--¿Pipí?
-- Sí, pipí.
La respuesta me desbordaba; si era necesario meter un papelito de colores en pipí para demostrar mi fecundidad la cosa no podía empezar bien.
Y sin embargo así inició.
El origen de la historia se remonta al consultorio 721 de un Hospital muy caro del sur de la Ciudad de México. Un servidor había establecido su primera cita con el urólogo ¿Por qué? Pues por una molestia que me aquejaba en el testículo derecho (al que en adelante me referiré con el término castizo: huevo). Pues bien a resultas de mi dolor en un huevo llegué a la antesala del doctor -que con propósitos narrativos llamaremos Jekyll-. Hice una antesala de hora y media y me entretuve observando el rostro de los antesalistas. Era deprimente; todos y cada uno de ellos tenían muy mala cara. Parecían protagonistas de una historia de Dickens. Cuando llegó mi turno, entré a una oficina y Jekyll se encargó de hacerme preguntas muy raras del tipo: "si come picante, ¿no le arde?". Después del interrogatorio entramos en una salita con plancha de metal, el galeno me ordenó bajarme los pantalones. Recordando a Ibargüengoitia y su Ley de Herodes, tragué saliva y cumplí la instrucción.
Nunca debí haberlo hecho.
Jekyll se puso un guante, me apretó las vergüenzas y pidió que adoptara la conocida posición de decúbito prono. Pude negarme, pero no lo hice y en un momento, sucedió lo que tenía que suceder. Al salir del consultorio, comprendí la mala cara de los pacientes y me fui a casa para contarle a mi mujer el atropello.
La siguiente visita fue más reposada. Jekyll me mandó al ultrasonido y quedamos de platicar a los quince días. Llegó el plazo y me presenté. Con unas radiografías (que no eran radiografías) en las manos, Jekyll anunció que yo tenía algo que no recuerdo si eran várices o quistes en un huevo. "Eso" agregó "lo vuele a usted técnicamente estéril, debemos operar su testículo".
Desde luego, no volví.
Por algún milagro espermático, me encontraba ahora con mi mujer, sosteniendo una tasa (que luego tiramos a la basura) llena de orina. Esperábamos un cambio de color lo mismo que un agricultor espera la lluvia. Pasaron cinco minutos... el papelito cambió de color... Estábamos embarazados.
El proceso del embarazo -créame- es una de las visiones que más se asemejan al cuarto círculo del infierno. Es horrible.
A lo largo del proceso, mi esposa subió veinte kilos, asunto que combinado con un desajuste hormonal la puso de un humor equivalente al del General Patton. Adquirió costumbres de asceta; no comía porquerías, prescindió de cualquier medicina y vomitó, durante tres meses, cualquier alimento sólido.
Las visitas al médico eran otro infierno. El doctor parecía complacerse en preguntar cosas que hubieran hecho vomitar a un buitre. Cada visita me dejaba lívido.
Luego vino el sicoprofiláctico, al que fui literalmente a rastras. Allí escuchamos varios testimonios que hubieran hecho vomitar a una parvada de buitres. Los padres se complacían en contar como limpiaban la sangre de sus hijos o cortaban el cordón umbilical. Todos parecían conformes con el testimonial. Cuando salimos le dije a mi mujer: "soy un desadaptado".
En las reuniones a las que asistíamos me encontré con la mayor cantidad de expertos en cuestiones de niños. Pasaba yo las horas tomando whisqui, mientras un coro de sádicos se empeñaba en decirme que a los niños había que acostarlos boca abajo o que si su caca era verde no me preocupara. Había otros que advertían cosas como: "los primeros dos años no vas a poder pegar el ojo" o: "si se te queda viendo fijo, seguro es sordomudo". A las viejas pendejas que decían que el embarazo era el estado natural de la mujer, las volteaba yo a ver con una mirada asesina.
Las predicciones del médico anunciaban que nuestro hijo nacería el diecisiete de julio, es decir, el día de la final del Campeonato mundial de futbol. "Perfecto" pensé, "no va a ir ni el anestesista". Sin embargo, paso el diecisiete y el dieciocho... y el diecinueve. Nada. Ya para el día veintisiete, estábamos alarmados y fuimos al Doctor.
La visita fue terrible; el médico anunció que había evidencias de que el cordón umbilical se estaba estrangulando (en ese momento pensé en un niño estrangulado) y que era necesario intervenir en el desarrollo natural de los hechos.
Al día siguiente nos levantamos muy temprano y dirigimos nuestros pasos al hospital. Dejé a Georgina y me fui a cobrar un dinero que, dada la naturaleza de nuestra futura deuda, era muy necesario.
Mi hija nació mientras yo caminaba como baboso en la cafetería del Hospital. Resultó una niña de tres mil seiscientos setenta gramos, sana y fuerte. En el momento en que la llevaron al cunero y me pude asomar por una rendijita, inició la magia; pese a mi predisposición natural a considerar a cualquier recién nacido una cosa horrible, sentí que me conmovía. Ese pedacete era mi hija.
Ya repuesto de la conmoción y sintiéndome la madre Teresa, esperé en el cuarto a la madre, mi esposa, que aún no se reponía del tremendo agujero que traía en la barriga cosido con hilo nylon. Cuando llegó la arropamos y una enfermera hizo mi cama. En ese momento me percaté de que la maleta donde tenía mi ropa, se hallaba en el armario de mi casa a veinte kilómetros de distancia por lo que me acosté semidesnudo.
