Parece que la Real Academia de la Lengua (cuando escribo lo anterior me imagino a un puñado de viejitos que se pasan discutiendo llenos de ademanes si se dice “no hay nadie” y cosas de tan grueso calibre) nos ha hecho el favor de admitir un montón de términos que en México son clasificados genéricamente como “malas palabras” o bien “groserías”. De ello me enteré a través de las noticias que consignaban al presidente Fox cambiándole el nombre a Borges (por supuesto no es su culpa, sino de quien le pone a leer cosas que no entiende). En fin, el asunto es que en el terreno de las palabras incorrectas me considero sin ninguna modestia una autoridad nacional y por primera vez en muchos años considero que sé de lo que hablo al abordar este candente tema.
Muchos conductores de radio y televisión retomaron el asunto y se regodearon con la nota lo que supuso varias enseñanzas; la primera es que aquellos que tienen menores ratings fueron más a fondo y se despacharon por primera vez diciendo al aire palabras como chingada, nalgas y jodido. Otros fueron más cautos y algunos como Froylán López Narváez de plano diciendo “chifladeras” por chingaderas (forma eufemizante que siempre me ha parecido lamentable).
Una de las misiones educativas que los padres emprenden con mayor ahínco es la de dotar a los hijos de un equipaje de costumbres sociales que sigue invariablemente las mismas reglas; cuando los infantes son menores a cinco años es aceptado e inclusive se celebra que digan cosas como “tú caca” o “me duele la pirinola” acto seguido se entra en un proceso represivo que le vuela los dientes al menor si al referirse a su hermano lo llama imbécil o estúpido y si de plano sale con palabrotas como “puto” la familia entra en crisis y se realiza una exhaustiva investigación en la escuela y con los primos para saber de dónde saca el niño tanta grosería.
En la adolescencia los jóvenes suelen adoptar un lenguaje que envidiaría un carretonero y lo utilizan siempre sin ninguna mesura. Se adquieren en ése momento términos tan saludables como “te cojo”, “me la pelas” y demás yerbas. La vida adulta nos indica que tales términos son perfectamente aceptables en privado y con las conocencias pero nunca en público frente a desconocidos. La única excepción a la regla que conozco es la del gobernador Juan Sabines que en un discurso público y aparentemente hasta las manitas les dijo a sus enemigos políticos que hicieran favor de ir a chingar a su madre, es decir la de sus enemigos.
Estas reglas han sido particularmente seguidas en los medios de comunicación ya que las autoridades parten de una premisa (idiota) en el sentido de que permitir a los periodistas y demás miembros del sistema mediático que hablen con palabrotas es incitar a los oyentes a que hagan lo mismo. Por supuesto lo anterior es falso e inclusive ligeramente hipócrita ya que lo único que favorece es que la gente tenga que adquirir una personalidad como la del doctor Jekyll y mister Hyde y que hable de una forma hipocritona. Es por ello que las recientes noticias traen un soplo de are fresco a la vida pública y pueden ser las llaves que abran la cerradura que durante años nos han impuesto los señores de las buenas costumbres. ¿Ventajas? Muchas imagine usted, querido lector, por ejemplo que en las notas bursátiles el reportero dice, “la bolsa de valores perdió 6 puntos, ello se debe a los inversionistas hijos de la chingada que se llevaron sus capitales especulativos” o bien “el ausentismo en la cámara alcanza una cifra record gracias a que la huevonería de los señores legisladores ha aumentado de manera exponencial los últimos años”. El ejercicio anterior podría permitir sacar de la jugada a términos que acusan ya cierto desgaste como “vándalos”, “multitud enfurecida” y “el diputado fulanito de tal (si, ése que usted piensa) estaba bajo los efectos del alcohol” y sustituirlos por “ojetes” una turba encabronadísima” y “estaba que se caía de pedo”. No veo que de malo podría haber en ello y si percibo que las modificaciones (ya con el aval de los viejitos de la Real Academia” nos permitirían ser más sinceros, lo cual es en sí mismo un logro nada desdeñable ¿o no?
miércoles, 12 de mayo de 2010
martes, 11 de mayo de 2010
Una sesión de ouija (Etcétera 1995)
Cuando Luis Herrera llegó con el cuento de que estaba oyendo voces todos lo mandamos a la mierda; jugábamos dominó en casa de Memo Rivera. En ese momento Roberto Garza en un alarde de imbecilidad le ahorcaba la mula de cuatros a Gerardo Gaal quién muy molesto contestó:
--Tu mamá en bicicleta.
Luis no se amilanó ante la decepcionante respuesta. Insistía en que del closet de su departamento brotaba un quejido muy lúgubre "más o menos así" decía "mjjmjjmj".
"Tu mamá en bicicleta" (again).
El juego terminó pronto por la evidente incompatibilidad entre Gerardo y Roberto que casi acaban a madrazos. Su técnica de juego era ejemplarmente mala. Si, por ejemplo, Roberto marcaba a doses, Gerardo movía la cabeza decía alguna mamada y tapaba la cara del dos-cuatro.
