He dicho ya en muchas ocasiones que soy un televidente con cierto grado de adicción. Normalmente en la noche me despatarro en la cama y empieza la titánica labor de hallar algo interesante y digo titánica porque entre las variadas opciones se cuentan programas en que un grupo de imbéciles corretean a los famosos para exasperarlos, hay otro donde pasan películas de la India María y está también el canal del congreso, que es tan ameno como una charla con mi tía Eustaquia.
De hecho el otro día se me fue el sueño pues sintonicé un programa conducido por Jorge Ortiz de Pinedo en el que se simula una escuela y todos hablan como idiotas mientras se dan reglazos. Mi conclusión es que no tenemos remedio, cosa que confirmé cuando el señor De Pinedo declaró muy orgulloso que es una especie de pionero de la comedia mexicana y tiene muy altos puntos de rating.
Dentro del ramillete de opciones se cuenta big brother, esa madre diseñada por un hombre que considero imbécil y que por pura paradoja parece que es listísimo. Porque hay que ser listo para diseñar el programa y luego forrarse de millones a costa de la avidez voyeurista de la gente bruta. De hecho, me entero que el fenómeno es global y que la réplica de esta porquería pasa en varios países lo que nos muestra que la estupidez es un bien compartido sin distinción de nacionalidades ni credos.
El formato del programa es notable; se meten diez o doce personas en una casa a huevonear y de cuando en cuando pasar pruebas diseñadas por el doctor Mengele, consistentes en meterse en un coche o tirarse al agua en calzones. Entiendo que la primera prueba que tuvieron que pasar fue la de “acampar” mientras eran maltratados por un señor que es militar, supongo que se necesita ser idiota para aceptar una cosa así, pero el hecho es que todos se disfrazaron de soldados y aceptaron gustosos el reto.
La idea se complementa con hacer que personajes “famosos” (en su casa los conocen) sean los protagonistas. Entonces uno puede ver cosas tan interesantes como a un señor lavándose los dientes, otro que se asolea en una hamaca o a un grupo de viejas chotas discutiendo si las inyecciones en los labios son o no peligrosas.
El elenco es escogido supongo que siguiendo un criterio de interés público; siempre hay una o dos buenonas que enseñan el chicharrón, hay galanes de torso inapelable, dos o tres señores que se supone son cómicos y algún personaje misceláneo que nadie conoce y que invariablemente es el primero en salir.
Es cuestión de tiempo para que la cosa se ponga grotesca, las buenonas a los tres días ya parecen las mamás del muerto porque se dejaron de acicalar, los galanes se ponen de un humor de la tiznada y los pleitos arrecian por asuntos profundísimos, en los que los protagonistas nos muestran un montón de cosas, la más conspicua es que no acabaron la primaria.
Vienen las nominaciones y el grupo empieza ser reducido como en la canción de los perritos. La gente idiota habla para evitar que salga su favorito y los expulsados siempre salen con muy buena cara a recibir la derrota como si les diera un gusto enorme. En la ceremonia alusiva son recibidos por los seres queridos y lloran generando un espectáculo muy emotivo y por demás lamentable.
En la última versión se ha armado la polémica porque el señor Kahwagi, diputado federal y líder del partido verde en la cámara decidió entrar. A mí el asunto no me produce ninguna estupefacción y sí por el contrario me parece normal y congruente. Lo que me parecería extraordinario es que el diputado ofreciera una sola idea en el ámbito legislativo, es por ello que considero muy adecuada su decisión de entrar a la casa. Ello tiene la ventaja de que así evito escucharlo o verlo durante unas semanitas con la sola técnica de apagar la televisión y ello nunca dejaré de agradecerlo.
miércoles, 6 de enero de 2010
martes, 5 de enero de 2010
Poseídos por el ritmo (El Financiero 2004)
La mayor evidencia de que los mexicanos somos gente adicta al baile se manifiesta en las bodas. Normalmente sucede que la nube de gorrones llega a un salón enorme en el que se habilitan mesas para diez personas que, si tienen suerte, se conocen y en caso contrario, entablan conversaciones ligeramente idiotas por la necesidad de convivir a huevo por lo que se buscan temas genéricos, como las lluvias, el desempeño de la selección o lo guapa que se ve la novia.