Exactamente a las tres de la mañana, Georgina despertó dando un grito que aún recuerdo entre estremecimientos. Me levanté y toqué todos los botones posibles incluida la manija del baño. Llegó la enfermera, su mirada me recordó que estaba semidesnudo, me tapé y le administró un analgésico a mi cónyuge que así calmó su dolor.
Al día siguiente llevaron a María, sentí un alivio enorme cuando me di cuenta que no había heredado mi nariz de asiento de bicicleta, le dimos de comer y cambié sus pañales, demostrando un profundo amor ya que -éste es un dato técnico- la mierda de niño huele a máscara de cartón del dieciseis de septiembre.
Tres días después salimos del Hospital; en el momento de pedir la cuenta estuve a punto de volverme a internar ¡trece mil nuevos pesos! Tuve un pequeño triunfo personal cuando devolví la foto que le tomaron sin mi autorización y que costaba treinta y cinco nuevos pesos, de esa manera pagué doce mil novecientos sesenta y cinco nuevos pesos y nos fuimos a casa.
A partir de ese momento María decidió que las tres de la mañana era la mejor hora para comer y nos lo hizo saber con un berrido ultrasónico. De nada valieron mis mejores trucos; la voz del Pato Donald o mi espléndida imitación de Capulina, la niña quería comer y se acabó.
Nuestra vida cambió; Georgina se convirtió en una madre extraordinaria y un servidor aprendió el controvertido tema: "debajo de un botón/ qué encontró Martín/ había un ratón/ hay que chiquitín" (que interpreto en momentos de franca desesperación).
En fin, ahí está María -la de la pata fría- permitiendo que me derrita cada vez que la veo. Lo que -aquí en confianza- me parece muy bien.
jueves, 17 de diciembre de 2009
miércoles, 16 de diciembre de 2009
Crónica de una relación laboral (Etcétera 1993)
"Ni hablar" dijo Carolina Valdespino es mucho mejor la opción B
Y selló mi destino.
Estaba sin empleo y me había presentado al Centro de Trabajo Universitario. Allí conocí al Licenciado, el ser más miserable del mundo.
"Tienes mucho futuro aquí" dijo "te llamo mañana".
El Licenciado era un pigmeo con el pelo de flequito partido a la mitad. Como cualquier enano que no asume su talla se había dejado un bigote enorme cuyas guías peinaba hacia arriba (una especie de Mini Dalí digamos). Tenía una sola ceja que se movía nerviosa arriba de sus ojitos de musaraña. El era el jefe de la opción B.
No llamó al día siguiente. El que llamó fuí yo a la semana. Me contestó la secretaria Del Valle, una mujer eficientísima que era la encargada de transmitir las mentiras de su jefe.
Así estuvimos un mes. Yo llamaba y ella aplazaba, hasta que un día me indicaron que llevara mi curriculum. En ese momento tuve oportunidad de calar el caracter de mi futuro patrón; "trae todos los comprobantes posibles" dijo, llevé hasta mi diploma del Instituto Campanita donde saqué séptimo lugar de ortografía, tratando de olvidar la mirada de franca desaprobación de mi cónyuge: "no mames" dijo. El licenciado mandaba hacer un cartel y pedía que pusieran su nombre con letras pequeñitas en un costado al lado del nombre del diseñador, luego lo metía a su curriculum.
"Vas a ver que tabulador te dan, te vas a sorprender" . Efectivamente me sorprendí por la mierda que me ofrecieron. Allí dije que nones y entonces me propuso escribir un libro.
Luego apareció la opción A en el mismo Centro de Trabajo Universitario. El sueldo era mejor y decidí aceptar. La condición que puso el jefe de la opción A fue que hablara con el licenciado porque "no quería problemas". La verdad es que me preocupé un poco pero no dije nada y hay que te voy a ver al chaparrín. Se puso furioso; "lo que te ofrezca A te lo ofrezco yo, vente conmigo" En ese momento debí haber dicho que no tenquiu, pero vino la plática con Carolina Valdespino y todo se fue a la merda (en italiano).
De manera que empecé a trabajar para el Licenciado. Era un tipo raro. A lo mejor sus papás le pegaban de chiquito porque hacía cosas extraordinarias; una vez, lo oí hablar por teléfono y decir "por favor no se preocupe, todo está listo, llame mañana" para inmediatamente colgar el teléfono y decir, esta vez a la secretaria Del Valle: "si vuelve a llamar ese tipo, dígale que no estoy", la escena me hizo pensar en las llamadas que yo hacía antes de tomar el trabajo.
Mis compañeros formaban un grupo interesante; estaba Eustaquio Huidobro, un gordo que se sentía cultísimo, digamos el William Sheakespeare del Centro de Trabajo. Era un mamón. Su máxima habilidad consistía en manejar un programa de computadora que nadie entendía. Era misógino y jugaba solitario en su cubículo cuando nadie lo veía.
La Biomédica Sánchez era otro personaje. Padecía de atques de risa muy impresionantes por lo agudos. Su competitividad era envidiable. En las reuniones cuando se explicaba un proyecto decía:
"Fue idea mía"
Estaban luego Sara y Giselle, mucho más interesantes y atractivas, ambas tronaron.
Nos juntábamos todos en el Kings Pub, y la charla giraba alrededor de la mierda de persona que era el Licenciado. El único que no criticaba era yo, lo que constituiría una notable paradoja que entendí más tarde.