Como no teníamos nada que hacer y Luis seguía con la remolona, decidimos acompañarlo a su departamento. Luis vivía en Cadereyta, una callecita que se encuentra en la Colonia Condesa, detrás del Auditorio Plaza. Al pasar frente al cine, Guillermo, que siempre ha sido y será un marranazo, tuvo la luminosa idea de entrar a ver Calígula, la aprobación fue unánime, así que nos metimos a ver la película que resultó terrible: Peter O' Toole dedicó dos horas para follarse a la mitad del reparto (la otra mitad se follaba entre sí). Cuando salimos Memo hizo el siguiente comentario (el cuál, me parece, refleja íntegramente la naturaleza de su personalidad) "¿vieron que chichotas?".
LLegamos a casa de Luis, su departamento era muy extraño ya que había sido ocupado por una bailarina de flamenco que puso duela en todo el piso incluida la cocina. Las paredes estaban tapizadas con espejos de piso a techo y las lámparas eran de velas y no de focos de setenta watts. Nos dirigimos inmediatamente al armario del que salían los gemidos que oía Luis, lo abrimos y no encontramos nada anormal, salvo una orejas de mausquetero que le valieron a Luis un profundo desprestigio.
Era temprano, así que decidimos jugar a la baraja; mientras una comisión se iba por las cervezas, el resto sacamos los naipes y la dotación de churrumais necesaria.
Nos pusimos a jugar.
Después de dos horas (una de ellas en la que se discutió si tercia mataba a corrida o corrida a tercia en pokar abierto) y cuando los estragos de las cervezas empezaban a hacer efecto, un ruido nos dejó helados; venía del armario y era exactamente como Luis lo había descrito: "mjjmjjmj".
--Puta madre-- dijo Memo.
Nadie se movió, el gemido subía de tono y luego se apagaba.
--Luis abre la puerta-- sugirió en un susurro Gerardo.
--Mis nalgas-- contestó Luis.
Guillermo, que era el más borracho, propuso que nos acercáramos todos, el jalaría la manija. Eso hicimos, caminamos de puntitas, el gemido seguía. Memo se adelantó y tomó la manija con la mano, la bajó con una lentitud exasperante y abrió la puerta.
Cuando todos no preparábamos a correr descubrimos que en el interior del armario no ocurría nada anormal, inclusive Roberto, en un arrebato positivista, se dedicó a buscar una grabadora inexistente en lo que él, suponía, una broma de Luis.
Nada, el gemido había cesado.
Decidimos que tan extraordinario evento requería una respuesta. Después de breve concilio, se acordó invocar a los espíritus a través de una tabla ouija. El problema es que nadie tenía una. La solución la ofreció Gerardo que propuso llenar la mesa con papelitos en los que escribimos las letras del alfabeto y las palabras: sí, no, hola y adiós. La operación se interrumpió un momento ante la discusión de si la “ch” era o no letra del alfabeto. "¿Qué tal si el visitante nos dice Chinga tu madre?" argumentaba Memo.
Utilizamos un caballo tequilero para moverlo sobre la mesa y nos sentamos los cinco alrededor. En ese momento inició un aguacero terrible, cada relámpago reflejaba nuestras sombras que se movían en la pared por el efecto de la vela. Acordamos que Luis fuera el médium ya que en su casa es que ocurría todo. Tomó el vaso con la punta de los dedos y preguntó a las velas del techo. "¿Hay alguien ahí?". Nos quedamos sin aliento cuando el vaso se movió hacia la palabra "si".
--Puta madre-- dijo Memo.
"¿Qué le digo?" preguntó Luis. "Que se manifieste" sugirió Gerardo en un arrebato de inspiración. "¡Manifiéstate!" ordenó Luis en el momento que tronó un relámpago que nos sacó el pedo de nuestra vida.
En ese momento ocurrió un hecho notable: Roberto puso las manos sobre la mesa, los ojos en blanco y preguntó con un timbre de voz que recordaba vagamente al de Darth Vader: "¿Qué desean?" Gerardo que estaba al lado pegó un brinco, Luis soltó el vasito, Memo dijo "puta madre" y yo no salí corriendo nomás porque estaba trabado de miedo. Roberto seguía pelando los ojos.
Luis ensayó:
--¿Quién eres?
--Benito-- dijo la voz.
Nos miramos con desconcierto; ¿Mussolini? ¿Camelo? ¿El Benemérito? ¿Cuál Benito? Se lo preguntamos, la respuesta brotó de los labios de Roberto: "Benito Terán Parada".
El nombre, pese a sus virtudes para el albur, no le sonaba a nadie. "¿Y qué deseas?" preguntó Luis. "Necesito su ayuda" respondió la voz, "exactamente hace cincuenta años, escondí bajo la duela del armario una carta, es preciso que la encuentren y la destruyan".
Otro trueno.