Entran los meseros bailando por medio de un rito incomprensible y se sirve una comida que normalmente está fría (imagino al cocinero enfrente de una olla industrial mentando madres) y luego se procede a pedirle a los novios que inauguren la pista para bailar una canción que ellos eligieron previamente y que puede ser el gustado tema “Castillos de hielo” (una mamada) o peor aún “Bailar pegados” una canción en la que el protagonista practica la zoofilia con los delfines. Acto seguido se pide a los padres de los novios (unos viejitos) que se incorporen, si ha habido divorcios la cosa se complica porque ya no queda claro quién debe bailar con quién. El caso es que a los tres minutos, la orquesta se arranca con diversos temas agrupados rítmicamente.
Un primero universo musical está representado por algo que a mí me causa mucho estupor ya que se trata de pasos dobles, señaladamente de los legendarios “Churumbeles de España”, en ese momento y si alcanzó el presupuesto se le reparten a los invitados unos gorritos que yo solo le he visto a Tiro Loco Mc Graw en los que salen unas bolitas del ala del sombrero. La gente inmediatamente se separa y empieza a aplaudir como gitano mientras da taconazos que desgracian el parquet. Es notable ver las evoluciones de el pie veterano que evidentemente ha bailado estas melodías desde el precámbrico y navega por la pista como los delfines del atraco zoofílico.
Luego viene una sección de rock nacional que también resulta notable, porque notable es ver a un señor de edad sudando la gota gorda y manipulando a su pareja como se manipula una pirinola de Apatzingan al ritmo de los Teen tops mientras pone los ojos en blanco. Las parejas más hábiles tienden a expandir su espacio vital lo que provoca pisotones de diversos calibres. Los más osados ensayan evoluciones acrobáticas que pueden acabar de mala manera si la señora no es cachada con oportunidad.
Están los bailes en grupo, donde los miembros de la orquesta se embarcan en un modesto tutorial y logran el prodigio de que 100 imbéciles se contorsionen simultáneamente con el baile del perrito o una mega madre texana que se debe bailar acompasadamente. En ese momento me asaltan varias dudas: ¿la gente no se da cuenta que está haciendo el ridículo tumultuariamente? ¿yo no me doy cuenta que nomás se divierten y soy un amargado? No lo sé, el caso es que todo me parece siniestro.
No solo en las bodas nuestros compatriotas se arrancan poseídos por el demonio del baile. Los mexicanos consideran que en el preciso momento que suene el primer trompetazo del mariachi, es menester (en el caso masculino) pasar los brazos por detrás del cuerpo, agarrarse las manos y pegar de brincos mientra se grita jay-ja-jay. Las mujeres deben tomar su falda de los olanes y levantar las piernas en una especie de tarantella, nomás que sin traje típico.
La última manifestación de esta vena dancística que se me ocurre son los quince años, donde para vergüenza de la humanidad. se pone a quince pobres diablos (los chambelanes) a ensayar aires de vals en honor del señor Strauss, sin que seguramente éste jamás tuviera la menor idea de que con su cánticos y ritmos iba a condenar a la picota a generaciones de adolescentes mexicanos que muy tiesos deben luchar con el peso de la quinceañera y evitar sacarse los ojos por las nubes de hielo seco que infestan la atmósfera.
Como seguramente podrá concluir, querido lector, un servidor ya no baila ni los ojos y en esta posición me mantendré hasta que se me demuestre que los hijos del ritmo tienen razón y yo estoy equivocado. Asunto que considero altamente improbable.
Entran los meseros bailando por medio de un rito incomprensible y se sirve una comida que normalmente está fría (imagino al cocinero enfrente de una olla industrial mentando madres) y luego se procede a pedirle a los novios que inauguren la pista para bailar una canción que ellos eligieron previamente y que puede ser el gustado tema “Castillos de hielo” (una mamada) o peor aún “Bailar pegados” una canción en la que el protagonista practica la zoofilia con los delfines. Acto seguido se pide a los padres de los novios (unos viejitos) que se incorporen, si ha habido divorcios la cosa se complica porque ya no queda claro quién debe bailar con quién. El caso es que a los tres minutos, la orquesta se arranca con diversos temas agrupados rítmicamente.
