Dicen que en 1967 nevó en la ciudad de México; habré estado dormido porque francamente no me acuerdo. Supongo que los chilangos hicieron las misma idioteces que se recomiendan en estos casos, como sacar la tina de lavar ropa y aventarse por una pendiente, hacer muñecos y lanzarse bolas descerebrantes.
La primera vez que vi la nieve fue durante un viaje de juventud. Recuerdo que durante los primeros diez minutos fui igual de idiota: pegué brincos, inicié la construcción de un monigote e intenté descerebrar a mis congéneres por medio de bolas de quinientos gramos. Sin embargo, los siguientes tres meses fueron de mentar madres en medio de un frío de la tiznada que me provocó pérdida de la memoria.
En otras latitudes, existe gente que nace, crece se reproduce y muere viendo nevar. Supongo que en esas condiciones las opciones sociales son limitadas y que debido a ello podemos explicar que se pongan a hacer cosas muy extrañas del tipo de las que uno tiene oportunidad de presenciar en los Juegos Olímpicos de Invierno.
Lo primero que llama la atención es una vocación digamos estoica para salir a la calle (o a las pistas) cuando la temperatura es de diez bajo cero. Yo le pondría una medalla a quien se dejara, nomás por el gusto de verle la cara fruncida por el frío, pero estos superhombres (y supermujeres, que diablos) no tienen bastante y se lanzan por una rampota trepados en esquís y con riesgo de dejar a su señora madre en el camino. Otros se enfrentan a la furia de los elementos durante treinta kilómetros, llegan con los mocos congelados y un rifle de municiones en la espalda que hay que disparar de vez en vez.
Un deporte que llamó mi atención es el del (aquí entra la pausa de mi ignorancia) ¿bobslead? En el que el chiste es subirse a un cochecito que uno empuja en su etapa inicial y que baja, digámoslo castizamente, hecho la chingada. El señor que lo tripula va viendo al cielo, supongo que rezando una Magnífica. La nota en este caso la dio el equipo puertorriqueño (ser puertorriqueño y participar en los juegos de invierno es equivalente a ser la princesa Lea y vivir en un monasterio) porque en la bajada dejaron a un coequipero. Esta participación no nos debería de sorprender si consideramos que hay un equipo que representa a Jamaica y que seguramente entrena en una de las sucursales de La Michoacana, así como un compatriota que se llama (lo juro) Hubertus no-sé-que madres, que siempre nos representó y siempre llegó en último lugar.
Otra notabilidad de los juegos de invierno es la del hockey, en el que el chiste radica en que a uno no lo decapiten seis animales que juegan en el equipo contrario. Los porteros utilizan unas máscaras como las que se venden el 16 de septiembre, nomás que de plástico y las porterías son iguales a las de las coladeritas de la secundaria. En contraste está el patinaje artístico en el que las parejas realizan movimientos que bastarían para acabar en la octava delegación de policía si uno en lugar de estar en una pista de hielo estuviera en un volkswagen. Por algún misterio una vez que terminan su rutina los sientan en unas sillas preparadas ad hoc, les regalan unos crisantemos, los ponen a esperar sus calificaciones al lado de un señor o señora que no se sabe si es pariente o el entrenador, mientras son observados por seiscientos millones de personas. Luego aparecen los resultados que normalmente son incomprensibles y en los que invariablemente hay un juez que se nota que es llevado de la mala vida.
Los Juegos Olímpicos de Invierno han concluido. ¿Por qué despiertan tanto interés entre nosotros? Yo que soy un hijo de los climas tropicales ignoro la respuesta y desde esta humilde tribuna le anuncio a mi amigo Alfonso, que me ha invitado a ir de ascensión al Popocatepetl, que ahí estaré con mucho gusto... El mismo día que los gringos nos devuelvan la alta California.
miércoles, 21 de abril de 2010
martes, 20 de abril de 2010
Rutinas (El Financiero 1999)
No sé (ni me importa) quien dijo alguna vez que el hombre es un animal de costumbres pero tenía razón. Los que vivimos en este milenio que agoniza (nótese mi vena lírica que se acentúa día con día) estamos llenos de ritos, mañas y rutinas que son indescifrables en su funcionalidad pero que cumplimos como los diez mandamientos de la ley de Dios. ¿Por qué? No tengo la mínima idea, pero siempre me ha resultado fascinante el asunto y es por ello que lo pongo hoy a su consideración.