"¿Por qué Benito?, ¿por qué quieres que la destruyamos?" Preguntó Luis que estaba entrando en confianza. "Porque mientras siga ahí no podré morir. La carta detalla la enorme infamia que cometí con la que era mi esposa. Injustamente, la acusé de pervertir su cuerpo en placeres inconfesables... es por eso que la maté". En el momento que Benito decías esas terribles palabras entró un aironazo que apagó las velas. "¡Hijodesuputamadre!" gritó Memo y botó la mesa. Gerardo sacó su cricket y volvió a prender las velas, la escena era diferente; Luis estaba abajo del sofá, Guillermo en la cocina blandiendo una escoba, un servidor en el suelo a consecuencia de un escobazo que el imbécil de Guillermo me había atizado en medio de la confusión. Sólo Roberto seguía sentado sin inmutarse "muchachos, por favor, ¡la carta!". Fuimos todos temblando al armario, lo abrimos y empezamos a vaciarlo. Esa noche nos enteramos que además de las orejas de mausquetero, Luis tenía la edición de lujo del libro vaquero, una foto infame de Erika Buenfil (dedicada) y la colección completa de las obras de Xaviera Hollander. Abajo de la alfombra que cortamos presurosos con unas tijeras barracuda, había efectivamente una duela suelta, en su interior estaba un sobre amarillo y dentro la carta de don Benito.
Nadie se atrevió a leerla, Gerardo decidió quemarla en el fregadero de la cocina. En ese momento Roberto volvió a abrir la boca: "gracias, gracias, me han dado el descanso que necesitaba" y se desmayó.
Lo despertamos dándole a oler unas mollejas de pollo. Cuando abrió los ojos no recordaba nada, le preguntamos que como se sentía y respondió con una frase que nunca olvidaré:
--Atahualpa Yupanqui.
Toda la noche nos quedamos como pendejos tratando de descifrar lo que había sucedido, se ofrecieron las más diversas hipótesis, desde la que planteaba que todo había sido el producto de una alucinación colectiva porque los churrumais estaban descompuestos, hasta la idea de que, por un instante, habíamos entrado a la dimensión desconocida. Ninguno de nosotros quiso salir a la calle. Por la mañana nos refugiamos en la casa de Gerardo. Seguíamos discutiendo, en ese momento Roberto, que había ido a la recámara para telefonearle a su madre, entró a la sala... Venía lívido.
Cuando estábamos a punto de darle a oler más mollejas de pollo, nos contó que su madre le había avisado que su tío abuelo había muerto la noche anterior en el manicomio. "Se llamaba Benito" agregó.
Un coro unánime exclamó "¡Hijodesuputamadre!" al tiempo que se establecía el juramento sagrado de no volver a tomar.
Que algunos cumplimos y otros, no.
--Tu mamá en bicicleta.
Luis no se amilanó ante la decepcionante respuesta. Insistía en que del closet de su departamento brotaba un quejido muy lúgubre "más o menos así" decía "mjjmjjmj".
"Tu mamá en bicicleta" (again).
El juego terminó pronto por la evidente incompatibilidad entre Gerardo y Roberto que casi acaban a madrazos. Su técnica de juego era ejemplarmente mala. Si, por ejemplo, Roberto marcaba a doses, Gerardo movía la cabeza decía alguna mamada y tapaba la cara del dos-cuatro.
Como no teníamos nada que hacer y Luis seguía con la remolona, decidimos acompañarlo a su departamento. Luis vivía en Cadereyta, una callecita que se encuentra en la Colonia Condesa, detrás del Auditorio Plaza. Al pasar frente al cine, Guillermo, que siempre ha sido y será un marranazo, tuvo la luminosa idea de entrar a ver Calígula, la aprobación fue unánime, así que nos metimos a ver la película que resultó terrible: Peter O' Toole dedicó dos horas para follarse a la mitad del reparto (la otra mitad se follaba entre sí). Cuando salimos Memo hizo el siguiente comentario (el cuál, me parece, refleja íntegramente la naturaleza de su personalidad) "¿vieron que chichotas?".
LLegamos a casa de Luis, su departamento era muy extraño ya que había sido ocupado por una bailarina de flamenco que puso duela en todo el piso incluida la cocina. Las paredes estaban tapizadas con espejos de piso a techo y las lámparas eran de velas y no de focos de setenta watts. Nos dirigimos inmediatamente al armario del que salían los gemidos que oía Luis, lo abrimos y no encontramos nada anormal, salvo una orejas de mausquetero que le valieron a Luis un profundo desprestigio.
Era temprano, así que decidimos jugar a la baraja; mientras una comisión se iba por las cervezas, el resto sacamos los naipes y la dotación de churrumais necesaria.
Nos pusimos a jugar.
Después de dos horas (una de ellas en la que se discutió si tercia mataba a corrida o corrida a tercia en pokar abierto) y cuando los estragos de las cervezas empezaban a hacer efecto, un ruido nos dejó helados; venía del armario y era exactamente como Luis lo había descrito: "mjjmjjmj".
--Puta madre-- dijo Memo.
Nadie se movió, el gemido subía de tono y luego se apagaba.
--Luis abre la puerta-- sugirió en un susurro Gerardo.
--Mis nalgas-- contestó Luis.
Guillermo, que era el más borracho, propuso que nos acercáramos todos, el jalaría la manija. Eso hicimos, caminamos de puntitas, el gemido seguía. Memo se adelantó y tomó la manija con la mano, la bajó con una lentitud exasperante y abrió la puerta.
Cuando todos no preparábamos a correr descubrimos que en el interior del armario no ocurría nada anormal, inclusive Roberto, en un arrebato positivista, se dedicó a buscar una grabadora inexistente en lo que él, suponía, una broma de Luis.
Nada, el gemido había cesado.
