jueves, 22 de octubre de 2009

Conferencias (El Financiero 2007)

Por algún motivo doblemente misterioso a alguien de pronto se le ocurre la idea de que tengo algo interesante que decir (no es así) y esta sensación de desencuentro se duplica en el momento que se asume que un grupo de personas acudirán en masa a escucharme. Al ver esto escrito me parece contundente como un martillo y sin embargo –dada mi endémica incomprensión de las cosas- acepté el pasado viernes dar una plática en Cancún por lo que me dirigí al aeropuerto rezando una Magnífica dado que, como he documentado ampliamente, me pasan cosas. Nada ocurrió aunque este es un buen momento para advertirle a la compañía Mexicana de Aviación que el lunch servido en el vuelo 340 fue diseñado por un militar; concretamente el doctor Mengele y que el sandwich de jamón que mastiqué será la prueba más contundente ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Si no recibo un millón de dólares será claro que no existe justicia en el mundo. El segundo motivo de queja se vincula con las expresiones mediáticas en el interior del avión; ahora resulta que uno se tiene que soplar un programa de televisión diseñado por un imbécil y dirigido a gente todavía más imbécil, aderezado por la proyección de anuncios comerciales en los que le explican a uno que el interés prendario de 12% anual es una iniciativa diseñada por la Madre Teresa de Calculta.
Cuando llegué a Cancún percibí de inmediato que mi abrigo de octogenario polar constituía un estupidez térmica, me lo quité y fui conducido a un hotel posmoderno, de esos en los que sirven la comida en raciones para colibrís y que en el bar cuentan con camas en lugar de mesas. A la hora acordada me presenté en el salón, que en ese momento y como me temía, estaba ocupado por una viejita en primera fila, un señor vestido como médico internista y un joven que acomodaba una bandeja de provisiones. Poco a poco la gente fue llegando y empezó el evento en el que señores muy sesudos empezaron a decir verdades del tamaño de una casa.
Inmediatamente me percaté de que una conferencia cuenta con una taxonomía elemental de tres tipos de asistentes, que procederé a describir a continuación:
En primer lugar se encuentran los desposeídos que ignoro como se enteran del evento y asisten como zopilotes a comer y tomar siguiendo el mexicanísimo principio de la gorra. Tuve el placer personal de ver a un gordo que en el tiempo olímpico de cuatro minutos se tragó tres marinas de mole y una coca (de dieta). Acto seguido se limpió las comisuras y salió fingiendo que iba al baño para nunca más volver.
Otro grupo de asistentes a conferencias es el de aquellos interesados en aprender de las cosas de la vida, estos normalmente no son muy lúcidos pero sí conspicuos; buscan las filas delanteras, toman notas y generalmente son extravagantes. Pueden usar gorros, llevar un libro no publicado de su autoría o abordar al conferencista después de que ha terminado para decirle: “Maestro” (¿por qué maestro?). Fíjese que lo que usted dijo es muy interesante y se vincula mucho con una organización que he fundado que se llama: (aquí caben varias posibilidades: “asociación de la luz eterna” o “Damas de Pichucalco por la defensa de nuestros valores”), nos gustaría mucho que usted nos apoyara”.
Finalmente están los que son conferencistas pero nadie los invita a compartir sus ideas y es por ello que van de sitio en sitio, esperando a que se abra la sesión de preguntas para luego intervenir: “No es pregunta, es comentario” –dicen- y acto seguido se arrancan con una disertación que no tiene nada que ver con nada. Toman quince minutos hasta que alguien prudente le pide que abrevie para “tener la oportunidad de escuchar más opiniones” el señor o señora en cuestión se enoja, el resto –dependiendo de su carisma- le aplaude o lo abuchea y entonces se acaba el numerito en el que por motivos variados y diversos se ha reunido la diversidad de personalidades que acabo de describir, lo cual no deja de ser notable.