Un día –como demostró alguien que tampoco me importa- tiene veinticuatro horas y éstas son utilizadas de la siguiente manera:
Ocho de la mañana.- Uno se despierta con muy mala cara, los ojos hinchados, el pelo de escobeta y una especie de sustancia petrificada en las comisuras de los labios. Las estrategias para salir del reino de los sueños son varias; la más ortodoxa es el reloj despertador que haya que apagar hasta por cuatro veces. Si se tiene hijos pequeños, ellos cumplirán la función o (como es mi caso) el vecino que se dedica a la limpieza de muebles con máquinas que podrían despertar al señor de los cielos de su sueño eterno. Cuando uno más o menos ya calibra, se dirige al baño, mira su mala cara en el espejo y entonces viene un regaderazo que se supone es una fuente de vitalidad. Generalmente hay que ser un experto en tornillos micrométricos ya que si el agua no está a la temperatura correcta, un movimiento en falso de cualquier palanquita, puede determinar una quemadura de tercer grado en las partes nobles.
Nueve de la mañana.- Ya vestido y después de untarse productos que tienen como función que uno no huela a lo que huele, viene el desayuno. Se recomienda jugo y huevos o fruta ¿por qué? No lo sé ¿quién afirma que es mejor un jugo de naranja que un wisqui en las rocas? ¿O que es la hora adecuada para los huevos motuleños pero no para unos canelones? Costumbres.
Nueve y media.- Hay que salir al trabajo, que en esta ciudad implica un trayecto de una hora. Generalmente cuando el ciudadano arriba a su espacio laboral viene ya madreadón porque le metieron mano en el pesero o inhaló chicharrón prensado en una estación de Metro. El siguiente paso es sentarse y hacerse güey de la mejor manera posible (echando plática, leyendo el periódico, hablando a una hot line) hasta que den las tres que es la hora (otro misterio) en la que todo mundo come.
Tres de la tarde.- Para comer se recomienda un orden especial: sopa, guisado, postre café y un cigarro. Probablemente la combinación anterior sea cancerígena pero es la buena y entonces uno se mete al cuerpo todo lo anterior en media hora y regresa con la lengua de fuera al trabajo presa de una especie de sopor que determina una siestecita en el mejor de los casos o un desnucamiento al cabecear en el peor.
Seis de la tarde.- La oficina ha terminado, se regresa a casa y la costumbre recomienda sentarse en un sillón a ver la tele. Esta actividad es la primera que se cumple al llegar al hogar, pero también la última; entre miradas de mujer, muñecos de peluche y un comercial donde sale un señor gordo y semidesnudo se pasan las horas. Si los niños tienen tarea, la resuelven frente a la tele, lo que determina que sus metáforas estén llenas de alusiones a lo buenota que está la niñera o lo bien que baila Fey.
Nueve de la noche.- La cena, consistente en pan de dulce y chocolate, (misterio again) está servida; es el momento de sentarse en la mesa y callarse la boca o hablar mal del prójimo. El siguiente paso es dar las buenas noches, quitarse la ropa y aventarla en un cesto que huele a nabos y ponerse algún atuendo nocturno (que puede ser una playera en jirones y unas bermudas guangotas). Se programa el despertador, da uno las buenas noches y se duerme hasta el día siguiente mientras empieza s sufrir las metamorfósis que determinará el pelo de escobeta, los párpados hinchados y la sustancia petrificada en la comisura de los labios... Y así hasta morir
Un día –como demostró alguien que tampoco me importa- tiene veinticuatro horas y éstas son utilizadas de la siguiente manera:
Ocho de la mañana.- Uno se despierta con muy mala cara, los ojos hinchados, el pelo de escobeta y una especie de sustancia petrificada en las comisuras de los labios. Las estrategias para salir del reino de los sueños son varias; la más ortodoxa es el reloj despertador que haya que apagar hasta por cuatro veces. Si se tiene hijos pequeños, ellos cumplirán la función o (como es mi caso) el vecino que se dedica a la limpieza de muebles con máquinas que podrían despertar al señor de los cielos de su sueño eterno. Cuando uno más o menos ya calibra, se dirige al baño, mira su mala cara en el espejo y entonces viene un regaderazo que se supone es una fuente de vitalidad. Generalmente hay que ser un experto en tornillos micrométricos ya que si el agua no está a la temperatura correcta, un movimiento en falso de cualquier palanquita, puede determinar una quemadura de tercer grado en las partes nobles.