Un primero universo musical está representado por algo que a mí me causa mucho estupor ya que se trata de pasos dobles, señaladamente de los legendarios “Churumbeles de España”, en ese momento y si alcanzó el presupuesto se le reparten a los invitados unos gorritos que yo solo le he visto a Tiro Loco Mc Graw en los que salen unas bolitas del ala del sombrero. La gente inmediatamente se separa y empieza a aplaudir como gitano mientras da taconazos que desgracian el parquet. Es notable ver las evoluciones de el pie veterano que evidentemente ha bailado estas melodías desde el precámbrico y navega por la pista como los delfines del atraco zoofílico.
Luego viene una sección de rock nacional que también resulta notable, porque notable es ver a un señor de edad sudando la gota gorda y manipulando a su pareja como se manipula una pirinola de Apatzingan al ritmo de los Teen tops mientras pone los ojos en blanco. Las parejas más hábiles tienden a expandir su espacio vital lo que provoca pisotones de diversos calibres. Los más osados ensayan evoluciones acrobáticas que pueden acabar de mala manera si la señora no es cachada con oportunidad.
Están los bailes en grupo, donde los miembros de la orquesta se embarcan en un modesto tutorial y logran el prodigio de que 100 imbéciles se contorsionen simultáneamente con el baile del perrito o una mega madre texana que se debe bailar acompasadamente. En ese momento me asaltan varias dudas: ¿la gente no se da cuenta que está haciendo el ridículo tumultuariamente? ¿yo no me doy cuenta que nomás se divierten y soy un amargado? No lo sé, el caso es que todo me parece siniestro.
No solo en las bodas nuestros compatriotas se arrancan poseídos por el demonio del baile. Los mexicanos consideran que en el preciso momento que suene el primer trompetazo del mariachi, es menester (en el caso masculino) pasar los brazos por detrás del cuerpo, agarrarse las manos y pegar de brincos mientra se grita jay-ja-jay. Las mujeres deben tomar su falda de los olanes y levantar las piernas en una especie de tarantella, nomás que sin traje típico.
La última manifestación de esta vena dancística que se me ocurre son los quince años, donde para vergüenza de la humanidad. se pone a quince pobres diablos (los chambelanes) a ensayar aires de vals en honor del señor Strauss, sin que seguramente éste jamás tuviera la menor idea de que con su cánticos y ritmos iba a condenar a la picota a generaciones de adolescentes mexicanos que muy tiesos deben luchar con el peso de la quinceañera y evitar sacarse los ojos por las nubes de hielo seco que infestan la atmósfera.
Como seguramente podrá concluir, querido lector, un servidor ya no baila ni los ojos y en esta posición me mantendré hasta que se me demuestre que los hijos del ritmo tienen razón y yo estoy equivocado. Asunto que considero altamente improbable.
viernes, 1 de enero de 2010
Apuntes curriculares (El Financiero 2001)
La búsqueda de chamba es un arte en sí mismo y tiene varias maneras de ser resuelta. La más mexicana y común es apoyarse en algún conocido que se haya colocado como Dios manda. Ése es el momento justo de recordar si uno de niño no cometió alguna iniquidad con el señor Subsecretario, le bajó a la novia o lo agarró a madrazos por alguna nimiedad. Si resulta tal cosa lo mejor es abstenerse, en caso contrario hay que organizarle al nuevo funcionario un desayuno de apoyo en el que, de preferencia, se deben mandar a hacer mantas que digan “¡Felicidades!” (y aquí el apodo del Subsecretario que puede ser Toñete o Pepetón), luego vendrán los discursos las anécdotas y ya para el final la repartidera de huesos.
Otra técnica muy propia de los tiempos modernos en confiar en los head hunters, cuya función en la vida es buscar luminarias laborales para ofrecerlas a las empresas como se ofrece la papaya maradol en la central de abastos. La más reciente evidencia de la calidad profesional de esos grupos de ejecutivos la encontramos en el gabinetazo que armó nuestro primer mandatario y en donde se aprecia que la aplicación de categorías científicas para nombrar burócratas puede ser tan certera como la puntería de Guillermo Tell en estado de ebriedad después de ocho botellas de vino suizo. Me imagino una gran sala de juntas en la que hay un grupo de muchachos impetuosos con el pelo engominado y sus palm en la mesa. Llega el entrevistado y le hacen preguntas del tipo siguiente: “usted se encuentra en una isla desierta y encuentra un baúl que contiene una caja de cerillos, una calendario de Gloria Trevi encuerada y un acelerador de partículas, ¿qué opción elegiría ? Acto seguido se le somete a situaciones extremas en las que hay que tomar decisiones: ¿usted canonizaría a Juan Diego? ¿exhumaría los restos de Fidel Velásquez? Las respuestas del sustentante dan pie para que se llenen unas plantillas en las que el veredicto final jamás se anuncia pero puede llegar en forma de una invitación de la corporación de tocinerías Don Fer para hacerse cargo de la presidencia ejecutiva.