El Licenciado estaba encantado con mi eficiencia, hasta me invitó a comer para contarme su vida ("soy medievalista" dijo, "medievalista mis huevos" pensé). Sin embargo, ese trato preferencial tenía sus contrapesos. Una vez llamó por la Biomédica y por un servidor. Entramos a su cubículo mientras sonaba el teléfono. Nos quedamos muy quietecitos en la puerta, hasta que levantó la bocina y nos hizo un gesto equivalente al que emplean los taqueros para cuchilear perros. Salimos muy humillados.
Luego vino la mudanza; el Centro de Trabajo emigraba hacia otras oficinas. El sabado el Licenciado nos citó a todos. Es decir, 2 licenciados en letras, 2 biólogos, una historiadora y un chalán "con ropa informal" aclaración innecesaria en si misma ya que el se presentaba a trabajar con tenis y una chamarra del ejército de salvación toda la mañana nos puso a cargar el mobiliario, él llevaba el papel de la impresora. En el último viaje nos quedamos todos sin movernos y hasta allí llegó a las 2 horas con un humor negro:
"Es el colmo" dijo.
En ese momento Paco, que se había quedado con él en la antigua oficina me contó que cuando vio mi taza y la recogió para llevármela fue detenido por el Licenciado que dijo: "que venga él por ella".
Luego vino el congreso en Xalapa al que fuimos el cieneasta Brailovsky, el joven Bioquímico (ambos enemigos terribles del licenciado) y yo. Cuando mi jefe se quizo colar al coche le explique que yo de cien no bajaba, advertido de que no toleraba la velocidad.
Se quedó en México.
Para el congreso me dio comisiones muy extrañas; una cámara para tomar fotos del evento, que sólo use en la Hacienda de Santa Anna. Una grabadora para almacenar las ponencias que me volaron el último día y que ocasionó un problema terrible que me llevó hasta el jurídico de la Universidad. Poco antes de salir el Licenciado me había ofrecido aumento, al regresar mandó por mía a su oficina y dijo:
"Me dijeron (he allí la notable paradoja) que andas hablando mal de mí"
Debí contestarle que lo extraño sería que alguien hablara bien de él pero me callé la boca y respondí con dignidad real: "¿si?, pues que venga el que dice eso". Ya no le movió.
Poco tiempo después mandó cerrar el baño (que solo usaba él) para que el resto pudiéramos hacer pipí, era necesario bajar un piso y pedirle la llave a una señora que no tenía por que enterarse de que uno se estaba orinando. Luego cuando recibimos línea telefónica, le prohibió a la secretaria Del Valle que nos diera el número de nuestro teléfono. Hubo que írselo a pedir como si fuera un favor. Más tarde se quedó con la única llave de la puerta principal...
Era un cerdo.
Las cosas empezaron a agravarse. Pese a que me había dicho un mes antes que vigilara a la Biomédica y que mi trabajo era maravilloso había cambiado de opinión; "trabajas muy rápido" decía, una idiotez considerando que cada media hora se metía a mi cubículo sin tocar para ver si ya había terminado.
Todo estalló el día del teléfono; me disponía a llamar cuando la secretaria Del Valle me instruyó para que colgara el aparato ya que por indicaciones superiores estaba prohibido hacer llamadas personales. Entré a su cubículo y le dije que no mamara. Esa tarde me mandó a una comisión extraordinaria que consistía en visitar Museos mientras terminaba mi contrato. Fue una época en la que pasaba las mañanas comiendo chicharrones en Chapultepec. Luego me sacó de los créditos clandestinamente. Esculcó mis cajones y habló mal de mí.
A la historiadora la botó de fea manera mandando a la inefable Del Valle a que le prohibiera la entrada. El penúltimo día antes de vacaciones avisó que no me recontrataría cosa que él (y yo afortunadamente) sabíamos desde hace un mes. La biomédica y el gordo me vieron como a un apestado. Sin embargo, tuve la prudencia necesaria de pedir empleo en la opción A y para mi sorpresa (el licenciado me había echado una cantidad de mierda interplanetaria) lo obtuve. El primer día llegué a su oficina:
"¿Vienes por tus cosas?" preguntó
"No, vengo a ponerme a tus órdenes en la opción A, allí si prestan teléfono"
Se le erizó el bigote... Ese día fuí feliz.
Y selló mi destino.
Estaba sin empleo y me había presentado al Centro de Trabajo Universitario. Allí conocí al Licenciado, el ser más miserable del mundo.
"Tienes mucho futuro aquí" dijo "te llamo mañana".
El Licenciado era un pigmeo con el pelo de flequito partido a la mitad. Como cualquier enano que no asume su talla se había dejado un bigote enorme cuyas guías peinaba hacia arriba (una especie de Mini Dalí digamos). Tenía una sola ceja que se movía nerviosa arriba de sus ojitos de musaraña. El era el jefe de la opción B.
No llamó al día siguiente. El que llamó fuí yo a la semana. Me contestó la secretaria Del Valle, una mujer eficientísima que era la encargada de transmitir las mentiras de su jefe.
Así estuvimos un mes. Yo llamaba y ella aplazaba, hasta que un día me indicaron que llevara mi curriculum. En ese momento tuve oportunidad de calar el caracter de mi futuro patrón; "trae todos los comprobantes posibles" dijo, llevé hasta mi diploma del Instituto Campanita donde saqué séptimo lugar de ortografía, tratando de olvidar la mirada de franca desaprobación de mi cónyuge: "no mames" dijo. El licenciado mandaba hacer un cartel y pedía que pusieran su nombre con letras pequeñitas en un costado al lado del nombre del diseñador, luego lo metía a su curriculum.
