¿Cómo reconocer un compatriota viajando por el mundo? El indicador más usado consiste en determinar en medio de un tumulto a la persona que trae la bandera tricolor, un sombrero gigante y que avanza gritando ¡viva México cabrones! Otra manera sencilla es identificar al que trae zapatos blancos sin calcetines o la señora que se untó tres kilos de manteca vegetal en la cara con el fin de subir a la torre Eiffel. Sin embargo, este método presenta serias deficiencias ya que no permite suponer más que la forma más superficial de nuestra herencia. Es por ello que me he propuesto construir un índice de mexicanidad que permita analizar de manera científica el nivel de identificación patrio de todos aquellos que tuvimos la suerte de nacer en estas bellas tierras. Asumo, sin ninguna modestia, que esta es una valiosa aportación a un territorio en el que las únicas explicaciones sobre nuestro comportamiento se basan en la idea de que sufrimos un trauma irreversible cuando los españoles llegaron a quemarnos los pies. Para ello le pido, querido lector, que conteste el siguiente cuestionario diseñado ex profeso para que se conozca mejor. Si el asunto pega, procederé a publicar un manual de autoayuda que usted encontrará en todas las librerías de prestigio y puestos de periódicos.
1.- Usted ha tenido una sensación de derrota e impotencia cuando se enteró que:
a) Hernán Cortés tomó preso a Cuauhtemoc y le achicharró los pies para que dijera dónde estaba la lana.
b) El cura Hidalgo fue apresado en Acatita de Baján (¿qué carajos será eso?), lo confesaron, fusilaron y decapitaron.
c) Nuestra gloriosa selección nacional fue derrotada por el poderoso equipo de Honduras en el Azteca.
2.- La luz del semáforo está en verde, usted advierte que seguir adelante provocará que los autos que circulan por la otra calle no puedan avanzar cuando corresponde, entonces decide:
a) Frenar de inmediato, sonreír cortésmente al vecino y esperar con paciencia.
b) Mandar una carta a las autoridades en donde, con toda civilidad, reflexiona acerca de la necesidad de que los semáforos de la ciudad se sincronicen adecuadamente.
c) Echar la lámina para adelante, bloquear el camino y observar al vacío mientras le mientan la madre.
3.- Ha ganado un viaje a Australia en el que, junto con otras cuarenta personas se dispone a conocer las llanuras. En un paisaje magnífico y rodeado de canguros usted decide:
a) Comentar con sus compañeros de viaje lo imborrable que le resulta la experiencia que está viviendo.
b) Caminar en silencio mientras reflexiona en lo maravillosa que es la naturaleza.
c) Darle de comer a un canguro un pedazo de quesadilla, chiflarle al animal para ver si se espanta y en el momento cumbre entonar la canción mixteca mientras grita: ¡jay-ja-jay¡.
4.- Frente a usted hay una pared completamente encalada, recibe de pronto un litro de pintura y una brocha del dos, en ese momento:
a) Decide donar tales implementos al museo nacional de arte, donde seguramente recibirán un mejor uso.
b) Se aleja del lugar y al llegar a su casa le ofrece a su vecino ayuda para pinta su casa (la del vecino).
c) Entra en una especie de episodio histérico y se pone a llenar la pared con leyendas tales como: “aquí estuvo el Pitirijas”, “Claudia te amo” o “putos lo de la San Joaquín”.
5.- Enfrente de usted hay doce botellas de vino descorchadas y listas para servirse, entonces:
a) Inaugura un club de cata de vino e invita a amigos y familiares para realizar la primera prueba.
b) Tira el contenido de las botellas por la coladera ya que considera que el alcohol es perjudicial para la salud.
c) Invita a tres cuates y empieza a tomar, a la segunda botella dice cosas como: “es que te quiero un chingo”, en la cuarta botella balancea la cabeza como elefante anestesiado y en la sexta decide hablarle (son las tres de la mañana) a la novia de la juventud para decirle lo mucho que la ama. Luego orina en el camellón.