Nueve de la mañana.- Ya vestido y después de untarse productos que tienen como función que uno no huela a lo que huele, viene el desayuno. Se recomienda jugo y huevos o fruta ¿por qué? No lo sé ¿quién afirma que es mejor un jugo de naranja que un wisqui en las rocas? ¿O que es la hora adecuada para los huevos motuleños pero no para unos canelones? Costumbres.
Nueve y media.- Hay que salir al trabajo, que en esta ciudad implica un trayecto de una hora. Generalmente cuando el ciudadano arriba a su espacio laboral viene ya madreadón porque le metieron mano en el pesero o inhaló chicharrón prensado en una estación de Metro. El siguiente paso es sentarse y hacerse güey de la mejor manera posible (echando plática, leyendo el periódico, hablando a una hot line) hasta que den las tres que es la hora (otro misterio) en la que todo mundo come.
Tres de la tarde.- Para comer se recomienda un orden especial: sopa, guisado, postre café y un cigarro. Probablemente la combinación anterior sea cancerígena pero es la buena y entonces uno se mete al cuerpo todo lo anterior en media hora y regresa con la lengua de fuera al trabajo presa de una especie de sopor que determina una siestecita en el mejor de los casos o un desnucamiento al cabecear en el peor.
Seis de la tarde.- La oficina ha terminado, se regresa a casa y la costumbre recomienda sentarse en un sillón a ver la tele. Esta actividad es la primera que se cumple al llegar al hogar, pero también la última; entre miradas de mujer, muñecos de peluche y un comercial donde sale un señor gordo y semidesnudo se pasan las horas. Si los niños tienen tarea, la resuelven frente a la tele, lo que determina que sus metáforas estén llenas de alusiones a lo buenota que está la niñera o lo bien que baila Fey.
Nueve de la noche.- La cena, consistente en pan de dulce y chocolate, (misterio again) está servida; es el momento de sentarse en la mesa y callarse la boca o hablar mal del prójimo. El siguiente paso es dar las buenas noches, quitarse la ropa y aventarla en un cesto que huele a nabos y ponerse algún atuendo nocturno (que puede ser una playera en jirones y unas bermudas guangotas). Se programa el despertador, da uno las buenas noches y se duerme hasta el día siguiente mientras empieza s sufrir las metamorfósis que determinará el pelo de escobeta, los párpados hinchados y la sustancia petrificada en la comisura de los labios... Y así hasta morir
lunes, 19 de abril de 2010
De regreso al cine (El Financiero 1990)
Hay sucesos que a uno lo dejan conmovido, ya he relatado en esta página algunos de ellos, como el día que se metió un camión en el aula de la escuela secundaria o cuando el Porky dejó ver un gran testículo mientras agonizaba bailando la danza del venado. Sin embargo, hoy pretendo hablar de cine y en consecuencia, de cómo algunas de las películas que he visto han marcado mi vida. Veamos:
Sin duda el primer filme que me conmocionó fue Mary Poppins; en él una señora (Julie Andrews) bajaba del cielo por medio de un paraguas y se metía de nana de unos niños que nadie quería. El primero sobresalto me lo llevé cuando el perico –que estaba en el mango del paraguas- habló y regañó a Julie. Durante años prefería agarrar una pulmonía que tomar un paraguas. Inmediatamente después, la nana se llevaba a los niños y se encontraban a un señor con un saco parecido al que usan los árbitros de futbol americano o la gente que no tiene sentido de la moda (Dick van Dyke) y bailaban tap con unos pingüinos que eran caricaturas. No recuerdo ya el final, sin embargo la última escena en la que Mary se va volando me parece imborrable ya que deja a los niños que encandiló mientras se encamina al cielo. Durante muchos años ello me hizo desconfiar de los adultos.