Presentaciones

La presentación de un libro es lo más cercano a un festejo de quince años posible; que si alcanzará el chupe, que si el presentador viene ebrio, que si quién es ése buey, etcétera. La mía fue ayer y salió bastante bien. Llegaron los que tenían que llegar, todo mundo dijo sus palabritas (María mi hija se avergüenza si me elogian y cuando mencioné a Fedro mi hijo, adquirió el tono de un huachinango)y luego a la firmadera que es un trance doloroso, porque uno sabe que conoce a la persona que trae su libro a firma pero no recuerda su nombre y es momento de hacer el ridículo. Estuvieron amigos viejos y nuevos, aparte de gente que no tengo el gusto y avanzamos hacia terrenos de embriaguez olímpicos. Mención especial merece el equipo de Random, que hizo un cálculo muy menor de los libros que se venderían, cuando se acabaron un señor con cara de nada dijo "es que no traemos más"...ok.
En fin gracias a todos por su cariño
FCG

miércoles, 21 de octubre de 2009

Los consejos (Milenio, 2008)

Algún día un conocido mío dijo implacable: “México es un país que sería Jauja si no estuviera habitado por los mexicanos”. La frase se constituyó en una revelación, casi en una epifanía, que me acompaña día con día cuando confirmo sistemáticamente que la raza de bronce es lo que es.
Los mexicanos nos pasamos los altos, esquivamos las colas de la peor manera posible y consideramos que el claxon de un auto es una extensión del puño que uno blande a lo pendejo cuando en una calle simplemente no se puede pasar o un pobre hombre que es policía hace lo que puede. Por supuesto podría abundar, pero este no es el espacio ni el momento ya que cada que uno dice cosas como las que acabo de escribir, brincan una serie de personas que consideran que nomás ando agraviando y no “escribo sobre cosas positivas”. El problema de lo anterior es que hasta cuando se busca lo positivo las cosas no resultan y procederé a ilustrar mi aseveración con el ejemplo de los consejos.
A los mexicanos, por alguna razón inexplicable, nos da por opinar. No importa si el tema es el efecto del priapismo en la extinción del chotacabras o la subida en el mercado del precio de la papaya maradol. El efecto siempre es el mismo; alguien habla de cualquier tema y de inmediato se oyen voces en coro que dicen pendejadas como: “Elba Ester se casó en secreto con Fox vestida de china poblana” o “Me contaron que están esterilizando viejitos en los hospitales del seguro”. Lo anterior no sería un problema ya que uno aprende a inmunizarse de tales declaraciones y nomás pone cara de atención mientras piensa en qué momento se puede dar a la fuga. El verdadero problema viene a la hora de la aconsejadera, que es el segundo deporte nacional después del floreo de la reata.
Si uno está crudo y sintiendo que todo se derrumba de inmediato recibe en ráfaga las siguientes recomendaciones de gente solícita: a) “Lo que tienes que hacer es pelar diez limones, frotarlos sobre un huachinango y ponértelo en las nalgas, es infalible” b) “Lo que a mí me ha funcionado es pararme de cabeza y masticar achicoria”. Estos consejos suelen darse in situ en el preciso momento que uno busca a alguien que haga favor de decapitarlo, pero también se han refinado y ahora se emiten por televisión. Normalmente es una nube de viejas chotas las que salen en cadena nacional aconsejando sobre asuntos inverosímiles como el uso de una caja de zapatos para construir un buró o la mejor forma de empezar sexy el año por venir, a través de recomendaciones simplemente escalofriantes, porque escalofriante es que le digan a una “no esperes a tu marido en chanclas cuando llegue del trabajo”.
Sin embargo, los consejos más temidos son todos los relativos a las enfermedades. No existe la menor posibilidad de que uno estornude o tosa y de inmediato el coro griego se arranque con un conjunto de recetas que harían vomitar a un buitre y que deben ser obedecidas al pie de la letra si uno no quiere pasar a mejor vida. Destacan en esta categoría las relativas a ingerir cosas vomitivas como el aceite del niño Fidencio o la pomada para ubre de vaca (lo juro) que hay que untarse en la nariz para que ésta no se caiga.
A lo largo de mi vida he escuchado consejos extraordinarios, pero quizá el que se lleva las palmas y que me dejó reflexionando acerca de lo pendejo que siempre he sido, me lo recetó una empleada (mexicana) de Air France a la que después de reclamarle porque de mi maleta (cerrada con llave) había sido abierta y se habían clavado una cámara me dijo didáctica y con algo de compasión en la mirada: “Ay señor, yo le aconsejo que sus objetos de valor no los meta en la maleta, porque hay mucha gente mala”.
Pues sí.
Desde entonces en la maleta solo empaco periódicos viejos, mi colección de estampitas del santo niño Tarcisio y un grupo de calcetines huérfanos. El resto lo cargo a mano, lo que me confiere el aspecto del señor del costal…pero eso sí, bien aconsejado.

martes, 20 de octubre de 2009

Luminodependencia (El Financiero 2007) Este artículo prueba que soy un adelantado a mi época