"Vas a ver que tabulador te dan, te vas a sorprender" . Efectivamente me sorprendí por la mierda que me ofrecieron. Allí dije que nones y entonces me propuso escribir un libro.
Luego apareció la opción A en el mismo Centro de Trabajo Universitario. El sueldo era mejor y decidí aceptar. La condición que puso el jefe de la opción A fue que hablara con el licenciado porque "no quería problemas". La verdad es que me preocupé un poco pero no dije nada y hay que te voy a ver al chaparrín. Se puso furioso; "lo que te ofrezca A te lo ofrezco yo, vente conmigo" En ese momento debí haber dicho que no tenquiu, pero vino la plática con Carolina Valdespino y todo se fue a la merda (en italiano).
De manera que empecé a trabajar para el Licenciado. Era un tipo raro. A lo mejor sus papás le pegaban de chiquito porque hacía cosas extraordinarias; una vez, lo oí hablar por teléfono y decir "por favor no se preocupe, todo está listo, llame mañana" para inmediatamente colgar el teléfono y decir, esta vez a la secretaria Del Valle: "si vuelve a llamar ese tipo, dígale que no estoy", la escena me hizo pensar en las llamadas que yo hacía antes de tomar el trabajo.
Mis compañeros formaban un grupo interesante; estaba Eustaquio Huidobro, un gordo que se sentía cultísimo, digamos el William Sheakespeare del Centro de Trabajo. Era un mamón. Su máxima habilidad consistía en manejar un programa de computadora que nadie entendía. Era misógino y jugaba solitario en su cubículo cuando nadie lo veía.
La Biomédica Sánchez era otro personaje. Padecía de atques de risa muy impresionantes por lo agudos. Su competitividad era envidiable. En las reuniones cuando se explicaba un proyecto decía:
"Fue idea mía"
Estaban luego Sara y Giselle, mucho más interesantes y atractivas, ambas tronaron.
Nos juntábamos todos en el Kings Pub, y la charla giraba alrededor de la mierda de persona que era el Licenciado. El único que no criticaba era yo, lo que constituiría una notable paradoja que entendí más tarde.
El Licenciado estaba encantado con mi eficiencia, hasta me invitó a comer para contarme su vida ("soy medievalista" dijo, "medievalista mis huevos" pensé). Sin embargo, ese trato preferencial tenía sus contrapesos. Una vez llamó por la Biomédica y por un servidor. Entramos a su cubículo mientras sonaba el teléfono. Nos quedamos muy quietecitos en la puerta, hasta que levantó la bocina y nos hizo un gesto equivalente al que emplean los taqueros para cuchilear perros. Salimos muy humillados.
Luego vino la mudanza; el Centro de Trabajo emigraba hacia otras oficinas. El sabado el Licenciado nos citó a todos. Es decir, 2 licenciados en letras, 2 biólogos, una historiadora y un chalán "con ropa informal" aclaración innecesaria en si misma ya que el se presentaba a trabajar con tenis y una chamarra del ejército de salvación toda la mañana nos puso a cargar el mobiliario, él llevaba el papel de la impresora. En el último viaje nos quedamos todos sin movernos y hasta allí llegó a las 2 horas con un humor negro:
"Es el colmo" dijo.
En ese momento Paco, que se había quedado con él en la antigua oficina me contó que cuando vio mi taza y la recogió para llevármela fue detenido por el Licenciado que dijo: "que venga él por ella".
Luego vino el congreso en Xalapa al que fuimos el cieneasta Brailovsky, el joven Bioquímico (ambos enemigos terribles del licenciado) y yo. Cuando mi jefe se quizo colar al coche le explique que yo de cien no bajaba, advertido de que no toleraba la velocidad.
Se quedó en México.
Para el congreso me dio comisiones muy extrañas; una cámara para tomar fotos del evento, que sólo use en la Hacienda de Santa Anna. Una grabadora para almacenar las ponencias que me volaron el último día y que ocasionó un problema terrible que me llevó hasta el jurídico de la Universidad. Poco antes de salir el Licenciado me había ofrecido aumento, al regresar mandó por mía a su oficina y dijo:
"Me dijeron (he allí la notable paradoja) que andas hablando mal de mí"
Debí contestarle que lo extraño sería que alguien hablara bien de él pero me callé la boca y respondí con dignidad real: "¿si?, pues que venga el que dice eso". Ya no le movió.
Poco tiempo después mandó cerrar el baño (que solo usaba él) para que el resto pudiéramos hacer pipí, era necesario bajar un piso y pedirle la llave a una señora que no tenía por que enterarse de que uno se estaba orinando. Luego cuando recibimos línea telefónica, le prohibió a la secretaria Del Valle que nos diera el número de nuestro teléfono. Hubo que írselo a pedir como si fuera un favor. Más tarde se quedó con la única llave de la puerta principal...
Era un cerdo.
Las cosas empezaron a agravarse. Pese a que me había dicho un mes antes que vigilara a la Biomédica y que mi trabajo era maravilloso había cambiado de opinión; "trabajas muy rápido" decía, una idiotez considerando que cada media hora se metía a mi cubículo sin tocar para ver si ya había terminado.