La siguiente película en mi lista de conmociones era una de Drácula; no recuerdo quiénes eran los actores pero si tengo nítidamente claro que desde mi humilde opinión eran unos pendejazos que no entendían que un señor vestido de frac, con ojos de pacheco y colmillos de vampiro, tenía que ser un vampiro que se los quería chupar. Los protagonistas eran tan brutos, que en lugar de ir a las diez de la mañana al castillo, decidían entrar a las once de la noche. Luego, a la hora de caminar por los corredores en lugar de ir como formación de rugby se separaban y de pronto al dar la vuelta se encontraban al conde que de un mordisco los dejaba jodidos. El único que no moría era un joven bien parecido que tenía la notable característica de llevar una estaca en el momento justo. Al terminar la película el único comentario posible era: “como hay gente bruta”.
Otra película que llamó mi atención fue de arte: por algún misterio estético decidí ir a la cineteca nacional cuando todavía estaba en Churubusco y entré a ver una cinta checa que la vida no me dará para recordar el nombre. En ella sucedía lo siguiente: un señor (el protagonista) salía de su casa vestido como usted y como yo, la escena cambiaba y el mismo señor caminaba pero ahora con una capa de los tres mosqueteros. Al llegar a la esquina, se dirigía a un transeúnte y su voz era similar a la de una de las hermanas de Lorenzo Antonio. En ese avatar y usando el tono soprano, explicaba que él era una visión y entonces la escena cambiaba a una granja en la que e estaba cenando una familia: El papá tenía cara de chivo, la mamá de vaca y los hijos se repartían el resto de los animales de la granja. En el momento que salí del cine escuché a un tipo de barbita que decía “es maravilloso” y entonces sentí que era yo un badulaque sin sensibilidad artística.
La última película la vi en la tele y trataba de los extraterrestres. En ella llega una nave del tamaño de mis malos pensamientos y desbarata muchas ciudades. Lo que ellos no sabían es que teníamos científicos muy chinguetas que se podían subir a naves de guerra y meterle un virus a su computadora. Hay una escena en la que el presidente gringo se trepa a un avión (¡el presidente!) y con cara de melosvoyachingar dispara unos cohetes. Al final el mundo se salva gracias al científico y a un señor negro que duerme en calzones.
Por todo lo anteriormente expuesto es que yo no veo cine para niños, ni películas de vampiros. Mucho menos me dejo atrapar por el cine de arte húngaro y lo único que sé es, que el día que nos caigan los extraterrestres, voy a esperar que Clinton se trepe a una nave y salve mi vida. Ojalá
Sin duda el primer filme que me conmocionó fue Mary Poppins; en él una señora (Julie Andrews) bajaba del cielo por medio de un paraguas y se metía de nana de unos niños que nadie quería. El primero sobresalto me lo llevé cuando el perico –que estaba en el mango del paraguas- habló y regañó a Julie. Durante años prefería agarrar una pulmonía que tomar un paraguas. Inmediatamente después, la nana se llevaba a los niños y se encontraban a un señor con un saco parecido al que usan los árbitros de futbol americano o la gente que no tiene sentido de la moda (Dick van Dyke) y bailaban tap con unos pingüinos que eran caricaturas. No recuerdo ya el final, sin embargo la última escena en la que Mary se va volando me parece imborrable ya que deja a los niños que encandiló mientras se encamina al cielo. Durante muchos años ello me hizo desconfiar de los adultos.
