jueves, 6 de mayo de 2010

Perros (El Financiero 2002)

Para María, adoradora de los perritos salchicha
Supongo que el primer perro que se acercó a una fogata con la saludable intención de merendarse a un hombre primitivo se sorprendió cuando su cena, es decir el hombre primitivo, le aventó un pedazo de carne y de esa manera descubrió que era infinitamente más cómodo dejar que estos señores de taparrabos salieran en masa a exponer la piel frente a un mamut mientras él movía la cola. A partir de ése momento se generó una relación que con altas y bajas se mantiene constante y fraterna y nos ofrece múltiples enseñanzas sobre la vida humana.
Existe, por ejemplo, gente que le tiene miedo a los perros, normalmente la fobia se construye el día que alguien de cinco años que se llama Juanito está llenando una cubetita con lodo y de pronto se acerca un dogo siberiano y pega un ladrido a traición que en el mejor de los casos solo deja un miedo indeleble y en el peor produce impotencia y la caída del pelo..
Hace muchos años mi padre (un gran amante de los perros) llevó a casa a una perra que por algún misterio se llamaba Gigi (un nombre ligeramente idiota) con el fin de que nos hiciera compañía. Pues bien, la perra del nombre idiota tuvo a bien morirse y el veterinario (que era doblemente idiota que la difunta) no practicó la autopsia de rigor, ello determinó que hubiera la “ligera sospecha” de que mi hermana Claudia y un servidor podíamos tener rabia, sí, escribí “rabia”. Ante el temor de que a los tres días nos empezara a salir espuma por la boca se recomendó la vacunación. El tratamiento consistió en 14 vacunas en el estómago que dolían hasta el alma (en la primera aplicación le di una patada a la enfermera en un seno) y que nos provocaron una fobia no a los perros pero sí a las inyecciones y un odio muy explicable hacia la figura de Luis Pasteur.
La personalidad de la gente puede descubrirse por el tipo de perros que poseen, lo anterior, que parecería un lugar común, tiene pleno sustento ya que las evidencias de esta verdad científica son innumerables; están por ejemplo los que se sienten comandos justicieros. Estos normalmente se hacen acompañar de un perro doberman o equivalente que está perfectamente entrenado para morderle la yugular a una viejita en el parque. La gente que tiene estos perros usa el pelo corto y camisetas negras muy pegadas al cuerpo e invierte la mitad del día en adiestrar a su animal a base de palos. Huelga decir que entre el gremio de poseedores de perro, éste es el tipo más lamentable.
Otro grupo se dedica a adiestrar perro para competencias caninas, en este caso los canes tienen apelativos extrañísimos, ya que en lugar de que se les ponga Blackie o Nerón, se utilizan nombres como Rowslans Bassen Howladito III. Las competencias se realizan en un auditorio (que debe oler a excremento) y en ellas podemos ver a gente normalmente gorda que expone a sus perros enfrente de los jueces. El mejor momento de la tarde se alcanza cuando los hacen pegar una carrera para que se pueda evaluar su rendimiento, en estos casos los perros lo hacen con solvencia, pero los dueños normalmente van pegando brincos ya que el ritmo del trote no da para una carrerona ni para caminar. El efecto final resulta notabilísimo.
Un tercer tipo de tenedores de perros son aquellos que disfrutan a los animales dominados por la histeria, en estos casos se trata de perros que miden lo mismo que una rata grande y poseen un metabolismo propio de los adictos a la heroína. Estos perros brincan y brincan, lo babean a uno e intentan infructuosamente copular con la rótula de los invitados. Los dueños normalmente son gente muy bruta que le hablan al perro como solo un idiota le podría hablar a un perro: “mi quiquiiiiis, quién es la perritta consentidaaaa, etc”. Una tendencia particularmente perversa es vestirlos con algún tipo de abriguito y cachucha y sacarlos a la calle. Ignoro si los perros poseen el sentido del ridículo del que sus amos carecen pero el espectáculo es ligeramente lamentable y debería motivar a que todas las organizaciones protectoras de animales elevaran su más enérgica protesta en contra de quien resulte responsable.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Impunidades (El Financiero 2002)