Decidimos que tan extraordinario evento requería una respuesta. Después de breve concilio, se acordó invocar a los espíritus a través de una tabla ouija. El problema es que nadie tenía una. La solución la ofreció Gerardo que propuso llenar la mesa con papelitos en los que escribimos las letras del alfabeto y las palabras: sí, no, hola y adiós. La operación se interrumpió un momento ante la discusión de si la “ch” era o no letra del alfabeto. "¿Qué tal si el visitante nos dice Chinga tu madre?" argumentaba Memo.
Utilizamos un caballo tequilero para moverlo sobre la mesa y nos sentamos los cinco alrededor. En ese momento inició un aguacero terrible, cada relámpago reflejaba nuestras sombras que se movían en la pared por el efecto de la vela. Acordamos que Luis fuera el médium ya que en su casa es que ocurría todo. Tomó el vaso con la punta de los dedos y preguntó a las velas del techo. "¿Hay alguien ahí?". Nos quedamos sin aliento cuando el vaso se movió hacia la palabra "si".
--Puta madre-- dijo Memo.
"¿Qué le digo?" preguntó Luis. "Que se manifieste" sugirió Gerardo en un arrebato de inspiración. "¡Manifiéstate!" ordenó Luis en el momento que tronó un relámpago que nos sacó el pedo de nuestra vida.
En ese momento ocurrió un hecho notable: Roberto puso las manos sobre la mesa, los ojos en blanco y preguntó con un timbre de voz que recordaba vagamente al de Darth Vader: "¿Qué desean?" Gerardo que estaba al lado pegó un brinco, Luis soltó el vasito, Memo dijo "puta madre" y yo no salí corriendo nomás porque estaba trabado de miedo. Roberto seguía pelando los ojos.
Luis ensayó:
--¿Quién eres?
--Benito-- dijo la voz.
Nos miramos con desconcierto; ¿Mussolini? ¿Camelo? ¿El Benemérito? ¿Cuál Benito? Se lo preguntamos, la respuesta brotó de los labios de Roberto: "Benito Terán Parada".
El nombre, pese a sus virtudes para el albur, no le sonaba a nadie. "¿Y qué deseas?" preguntó Luis. "Necesito su ayuda" respondió la voz, "exactamente hace cincuenta años, escondí bajo la duela del armario una carta, es preciso que la encuentren y la destruyan".
Otro trueno.
"¿Por qué Benito?, ¿por qué quieres que la destruyamos?" Preguntó Luis que estaba entrando en confianza. "Porque mientras siga ahí no podré morir. La carta detalla la enorme infamia que cometí con la que era mi esposa. Injustamente, la acusé de pervertir su cuerpo en placeres inconfesables... es por eso que la maté". En el momento que Benito decías esas terribles palabras entró un aironazo que apagó las velas. "¡Hijodesuputamadre!" gritó Memo y botó la mesa. Gerardo sacó su cricket y volvió a prender las velas, la escena era diferente; Luis estaba abajo del sofá, Guillermo en la cocina blandiendo una escoba, un servidor en el suelo a consecuencia de un escobazo que el imbécil de Guillermo me había atizado en medio de la confusión. Sólo Roberto seguía sentado sin inmutarse "muchachos, por favor, ¡la carta!". Fuimos todos temblando al armario, lo abrimos y empezamos a vaciarlo. Esa noche nos enteramos que además de las orejas de mausquetero, Luis tenía la edición de lujo del libro vaquero, una foto infame de Erika Buenfil (dedicada) y la colección completa de las obras de Xaviera Hollander. Abajo de la alfombra que cortamos presurosos con unas tijeras barracuda, había efectivamente una duela suelta, en su interior estaba un sobre amarillo y dentro la carta de don Benito.
Nadie se atrevió a leerla, Gerardo decidió quemarla en el fregadero de la cocina. En ese momento Roberto volvió a abrir la boca: "gracias, gracias, me han dado el descanso que necesitaba" y se desmayó.
Lo despertamos dándole a oler unas mollejas de pollo. Cuando abrió los ojos no recordaba nada, le preguntamos que como se sentía y respondió con una frase que nunca olvidaré:
--Atahualpa Yupanqui.
Toda la noche nos quedamos como pendejos tratando de descifrar lo que había sucedido, se ofrecieron las más diversas hipótesis, desde la que planteaba que todo había sido el producto de una alucinación colectiva porque los churrumais estaban descompuestos, hasta la idea de que, por un instante, habíamos entrado a la dimensión desconocida. Ninguno de nosotros quiso salir a la calle. Por la mañana nos refugiamos en la casa de Gerardo. Seguíamos discutiendo, en ese momento Roberto, que había ido a la recámara para telefonearle a su madre, entró a la sala... Venía lívido.
Cuando estábamos a punto de darle a oler más mollejas de pollo, nos contó que su madre le había avisado que su tío abuelo había muerto la noche anterior en el manicomio. "Se llamaba Benito" agregó.
Un coro unánime exclamó "¡Hijodesuputamadre!" al tiempo que se establecía el juramento sagrado de no volver a tomar.
Que algunos cumplimos y otros, no.
lunes, 10 de mayo de 2010
Madrecitas mexicanas (El Financiero 2003)
Una de las ideas más estremecedoras que se me ocurre es la de quedar embarazado; la sola sensación de que hay algo dentro de mí que va creciendo no me parece romántica ni bella y más bien evoca películas como Alien, en la cual un señor que está cenando cereal se tira en la mesa mientras le da un supiritaco para que, acto seguido, le salga una criatura dientona de en medio de la barriga que pega una carrera para luego merendarse a los tripulantes de la nave uno a uno y como en la canción de los perritos.