La siguiente película en mi lista de conmociones era una de Drácula; no recuerdo quiénes eran los actores pero si tengo nítidamente claro que desde mi humilde opinión eran unos pendejazos que no entendían que un señor vestido de frac, con ojos de pacheco y colmillos de vampiro, tenía que ser un vampiro que se los quería chupar. Los protagonistas eran tan brutos, que en lugar de ir a las diez de la mañana al castillo, decidían entrar a las once de la noche. Luego, a la hora de caminar por los corredores en lugar de ir como formación de rugby se separaban y de pronto al dar la vuelta se encontraban al conde que de un mordisco los dejaba jodidos. El único que no moría era un joven bien parecido que tenía la notable característica de llevar una estaca en el momento justo. Al terminar la película el único comentario posible era: “como hay gente bruta”.
Otra película que llamó mi atención fue de arte: por algún misterio estético decidí ir a la cineteca nacional cuando todavía estaba en Churubusco y entré a ver una cinta checa que la vida no me dará para recordar el nombre. En ella sucedía lo siguiente: un señor (el protagonista) salía de su casa vestido como usted y como yo, la escena cambiaba y el mismo señor caminaba pero ahora con una capa de los tres mosqueteros. Al llegar a la esquina, se dirigía a un transeúnte y su voz era similar a la de una de las hermanas de Lorenzo Antonio. En ese avatar y usando el tono soprano, explicaba que él era una visión y entonces la escena cambiaba a una granja en la que e estaba cenando una familia: El papá tenía cara de chivo, la mamá de vaca y los hijos se repartían el resto de los animales de la granja. En el momento que salí del cine escuché a un tipo de barbita que decía “es maravilloso” y entonces sentí que era yo un badulaque sin sensibilidad artística.
La última película la vi en la tele y trataba de los extraterrestres. En ella llega una nave del tamaño de mis malos pensamientos y desbarata muchas ciudades. Lo que ellos no sabían es que teníamos científicos muy chinguetas que se podían subir a naves de guerra y meterle un virus a su computadora. Hay una escena en la que el presidente gringo se trepa a un avión (¡el presidente!) y con cara de melosvoyachingar dispara unos cohetes. Al final el mundo se salva gracias al científico y a un señor negro que duerme en calzones.
Por todo lo anteriormente expuesto es que yo no veo cine para niños, ni películas de vampiros. Mucho menos me dejo atrapar por el cine de arte húngaro y lo único que sé es, que el día que nos caigan los extraterrestres, voy a esperar que Clinton se trepe a una nave y salve mi vida. Ojalá
viernes, 16 de abril de 2010
La belleza interior (El Financiero 1998)
Somos un mundo de hipócritas; esta aseveración la puedo comprobar con un sinfín de testimonios en el que ocupa un destacadísimo lugar la vez que a un señor de nobles intenciones se le ocurrió hacerle un himno a mi abuelo. Las razones para hacer esto son desde luego dignas de agradecimiento y no vienen a cuento, lo importante es que en una reunión de señores respetables a la que la familia del difunto (es decir, la mía) fue requerida, uno que cantaba interpretó a capela la citada obra musical. El resultado lo recuerdo aún entre escalofríos y sin embargo, a la hora de la verdad, mi padre y todos sus descendientes dijimos cosas como que qué prodigio lírico, que la belleza de la interpretación era inconmensurable y otras mamadencias que hoy descubro me avergüenzan..
Lo mismo sucede con la gente fea; yo que soy un muy digno y destacado miembro de ése gremio, he aprendido en la escuela de la vida que a la gente le cuesta mucho trabajo decir la verdad de las cosas. No negará, querido lector que alguna vez se ha presentado en el hospital para felicitar a los nuevos padres y a la hora de conocer a la criatura le presentan a usted una cosa a la que se le ven las venas cerebrales, tiene pelos en las orejas y los ojos como hendiduras de alcancía. Lo único que queda en ese momento es mentir y decirle a los padres que en lugar del monstruo que uno tiene ante sus ojos, trajeron a este mundo a un angelito que está precioso. Por lo anterior es que todos nosotros (señaladamente las tarjetas de Sanborns) buscamos muletillas retóricas como la que dice que: “la belleza interior es la que cuenta”. Con todo respeto…pura madre.