Leo que nuestro país es una especie de campeón mundial de la impunidad y que de cada 10 delitos que se cometen 9 quedan sin castigo alguno. El dato desde luego es escalofriante pero tiene varias explicaciones que parten desde la esencia misma de nuestra formación y que nos troquelan la conducta de manera irremediable.
Cuando yo era estudiante había una maestra que tenía un carácter similar al de Atila el huno y el aspecto de cualquiera de sus guerreros, con esta buena mujer no había lugar a ninguna especulación; a principio de año advertía sobre las reglas a seguir y todo aquel infeliz que se apartara del camino podía sufrir las consecuencias entre las que se contaba la didáctica estrategia de “ir a la dirección” donde lo dejaban a uno parado como policía de crucero para que “reflexionara sobre su conducta”. Pongo el caso no porque crea que mi maestra es ejemplo de nada, sino para explicar que las consecuencias advertidas son un principio didáctico que en este país tiene el mismo valor que un mazapán de a peso.
Actualmente las cosas empiezan con los padres de familia que quieren enmendar a sus hijos por medio de castigos que son simplemente incumplibles. Normalmente en un arrebato de ira los padres generan amenazas que bordan los límites del ridículo y que luego tienen que ser desmentidas por la vía de los hechos “!Si no te comes la sopa¡” –dice la señora con el hígado en las muelas- “!No vuelves a ir al cine¡”. Por supuesto lo anterior es una pendejada, lo mismo que matar a Santa Claus y sin embargo, a cada minuto padres y madres se enfrascan en estos menesteres sin darse cuenta que lo que aprendemos los mexicanos es justamente a pasarnos por el arco del triunfo cualquier normativa.
Ayer me enteré que en Sonora unas señoras tomaron las casetas de peaje y dejaron pasar a 2 300 coches de gorra para protestar por lo cara que está la luz. Estas medidas han probado permanentemente su eficacia y son la muestra de que en este país puede ser más redituable una zacapela de este estilo que cualquier otra forma de protesta. Efectivamente, lo más probable es que si llega una señora muy decente y manda una carta al funcionario correspondiente expresando sus objeciones al alza de la luz, el destino de tal misiva será el bote de la basura. En cambio si la misma señora enloquece y le da por amarrarse con mecate al jardín público la cosa gana en rating y ello implica, ahora sí, que nuestro funcionario sea levantado de la cama a las tres de la mañana y mentando madres mientras se dirige a negociar.
Otra fuente fundamental en la didáctica del incumplimiento tiene que ver con lo que se llama eufemísticamente “condonación” que no es otra cosa que permitir que todos aquellos que incumplieron con sus pagos de una cosa o de otra se “regularicen” lo que presupone que los que sí cumplieron se sientan como una nube de imbéciles que fueron estafados por nuestras autoridades y a la siguiente decidan hacerse los suecos porque la consecuencia será exactamente la misma. Gracias a este principio los que se roban la luz, aquellos que no pagan impuestos e inclusive los que instalaron un aparato de recepción pirata pueden entrar al aro bajo el mexicanísimo principio de “cuenta nueva y borrón”. Hace unos años cuando pedí un préstamo hipotecario, el “error de diciembre” me dejó como al señor que escenifica la pasión en la Semana Santa. Tardé cuatro años en reponerme y llegué a pensar en medidas extremas para poder pagar, como seducir a viejitas seniles o poner una fábrica de gelatinas. Cuando finalmente me liberé y llegué muy contento a contar mi nueva condición de no deudor, un primo me dio unas palmadas y me dijo que el se había negado a pagar y que finalmente había negociado con el banco por una cantidad tres veces menor a la que yo pagué. Lo miré como veía la Medusa y en ese momento me fui a la ferretería a comprar mi machete para ver si, ahora sí, la revolución me hace justicia.

lunes, 3 de mayo de 2010

Esos signos (El Financiero 1999)