Sin embargo, la más ortodoxa forma de conseguir chamba es y seguirá siendo pedir una cita con el responsable de los recursos humanos de cualquier oficina y acto seguido ponerse corbata y llegar con el currículum vitae bajo el brazo, ésta última estrategia siempre me ha parecido fascinante. Lo primero que se debe hacer es filtrar la información, así por ejemplo si uno era huevón y pasó la carrera de panzazo, se debe anotar “egresado de la universidad Fulanita de Tal, en cambio si se tienen menciones honoríficas, lo recomendable es ponerlas todas bajo la consigna de cuanto más mejor. Toda estadía en el extranjero es siempre muy bienvenida, así que si uno algún día de su vida visitó Italia y en el hotel en el que se hospedó había un curso de alfarería puede sin mayor problema escribir: “Diploma en Artes Plásticas por el Instituto Italliano di confezione e latiuca” y no habrá forma de que alguien averigüe la verdad.
Las fechas en la que uno desempeñó trabajos anteriores son siempre un escollo inevitable ya que si se aprecia que las estadías fueron de máximo diez meses, se encontrará uno ante la percepción del contratante en el sentido de que se es un badulaque incapaz de mantenerse en un mismo trabajo. Si por el contrario uno es respaldado por una experiencia de diecisiete años en una empresa quedará la duda de la falta de ambición y deseo de superarse. En ambos casos sugiero suprimir.
Otra forma de adornarse cuando se han engrosado las filas del desempleo es poner “consultor privado” cuando se nos pregunta cuál es nuestra posición actual. Como es ampliamente sabido los consultores no son otra cosa que gente sin empleo que se dedica a talachas diversas que pueden ir desde la instrumentación logística de la feria del mole, hasta la redacción de un manual para afinar un motor stearling.
La respuesta que nos den siempre es también inequívoca, cuando el encargado de las contrataciones nos dice “déjeme todos sus datos y nos comunicamos con usted, no es necesario que llame” uno debe salir con la idea concreta de que el asunto ya valió madre y ése es el momento adecuado de darle retoques a los apuntes curriculares para volverlo a intentar. Suerte.
Otra técnica muy propia de los tiempos modernos en confiar en los head hunters, cuya función en la vida es buscar luminarias laborales para ofrecerlas a las empresas como se ofrece la papaya maradol en la central de abastos. La más reciente evidencia de la calidad profesional de esos grupos de ejecutivos la encontramos en el gabinetazo que armó nuestro primer mandatario y en donde se aprecia que la aplicación de categorías científicas para nombrar burócratas puede ser tan certera como la puntería de Guillermo Tell en estado de ebriedad después de ocho botellas de vino suizo. Me imagino una gran sala de juntas en la que hay un grupo de muchachos impetuosos con el pelo engominado y sus palm en la mesa. Llega el entrevistado y le hacen preguntas del tipo siguiente: “usted se encuentra en una isla desierta y encuentra un baúl que contiene una caja de cerillos, una calendario de Gloria Trevi encuerada y un acelerador de partículas, ¿qué opción elegiría ? Acto seguido se le somete a situaciones extremas en las que hay que tomar decisiones: ¿usted canonizaría a Juan Diego? ¿exhumaría los restos de Fidel Velásquez? Las respuestas del sustentante dan pie para que se llenen unas plantillas en las que el veredicto final jamás se anuncia pero puede llegar en forma de una invitación de la corporación de tocinerías Don Fer para hacerse cargo de la presidencia ejecutiva.