En el mundo hay un tiquipuchal de gente horrible, de ahí la notabilidad de la belleza física. Sin embargo, supongo que cuando uno nace guapetón, se acostumbra a lo que los italianos llaman el dolce farniente. A los guapos siempre les va de inicio mejor que a los feos, es por ello que desarrollan un pobre conteo neuronal (al que proteste le diré que soy consciente de las excepciones pero son eso: excepciones) y terminan la vida mostrando sus pechos incomparables en los que se aprecia un lavadero o engalanando los archivos de sociales en lo que un grupo de viejas huevonas se reúnen para festejar la llegada de fulanito y sutanita que vienen de su veraneo en las Baleares.
Todo esto viene a cuento porque el otro día estaba revisando el periódico, de pronto me encontré con una mujer muy buena que, sin embargo tenía una joroba llena de plumas de las cuales salía una especie de penacho multicolor. De inmediato pensé en una deformidad congénita pero observando con mayor atención me di cuenta que era un traje típico y que era la señorita México que sorpresivamente había ganado el certamen del atuendo. Y digo sorpresivamente porque la madre que traía encima no me la pondría así me arrastraran.
Los concursos de belleza han llamado siempre mi atención ya que me parece ilustran un mundo de premodernidad que algún día superaremos; en ellos, las buenas entre las buenas se pasean por pasarelas igual que perros malteses, se enfundan en vestidos como el anteriormente descrito que les dan un aspecto como de Tezcatlipoca pero con senos y luego se andan paseando en traje de baño y con tacones (cosa que nadie en pleno uso de facultades hace) para que los jueces (un puñado de vividores) las aprecien a gusto. Normalmente las entrevistas son un delirio y en ellas nos enteramos que las bellas no quieren que haya guerras ni hambre en el mundo. Que admiran a la madre Teresa y que cuando ganen tratarán de poner en alto el nombre de la mujer mexicana. Por algún misterio hidráulico, la ganadora invariablemente echa a llorar mientras le ponen chueca la corona. Después da un paseíto con un cetro de aluminio y se dedica el siguiente año a darse la gran vida, hasta que llega otra que llora y le arrebata la corona.
¡Ah! La vida de los bellos.
Lo mismo sucede con la gente fea; yo que soy un muy digno y destacado miembro de ése gremio, he aprendido en la escuela de la vida que a la gente le cuesta mucho trabajo decir la verdad de las cosas. No negará, querido lector que alguna vez se ha presentado en el hospital para felicitar a los nuevos padres y a la hora de conocer a la criatura le presentan a usted una cosa a la que se le ven las venas cerebrales, tiene pelos en las orejas y los ojos como hendiduras de alcancía. Lo único que queda en ese momento es mentir y decirle a los padres que en lugar del monstruo que uno tiene ante sus ojos, trajeron a este mundo a un angelito que está precioso. Por lo anterior es que todos nosotros (señaladamente las tarjetas de Sanborns) buscamos muletillas retóricas como la que dice que: “la belleza interior es la que cuenta”. Con todo respeto…pura madre.
En el mundo hay un tiquipuchal de gente horrible, de ahí la notabilidad de la belleza física. Sin embargo, supongo que cuando uno nace guapetón, se acostumbra a lo que los italianos llaman el dolce farniente. A los guapos siempre les va de inicio mejor que a los feos, es por ello que desarrollan un pobre conteo neuronal (al que proteste le diré que soy consciente de las excepciones pero son eso: excepciones) y terminan la vida mostrando sus pechos incomparables en los que se aprecia un lavadero o engalanando los archivos de sociales en lo que un grupo de viejas huevonas se reúnen para festejar la llegada de fulanito y sutanita que vienen de su veraneo en las Baleares.
Todo esto viene a cuento porque el otro día estaba revisando el periódico, de pronto me encontré con una mujer muy buena que, sin embargo tenía una joroba llena de plumas de las cuales salía una especie de penacho multicolor. De inmediato pensé en una deformidad congénita pero observando con mayor atención me di cuenta que era un traje típico y que era la señorita México que sorpresivamente había ganado el certamen del atuendo. Y digo sorpresivamente porque la madre que traía encima no me la pondría así me arrastraran.