Los problemas asociados al embarazo no acaban ahí, a las señoras les sale un mostacho como de Pancho Villa y adquieren un humor equivalente al de Atila el Huno, ya en los momentos finales del embarazo las futuras madres empiezan a levitar con la misma gracia que lo hacía el Hindenburg y luego “se les rompe la fuente” anuncio que preludia la salida por un espacio menor al indicado de una nueva criaturita. Solamente por el proceso anterior considero que después de cada parto habría que levantarle un monumento a la pobre infeliz que pasa por ese trance. Lo escalofriante es que ahí no acaba la cosa porque lo que sigue es que a la señora le salgan estrías y que lo senos le rebosen de leche que hay que darle a cada rato al niño. Luego hay que cambiarlo en un acto que haría vomitar a un buitre y dormir tres horas los siguientes cuatro meses cantando cosas como a la ro ro niño.
Esos momentos son de paranoias múltiples ya que si el niño entrecierra los ojos se sospecha de epilepsia, si se pone morado de llorar los padres tenderán a pensar lo peor y no hay salida que valga, hasta que se asiste con un pediatra con cara de aburrimiento que nos da palmaditas en la espalda.
Se asume, no sé por qué (en realidad si sé) que el papel histórico de la madre es el de cuidar la casa mientras el papá sale a conseguir el sustento, es por ello que la señora durante años además de cocinar chilaquiles, tender camas y lavar los baños, debe hacerse cargo de que los infantes -que para ese momento ya alcanzaron una conducta monstruosa-hagan la tarea o asistan a las actividades que los padres que no saben qué hacer con ellos han diseñado expresamente, como el karate, la natación o la clase de baile típico. Por supuesto cuando la señora llega a los cuarenta años se encuentra en calidad de trapo y muy fregada por el trato recibido. Ese es el momento en que el huevón de su marido se enamora de una jovencita babeante y disuelve el lazo conyugal de la peor manera dejando todo “para buscar una nueva vida”.
A mí me causa un enorme asombro que estas historias sean reales y que sigan ocurriendo en pleno siglo XXI y por supuesto me ruboriza la idea de los festejos del 10 de mayo que son la cosa más cursi que conozco aparte de las colecciones de cucharas. A pesar de todos los agravios históricos e histéricos, padres, hijos y esposos se unen el día de la madre para expresar su reconocimiento con formas variadas y anómalas como una comida que se convierte en tumulto en la que ponen a cocinar a la festejada o llegando a las cuatro de la mañana completamente pedos y con mariachis para dar fe de que madre solo hay una. Luego están los idiotas que dicen que a las madres hay que festejarlas todo el año y otros más idiotas aún que lo que se les ocurre es hacer reportajes acerca de las madres de gente famosa, normalmente viejitas con muy mala pinta que se expresan con mucha dificultad y dicen cosas como “me siento muy orgullosa, fulanito es muy buen hijo”.
Lo único que me consuela de esta celebración ocurrió el sábado cuando en un arrebato lírico y juguetón les propuse a mis hijos que uniéramos las manos para felicitar a su madre, el ser que les dio la vida y María frunció el ceño mientras me decía “ay papá no seas cursi”. Respuesta que me pareció perfecta y muy acorde con los nuevos tiempos que vivimos, que en algo tenían que ser mejores ¿no?
Los problemas asociados al embarazo no acaban ahí, a las señoras les sale un mostacho como de Pancho Villa y adquieren un humor equivalente al de Atila el Huno, ya en los momentos finales del embarazo las futuras madres empiezan a levitar con la misma gracia que lo hacía el Hindenburg y luego “se les rompe la fuente” anuncio que preludia la salida por un espacio menor al indicado de una nueva criaturita. Solamente por el proceso anterior considero que después de cada parto habría que levantarle un monumento a la pobre infeliz que pasa por ese trance. Lo escalofriante es que ahí no acaba la cosa porque lo que sigue es que a la señora le salgan estrías y que lo senos le rebosen de leche que hay que darle a cada rato al niño. Luego hay que cambiarlo en un acto que haría vomitar a un buitre y dormir tres horas los siguientes cuatro meses cantando cosas como a la ro ro niño.
Esos momentos son de paranoias múltiples ya que si el niño entrecierra los ojos se sospecha de epilepsia, si se pone morado de llorar los padres tenderán a pensar lo peor y no hay salida que valga, hasta que se asiste con un pediatra con cara de aburrimiento que nos da palmaditas en la espalda.
Se asume, no sé por qué (en realidad si sé) que el papel histórico de la madre es el de cuidar la casa mientras el papá sale a conseguir el sustento, es por ello que la señora durante años además de cocinar chilaquiles, tender camas y lavar los baños, debe hacerse cargo de que los infantes -que para ese momento ya alcanzaron una conducta monstruosa-hagan la tarea o asistan a las actividades que los padres que no saben qué hacer con ellos han diseñado expresamente, como el karate, la natación o la clase de baile típico. Por supuesto cuando la señora llega a los cuarenta años se encuentra en calidad de trapo y muy fregada por el trato recibido. Ese es el momento en que el huevón de su marido se enamora de una jovencita babeante y disuelve el lazo conyugal de la peor manera dejando todo “para buscar una nueva vida”.