Sin embargo, la más ortodoxa forma de conseguir chamba es y seguirá siendo pedir una cita con el responsable de los recursos humanos de cualquier oficina y acto seguido ponerse corbata y llegar con el currículum vitae bajo el brazo, ésta última estrategia siempre me ha parecido fascinante. Lo primero que se debe hacer es filtrar la información, así por ejemplo si uno era huevón y pasó la carrera de panzazo, se debe anotar “egresado de la universidad Fulanita de Tal, en cambio si se tienen menciones honoríficas, lo recomendable es ponerlas todas bajo la consigna de cuanto más mejor. Toda estadía en el extranjero es siempre muy bienvenida, así que si uno algún día de su vida visitó Italia y en el hotel en el que se hospedó había un curso de alfarería puede sin mayor problema escribir: “Diploma en Artes Plásticas por el Instituto Italliano di confezione e latiuca” y no habrá forma de que alguien averigüe la verdad.
Las fechas en la que uno desempeñó trabajos anteriores son siempre un escollo inevitable ya que si se aprecia que las estadías fueron de máximo diez meses, se encontrará uno ante la percepción del contratante en el sentido de que se es un badulaque incapaz de mantenerse en un mismo trabajo. Si por el contrario uno es respaldado por una experiencia de diecisiete años en una empresa quedará la duda de la falta de ambición y deseo de superarse. En ambos casos sugiero suprimir.
Otra forma de adornarse cuando se han engrosado las filas del desempleo es poner “consultor privado” cuando se nos pregunta cuál es nuestra posición actual. Como es ampliamente sabido los consultores no son otra cosa que gente sin empleo que se dedica a talachas diversas que pueden ir desde la instrumentación logística de la feria del mole, hasta la redacción de un manual para afinar un motor stearling.
La respuesta que nos den siempre es también inequívoca, cuando el encargado de las contrataciones nos dice “déjeme todos sus datos y nos comunicamos con usted, no es necesario que llame” uno debe salir con la idea concreta de que el asunto ya valió madre y ése es el momento adecuado de darle retoques a los apuntes curriculares para volverlo a intentar. Suerte.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
Bigotonas (El Financiero 2006)
El otro día leí muy azorado en un periódico el siguiente titular: “Desprecia Tiziano a las mujeres mexicanas”. Me quedé estupefacto ya que al único señor que responde a ese nombre y que yo conozco es un pintor cuyas obras maestras deben ser muy buenas pero inescrutables para mí y que a estas alturas del partido solo pudo haber emitido tal comentario por medio de la tabla ouija ya que tiene trescientos años en calidad de fiambre.
Todo se aclaró cuando continué mi lectura y me enteré que el susodicho es un cantante italiano que además se apellida Ferro (un nombre digno de demanda penal) y que en una entrevista de televisión dijo lo siguiente (apostillado en cursivas por su humilde servidor): “No puedo decir que se come bien en Bélgica (si el referente son las coles de Bruselas, estoy de acuerdo), no puedo decir que adoro el clima de Bruselas (se necesita ser idiota para adorar a un clima en específico). Del mismo modo que es imposible decir que en México están las mujeres más bellas del mundo, con todos mis respetos (ya se sabe que cuando alguien dice “con todos mis respetos el asunto se fue al carajo). Tienen bigotes. Se necesita valor para… ¡Lo siento!... Pero ellas lo saben, ¡Tal vez Salma Hayek!, aseguró Ferro ante el estupor del público (Imaginar público con estupor) y la indignación del presentador del programa Fabio Fazio (otro nombre escalofriante), quien pidió perdón por las declaraciones de su invitado (no entiendo la razón por la cual un presentador de televisión se tiene que andar disculpando porque sus invitados metan la pata).
Muy bien, vayamos por partes; lo primero que hay que decir es que el joven Tiziano tiene la misma lucidez que un triciclo, porque me parece muy evidente que andar diciendo esas cosas, puede provocar la lesión irreversible en la susceptibilidad de los mexicanos que, como se sabe, solo es superada por nuestra afición a las tortillas con guacamole. Cualquier asesor razonable tendría que haberle dicho: “Tiziano, no seas pendejo, ¿Qué no ves que se nos pueden molestar?, recuerda que tu club de fans ha sido muy leal contigo”. Sin embargo el cantante cavó su tumba generando un escenario nada prometedor que supone un linchamiento colectivo el día que se le ocurra pisar el aeropuerto internacional Benito Juárez y que es tan predecible como un meteorito.