Todo estalló el día del teléfono; me disponía a llamar cuando la secretaria Del Valle me instruyó para que colgara el aparato ya que por indicaciones superiores estaba prohibido hacer llamadas personales. Entré a su cubículo y le dije que no mamara. Esa tarde me mandó a una comisión extraordinaria que consistía en visitar Museos mientras terminaba mi contrato. Fue una época en la que pasaba las mañanas comiendo chicharrones en Chapultepec. Luego me sacó de los créditos clandestinamente. Esculcó mis cajones y habló mal de mí.
A la historiadora la botó de fea manera mandando a la inefable Del Valle a que le prohibiera la entrada. El penúltimo día antes de vacaciones avisó que no me recontrataría cosa que él (y yo afortunadamente) sabíamos desde hace un mes. La biomédica y el gordo me vieron como a un apestado. Sin embargo, tuve la prudencia necesaria de pedir empleo en la opción A y para mi sorpresa (el licenciado me había echado una cantidad de mierda interplanetaria) lo obtuve. El primer día llegué a su oficina:
"¿Vienes por tus cosas?" preguntó
"No, vengo a ponerme a tus órdenes en la opción A, allí si prestan teléfono"
Se le erizó el bigote... Ese día fuí feliz.
martes, 15 de diciembre de 2009
Antesalas (El Financiero 2007)
Recuerdo que hace muchos años acompañé a mi padre a cumplir una gestión que no recuerdo si era la obtención de la licencia para abrir una rosticería de pollos, un permiso de captura de la vaquita marina o la solicitud por escrito para un puesto en el consulado mexicano en Kuala Lumpur. El hecho es que nos presentamos en una oficina más grande que mis malos pensamientos en la que encontré, muy asombrado, una versión moderna de la corte de los milagros. Había gente con muy mala cara y que daba toda la impresión de estar ahí esperando desde la noche de los tiempos. Todos llevaban algún obsequio variopinto que podía consistir en medio kilo de huevo, una gallina de Guinea o una manualidad digna de una demanda penal, pero manufacturada con mucho cariño.
Detrás de un escritorio y sentado de mala manera había un señor de corbata que parecía el producto de algún experimento científico. Su función era la de anotar en una libreta el nombre del solicitante y el motivo de la audiencia. Cuando no estaba cumpliendo estas importante comisión, le pegaba una mordida a una torta siguiendo un principio blitzkrieg, esto es, abarcaba siete cm2 en cada acometida. De pronto sonaba un timbre que acompañaba el encendido de un foco de color amarillo. En ese momento todos veían al de la corbata como Colón a la tierra prometida mientras que éste revisaba la lista y le daba paso a uno que acababa de llegar dejando un misterio indescifrable; ¿por dónde salían los que estaba adentro? Nunca lo supe, lo mismo que el resultado de la encomienda paterna pero recuerdo que al momento de salir se me ocurrió algo que si bien no era un monumento a la lucidez, era medianamente sensato: ¿por qué chingados la gente cita a más de una persona en el mismo horario?
Por definición existe una brecha de castas entre el que pide y el que concede una cita. El primero tiene alguna necesidad y el segundo el poder definitorio acerca de si le da la gana concederla. Los médicos –ese noble gremio- son verdaderos artesanos en el arte de hacer esperar a la gente. Uno llama con el pulmón expuesto a una señorita eficiente y le comenta que necesita una cita. La señorita (supongo) revisa una libreta y dice “el doctor lo recibe el miércoles a las cuatro”. Por supuesto no le preguntan al enfermito si la fecha le acomoda y éste (con cara de que se sacó la lotería) confirma el encuentro. El día y la hora señalados uno se aparece con el pulmón en un frasco y se encuentra a siete personas con cara de nada sentadas en la antesala. Como ellos ya están acostumbrados a este tratamiento, se han vuelto previsores; la señora de por allá lleva su tejido, el niño idiota su nintendo y el compañero sentado a mi lado, las memorias de don Justo Sierra, que en paz descanse.
Recientemente visité un sitio con el propósito de acudir a una cita. La primera notabilidad es que no cuenta con lugar para estacionarse y se encuentra en medio de la nada. La única opción es dejarle las llaves a un señor que es delincuente pero se hace llamar “franelero” para que “lo cuide”. Me negué y encontré un espacio prohibido, pero había otros cincuenta vehículos que violaban ya el interdicto. Entré a mi cita (doce del día). Vi pasar a cincuenta señores antes que yo y a las dos de la tarde también vi pasar a la chingada madre (esto es una metáfora) de la persona que me había citado. Me recibió quince minutos con resultados ambivalentes. Por supuesto en el momento que salí y no encontré mi auto, entendí que algo muy malo había pasado. Le pregunté a uno que era idiota y me dijo “uyyy joven, se lo acaba de llevar la grúa”. Sin embargo, la información importante (a dónde) no la poseía ya que me explicó que eran tres corralones posibles. Tomé un taxi, llegué al primero después de atravesar un puente peatonal con riesgo de mi vida y me encontré a un perro echado y una señora que daba miedo nomás de verla. Por supuesto me indicó que el auto estaba en otro corralón y hacia ya me dirigí, maldiciendo en voz baja las pinches antesalas.
Detrás de un escritorio y sentado de mala manera había un señor de corbata que parecía el producto de algún experimento científico. Su función era la de anotar en una libreta el nombre del solicitante y el motivo de la audiencia. Cuando no estaba cumpliendo estas importante comisión, le pegaba una mordida a una torta siguiendo un principio blitzkrieg, esto es, abarcaba siete cm2 en cada acometida. De pronto sonaba un timbre que acompañaba el encendido de un foco de color amarillo. En ese momento todos veían al de la corbata como Colón a la tierra prometida mientras que éste revisaba la lista y le daba paso a uno que acababa de llegar dejando un misterio indescifrable; ¿por dónde salían los que estaba adentro? Nunca lo supe, lo mismo que el resultado de la encomienda paterna pero recuerdo que al momento de salir se me ocurrió algo que si bien no era un monumento a la lucidez, era medianamente sensato: ¿por qué chingados la gente cita a más de una persona en el mismo horario?