A mí me causa un enorme asombro que estas historias sean reales y que sigan ocurriendo en pleno siglo XXI y por supuesto me ruboriza la idea de los festejos del 10 de mayo que son la cosa más cursi que conozco aparte de las colecciones de cucharas. A pesar de todos los agravios históricos e histéricos, padres, hijos y esposos se unen el día de la madre para expresar su reconocimiento con formas variadas y anómalas como una comida que se convierte en tumulto en la que ponen a cocinar a la festejada o llegando a las cuatro de la mañana completamente pedos y con mariachis para dar fe de que madre solo hay una. Luego están los idiotas que dicen que a las madres hay que festejarlas todo el año y otros más idiotas aún que lo que se les ocurre es hacer reportajes acerca de las madres de gente famosa, normalmente viejitas con muy mala pinta que se expresan con mucha dificultad y dicen cosas como “me siento muy orgullosa, fulanito es muy buen hijo”.
Lo único que me consuela de esta celebración ocurrió el sábado cuando en un arrebato lírico y juguetón les propuse a mis hijos que uniéramos las manos para felicitar a su madre, el ser que les dio la vida y María frunció el ceño mientras me decía “ay papá no seas cursi”. Respuesta que me pareció perfecta y muy acorde con los nuevos tiempos que vivimos, que en algo tenían que ser mejores ¿no?
viernes, 7 de mayo de 2010
Escenas chilangas (El Financiero 2002)
1) Llego a un estacionamiento cerca del zócalo que por algún misterio se llama “overol” con la decidida intención de que no me chinguen como siempre lo intenta el cajero, un gordo que es tan honesto como el mochaorejas o Al Capone. He realizado las cuentas y sé que me corresponde pagar dos horas, es decir treinta y seis pesos, lo cual es un robo pero a fin de cuentas un robo legalizado porque esa es la cuota advertida. El gordo recibe como siempre el boleto, como siempre analiza la hora, como siempre mira al cielo con cara de que está haciendo cuentas y como siempre me cobra de más: “son sesenta pesos” declara, lo que me lleva a mi vez a declararle que está jodido y que son treinta y seis. Vuelve a ver el boleto, parpadea y finalmente masculla “tressansteiis”. Cuando le digo que nunca me ha cobrado la cantidad correcta nomás se me queda viendo con cara de que se abanica en mi opinión y el tipo que está atrás con profunda solidaridad me dice que me apure. En el momento que me subo al coche una señora esta diciendo: “es que usted siempre cobra de más”. Ya camino a mi casa calculo que el gordo gana más que yo por la sola virtud de no saber sumar más que a su favor.
2) Voy por avenida Chapultepec pensando en la inmortalidad del cangrejo cuando un señor igualito a Capulina se traviesa en el arroyo y para el tráfico. Lo primero que se me ocurre es que es el bastonero principal de un desfile de disfuncionales; nones, atrás de él vienen otros dos señores vestidos de civil portando unos rifles, así de grandes. Mi segunda hipótesis es que se trata de un comando que va a secuestrar a alguien pero como yo soy un pelagatos y a mi alrededor no hay nadie la descarto de inmediato. Los del rifle pasan al lado mío mientras rezo una Magnífica y entono el tema “yo se los juro que yo no fui”, finalmente se van. Luego me entero que efectivamente eran un comando, pero antisecuestro y que estaban tratando de evitar que los malhechores hicieran de las suyas.
3) A mi lado un camión de helados o algo así da un frenón para no estrellarse con un coche particular, del coche se baja un señor particular así de grandote y le grita peladeces al chofer que también se baja, en cinco segundos están trenzados a golpes con clara ventaja para el señor que de un tortazo (me gusta “tortazo”) le voltea la nariz a su contrincante (uno siempre tiende a pensar que la gente con menos recursos es mejor para los golpes que los pudientes pero este es un claro ejemplo de una excepción), llega la fuerza pública y los separa mientras se gritan más peladeces, luego se suben a sus coches y se van.
4) Enfilo por calzada de Tlalpan con rumbo al sur, como siempre tomo el carril de la izquierda para evitar a los microbuseros que se paran en cada estación, manejo al lado de un vagón del metro que va atestado y en el que un joven que va junto a la puerta cerrada me mira fijamente. De pronto y sin que medie estímulo alguno levanta la mano y me hace una señal conocida en México como “caracolitos” o “mocos”. No tengo explicación para el arrebato, a lo mejor es un asesino serial que odia a los calvos o es un joven aburrido que se entretiene mentando madres, la verdad es que no lo sé y me quedo con la duda hasta que llego a mi hogar.
5) Un señor se quiere dar vuelta a la izquierda en Insurgentes y a huevo por lo que discute con un policía que impasible le dice que circule. El tipo está furioso y mete un acelerón mientras le grita al representante de la ley “pero gano más que tú, jodido”.
Todo lo anterior en una semana en la muy noble y leal ciudad de México de la que por cierto me declaro rendidamente enamorado a pesar de sus taras y sus vicios chilangos que probablemente no tengan el menor remedio. Ni modo.