Bien, si usted ha contestado la opción “C” en las cinco ocasiones, no cabe duda de que es más mexicano que el pulque y un digno exponente de nuestra nacionalidad, por lo que le sugiero enviar una carta al Secretario Castañeda para que le dé un hueso en algún consulado y nos pueda representar con la dignidad que merecemos.
domingo, 14 de marzo de 2010
sábado, 13 de marzo de 2010
Calzada de los misterios (El Financiero 2001)
Nunca he entendido a cabalidad bajo qué criterio algo se cataloga como una obra maestra, ya que supongo que en el tiempo que se produce, ya sea una pintura o un libro, debe haber varios cientos de contemporáneos haciendo lo propio, es decir produciendo su propia obra. ¿Qué determina que sea Miguel Ángel y no un vecino suyo que se llamaba Giuseppe di la Tela el que llegue a nosotros? Puede haber varias explicaciones; una de ellas es que Buonarotti era más lambiscón y por lo tanto más conspicuo, lo que le permitía recibir obra de Julio II que como todo mundo sabe no es otro sino Rex Harrison, otra hipótesis es que di la Tela era borracho y un día se le quemaron las obras en medio de una peda y desde luego la última, que es la popularmente aceptada, es que Miguel Ángel era mejor. Sin embargo hay que tomar esta idea con reserva ya que algunas evidencias de obras maestras por lo menos a mí me parecen cuestionables.
Será que soy un amargado o ignorante (ambas posibilidades no son excluyentes y de hecho creo que en mi vida se complementan íntegramente) pero resulta que hay obras maestras que considero con todo rigor como verdaderos bodrios inexplicables. Por ejemplo el primer día que llegué a París en medio de un frío del mismísimo diablo, hice lo que todo turista idiota hace, es decir trasladarme al Louvre y buscar entre todos los pasillos a la pinche Monalisa, la cosa fue más o menos sencilla porque seguí el rastro de una nube de japoneses que parecían atraídos con imán por la obra de Da Vinci. Al llegar me encontré con un tumulto que contemplaba un cristal, detrás del cristal estaba el cuadro. Me acerqué vi la obra de arte dije para mi fuero interno: “ah” y me moví de lugar porque un oriental clavaba en ese momento su codo en mi riñón. Lo primero que deduje es que si el cuadro no fuera famoso, nunca en mi vida se me hubiera ocurrido ir a verlo ya que retrata a una señora cachetona que no tiene cejas y una boca así de chiquita. Su famosa sonrisa no delata para mi ningún misterio: es una forma benigna de autismo ¿ por qué es una obra maestra? Lo ignoro.
Otro caso famoso tiene que ver con la música clásica de este siglo; la impresión que tengo cuando la escucho es que la orquesta está afinando sus instrumentos antes de que llegue el director, hasta que me doy cuenta que el ensayo es sospechosamente largo, finalmente me entero que la obra ya terminó y se llamaba sinfonía fulanita de tal y que ha sido escrita por un autor de nombre impronunciable.
Este artículo se originó a partir de una discusión con un grupo de queridos amigos en la que intercambiábamos impresiones sobre las grandes películas del siglo. Una de ellas sugirió que una cosa llamada “El cocinero, el ladrón, el amante y su esposa” (el orden puede variar) aplicaba en la categoría y entonces yo me acordé vagamente de la escena final en que un señor encuerado es servido en bandeja para que se lo coman. Su aspecto es el de una ternera lechal y nomás le falta la manzana en la boca. No guardo un registro mayor del filme y lo único que tengo claro es que cuando salí del cine me quedé con la firme idea de que había sido estafado.
Tengo un querido cuñado que se casó en una iglesia de Cholula catalogada como: “una obra maestra del churrigueresco”. Lo que yo vi en cambio fue un amontonadero terrible de santos, figuritas y figurotas que me recordaban vagamente la casa de la Tigresa. No había un solo espacio libre y la sensación era ligeramente opresiva. Tuve que salir a fumar ante la paranoia de que moriría aplastado por la estatua del santo niño Tarcisio que amenazaba con caer sobre mi cabeza.