Los concursos de belleza han llamado siempre mi atención ya que me parece ilustran un mundo de premodernidad que algún día superaremos; en ellos, las buenas entre las buenas se pasean por pasarelas igual que perros malteses, se enfundan en vestidos como el anteriormente descrito que les dan un aspecto como de Tezcatlipoca pero con senos y luego se andan paseando en traje de baño y con tacones (cosa que nadie en pleno uso de facultades hace) para que los jueces (un puñado de vividores) las aprecien a gusto. Normalmente las entrevistas son un delirio y en ellas nos enteramos que las bellas no quieren que haya guerras ni hambre en el mundo. Que admiran a la madre Teresa y que cuando ganen tratarán de poner en alto el nombre de la mujer mexicana. Por algún misterio hidráulico, la ganadora invariablemente echa a llorar mientras le ponen chueca la corona. Después da un paseíto con un cetro de aluminio y se dedica el siguiente año a darse la gran vida, hasta que llega otra que llora y le arrebata la corona.
¡Ah! La vida de los bellos.
jueves, 15 de abril de 2010
De fotografía (El Financiero 1999)
No crean que ignoro que en estas mismas páginas escribe un experto en fotografía. En realidad no quiero referirme hoy a esas imágenes en las que sale un señora buenísima con cara lánguida sentada en una ventana y con algo como un mofle que le brota del vientre, sino a las fotos (“instantáneas”, las llaman los mamones) que usted y yo nos tomamos con diversos fines.
Retratarse (a menos que uno sea a José Luis Cuevas cuya pasión por sí mismo da para una foto diaria) es un acto que emprendemos los mortales de cuando en cuando y que obedece en general a la necesidad. Si se trata, por ejemplo, de algún documento oficial, se pasa por un trance que de doloroso se convierte en una tragedia cuando vemos la foto que nos tomó el señor que a eso se dedica. En general a uno lo sientan en un banquito con una cortina detrás, el tipo pide que miremos fijamente a la cámara y que no cerremos los ojos. En el momento que concluye la frase nos agarra a traición y dispara. A los cinco minutos se recibe un enmicado que pueder traer cualquiera de las siguientes alternativas: a) la imagen de un asesino serial; b) la expresión de un hombre que acaba de ser atropellado por un minibus; c) un hombre con los párpados en la misma posición que los de alguien en trance hipnótico y la cara que Master y Johnson definen en su capítulo de orgasmo. Como ni modo de andar reclamando uno se lleva la identificación y la guarda en lo más profundo de su cartera hasta que alguien la descubre y pregunta: “¿por qué saliste con cara de pendejo?”.
Otra alternativa fotográfica es la de las imágenes que se utilizan para los diplomas universitarios; por algún misterio estético, el reglamento universitario demanda de la víctima que ésta aparezca en la foto con una cara que no es la suya: pelo para atrás, orejas libres, sin barba ni bigote y con corbata. El día que regresé de la fotografía en esas fachas, mi sobrina dio un grito histérico cuando me vio entrar a la casa pensando que era el señor del costal. Sólo hay una cosa más idiota que las fotos de título y es el idiota que cuelga el título en una pared y permite que el resto de nosotros nos demos cuenta cómo le ha pasado el tiempo encima.
La tercer opción es la de las fotos del Metro. La gente que toma esta alternativa por lo general se siente obligada a entrar en manada a la cabinita y hacer cosas extrañísimas como reírse sin razón, sacar la lengua o poner cara de huachinango. Otros utilizan este adelanto tecnológico como un recurso desesperado ante la necesidad, cuando se toma esta opción uno puede estar seguro que, además de cuatro fotografías, se obtendrá un diagnóstico médico ya que las imágenes pueden revelar un tumor en la oreja, pelos enterrados o calvicie que uno no conocía. En los casos anteriores es mejor tirar el producto a la basura e ir con un viejito oriental que tiene su estudio en la lateral del Periférico; uno llega, saluda se sienta y el viejito toma la foto, todo en un idioma recién descubierto por él. El único riesgo es que las fotos credencial invariablemente las corta tamaño mignon.