Narraba hace unos días Víctor Roura que José Luis Perdomo era un editor muy malhumorado y desesperado por lo mal que escribían algunos colaboradores, agregaría yo que tenía el hábito muy deficiente de no saludar al prójimo. Sin que esto implique un arrebato paranoico (o un Edipo mal resuelto) supongo que en la lista de Perdomo un servidor ocupaba un destacadísimo lugar. Efectivamente, cada domingo cuando mando mi artículo me imagino al pobre mortal que le tocó la negra de revisar lo que escribí elevando los ojos al cielo y poniendo un acento donde no lo había, o una coma en lugar del punto y seguido. Ni modo.
Supongo que lo correcto sería hacer un acto de contricción y en consecuencia iniciar un curso de ortografía rápida, u ofrecer mi alma en sacrificio para todos aquellos sacerdotes del español que se encabronan si uno no habla como el Quijote de la Mancha. Sin embargo, el asunto me rebasa; las reglas gramaticales representan para mí una fuente de misterios inescrutables. Para fundamentar esta incapacidad congénita ofreceré algunos ejemplos.
Regla.- El objeto directo es la parte de la oración que responde a las preguntas: qué, a quién o a quiénes + verbo, y puede ser sustituida por los pronombres la, lo, las o los. Muy bien, la buena noticia es que ya sabemos que la es un pronombre, la mala noticia es que hay una parte de la oración que responde a alguna pregunta ¿qué pregunta? Ni idea. Tratemos de salir del embrollo usando un ejemplo: José Luis corrigió algunos artículos y se puso de un humor de la chingada. Correcto, según la regla anterior, lo que debemos hacer es cambiar algunos artículos por el pronombre los y santas pascuas. Sin embargo, a mí me parecía más informativa la versión original en la que no se sabía cuáles eran los artículos que le habían conferido ese geniecito a José Luis. Por otro lado, para poder preparar este modesto problema gramatical invertí media mañana de revisión de el libro de español de sexto grado de primaria -que por cierto escribieron unos cuates.
Regla de tiempos verbales.- El antepospretérito indica que la acción sucede después de otra pasada y antes de una que, para el pasado, sería futura. El texto anterior podría estar escrito en algún dialecto burundi y sería más legible, pero hagamos un esfuerzo. Lo que sucedió se supone que ocurrió después de que algo pasó (lo cuál tiene cierta lógica). También sabemos que va a ocurrir antes de algo que pasará pero que se encuentra en el pasado. Algo así como una versión gramatical de Pide al tiempo que vuelva, donde Christopher Reeve, le mete mano a Jane Seymour de manera antepospretérita. Sigamos con nuestro ejemplo: José Luis me prometió que cuando yo fuera a recoger los artículos el ya los habría revisado y estaría de un humor de la chingada. Ahora bien, yo puedo descifrar esto porque así habla la gente normal, no desde luego porque comprenda la regla.
Regla de acentos.- El acento diacrítico sirve para distinguir palabras escritas que pueden dar lugar a confusión por resultar homógrafas -es decir de idéntica escritura, pero diferente significado o función gramatical- si se aplican regularmente las reglas ortográficas. La segunda buena noticia es que ya sabemos que coños es una palabra homógrafa. Por otro lado esta regla está bastante sencillona porque se supone que debe distinguir palabras como aquel (cuando es adjetivo) de aquél (cuando es pronombre). El enorme problema al que nos enfrentamos es que sólo Dios sabe en el momento adecuado distinguir entre ambas opciones, por lo que en este caso lo que hacemos los mortales es pasarle el corrector ortográfico al texto (asunto que no servirá de nada porque el corrector no puede saber si lo que queremos escribir es pronombre o no). de hecho el corrector de mi máquina cree que Fedro debe ser sustituído por Federo, Medro, Cedro o Pedro.
En fin, yo seguiré escribiendo, el corrector sufriendo, los entusiastas del español criticando y José Luis revisando textos... quién (¿así se escribe?) sabe dónde.