Ya he explicado reiteradamente que no veo la maestría de El dinosaurio de Monterroso por ningún lado (nunca nadie me ha querido explicar en qué consiste la gracia de la obra) aunque en este caso reconozco en él a un fregonazo que merece todo mi aprecio y cariño como lo sabe bien… En fin.
Será que soy un amargado o ignorante (ambas posibilidades no son excluyentes y de hecho creo que en mi vida se complementan íntegramente) pero resulta que hay obras maestras que considero con todo rigor como verdaderos bodrios inexplicables. Por ejemplo el primer día que llegué a París en medio de un frío del mismísimo diablo, hice lo que todo turista idiota hace, es decir trasladarme al Louvre y buscar entre todos los pasillos a la pinche Monalisa, la cosa fue más o menos sencilla porque seguí el rastro de una nube de japoneses que parecían atraídos con imán por la obra de Da Vinci. Al llegar me encontré con un tumulto que contemplaba un cristal, detrás del cristal estaba el cuadro. Me acerqué vi la obra de arte dije para mi fuero interno: “ah” y me moví de lugar porque un oriental clavaba en ese momento su codo en mi riñón. Lo primero que deduje es que si el cuadro no fuera famoso, nunca en mi vida se me hubiera ocurrido ir a verlo ya que retrata a una señora cachetona que no tiene cejas y una boca así de chiquita. Su famosa sonrisa no delata para mi ningún misterio: es una forma benigna de autismo ¿ por qué es una obra maestra? Lo ignoro.
Otro caso famoso tiene que ver con la música clásica de este siglo; la impresión que tengo cuando la escucho es que la orquesta está afinando sus instrumentos antes de que llegue el director, hasta que me doy cuenta que el ensayo es sospechosamente largo, finalmente me entero que la obra ya terminó y se llamaba sinfonía fulanita de tal y que ha sido escrita por un autor de nombre impronunciable.
Este artículo se originó a partir de una discusión con un grupo de queridos amigos en la que intercambiábamos impresiones sobre las grandes películas del siglo. Una de ellas sugirió que una cosa llamada “El cocinero, el ladrón, el amante y su esposa” (el orden puede variar) aplicaba en la categoría y entonces yo me acordé vagamente de la escena final en que un señor encuerado es servido en bandeja para que se lo coman. Su aspecto es el de una ternera lechal y nomás le falta la manzana en la boca. No guardo un registro mayor del filme y lo único que tengo claro es que cuando salí del cine me quedé con la firme idea de que había sido estafado.
Tengo un querido cuñado que se casó en una iglesia de Cholula catalogada como: “una obra maestra del churrigueresco”. Lo que yo vi en cambio fue un amontonadero terrible de santos, figuritas y figurotas que me recordaban vagamente la casa de la Tigresa. No había un solo espacio libre y la sensación era ligeramente opresiva. Tuve que salir a fumar ante la paranoia de que moriría aplastado por la estatua del santo niño Tarcisio que amenazaba con caer sobre mi cabeza.
Ya he explicado reiteradamente que no veo la maestría de El dinosaurio de Monterroso por ningún lado (nunca nadie me ha querido explicar en qué consiste la gracia de la obra) aunque en este caso reconozco en él a un fregonazo que merece todo mi aprecio y cariño como lo sabe bien… En fin.
jueves, 11 de marzo de 2010
Con diez cañones por banda (El Financiero 1996)
Ayer por la mañana me dirigía yo a cumplir con la noble tarea del trabajo, cuando sintonicé una estación en la que reconocí de inmediato la voz de Flor Berenguer, una mujer que le encanta opinar acerca de todo aquel asunto que se ponga a su alcance. La señorita Berenguer anunció la presencia de Alejandro Aura, quien, en su muy gustado estilo, disertó acerca de la importancia de que los programas de estudio estimulen la lectura; además presentó una teoría de la cual es autor en la que señala que el propósito "perverso" de las autoridades educativas es el de generar mano de obra barata e iletrada (o algo así) y remató explicándole a la conductora y a los millones de radioescuchas el poema aquel donde se escabechan a los niños héroes que dice: "Como renuevos cuyos aliños, un viento helado...".