2) Voy por avenida Chapultepec pensando en la inmortalidad del cangrejo cuando un señor igualito a Capulina se traviesa en el arroyo y para el tráfico. Lo primero que se me ocurre es que es el bastonero principal de un desfile de disfuncionales; nones, atrás de él vienen otros dos señores vestidos de civil portando unos rifles, así de grandes. Mi segunda hipótesis es que se trata de un comando que va a secuestrar a alguien pero como yo soy un pelagatos y a mi alrededor no hay nadie la descarto de inmediato. Los del rifle pasan al lado mío mientras rezo una Magnífica y entono el tema “yo se los juro que yo no fui”, finalmente se van. Luego me entero que efectivamente eran un comando, pero antisecuestro y que estaban tratando de evitar que los malhechores hicieran de las suyas.
3) A mi lado un camión de helados o algo así da un frenón para no estrellarse con un coche particular, del coche se baja un señor particular así de grandote y le grita peladeces al chofer que también se baja, en cinco segundos están trenzados a golpes con clara ventaja para el señor que de un tortazo (me gusta “tortazo”) le voltea la nariz a su contrincante (uno siempre tiende a pensar que la gente con menos recursos es mejor para los golpes que los pudientes pero este es un claro ejemplo de una excepción), llega la fuerza pública y los separa mientras se gritan más peladeces, luego se suben a sus coches y se van.
4) Enfilo por calzada de Tlalpan con rumbo al sur, como siempre tomo el carril de la izquierda para evitar a los microbuseros que se paran en cada estación, manejo al lado de un vagón del metro que va atestado y en el que un joven que va junto a la puerta cerrada me mira fijamente. De pronto y sin que medie estímulo alguno levanta la mano y me hace una señal conocida en México como “caracolitos” o “mocos”. No tengo explicación para el arrebato, a lo mejor es un asesino serial que odia a los calvos o es un joven aburrido que se entretiene mentando madres, la verdad es que no lo sé y me quedo con la duda hasta que llego a mi hogar.
5) Un señor se quiere dar vuelta a la izquierda en Insurgentes y a huevo por lo que discute con un policía que impasible le dice que circule. El tipo está furioso y mete un acelerón mientras le grita al representante de la ley “pero gano más que tú, jodido”.
Todo lo anterior en una semana en la muy noble y leal ciudad de México de la que por cierto me declaro rendidamente enamorado a pesar de sus taras y sus vicios chilangos que probablemente no tengan el menor remedio. Ni modo.
jueves, 6 de mayo de 2010
Perros (El Financiero 2002)
Para María, adoradora de los perritos salchicha
Supongo que el primer perro que se acercó a una fogata con la saludable intención de merendarse a un hombre primitivo se sorprendió cuando su cena, es decir el hombre primitivo, le aventó un pedazo de carne y de esa manera descubrió que era infinitamente más cómodo dejar que estos señores de taparrabos salieran en masa a exponer la piel frente a un mamut mientras él movía la cola. A partir de ése momento se generó una relación que con altas y bajas se mantiene constante y fraterna y nos ofrece múltiples enseñanzas sobre la vida humana.
Existe, por ejemplo, gente que le tiene miedo a los perros, normalmente la fobia se construye el día que alguien de cinco años que se llama Juanito está llenando una cubetita con lodo y de pronto se acerca un dogo siberiano y pega un ladrido a traición que en el mejor de los casos solo deja un miedo indeleble y en el peor produce impotencia y la caída del pelo..
Hace muchos años mi padre (un gran amante de los perros) llevó a casa a una perra que por algún misterio se llamaba Gigi (un nombre ligeramente idiota) con el fin de que nos hiciera compañía. Pues bien, la perra del nombre idiota tuvo a bien morirse y el veterinario (que era doblemente idiota que la difunta) no practicó la autopsia de rigor, ello determinó que hubiera la “ligera sospecha” de que mi hermana Claudia y un servidor podíamos tener rabia, sí, escribí “rabia”. Ante el temor de que a los tres días nos empezara a salir espuma por la boca se recomendó la vacunación. El tratamiento consistió en 14 vacunas en el estómago que dolían hasta el alma (en la primera aplicación le di una patada a la enfermera en un seno) y que nos provocaron una fobia no a los perros pero sí a las inyecciones y un odio muy explicable hacia la figura de Luis Pasteur.
La personalidad de la gente puede descubrirse por el tipo de perros que poseen, lo anterior, que parecería un lugar común, tiene pleno sustento ya que las evidencias de esta verdad científica son innumerables; están por ejemplo los que se sienten comandos justicieros. Estos normalmente se hacen acompañar de un perro doberman o equivalente que está perfectamente entrenado para morderle la yugular a una viejita en el parque. La gente que tiene estos perros usa el pelo corto y camisetas negras muy pegadas al cuerpo e invierte la mitad del día en adiestrar a su animal a base de palos. Huelga decir que entre el gremio de poseedores de perro, éste es el tipo más lamentable.
