.
El último punto es ligeramente extraño ya que el señor Ramos nos describe con lujo de detalles todo lo que se comió la noche de marras con párrafos como el siguiente: “los postres fueron una muestra más de absoluta decadencia burguesa. Primero para ocasionar un shock, sirvieron una cucharada de lentejas con queso gruyere rayado muy finito. La combinación era rara pero pocos se atrevieron a dejarlo ante el temor de los ojos vigilantes de los bien entrenados meseros”. Debo confesar que el shock me lo causó la crónica, ya que no entiendo nada de nada. Lo primero tiene que ver con la economía, si algo no está en decadencia es la burguesía ya para ello me remito a las listas que publica la Secretaría de Hacienda, en segundo lugar, me parece claro que si a uno le sirven algo que evidentemente parece una porquería, lo mejor es no comerlo, a menos que los bien entrenados meseros sean karatekas que estén dispuesto a poner como camote a todo aquel comensal que se rehuse a comer.
El artículo finaliza esperando que el chef no hable español y advirtiendo que la pequeña fortuna que se invirtió, se pagará en mensualidades. La conclusión me parece obvia… que con su pan se lo coma.
sábado, 15 de mayo de 2010
En campaña (El Financiero 1995)
Para Alejandra en Estambúl...feliz cumpleaños
El otro día vi un anuncio; se trata de dos transeúntes que van caminando por la banqueta con cara de nada. En su trayecto encuentran un anuncio espectacular nomás que en la pared, dentro del anuncio hay una cabeza colosal, la de Beatriz Paredes que de pronto cobra vida y se dirige a los peatones a traición para decirles que ella tiene mucho corazón. Si a mi me ocurriera una cosa así, seguramente entraría en estado de coma del pinche susto, pero estos muchachos parece que son de hierro ya que no solo no se desmayan, inclusive dicen que van a votar por ella. No entiendo muy bien si el publicista (o “creativo” como dicen los yuppies mamones) inhaló volátiles, si la idea les pareció buena en una junta de marketing, pero a mí el asunto me resulta inescrutable, como muchos de los caminos de la democracia, que me interesa compartir con usted, querido lector.
No se necesita ser una lumbrera para advertir una tendencia creciente y perversa a priorizar la imagen de los candidatos por sobre sus ideas, basta analizar el destino de los recursos que recibirán por parte nuestra en la compra de espacios mediáticos para entender que de lo que se trata es de salir en la tele. El solo hecho de que haya un señor de edad que se llama doctor Simi, (cuya costumbre es rodearse de buenonas y de mandar hacer encuestas con su primo) que cuenta con el 2% de las preferencias gracias a su campaña, me parece escalofriante y supone por supuesto que este país no tiene el menor remedio.
Los candidatos ahora no necesitan asesores, sino consultores de imagen que les indican de qué tamaño deben cortarse las patillas, cuál es el color de la corbata que retrata mejor y la forma en la que se deben cargar infantes indígenas para ganar simpatías. Este fenómeno ha revitalizado la industria de la publicidad con resultados como el de la cabeza colosal. No entiendo muy bien por qué razón se deben gastar esas millonadas para actos tan mamarrachos, tampoco me queda clara la razón de que la gente vote por un señor que sale con frecuencia en la tele diciendo lugares comunes, pero como se sabe yo entiendo poco de las cosas. Una de las tendencias más visibles cuando los candidatos van a la televisión es buscar a la cámara, mirarla fijamente y tratar de sonreír. El efecto es patético dada su nula experiencia en el manejo de medios y el resultado es una gente volteando al lugar equivocado que suda la gota gorda por tratar (simultáneamente) de contestar algo coherente.
Un fenómeno agravante es el los partidos cascajo; la gente que sabe me explica que las alianzas son normales y cotidianas en los países modernos y que no debemos asombrarnos. Pues será el sereno, pero me parece muy idiota que los ciudadanos no podamos filtrar a algunos partidos de los que estamos hartos porque se alían y solo así mantienen su votación. Es notable como un partiducho de pacotilla espera los tiempos electorales con el fin de decidir si se va con melón, con sandía o con la vieja del otro día. Ello supone unas maromas ideológicas casi mortales que no sorprenden a nadie. ¿Por qué demonios en las boletas a pesar de las alianzas no se define por quién votó cada quién en lugar de tachar un tucán con el escudo nacional? Misterio.