domingo, 2 de mayo de 2010

Influencias artísticas (EL Financiero 1999)

La persona más original que he conocido en mi vida era un señor que se ponía sombrero, usaba clavel y bastón y a la menor provocación se ponía a recitar poesía propia (que era una mierda sin remedio) o a bailar, poniendo los ojos en blanco, el gustado tema típico “Qué chula es Puebla”. Dentro de su repertorio de originalidades se encontraba el connotado hecho de ser el inventor de un idioma el cual empezaba a hablar cada que estaba beodo y que consistía de una serie de pujidos. Este esfuerzo comunicativo era ligeramente estéril ya que como era el único que entendía tal lengua, no había manera de saber si estaba rezando, trabajando en ecuaciones diferenciales o mentándole a uno la madre. Estaré de acuerdo con usted, querido lector si me dice que el fulano de marras no era original sino pendejo, pero lo anterior me deja pensando en los esfuerzos que hacemos día con día con el fin de abrevar de las fuentes de las que nadie ha tomado agua y como tales empresas suelen terminar invariablemente mal.
Original es un señor que se cuelga una cacerola del pescuezo y sale a la calle o aquel que es capaz de beberse un jarrito de toronja por la nariz. El sendero de la idiotez está empedrado de cientos de personas que en un afán de distinguirse nos regalan cotidianamente con muestras prefabricadas ligeramente escalofriantes de una profunda imbecilidad. El que no me crea puede ir a leer la versión más actualizada del libro Guinness en donde podemos encontrar al señor que se bañó por última vez el 14 de julio de 1974 o la señora que se recuesta en la recámara y el pelo le llega al garage. Otra opción es ver el programa de Ripley del cual fui testigo recientemente y en el que un señor levantaba con los dientes una mesa con todo y mantel y otro se metía una boa por la garganta en el acto más repugnante que he presenciado jamás (si descuento las expectoraciones que generaba un tío abuelo hace ya muchos años).
Desde chiquitos se nos impronta con la idea de que copiar es malo, al que agarran tomando ideas de sus compañeritos le cae la fuerza de la ley. Es por ello que los imitadores son una especie de leprosos de este mundo moderno y la razón por la cual nuestros progenitores buscan alternativas extraordinarias para nuestro futuro desarrollo profesional y digo extraordinarias por lo idiotas, como estudiar la tuba o aprender alguna lengua muerta que resulta muy útil cuando las reuniones sociales se ponen aburridas.
Y digo yo: ¿cuál es el mérito de ser originales? La Historia es filtro de proporciones implacables; a lo largo de cientos de años la gente inservible ( con excepciones que probablemente nunca conoceremos) ha sido cribada y mandada a los fosos del olvido, mientras que las mejores influencias se han dejado sentir por aquí y por allá ¿cuál sería el problema de recibir su aroma? Búsquese una idea cualquiera y se encontrará siempre, de manera invariable algún antecedente cosa que, por cierto, me resulta profundamente normal. Sin embargo, dígasele a fulanito de tal que se percibe en su obra la influencia de sutanito y los siguiente que sucederá es que fulanito nos mandará a buscar la influencia de nuestra señora madre ya que seguramente se sentirá insultado.
Desde luego hay otros más vivos (o más brutos, según se quiera ver) que cuando les pregunta sobre sus grandes influencias contestan cosas como León Tolstoi u Octavio Paz. En ese caso lo que sigue es leer la obra del entrevistado para saber a qué atenerse con respecto al intelecto del declarante..
Es obvio (tan obvio que preocupa que se siga dicutiendo) que ninguna influencia puede ser mala por sí misma. Que si un señor nos hizo el favor de hacer bien las cosas para luego morir, tendríamos que ser muy brutos para no tomar su ejemplo. Es por ello que a partir de este momento me declaro públicamente influenciable y lo invito a que haga lo mismo. Ahora que si usted cede a los encantos de Jorge Ortiz de Pinedo será muy su problema.