Por definición existe una brecha de castas entre el que pide y el que concede una cita. El primero tiene alguna necesidad y el segundo el poder definitorio acerca de si le da la gana concederla. Los médicos –ese noble gremio- son verdaderos artesanos en el arte de hacer esperar a la gente. Uno llama con el pulmón expuesto a una señorita eficiente y le comenta que necesita una cita. La señorita (supongo) revisa una libreta y dice “el doctor lo recibe el miércoles a las cuatro”. Por supuesto no le preguntan al enfermito si la fecha le acomoda y éste (con cara de que se sacó la lotería) confirma el encuentro. El día y la hora señalados uno se aparece con el pulmón en un frasco y se encuentra a siete personas con cara de nada sentadas en la antesala. Como ellos ya están acostumbrados a este tratamiento, se han vuelto previsores; la señora de por allá lleva su tejido, el niño idiota su nintendo y el compañero sentado a mi lado, las memorias de don Justo Sierra, que en paz descanse.
Recientemente visité un sitio con el propósito de acudir a una cita. La primera notabilidad es que no cuenta con lugar para estacionarse y se encuentra en medio de la nada. La única opción es dejarle las llaves a un señor que es delincuente pero se hace llamar “franelero” para que “lo cuide”. Me negué y encontré un espacio prohibido, pero había otros cincuenta vehículos que violaban ya el interdicto. Entré a mi cita (doce del día). Vi pasar a cincuenta señores antes que yo y a las dos de la tarde también vi pasar a la chingada madre (esto es una metáfora) de la persona que me había citado. Me recibió quince minutos con resultados ambivalentes. Por supuesto en el momento que salí y no encontré mi auto, entendí que algo muy malo había pasado. Le pregunté a uno que era idiota y me dijo “uyyy joven, se lo acaba de llevar la grúa”. Sin embargo, la información importante (a dónde) no la poseía ya que me explicó que eran tres corralones posibles. Tomé un taxi, llegué al primero después de atravesar un puente peatonal con riesgo de mi vida y me encontré a un perro echado y una señora que daba miedo nomás de verla. Por supuesto me indicó que el auto estaba en otro corralón y hacia ya me dirigí, maldiciendo en voz baja las pinches antesalas.
lunes, 14 de diciembre de 2009
Noches de ópera (El Financiero 2008)
Me entero, con cierto pasmo que en el hace unos días se ha presentado la ópera Carmen en el auditorio nacional y se anuncia que se trata de una “producción majestuosa con más de 300 actores en escena (la misma cantidad de habitantes de Tejupilco). Mi pasmo se produce porque la ópera es una manifestación artística que me resulta inescrutable por varias razones; la primera y más evidente es por la facha de los cantantes que a la legua se ve que fueron seleccionados por su voz y no por su aspecto. En el caso de los caballeros normalmente son viejitos con panza de albañil que por razones del argumento tiene que representar a un señor que es guapo y las seduce con la pura mirada. El efecto final es ligeramente repugnante. Las damas por lo general pesan lo mismo que una ternera en pie y son “divas”, esto quiere decir en cristiano “mamoncísimas”, se desmayan porque pasó la mosca, se visten con tiendas de campaña y se pintan el pelo como solo se lo pintaría Madame Mim.
Un segundo elemento son las voces; la primera vez que oí a un cantante de ópera me di cuenta que algo no andaba bien; nadie canta como lo hacen ellos, esto es, con una voz de ultratumba si son bajos, o con una agudeza que destroza la cerilla de los oídos si son sopranos. Por supuesto no debemos omitir el nada omitible hecho de que esta gente se comunica cantando y no como usted y como yo, que nomás platicamos. Esta desgracia es exportable a muchas películas en las que está el joven galán con una buenona y de pronto sin previo aviso se oyen unos violincitos que nadie puede ver y que son el preámbulo para que este idiota le cante a la bella que entorna los ojos de una manera horripilante.
Las óperas también requieren un vestuario específico que normalmente es escalofriante; los cantantes pueden salir de soldados romanos, de geishas o lo que es peor aún de toreros como es el caso de “Carmen”. Como es bien sabido el traje de matador de toros fue diseñado por alguien con iniciativa pero hijo de la chingada, ya que hay que tener muy mala leche para vestir a alguien con unos pantalones tan ajustados que causan orquitis, mallitas rosas, un chaleco tres veces menor a la talla normal y un sombrero de telera. En el caso que el intérprete del papel del torero en Carmen pese cien kilos, nos enfrentaremos al sorprendente espectáculo de observar a un zepelín multicolor en el escenario.