Lo notable del asunto no es la presentación de tales ideas, ni siquiera de la explicación de los versitos que mucho agradezco, sino de que el argumento principal para cuestionar la política educativa en cuanto al español se refiere, se centraba (esa fue una aportación de Berenguer) en el hecho de que en las escuelas ya no se declama, ni los niños recitan poemas como antes. Pues bien, resulta que no estoy de acuerdo y debería agregar que si efectivamente en las escuelas ya no se declama (cosa de la que no estoy seguro) es algo que hay que agradecerle al Todopoderoso y que el avance más importante en la dinámica del aula (después de la sustitución de un reglazo por un regaño) debería ser el de evitar que los escuintles canijos se paren frente a sus compañeros y reciten a Darío haciendo gestos y ademanes epilépticos.
Pocas cosas hay en la vida más siniestras que un niño que llega a la reunión adulta con cara de palo y es presentado como "Juanito"; el siguiente peldaño en esta escalera del terror es que la mamá, el papá o alguien con la suficiente dosis de imbecilidad sugiera que se escuche a Juanito declamar. El niño se pone muy serio y de pronto se arranca con voz de pito a recitar "Por qué me quité del vicio"; sube la voz, baja la voz y lo más terrible es que llora en el momento que el papá del poema, que es un pedote, se encuentra a su hijo chupando. En ese momento uno sonríe y aplaude dándole palmadas de perro al niño, que luego interviene en la conversación para hablar de política.
El problema es que para la enseñanza de estos poemas cursiluchos y sangrones se emplea el mismo método didáctico que para enseñar el himno, esto es: de memoria y a madrazos; los niños repiten como pericos las estrofas y luego el más desenfadado (que se convertirá algunos años después en líder de las juventudes priistas) se presenta en el festival y dice que se llama Paquito y no hará travesuras. ¿En qué se beneficia el escuintle? Por supuesto en nada. Miento, se convierte en el borracho que cada fiesta le da por recitar o (con algo de suerte y el suficiente carisma) en un gordo de la televisión que declama mamadencias.
La que habla es la voz de la experiencia, ya que el que esto escribe (esta estupidez la escribí para paliar las críticas de los que dicen que abuso de la primera persona) fue sujeto de una dinámica que bien podríamos clasificar como pavloviana en la que entre una serie de indignidades (como bailar una danza polinesia en calzones) se me obligó a aprenderme unos 18 poemas que la vida no me ha enfrentado a la necesidad de usar.
¿Que los niños lean en las escuelas? Sí. ¿Que lo hagan a través de piezas oratorias ridículas? No. Y por supuesto, que se considere que la pérdida de esa cultura de tertulia de beatas es algo que debamos lamentar, no es más que una de las manifestaciones que representan el infinito desacuerdo que he establecido con el manejo de los medios radiofónicos.
Lo notable del asunto no es la presentación de tales ideas, ni siquiera de la explicación de los versitos que mucho agradezco, sino de que el argumento principal para cuestionar la política educativa en cuanto al español se refiere, se centraba (esa fue una aportación de Berenguer) en el hecho de que en las escuelas ya no se declama, ni los niños recitan poemas como antes. Pues bien, resulta que no estoy de acuerdo y debería agregar que si efectivamente en las escuelas ya no se declama (cosa de la que no estoy seguro) es algo que hay que agradecerle al Todopoderoso y que el avance más importante en la dinámica del aula (después de la sustitución de un reglazo por un regaño) debería ser el de evitar que los escuintles canijos se paren frente a sus compañeros y reciten a Darío haciendo gestos y ademanes epilépticos.