Sin embargo, la parte interesante del asunto tiene que ver con la indignación colectiva ante el comentario de marras. Hoy escuché a un señor que decía cosas tan idiotas como que estaban insultando a su madre y a su hija (la esposa debe tener bigote). Una conductora de televisión que está buenona, se puso bigotes postizos y en general lo que la gente imbécil llama “la familia artística” unió filas en torno a la defensa de la belleza nacional.
El asunto, por supuesto, tiene huecos; mi maestra de catecismo tenía más bigote que yo y el otro día en un restaurante tuve el raro privilegio de observar a la mujer más fea del mundo. Una señora que se había peinado simulando un nido de golondrinas, tenía triple papada y se había decorado la cara siguiendo la escuela impresionista. Me resulta evidente que cuando alguien dice “la mujer mexicana” está hablando de una variedad infinita en la que caben verdaderos monumentos y viejas chotas. Eso es normal y a nadie debería sorprender. El problema es que resulta absurda una generalización tanto del joven cantante: “las mexicanas están pal gato”, como de nuestros connacionales” las mexicanas son muy hermosas”. Cualquiera que se suba al metro un día domingo sabe de lo que estoy hablando.
Lo que yo propongo para salir del atolladero es simple, vayamos caso, por caso y contemos. Podemos utilizar las próximas elecciones y agregar a los funcionarios de casilla a un señor o señora (recordemos el enfoque de género) que evalúe las propiedades capilares de las damas que asistan a votar; si están bigotonas pondrá una palomita y en caso contrario un tache. De esta manera elemental sabremos si el joven Tiziano nos debe una disculpa o si en cambio, somos nosotros los que debemos desagraviarlo porque tenía razón.
Todo se aclaró cuando continué mi lectura y me enteré que el susodicho es un cantante italiano que además se apellida Ferro (un nombre digno de demanda penal) y que en una entrevista de televisión dijo lo siguiente (apostillado en cursivas por su humilde servidor): “No puedo decir que se come bien en Bélgica (si el referente son las coles de Bruselas, estoy de acuerdo), no puedo decir que adoro el clima de Bruselas (se necesita ser idiota para adorar a un clima en específico). Del mismo modo que es imposible decir que en México están las mujeres más bellas del mundo, con todos mis respetos (ya se sabe que cuando alguien dice “con todos mis respetos el asunto se fue al carajo). Tienen bigotes. Se necesita valor para… ¡Lo siento!... Pero ellas lo saben, ¡Tal vez Salma Hayek!, aseguró Ferro ante el estupor del público (Imaginar público con estupor) y la indignación del presentador del programa Fabio Fazio (otro nombre escalofriante), quien pidió perdón por las declaraciones de su invitado (no entiendo la razón por la cual un presentador de televisión se tiene que andar disculpando porque sus invitados metan la pata).
Muy bien, vayamos por partes; lo primero que hay que decir es que el joven Tiziano tiene la misma lucidez que un triciclo, porque me parece muy evidente que andar diciendo esas cosas, puede provocar la lesión irreversible en la susceptibilidad de los mexicanos que, como se sabe, solo es superada por nuestra afición a las tortillas con guacamole. Cualquier asesor razonable tendría que haberle dicho: “Tiziano, no seas pendejo, ¿Qué no ves que se nos pueden molestar?, recuerda que tu club de fans ha sido muy leal contigo”. Sin embargo el cantante cavó su tumba generando un escenario nada prometedor que supone un linchamiento colectivo el día que se le ocurra pisar el aeropuerto internacional Benito Juárez y que es tan predecible como un meteorito.
Sin embargo, la parte interesante del asunto tiene que ver con la indignación colectiva ante el comentario de marras. Hoy escuché a un señor que decía cosas tan idiotas como que estaban insultando a su madre y a su hija (la esposa debe tener bigote). Una conductora de televisión que está buenona, se puso bigotes postizos y en general lo que la gente imbécil llama “la familia artística” unió filas en torno a la defensa de la belleza nacional.