Lunes 11:30 a.m..- Escribo un artículo y de pronto ¡paf! Se va la luz. Acostumbrado a vivir en una zona en la que me quedo a oscuras cada que alguien estornuda, miro al techo y espero un milagro. Pasa una hora, me levanto y veo que en el buzón hay una atenta nota que me informa amablemente sobre el corte del suministro eléctrico. Hablo con mi asistente quien me informa que pagó hace una semana y me da el recibo en prueba, mismo con el que me dirijo a luz y fuerza con cara de agravio.
En la sucursal Obregón hay dos opciones, la primera es desmoralizante; se saca una ficha como las de salchichonería del superama que puede ser la 370 (en ése momento se atiende al cliente insatisfecho número 120) y una turba se encuentra sentada emulando la terminal de camiones de Tejupilco el Chico. La segunda opción consiste en formarse en otra fila y llegar a una ventanilla. Me tocó en suerte la señorita Miryam. Una mujer que no tiene sangre en las venas, le expliqué, me miró como se mira a un ave del trópico y dijo “mañana lo reconectan”. Casi le beso los pies, pero nos separaba un vidrio blindado así que me fui a mi casa a leer con velas.
Martes 8:00 p.m..- Mientras prendía las velas reflexioné sobre mi alta dosis de imbecilidad ya que pasé todo el día esperando la camioneta, como los huicholes a las lluvias. Por supuesto no llegó y decidí sacar una botella para embriagarme en la penumbra de la noche.
Miércoles 8:10 a.m..- Llego con la señorita Miryam, me pide que espere a que atienda al resto de la cola que va a pagar. Le pregunto si me recuerda y pone cara de nada, en su descargo debo admitir que mi aspecto se ha modificado; traigo ojeras, baba en las comisuras y una quemadura de segundo grado en los pelos del antebrazo producida por cera de vela. “No sabría decirle” –espeta- y seguramente se arrepiente ya que pongo muy mala cara, entra a una covacha, sale y me informa triunfal que ahora sí “hoy lo reconectan, ya está la orden”. Esta vez decidí salir todo el día con la esperanza de que se hiciera la luz, por supuesto no fue así. Cuando llegué a mi hogar, prendí las velas, asumí posición fetal y empecé a rezar una Magnífica.
Jueves 8:00 a.m..- Del refrigerador empiezan a salir emanaciones tóxicas, lo abro con un tapabocas y me encuentro con un cuarto de kilo de jamón que murió después de muerto y un frasco de yogurt que produce unas burbujas sospechosas, por lo que lo envío al Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares en sobre cerrado. Llego a las 8:30 al estacionamiento y el señor que da los boletos ya me mira como a un viejo amigo. Miryam no se presentó a trabajar y soy atendido por uno de barbita que va por un papel, me muestra la dirección en la que vivo y me dice “hoy sin falta”. Por supuesto cuando llego en la noche la luz no ha regresado pero ya nada me arredra y empiezo a planear una venganza, el problema es que no se me ocurre nada.
Viernes 8:10 a.m..- Las cosas se complican; no solo no está Miryam, esta vez tampoco el de barbita. El único cajero –un joven de cachucha- estudió con los marines y me manda a sacar una ficha, es la 322. Regreso con él con mirada suplicante y dice “a la vuelta están los de las camionetas, a lo mejor le ayudan”. Marco el teléfono de esa sucursal desde mi agonizante celular y me atiende la secretaria del gerente, me indica que toque una puerta. Se trata de un bunker en el que se mira con cristales de una sola vía a la ciudadanía descontenta. La señorita me informa que hoy pasarán a reconectarme, pero seguramente pongo cara de duda metódica por lo que me tranquiliza: “ya el gerente dio la orden” Argumento que eso mismo me dijeron el martes y responde con una joya; “Si, pero ahora sí dio la orden”.
Salgo tambaleante y le cuento a una amistad quien me remata “eres un pendejo, le hubieras dado lana a los de la camioneta”.
En fin, no sé que pasará pero de cualquier manera aprovecho para decirle al señor director de luz y fuerza, que su servicio –dicho sea con todo respeto- apesta.

lunes, 19 de octubre de 2009

Soñé con Rocío Dúrcal

Les recuerdo amigos míos que este miércoles 21 a las 19:00 se presenta mi novela en el Bar Nuevo León (Nuevo León y Michoacán, Condesa). Ojalá me acompañen. Al respecto va una entrevista que se publica hoy en La Mosca en la red. http://www.lamosca.com.mx/portal/