Pocas cosas hay en la vida más siniestras que un niño que llega a la reunión adulta con cara de palo y es presentado como "Juanito"; el siguiente peldaño en esta escalera del terror es que la mamá, el papá o alguien con la suficiente dosis de imbecilidad sugiera que se escuche a Juanito declamar. El niño se pone muy serio y de pronto se arranca con voz de pito a recitar "Por qué me quité del vicio"; sube la voz, baja la voz y lo más terrible es que llora en el momento que el papá del poema, que es un pedote, se encuentra a su hijo chupando. En ese momento uno sonríe y aplaude dándole palmadas de perro al niño, que luego interviene en la conversación para hablar de política.
El problema es que para la enseñanza de estos poemas cursiluchos y sangrones se emplea el mismo método didáctico que para enseñar el himno, esto es: de memoria y a madrazos; los niños repiten como pericos las estrofas y luego el más desenfadado (que se convertirá algunos años después en líder de las juventudes priistas) se presenta en el festival y dice que se llama Paquito y no hará travesuras. ¿En qué se beneficia el escuintle? Por supuesto en nada. Miento, se convierte en el borracho que cada fiesta le da por recitar o (con algo de suerte y el suficiente carisma) en un gordo de la televisión que declama mamadencias.
La que habla es la voz de la experiencia, ya que el que esto escribe (esta estupidez la escribí para paliar las críticas de los que dicen que abuso de la primera persona) fue sujeto de una dinámica que bien podríamos clasificar como pavloviana en la que entre una serie de indignidades (como bailar una danza polinesia en calzones) se me obligó a aprenderme unos 18 poemas que la vida no me ha enfrentado a la necesidad de usar.
¿Que los niños lean en las escuelas? Sí. ¿Que lo hagan a través de piezas oratorias ridículas? No. Y por supuesto, que se considere que la pérdida de esa cultura de tertulia de beatas es algo que debamos lamentar, no es más que una de las manifestaciones que representan el infinito desacuerdo que he establecido con el manejo de los medios radiofónicos.
miércoles, 10 de marzo de 2010
Pero al burro (La Mosca 1997)
Una de las famas ganadas con mayor justicia que tenemos los mexicanos es la de ser buenos para los albures, esta virtud, que se podría comparar con otros atributos como ser alegres, huevones o de plano llevados de la mala vida, son las que seguramente han contribuido a construir la identidad nacional. Si, por ejemplo, vamos algún día caminando por el aeropuerto Rajaputra de Nueva Delhi y exclamamos algo como “el saco me quedó chico” habrá que afinar el oído y otear el horizonte; escuchar algunas de las siguientes frases nos permitirá identificar a un compatriota perdido en su viaje por Asia: a) medallas y llaveros”; b) “échame de menos”; c) “a travieso, nadie me gana” y d) “¿cómo?”.
La vida no me ha dado la imaginación suficiente para especular acerca del origen del albur. No sé si los españoles tenían éstas pretensiones de andarse jodiendo con chupadas y mechas en la punta. Ignoro, también, si el asunto se originó gracias al ingenio e imaginación de algún príncipe chichimeca que no sabía que uso darle a la palabra camote. Algún sociólogo de ésos que les gusta investigar cosas como los hábitos sexuales de los policías del siglo XIX en la meseta de Oaxaca, quizá ha encontrado que el albur es un producto del mestizaje y que algún azteca receloso decía “sí amo” en nahuatl cuando en realidad estaba diciendo “me agarras”. El hecho es que hoy en día uno debe hablar con la cautela de un adúltero para evitar que los amigotes lo agarren de su güey.