Por último se encuentran los libretos que son dignos de una demanda penal; el de Carmen trata la historia de don José, uno que es sargento y bastante imbécil ya que no se da cuenta que Carmen es, de acuerdo a la sinopsis “una cigarrera nacida para el amor” lo que equivale en cristiano a decir que es meretriz. Ambos se enamoran, pero ella nomás le trae malfarios a José; cuando la meten al bote él la deja escapar y lo castigan, luego lo convence de que se vaya al monte a tratar con contrabandistas mientras ella quiere conocer en el sentido bíblico a un torero famoso que se llama “Escamillo” (si yo me llamara Escamillo viviría en Alto Volta)
Las cosas se precipitan ya que Escamillo sube al monte (imaginar a un torero en el monte) y cuando están a punto de agarrarse a madrazos los dos rivales, le llega la noticia a José de que su madre agoniza por lo que deja a Carmen y a José haciendo valer la ley del mismo nombre, es decir, la del monte.
Llega la corrida de toros y aparece José, pero Carmen decide desdeñarlo en una decisión pésima para su salud ya que en ese preciso instante José saca un puñal y la manda al más allá en el momento justo que Escamillo mata a su vez al toro siguiendo un método similar.
Como puede verse el asunto resulta ligeramente infumable y es por ello que a toro pasado explico mi ausencia de tan memorable evento. Francamente prefiero las luchas o ya de perdida una película de Pepe el Toro.
Un segundo elemento son las voces; la primera vez que oí a un cantante de ópera me di cuenta que algo no andaba bien; nadie canta como lo hacen ellos, esto es, con una voz de ultratumba si son bajos, o con una agudeza que destroza la cerilla de los oídos si son sopranos. Por supuesto no debemos omitir el nada omitible hecho de que esta gente se comunica cantando y no como usted y como yo, que nomás platicamos. Esta desgracia es exportable a muchas películas en las que está el joven galán con una buenona y de pronto sin previo aviso se oyen unos violincitos que nadie puede ver y que son el preámbulo para que este idiota le cante a la bella que entorna los ojos de una manera horripilante.
Las óperas también requieren un vestuario específico que normalmente es escalofriante; los cantantes pueden salir de soldados romanos, de geishas o lo que es peor aún de toreros como es el caso de “Carmen”. Como es bien sabido el traje de matador de toros fue diseñado por alguien con iniciativa pero hijo de la chingada, ya que hay que tener muy mala leche para vestir a alguien con unos pantalones tan ajustados que causan orquitis, mallitas rosas, un chaleco tres veces menor a la talla normal y un sombrero de telera. En el caso que el intérprete del papel del torero en Carmen pese cien kilos, nos enfrentaremos al sorprendente espectáculo de observar a un zepelín multicolor en el escenario.
Por último se encuentran los libretos que son dignos de una demanda penal; el de Carmen trata la historia de don José, uno que es sargento y bastante imbécil ya que no se da cuenta que Carmen es, de acuerdo a la sinopsis “una cigarrera nacida para el amor” lo que equivale en cristiano a decir que es meretriz. Ambos se enamoran, pero ella nomás le trae malfarios a José; cuando la meten al bote él la deja escapar y lo castigan, luego lo convence de que se vaya al monte a tratar con contrabandistas mientras ella quiere conocer en el sentido bíblico a un torero famoso que se llama “Escamillo” (si yo me llamara Escamillo viviría en Alto Volta)
Las cosas se precipitan ya que Escamillo sube al monte (imaginar a un torero en el monte) y cuando están a punto de agarrarse a madrazos los dos rivales, le llega la noticia a José de que su madre agoniza por lo que deja a Carmen y a José haciendo valer la ley del mismo nombre, es decir, la del monte.
Llega la corrida de toros y aparece José, pero Carmen decide desdeñarlo en una decisión pésima para su salud ya que en ese preciso instante José saca un puñal y la manda al más allá en el momento justo que Escamillo mata a su vez al toro siguiendo un método similar.
Como puede verse el asunto resulta ligeramente infumable y es por ello que a toro pasado explico mi ausencia de tan memorable evento. Francamente prefiero las luchas o ya de perdida una película de Pepe el Toro.
viernes, 11 de diciembre de 2009
País de burros (El financiero 2009)
En un hecho periodístico de temporal, de cuando en cuando alguna entidad educativa internacional tiene a bien pasarnos por la tabla de manera inmisericorde lo que provoca titulares escandalosos en los que se consigna que somos un país analfabeto, que estamos en último lugar y que ya ni chingamos. Por supuesto y de inmediato se levantan voces que tratan de capear la tormenta diciendo idioteces como “no son exámenes estandarizados” o peor aún: “no hay apoyos para los maestros”. También hay quien argumenta que no tienen por qué andarnos revisarnos ya que ello viola nuestra soberanía educativa. Dios mío.
Veamos cualquiera que viva en este país y no sea pendejo se podrá dar cuenta que la institución educativa es desastrosa por diversas razones, la más conspicua es su sindicato en el que se agremian cientos de miles y que maneja los mismos niveles de honradez de los bandidos de Río Frío; las plazas se venden los líderes se corrompen y los maestros manejan información insólita “No jóvenes, los murciegalos no esisten en la cuidad”, decía mi maestro de biología sindicalizado.
De cuando en cuando uno se entera de perlas periodísticas como que la lana que se sacó de PEMEX se destinó a los aguinaldos de los profesores o que existen decenas de miles de maestros “comisionados” por lo que no se paran jamás enfrente de un grupo. (aunque esto, hay que decirlo, puede ser comprensible considerando la psicopatía de los adolescentes modernos). Ante la evidencia anterior nunca pasa nada, todo mundo se escandaliza se pega el grito en el cielo y la educación nacional sigue haciendo más agua que el Titanic.