Otro grupo se dedica a adiestrar perro para competencias caninas, en este caso los canes tienen apelativos extrañísimos, ya que en lugar de que se les ponga Blackie o Nerón, se utilizan nombres como Rowslans Bassen Howladito III. Las competencias se realizan en un auditorio (que debe oler a excremento) y en ellas podemos ver a gente normalmente gorda que expone a sus perros enfrente de los jueces. El mejor momento de la tarde se alcanza cuando los hacen pegar una carrera para que se pueda evaluar su rendimiento, en estos casos los perros lo hacen con solvencia, pero los dueños normalmente van pegando brincos ya que el ritmo del trote no da para una carrerona ni para caminar. El efecto final resulta notabilísimo.
Un tercer tipo de tenedores de perros son aquellos que disfrutan a los animales dominados por la histeria, en estos casos se trata de perros que miden lo mismo que una rata grande y poseen un metabolismo propio de los adictos a la heroína. Estos perros brincan y brincan, lo babean a uno e intentan infructuosamente copular con la rótula de los invitados. Los dueños normalmente son gente muy bruta que le hablan al perro como solo un idiota le podría hablar a un perro: “mi quiquiiiiis, quién es la perritta consentidaaaa, etc”. Una tendencia particularmente perversa es vestirlos con algún tipo de abriguito y cachucha y sacarlos a la calle. Ignoro si los perros poseen el sentido del ridículo del que sus amos carecen pero el espectáculo es ligeramente lamentable y debería motivar a que todas las organizaciones protectoras de animales elevaran su más enérgica protesta en contra de quien resulte responsable.
Supongo que el primer perro que se acercó a una fogata con la saludable intención de merendarse a un hombre primitivo se sorprendió cuando su cena, es decir el hombre primitivo, le aventó un pedazo de carne y de esa manera descubrió que era infinitamente más cómodo dejar que estos señores de taparrabos salieran en masa a exponer la piel frente a un mamut mientras él movía la cola. A partir de ése momento se generó una relación que con altas y bajas se mantiene constante y fraterna y nos ofrece múltiples enseñanzas sobre la vida humana.
Existe, por ejemplo, gente que le tiene miedo a los perros, normalmente la fobia se construye el día que alguien de cinco años que se llama Juanito está llenando una cubetita con lodo y de pronto se acerca un dogo siberiano y pega un ladrido a traición que en el mejor de los casos solo deja un miedo indeleble y en el peor produce impotencia y la caída del pelo..
Hace muchos años mi padre (un gran amante de los perros) llevó a casa a una perra que por algún misterio se llamaba Gigi (un nombre ligeramente idiota) con el fin de que nos hiciera compañía. Pues bien, la perra del nombre idiota tuvo a bien morirse y el veterinario (que era doblemente idiota que la difunta) no practicó la autopsia de rigor, ello determinó que hubiera la “ligera sospecha” de que mi hermana Claudia y un servidor podíamos tener rabia, sí, escribí “rabia”. Ante el temor de que a los tres días nos empezara a salir espuma por la boca se recomendó la vacunación. El tratamiento consistió en 14 vacunas en el estómago que dolían hasta el alma (en la primera aplicación le di una patada a la enfermera en un seno) y que nos provocaron una fobia no a los perros pero sí a las inyecciones y un odio muy explicable hacia la figura de Luis Pasteur.
La personalidad de la gente puede descubrirse por el tipo de perros que poseen, lo anterior, que parecería un lugar común, tiene pleno sustento ya que las evidencias de esta verdad científica son innumerables; están por ejemplo los que se sienten comandos justicieros. Estos normalmente se hacen acompañar de un perro doberman o equivalente que está perfectamente entrenado para morderle la yugular a una viejita en el parque. La gente que tiene estos perros usa el pelo corto y camisetas negras muy pegadas al cuerpo e invierte la mitad del día en adiestrar a su animal a base de palos. Huelga decir que entre el gremio de poseedores de perro, éste es el tipo más lamentable.
Otro grupo se dedica a adiestrar perro para competencias caninas, en este caso los canes tienen apelativos extrañísimos, ya que en lugar de que se les ponga Blackie o Nerón, se utilizan nombres como Rowslans Bassen Howladito III. Las competencias se realizan en un auditorio (que debe oler a excremento) y en ellas podemos ver a gente normalmente gorda que expone a sus perros enfrente de los jueces. El mejor momento de la tarde se alcanza cuando los hacen pegar una carrera para que se pueda evaluar su rendimiento, en estos casos los perros lo hacen con solvencia, pero los dueños normalmente van pegando brincos ya que el ritmo del trote no da para una carrerona ni para caminar. El efecto final resulta notabilísimo.
Un tercer tipo de tenedores de perros son aquellos que disfrutan a los animales dominados por la histeria, en estos casos se trata de perros que miden lo mismo que una rata grande y poseen un metabolismo propio de los adictos a la heroína. Estos perros brincan y brincan, lo babean a uno e intentan infructuosamente copular con la rótula de los invitados. Los dueños normalmente son gente muy bruta que le hablan al perro como solo un idiota le podría hablar a un perro: “mi quiquiiiiis, quién es la perritta consentidaaaa, etc”. Una tendencia particularmente perversa es vestirlos con algún tipo de abriguito y cachucha y sacarlos a la calle. Ignoro si los perros poseen el sentido del ridículo del que sus amos carecen pero el espectáculo es ligeramente lamentable y debería motivar a que todas las organizaciones protectoras de animales elevaran su más enérgica protesta en contra de quien resulte responsable.
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