Todo este asunto viene a cuento porque el otro día soñé que una empleado de ventanilla en la Secretaría de Hacienda me masacraba a base de albures mientras yo le entregaba mi forma IS24567389”////. El tipo me decía refieriéndose a los palitos del final de la forma que: yo no había agarrado la onda y que él me iba a dar otra forma. Desperté entre sudores fríos y me dirigí inmediatamente al psicoanalista. Al entrar en el consultorio no pude evitar advertir que la recepcionista tenía más bigote que yo y que usaba un sombrerito que le confería el aspecto de una jaula de guacamayas. Cuando entré con el doctor y le expliqué mi problema me dijo: “mire amigo, lo que usted necesita es agarrar confianza en sí mismo. Siento que está muy rígido. así que ¿por qué no se sienta y me platica su problema?
Me senté.
El analista continuó: “su vida se vierte por un agujero, así que ponga atención y trate de recordar los momentos más cálidos de su vida. Seguramente usted de chico daba mucho de que hablar, se enfrascaba en constantes disputas y su madre no lo atendió como era debido. Para superar su problema es menester que descanse ¿Estamos?”
“Estamos” respondí.
“Bien, le voy a sugerir que acuda con el Dr. Martín Cholano y le cuente lo que a mí me ha contado, seguramente el le ofrecerá el consuelo que su alma necesita.”
Desperté por segunda vez y me juré no volver a cenar quesadillas de pápaloquelite. El asunto me ha funcionado pero sin embargo, sigo con inquietudes y es por eso, querido lector que me acojo a su comprensión para que cuando lea estas líneas comprenda que las escribe un hombre desesperado que probablemente se cosa la boca para evitar ir por la vida sufriendo el ingenio ajeno.
La vida no me ha dado la imaginación suficiente para especular acerca del origen del albur. No sé si los españoles tenían éstas pretensiones de andarse jodiendo con chupadas y mechas en la punta. Ignoro, también, si el asunto se originó gracias al ingenio e imaginación de algún príncipe chichimeca que no sabía que uso darle a la palabra camote. Algún sociólogo de ésos que les gusta investigar cosas como los hábitos sexuales de los policías del siglo XIX en la meseta de Oaxaca, quizá ha encontrado que el albur es un producto del mestizaje y que algún azteca receloso decía “sí amo” en nahuatl cuando en realidad estaba diciendo “me agarras”. El hecho es que hoy en día uno debe hablar con la cautela de un adúltero para evitar que los amigotes lo agarren de su güey.
Todo este asunto viene a cuento porque el otro día soñé que una empleado de ventanilla en la Secretaría de Hacienda me masacraba a base de albures mientras yo le entregaba mi forma IS24567389”////. El tipo me decía refieriéndose a los palitos del final de la forma que: yo no había agarrado la onda y que él me iba a dar otra forma. Desperté entre sudores fríos y me dirigí inmediatamente al psicoanalista. Al entrar en el consultorio no pude evitar advertir que la recepcionista tenía más bigote que yo y que usaba un sombrerito que le confería el aspecto de una jaula de guacamayas. Cuando entré con el doctor y le expliqué mi problema me dijo: “mire amigo, lo que usted necesita es agarrar confianza en sí mismo. Siento que está muy rígido. así que ¿por qué no se sienta y me platica su problema?
Me senté.
El analista continuó: “su vida se vierte por un agujero, así que ponga atención y trate de recordar los momentos más cálidos de su vida. Seguramente usted de chico daba mucho de que hablar, se enfrascaba en constantes disputas y su madre no lo atendió como era debido. Para superar su problema es menester que descanse ¿Estamos?”
“Estamos” respondí.
“Bien, le voy a sugerir que acuda con el Dr. Martín Cholano y le cuente lo que a mí me ha contado, seguramente el le ofrecerá el consuelo que su alma necesita.”