El asunto, por supuesto, tiene huecos; mi maestra de catecismo tenía más bigote que yo y el otro día en un restaurante tuve el raro privilegio de observar a la mujer más fea del mundo. Una señora que se había peinado simulando un nido de golondrinas, tenía triple papada y se había decorado la cara siguiendo la escuela impresionista. Me resulta evidente que cuando alguien dice “la mujer mexicana” está hablando de una variedad infinita en la que caben verdaderos monumentos y viejas chotas. Eso es normal y a nadie debería sorprender. El problema es que resulta absurda una generalización tanto del joven cantante: “las mexicanas están pal gato”, como de nuestros connacionales” las mexicanas son muy hermosas”. Cualquiera que se suba al metro un día domingo sabe de lo que estoy hablando.
Lo que yo propongo para salir del atolladero es simple, vayamos caso, por caso y contemos. Podemos utilizar las próximas elecciones y agregar a los funcionarios de casilla a un señor o señora (recordemos el enfoque de género) que evalúe las propiedades capilares de las damas que asistan a votar; si están bigotonas pondrá una palomita y en caso contrario un tache. De esta manera elemental sabremos si el joven Tiziano nos debe una disculpa o si en cambio, somos nosotros los que debemos desagraviarlo porque tenía razón.
lunes, 28 de diciembre de 2009
El nintendazo (El Financiero 2005)
En mis tiempos, los niños teníamos diversas formas de divertimento que resultaban simplemente elementales; salíamos a la calle y pintábamos con gis porterías para jugar futbol. Los riesgos de atropellamiento eran pocos, aunque había un niño Beto que era muy bruto y que se desgració el fémur por su falta de pericia para esquivar un opel olímpico. El mayor peligro, en realidad, lo representaba un perro llamado Tufi que era un verdadero asesino y se ubicaba a la altura de la media cancha lo que generó una estrategia deportiva de jugar a balonazos que luego fue copiada por el equipo inglés. También había yo-yos, y trompos, canicas y un juego de burro notable por los versitos que había que recitar mientras uno sacaba encíma de sus congéneres (“cuatro, jamón te saco”). En las tardes hacíamos hoyos en la tierra y tirábamos una pelota llena de lodo para luego sacarla de alguno de los agujeros y tirársela al idiota que no corriera. Como se verá nuestras diversiones tienen el sabor de lo que se ha ido y pueden ser catalogadas como ligeramente imbéciles, pero, que diablos, eran nuestras diversiones.
Dos cambios revolucionaron estas escenas urbanas de niños medio pazguatos; el primero fue la transformación de la ciudad y de su gente. Actualmente jugar en la calle es tan seguro como irse de turista a Irak, los conductores son animales en jauría y abundan los secuestros por lo que la imagen de infantes divirtiéndose en las vialiades es simplemente premoderna. La segunda revolución fue tecnológica y mucho más dramática; cuando yo era niño, mi juguete más sofisticado era un globo que se elevaba por medio de una como secadora de pelo, la única gracia era poner el globo arriba del aire para verlo subir, lo cual, por supuesto era idiota ya que hubiese bastado soplar. Mi hermana Diana era, por otro lado, la feliz poseedora de una madre llamada “horno mágico” en la que se cocinaban pasteles utilizando la sorprendente energía de un foco de 40 watts. Siempre he sospechado que nuestro gato falleció porque nadie se tomó la molestia de advertirle que los productos fabricados por Diana eran carcinógenos.
Luego llegó la tecnología y todo se fue al carajo. Entiendo que en Nueva York se abrió la primera tienda que rinde tributo a Mario, un personaje de nintendo. Aparentemente fue un evento masivo donde generaciones de oligofrénicos se dieron una misteriosa cita. El misterio radica en un análisis elemental del homenajeado, es decir, de Mario. Por principio habría que explicar que el personaje es enano y se viste como Pepe el Toro, esto es, con overoles azules y sin ningún sentido de la moda, además utiliza guantes blancos, lo que es una incompatibilidad en sí misma. Porta una cachucha de motociclista de tránsito, nomás que de los cincuenta y un bigote que debe ser muestrario de fideo. Este señor con esa apariencia se echa a correr en la pantalla como alma que lleva el diablo mientras sortea los obstáculos más diversos creados por alguien que debe ser multimillonario.