sábado, 1 de mayo de 2010

Thalía o memorias del desneuramiento (El Financiero 1998)

Lo primero que percibe uno de Thalía es que está bien buena y por algún misterio sensorial es también lo último. La ¿cantante? se inscribe en esa corriente arrasadora de jóvenes muy jóvenes que entraron en el mundo artístico con un aspecto físico de la mejor ley y con la aparente condición de establecer vínculos indisolubles con la estupidez. Para muestra basta el botón de la entrevista que Jesús Hernández le hizo ayer en las páginas de este periódico. Veamos algunos indicadores:
A la notable pregunta respecto a la posibilidad de producir lencería para las clases populares, Thalía contestó que el producto se vendía como pan caliente y además destacó el hecho de que no son (ella se incluye desde luego) tantos ricos en México. Que Dios la perdone pero tiene razón, las recientes estadísticas hablan de 40 millones de mexicanos que viven en pobreza y 14 millones por debajo de la línea de pobreza extrema. Por supuesto la preocupación de estos compatriotas no es comprar los calzones que vende Thalía. Posteriormente se le inquirió acerca de su visita a Indonesia donde su popularidad es muy alta, la cantante relató que vino un avión con los cónsules y el “señor de educación” a conocerla y a contarle que un chingamadral (la vulgaridad es mía) de indoneses la ven todas las noches y que sólo se habla de ella y de Mahoma, además que cuándo les habló en español a los notables indoneses, éstos se quedaron muy extrañados y que eso es muy bonito. Bien, si efectivamente vino el ministro a ver a Thalía, podemos entonces explicarnos la tasa de 25% de analfabetismo que tienen los indoneses, la misma variable probablemente explique también porque les gusta tanto la cantante (repito: está buena, no da clases de filosofía). El siguiente paso es imaginarse la calles de Jakarta y a Mahoma y a Thalía siendo recordados por la gente y finalmente tratar de descifrar porque Thalía encuentra bonito que unos señores que la vienen a ver no entiendan un carajo de lo que dice.
La entrevista avanza hacia el peligrosísimo terreno de la política en el que Thalía se desempeña solventemente como lo demuestra la declaración de que tuvo la maravilla de conocer (bíblicamente) al hijo del “gran presidente Díaz Ordáz” (las comillas no pueden ser más que dignas hijas de Thalía) y a través de él conoció mucho de política (no se sabe si el aprendizaje tiene que ver con instrucciones para masacrar o simplemente la mejor manera de ligarse a una folklórica). Luego habla de que su padre era un hombre cultísimo que aparece en la Enciclopedia Británica (cuya probable y única omisión fue no transferir ése tesoro cultural a sus descendientes).
Posteriormente Thalía habla de “su México” (¿por qué les dará por apropiarse del país?) y dice que su público oscila entre niños muy pequeñitos hasta abuelitos y que la ven como si fuera parte de su familia; la hija, la hermana , la novia y que cuando va en la calle lo máximo que le puede decir alguien es “qué Dios te bendiga”. En este caso hay un pequeño error conceptual. Seguramente la ¿actriz? no se ha dado cuenta que sus admiradores se encuentran en el rango que los especialistas definen como de capacidad para el ejercicio sexual y que si un señor la mira atentamente, lo menos que está pensando es que le gustaría tener una hija así. En cuanto a lo que le dicen en la calle, probablemente se deba a que Thalía no ha circulado lo suficiente ya que lo máximo que le puede decir un albañil, por ejemplo, es mucho menos sacro de lo que piensa.
El cierre monumental está dado por las pláticas de Thalía con Dios las cuáles “son maravillosas” (aquí hay que pensar en los temas que elige Dios para hablar con ésta su sierva). En ésas pláticas Thalía le cuenta a Dios que tuvo un mal pensamiento (que en su caso podría ser un pensamiento inteligente) o que le contestó mal a alguien.
Después de la entrevista y ante la popularidad de Talhía uno se queda con la sensación de que algo anda mal en México o en Indonesia (o quizá con Dios).