Desperté por segunda vez y me juré no volver a cenar quesadillas de pápaloquelite. El asunto me ha funcionado pero sin embargo, sigo con inquietudes y es por eso, querido lector que me acojo a su comprensión para que cuando lea estas líneas comprenda que las escribe un hombre desesperado que probablemente se cosa la boca para evitar ir por la vida sufriendo el ingenio ajeno.
domingo, 7 de marzo de 2010
Ande yo caliente... (El Financiero 1996)
Esta reflexión sobre la moda, se inició de un modo empírico hace unos días cuando me encontré a una amistad que venía vestida como la planta de la guanábana: ¿y ese modelito? pregunté siguiendo la mexicanísima costumbre de joder al prójimo “qué sabes tú, que te vistes como don Teofilito” -respondió la amistad devolviendo el golpe. El comentario fue -desgraciadamente- atinadísimo y me cerró la boca. Más tarde me quedé pensando acerca de la incapacidad congénita que poseo para establecer un vínculo conceptual con la compleja idea de “moda”.
En mi niñez, por ejemplo, bien podría haber sido considerado como un adelantado, ya que me ponía unos overoles de aviador que la gente empezó a utilizar veinte años después. El pelo me lo cortaba al estilo Paricutin, esto es, a rape en los parietales y largo en la coronilla, justo como hacen hoy los adolescentes oligofrénicos. En realidad nunca he podido establecer cuáles son los misteriosos procesos que orientan a un ser en pleno uso de facultades a ponerse un arete en el pezón o que determinan que se usen sombreritos como el que su majestad, la reina Isabel, uso ayer en la final de la eurocopa. Pero, como ya expliqué, quien soy yo para andar criticando.
La moda, desde luego, obedece a criterios cambiantes y entonces hay que adaptarse. Los verdaderos árbitros de la elegancia son aquellos que logran otear los vientos de la estética y estar siempre como don Ferruco en la Alameda, a esa categoría pertenece -según me explican- Carlos Fuentes. Otros nos conformamos con ir por la vida dando de que hablar. Ni modo.
Un breve paseo por la historia nos ofrece información aleccionadora; nuestros antepasados se vestían con plumas y son los pioneros del barroco temprano. Baste imaginar a Moctezuma recibiendo a las visitas con su penacho, que por cierto podrá ser muy bonito pero en la cabeza de un ser humano se ve horroroso, y el ejemplo lo han ofrecido históricamente nuestras representantes en concursos de belleza internacionales que con el penacho parecen artesanía de Olinalá. Los españoles trajeron las medias y unos pantalones bombachos de rayitas. Además impusieron la barba y el bigote. Se pueden reconocer en las litografías, porque usan un casco que parece carabela, pero al revés y por su inevitable tendencia a traer un indio arrastrado de los pelos.
Luego se pusieron de moda las patillas de taquero para los señores y el chongo para las damas. En el caso de los virreyes era muy bien visto utilizar una peluca con cairelitos y medallas en el saco, que podía ser azul rey o amarillo. Lo fascinante del asunto, según yo, no es como se veía la corregidora (por cierto, siempre de perfil), sino el momento en que alguna señora se soltaba el pelo y ensayaba una nueva opción ¿Qué pensaba? ¿Cuál era el primer efecto? No lo sé.
Los mexicanos, aparentemente, hemos mostrado muy poca iniciativa para diseñar nuestros propios modelitos y más bien hemos vivido a la espera de las últimas novedades para imitarlas rápidamente (el nacionalista que crea lo contrario, pregúntese a sí mismo cuando ha visto a una alemana vestida de china poblana en una calle de Munich).
En realidad lo que ha sucedido es que hemos decidido uniformarnos de acuerdo a nuestra condición gremial. Los intelectuales (no me refiero a los orgánicos que se visten en Robert´s) entran en la clasificación de “desarrapado” rápidamente, dado su gusto por prescindir de símbolos de esclavitud como las corbatas y entonces consideran un valor agregado el de vestirse con pana y fumar cigarros franceses. Los jóvenes ejecutivos utilizan trajes pastel y corbatas que parecen el arrecife de Cozumel. Para comer se guardan la corbata en la barriga. Los estudiantes -si son de Derecho- se visten como sus papás y en cambio si estudian artes plásticas, como si fueran a bailar la danza de los venados. Los académicos de la UNAM no pueden ser descritos porque no se quitan la bata... y así por el estilo.