Una más es la de las fotos en las bodas; invariablemente hay un señor de patillas de taquero y pelo engominado que le pide a la gente que se junte y sonría, la gente lo hace e inmediatamente después se pone peda. A la una de la mañana llega el taquero con las fotos metidas en una cartulina que dice “boda de Arturo y Chachis”. En general las fotos tienen siempre algún problema: a la mujer de allá se le salió una chichi, el señor estaba besando a una que no era su esposa o a aquel de allá le cuelga une excrecencia de la barba. Sin embargo, dada la hora y el estado de los invitados, todo mundo compra la foto y al día siguiente ya crudos la tiran echa pedacitos por el excusado.
Es por todo lo anterior, querido lector, que le recomiendo se retrate sólo cuando la vida se lo exija y por favor: no meta la barriga.
Retratarse (a menos que uno sea a José Luis Cuevas cuya pasión por sí mismo da para una foto diaria) es un acto que emprendemos los mortales de cuando en cuando y que obedece en general a la necesidad. Si se trata, por ejemplo, de algún documento oficial, se pasa por un trance que de doloroso se convierte en una tragedia cuando vemos la foto que nos tomó el señor que a eso se dedica. En general a uno lo sientan en un banquito con una cortina detrás, el tipo pide que miremos fijamente a la cámara y que no cerremos los ojos. En el momento que concluye la frase nos agarra a traición y dispara. A los cinco minutos se recibe un enmicado que pueder traer cualquiera de las siguientes alternativas: a) la imagen de un asesino serial; b) la expresión de un hombre que acaba de ser atropellado por un minibus; c) un hombre con los párpados en la misma posición que los de alguien en trance hipnótico y la cara que Master y Johnson definen en su capítulo de orgasmo. Como ni modo de andar reclamando uno se lleva la identificación y la guarda en lo más profundo de su cartera hasta que alguien la descubre y pregunta: “¿por qué saliste con cara de pendejo?”.
Otra alternativa fotográfica es la de las imágenes que se utilizan para los diplomas universitarios; por algún misterio estético, el reglamento universitario demanda de la víctima que ésta aparezca en la foto con una cara que no es la suya: pelo para atrás, orejas libres, sin barba ni bigote y con corbata. El día que regresé de la fotografía en esas fachas, mi sobrina dio un grito histérico cuando me vio entrar a la casa pensando que era el señor del costal. Sólo hay una cosa más idiota que las fotos de título y es el idiota que cuelga el título en una pared y permite que el resto de nosotros nos demos cuenta cómo le ha pasado el tiempo encima.
La tercer opción es la de las fotos del Metro. La gente que toma esta alternativa por lo general se siente obligada a entrar en manada a la cabinita y hacer cosas extrañísimas como reírse sin razón, sacar la lengua o poner cara de huachinango. Otros utilizan este adelanto tecnológico como un recurso desesperado ante la necesidad, cuando se toma esta opción uno puede estar seguro que, además de cuatro fotografías, se obtendrá un diagnóstico médico ya que las imágenes pueden revelar un tumor en la oreja, pelos enterrados o calvicie que uno no conocía. En los casos anteriores es mejor tirar el producto a la basura e ir con un viejito oriental que tiene su estudio en la lateral del Periférico; uno llega, saluda se sienta y el viejito toma la foto, todo en un idioma recién descubierto por él. El único riesgo es que las fotos credencial invariablemente las corta tamaño mignon.
Una más es la de las fotos en las bodas; invariablemente hay un señor de patillas de taquero y pelo engominado que le pide a la gente que se junte y sonría, la gente lo hace e inmediatamente después se pone peda. A la una de la mañana llega el taquero con las fotos metidas en una cartulina que dice “boda de Arturo y Chachis”. En general las fotos tienen siempre algún problema: a la mujer de allá se le salió una chichi, el señor estaba besando a una que no era su esposa o a aquel de allá le cuelga une excrecencia de la barba. Sin embargo, dada la hora y el estado de los invitados, todo mundo compra la foto y al día siguiente ya crudos la tiran echa pedacitos por el excusado.
Es por todo lo anterior, querido lector, que le recomiendo se retrate sólo cuando la vida se lo exija y por favor: no meta la barriga.
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