El circo anterior está aderezado por la alta burocracia que ha sido elegida para dirigir los caminos educativos siguiendo criterios francamente misteriosos. Porque misterioso es que el yerno de la enemiga de la Secretaria sea el señor Subsecretario y más misteriosa aun es la reciente reforma educativa que ha permitido que las buenas conciencias interpelen los programas de biología ya que se comete el pecado de tratar de enseñarles a los niños que su pene no se llama pajarito y que la cigüeña es un ave zancuda y no un animal que trae a los bebés de París cargando una bolsa en el pico y con muchos trabajos.
Todo el desastre anterior se adereza con la combatividad de los maestros que cada mes de mayo deciden que sus salarios son miserables y toman por asalto la ciudad de México para realizar lo que los clásicos llaman un “plantón”. Se instalan en la calle, ponen unas lonas y se quedan dormidos todo el día hasta que sus líderes, que los arrean como se arrean las vacas, les dicen que ya consiguieron el cinco por ciento y entonces desarman la caravana y se regresan a sus casas a ponerles tarea a los niños que abandonaron por un mes.
Este panorama produce que las escuelas públicas sean tan confiables como Richard M. Nixon y nos obligan a los padres a buscar instituciones privadas en las que se cobran cuotas de tal calibre que podrían generarnos, sin la menor duda, expectativas de un Nobel de química y no de un niño recitando como tarabilla las tablas de multiplicar en la sala de la casa. Existen pagos “a la sociedad de padres” “al fideicomiso” y una madre que se llama “reinscripción” por medio de la cual uno inscribe a su retoño en un lugar al que ya estaba inscrito nomás que pagando once mil pesos. Las escuelas privadas tienen además el defecto de generar ciudadanos suecos y no mexicanos. Por lo menos eso es lo que uno observa cuando ve a un grupo de adolescentes de colegio marista hablando como idiotas, con celular en la mano y la actitud de la reina Cristina frente a sus súbditos.
Como puede verse el problema no tiene la menor solución; entre la OCDE, evaluándonos, la maestra con sus casas en San Diego, los maestros aguerridos, las autoridades pasmadas y las escuelas privadas esquilmando al que se deje, parecería que lo mejor es iniciar la ruta del autodidactismo. Ya Juan José Arreola y Tito Monterroso lo hicieron y no parece haberles ido mal.
Veamos cualquiera que viva en este país y no sea pendejo se podrá dar cuenta que la institución educativa es desastrosa por diversas razones, la más conspicua es su sindicato en el que se agremian cientos de miles y que maneja los mismos niveles de honradez de los bandidos de Río Frío; las plazas se venden los líderes se corrompen y los maestros manejan información insólita “No jóvenes, los murciegalos no esisten en la cuidad”, decía mi maestro de biología sindicalizado.
De cuando en cuando uno se entera de perlas periodísticas como que la lana que se sacó de PEMEX se destinó a los aguinaldos de los profesores o que existen decenas de miles de maestros “comisionados” por lo que no se paran jamás enfrente de un grupo. (aunque esto, hay que decirlo, puede ser comprensible considerando la psicopatía de los adolescentes modernos). Ante la evidencia anterior nunca pasa nada, todo mundo se escandaliza se pega el grito en el cielo y la educación nacional sigue haciendo más agua que el Titanic.
El circo anterior está aderezado por la alta burocracia que ha sido elegida para dirigir los caminos educativos siguiendo criterios francamente misteriosos. Porque misterioso es que el yerno de la enemiga de la Secretaria sea el señor Subsecretario y más misteriosa aun es la reciente reforma educativa que ha permitido que las buenas conciencias interpelen los programas de biología ya que se comete el pecado de tratar de enseñarles a los niños que su pene no se llama pajarito y que la cigüeña es un ave zancuda y no un animal que trae a los bebés de París cargando una bolsa en el pico y con muchos trabajos.
Todo el desastre anterior se adereza con la combatividad de los maestros que cada mes de mayo deciden que sus salarios son miserables y toman por asalto la ciudad de México para realizar lo que los clásicos llaman un “plantón”. Se instalan en la calle, ponen unas lonas y se quedan dormidos todo el día hasta que sus líderes, que los arrean como se arrean las vacas, les dicen que ya consiguieron el cinco por ciento y entonces desarman la caravana y se regresan a sus casas a ponerles tarea a los niños que abandonaron por un mes.
Este panorama produce que las escuelas públicas sean tan confiables como Richard M. Nixon y nos obligan a los padres a buscar instituciones privadas en las que se cobran cuotas de tal calibre que podrían generarnos, sin la menor duda, expectativas de un Nobel de química y no de un niño recitando como tarabilla las tablas de multiplicar en la sala de la casa. Existen pagos “a la sociedad de padres” “al fideicomiso” y una madre que se llama “reinscripción” por medio de la cual uno inscribe a su retoño en un lugar al que ya estaba inscrito nomás que pagando once mil pesos. Las escuelas privadas tienen además el defecto de generar ciudadanos suecos y no mexicanos. Por lo menos eso es lo que uno observa cuando ve a un grupo de adolescentes de colegio marista hablando como idiotas, con celular en la mano y la actitud de la reina Cristina frente a sus súbditos.
Como puede verse el problema no tiene la menor solución; entre la OCDE, evaluándonos, la maestra con sus casas en San Diego, los maestros aguerridos, las autoridades pasmadas y las escuelas privadas esquilmando al que se deje, parecería que lo mejor es iniciar la ruta del autodidactismo. Ya Juan José Arreola y Tito Monterroso lo hicieron y no parece haberles ido mal.
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