Finalmente está el tema del voto en el extranjero que –como se sabe- no tuvo éxito alguno. Ya he expresado que me opongo frontalmente a la medida ya que si bien comprendo que la gente emigra por necesidad y no por frivolidad, no entiendo por qué razón un señor que vive en Wichita Falls va a decidir quién me gobierna a mí sin que el sufra las consecuencias de su decisión. Ello me parece profundamente inequitativo y poco lúcido.
Como puede usted advertir, querido lector, estoy plagado de confusiones de todos tipos, ello puede deberse a mi ineptitud congénita o a que las cosas en este país se hacen con las patas, por pura autoestima esta vez me quedaré con la segunda hipótesis.
El otro día vi un anuncio; se trata de dos transeúntes que van caminando por la banqueta con cara de nada. En su trayecto encuentran un anuncio espectacular nomás que en la pared, dentro del anuncio hay una cabeza colosal, la de Beatriz Paredes que de pronto cobra vida y se dirige a los peatones a traición para decirles que ella tiene mucho corazón. Si a mi me ocurriera una cosa así, seguramente entraría en estado de coma del pinche susto, pero estos muchachos parece que son de hierro ya que no solo no se desmayan, inclusive dicen que van a votar por ella. No entiendo muy bien si el publicista (o “creativo” como dicen los yuppies mamones) inhaló volátiles, si la idea les pareció buena en una junta de marketing, pero a mí el asunto me resulta inescrutable, como muchos de los caminos de la democracia, que me interesa compartir con usted, querido lector.
No se necesita ser una lumbrera para advertir una tendencia creciente y perversa a priorizar la imagen de los candidatos por sobre sus ideas, basta analizar el destino de los recursos que recibirán por parte nuestra en la compra de espacios mediáticos para entender que de lo que se trata es de salir en la tele. El solo hecho de que haya un señor de edad que se llama doctor Simi, (cuya costumbre es rodearse de buenonas y de mandar hacer encuestas con su primo) que cuenta con el 2% de las preferencias gracias a su campaña, me parece escalofriante y supone por supuesto que este país no tiene el menor remedio.
Los candidatos ahora no necesitan asesores, sino consultores de imagen que les indican de qué tamaño deben cortarse las patillas, cuál es el color de la corbata que retrata mejor y la forma en la que se deben cargar infantes indígenas para ganar simpatías. Este fenómeno ha revitalizado la industria de la publicidad con resultados como el de la cabeza colosal. No entiendo muy bien por qué razón se deben gastar esas millonadas para actos tan mamarrachos, tampoco me queda clara la razón de que la gente vote por un señor que sale con frecuencia en la tele diciendo lugares comunes, pero como se sabe yo entiendo poco de las cosas. Una de las tendencias más visibles cuando los candidatos van a la televisión es buscar a la cámara, mirarla fijamente y tratar de sonreír. El efecto es patético dada su nula experiencia en el manejo de medios y el resultado es una gente volteando al lugar equivocado que suda la gota gorda por tratar (simultáneamente) de contestar algo coherente.
Un fenómeno agravante es el los partidos cascajo; la gente que sabe me explica que las alianzas son normales y cotidianas en los países modernos y que no debemos asombrarnos. Pues será el sereno, pero me parece muy idiota que los ciudadanos no podamos filtrar a algunos partidos de los que estamos hartos porque se alían y solo así mantienen su votación. Es notable como un partiducho de pacotilla espera los tiempos electorales con el fin de decidir si se va con melón, con sandía o con la vieja del otro día. Ello supone unas maromas ideológicas casi mortales que no sorprenden a nadie. ¿Por qué demonios en las boletas a pesar de las alianzas no se define por quién votó cada quién en lugar de tachar un tucán con el escudo nacional? Misterio.
Finalmente está el tema del voto en el extranjero que –como se sabe- no tuvo éxito alguno. Ya he expresado que me opongo frontalmente a la medida ya que si bien comprendo que la gente emigra por necesidad y no por frivolidad, no entiendo por qué razón un señor que vive en Wichita Falls va a decidir quién me gobierna a mí sin que el sufra las consecuencias de su decisión. Ello me parece profundamente inequitativo y poco lúcido.
Como puede usted advertir, querido lector, estoy plagado de confusiones de todos tipos, ello puede deberse a mi ineptitud congénita o a que las cosas en este país se hacen con las patas, por pura autoestima esta vez me quedaré con la segunda hipótesis.
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