Mi esquizofrenia ha determinado que no posea ninguna identidad gremial ¿que significa esto? que la moda y yo jamás nos entenderemos. Ni modo (again).
En mi niñez, por ejemplo, bien podría haber sido considerado como un adelantado, ya que me ponía unos overoles de aviador que la gente empezó a utilizar veinte años después. El pelo me lo cortaba al estilo Paricutin, esto es, a rape en los parietales y largo en la coronilla, justo como hacen hoy los adolescentes oligofrénicos. En realidad nunca he podido establecer cuáles son los misteriosos procesos que orientan a un ser en pleno uso de facultades a ponerse un arete en el pezón o que determinan que se usen sombreritos como el que su majestad, la reina Isabel, uso ayer en la final de la eurocopa. Pero, como ya expliqué, quien soy yo para andar criticando.
La moda, desde luego, obedece a criterios cambiantes y entonces hay que adaptarse. Los verdaderos árbitros de la elegancia son aquellos que logran otear los vientos de la estética y estar siempre como don Ferruco en la Alameda, a esa categoría pertenece -según me explican- Carlos Fuentes. Otros nos conformamos con ir por la vida dando de que hablar. Ni modo.
Un breve paseo por la historia nos ofrece información aleccionadora; nuestros antepasados se vestían con plumas y son los pioneros del barroco temprano. Baste imaginar a Moctezuma recibiendo a las visitas con su penacho, que por cierto podrá ser muy bonito pero en la cabeza de un ser humano se ve horroroso, y el ejemplo lo han ofrecido históricamente nuestras representantes en concursos de belleza internacionales que con el penacho parecen artesanía de Olinalá. Los españoles trajeron las medias y unos pantalones bombachos de rayitas. Además impusieron la barba y el bigote. Se pueden reconocer en las litografías, porque usan un casco que parece carabela, pero al revés y por su inevitable tendencia a traer un indio arrastrado de los pelos.
Luego se pusieron de moda las patillas de taquero para los señores y el chongo para las damas. En el caso de los virreyes era muy bien visto utilizar una peluca con cairelitos y medallas en el saco, que podía ser azul rey o amarillo. Lo fascinante del asunto, según yo, no es como se veía la corregidora (por cierto, siempre de perfil), sino el momento en que alguna señora se soltaba el pelo y ensayaba una nueva opción ¿Qué pensaba? ¿Cuál era el primer efecto? No lo sé.
Los mexicanos, aparentemente, hemos mostrado muy poca iniciativa para diseñar nuestros propios modelitos y más bien hemos vivido a la espera de las últimas novedades para imitarlas rápidamente (el nacionalista que crea lo contrario, pregúntese a sí mismo cuando ha visto a una alemana vestida de china poblana en una calle de Munich).
En realidad lo que ha sucedido es que hemos decidido uniformarnos de acuerdo a nuestra condición gremial. Los intelectuales (no me refiero a los orgánicos que se visten en Robert´s) entran en la clasificación de “desarrapado” rápidamente, dado su gusto por prescindir de símbolos de esclavitud como las corbatas y entonces consideran un valor agregado el de vestirse con pana y fumar cigarros franceses. Los jóvenes ejecutivos utilizan trajes pastel y corbatas que parecen el arrecife de Cozumel. Para comer se guardan la corbata en la barriga. Los estudiantes -si son de Derecho- se visten como sus papás y en cambio si estudian artes plásticas, como si fueran a bailar la danza de los venados. Los académicos de la UNAM no pueden ser descritos porque no se quitan la bata... y así por el estilo.
Mi esquizofrenia ha determinado que no posea ninguna identidad gremial ¿que significa esto? que la moda y yo jamás nos entenderemos. Ni modo (again).
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