A mí lo anterior me parece idiota pero, ante las ventas del nintendazo, me parece clara la enorme soledad de mi argumento. He visto infantes (entre ellos mi hijo, el niño Frijol) entrar en catatonia en el preciso momento que toman el control del aparato. Su hipnosis es total y pierden de inmediato contacto pleno con el mundo exterior. De hecho si uno logra distraerlos un minuto se obtiene una mirada asesina ya que por nuestra culpan se les desmadró el enano.
Si usted, querido lector, pone atención se dará cuenta de que en cualquier reunión de adultos embriagándose, los niños llegan equipados no con pelotas y balones, sino con discos de todos calibres para pasas la siguiente centuria atizándole al jueguito. El problema es que ya nada es suficiente; recientemente salió al mercado una versión independiente que no requiere conexión eléctrica y es además portátil. De esta manera, con gran lucidez, se ha logrado el aislamiento total de la criatura.
Cualquier esfuerzo por contener esta avalancha es simplemente estéril; es obvio que un libro –que no tiene foquitos y tampoco habla- no posee la capacidad de seducción necesaria y es una competencia muy rezagada. Ello explica la mirada de conmiseración de un niño cuando se le sugiere que lo mejor sería leer un poco. Ni hablar
Dos cambios revolucionaron estas escenas urbanas de niños medio pazguatos; el primero fue la transformación de la ciudad y de su gente. Actualmente jugar en la calle es tan seguro como irse de turista a Irak, los conductores son animales en jauría y abundan los secuestros por lo que la imagen de infantes divirtiéndose en las vialiades es simplemente premoderna. La segunda revolución fue tecnológica y mucho más dramática; cuando yo era niño, mi juguete más sofisticado era un globo que se elevaba por medio de una como secadora de pelo, la única gracia era poner el globo arriba del aire para verlo subir, lo cual, por supuesto era idiota ya que hubiese bastado soplar. Mi hermana Diana era, por otro lado, la feliz poseedora de una madre llamada “horno mágico” en la que se cocinaban pasteles utilizando la sorprendente energía de un foco de 40 watts. Siempre he sospechado que nuestro gato falleció porque nadie se tomó la molestia de advertirle que los productos fabricados por Diana eran carcinógenos.
Luego llegó la tecnología y todo se fue al carajo. Entiendo que en Nueva York se abrió la primera tienda que rinde tributo a Mario, un personaje de nintendo. Aparentemente fue un evento masivo donde generaciones de oligofrénicos se dieron una misteriosa cita. El misterio radica en un análisis elemental del homenajeado, es decir, de Mario. Por principio habría que explicar que el personaje es enano y se viste como Pepe el Toro, esto es, con overoles azules y sin ningún sentido de la moda, además utiliza guantes blancos, lo que es una incompatibilidad en sí misma. Porta una cachucha de motociclista de tránsito, nomás que de los cincuenta y un bigote que debe ser muestrario de fideo. Este señor con esa apariencia se echa a correr en la pantalla como alma que lleva el diablo mientras sortea los obstáculos más diversos creados por alguien que debe ser multimillonario.
A mí lo anterior me parece idiota pero, ante las ventas del nintendazo, me parece clara la enorme soledad de mi argumento. He visto infantes (entre ellos mi hijo, el niño Frijol) entrar en catatonia en el preciso momento que toman el control del aparato. Su hipnosis es total y pierden de inmediato contacto pleno con el mundo exterior. De hecho si uno logra distraerlos un minuto se obtiene una mirada asesina ya que por nuestra culpan se les desmadró el enano.
Si usted, querido lector, pone atención se dará cuenta de que en cualquier reunión de adultos embriagándose, los niños llegan equipados no con pelotas y balones, sino con discos de todos calibres para pasas la siguiente centuria atizándole al jueguito. El problema es que ya nada es suficiente; recientemente salió al mercado una versión independiente que no requiere conexión eléctrica y es además portátil. De esta manera, con gran lucidez, se ha logrado el aislamiento total de la criatura.
Cualquier esfuerzo por contener esta avalancha es simplemente estéril; es obvio que un libro –que no tiene foquitos y tampoco habla- no posee la capacidad de seducción necesaria y es una competencia muy rezagada. Ello explica la mirada de conmiseración de un niño cuando se le sugiere que lo mejor sería leer un poco. Ni hablar
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